jueves, 23 de abril de 2026

Perseguir el subidón.

¡Hola, flor! Antes de que empieces el cap, y como ya es, o siempre ha sido costumbre, quería pararme un momentito para darte las gracias. Gracias, porque, como sabes, hoy no es un día 23 cualquiera, ni éste es un capítulo cualquiera. Llevamos ya tanto tiempo celebrando el cumpleaños de Scott y el aniversario de Sabrae que no recuerdo mi vida antes de comprometer todos mis días 23 con esta historia, al igual que los días en que no escribía y sólo leía, que es a lo que me estoy dedicando casi siempre últimamente, están tan difuminados en el tiempo y en mi memoria que parecen de una vida que no me pertenece.
Confieso que he tenido que buscar en el capítulo del año pasado para ver si había escrito algo o simplemente había dejado una nota hablando del examen que tenía a los 3 días, y que me fue tan bien que terminé sacando la plaza para la que me examinaba (¡ᵔᵕᵔ!). Como llevo ya dos años comprometiendo mi vida, mi tiempo libre y también la novela a la oposición en la que estoy ahora, y viendo que me dio tan buen resultado el respetar el 23 de abril como el día más importante del año, no podía dejar de subir aunque fuera un capítulo cortito para celebrar un momento tan especial.
Siempre hablo de ello y sé que puedo resultar repetitiva, pero no deja de asombrarme cada vez que echo la vista atrás y me encuentro con todo el tiempo que ha pasado (y lo que han cambiado las cosas) desde aquella vez, que ya ni siquiera puedo localizar en Twitter, en la que teoricé con la posibilidad de escribir esa “pequeña” historia que el personaje más carismático de Chasing the stars tanto se merecía. Recuerdo, también, que hace más de 6 años, cuando sólo llevaba dos con la novela, una amiga que también escribía (y con más repercusión que yo) me preguntaba lo que me quedaba, dado el tiempo que llevaba con ella. Y cómo se sorprendía cuando le decía que otros dos años, pues todavía no había llegado a la mitad.
Quiero pensar que ya he superado la mitad de la novela, o que por lo menos no voy a estar otros nueve años escribiéndola, aunque sólo sea por el vértigo que me produce seguir con esta rutina que también me reporta ciertos sacrificios. No obstante, eso no quiere decir que esté lista para decir adiós a estos personajes, ¡ni muchísimo menos! Más bien al contrario; aunque me he acostumbrado ya a los findes libres (y no sé yo cómo llevaré eso de tener que volver a la rutina de los caps semanales, aunque será mucho mejor para la narración y la lógica de la historia), confieso que, como dije hace un año, ahora que no me presiono tanto con ellos me asaltan más veces en mis momentos de tranquilidad. Quizá nuestros caminos estén un poco separados ahora mismo, pero ni Sabrae ni Alec han dejado de ser en ningún momento ese espacio seguro que llevan tantísimo tiempo siendo. Me acompañan desde más tiempo que bastantes amigos que tengo, de forma que, en cierto sentido, para mí son más de verdad que relaciones que terminaron hace años; por eso, aunque me suponga un esfuerzo y en ocasiones tenga que luchar contra una pereza traicionera que sólo quiere desconectar después de tanto estudiar, me obligo a no renunciar a ellos y a seguir aquí, mes tras mes.
Por supuesto, eso no sería posible sin el apoyo de mi incondicional, mi querida amiga Paula, que me lleva acompañando en este trayecto más tiempo del que tiene la historia. Saber que hay alguien que continúa esperando por los capítulos, leyéndolos religiosamente y comentándolos más religiosamente aún, es el empujón que me hace falta en ocasiones para terminar de superar a la pereza. Por eso, Paula, me gustaría dedicarte este capítulo; puede que no esté a la altura del cliffhanger del anterior… pero prometo que lo he hecho con el mismo cariño que lleva llenándome todos los días 23 desde hace nueve años.
No me extiendo más, que querrás continuar con la trama y yo siempre me pongo excesivamente sentimental. Gracias, gracias, ¡gracias!, por acompañarme todos estos años, o por haber llegado más tarde, o por haberte ido un poco antes. Cada par de ojos que se posa sobre mi historia es aliento que me impulsa a seguir con esto, a disfrutar de lo que hago incluso cuando se me olvida que lo disfruto mientras estoy sentada en el sofá viendo la vida pasar, o perdiendo el tempo en Twitter.
Y a Alec y Sabrae… a Sabrae y Alec… gracias por todo lo que he aprendido con vosotros, por los retos, por el esfuerzo, por las sonrisas cuando aparece el número 23, por el sentimiento de protección casi maternal que siento hacia vosotros, y por hacerme estar segura de cuál sería el nombre que les pondría a mis hijos si quisiera tenerlos algún día. Sólo espero que con mis dedos se haga un poco más verdad el universo en el que existís, y al que yo tengo el inmensísimo privilegio de asistir en primera persona.
Y ahora, sin más preámbulo… ¡feliz cumpleaños de Scott, feliz noveno aniversario de Sabrae, feliz Día del Libro y que disfrutes del cap!

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Fue como vivir la cancelación de mi serie preferida en tiempo real. El final lo dejaba todo preparado para una tercera temporada apoteósica en la que se resolvería el verdadero misterio presentado en el último momento, cuando parecía que todo estaba encauzado. Y luego… nada.
               Cualquiera diría que había caído un rayo y mi casa se había quedado congelada en el tiempo, atrapada en un instante que yo llevaba temiendo semanas, a pesar de mi determinación. Era como si el mundo creyera que yo no había sufrido bastante… o como si quisiera poner a prueba mi determinación y asegurarse de que estaba dispuesta a pagar el precio que iba a pedirme.
               Como si creyera que yo no me lo iba a poder permitir.
               La frase que acababa de pronunciar se quedó flotando entre mis padres y yo, emponzoñando el ambiente y cargándolo de la electricidad propia de la erupción de un volcán, como si se hubiera abierto una grieta en el suelo de casa y de ella hubiera surgido un dragón negro, rugiente. El silencio era ensordecedor salvo por los latidos atronadores de mi corazón en los tímpanos.
               Mamá y papá me miraban con la boca abierta. Mamá miró a papá un momento, pero, al ver que no le devolvía la mirada, como si esperara que esto fuera una especie de broma pesada entre los artistas de la familia y ella hubiera caído en la trampa, finalmente volvió los ojos hacia mí.
               Todo habría sido mejor si a través de los cristales se estuviera desatando una tormenta. Sólo un relámpago podría darle al momento el dramatismo que merecía, y quitárselo a la vez, pues le daría a la escena un aire de película que le quitaría al momento algo de su gravedad.
               Después de todo, por muy bien confeccionada que estuviera la película, no dejaría de ser ficción. Siempre podía apagar la tele o salirme de la sala de cine.
               De esto no podía escapar. Aunque, ¿no era eso lo que quería? Dejar de escapar de esto y poder enfrentarme por fin a la situación. Esto destruiría totalmente la relación con mis padres (una cosa era que me inclinara hacia mi novio en detrimento de ellos, y otra que quisiera arrojarme a los leones, como todos lo veíamos); o serviría para sanarla definitivamente.
               Tomé aire y lo solté despacio, intentando calmar mis nervios y diciéndome que la balanza no estaba inclinada a un lado u otro, sino que había una moneda en el aire girando y girando sin parar.
               Podía pasar cualquiera de las dos cosas.
               Claro que no era tan estúpida como para creérmelo realmente.
               Por fin, mamá rompió el silencio de la habitación.
               -¿Que quieres hacer qué, Sabrae?-inquirió, y a mí empezaron a temblarme las rodillas.
               Esto iba a destruirnos a todos.
               Como resucitado por la voz de su esposa, papá se estremeció y se giró para mirar a mamá, que le devolvió una mirada cargada de terror y desesperación. No podía culparles por sentirse así, pues si me miraba al espejo y me veía como su hija y no como mi propia persona, yo también vería lo que ellos estaban viendo ahora mismo: su pequeña, la del alma con las costuras deshilachadas, la que se encogía en una cama demasiado grande para ella a pesar de que siempre había estado cómoda en ella, colocándose frente a uno de los mayores focos del país y derritiéndose irremediablemente bajo su calor.
               Yo tampoco me dejaría ir si fuera ellos: por eso había pospuesto tanto la conversación, y por eso sólo había tenido la valentía de decirlo cuando me había visto acorralada. Es ahora o nunca. Y había estado a un pelo de que fuera nunca, así que me aferraría al ahora con uñas y dientes.
               Los ojos de papá volvieron de nuevo a los míos reflejando el miedo y la preocupación que empañaban los de mamá. Pero en ellos había algo más, algo que yo no conseguí identificar del todo.
               No hasta que no habló con una expresión aparentemente calmada para pedirme que bajara con ellos, pues teníamos que hablar: era la misma calma de la superficie de las riadas teñidas de barro, las que arrasan con todo sin dejar nada a su paso. Era la calma del Támesis, con toneladas y toneladas de fuerza bruta que no permitirían que avanzaras ni un milímetro desde su desembocadura.
               La calma de un titán que no iba a moverse ni un centímetro, así que más me valía moverme yo.
               Bajé las escaleras con manos temblorosas y no pude evitar recordar la cantidad de veces en que me había apoyado en el pasamanos para hacer de mi descenso algo memorable, como si estuviera en una película. ¿Cuántas veces me había retrasado todo lo que había podido para disfrutar durante más tiempo de la mirada de sorpresa de Alec? ¿Y qué tenía que dar para volver a ese momento?
               -Necesito un té-dijo mamá, su voz apurada y sus manos temblorosas. Se las pasó por el pelo y sus anillos se engancharon en mechones a los que ni siquiera les prestó atención: puede que el dolor físico fuera preferible a lo que les estaba haciendo sentir.
