jueves, 5 de marzo de 2026

Romantizar la cumbre.


¡Hola, flor! Como dije el último día 23, no podía dejar pasar la oportunidad de celebrar una ocasión tan señalada como el cumpleaños de Alec sin un capítulo, así que, ¡aquí lo tienes! ᵔᵕᵔ
Dado que he subido un capítulo tan cerca de otro, con los consiguientes cambios en mis horarios de estudio y lo pillada que estoy de tiempo entre trabajar y estudiar, no habrá capítulo el 23 de marzo. Te espero, entonces, el día 23 de abril, en el que, además del cumpleaños de Scott, ¡celebramos los 9 años de la novela!
Tengo muchas ganas de celebrar ese aniversario contigo, ¡te espero!
Y dicho todo esto… ¡disfruta mucho del cap!



 
 
A pesar de que siempre había disfrutado muchísimo en las respectivas casas de mis abuelos y siempre me moría por visitarlos, igual que a mis tíos y a mis primos, el hogar que tenía en Londres me atraía igual que la marea alta a una sirena. Siempre había una parte de mí que ardía en deseos de volver a casa; más aún la habría habido si Alec me hubiera estado esperando allí.
               No fue el caso ese año. Me centré en disfrutar de mi familia, de los paseos con mis hermanos por las calles por las que nos orientábamos pero no dominábamos como las de nuestra infancia, de disfrutar de puestos con regalos idénticos en mercadillos de navidad mucho más pequeños que los que solíamos tener en casa, y de pararnos ante los escaparates de negocios que llevaban toda la vida abiertos y, con todo, nosotros redescubríamos con el final de cada año.
               Me entregué por completo a disfrutar de esas navidades como si fueran las últimas, porque en cierto modo sentía que así era. Aunque no nos asaltaban tantos como lo habían hecho en el local de carretera o como lo hacían en Londres, donde había muchos más turistas que en Bradford, o ya no digamos que en Burnham, cada tarde Scott tuvo que detenerse a hacerse por lo menos alguna foto, firmar algún autógrafo y dar las gracias por alguna muestra de apoyo
               Esperaba que ése fuera mi porvenir el año siguiente, de modo que todo mi ser se centró en aprovechar el no tener que forzar la sonrisa, no rememorar el garabato que me había inventado para los autógrafos, ni forzar un agradecimiento que se peleaba con el reproche de haberme quitado un poco de tiempo con mi familia. Sentía un pellizquito de remordimiento y de añoranza cuando alguien me reconocía y me pedía que posara con ellos, aunque fiel a lo que me habían inculcado desde pequeña y pensando en practicar para cuando fuera mi turno, siempre accedía con una sonrisa, incluso cuando no fuera lo que más me apeteciera del mundo.
               Por descontado, no había comparación entre las veces que reclamaron a Scott y las que me reclamaron a mí. En muy pocas ocasiones me sucedió también a mí, y todo gracias a las actuaciones que había hecho con Eleanor, primero, y con papá y el resto de la banda después. Todas mis interacciones fueron agradables, quizá por la benevolencia que la nieve siempre trae al carácter, y fue un cambio para mejor que agradecía sin preocuparme por lo efímero. Sabía que pronto todo se daría la vuelta de nuevo, y que el amor del público no se gana tan rápido como se pierde, pero yo estaba más encantada de seguir disfrutando un tiempo más del escasísimo anonimato que me quedaba.
               El panorama de los próximos meses era absolutamente desolador, así que sólo podía hacer una cosa: disfrutar de esas Navidades como si fueran las últimas. Y, sorprendentemente, fui capaz de aprovechar cada minuto como si de verdad fuera el último de felicidad que me quedaba en la tierra sin preocuparme lo más mínimo por lo que me esperaba una vez que estuviera de vuelta en Londres. Creo que me convertí en un milagro navideño en mí misma, ya que nunca me había entregado a disfrutar de algo mientras ignoraba deliberadamente el presente. Mi espíritu organizador no me dejaba simplemente “dejarme llevar”, así que conseguirlo en Burnham y Bradford fue el mayor regalo que podía recibir antes de embarcarme en esa lucha agotadora que me esperaba.
               ¿Serían las estrellas más hermosas la noche antes de la última batalla, la que el ejército sabía que no podría vencer? Si era así, merecería la pena.
               Por eso, la última noche antes de regresar a Londres fue la más agridulce de toda mi vida, con permiso de aquellas que había pasado con Alec antes de despedirme de él.
               Ya habíamos pasado la Navidad y el año nuevo estaba a la vuelta de la esquina, con Nochevieja asomando ya al inicio de la semana como la Luna en una tarde en que había anunciado un eclipse. Me apretaban un poco los pantalones de pijama allí donde siempre los había tenido un poco más justos, pero no me había privado de comer dulces navideños (o los platos que con tanto amor mis abuelas habían preparado para transmitirles a sus familias el amor que tenían que contener durante el resto del año) porque sabía que mi cuerpo pronto recuperaría su forma gracias a los ejercicios espartanos a que Tam y Mimi (aunque más Tam) me someterían. Tenía la tripa llena, me dolían las mejillas de reírme, y el mundo giraba suavemente a mi alrededor producto de las bebidas que nos habían dejado tomar.
               El abuelo Yaser estaba sentado en su sofá raído, ése que no había dejado que papá le cambiara por mucho que mi padre había insistido en que no necesitaba cuidarse de no apoyarse en las costuras rajadas cada vez que se sentaba, y fumaba un cigarro que se consumía poco a poco mientras observaba a toda su familia pelearse a gritos por ganar en el Pictionary. A mi primita Khadija le había traído Santa Claus un enorme caballete con el que sus madres, la tía Waliyha y la tía María, tenían la esperanza de que dejara de pintar en las paredes de casa y así no tener que castigarla más. La prima Jazz, que estaba en su segundo año de Ingeniería en la universidad, necesitaba todos los materiales de dibujo posibles, entre los que, aparentemente, se incluía un enorme bloc de hojas casi transparentes y que ahora estaba colocado en el caballete, cortesía también de un Santa Claus con la agenda y la cartera de la tía Doniya y su marido, el tío Yamza.
               La tía Safaa se había sacado del bolso como quien no quiere la cosa una caja de ceras como las que Jade y Duna habían terminado esa misma mañana, tras hacerse con todos los folios de la casa.
               Y eso, sumado a las dotes artísticas de mi padre, había dado como resultado la primera partida de Pictionary más competitiva de la historia. Los equipos se habían hecho con una facilidad pasmosa: cada padre con su pareja, Scott y la tía Safaa, la única soltera, juntos; Shasha formando equipo con Duna y yo con la prima Khadija, que era bastante espabilada con mis dibujos pero a la que le costaba plasmar sus ideas. Completaban los equipos la prima Jazmine y la abuela Trisha, a la que papá había sido capaz de sacar de la cocina para que parara de organizarlo todo y se viniera a disfrutar de la noche de fuegos.
               Dado que la familia era impar, el abuelo Yaser tenía la oportunidad perfecta para no participar en el juego. De la misma personalidad que Shasha, pero todavía acentuada por la edad, la vida contemplativa era la que más le gustaba, y la discreción era su seña de identidad. Viéndolo reclinarse en el sofá y reírse mientras Doniya intentaba que su marido reconociera el dibujo que había hecho antes de que se agotara el tiempo (creo que era un centro comercial con muchos pájaros alrededor), comprendí que el que ir donde quieras sin que nadie te conozca era un lujo por el que había luchado con uñas y dientes, desarrollando un talento que había hecho que sus descendientes varones fueran capaces de desaparecer a voluntad entre el público.
               El abuelo Yaser notó mis ojos en él, desvió la mirada y me guiñó un ojo. Le sonreí y me estiré para coger otra galleta de jengibre mientras esperaba a que Duna, que vigilaba el reloj de arena con la diligencia de Cerbero, anunciara que…
               -¡TIEMPO!-bramó con unos pulmones que sólo podían ser de un Malik, y Doniya tiró una de las ceras al suelo.
               -¡¿¡En serio, cariño!?! ¡¡¿Tan borracho estás que ya no reconoces un aeropuerto salvo que te pongan un letrero enorme delante de ti?!!-chilló la tía Doniya, y papá estalló en sonoras carcajadas.
               -¿Qué aeropuerto ves tú ahí, Doniya? ¡Es una puñetera caja de zapatos con mierda dentro!
               -¿Qué dices de mierda, Zayn? Mierda tu cara y no…
               -¿Lo de alrededor que vuela no son moscas? Yo creía que eran moscas-Safaa miró alrededor con cara de susto, y le dio un empujón juguetón a Scott cuando se echó a reír. Doniya le tiró la cera a Safaa, que la esquivó con habilidad. No así Scott, a quien le dio de lleno en la mejilla y le dejó una raya verde. Safaa se giró a mirar a Scott, le señaló la mejilla y estalló en una sonora carcajada que se nos contagió a todos, salvo a papá.
               -¡Deja a mi hijo, Doniya! Vételas con alguien de tu edad si te da envidia su cara, ¡pero no intentes estropeársela!
               -Le estaría haciendo un favor arreglándosela para que deje de parecerse a ti.
