¡HE CONSEGUIDO SACAR MI PLAZA!

Aun a riesgo de que suene a tópico, la verdad es que no ha sido un camino de rosas, y todavía me parece un poco surrealista y mentira que por fin pueda decir eso después de tanto tiempo preparando. Han sido casi dos años dedicados exclusivamente a la plaza que yo quería; cinco en total de la oposición, todos ellos compatibilizándolos con escribir Sabrae, primero de forma más intensa que en esta última etapa. Aún siento las tardes raras sin tener que estudiar, y tengo una sensación extraña de raro agobio y vacío que espero poder llenar con la novela más pronto que tarde. Por eso me alegra anunciarte que pronto volveré al calendario más usual de escribir, no sólo por todo lo que tengo que contar y el tiempo que me llevaría hacerlo si sigo en este plan
Muchísimas gracias por seguir ahí, por seguir apareciendo y animándome a seguir escribiendo. En estos días en los que lo que más me apetece es quedarme sentada en el sofá después de echar mis partidas de rigor al Forni, saber que Sabrae y Alec están ansiosos por seguir su historia de amor y que hay alguien dispuesto a leerla son la motivación que necesito para vencer a la pereza y a las ganas de consentirme.
Dicho lo cual, no me extiendo más. ¡Disfruta del cap! Nos vemos muy, muy pronto ❤ ᵔᵕᵔ
Mi cuerpo estaba volviendo a ser mío y a responder a mis exigencias, y eso era una llamita de esperanza a la que pretendía aferrarme cual dragoncito moribundo.
Por lo menos me había quitado un peso de encima al confesarles a papá y mamá mis planes inmediatos, y aunque no habíamos vuelto a hablar del tema y en casa había silencios incómodos cuando me cruzaba con ellos, al menos podía fingir que eran los mismos silencios que me inundaban en la piscina cuando buceaba, como me había dicho Tam, cada día un poquito más profundo.
Sabía que la esperanza era lo último que se perdía, pero yo cada vez estaba más perdida, y lo único que me tranquilizaban eran el deporte y los ensayos. El cansancio acumulado de días tan acelerados que se solapaban unos con otros igual que los planes que hacía con mis amigas para no tener que comerme la cabeza en los ratos muertos hacía que por las noches me derrumbara en la cama, de modo que me libraba también del insomnio con el que mi cabeza aprovechaba para volverse en mi contra.
Y mi dominio de la respiración… no pensé que pudiera evolucionar tanto en tan poco tiempo ahora que sabía exactamente qué era lo que tenía que hacer, y todo gracias al experto consejo de Tam. Era despiadada conmigo, pero al ver que yo no me achantaba con sus indicaciones y que ponía todo mi esfuerzo en seguirle el ritmo, había empezado a respetarme aún más y había empezado a pedir ayuda en la Royal. Tam no entendía de entonaciones ni de ejercicios de respiración, pero no dudaba en pedir auxilio por mí.
-Ni siquiera sé cómo voy a agradecértelo-le dije cuando se ofreció a concertar una cita con una de las profesoras de canto de la Royal, de la misma edad que Eri y con debilidad por mi familia. Puede que les hubiera dicho a mis padres que no quería aprovecharme de su apellido para forjarme una carrera, pero vaya que si lo utilizaría si eso me garantizaba los mejores consejos y partir con una ventaja que estaba convencida de que necesitaba.
Tam sólo me había dado un suave empujoncito juguetón con el hombro.
-Quedando primera. Así habrá alguien que pueda callarle la boca a Alec cuando empiece a rebuznar sobre que él es el que más premios tiene del grupo.
Aquello tampoco era muy exacto; primero, porque Alec no había dicho eso nunca, o al menos no en mi presencia, que se había vuelto indispensable en cada reunión con sus amigos; y segundo, porque Scott ya tenía más premios que mi novio, aunque sólo fuera por las votaciones de fans a quién era el Buenorro del Verano (ugh) o la Estrella En Ciernes Más Prometedora (eso podía comprárselo, pero había hecho que Scott estuviera intratable tres días seguidos el julio pasado… suerte que yo estaba demasiado ocupada retozando en las sábanas de Alec como para haberlo aguantado).
Las grabaciones con los ensayos que analizaba minuciosamente en cada momento libre demostraban una mejoría contra la que no podía ser cautelosa, y eran el motivo por el que todavía podía sonreír. Eso, y mis amigas, que se estaban volcando en consolarme cuando notaban que me volvía la tristeza, sacándome de casa cuando me sentía encerrada o dándome mimos cuando no podían hacer otra cosa.
¡Ah! Y animándome cuando lo hacía bien, lo cual estaba siendo cada vez más a menudo, gracias a Dios.