               Se marchó a la cocina y, mientras encendía la tetera y ponía el agua a hervir, me senté en el sofá bajo la atenta mirada de papá, que me fulminaba como a un bicho repugnante que le hubiera estropeado la foto familiar cruzándose delante de la cámara en el momento en que hacían la foto. Me sentí pequeña y me lo seguí haciendo mientras mamá venía, desnuda y vulnerable ante unos ojos que habían visto mucho y que se habían imaginado aún más, tanto bueno como malo.
               Si había algo con que todo el mundo estuviera de acuerdo con respecto a papá, eso era su creatividad. No habría hecho su carrera sin ella, al igual que no tendría sus tatuajes ni habría sido capaz de aupar a tantos artistas en ciernes colaborando con ellos o cediéndoles sus letras. No había que ser demasiado listo para saber qué estaba pasando en aquella curiosa cabeza suya: todo lo que había pasado él durante su propio programa y su ascenso a la fama, el sufrimiento que le había acarreado, la importancia del 25 de marzo en nuestras vidas y todo lo que había tenido que luchar para llegar hasta donde estaba y lograr algo que se pareciera remotamente a la paz, pero que en algunas ocasiones aún no lo era. Detestaba estar añadiendo más momentos de angustia a su vida, pero no había otra manera.
                Si la hubiera no estaría poniendo en riesgo mi relación con mis padres para vengar a Diana y hacer del mundo un lugar un poco más justo.
               Y, además, que él pudiera ponerse en los peores escenarios no significaba que no pudiera hacerlo yo. O que no lo hubiera hecho. Tenía el aliciente de que era una mujer, así que había vivido en mis propias carnes una de las pocas opresiones que habían eludido a mi padre, y no tenía la más mínima intención de mirarlas ni aunque fuera por el rabillo del ojo, so pena de que me hicieran dudar.
               Tras lo que me pareció una eternidad, mamá regresó con una taza en las manos. Se sentó al lado de papá, enfrente de mí, demostrando una vez más que ellos eran un frente unido y que a mí me tocaría pelear sola. Me llevé los dedos a los colgantes con la inicial de Alec y el pequeño elefantito dorado que me había dado antes de irse, rogándoles en silencio que me dieran fuerzas para lo que se avecinaba.
               Papá estiró la mano en dirección a la taza que mamá sostenía y mamá se volvió hacia él con las cejas sorprendidas.
               -Ah, ¿querías…?
               Papá la miró con sorpresa, como si no pudiera creerse que hubiera sido tan descortés. Mamá le ofreció la taza, pero él la rechazó con una sacudida de la mano, se levantó y se fue a la cocina en silencio. Escuché el sonido del agua vertiéndose en dos tazas con un nudo en el estómago, y los ojos fijos en la puerta de la cocina, decidida a clavarlos en cualquier sitio que no fuera la persona a la que tenía delante.
               En mamá había tanto dolor y miedo que lo irradiaba como el calor corporal. No hacía falta que yo me torturara más mirándola, así que eso hice: no mirarla. Aguantamos en un incómodo silencio mientras papá trasteaba en la cocina, y sólo cuando su sombra apareció de nuevo por el marco de la puerta aparté la vista y la clavé en mis pies.
               Fue entonces cuando me percaté de que, en mi afán por escuchar a hurtadillas su conversación anterior, ni siquiera me había molestado en guardar la carta de Alec, que todavía tenía en la mano y que los nervios habían arrugado en una bola descompuesta e irregular. La abrí y traté de alisarla contra mis muslos mientras papá colocaba una taza de té en la mesita baja frente a mí. Su sombra planeó sobre mí durante más tiempo del que cabía esperar, de modo que levanté la vista con el gesto dócil de un cachorrito abandonado. Tenía el corazón en un puño y el estómago encogido hasta extremos que parecían incompatibles con mis atracones por ansiedad.
               El gesto de papá se endureció cuando reconoció la letra, y entonces me di cuenta de que seguramente había confundido la carta de Alec con una especie de borrador del discurso que tenía pensado darles…
               … y que él no iba a permitirme iniciar.
               -¿Esto ha sido idea de él?-preguntó, y aunque no me gustó ni una gota el tono duro y asqueado con el que lo mencionaba, tenía que admitir que me lo merecía. A ojos de papá, tanto Alec como yo habíamos hecho méritos para que desconfiara de nosotros (y aunque en algunas cosas yo no estaba de acuerdo, otras debía admitir que no me parecían tan exageradas), y viendo el tiempo y el esfuerzo que llevábamos dedicando a la terapia sin que yo hubiera mencionado nada del concurso hasta ahora que me había visto acorralada… bueno, supongo que era demasiado pedirle que fuera objetivo.
               Supongo que yo estaba demasiado cansada de pelearme con ellos respecto a Alec como para entrar al trapo. Ahora mismo defender su honor no era mi prioridad; sabía que eso me hacía todavía más indigna de él, pero si algo me había enseñado mi novio era que había que saber escoger las batallas.
                -Yo no me subía al ring con hijos de puta que llevaban peleando más tiempo del que yo llevaba vivo-me respondió una vez cuando yo le pregunté por las claves de su éxito. En mi recuerdo tenía una sonrisa en los labios, el pelo revuelto, y el dedo índice recorriéndome la columna vertebral, jugueteando con las gotitas de sudor que su propio cuerpo me había puesto ahí. Su sonrisa se ensanchó un poco más, más brillante y más blanca, y añadió-: aunque seguramente fueran unos viejos que no podrían moverse tan rápido como yo. Pero Sergei me enseñó bien. No entras en combates que sabes que vas a perder.
               -Nunca me has parecido de los prudentes-había ronroneado yo, cogiéndole la mano y dándole un beso en la palma con un doble mensaje: “te quiero mucho y me encanta que estemos hablando así”, y, a la vez “ya estoy descansada y me apetece mucho seguir follando”.
               Él lo captó a la perfección, por supuesto, con todos sus matices: me cogió de la mano y tiró suavemente de mí para colocarme de nuevo sobre sus caderas, su polla enhiesta entre mis muslos y sus manos en mis caderas mientras me colocaba. Se incorporó para darme un beso dulce y chispeante, que sabía a mí y a él y a nosotros dos juntos, y luego me apartó el pelo del hombro para inclinarse hacia mi oreja.
               -Siempre me arriesgo hasta donde sé que puedo ganar. Y luego, un poquito más, sólo por si acaso. Pero tiro rápido la toalla cuando sé que no tengo ninguna posibilidad. Mírame a los ojos-me pidió mientras con las piernas me separaba un poco más las mías y se abría hueco en mi interior.
               -Eres bobo. Sé que tú nunca has tirado la toalla en tu vida-respondí, retorciéndome encima de él y alejándome de su miembro sólo por hacerle rabiar. Él se había reído y había negado con la cabeza.
               -Lo hice contigo. No podía resistirme a ti, así que, ¿por qué hacerlo?-respondió, y me dio un beso en el hombro. Volvió a colocarla en mi entrada y yo me reí y me aparté, y él exhaló un gruñido de frustración. A pesar de que tenía puesto un condón, me notaba mojada en sus manos. Sabía que lo quería, y sabía que me resistía simplemente por fastidiarlo, porque yo sabía que él jamás se acercaría siquiera a ningún límite que yo hubiera trazado.
               -¿Desde cuándo?-pregunté, haciéndome la tonta y dándome unos toquecitos en el labio. Alec me miró desde abajo con la expresión suplicante de un beato ante su virgen preferida.
               -Nena, por favor-me pidió, y yo me dejé caer lentamente sobre él, empujándomelo dentro y deshaciéndome cuando noté que me invadía y me expandía y, a la vez, encajaba a la perfección. Boté encima de él despacio, y la deliciosa fricción le hizo recostarse de nuevo en la cama para mirarme desde abajo mientras me movía sobre él-. Desde el primer beso.
               -¿Desde tan pronto?-bromeé-. A mí me llevó un par de semanas.
               Alec se echó a reír y negó con la cabeza.
               -Así que… semanas, ¿eh? Di más bien “meses”. ¿Quién es la boba de los dos, Saab?
               -La estudiosa no es más valiente que el boxeador, ¿eh? Qué novedad.
               -El boxeador no tenía nada que hacer contra la estudiosa y fue listo por una vez en su vida-había respondido él mientras se incorporaba para volver a besarme, esta vez en la sonrisa-. Sólo estás tú, Saab. Siempre has estado sólo tú.
               Me había hecho el amor despacio, grabándome aquellas palabras a fuego; palabras que luego el agua de la distancia habían hundido en lo más profundo del océano cuando creí de verdad que él sería capaz de serme infiel.
               Y al menos ahora las tenía ahí, conmigo, ahora que tanto le necesitaba y que tanto me habría gustado poder cogerle la mano para que me infundiera fuerzas.
               -Nos estamos esforzando en no ir por ahí-recordó mamá con severidad, devolviéndome al presente de un tirón. Papá se puso rígido un segundo y luego se retiró hasta sentarse de nuevo en el sofá junto a mamá. No tocó su taza de té; mamá agarraba la suya  con manos temblorosas, supongo que más por tener algo en las manos para no retorcérselas que porque verdaderamente hiciera frío en casa.
               Claro que yo me sentía como si estuviéramos en el polo.
               Dejé la carta sobre la mesa, me pasé las manos sudorosas por las piernas y extendí los dedos.
               -Antes de que digáis nada… me gustaría pediros que fuerais comprensivos conmigo. Sé que lo que os he dicho es fuerte, y…
               -¿Comprensivos?-espetó papá-. Sabrae, estamos siendo más que comprensivos no echando esta casa abajo con nuestros gritos. Yo, personalmente, estoy siendo ultracomprensivo no buscando fortaleza más inexpugnable de Europa para encerrarte en ella y protegerte de esa monstruosidad de lugar.
               Mamá cogió a papá de la mano y entrelazó sus dedos con los de él, que temblaba visiblemente. Se me anegaron los ojos de lágrimas, pero me prometí que no lloraría: ésa era la reacción de una niña, y si quería que dejaran de verme como alguien vulnerable que se rompería bajo el yugo del programa, no podía dar esa imagen.