               -¿Hacemos una ronda rápida?-sugirió Jazz, y la abuela asintió y se puso en pie. Cogió un bote de barquillos rellenos de turrón en el que había metido uno solo relleno de chocolate, y nos los tendió para que los fuéramos cogiendo. El abuelo levantó la mano para negarse cuando la abuela le tendió el bote también a él; en las rondas rápidas se deshacían las parejas, todo el mundo iba contra todo el mundo y ganaba quien más veces consiguiera adivinar los dibujos de los demás. Aun así, él prefería mirar.
               Todos partimos nuestro barquillo, con la suerte de que fue mamá a quien le tocó el relleno de chocolate. Lo mostró como si fuera una varita mágica y se puso en pie de un brinco, sonriendo con confianza mientras los demás la abucheábamos.
               -¡Tongo, tongo! ¡Hay que repetir!-vociferó Scott mientras mamá metía la mano en la caja de regalo vacía en la que habíamos tirado los recortes con ideas de dibujos. Papá le dio una colleja y Scott se revolvió-. ¡Au! ¡Mamá!-lloriqueó.
               -No he visto nada-dijo mamá.
               -Ni nosotros tampoco cada vez que dibujas tú, Sher-se quejó la tía Safaa, y Shasha se echó a reír.
               -Si prestarais más atención…-comentó mamá con desdén, y se giró hacia el bloc para pasar la página. Papá inclinó la cabeza a un lado y sonrió-. Zayn, ¿estás atento?-preguntó mamá, y papá dejó de mirarle el culo a mamá y asintió con la cabeza, con un “ajá”.
               El ambiente del salón cambió cuando nos inclinamos hacia delante, preparados para quitarle a papá la pole como mejor adivinador de los conceptos que le tocaban a mamá. Era un reto muy complicado, y lo sabíamos, pero precisamente por eso la victoria sería más dulce: después de todo, arrebatarle la corona a un emperador resulta mucho más satisfactorio que hacerle eso mismo a un simple duque.
               Su récord estaba en 20 dibujos en dos minutos, una absoluta locura para dos personas sanas, pero como mis padres no estaban bien de la cabeza…
               -Le voy a dar la vuelta al reloj-dijo Duna.
               -No hace falta; ya no hay tiempo-apuntó Shasha.
               -Da igual. A mí, lo que me gusta del Pictionary, es mirar la arena caer.
               -Ah, bueno, si es por eso, entonces te compraré el reloj de arena más grande que encuentre en Harrod’s-rió Scott. La tía Safaa le dio un codazo cuando mamá esbozó tres líneas, dibujando así un cuadrado cuya base le faltaba. Se giró, nos miró y abrió los brazos, esperando. Todos le devolvimos la mirada con más o menos niveles de desconcierto. Papá, sin embargo, tenía la vista fija en el dibujo y lo estudiaba como el egiptólogo que lee la pared del interior de una pirámide.
               -Zayn…
               -No puedes hablar, Sherezade-le recordó la abuela Trisha, y mamá puso los ojos en blanco pero asintió con la cabeza. Suspiró con fuerza cuando papá chasqueó la lengua y se excusó en que no se le venía nada a la cabeza, así que se giró, abrió los brazos y dibujó una espiral en la parte que faltaba del cuadrado.
               -¿Cuántas palabras, tía Sher?-preguntó Khadija, muy interesada. Jazz proclamó “dos palabras” cuando mamá extendió dos dedos.
               Mamá miró a papá con gesto suplicante, pero él no pudo sacar nada.
               -¿Estás representando el cubismo como corriente pictórica con tu cuadro, Sher?-preguntó la tía Doniya, y papá se rió. Mamá negó con la cabeza, se giró y en una esquina del cuadrado dibujó un círculo sobre dos V opuestas y conectadas por su vértice.
               Papá se inclinó hacia delante, concentrado, y mamá le hizo un gesto con la mano, apurándolo. Poco importaba que papá se tomara un año entero en sacar el concepto, porque todos los demás estábamos totalmente pez.
               El abuelo Yaser se encendió otro cigarro y se reclinó en el sofá, aguantándose la risa.
               -¿Un título académico?-probó Scott.
               -¿Dónde ves tú un título académico ahí?-pregunté.
               -La espiral podría ser la firma. Y el círculo de la esquina, un ribete.
               Mamá sacudió la cabeza; al sonido de la chimenea repiqueteando sólo se le unía el de Scott mordisqueándose el piercing. Mamá dibujó una espiral más compacta sobre el círculo que se encontraba sobre las V. Al mirar de nuevo a papá, dibujó un rectángulo sin base dentro del cuadrado, como en su tercio superior. Papá se pasó una mano por el pelo y negó con la cabeza.
               -No lo veo, nena.
               -Se viene divorcio-canturreó la tía Safaa mientras mamá gruñía por lo bajo, frustrada, y se giraba y ponía dos puntos sobre el rectángulo sin base-. Sher, sabes que esto no es como El ahorcado y que puedes dibujar un poco más antes de…
               -¿BUCKINGHAM PALACE?-bramó papá, poniéndose en pie de un brinco y dándonos un susto de muerte a todos.
               -¡SÍ!-aulló mamá, lanzándose en brazos de papá.
               -¿QUÉ?-espetamos Doniya, Waliyha, Khadija, Yamza (jolín, qué de “ya” había en nuestra familia), Duna, Trisha, Shasha, Scott, Safaa (jolín, qué de S había en nuestra familia) y yo.
               -¿Cómo que Buckingham Palace? ¡Eso no es verdad, mamá!-protestó Shasha-. ¿Dónde ves…?
               -El palacio-mamá señaló el primer cuadrado sin cerrar, el que lo contenía todo-. La verja…-señaló la espiral inferior.
               -Vamos, hombre-Scott se echó a reír, incrédulo.
               -… un guardia real…-añadió, señalando el círculo coronando las dos V.
               -¿Un guardia real cojo?-ironizó Shasha.
               -… con su sombrero…-señaló la espiral sobre la O.
               -Mamá… menos mal que eres tan buena abogada, porque como dibujante das pena-me reí yo.
               -Joder, veo la visión-comentó la tía Waliyha, anonadada-. ¿Eso es el balcón con el rey y la reina?
               -¡Sí!-respondió mamá, toda ilusión.
               -Mira que yo pensé en un palacio cuando vi el primer cuadrado…-empezó Jazz, y Scott rió entre dientes.
               -Sí, seguro.
               -Por favor, que alguien los separe. Ieugh-Waliyha se estremeció cuando papá y mamá se dieron un beso.
               -Mamá, trae el pulverizador de las plantas. Zayn es tan guarro que es capaz de hacerte otro nieto aquí, delante de todos-instó Doniya, y Safaa aulló una carcajada.
               -Si son tan buenos como los que ya tengo, yo encantada-sonrió la abuela Trisha en lo que claramente era una ramita de olivo que mamá estaba más que ansiosa por aprovechar.
               Papá cogió la cera que le tendió mamá y le dio una palmada en el culo a modo de celebración antes de acercarse al bloc de notas. Levantó un dedo y empezó a dibujar un ratón o una rata con esmero, pero negó con la cabeza cada vez que alguien gritaba si era un roedor o sucedáneos.
               -¿Ratatouille?-probé yo, y papá negó con la cabeza. Waliyha miraba el dibujo con la cabeza inclinada mientras Safaa disparaba todas las especies de roedores que conocía.
               -Ratón. Rata. Topo. Rata-topo egipcia. Topo pakistaní. Topillo de la pradera. Jerbo del desierto. Ratón del desierto. Eh… eh… ¿rata radiactiva?-preguntó cuando papá pintó unas rayas alrededor de la rata, como si manaran de ella. Entonces, la tía Doniya se irguió en su asiento.
               -¿No será Safaa?-preguntó, y papá dio una palmada y celebró que sí, y entonces la tía Safaa se abalanzó contra él igual que yo me abalanzaba contra Shasha o Shasha contra mí. La abuela Trisha suspiró y nos ofreció a todos un dulce al tiempo que papá se reía y aullaba de dolor mientras la tía Safaa trataba de darle una tunda en broma (o puede que no tan en broma).
               Mamá aceptó los dulces que le tendió la abuela y los alabó mientras una de mis tías trataba de dejarme huérfana, y cuando la abuela Trisha le dio una palmada en la rodilla a mamá y le dijo que le enviaría la receta cuando quisiera, supe que no íbamos a poder superar esa tarde. El intercambio de ofrendas de paz entre clanes rivales sólo podía ser el síntoma de que algo terrible e invencible se avecinaba, y todos parecíamos inclinarnos hacia el lado del amor como si quisiéramos disfrutarlo por una vez en la vida.
               O puede que sólo fuera un milagro de la Navidad, que incluso sin formar parte de nuestra religión era capaz de influir en nuestra cultura, hasta el punto de tenernos celebrando una fiesta que nos era ajena. Pero, ¿cómo no contagiarse de ese espíritu que hacía que toda Inglaterra se vistiera de blanco y rojo, se adornara con ramitas de pino y muérdago y regalara destellos que rivalizaban con las mismísimas estrellas?
               Si la abuela Trisha y mamá eran capaces de entregarse a esos sueños, desde luego que yo no iba a ser menos. Por eso cogí un bastón de caramelo, lo desenvolví y me dediqué a lamerlo sin preocuparme por las calorías de más que estaba consumiendo ese día. Porque, sí, terminaría recuperándome. En ese momento veía luz al final del túnel; de hecho, yo misma estaba hecha de luz.
               La tía Waliyha se sentó a mi lado en el suelo y me rodeó los hombros con los brazos, atrayéndome hacia sí mientras papá se hacía con el control de la pelea y parecía mantener a la tía Safaa lejos de él. Estaba segura de que Safaa intentaba morderle, a juzgar por las dentelladas que lanzaba al aire.
               -¿Te lo pasas bien, peque?-preguntó a la par que me daba un beso en la mejilla, y yo asentí. Había sido ella quien me había regalado el pijama con dibujos de galletas de jengibre y pretzels que llevaba puesto, y que sentía que me acompañaría en las noches más frías, cuando ni los recuerdos de Alec fueran suficiente. Me giré y miré a mi tía, deteniéndome a memorizar sus rasgos como el marinero que quiere asegurarse de que no se le olvida ni el más mínimo rasgo de una de las personas que le anclará a tierra cuando se encuentre en mar abierto.
               Su parecido con papá era innegable, y también con mis hermanas, aunque muchísimo más sutil que el de ellas con el de él, o el de él y Scott. Y, aun así, se notaba que estaban cortados por el mismo patrón que, desgraciadamente, no era el mío. Con todo, pensar en ello no me reportó la tristeza de siempre por no poder verme en mi familia más extendida, sino que me invadió una extraña calma producto de saberme una novedad. Una idea parecía querer germinar en mi mente a pesar de que mi raciocinio insistía en no subestimar ni a mis retos ni a mis rivales: quizá yo era distinta. Quizá yo podía romper la rueda. Quizá donde todos habían necesitado alguien que les guiara, yo triunfaría con independencia de quién tuviera (o no) conmigo.
               Esa noche, y sólo esa noche, me permití creerme invencible. Después de todo, tenía ante mí una montaña que escalar, y todo el recorrido por delante. Sólo romantizar la cumbre me llevaría a alcanzarla.
                -Tu madre me ha dicho que estabas un poco baja de ánimos últimamente-comentó la tía Waliyha como si tal cosa, y me apartó un par de rizos de la cara para examinarme bien-. ¿Va todo bien?
               Me volví para mirarla en el momento en que papá conseguía ponerse encima de Safaa y la empujaba contra el suelo para hacerla rendirse. La abuela Trisha pronunció el nombre de papá con un suspiro, y él levantó la cabeza para mirarla, lo cual fue distracción suficiente para que Safaa se lo quitara de encima y volviera a la carga con el griterío incesante de mis hermanos animándola como banda sonora, y los ánimos envalentonados de Khadija, que siempre quería ponerse del lado del más débil. Su sensibilidad no dejaba de conmoverme, aunque también me preocupaba que, por llevar siempre el corazón por delante, algún indeseable lo tuviera más fácil para rompérselo.
               En los ojos de la tía había preocupación, pero también curiosidad. No me habían visto enamorada; no de verdad, no con la profundidad con la que me sentía, con la estabilidad, con lo cierto y lo cómodos que sentía mis sentimientos.
               Puede que mamá me hubiera notado más distraída, pero podía achacarlo a lo señalado de las fechas. Después de todo, no había época más familiar que la navideña, y yo no sentía a nadie como mi familia más de lo que sentía a Alec.
               Quería saber si tenía el corazón roto, o si, por el contrario, sólo lo reservaba para aquel que  se había adueñado de él hacía más de un año. Sonreí y asentí con la cabeza.
               -Sí. Es sólo que echo mucho de menos a mi novio, eso es todo. Relaciono mucho el invierno con nosotros-comenté, y me arrebujé contra mí misma, rodeándome las piernas con los brazos y apoyando la mejilla en las rodillas. Waliyha le dio una palmada en la espalda a Khadija cuando ésta se levantó y pasó entre nosotras sin pudor alguno para coger otra galleta de las de la abuela.
               -¿Sí? ¿Y eso? ¿Empezasteis en diciembre?-preguntó, y yo sonreí. Otro motivo para ser feliz, otro motivo para no querer que la noche se acabara: no siempre tenía la excusa perfecta para hablar de Alec todo lo que se me antojara.
               Por Dios que iba a aprovecharla, porque su nombre en mi boca era casi tan dulce como sus labios, y su idea en mi mente, casi tan suave como su cuerpo contra el mío.
                -Me toca-anunció Doniya. Dio una palmada y se puso en pie, recogió una de las ceras del suelo y se acercó al bloc de notas-. ¡Atención, familia, porque vais a descubrir qué es el arte de verdad!
               -No-respondí yo, disfrutando de la atención de la tía Waliyha-. Oficialmente empezamos en abril, pero… eso fue después de mucho tiempo. Pasamos mucho juntos antes de hacerlo oficial.
               Y tanto, casi escuché a Alec reírse en mi cabeza, y yo me regodeé en ese sonido, aunque fuera inventado.
               -Nuestro primer beso fue en octubre-recordé, y cuando me quise dar cuenta había dejado de prestar atención al juego de mi familia para contarle a la tía Waliyha mi historia y la de Alec. En algún punto mamá se acercó a nosotras, me rodeó con los brazos y me acunó contra su pecho, sonriendo al verme ilusionada y risueña como no lo había estado en meses. La tía Waliyha sonreía con cada cosa que yo le decía, hacía preguntas curiosas pero, a la vez, discretas, y para cuando terminé de hablar, casi se habían acabado las hojas del bloc gigante y la continuidad del juego corría un serio peligro.
               Y yo no quería que se acabara. No quería que se acabara nada de eso, ni los juegos, ni los dulces, ni las risas, ni las conversaciones solapadas. No quería que me pesaran los párpados, ni percatarme de que mi hermana y mi prima más pequeñas ya se habían dormido en los sofás, o de que los dulces empezaban a escasear, o de que la abuela dejó de hacerle caso al abuelo cuando éste la cogía de la mano para que no se fuera a la cocina a buscar más comida, sino que disfrutara de lo que había; o de cuando el abuelo también se levantó para ir a buscar postres, y papá miró a mamá y ella esbozó un gesto complacido al que él no pudo evitar responder con una sonrisa.
               Todo parecía tan simple en Bradford, donde podía ver perfectamente que la sonrisa de Scott, medio mordiéndose el labio inferior, había sido herencia de papá, y éste a su vez la había heredado del abuelo Yaser. Era como si hubieran nacido los tres para hacer eso mismo: sonreír de aquella manera, ser felices con cosas tan sencillas como la atención y el cariño de su familia incluso cuando el mundo más allá de las ventanas parecía no existir. Y puede que por mis venas no corriera su sangre, que en mis rasgos no se asomara la sombra de ningún antepasado en común con mis hermanos, pero yo estaba hecha a su imagen y semejanza también. Por eso me creía esa noche que ellos me entenderían y que todo saldría bien; porque estaba hecha de la misma pasta que ellos, formada por su mismo molde. Ellos habían buscado el amor del mundo; perfectamente podía hacerlo yo también. ¿Por qué a papá y a Scott no les había bastado, cuando a Yaser sí? ¿Y por qué tenía que parecerme yo a Yaser, y no a papá o a Scott?
               Scott y Safaa se llevaron arriba a las niñas mientras la familia dejaba los juegos y se congregaba en torno a los envoltorios ya abiertos y arrugados de los regalos compartiendo anécdotas del pasado, historias trascendentales y nimiedades por igual, y risas y bromas y ojos en blanco y cabezas sacudidas ante lo borrego de lo que se planteaba.
                A pesar de que yo ya había hecho todas las cosas que harían que se me considerara una adulta (ya había dado mi primer beso, ya me había enamorado, ya había hecho el amor; incluso había viajado al extranjero y, aunque en secreto y en la intimidad de mi alma y la habitación de Alec, ya me había prometido, aunque fuera sólo para mí), me empapé de esa noche y la alargué como quisiera hacerlo la mismísima Luna, extendiendo su dominio hasta el fin de los tiempos. Escuché, sonreí, asentí, y apoyé el hombro en la cabeza de mi hermano. Peleé contra el sueño y fui perdiendo la batalla con cada cuarto de hora que marcaba el reloj, hasta que mi conciencia se deshizo en la noche como un terrón de azúcar en la lluvia.
               Por una noche, y sólo una noche, me había permitido lo que le había pedido a Alec que impidiera: ser joven, ser libre… y, además, perderme en la oscuridad.
                
 
Soplé una última vez para formar con el vaho de mi aliento una nubecilla que sería el lienzo perfecto para dibujar una figura con la que contener a Londres. Habíamos entrado en el distrito metropolitano hacía un par de minutos, pero el tráfico de nuestra capital ya se había hecho notar hacía bastante, cuando pasarse a otro carril era tarea casi imposible que requería de toda la concentración de mamá. Papá había bajado el volumen de la música hasta un bajo tono ambiental al que siempre acompañaba el mismo lamento:
               -Quizá deberíamos haber vuelto ayer, en lugar de hoy. Así no habría tanto tráfico.
               A lo que siempre le correspondía un:
               -Con lo poco que ves a tu familia.
               Cada año, papá y mamá se turnaban para decir lo mismo. En función de quien fuera conduciendo, el otro se ofrecía a renunciar a un poco de tiempo con su parte de la familia a cambio de no encontrarnos tanto tráfico.