               Mamá susurró en voz tan baja que yo apenas pude oírla que tenía que ser paciente conmigo, que nos estábamos esforzando por reencontrarnos en un punto común, y que mañana se arrepentiría de haber echado por la borda todo nuestro trabajo por dejarse llevar.
               -Recuerda cuánto la quieres-le pidió mamá con un gesto preocupado que me hizo creer que, para ella, esto iba más allá de una simple perreta por mi parte de la que tenían que disuadirme. Sólo cuando vi la forma en que miró a papá, como si creyera que podía hacer algo que rompiera lo nuestro para siempre, me di cuenta de cuánto miedo tenía mamá a perderme.
               Los dos me lo habían puesto muy difícil los últimos meses, pero ella había sido la más directa en exponerme los problemas y también con la que más choques había tenido. Quizá por eso papá se sentía con más poder para llevarme la contraria: después de todo, él tenía el mismo miedo a perderme que mamá, pero para él no era tan tangible como lo había sido para ella.
               Él no me había abrazado mientras yo lloraba y me había dicho que todo se arreglaría, incluso cuando no estaba seguro, tantas veces como lo había hecho mamá. Sólo por eso la opinión de ella era la que verdaderamente importaba.
               Creo que él no era tan consciente como mamá de lo que realmente nos estábamos jugando, de ahí que se dejara llevar con tanta libertad por sus emociones.
               Y por eso, precisamente, se volvió hacia mamá con gesto herido e incrédulo.
               -Precisamente por lo mucho que la quiero es por lo que no puedo soportar siquiera la idea de que esté pensando en ir a ese sitio.
               -No lo estoy pensando, papá-respondí yo, retorciéndome las manos y conteniendo el impulso de beberme el té de un sorbo para que así se me quemara el esófago y poner punto final a esta conversación, que más bien iba a ser una guerra-. Estoy decidida a ir.
               Papá exhaló una risa amarga y se levantó del sofá, negando con la cabeza.
               -Me parece que se te ha olvidado la situación en la que te encuentras, jovencita. Eres mi hija, eres menor de edad, y vives bajo mi techo. Y mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo te diga.
               Mamá se relamió los labios y se los mordió. Cerró lentamente los ojos e inspiró despacio cuando yo también me levanté. A la mierda estar tranquila si ellos tampoco iban a estarlo; después de todo, ellos eran los adultos, y no yo.
               Si había algo que le había molestado especialmente a Alec de cómo se habían portado conmigo a lo largo de sus primeros meses de ausencia era cómo habían hecho que fuera yo la que se comportara de forma racional. Yo, precisamente, que tenía todo el derecho del mundo a volverme loca y a atribuirlo a la edad del pavo.
               Debo decir que no le quitaba una pizca de razón, y me daba igual que mis padres se pusieran como locos y me amenazaran con lo que fuera: no iban a conseguir que cambiara de opinión. Y, si no me dejaban explicarme, quizá me demostraban que tampoco se merecían el respeto y admiración que les había profesado a lo largo de los últimos años.
               -¡¿Y ni siquiera vas a dejar que me explique?!
               -¡¡Perdona!! ¿¡Quizá no me he explicado con claridad!? ¡Esto NO es una puta democracia!-rugió-. ¡Aquí se hace lo nosotros digamos y PUNTO! ¡Y tú vas a obedecer, te guste o no, Sabrae!
                -¿¡Para qué me habéis criado entonces para que defienda aquello en lo que creo si luego no me dejáis ponerlo en práctica con vosotros!?
               -¡Eso se aplica a tus valores y tus creencias, Sabrae, no a que te vayas a la televisión nacional a inmolarte y nos pidas que no hagamos nada para evitarlo!
               Mamá estiró una mano y cogió su té. Le dio un par de vueltas con la cucharilla y le dio un sorbito mientras yo dejaba caer los puños apretados a los costados.
               -¡O sea, ¿que piensas que va a salir mal y que yo no tengo la más mínima posibilidad?!
               -¿Es que acaso la tienes?-escupió.
               -Zayn…-pidió mamá.
               Me reí con amargura e hice un mohín. Papá no tenía ni idea de a lo que me había enfrentado yo a lo largo de mi vida por el mero hecho de ser mujer, y lo peor de todo era que le daba totalmente igual ser ajeno a los obstáculos que ya había superado. El mundo se me había puesto en contra de una forma en que jamás lo había hecho con él; no con la misma rabia, al menos, y yo había conseguido sobreponerme. Más o menos. Que no me apoyara era una cosa, pero que no me reconociera que al menos tenía valor por intentarlo o que no tenía posibilidad alguna de salir victoriosa… era otra muy distinta.
               Una bomba estalló dentro de mí; una bomba con una onda explosiva corrosiva y ponzoñosa. Una onda que yo no podría parar ni aunque quisiera.
               Lo peor de todo era que no quería.
               -Puede que yo no sea tu hija de verdad-escupí sin poder (y, por primera vez, también sin querer) frenarme-, pero te has esforzado durante toda tu vida mucho en que eso no se note como para que yo vaya y lo desaproveche justo ahora.
                Mamá me atravesó con una mirada gélida que habría fundido el acero, pero papá decidió ser más práctico: cruzó la distancia que nos separaba y me cruzó la cara de un bofetón que quizá me mereciera en circunstancias normales, pero no ahora.
               -Sube a tu habitación. ¡Ya!
               Cogí mi carta de malos modos, tanto que incluso derramé la taza sobre la mesa, pero ni hice amago de limpiarla. Intenté colarme por el hueco entre el cuerpo de papá, que jadeaba visiblemente de la ira, y el sofá, pero él no me dejó.
               -Recoge eso-urgió, y yo lo miré desafiante.
               -Creía que tenía que subir ya a mi habitación.
               -¿Es que quieres otra bofetada para tener las dos mejillas igual de calientes, Sabrae?-espetó, y yo me di la vuelta, rodeé el sofá por la parte más larga y me fui a la cocina a por un paño. Cuando regresé, papá se paseaba por el salón como un tigre encerrado mientras mamá observaba la pata del sofá como si fuera lo más interesante del mundo. Me esforcé en hacer el máximo ruido posible para cabrearlos todavía más; yo no iba a ser la única que se fuera caliente a dormir.
               Me hartaría a llorar cuando cerrara la puerta de mi habitación, sí, pero por lo menos me haría la digna en el salón. Si no iban a darme la oportunidad de explicarme y defender mis argumentos, como me habían inculcado que debía hacer literalmente toda mi vida, entonces me aseguraría de que al menos escucharan mi enfado. Coloqué la taza de malos modos sobre el platito y me la llevé a la cocina, donde la tiré en el fregadero con tanta fuerza que la rompí.
               No pude evitar contener una sonrisa maligna cuando escuché los pasos apresurados de papá en dirección a la cocina.
               -¿¡Nos vas a acabar con la casa!?-ladró, y lo único que lamenté era que Alec no hubiera estado allí para presenciar esto. Seguro que habría disfrutado de lo lindo. O puede que ya le hubiera bajado los humos a papá incluso antes de que me diera la bofetada.
               -Se me ha resbalado. ¿Me dejas pasar?-inquirí cuando vi que no se movía, y su aliento cuando tomó aire y lo soltó sonoramente me quemó en la cara. Finalmente se hizo a un lado, y yo procuré sostener con firmeza la carta contra mí.
               Ya podía despedirme de la ayuda de Scott, si es que en algún momento había considerado ofrecérmela; ni de coña se metería entre papá y mamá y yo, y la verdad es que yo no podía culparle tampoco. Después de todo, la relación entre ellos no estaba tan deteriorada como la nuestra.
               Intenté consolarme pensando que al menos ya no tendría tantas sesiones de psicóloga con Fiorella, así que tendría más tiempo para documentarme sobre técnicas vocales y de baile. Quizá incluso no tener que preocuparme de si mis padres me querían o no, o si ya habían tirado la toalla conmigo, me daría justo lo que necesitaba para prepararme para ganar: tiempo.
               Era lo único a lo que podía aferrarme mientras mi corazón se rompía con cada paso que daba alejándome de las que habían sido las dos personas más importantes de mi vida, y las que me habían convertido en quien era. Ellos eran la razón de que Alec se hubiera enamorado de mí, y les estaría eternamente agradecida por ello, pero tenía que mirar hacia delante y tratar de  consolarme pensando que esto era ley de vida, y que los hijos estábamos destinados a perder a los padres. Era lo contrario lo que no era natural, e incluso entonces mucha gente conseguía salir adelante. Yo podría sobrevivir a mi luto; después de todo, era como el mundo funcionaba.
               No tenía por qué pasarlo con mis padres bajo tierra: perfectamente podían estar en el piso de abajo y yo en mi habitación. Me iría con los Whitelaw para que no fuera tan doloroso. Eso me facilitaría también mucho las cosas de cara a ensayar con Mimi y Tam; vería a mis hermanas todo lo que pudiera en el instituto y por las tardes, y trataría de sacar ratos para estar con Scott antes de que se fuera a la universidad o siguiera con su carrera, lo que fuera que él y el resto de CTS decidieran. Pero lo mejor sería que, por un tiempo, no viera a mis padres.
               Dios, necesitaba a Alec como el respirar. Él me diría qué hacer en estos casos, o me abrazaría y no me soltaría y yo me creería que de verdad era más valiosa que el orgullo o el miedo. Por lo menos mientras él estuviera a mi lado sería así; por suerte a él le encantaba tenerme entre sus brazos y estaba segura de que la tregua sería duradera.
               -¿Habéis terminado?-preguntó mamá, y yo me detuve en medio de las escaleras y me volví hacia ella. Papá estaba pasándose una mano por el pelo, apoyado en la puerta de la cocina como si lo peor de todo se lo hubiera llevado él y no yo. Mamá nos miró a ambos alternativamente, pero no se me escapó que en sus ojos había más dureza cuando se posaron sobre mí-. Bien. Ven aquí, Sabrae. Estamos dispuestos a escucharte.
               Toda mi determinación y mi cinismo me abandonaron en ese preciso instante. Mamá nunca me había dado órdenes contrarias a las de papá, ni a la inversa, como tampoco me habían levantado un castigo que el otro no considerara cumplido, incluso cuando no estuvieran de acuerdo. La situación sí que debía de parecerle seria si estaba dispuesta a hacer una excepción ahora.
               Miré a papá sin poder evitarlo, y lo bueno es que, aunque parecía tan confundido como yo, asintió con la cabeza, librándome así de tener que entrar en conflicto también con mamá si finalmente la desobedecía. Porque, francamente, no quería estar allí. No quería pelearme más con nadie. Sólo quería descansar y prepararme para lo que se avecinaba. Hasta donde yo sabía, el día antes de la batalla final de una guerra los soldados no se peleaban entre ellos, sino que se entregaban a vivir la vida al límite, como sólo puede hacerlo quien sabe a ciencia cierta que su amanecer será también su sentencia de muerte.
               Bajé las escaleras despacio y volví a mi sitio en el sofá, húmedo por la taza que acababa de derramar. Papá volvió con nosotras, pero se sentó en el reposabrazos en lugar de al lado de mamá, como si no se fiara de sí mismo si no tenía una ruta de escape.
               Los ojos de mamá eran lava líquida sobre mí; me sorprendió no derretirme bajo su mirada.
               -Vas a pedirle perdón a tu padre por lo que le acabas de decir.
               -Pero… ¡pero si ha empezado él!
               -Tu padre no empieza nada contigo porque es tu padre. No es ni tu hermano ni ninguna de tus hermanas. Nosotros no estamos al mismo nivel que tú, Sabrae. Y te hemos educado mejor que lo que nos acabas de demostrar. Aunque tampoco es del todo culpa tuya-admitió, y le lanzó una mirada atravesada a papá que hizo que él se estremeciera-, porque los dos sabemos cómo eres capaz de ponerte cuando te sientes acorralada. Pero lo que le has dicho ha sido horrible. Horrible, Sabrae. Horrible y tremendamente injusto-añadió, irguiéndose hasta quedarse con la espalda estirada-. Nos hemos pasado las últimas semanas tratando en terapia las circunstancias en que llegaste a la familia, esforzándonos para entender lo que habíamos hecho mal y tratar de enmendarlo, normalizar tu adopción y tratar de interiorizar que el hecho de que quieras hablar de ella no significa que quieras cambiarnos por tu familia biológica… ¿y nos sales con esto?
               Agaché la cabeza por la vergüenza. Visto así, desde la perspectiva de ellos, sí que puede que me hubiera pasado un pelín.
               -Escúchame bien, aunque no esté Fiorella para obligarte a hacerlo-dijo mamá con voz gélida, las manos en su regazo-. Que te quede muy clarita una cosa. Yo soy tu madre. Yo. No la mujer que te parió y te dejó en un orfanato como si fueras un paquete con la fecha de entrega límite sobrepasada.
               Levanté la vista y me la quedé mirando, estupefacta, la cabeza dándome vueltas. No podía ser posible que ella tuviera las mismas pesadillas que yo: pesadillas en las que la puerta no se abría, no antes de que me llevaran a otro lugar en el que no sabía lo que sucedía, sólo que supuraba maldad.
               Los ojos de mamá chispearon e inclinó ligeramente la cabeza a un lado, la viva imagen de la sabiduría y la dignidad hecha carne. Yo lo sé todo, chiquilla, parecían decir esos ojos.
               -Y no te pienses ni por un segundo que si por obra y gracia de Dios ahora mismo entrara por la puerta una copia idéntica a ti, pero con veinte años más, yo iba a dejar que te llevara con ella por alguna absurda razón relacionada con la genética o la biología. La abriría en canal como se atreviera a tocarte siquiera un pelo si tú no quieres-me prometió-. Eres mía-dijo, y se dio un golpe en el pecho de forma primitiva, como queriendo dejar zanjado el asunto-. Y eres de tu padre. Así que pídele perdón por haber ido a darnos donde más nos duele.
               Los miré a ambos alternativamente y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
               -No era mi intención…
               -Sí que lo era-atajó mamá-. Siempre lo es. Otra cosa es que no podáis arrepentiros después, pero siempre que tus hermanos y tú entráis a matar es porque queréis-se cruzó de brazos y cruzó también las piernas, reclinándose en el sofá y frunciendo un poco más el ceño-. Te quiero más que a mi propia vida. Más de lo que quiero a nadie, incluido tu padre; por eso voy a fingir que lo que has dicho no lo he escuchado nunca y a pasar página, pero primero te voy a oír pedirle perdón a tu padre.
               Papá se revolvió en el sofá, expectante, y yo lo fulminé con la mirada. ¿De verdad era ésta la misma persona que hacía unos minutos había gritado que no pensaba ofrecerme siquiera el quitar 18 del disco recopilatorio del concierto de Wembley por si acaso yo pensaba que era que quería quitarlo, y me hacía sentir todavía más insuficiente? ¿Y ahora se volvía loco porque quisiera seguir sus pasos?
               -¡Por Dios, Sabrae!-protestó mamá, dando una palmada al aire-. ¡Reconoce que te has equivocado y podremos seguir adelante! ¿Por qué siempre tienes que dejar que tu puñetero orgullo sea tu punto débil?
               Fue un golpe bajo y mamá lo sabía, aunque, ¿podía considerarse un golpe bajo al más certero que podía darme? Después de todo, tenía razón: todo de lo que me arrepentía en la vida tenía relación con mi orgullo y con mi afán por conservar la razón incluso cuando yo misma había dejado de estar convencida de mis argumentos. Mi relación con Alec y las variadas fechas desde que podíamos contar su inicio era la mayor prueba que podía tener de ello.
               Pero, ¡es que tenía razón en esto, joder! ¿Por qué siempre tenía que ser yo el modelo de conducta, incluso cuando era la que tenía más justificado un comportamiento del todo caprichoso?
                -No te escucharemos si tú no estás dispuesta a aceptar las normas de respeto que necesitamos.
               -¿Esas normas se aplican a vosotros también?-pregunté a pesar de mis ojos anegados, y vi que mamá vacilaba un momento. Papá rió con amargura.
               -Quizá lo mejor será que hablemos esto mañana, cuando estemos más descansados-ofreció, levantándose y extendiendo una mano en dirección a mamá para ayudarla a incorporarse-. Ha sido un día muy largo.
               Mira, algo en lo que podemos estar de acuerdo, pensé, y me levanté yo también del sofá. Mamá, sin embargo, se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
               -Yo no voy a pegar ojo y no pienso pasarme la noche comiéndome la cabeza con cosas que probablemente no pasen nunca. Sabes cómo me pongo cuando se trata de ti-añadió, taladrándome con los ojos que había heredado Scott-. Ya me he pasado muchas noches en vela tratando de entender por qué haces lo que haces; me niego a que ahora que estás aquí para responderme nos vayamos a la cama y dejemos esto a medias. Quiero saber por qué quieres ir al programa. Quiero saber por qué te parece buena idea.
               Papá chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.
               -Es evidente que no lo ha pensado bien.
               -Lo he pensado muy bien, papá. Lo he pensado más de lo que me he pensado nada en la vida.
               -Por eso las clases de baile, ¿a que sí?-preguntó mamá-. No es porque quisieras variar. Era porque ya te estabas preparando-dijo, e inclinó la cabeza a un lado. Asentí y ella la sacudió despacio-. Llevas mintiéndonos semanas, Sabrae. Semanas. No vas a irte a la cama hasta que no me hagas entender por qué coño quieres meterte en el mismo programa del que estamos tratando de sacar a Scott tan desesperadamente, ¡vamos!, ni aunque cayera una bomba nuclear sobre el Parlamento y tu cama fuera el único refugio que hubiera en el país.
               »Sé un poco humilde, pídele perdón a tu padre, y siéntate.
               -Estaba intentando explicároslo cuando él…
               -Él no ha obrado bien, pero tú llevas engañándonos semanas, Sabrae.
               -¡¿Por qué siempre tengo que ser yo la del comportamiento intachable?! ¡¡DIOS!! ¿¡Es que no os dais cuenta de la presión que me hace sentir, o de lo injusto que es, que todos en esta casa puedan meter la pata menos yo!?-bramé, explotando por dentro… o, más bien, implosionando, pues ahora en lugar de una onda expansiva sentí que me hacía pequeñita, pequeñita, pequeñita, hasta caber en una mota de polvo y que ésta me quedara grande.
               Papá dio un paso hacia mí: siempre había sido su debilidad, a la que más le dolía ver llorar; ahora no era la excepción por muy enfadado que estuviera. Mamá, sin embargo, era capaz de ser más dura porque conocía mejor nuestros límites. A mí me había llevado al mío, pero aún no lo había traspasado, de modo que el daño que me estaba haciendo era soportable, el que la oruga tenía que sufrir para convertirse en mariposa.
                Me eché a llorar frente a ellos, odiándome a mí misma por mi debilidad y temiendo que aquello fuera la señal de que no estaba preparada, justo lo que estaban buscando para prohibirme ir. Puede que acabara de perder la discusión antes incluso de empezarla, y me odié aún más por ello, pues hacía que el tiempo que había pasado alejada de mis amigas, exigiéndome el mundo y más, no hubiera servido para nada. Por mucho que me hiciera la valiente sabía que necesitaba el permiso de mis padres parar entrar en el concurso: era uno de los formularios que te exigían que incorporaras en el momento en que presentabas tu solicitud de participación, y yo había hecho lo que había podido falsificando las firmas de papá y mamá, pero sabía que ningún tribunal se tragaría que lo habían firmado ellos. E, incluso si hubiera conseguido hipnotizarlos y que me firmaran el formulario, mamá era tan buena que lo anularía en los tribunales sin pestañear.