               Este año no fue diferente, a pesar de que sí lo fueran mis sentimientos. Por primera vez desde que había descubierto Bradford y Burnham como sitios separados de Londres que también eran mi hogar (y había pasado el tiempo suficiente para que yo me convirtiera en hermana mayor no de una, sino de dos niñas perfectas), yo había sido la que más había remoloneado a la puerta de casa de los abuelos hasta que no me había quedado más remedio que subirme al coche. Papá y mamá se habían reído de mis reticencias, divertidos con lo inocente que me había vuelto cuando había sugerido que nos pasáramos unos días más en Bradford a pesar de que sabía perfectamente que eso no era posible, pues mamá tenía que ponerse de nuevo con sus asuntos. Su apretadísima agenda navideña no admitía postergación alguna, y papá, en solidaridad con ella y para evitar rencores, también aceptaba algunos compromisos con los que compartir con mamá la culpabilidad de no poder alargar nuestra estancia.
                Mamá detuvo el coche despacio justo antes de tomar una de las salidas de la circunvalación que conducía a nuestro barrio. Se había formado una caravana tan larga que algunos conductores incluso habían salido de sus coches más adelante para estirar las piernas a pesar del viento gélido. Recordé cómo Alec me había llevado sin problemas del centro comercial al que habíamos ido después de coincidir en Camden mientras buscábamos cada uno los regalos de Navidad de nuestras respectivas familias, y de nuevo me lamenté de que no estuviera esperándome.
               Era difícil combatir mi taciturnidad por los tiempos dorados que acababa de vivir y que sabía que echaría mucho de menos cuando también era consciente de que los brazos que más echaba de menos y en los que más me apetecía refugiarme estaban a miles de kilómetros de mí. El atasco no era mi responsabilidad, así que podía retraerme en mí misma e imaginarme que estaba de nuevo en ese lugar cargado de oscuridad en el que, sin embargo, me sentía tan cómoda, como flotando en el cosmos y en comunión con él: todo porque era el paso previo a la construcción de un escenario en el que me encontraría con mi Alec imaginario.
               Así que dibujé un corazón e ignoré cómo nos pitaron cuando mamá empezó a meterse en el hueco nimio entre dos coches para poder pasar al carril más de la izquierda y, así, volver a casa. El nivel de concentración de teléfonos móviles era tal que había interferencias con la red constantemente, de modo que las canciones que Shasha estaba intentando hacer que sonaran en el coche no paraban de entrecortarse. Como papá sabía que eso ponía muy nerviosa a mamá, encendió la radio y deslizó los dedos por la rueda del volumen para bajarlo, pero mamá le puso una mano en la suya y lo detuvo.
               Sonrió y se escurrió por el carril de salida mientras los demás seguían condenados al atasco, escuchando la radio con satisfacción. Puede que llevara noches sin dormir atando los últimos cabos de los contratos de One Direction, negociando hasta el último detalle de la salida de Scott y del resto de CTS de los focos mientras Diana se curaba y lidiando con la prensa y sus constantes pugnas por conseguir un poco más de información de la que tenían derecho, pero eso no le quitaba ni una pizca del orgullo que sentía cuando escuchaba una noticia relacionada con los hombres de su casa, que tanto le hacían reír, y no sólo llorar.
               -… el último récord ostentado por Taylor Swift de reservas de discos recopilatorios de una carrera completa con la friolera de 50 millones de ventas puras, sin contar en las plataformas de streaming, donde se proyecta un debut de 10 mil millones de reproducciones en las primeras 24 horas. Y eso para un recopilatorio que One Direction todavía no ha anunciado cuándo publicarán, ¿cierto, Cindy?-comentaba la locutora de la radio, cuya voz me resultaba muy familiar, de un canal de música variada en el que no se criticaba a ningún cantante, lo cual era de agradecer. Siempre que había alguna controversia con algún artista, en la emisora sintonizada no hacían referencia ni siquiera a que era viral, salvo cuando se debiera a algún problema serio o a que el artista se mereciera que le cayera la del pulpo.
               Quería pensar que mi nombre nunca había salido mencionado en esa emisora, incluso en mis momentos más bajos en cuanto a la opinión pública se refería. Puede que fuera por eso por lo que mamá la tenía sintonizada por defecto en el coche.
               -Así es-se escuchó el sonido del tecleo en un portátil, y un ratón pinchándose varias veces, y hasta se escuchó a la interpelada sonreír-. Era un secreto a voces, ya que tanto PopCrave como PopBase habían tenido acceso a los datos antes incluso de que Forbes y Billboard los publicaran con sus respectivos cotejos, ¡por no hablar de las encuestas que hicieron entre sus seguidores! Cualquiera diría que sorteaban un viaje a Bali, pero, ¿quién se puede resistir al poder de las directioners, eh? Me consta que se te dispararon los seguidores en Instagram cuando subiste las fotos de One Direction desde el backstage de TTG, June.
               ¿June? ¿La community maganer de TTG? Puede que debiera escuchar este programa más a menudo. Separé la cabeza de la ventana y fijé la vista en la pantalla del coche.
               -Hombre, como para no, ¿no te parece, Cindy? Después de todo, no todos los días la banda más famosa del mundo hace su regreso por sorpresa en el programa en el que están participando sus hijos. Fue un acontecimiento histórico que yo tenía que dejar documentado para la posteridad, y la verdad es que agradezco la atención. Scott rió entre dientes con sorna en el asiento trasero, negó con la cabeza y desbloqueó su móvil, en el que se puso a teclear a toda velocidad.
               -¿Crees que Taylor volverá a por su récord?-preguntó Cindy.
               -Bueno, los récords están para romperse, y me consta que Taylor ya ha pasado a la fase “soy más trascendental que mis estadísticas”. Sería un reto a su altura, desde luego, pero también hay que tener en cuenta que One Direction son seis. Es decir, no estamos hablando sólo de sus fans como banda, sino de los cinco fandoms que cada uno aporta a los conciertos.
                -Es innegable que todos aportan un granito de arena muy especial a One Direction que es lo que la hace tan extraordinaria-convino Cindy.
               -Bueno, el granito de algunos es más grande que el de otros-comentó con sorna June, y Shasha puso los ojos en blanco. Cindy se rió con diplomacia mientras Scott bufaba en el asiento trasero.
               -Las montañas más grandes son las que no desdeñan ni la piedra más pequeña, querida amiga.
               -Cierto-respondió June en tono conciliador, y me la imaginé inclinada sobre la mesa, frotándose las manos mientras se mordía la cara interna de la mejilla y lamentaba haber ido a un programa en el que la integridad estaba por encima de las visualizaciones. Era bueno que todavía quedaran refugios para quienes queríamos disfrutar del arte sin que nos involucraran en dramas innecesarios.
               Sí. Definitivamente, mamá tenía puesta esta emisora porque sabía que no se diría nada malo de nadie de su familia.
               -Claro que este acontecimiento no es para menos. Hace mucho que One Direction no saca un nuevo álbum de estudio, a pesar de que sus músicas en solitario son prominentes y hay compositores muy prolíficos en la banda. Por descontado, ayuda la cercanía física-bromeó-. Aprovecho para saludar a Zayn y Louis, si es que nos están escuchando, y recordarles que las puertas de Sweet Cherry On Top están más que abiertas para ellos y sus compañeros-añadió, y luego se escuchó el sonido de unas manos extendiéndose por una mesa-. ¿Te imaginas lo fantasía que sería que vinieran Zayn y Louis?
               -Según mis fuentes-o sea, los tabloides que se inventan mentiras porque saben que venderán- que la promo que tienen pensada para la gira es bastante intensa.
               -¡Pero si están todas las entradas agotadas!
               -Está pasando mucho. Querrán tener al público entretenido con otra cosa-aludió June, pero Cindy no recogió el testigo.
               -O puede que quieran que las expectativas estén tan altas como las circunstancias. ¡Vamos, June! Un álbum en directo con el concierto íntegro de Wembley ya sería digno de que se pararan todas las guerras que hay en el mundo, pero, ¿un álbum de estudio con ediciones especiales de esas mismas canciones en las que no han participado sus hijos? ¿Quién no se emocionó con el momentazo cuando las hijas de los chicos salieron a cantar 18 con ellos?
               Se me pusieron los pelos de punta y se me cerró el estómago ante lo que seguramente venía, lo que llevaba viviendo tantas semanas ya, y a lo que no terminaba de acostumbrarme del todo. Más me valía, porque éste sería el pan nuestro de cada día en cuanto pusiera un pie en el plató de rodaje.
               Y lo viviría sola, sin la protección de mi familia o el parapeto de mi hermano, así que ya podía ir mentalizándome.
                -¡Se me saltan las lágrimas con sólo recordarlo! Fue sencillamente precioso, y poder disfrutar de Sabrae armonizando con su padre y no sólo con sus amigas… ¡UF! Chills. Chills literales.
               -Sabrae tiene muy buena voz, sí-accedió June, y Shasha me miró y me puso una mano en el brazo. Supongo que había detectado mi nerviosismo, y se había puesto en modo protectora incluso aunque yo fuera la mayor de las dos. Noté que Scott se inclinaba hacia delante en su asiento hasta tocar el respaldo de los nuestros con las rodillas, y apoyaba los codos junto a los reposacabezas para recordarme que él estaba ahí, guardándome las espaldas.
               -¿Cuáles crees que son las posibilidades de que a ella también le pique el gusanillo de la música y nos regale momentos como ese, pero en solitario? Sería increíble que Zayn aportara no uno, sino dos hijos a este mundillo. Uf. Imagínate qué voces. Casi no sobrevivo a Right now y 18, ¿te imaginas que colaboran Scott y ella? ¡O mejor aún, los tres!