               Unos brazos me rodearon, cariñosos y comprensivos, y yo me estremecí y me dejé vencer por la debilidad, aferrándome a papá con fuerza. Creo que todavía no estaba lista para perdonarle que no me hubiera dejado siquiera explicarme, pero a la vez estaba tan cansada de pelearme por todo con absolutamente todos que me valdría cualquier mínimo gesto de amor para enterrar el hacha de guerra. Aunque en su defensa debo decir que papá sí que me pidió disculpas.
               -Tienes razón, Saab. Tienes razón. Lo siento muchísimo, pequeña-dijo mientras su mano me acariciaba el pelo y la cabeza.
               -Es muy injusto…-gemí, y él asintió con la cabeza mientras me estrechaba un poco más fuerte.
               -Si te exigimos más que a los demás es porque eres la mejor de esta casa-dijo mamá, lo cual no era el mejor consuelo del mundo, pero al menos era algo. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y me separé de papá, que me dejó ir con gesto dolido y las manos temblorosas.
               -Yo… no… es que…-se pasó las manos por los costados y negó con la cabeza. Era raro que a él le eludieran las palabras, cuando había hecho carrera de ellas incluso antes que mamá. Bufó y volvió a negar, apretando la mandíbula con tanta fuerza que casi sentí en mis propios dientes el daño que debía de estar haciéndose.
               -Vamos a hablar-ordenó mamá, y fulminó a papá con la mirada-. Los tres. Lo más civilizadamente posible, ¿está claro?-alzó una ceja y nos miró a ambos alternativamente. Papá bufó de nuevo y se pasó una mano por el pelo corto. Sacudió la cabeza y dejó caer las manos.
               -No puedo prometer nada, Sher.
               -Pues tendrás que hacerlo, Zayn. Yo soy su madre y voy a hacer el esfuerzo-tenía una expresión dura que me hizo sentir lástima por papá. Bueno, más o menos. La verdad es que me daba más pena yo por lo que se venía y por cómo siempre tenía que cargar con las expectativas de todo el mundo, y, a la vez, soportar que nunca me dieran el crédito de que las había superado. ¿Cómo, si no, se explicaba que papá no creyera que podía conseguirlo? Si salía de casa pensando que iba a perder cuando necesitaba ganar (y con margen), no haría más que tropezar en la primera prueba. Y siendo una chica negra necesitaría toda la ventaja que pudiera conseguir, porque mi camino sería ya mucho más duro.
               Al ver que papá seguía reticente, mamá tragó saliva y entrelazó piernas y brazos en su típica pose previa a sacar un argumento que ningún juez sería capaz de ignorar.
               -Zayn. Lo digo completamente en serio. No parí a un hijo muerto para perder ahora a otra.
               Una piedra helada me hundió el estómago y la cabeza empezó a martillearme. Mamá nunca, jamás, había hablado de su aborto de esa manera tan visceral, casi frivolizándolo. Sabía que había sufrido mucho con aquello y en ocasiones todavía le costaba abrirse sobre ese momento tan oscuro en sus vidas, aunque siempre conseguía encontrar el lado positivo en que, gracias a que había perdido a ese bebé, me había encontrado a mí. Puede que mamá no me hubiera traído a mí al mundo, pero en cierto sentido era un poco como si me hubiera parido… sólo que a distancia y bastante antes de que yo naciera.
               Papá, finalmente, tomó asiento al lado de mamá, pero le costó un triunfo mantenerse quieto: no paró de revolverse y de agitar la pierna mientras hablábamos, y daba igual que mamá le pusiera una mano en la rodilla para que se estuviera quieto. Varias veces mamá puso los ojos en blanco y lo empujó suavemente para que se tranquilizara, pero era inútil.
               Mamá descruzó las piernas, se inclinó a por su taza, revolvió el té tranquilamente y limpió la cucharilla contra el borde. La dejó sobre el platito de la taza y agarró ésta por el brazo.
               -De acuerdo. Vas a contarnos exactamente por qué crees que ir a ese programa infernal es una buena idea.
               -¿Vais a tener una actitud abierta, al menos?-pregunté, y mamá torció el gesto.
               -Acabo de pasar por alto que te niegues a pedirnos perdón por habernos dicho que no somos tus padres, Sabrae. Creo que los dos tenemos que hacer concesiones aquí.
               Tomé aire y lo solté despacio mientras me armaba de valor.
               -Yo no pretendía…
               -Oh, por favor, sí que lo pretendías. Creo que tu peor defecto, de los pocos que tienes, es que siempre sabes dar donde más duele. Es como si tuvieras un sexto sentido, y eso te va a traer mucho dolor si no consigues controlarlo-me advirtió, y se encogió de hombros. La verdad es que tenía razón: en las peores discusiones con Alec yo siempre iba a darle en el punto más débil que tenía. Si en el amor y en la guerra todo vale, imagínate en la guerra con tu amor. Nuestras peleas más feas y gordas siempre habían sido peores por mi culpa; era algo que yo siempre negaba en su momento, pero luego, pasado el calentón, me veía obligada a reconocer.
               -A veces no sé si me dices que soy igual que mi padre porque lo piensas de verdad o porque sabes que es lo que más daño me hace de todo lo que podrías decirme. Más incluso que que no me quieres-me diría Alec alguna vez, y yo me echaría a llorar y le diría que nunca lo diría en serio y que lo sentía mucho, y que jamás me lo volvería a escuchar.
               Y luego llegaba otra pelea de las gordas y mi lengua y mi maldad me iban por delante.
               -Pero no vamos a intentar cambiar eso ahora, porque nos llevaría demasiado tiempo y tu padre y yo nos haríamos demasiado viejos como para seguir peleándonos contigo. Habla, Sabrae. Habla y dime por qué coño quieres ir al mismo sitio por el que yo me estoy matando para sacar a tu hermano.
               -A tu madre le está costando la salud-me recordó papá, y yo me relamí los labios.
               -Lo sé. Lo sé. Claro que también pienso… a Eleanor no estáis intentando sacarla-razoné-, y a ella le va bien y está contenta. Así que, en realidad, el problema no es el concurso en sí, ¿no? El problema es el contrato que le han hecho a Scott.
               -El problema es que tu hermano ahora es un producto a merced de la discográfica vinculada al concurso, y no una persona de verdad. A Eleanor le va bien porque no ha necesitado parar, pero, ¿qué pasará cuando lo necesite?-preguntó mamá.
               -¿Y si no lo necesita?
               -Supón que te dejamos presentarte… y, no te hagas ilusiones, eso es mucho suponer-añadió- papá-. Supón que vas y que consigues ganar…
               -¿Por qué tienes que decirlo en ese tono, como si creyeras que no puedo? ¿Piensas que Scott es mejor que yo?
               -¿Y tú? ¿Piensas que eres mejor que tu hermano?-preguntó mamá, cruzándose de brazos-. Eso es de una prepotencia que yo no te inculqué.
               -Mamá, por favor. Llevas toda la vida inculcándome que no deje que el mundo me avasalle, ¿se supone que eso es ser humilde?
               -Una cosa es ser humilde y otra cosa es dejar que te pisoteen, Sabrae. Y una cosa es creer en ti misma y otra pensar que eres mejor que tu hermano.
               -O sea, que pensáis que Scott es mejor que yo-atajé-. ¿Por qué, exactamente? ¿Porque…?
               -Cuidado con lo que dices a continuación-me advirtió mamá levantando el dedo índice-. No te voy a pasar otra como la de antes, te lo advierto.
               -Iba a decir que porque es un chico, o porque es mayor, pero supongo que el subconsciente os traiciona.
               Papá dio un brinco, pero mamá se limitó a sonreír.
               -¿Ves? No estás preparada. No manejas bien la presión, Sabrae. ¿Te crees que no van a preguntarte lo que nosotros te estamos preguntando ahora? ¿Que no te compararán constantemente con tu hermano y tratarán de pincharte para lograr que saltes?-arqueó una ceja con gesto chulo y yo bufé.
               -Scott no… yo… él no es mi competencia. Y me da igual lo que la prensa intente hacer. Sabré responder con elegancia. Tendré entrenamiento de medios, ¿no? Además, tampoco es como si no me escudriñaran a cada paso que doy. Llevo toda mi vida expuesta al escrutinio, así que podría decirse que estoy acostumbrada a la atención. Además, sabré por qué lo hacen.
               -Hace unas semanas estabas hecha un manojo de nervios por lo que decían de ti en la prensa, Sabrae.
               -No es agradable que el mundo se vuelva en tu contra.
               -¿Y qué crees que pasará si te metes en el programa mientras tu madre negocia para liberar a Scott del contrato que lo ata? Utilizarán todos los medios a su alcance para tratar de hundirte, Saab, ¿no lo entiendes?
               -El programa me dará exactamente los mismos medios para defenderme. No les interesa tener a una concursante a la que todo el mundo odia.
               -No sabes cuánta atención despierta el odio. Muchísima más que la admiración-me aseguró papá-. Los artículos en los que me critican reciben más visitas que aquellos en los que me alaban sin importar cuánto los compartan mis fans.
               -Quizá en parte sea porque tus fans también entran a defenderte-me encogí de hombros-. A mí me gusta cuando me defienden, la verdad.
               -Creo que nos estamos desviando del tema-mamá dejó la taza sobre su platito encima de la mesa-. Todavía no he conseguido entender qué atractivo le has visto al programa. Quiero decir: si quieres ir es porque quieres cantar, ¿no? Entonces, ¿qué problema hay en sacar el disco con tu padre y el resto de One Direction? ¿Acaso hay mejor carné de presentación que la boyband más grande de todos los tiempos?
               Papá asintió con la cabeza, la mirada ausente y los dedos unidos por las yemas, pero yo chasqueé la lengua y puse los ojos en blanco. De repente me habían dado sin saberlo la llave para salirme por la tangente y ganar la discusión.
               Porque, efectivamente, ¿quién no iba a querer a los padrinos más poderosos de la industria musical? ¿Quién no iba a querer el foco de la boyband más grande de todos los tiempos? ¿Quién no iba a querer despegar desde el cielo si le daban la oportunidad?
               Alguien que ya había estado en el espacio y sabía que era un lugar vacío y solitario. Alguien que había crecido bajo ese foco y ya no le cegaba la luz. Alguien que ya tenía esos padrinos, literalmente, cuidándola desde que nació.
               -El programa me dará lo único que vosotros no podéis: la oportunidad de demostrar que lo merezco.
               Mamá apretó los labios y papá frunció el ceño; luego se rió con sorna y negó con la cabeza.
               -Hay gente que no lo merece y triunfa en este tipo de programas, y otros que fracasan y luego tienen todo el éxito del mundo. No tiene nada que ver, Sabrae.
               -Ya, bueno-carraspeé-. Toda esa gente no tienen un apellido en el que apoyarse, ¿no?
               -Precisamente por eso no entiendo por qué lo necesitas. Ya tienes la atención, ¿por qué no te basta con simplemente salir ahí fuera y que el público decida si la mereces o no?
               -Porque la voy a tener independientemente de lo que haga o diga, papá, simplemente por ser tu hija. Respiro validación. Tus fans me defienden a capa y espada sin importar lo que yo haga, y creo de veras que podrían sustentar una carrera mía incluso si no la mereciera simplemente por fidelidad hacia ti.
               Papá miró a mamá, que se encogió de hombros como si creyera que yo tenía razón. Intenté contener mi sorpresa, pues no podía creerme que esto estuviera funcionando. Si conseguía que me dieran permiso para ir simplemente porque para ellos tenía sentido que yo no quisiera ser una nepobaby más, creo que me merecería un premio a la mejor abogada del año.
               Lo cual sería muy gracioso, teniendo en cuenta que tenía un Grammy a mi nombre desde bebé.
               -Por eso quiero probarme a mí misma en un concurso en el que sé que serán objetivos conmigo igual que lo fueron con Scott o Eleanor. O con Tommy, Diana, Layla y Chad, ya puestos. A Scott incluso le exigieron más simplemente por ser tu hijo, que es justo lo contrario de lo que harían las discográficas si yo ahora mismo llamara a sus puertas.
               -¿No te irías con la de Louis y Liam?-preguntó papá con gesto herido, y yo sacudí la cabeza.
               -¿Qué mérito tendría eso? Me daríais todo lo que yo quiero en bandeja de plata, y quiero merecérmelo.
               Papá se inclinó hacia atrás en el sofá y se apoyó las manos en las rodillas. Frunció el ceño y miró a mamá, que parpadeó despacio. Di que sí, pensé. Di que sí, di que sí, di que sí.
               ­Mamá inclinó la cabeza a un lado, sus ojos brillando con inteligencia, y me di cuenta de que  estaban manteniendo una conversación silenciosa. Papá apretó los labios de nuevo y se mordió los labios.
                Decidí tener esperanzas sólo de que me dijeran que tenían que pensárselo. Ya sería todo un logro después de la reacción que había tenido papá.
               -¿Crees que no te merecías salir en Wembley?-preguntó mamá, y yo la miré. Tenía las cejas arqueadas propias de un templo en el que se impartía justicia más que misericordia, y yo tuve la extraña sensación de haberme metido sin saberlo en un callejón sin salida.
               -Yo... es parte de la historia de mi familia.
               -Creías que no te merecías salir en Wembley, ¿sí o no, Sabrae?­-me presionó, y sus ojos me taladraron con la intensidad de dos láseres. No en vano Scott era capaz de sacarme hasta la última confesión: había heredado de mamá su visión de rayos X. Si a él nada se le escapaba, imagínate a ella.
               Me lo estaba jugando a todo o nada. Podía intentar colársela, y arriesgarme a que se diera cuenta, pero que así mis argumentos se sostuvieran… o podía decirle la verdad y perder la discusión. Me pregunté qué haría Alec en aquella ocasión. Seguro que me cogería la mano y me diría que yo podía con todo, pero, ¿podía con mamá? Ella se ganaba la vida leyendo a la gente, y mentirosos peores se habían derrumbado ante sus dotes para la persuasión.
               Se me encogió el estómago cuando me di cuenta de que no acababa de meterme en un callejón sin salida: había entrado tan alegremente en cuanto empecé a bajar las escaleras cuando mamá me lo ordenó. Puede que papá fuera más pasional y tuviera impulsos que le costaba más controlar, pero incluso aunque mamá me defendiera con más fiereza, estaba más que acostumbrada a dejar a un lado sus sentimientos si le perjudicaban, y a tirar de ellos cuando sirvieran a su propósito.
               Ni siquiera podía tener la esperanza de que no me pillara, porque si podía con gente a la que apenas conocía, conmigo y con mis hermanos lo tenía chupado.
               Así que opté por cuidar nuestra relación en vez de dañarla más. Después de todo, sí que necesitaría su permiso para irme. Daba igual lo que me costara: tenía que obtenerlo a toda costa. Incluso si Scott decidía no ayudarme, al menos podía interceder por mí y convencer a mis padres con cosas que yo no podía esgrimir contra ellos: que yo nunca se lo perdonaría, que ya bastante dado me habían hecho, que lo estaba pasando muy mal con la ausencia de Alec y que ésta era una manera de entretenerme, o que puede que el programa fuera la ocasión perfecta para volver a ganarme el favor del público cuando vieran que yo me mataba a trabajar por lo que quería.
               -Sí.
               Papá dejó escapar aire sonoramente, aliviado. No me había dado cuenta de cuánto le preocupaba saber mi opinión. Mamá asintió con la cabeza y cruzó las piernas. Como esperaba, se dedicó a desmontar mis argumentos con facilidad pasmosa.
               -Entonces, en realidad, no tienes ningún problema con aprovechar la plataforma que tiene tu padre. Además, a mayor la plataforma, mayor el escrutinio, y casi todos los medios estaban de acuerdo en que el momento en que las hijas habían salido a cantar con los padres había sido uno de los momentos más emocionantes de la noche. Tú te apropiaste del espectáculo en cuanto saliste, así que no alcanzo a entender por qué piensas que aprovecharte de que tienes el apellido que tienes, y de las puertas que puede abrirte, puede ir en tu detrimento en lugar de en tu beneficio. ¿Tienes idea de la cantidad de artistas que matarían por tener la décima parte de libertad que tienes tú en ese aspecto?
               -Lo sé.
               -Yo mismo tuve que luchar con uñas y dientes para llegar adonde estoy. Sólo Louis-Louis siempre delante, no podía ser de otro modo-, Niall, Liam, Harry y yo sabemos por lo que pasamos  esos años. Y sé a ciencia cierta sin tener a ninguno de ellos delante para confirmarlo que ninguno de nosotros quiere que paséis de nuevo por ello si podemos evitároslo.
                -Entonces, ¿por qué se lo permitisteis a Scott?-pregunté.
               -Scott es diferente.
               -¿Porque tiene tu cara y la final garantizada sólo por ello?-ironicé.
               -Porque él no tenía perspectivas de futuro más allá del concurso. Tú sí.
               -Para Eleanor eran las perspectivas de su futuro desde bien pequeñita-añadí a la desesperada.
               -Estás en el instituto-me recordó mamá-. Vas a ir a la universidad. Los cuatro vais a tener estudios superiores con los que ganaros la vida. El arte está muy bien, pero necesitáis un plan B.
               -¡Papá no tenía un plan B!
               Mamá se rió por lo bajo y negó con la cabeza.
               -¿Es que no ves, chiquilla, que yo soy el plan B en esta casa?
               -B de “billetes”-comentó papá por lo bajo con una sonrisa, la mirada fija en sus anillos, con los que estaba jugueteando, y una sonrisa en la boca. Los ingresos de papá eran más estables, tanto por el sueldo del instituto (irrisorio, a decir verdad) como por las regalías que le reportaban los catálogos musicales de la banda y el suyo propio, pero mamá era la que metía el dinero gordo en casa. Podríamos vivir más que cómodamente sólo con lo que mamá ingresaba que, desde luego, no era poco. Quizá no tan estable, pero lo compensaba con creces con la cantidad.
               Podría decirse que, económicamente, mamá era la que llevaba los pantalones en casa (como si a papá no le encantara que llevara los pantalones en todo lo demás, por otro lado). Eso, claro, si obviábamos también el subtexto machista de la frase, pero… en fin.
               -Pues por eso precisamente no entiendo por qué os preocupáis-me quejé-. Tengo tiempo de sobra de sacarme una carrera e ir a la universidad si lo de la música no funciona; en cambio, el concurso se va a terminar el año que viene…
               -¿Y por qué tiene que ser a este concurso y no a otro?
               Abrí la boca para contestar, pero, al no encontrar ningún argumento para hacerlo, la volví a cerrar. Estupendo, acababa de quedar como una borrega delante de ellos. Era como si ni siquiera hubiera pensado en la posibilidad de que me ofrecieran ir a otro. Cualquiera, menos ese.
               Mamá esbozó una sonrisa chula que me despertaba una gran rabia incluso en Alec, así que imagínate en alguien a quien estaba tratando de persuadir, y noté que me empezaban a sudar las manos.
               -Eh… pues… bueno, es el que más audiencia tiene… y, como Scott ha pasado por él y lo hemos visto religiosamente, he pensado que es el que mejor entiendo y mejor sé cómo funciona… así que él podría darme consejos…
               -Precisamente porque sabes cómo funciona no deberías pensar en ir a él-espetó mamá, encogiéndose de hombros-. ¿No se te ha pasado eso por la cabeza, Saab? Podrías hablarnos bien de otros, de cualquier otro, pero no de ese. No, cuando sabemos todo de lo que son capaces.
               -Y lo que podrían hacerte-añadió papá, y se me encogió el estómago. No podía ser que supieran lo que le había pasado a Diana y no hubieran hecho nada. Eso no era posible, ¿no? Quiero decir… mamá había removido cielo y tierra por cosas bastante menos serias y por chicas a las que apenas conocía. Daba igual que fuera su trabajo: simplemente no podía dejar que los que le habían hecho tanto daño a Diana quedaran impunes.
               Mi cara debía de ser un problema, porque papá rió por lo bajo.