               -Quizá…
               -Oye, Siri, ¿cuál es el nivel de carga de la batería del iPhone?-le preguntó mamá al coche, interrumpiendo al momento la emisión de la radio. Se me paró el corazón y la miré con los ojos como platos mientras ella giraba en una calle en la que no tocaba, completamente ajena a que yo tenía el corazón en un puño ante la respuesta que podía darle June. Si era positiva, podía cambiarlo todo. Puede que fuera el soplo de aire que necesitaba para alzar el vuelo, más aún cuando estaba convencida de que Scott no iba a ayudarme.
               Scott se retiró en el asiento, también decepcionado por perderse la contestación.
               -¡Mamá!-protestó Duna, y mamá nos miró por el retrovisor.
               -¿Qué pasa? Acabo de recordar que tengo un paquete muy importante que recoger. Será sólo un segundo.
               -La batería está al 69%-respondió Siri a través de los altavoces del coche.
               -No había números-se burló papá, y mamá lo fulminó con la mirada.
               -Me esperaría esa respuesta de tu hijo de dieciocho años, pero no de ti, Zayn.
               -El 69 está sobrevalorado, mamá-comentó Scott, y papá se echó a reír.
               -Pobre-respondió simplemente, y Shasha se puso roja como un tomate mientras mamá sacudía la cabeza y Duna nos miraba a todos sin entender.
               -¿Por qué os divierten las mates?-preguntó, y yo me eché a reír también. Scott le dio un beso en la cabeza a Duna y se recostó de nuevo en su asiento, pasando de nuevo su atención al móvil, en el que se puso a teclear a toda velocidad, al igual que papá. Mamá detuvo el coche frente a una de las papelerías que más frecuentaba en el baño, puso el freno de mano y se bajó para recoger un paquete voluminoso que colocó en el maletero junto a Scott, no sin antes cargar con la caballerosidad de los hombres de hoy en día, en clara alusión a cómo papá estaba enfrascado en sus mensajes y no le había hecho el menor caso.
               Hizo un mohín cuando papá se desabrochó el cinturón y se inclinó a darle un beso.
               -¿Vamos a ver a los…?-empezó, pero Scott no le dejó terminar la frase. Disparó un ansioso “sí” que sonó casi como una ametralladora, de modo que mamá continuó por una calle en la que tenía que girar para llevarnos a nuestra casa, y nos condujo hacia la de los Tomlinson, donde las luces estaban encendidas y las guirnaldas, colgadas incluso por el exterior de la casa, desafiando al viento, la lluvia y la nieve.        Después de todo, la Navidad era una época muy especial para la familia: la madre y el hermano de Eri habían nacido en aquella época, de modo que se festejaban hasta tres cumpleaños en ese momento, en lugar de solamente uno.
               Scott se desesperó mientras nos bajábamos del coche, pues al ir en el asiento abatible de la parte posterior tenía que esperar a que Duna, Shasha y yo abandonáramos la segunda fila de asientos para poder salir él. Se escurrió por el hueco entre la puerta y el asiento y trotó en dirección a la puerta de la casa.
               -¿Apostamos a ver a quién saluda antes?-preguntó Shasha con ironía, subiéndose la cremallera del abrigo a pesar de que unos pocos metros nos separaban de la calidez del hogar de los Tomlinson.
               -Como si no fuera a ser a Tommy-respondí con ironía, y, como queriendo hacer mis palabras providenciales, Tommy abrió la puerta de sopetón y se abalanzó sobre Scott, que mantuvo el equilibrio por los pelos. Tras ellos apareció Eleanor con las cejas arqueadas y una sonrisa sin dientes muy parecida a la que había puesto papá en el vídeo de Talk dirty to me que habían hecho para el 1DDay, como diciendo “bueno, pues aquí estamos todos, en esta situación del todo normal y en absoluto incómoda”. Pobrecita. La compadecía. La verdad es que yo no llevaría tan bien como ella esa obsesión enfermiza que tenían Scott y Tommy el uno con el otro si les pasara a Alec y Jordan.
               O quizá sí, reflexioné. Después de todo, estaba tan colada por Alec que sería capaz de justificarle hasta un genocidio. Seguro que el pueblo al que erradicara se lo había buscado. Lo mejor de todo era que había elegido tan bien a mi novio que, de convertirse en un criminal de guerra, era innegable que sería por darle a la organización terrorista y genocida de Israel lo que se merecía. Claro que lo excuso, señoría. ¡Y más que les debería haber hecho a esa panda de salvajes!
               Mientras una punzada me atravesaba el corazón y un ardiente anhelo me escocía por dentro, Eri salió a la puerta envuelta en una sudadera tan gruesa que llegaba a ser tupida y les gritó a los chicos en español, para que su madre la entendiera mejor:
               -¿Es que sois subnormales o qué coño os pasa? ¡Meteos para casa! ¡Os va a dar una pulmonía y luego ya veréis qué risa! Sher, Zayn, niñas, ¡me alegro de veros! ¡Felices fiestas! Pasad, pasad. ¡Mi madre ha traído turrón! Se ha acordado de lo mucho que os gusta y ha llenado su maleta y la de mi hermano con él, ¡pretendía esperar a mañana, pero ya que os habéis pasado…!
               Mamá y papá intercambiaron una mirada que lo dijo todo. Quizá la de Bradford fuera la familia de papá, y quizá la de Burnham fuera la familia de mamá, pero la de los Tomlinson era nuestra familia, de todos. Y a ellos no tenían pensado hacernos renunciar. Más aún con todo lo que habíamos pasado juntos los últimos meses, primero con la gira de Chasing the Stars y Eleanor, y luego con las sobredosis de Diana y su lucha por sobreponerse a esa enfermedad terrible.
               Se me encogió el estómago al ver el asentimiento que vaticiné en cuanto aquellas palabras salieron de la boca de Eri. No había prisa por volver a casa, porque la casa de los Tomlinson también era la nuestra. Eri sonrió y se hizo a un lado, abriéndonos paso para que entráramos al calor de su hogar luminoso y musical. Una dulce y elegante música jazz en tonos navideños manaba del recibidor como el coro de una sirena, incitándonos a entrar.
               Yo, sin embargo, tenía otros planes. Aparcar mis preocupaciones en Bradford había hecho que lo hiciera con todas, incluso con el tiempo que tenía hasta Nochevieja para que llegara la respuesta de Alec. Aunque las cosas en el campamento estaban mejor para él, no quería volver a llamarlo y que se preocupara, o poner en peligro lo que fuera que se trajera entre manos y de lo que no había querido hablarme por carta por si acaso se enteraba Valeria (ni que esa mujer tuviera visión de rayos X).
               Quizá todavía no tuviera ganas de preocuparme y puede que volver a Londres me hiciera entrar de nuevo en ese bucle demencial en el que sobrevivía a duras penas, sacando la cabeza para respirar sólo cuando parecía que me iban a reventar los pulmones… pero si eso significaba tener noticias de mi novio, al que echaba de menos con locura y que desearía tener al lado como no había deseado nunca nada, bienvenido fuera.
               El dolor en los pies al día siguiente bien merecía disfrutar del baile hasta que estos me sangraran. Y, ya que las cartas con Alec eran lo poco que tenía que todavía me recordaba a mi antiguo yo, más atontado y sin propósitos… no renunciaría a ellas sin más.
               -En realidad-dije con aplomo y, a la vez, un hilo de voz. Mamá se giró y me miró, extrañada de que no quisiera pasar tiempo en una casa en la que sólo había experimentado felicidad. Pero yo ya tenía una casa en la que sólo había experimentado felicidad, más incluso que en aquella, y me moría de ganas de ir allí-, tenía intención de ir a casa de Alec. Ya sabes, visitar a los Whitelaw, desearles felices fiestas… ver qué tal están.
               Ésta había sido la primera Navidad en la que Annie no había invitado a comer a Aaron, y por mucho que la iniciativa hubiera partido de ella y estuviera tan decepcionada con su hijo que no quisiera volver a verlo, aquello era dolorosísimo. Creo que por eso mamá no se opuso. Ni tan siquiera me animó a que esperara un poco y fuera a saludar.
               Se me ocurrió que igual debería haberles cogido un regalo, ya que tanto habían hecho por mí a lo largo de este último año… o de los últimos casi 19, ya puestos.
               Sí. Aparecer en casa de la mujer que había hecho que el 5 de marzo fuera mi día favorito del año con las manos vacías era de una desconsideración tremenda. Aun así, no me resistía a descubrir si había noticias de Alec.
               Mañana mismo iría a peinar Londres en busca de un regalo digno de Annie, pero ahora tenía otras prioridades. Después de todo, el mundo entero me había llamado egoísta hasta la saciedad, ¿por qué no darles la razón siquiera un día?
               -Iré contigo-se ofreció papá, pero mamá le puso una mano en el brazo y negó con la cabeza.
               -Tienes mucho que hablar con Louis-le dijo solamente, y papá entreabrió la boca, como si lo recordara de repente, y asintió. Se giró y miró a Scott, que se separó de Tommy y le dio un beso a Eleanor con la promesa de que pronto volvería. Empecé a decir que no hacía falta, pero papá negó con la cabeza y me recordó que lo mejor era que fuera acompañada de noche. Ya conocía las reglas.
               -¿Por la persona más prometedora de su generación?-ironicé, y Eleanor se arrebujó en su sudadera.
               -Tranqui, Saab. Yo me quedo en casa. Quien irá contigo es Scott.