               -¿Lo has pensado muchísimo, pero no te has parado a pensar en todo lo que le hicieron a tu hermano por ser hijo mío? Recuerda cómo Jesy iba a por Scott a cada ocasión que se le presentaba.
               -Quizá, como yo soy una chica…
               -O cómo puso a toda la banda en el apuro de tener que cantar canciones por separado, cuando ésa no era su dinámica, simplemente para tratar de torpedearlos.
               -Pero les salió bien, ¿no? ¿Por qué conmigo tiene que ser diferente?-pregunté, irguiéndome-. ¿Piensas que no soy capaz con lo que me echen como Scott?
               -Scott no estaba solo. Tú sí lo estarías, si fueras-me recordó mamá.
               -Que no vas a ir-adelantó papá.
               Tomé aire y lo solté despacio.
               -La abuela Trisha te apoyó en tus sueños.
               -La abuela Trisha no sabía en lo que me metía cuando me sacó de la cama hace veinticinco años. Puede que no lo hubiera hecho si hubiera sabido lo que vendría después.
               -¿Te arrepientes de lo que te dio The X Factor?-pregunté, levantando la barbilla en gesto retador. Quería que me dijera que se arrepentía de la fama, del dinero, de la repercusión, para yo poder responderle que todo eso le había llevado hasta mamá, y mamá le había dado a Scott, y Scott le había dado a mí.
               Papá me atravesó con la mirada y negó con la cabeza.
               -No me arrepiento de nada de lo que me dio el programa porque el programa me ha traído hasta aquí. Gracias al programa os tengo a vosotras-dijo, y le cogió la mano a mamá antes de mirarla un segundo brevísimo en el que vi que recargaba energías con ese gesto tan simple-. Eso no quiere decir-clavó de nuevo los ojos en mí-, que quiera que mis hijos pasen por lo que yo pasé. ¿Crees que habría dejado que Scott se presentara si supiera todo lo que iba a venir detrás?
               -Tenías que saberlo, si tan mal lo pasaste en TXF.
               Papá sonrió con amargura.
               -Simon Cowell hace tiempo que es irrelevante, y la mayoría de mis males eran culpa suya. Sabía que la industria también podía estar podrida, pero con él fuera de la ecuación… bueno, pensé que las cosas serían diferentes.
               Cogí mi taza de té y subí los pies al sofá.
               -No es justo que dejarais que Scott pasara por ello y yo no. Tal vez para mí sea diferente. Yo también merezco la oportunidad de trascender, ¿no os parece?
               -¿Quieres trascender?-preguntó papá, poniéndose en pie de un salto y saliendo un momento del salón. Observé a mamá, que tenía una expresión calculadora en su mirada, como si estuviera midiendo lo en serio que iba con esta propuesta. Como si por pura fuerza de voluntad fuera a conseguir que me rindiera.
               Tendría que encerrarme en casa para que yo me desesperara, pero al menos estaba decidida a no amedrentarme fácilmente.
               Cuando papá regresó, se me pusieron los pelos de punta igual que el resto de veces que lo veía. En casa había varios de esos, pero ninguno como él: no había ninguno magullado de tantas veces lo habían golpeado contra el suelo, mordisqueado, arañado y agitado en el aire.
               Tampoco había otro que tuviera mi nombre en él.
               -Si esto es por trascender-dijo papá, señalando el Grammy que había ganado por la canción que me escribió cuando yo era tan sólo un bebé-, puedes encerrarte en una cueva, o buscarte una playita virgen y vivir tranquila el resto de tus días. Ya me ocupé de que tuvieras tu huella antes siquiera de que tuvieras un año.
               -Quiero trascender por mí misma, papá-negué con la cabeza y empujé el Grammy a un lado-. Esto habla de ti, no de mí. Yo también tengo mucho que aportar.
               -Pues apórtalo conmigo-dijo, acuclillándose frente a mí, pero en un gesto nada suplicante-. Apórtalo conmigo y apórtalo ya en el cielo, donde te mereces. No hay necesidad de que te arrastres cuando puedes volar.
               -Nunca me tomarán en serio y creerán que no lo merezco si mi primer crédito es en uno de los discos más reservados de la historia.
               -El más reservado-matizó mamá, y papá sacudió despacio la cabeza.
               -¿Tú crees que no lo merezco?-pregunté.
               -¿Tienes que preguntarlo?
               -Quiero oírtelo decir, papá, porque has tenido tantas ocasiones de decirlo y la has eludido tantas que empiezo a pensar que te niegas porque crees que no lo conseguiré.
               -Claro que creo lo mereces. Y mi opinión debería ser más válida que la de esa gente. Yo tengo más idea que ellos.
               -Puede, pero no eres el mundo entero, papá.
               -Y por supuesto que sé que lo conseguirás. La cuestión es cuánto te va a costar. Y cuánto estoy dispuesto a pagar yo permitiéndotelo. Si dejo que vayas y te destrozan para sacarte hasta el último gramo de luz que tienes dentro, no seré igual que ellos: seré peor. Porque a ellos no les importas y ellos no tienen el deber de cuidarte. Yo sí.
               -¿Y si te dijera que no te lo perdonaría nunca?-pregunté con calma, y mamá cruzó y descruzó las piernas, esperando. Sabía de sobra su respuesta: le daría igual que no la perdonara si con eso me mantenía a salvo.
               Por eso mismo se habían metido los dos entre Alec y yo.
               Pero papá… papá sabía lo que era el gusanillo de la música. Sabía que una vez que oías a miles y miles de voces coreando tu nombre y cantando a gritos las canciones que habían sonado por primera vez sólo en tu cabeza, ya no eras capaz de dejar de perseguir ese subidón.
               Una vez has montado a lomos de un dragón, ya jamás te conformas con los caballos. En mí habían plantado una semilla peligrosísima con las primeras actuaciones en el programa en las que había ayudado a Eleanor, pero 18 había sido la chispa que había encendido la mecha, y ya no había manera de parar la detonación.
               -Prefiero que no me perdones nunca a que no quede nada de ti con capacidad para perdonar.
               A pesar de todo, me desinflé. Ya sabía que ésa sería su respuesta, pero no dejó de ser decepcionante por ello. Tomé aire y lo solté despacio, asentí con la cabeza, bajé los pies del sofá, me levanté y me sacudí.
               -Entonces no sé por qué seguimos hablando de esto.
               Recogí la carta de Alec, milagrosamente libre del té derramado, y me dirigí hacia las escaleras.
               -O de nada, en general-añadí, y empecé a subirlas.
               -Algún día tendrás hijos y te pondrán en la misma tesitura en que nos estás poniendo tú a nosotros-dijo mamá, y esta vez fue ella la que subió los pies al sofá mientras jugueteaba con la taza-. Y tomarás la misma decisión que estamos tomando nosotros: protegerlos por encima de hacerlos felices. Y algún día nos lo agradecerás.
               -Creo que lo entenderé algún día-admití, encogiéndome de hombros-, pero no creo que os agradezca nunca que me hagáis sentirme como si creyerais que no soy capaz de lograrlo. Scott lo logró. A mí lleváis toda la vida preparándome para esto, aunque no lo pretendierais. ¿Me estáis diciendo que Scott, sin apenas entrenamiento, lo superó con nota, pero yo, a quien habéis educado para ser siempre la mejor en todo lo que hace, por lo cual soy tan perfeccionista, no lo voy a conseguir? Todo el puto país me odia-escupí-. Creen que soy una mocosa malcriada y consentida que no se merece la cuna de oro en la que nació. Obviando, claro, que no tenemos ni puta idea de dónde nací-gruñí, y empezó a darme vueltas la cabeza-. Pero ésta sería mi oportunidad de demostrarles que se equivocan, y que me merezco su amor… y el vuestro-añadí-. A Scott le quieren y le respetan porque pasó por el programa, porque le vieron trabajar, desnudarse y mostrarse vulnerable ante el mundo para dejar que lo juzgaran, confiando en que serían benevolentes. Yo estoy tan protegida aquí que se mueren de las ganas que me tienen. No se atreven a hacerme nada cuando estoy contigo-miré a papá-, porque saben que no pueden contigo. Pero, ¿conmigo? Llevan queriendo ponerme en mi sitio desde que me vieron con Eleanor. El programa sería la oportunidad perfecta para que ellos creyeran que podían ponerme en mi sitio y se den cuenta de que, en realidad, éste es mi sitio. No habría llegado tan joven o puede que no hubiera llegado en absoluto de no ser por ti, papá, pero la cuestión es que he llegado. Llegué hace mucho tiempo, y me estáis impidiendo que reclame lo que es mío.
               -¿Y qué se supone que es tuyo, Sabrae? Porque de la atención no se vive.
               -Mi sitio en la industria. Y en esta familia. Scott es tu hijo-le dije a papá-. Quiero serlo yo también.
               Papá rió con amargura y mamá se acomodó en el sofá.
               -Ah, ¿que todavía no lo eres? Perdona, creía que había firmado correctamente los papeles el 1 de mayo de 2020.
               -No a ojos del país. No a ojos de quienes me odian. Sólo soy tu jueguecito de familia perfecta, tu entrenamiento hasta que llegó Shasha y fuiste padre de una niña de verdad. Yo no soy Sabrae Malik. Sabrae Malik estaría en el escenario, igual que lo está Scott. ¿Por qué me escondéis? Porque sabéis que no estoy a la altura. Porque sabéis que no daré la talla. Porque sabéis que no me querrán como a vosotros porque yo no soy una de vosotros.
               Papá levantó la mandíbula y me fulminó con la mirada.
               -Y ni siquiera lo estoy diciendo para hacerte daño. Lo estoy diciendo porque lo pienso de verdad. Puedes enchufarme en mil discos, darme mil contratos o escribirme mil canciones: sólo estarás compensando lo que sabes que yo no tengo. En cada concierto en que me saques, dirás que soy tu hija no como una presentación, sino como quien está haciendo afirmaciones para que algo salga como él quiere.