               Scott puso los ojos en blanco a la par que Tommy se echaba a reír y entraba con su hermana en casa.
               Lo bueno de ir con mi hermano es que podía apretar el paso más que papá. Lo malo era que podía apretar el paso más que papá, y no tenía miedo a hacerlo, así que me llevó al trote, al borde de quedarme sin aliento. Sin un aliento que había perdido demasiado rápido para todo el ejercicio que llevaba hecho, lo cual me alarmó.
               Igual no debería haberme despreocupado tanto con los dulces durante las fiestas. Tal vez no fuera buena señal la forma en que la ropa se me adhería más de lo que lo había hecho cuando nos fuimos a casa de los abuelos.
               -Vamos, caracol-instó Scott, que se había parado a esperarme en una esquina, justo debajo de una farola, justo lo que papá y mamá le habían dicho una y mil veces que no hiciera. Como si fueran a secuestrarme, pensé con una pizca de desdén hacia mí misma que no me gustó nada. No sabía si lo decía porque no creyera que mereciera que pidieran un rescate por mí, o que fueran a poder conmigo por los kilos que había ganado. Genial, desarrollar un trastorno alimenticio es lo único que me falta. Le prometí a mamá que no tenía por qué preocuparse. Se había pasado toda mi vida, y la de Shasha y la de Duna, educándonos para que amáramos nuestro cuerpo y no hiciéramos caso de la sociedad que trataba de hacer que nos odiáramos.
               Si empezaba a preocuparme por mi aspecto cuando éste todavía estaba bien y todavía no lo estaban diseccionando en todos los perfiles de redes sociales y las revistuchas del cotilleo le habría fallado a ella y me habría fallado a mí.
               -Voy todo lo rápido que puedo-jadeé, y Scott se rió y empezó a caminar normal. Apretando el paso, quizá; pero, desde luego, no a trotar.
               -Ah, sí, se me olvidaba que esas piernas tan cortitas no dan para mucho.
               Le di un empujón y él se rió más. Me di cuenta entonces de que estábamos solos, solos de verdad, por primera vez desde que nos habíamos ido de Londres. Abrí la boca para preguntarle si ya tenía una respuesta para mí, pero la cerré al darme cuenta de que no la quería todavía, por si acaso era “no” y me amargaba la lectura de la carta. Si es que había llegado.
               Intenté no tomármelo a la tremenda y pensé que la carta tenía que haber llegado. O, si no, me preocuparía de verdad: ¿le habría pasado algo a Alec y no tenían manera de contactarnos?
               -Espero que los echaras de menos de verdad-comentó Scott, sus facciones cambiando a medida que las sombras de las farolas las hacían bailar sobre su piel. Con esta perspectiva, las sombras le caían sobre los ojos y le tapaban la boca, de forma que tenía un aspecto siniestro, propio de un villano de película de animación, que son los que más miedo dan. Además, su tono acompañaba: había un reproche velado por algo que no llegué a identificar.
               -¿A los Whitelaw?-pregunté.
               -¿A quién si no?
               Asentí y troté un poco para ponerme de nuevo a su lado. Estaba volviendo a caminar rápido. Me di cuenta de que estaba enfadado: ¿se habría dado cuenta él también de que era la primera vez que estábamos solos, y temía el momento en que yo no me resistiera y le hiciera la pregunta? Uf. Definitivamente no iba a preguntarle si ya había tomado una decisión conmigo, porque si estaba tan tenso por tener que responderme era que sabía que la respuesta no me iba a gustar. Claro que ¿no podíamos dejar esto zanjado de una vez? Si no me ayudaba, no iba a agradecérselo, eso por descontado, pero tampoco se lo tendría en cuenta. Quizá, si estuviera en su posición, también tomaría la misma decisión que él.
               Claro que no sé si yo podría vivir con las consecuencias de un hipotético fracaso de Shasha si yo no la hubiera ayudado, pero esa era otra historia.
               -Sí. Claro. A los Whitelaw, sí. Y a mis amigas, por supuesto.
               Scott hizo un mohín y se rió por lo bajo, pero  no dijo nada.
               -Aunque no he pensado en ellos tanto como otras veces. Quiero decir, siempre disfruto de las fiestas, y me encanta visitar a los abuelos. Es sólo que este año…-sacudí la cabeza y me mordí el labio-. Las cosas son distintas, ¿sabes?
               -Dímelo a mí-murmuró por lo bajo, y me puso un brazo frente al torso cuando llegamos a un cruce en el que un coche se acercaba a toda velocidad. Scott lo miró mientras pasaba, juzgándolo con la mirada, y yo me alegré de no ser la destinataria de esa mirada. Si estaba enfadado, por lo menos lo estaba con las baldosas que teníamos delante, o al menos en apariencia.
               -Supongo que estaba destinado a suceder. Todo el mundo dice que las fiestas más especiales son a las que vas cuando eres pequeño, pero… no sé-me encogí de hombros-. Nunca pensé que iba a pasarme esto.
               -¿El qué?-preguntó Scott, y en sus ojos había curiosidad genuina… y algo más que no logré identificar. ¿Era reproche, tal vez? ¿Qué creías que no iba a pasarte, Sabrae? ¿Que tu hermano se hiciera más famoso que tu padre? ¿Que os pararan aún más por la calle? ¿Que sintieras la necesidad de inmolarte por vengar a una amiga?
               Creo que es lo que llevan toda la vida educándome para que haga, pensé. Soy la única persona que conozco inmune a ese fuego. Ninguna otra chica reacciona como lo hago yo, porque a mí me han educado desde pequeña para que no me minusvalore bajo ningún concepto. Me habían criado para que creyera en mí, ¿es que no lo veían? No podían criarme para que me creyera que el límite sólo estaba en mi imaginación y luego enfadarse conmigo porque confiaba en mi capacidad y mi preparación, en mis ganas de aprender.
               Era como educarme en la creencia de que yo era Daenerys Targaryen, la que no arde, y luego enfadarse conmigo porque la guarida de los dragones me atrae. ¿Qué miedo ha de tenerle alguien inmune a las llamas a una bestia que es llama en sí misma?
               -No echar de menos Londres.
               Y lo decía yo, que le había dicho hacía tiempo a Alec que era londinense antes que nada simplemente porque era Londres el primer punto de conexión que tenía con él. Y ahora, mírame: yo lejos de Londres, y no echándola de menos, y Alec ni siquiera en el mismo país.
               Scott se detuvo en seco, se mordió el labio y se giró para mirarme. Tenía la lengua bordeándose el piercing como si quisiera fundirlo, exactamente igual que una culebra ansiosa por picarte.
               -¿Y no crees que deberías replantearte lo que sea que te hace querer estar alejada de Londres?-escupió, venenoso, y para mí aquello fue más claro que un no. Oficialmente estaba sola.
               Aunque, ¿quería la ayuda de Scott si pensaba que Londres me daba miedo por lo que me proponía? Mi ciudad no tenía nada que ver con lo que planeaba, ni tampoco con lo que le había sucedido a Diana; no más de lo que las tierras ocupadas de Palestina lo tenían de las atrocidades que sus colonizadores cometían allí, o de todos los amores que se sellaban en Roma, como si ésta fuera de verdad la ciudad del amor y no lo fuera Mykonos.
               Decidí no entrar al trapo; los dos estábamos cansados y susceptibles. Él llevaba mucho tiempo sin Tommy, y eso le afectaba psicológica y físicamente. Yo llevaba mucho tiempo sin saber de Alec, y aunque no me hubiera dado cuenta hasta entonces, estaba que me subía por las paredes.
               Se avecinaban muchísimas batallas para mí. No adelantaría mi guerra por mucho que Scott tuviera ganas de bronca.
               -¿Tú lo echabas de menos?-pregunté simplemente, como si no supiera la respuesta.
               -Sí. Aquí estaban El y Tommy-respondió, y yo sonreí con cansancio.
               -Alec está a seis mil kilómetros-le recordé, y eso pareció aplacarle un poco. Su ceño se desdibujó, y lo sustituyó un gesto comprensivo. Arrepentido, incluso. Después de todo, yo no sólo estaba enfrentándome a la perspectiva de vengar a Diana poniéndome bajo el foco y bailando entre las balas, sino que, además, tampoco tenía a mi confidente, mi roca, ese espacio seguro que Scott sabía que Alec era de una forma en la que ni siquiera podía serlo ni mi hermano.
               Podía no ayudarme, pero no podía seguir juzgándome. Había perdido mucho ya, estaba demasiado sola como para que él me diera la espalda. Daba igual que fuera su amigo desde hacía más tiempo de lo que Alec era importante para mí: los sentimientos que compartíamos eran tan profundos que Scott sabía que no había nada que pudiera hacer para colmar del todo su ausencia. Podía acompañarme, pero no consolarme del todo.
               Él no tiene por qué sufrir lo que yo, pensé de repente. Los echa de menos. Scott no sólo estaba lidiando con la tarea de dejar que me arrojara a los leones sin darme al menos unas lecciones de defensa personal, por muy inútil que fuera; también añoraba a su novia y su mejor amigo, su mitad más buena.
               Ya había cumplido; estábamos en la calle de Alec, así que no tenía por qué seguir robándole ni un minuto más de tiempo.