                -Ése es tu puto problema, Sabrae: te preocupas tanto de lo que la gente piense de ti que sólo dejas que te definan ellos. No te permites definirte por ti misma, ni por quienes más te quieren porque te conocen mejor que nadie.
               -Es que si nadie me quiere, nadie será justo contando mi historia cuando yo ya no esté. Y quiero que la cuenten igual que contarán la tuya, la de Scott o la de mamá. Creo que tengo ese derecho. Creo que no debería ser la única anónima en una familia excepcional-di una palmada en el pasamanos-. Pero, claro, tampoco espero que lo entendáis. Yo…-se me llenaron los ojos de lágrimas-, sólo hay una persona que entiende lo que es que te falle quien más tiene que protegerte y cómo te marca eso el resto de tu vida. Y ni siquiera está en el continente.
               Ni siquiera sabía que me sentía así hasta que no lo verbalicé, pero fue como abrir las compuertas de la mayor presa del mundo y, a la vez, quitarme el mayor peso que había ido cargando jamás conmigo. Me limpié dos lágrimas osadas con el dorso de la mano y miré sus rastros desiguales en mi piel.
               -Eso no quita que os quiera muchísimo y que os esté agradecida por ser mis padres. Pero es mi propósito. De veras que lo siento así.
               Era verdad. Por Dios, era verdad. No sólo quería ganar por hundir a quienes habían hecho daño a Diana; también quería ganar porque me lo merecía. Estaba pasando un año de mierda, el mundo se había vuelto en mi contra, creían que no me merecía todos los lujos que tenía… y yo quería demostrarles que no era así. Me merecía que me quisieran. Me merecía triunfar. Me merecía ser feliz mientras esperaba a que Alec volviera.
               Me merecía hacer algo que le hiciera sentir orgulloso, a él y a todos los demás.
               -Ojalá me dijerais que sí, y ojalá Scott me ayudara. Me haría muy feliz teneros a mi lado, pero lo haré de todos modos, estéis conmigo o no. Ya he estado sola antes-esta vez las lágrimas osadas fueron más de dos-, y ya me encontrasteis antes. Si me rompen… creo que os apañaréis para reunir mis pedacitos.
               Me limpié de nuevo las lágrimas con el dorso de la mano y, con la carta pegada al pecho, subí las escaleras y me fui a mi habitación. Me acurruqué en la cama y me prometí dejar de llorar mientras me abrazaba a mi peluche de Bugs Bunny, cansada de estar siempre hecha un manojo de lágrimas y echando de menos a la chica que era hace un año, mucho más segura de sí misma y menos llorona porque tenía menos problemas.
               El cansancio pudo conmigo mucho antes que con mis padres; ellos se quedaron hablando en el salón, seguros de que a mí se me habían quitado las ganas de escuchar a hurtadillas, con las rodillas pegadas y enfrentadas y los tés enfriándose.
               Se quedaron en silencio un rato, digiriendo mis palabras, decidiendo cómo les hacían sentir. Mientras mamá pensaba con los ojos entrecerrados, papá se paseaba de un lado a otro como un gato encerrado. Mamá dio un sorbo del té y entrecerró los ojos; papá se detuvo frente al Grammy y lo cogió.
               -¿Crees que es culpa mía?-preguntó tras un instante de reflexión, todavía con los ojos fijos en los abollones dorados que tenían apenas un año menos que yo.
               -¿Por?-inquirió mamá aún en tono ausente.
               -Yo soy artista. Ahora, Scott también-dejó el Grammy de nuevo en la mesa baja, se encogió de hombros y se sentó en el sofá junto a mamá, las piernas orientadas hacia ella-. Antes ella no quería esto. ¿Crees que es por mí?
               Mamá se relamió los labios, terminó de hilvanar un pensamiento y negó con la cabeza. Dejó la taza sobre la mesa, ignorando el plato, y respondió:
               -Creo que no. Además, es… bueno, Saab. Siempre mira más allá-miró a papá como preguntándole “¿me estás siguiendo?”-. Sinceramente, me creo lo que nos ha dicho, pero creo que tiene que haber algo más. No creo que sea sólo por pasar frente al hermano y reclamar un hueco para la familia en cada lugar del podio, sino… quiere decir algo. Ella nunca había demostrado interés por esto, y vale que puede haber cambiado de opinión, pero… me parece todo demasiado repentino. Hay demasiada determinación. Parece casi…
               -¿Urgencia?-adivinó papá, y mamá lo miró y asintió con la cabeza. Se relamió los labios y negó despacio con la cabeza-. ¿Crees que… quiere provocar algún cambio? ¿Ser el caso que impulsa el cambio?
               Mamá apretó los labios y se quedó mirando la taza humeante.
               -Tú siempre has dicho que los mayores cambios son casos mediáticos. ¿Y si ella quiere serlo?
               -Mi hija no-respondió mamá, y miró a papá con ojos brillantes-. Mi pequeña, no. Mi hija no, Z. La crié para que fuera fuerte e independiente, pero no una mártir. ¿Crees que me he equivocado y le he dado el mensaje equivocado? ¿Lo ha malinterpretado, o yo lo estoy exagerando?
               -No me refiero a…
               -Dejaría que me violara un ejército entero con tal de que ella no tuviera que pasar por nada de lo que pasamos las mujeres solas en esa industria-dijo, negando con la cabeza-. No habría nada que no hiciera con tal de que ella…
               -No quería decir que quiera que le hagan algo para ella denunciarlo. Otras mayores ya lo hicieron y no…-papá negó con la cabeza-, no sirvió de nada. Puede que tenga un enfoque distinto…
               -Yo que la encerraría en un sitio con tal de que no le hicieran daño y no es coña, Zayn-aseguró mamá.
               -Escucha. Escucha un segundo, ¿vale?-pidió, y papá se inclinó hacia mamá-. Creo que… tiene razón. La hemos estado preparando para esto sin saberlo. Le dimos clases de canto para que no se sintiera fuera de lugar si Scott tenía talento. Le enseñamos que su voz merece ser escuchada. Quizá la consecuencia lógica era que pasara esto. Y, Sher… siento decirte que si se le ha despertado el gusanillo, absolutamente nada lo dormirá. Antes no he reaccionado bien, y me arrepiento mucho. Estoy intentando racionalizarlo todo, y… debemos aprender de la terapia. Las sesiones eran para esto, ¿no? Para que volviera a confiar en nosotros y nos dijera lo que quisiera incluso si sabía que no nos gustaría.
               -Las sesiones eran para que confiara en nosotros, no para que la consintiéramos.
               -Creo que decirle que no ahora sería dar marcha atrás y perderla.
               Mamá se lo quedó mirando y negó con la cabeza.
               -No la perdamos de nuevo, Sher.
               -Para ti es fácil porque sabes lo que es, y has convivido con éxito con la diana que te pusiste al ir al concurso. Yo no sé qué esperarme, y no quiero pasarme cada día comiéndome la cabeza pensando en lo que le puede estar pasando a Sabrae.
               -Para mí no es fácil precisamente porque sé lo que es, pero debes dejar de ignorar que tú también te has puesto una diana, y que la agitas para que la vean cada 8 de marzo.
               -¿Estás diciendo acaso que es culpa mía?
               -No. Estoy diciendo-papá cogió las manos de mamá y habló en tono tranquilizador-, que esto iba a pasar tarde o temprano. Que en parte lo hemos propiciado y que es fuerte y lista y decidida, y que lo hará con o sin nosotros-papá le dio un beso en las manos unidas-. Dejemos que sea con nosotros, Sher.
               Mamá suspiró y soltó las manos de papá.
               -En cuanto empezó con su discursito, supe que estábamos perdidos. No has sido capaz de decirle que no a nada en toda su vida-mamá exhaló una risa por la nariz-. Si no fuera tan increíble, estoy segura de que sus hermanos ya la habrían matado de pura envidia.
               Papá suspiró con dramatismo.
               -Ya sé que es un problema…
               -No, ¿tú crees?
               -Pero confío en que se te ocurrirá algo para pararle un poco los pies. A ella, o a quienes quieran hacerle daño.
               Mamá lo miró de soslayo.
               -Scott va a cumplir diecinueve años el año que viene-constató, y papá arqueó una ceja.
               -Ya… ¿y? ¿Qué me quieres decir con eso?
               Mamá giró la taza, la colocó en su platito y puso los ojos en blanco.
               -¿Veinte años juntos y todavía no sabes lo rápido que encuentro soluciones a los problemas de esta familia? Por favor, Zayn. He dejado en la calle, con una mano delante y otra atrás, a maridos mucho mejores que tú.
               -¿Ya tienes una idea?
               -El tono de sorpresa es francamente insultante-respondió mamá-. También he despedido a bastantes becarias por mucho menos-lo cual era mentira; mamá era increíblemente paciente con sus becarias, y ninguna de ellas era tan boba como podía serlo papá.
               -O sea que, ¿tienes una idea?
               Mamá esbozó una sonrisa maligna y se permitió un sorbito chulito de té antes de responder:
               -Tengo seis.

             
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1 comentario:

  1. Antes de nada decir que me hace muchísima ilusión que me hayas dedicado el capítulo y que aunque todo este universo es por obra y gracia de tu mente, yo siempre me he sentido un poquito parte de esos personajes, ya sea por el tremendo cariño que les he cogido a lo largo de los años, como por lo momentos en los que leer un capítulo me ha ayudado a evadirme cuando más lo necesitaba y es gracias a ti y solo a ti. Te quiero amiga.

    Entrando ya en materia, he estado en tensión todo el puto capítulo. Se me ha partido el corazón con lo de “sólo hay una persona que entiende lo que es que te falle quien más tiene que protegerte y cómo te marca eso el resto de tu vida. Y ni siquiera está en el continente” y con sus últimas palabras hacia el final de la discusión. Siento que es inverosímil que la dejen ir si le cuenta el verdadero motivo por el que quiere participar en el concurso (aunque haya admitido que también es por lo otro) pero algo me dice que Sherrzade es demasiado lista.

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