               -Vete, S. Tommy y El te esperan-le dije, y Scott dudó. Se mordió de nuevo el labio y contempló la casa de Alec como si de verdad fuera un dragón, y yo le estuviera diciendo que no se preocupara, que con tener el pelo plateado bastaba para convertirlo en una bestia mansa que no me haría nada-. No va a pasarme nada-añadí.
               -Eso no lo sabes-replicó como un resorte, y yo puse los ojos en blanco.
               -Son cincuenta metros, Scott.
               -No me refiero a ahora-replicó, y tras atravesarme con la mirada, finalmente decidió que era mejor dejarlo estar. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo, alzó los hombros para ocultar el cuello entre ellos, y me echó un último vistazo, miró la casa de Alec, se dio la vuelta y desanduvo el camino que habíamos recorrido hasta entonces, con los hombros hundidos y alzados por igual en una contradicción cargada de…
               ¿Culpabilidad? Era eso lo que me parecía. Y, entonces, el estómago me dio una vuelta.
               Oh, Dios. ¿Y si me dice que sí?
               Me quedé mirando cómo desaparecía entre la neblina de la noche, que, por desgracia, no era lavanda. Esperé y esperé y esperé, anclada donde antes no hacía más que correr, con unos pies pesados que antes estaban en llamas, pero Scott no se volvió. Con eso murió mi esperanza, pero mi desánimo duró poco: en dos exhalaciones ya estaba llamando a la puerta de casa de Alec, justo bajo la guirnalda de acebo que Annie había colgado de la puerta. Dylan me abrió vestido con un pijama de franela y una sonrisa capaz de derretir el hielo de toda la calle.
               -¡Saab! No te esperábamos hoy. ¡Pasa, que hace un frío que pela! ¿Quieres un poco de chocolate? Ekaterina acaba de terminar de hacerlo.
               -¡Pero mira quién es, Trufas!-celebró Annie acercándose a mí para abrazarme y darme un beso en la mejilla-. Uf, estás helada. Toma un poco de chocolate; lo ha hecho mi madre. Se ve que yo no estoy cualificada-puso los ojos en blanco y Ekaterina soltó algo en ruso tan rápido que no lo capté. Annie siseó, mandándola callar mientras me conducía al salón-. Íbamos a guardarle un poco a Mimi, pero últimamente está desaparecida, así que ¡que se aguante! Dime, ¿qué tal con tus abuelos?
               -¿Has tenido ya noticias del gañán de mi nieto?-espetó Mamushka antes siquiera de que yo pudiera responderle a Annie, y la miré con el ceño fruncido.
               -¿Mimi no ha traído su carta aquí?-inquirí, y Dylan y Annie intercambiaron una mirada.
               -No. Que yo sepa, no ha traído nada, y mira que suele comentar cuando Alec nos manda algo.
               -Que no es muy a menudo-añadió Annie con ironía, y yo me reí.
               -Se te olvida que no puede oírte.
               -Tengo la esperanza de que, si lo repito bastante, ocurra el milagro y de repente aparezca.
               -El chocolate tiene una pinta deliciosa, pero me he apurado en venir para ver si Mimi había traído alguna carta suya. Como llevo una semana fuera, me hice ilusiones con que ya hubiera llegado algo.
               -Es muy raro que no te haya contestado aún, ¿no? Ha pasado mucho desde su última carta.
               De repente supe que tenía que haberme escrito, que Alec nunca me dejaría tanto tiempo en el limbo. Fue como si Dios mismo hubiera bajado a decirme que corriera a casa porque tenía allí una sorpresa esperándome; ni siquiera así habría tenido una certeza como la que me embargó en ese momento. De modo que me despedí de mis suegros, cogí apresuradamente el manojo de llaves que le había regalado a Alec, me afiancé en el abrigo y apenas me dio tiempo a responderle a Dylan que no hacía falta que me acercara en coche.
               Todo el aliento que me había faltado mientras venía con Scott, lo estaba guardando sin saberlo para aquel sprint. Crucé calles, atravesé aceras, pasé como una exhalación por debajo de las luces de las farolas igual que un bólido, todo con una misión tan importante como urgente.
               No me había fallado, y le quise todavía más por eso. Un par de días antes de Nochevieja, justo a tiempo para nuestra celebración a distancia, ésa que tan románticamente queríamos preparar sin llamarnos por teléfono, estaba la carta en la que Alec finalmente me diría qué haríamos para cambiar de año juntos, incluso a medio mundo de distancia y en husos horarios distintos.
               Apenas me di margen para quitar la llave de la cerradura una vez entré en casa antes de rasgar el sobre y acercarme a una lámpara para leer su contenido. La leería allí mismo, en el vestíbulo, y si el contenido era picante, me entregaría a él sin molestarme en subir a mi habitación.
               Rasgué el contenido y lo devoré como si llevara años sin comer, me reí, me emocioné, volví a reírme y volví a emocionarme. No sé cuánto tiempo estuve observando los trazos de la letra de Alec a la luz de la lámpara, pero cuando me di por satisfecha, el reloj de pared ya había tocado un par de veces al fondo de mi conciencia, y me sobraba el abrigo gracias a la calefacción programada.
               Me lo quité, lo colgué en el recibidor, apagué su luz y subí al piso de arriba.
               Acababa de apagar la luz de la escalera cuando papá y mamá llegaron en coche, que aparcaron en el garaje con sendos ruidos sordos. Estaba tan de buen humor que no se me ocurrió otra cosa que darles un buen susto, con lo que me pegué a la pared de la escalera y esperé a que encendieran la luz del salón para darles un grito que les helaría la sangre. Todavía me duraba el subidón de estar con mis primos, parece ser.
               Y, a pesar de todo, el susto me lo dieron ellos a mí. Encendieron la luz del pasillo que conducía al garaje, y luego la del salón, y yo estaba a punto de brincar para sorprenderlos cuando escuché mi nombre y me paré en seco.
               -Sólo digo que deberíamos haberlo hablado antes de que planteárselo a Louis-decía papá-. Sabrae es nuestra hija, no de él, Sherezade.
               Me quedé helada en el sitio, el estómago encogido hasta el tamaño de un guisante y la piel de gallina. Ahora ya no notaba la calefacción; todo lo contrario.
               -Sólo tanteaba el terreno-contestó mamá. Me daba la sensación de que se avecinaba una pelea, y yo sabía que debería hacerles saber que estaba ahí. Lo sabía. Pero no podía. No sé por qué, no conseguí reunir el valor suficiente para hacer el más mínimo ruido; sí la cobardía para pegarme todavía más a la pared y aguantar la respiración.
               No debería escuchar a hurtadillas. Era una falta de respeto, era ruin, y, además, egoístamente tampoco me hacía ningún bien. La última vez que había escuchado a hurtadillas una conversación de mis padres me habían dado un disgusto tremendo del que nuestra relación aún se estaba recuperando.
               Aun así, fue igual que cuando ves un accidente de coche. Sabes que vas a ver algo horrible, pero no puedes apartar la vista. Por eso, cobarde de mí, me pegué todavía más contra la pared, como si quisiera fundirme con ella.
               -Quería saber las opciones que teníamos.
               -Quitar 18 del recopilatorio del concierto no es una opción para mí, Sherezade-respondió papá en tono glacial, y yo fruncí el ceño. ¿18? ¿Qué tenía que ver 18 conmigo?
               Tardé un segundo en darme cuenta. 18, la canción que había cantado con papá y el resto de One Direction en Wembley. Que, casualmente, era un concierto que se había anunciado que se había grabado para la posteridad.
               Se me aflojó el estómago con una extraña sensación de terror que me desbarajustó, pues ni siquiera sabía a qué se debía.
               -Sabrae verdaderamente lo disfruta, Sher. Lo disfruta. Sé que le hará mucha ilusión cuando se lo enseñemos.
               -Yo no estoy tan segura. Después de lo del bar de carretera cuando íbamos a Burnham, no sé si a ella le gustaría tener todavía más atención.
               -Ya ha salido en televisión acompañando a Eleanor. A ella también la conocen desde que nació, Sher.
               -No sé si será lo correcto empujarla a hacer esto, Z. Teníamos pensado que fuera una sorpresa, pero creo que no hemos calculado bien los riesgos.
               Papá se apoyó en el sofá y se rió con amargura.
               -Mira lo que me estás pidiendo, mi amor: que borremos la única canción en que participa nuestra hija de un concierto en el que han salido todos. Nuestra hija adoptiva, Sherezade-le recordó papá, y se las apañó para aquella palabra sonara como algo sucio-. La misma con la que estamos yendo a terapia porque le hemos hecho creer que necesita compensarnos por haberla elegido. ¿Qué mensaje le estaría mandando si ahora cojo y borro su interpretación? Ya no se siente suficiente con nosotros, ¿qué pasará cuando salga el disco y descubra que falta la parte en la que está?
               -Ella también tuvo miedo, Zayn.
               -No podemos protegerla de quién es, Sherezade. Es mi hija-sentenció papá, y mamá suspiró-. Por ella canto. Mi voz no tiene ningún valor si no puedo compartirla con ella. No me había sentido tan bien compartiendo escenario con alguien nunca, ¿y pretendes que borre eso por unas imbéciles que no saben comportarse?
               -Discúlpame si no quiero someter a mi hija a más estrés del que ya tiene. Su novio está lejos, no confía del todo en nosotros… me da miedo que se sienta aislada en medio de tanta gente. Creo que ni tú mismo entiendes la influencia que tiene One Direction.
               -¿Y tú sí?
               -Yo lo veo desde fuera. Veo las cosas que a ti te parecen normales y que no lo son. No te estoy echando la culpa; hay determinadas cosas que o las normalizas o te vuelves puto loco, pero eso no quiere decir que no sean verdaderas barbaridades.
               -Te pareció bien dejarla participar. Te pareció bien que la grabaran. La acompañaste a los ensayos.
               -Y no lo habría hecho si hubiera sabido que pasaría esto.
               Papá dio una palmada en el sofá y bufó. Lo rodeó, se pasó una mano por el pelo, negó con la cabeza y se volvió hacia Sher.
               -Lo mío nunca ha sido un problema para ti.
               -Lo tuyo nunca había sido un problema para nuestros hijos-espetó mamá, y papá rió con amargura.
               -Son nuestros hijos, pero sólo puedes decidir sobre ellos, ¿no?
               -¿Te crees que a mí me gusta ponerlas en el punto de mira cada vez que salgo de algún caso o lidero una manifestación? No, Zayn. Ni de puta coña. Pero así, al menos, me aseguro de que la sociedad sea un pelín mejor para ellas de lo que lo ha sido para mí. Sabes de sobra que no quiero ponerlas en peligro, pero una cosa es estar dispuesta a valorar daños colaterales y otra crearlos. Además, estás siendo un hipócrita. Ni tú mismo pensaste que tu vuelta iba a tener la trascendencia que ha tenido. Hasta a ti te ha sorprendido este récord.
               -Así que el problema es el récord.
               -¡EL PROBLEMA ES QUE QUIERES SACAR UNA CANCIÓN CON NUESTRA HIJA SIN PARARTE A PENSAR QUE SI YA LA HAN ACOSADO POR REDES HABIÉNDOSE EXPUESTO SOLAMENTE ANTE DIEZ MILLONES DE PERSONAS, IMAGÍNATE LO QUE PODRÁ PASARLE SI DIEZ MIL MILLONES DE REPENTE SE FIJAN EN ELLA!
               -No hay diez mil millones de personas en el mundo, Sherezade-contestó papá con gélida calma, como si mamá estuviera loca, lo cual detesté-. Las reproducciones no son gente de verdad.
               -No pienso seguir hablando de esto si te emperras en cerrarte en banda.
               -¡Ni yo pienso seguir hablando de esto si te niegas a escucharme!
               Mamá se quedó mirando a papá.
               -No quiero que metas a Sabrae en un estudio de grabación-espetó, y a mí empezó a darme vueltas la cabeza-. 18 ya me causa problemas, pero, ¿canciones nuevas? ¿Canciones con ella?
               -Como si no hubiera hecho ya canciones con ella.
               -No me compares la canción con sus balbuceos de bebé con meterla en un estudio de grabación en el que sabe que habrá diez mil millones de personas escuchándola.
               -Te repito que…
               -¡¡QUE YA LO SÉ!! ¡Pero, ¿no te has parado a pensar en la presión que puede sentir?!
               -¡Por eso voy a ofrecérselo! Se lo propondré y dejaré que decida.
               -¿Con 18 también?-ironizó mamá, y papá se rió.
               -¿Qué pensará Sabrae si le digo que estoy dispuesto a quitarla?
               -¿Que respetas su intimidad?-pinchó mamá.
               -¡QUE QUIERO QUITARA!-rugió papá-. ¡Y PREFERIRÍA MORIRME A QUE PENSARA QUE NO ME ENORGULLEZCO DE ELLA!
               -¿Y si no le gusta el regalo? ¿Habrá marcha atrás cuando se lo demos?-preguntó mamá, y se cruzó de brazos. Papá tomó aire y lo soltó despacio.
               -Vas cinco meses tarde, Sherezade. El concierto ya ha pasado. Todo el mundo la ha visto. Quitar la canción ahora sólo haría que se volvieran en su contra todavía más. A mí también me duele lo que dicen de ella, ¿sabes? La gente que se le vuelve en contra es mi gente. La que me ha pagado las facturas durante 25 putos años.
               -Pues con gente así es mejor no tener gente-replicó mamá, cruzándose de brazos.
               -Con gente así hay que mandar mensajes claros. Quiero que lo sepan. Quiero que sepan que lo veo, y que no me gusta un pelo-dijo, dio un paso hacia mamá y señaló el suelo-. Quiero que sepan que lo sé. Que lo sé y que no hay nada que puedan hacer para intentar hundir a mi niña, porque yo no se lo voy a permitir. Es mía antes que de ellos.
               Mamá estaba callada y lo miraba con rencor.
               -A Sabrae le gustó. Disfrutó como no la había visto disfrutar nunca, y por Dios que yo también lo disfruté como nunca. Sé que le hará ilusión. No voy a retractarme de haberla sacado al escenario. De hecho, si hubiera sabido lo que iban a hacerle, la habría tenido cantando a mi lado el concierto entero.
               Mamá sorbió por la nariz y se abrazó a sí misma.
               -Me da mucho miedo que esto vuelva de nuevo la atención a ella y vuelvan a intentar hundirla, Z.
               -No dejaré que eso pase. Te lo prometo, Sher-aseguró, y la estrechó entre sus brazos-. Antes me equivoqué. Debería haber salido en su defensa como Scott salió en defensa de Diana. Entonces no habría tenido que pasar por todo lo que pasó. Hablar de ello no habría sido avivar el fuego, sino apagarlo.
               Papá tomó a mamá de la mandíbula y le hizo mirarlo.
               -Voy a dedicar hasta mi último aliento a volver indestructible a nuestra hija, Sher. Y regalarle 18 es el primer paso para ello. No sólo me tiene a mí con ella; tiene a todo One Direction. Eso es algo que no muchas chicas pueden decir. Cuando el mundo lo recuerde… no habrá quien la pare.
               Mamá tomó aire despacio y asintió con la cabeza.
               -Aun así, quiero que se lo plantees. Explícaselo calmadamente, déjale claro tu postura. Échame la culpa a mí, si hace falta. Pero quiero que elija.
               Papá asintió con la cabeza, le dio un beso a mamá en la frente y luego otro más suave en los labios.
               -Está bien-accedió. Mamá le devolvió el beso en los labios y le acarició la nuca. Le dijo que le quería, y él a ella.
               Estaban a punto de ir a por las maletas al coche cuando un arrebato de valentía me sacó de las sombras.
               -No va a ser necesario, papá-respondí a la par que encendía la luz del piso de arriba y los miraba desde la cima de las escaleras. Dieron un brinco y se me quedaron mirando, estupefactos.
               -¡Sabrae! ¿Qué haces ahí?
               -He venido a leer la carta de Alec, y vosotros habéis llegado, y…
               Tomé aire y lo solté despacio. Negué con la cabeza y les pedí disculpas; sabía que estaba mal escuchar a escondidas y me odiaba por haberlo hecho, aunque me alegraba de que, al menos, así le había ahorrado a papá el mal trago de explicarme la situación con tacto, dándome margen de elegir y, a la vez, dejándome claro que él estaba seguro del regalo que quería hacerle.
               -Lo aprecio de veras, y me encanta, y claro que grabaré todo lo que quieras contigo, papi, pero…
               Tomé aire y lo solté de nuevo. Era un momento tan bueno como cualquier otro; de hecho, no habría un momento mejor. Las bases de The Talented Generation eran claras, y yo me las había aprendido casi de memoria de tanto que había revisado la documentación que había tenido que mandar para inscribirme.
               -Voy a necesitar que esperéis unos mesecitos más para sacar 18, y todo lo demás que tengas pensado y en lo que para mí sería un honor colaborar.
               Artículo 17. Reglas de admisión. No se admitirá a ningún participante que haya tomado parte en algún lanzamiento comercial, ya sea musical, en vídeo, en formato hablado, o de radiodifusión.
               Traducción: a The Talented Generation sólo podían ir aficionados. Ya fuera de cuna de oro o de pesebre, pero aficionados.
               -¿Y eso por qué?
               Por favor, no me odiéis. Por favor, no me odiéis. Por favor, no me odiéis. porfavornomeodieiséis. porfavornomeodieiséis. porfavornomeodieiséis. porfavornomeodieiséis. Porfavornomeodieis.
               -Porque quiero presentarme a la siguiente edición de The Talented Generation.

             
¡Toca la imagen para acceder a la lista de capítulos!
Apúntate al fenómeno Sabrae 🍫👑, ¡dale fav a este tweet para que te avise en cuanto suba un nuevo capítulo! ❤🎆 💕

Además, 🎆ya tienes disponible la segunda parte de Chasing the Stars, Moonlight, en Amazon. 🎆¡Compra el libro y califícalo en Goodreads! Por cada ejemplar que venda, plantaré un árbol ☺ 

1 comentario:

  1. PERO DESGRACIADA COMO TERMINAS EL CAPÍTULO CON ESE PUTISIMO CLIFFHANGER.
    Casi me vuelvo loca con lo de “ No me había sentido tan bien compartiendo escenario con alguien nunca” o sea me he puesto blandisima con Zayn en la conversación, aunque entiendo a Sher tremendamente. DIOOOOOOOOOSSS que ganas de lo que se viene. Estoy nerviosa.

    ResponderEliminar

Dedica un minutito de tu tiempo a dejarme un comentario; son realmente importantes para mí y me ayudarán a mejorar, al margen de la ilusión que me hace saber que hay personas de verdad que entran en mi blog. ¡Muchas gracias!❤