¡Hola, flor! Hace mucho que no te dejo ningún mensaje antes del cap, así que aquí me tienes de nuevo. Quería avisarte de que el día 5 de marzo es el cumple de Alec, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que con ¡un nuevo capítulo de Sabrae!
Te espero en
muchísimo menos tiempo de a lo que te tengo acostumbrada, entonces, para celebrar
tan señalada ocasión. ᵔᵕᵔ
Y ahora, sí,
¡disfruta del cap! ❤
A pesar de que la escena que se desarrollaba más allá de
las ventanas era digna de la más aclamada de las películas invernales, ésa que
hacía que todos los extranjeros romantizaran aún más si cabe mi país, o la
Navidad, o mi país en Navidad, mamá no estaba para apreciar la blancura
resplandeciente de la campiña inglesa. Concentrada como estaba en su iPad, que
estudiaba con un ceño fruncido que prometía problemas incluso para la mayor de
las multinacionales, no podía dedicarle su atención a los prados hechos de
azúcar glas, los árboles de confitura ni a las montañas de nata que brillaban
en el horizonte, deslizándose suavemente con docilidad a medida que papá nos
llevaba en dirección oeste.
Sabía
que la situación en mi casa era crítica y que debería estar agradecida de que
no lo fuera aún más, pues Scott aparentemente se había mantenido fiel a su
palabra y no había dicho nada a nuestros padres de lo que yo me proponía, por
mucho que eso explicara mi repentina obsesión con el baile. Y, a pesar de todo,
me dolía que mamá no pudiera disfrutar de una de nuestras tradiciones
familiares más arraigadas: comentar el paisaje, hablar de la vida y fortalecer
los lazos familiares mientras íbamos camino de Burnham o Bradford. Si la época
navideña te pone todavía más nostálgico, porque tu vida nunca será igual a las
primeras navidades que has pasado y que sólo recuerdas como el epítome de la
felicidad, y sin mucho más detalle, saber que mamá estaba tan preocupada por la
situación de Scott como para seguir trabajando incluso cuando papá se mantenía
respetuosamente dentro del límite de velocidad en la autopista me perforaba un
agujero en el pecho que palpitaba cuando recordaba su reacción si se enteraba
de lo que yo me proponía.
Todos
lo notábamos, por supuesto, pero ante la impotencia de una situación que se nos
venía grande y que amenazaba con reconstruir nuestro estilo de vida tal y como
lo conocíamos, los cuatro hermanos habíamos encontrado en el silencio una
extraña tregua. Las pocas veces que habíamos intentado iniciar una
conversación, de la primera fila del coche sólo nos había contestado papá.
No
quería ponerme los cascos y renunciar a la posibilidad de nuestras charlas de
horas y horas en las que el debate estaba servido y el crecimiento espiritual
casi, casi garantizado, pero de verdad que si seguíamos sumidos en el silencio
aunque fuera un minuto más, es probable que me pusiera a gritar.
Miré
a Scott en el reflejo del espejo retrovisor; mi hermano siempre iba en la parte
de atrás, de forma que pudiera estirar mejor las piernas si lo necesitaba y, de
paso, también aprovechar la intimidad que le daba el que nadie pudiera ver sus
conversaciones en el móvil. Tampoco es que no supiéramos que intercambiaba
mensajes constantemente con Tommy o Eleanor, pero lo obvio de la situación no
la hacía menos personal.
Todavía
no me había dado una respuesta a sobre si me ayudaría con su experta opinión
respecto al concurso, y eso me estaba matando.
Había intentado hablar con él la noche anterior, mientras preparábamos las
maletas que ahora iban a la derecha de Scott, pero él se había cerrado en banda
y me había dicho que tenía demasiado que asimilar y que no estaba del todo
decidido.
-¿Y
cuánto vas a tardar?-le pregunté con desesperación exasperada-. Porque hace que
lo sabes casi dos semanas y todavía no te has dignado a darme ni siquiera una
pista de lo que vas a decidir.
-Si
la anticipación te está matando, hermanita-dijo
con el retintín propio del hermano mayor que te pilla haciendo una Trastada
Soberana (así, con mayúsculas y todo) y sabe que te tiene en sus manos, y que
tu supervivencia depende sólo y exclusivamente de su benevolencia-, puedo
decidir ser racional y responsable y decirte que no ahora mismo.
Su
contestación tan gélida había sido exactamente igual que un jarro de agua
helada que no podía permitirme. Había anunciada una tormenta de nieve para los
próximos días, iba a pasarme las fiestas fuera de mi casa, y de la cama de mi
novio, y para colmo tenía a mi principal fuente de calor, felicidad y belleza
(concretamente, metro ochenta y siete de calor, felicidad y belleza) en el culo
del mundo, a miles y miles de kilómetros de mí que me pesaban igual que seis
mil ciento cincuenta y pico soles (redondear la distancia que me separaba de
Alec era un esfuerzo que llevaba haciendo unos días, mientras me preparaba
mentalmente para fingir que no me pasaba nada ni estaba planeando algo cuando
estuviera con mis padres las veinticuatro horas del día durante los siguientes
días; si ya era difícil hacerme la inocente cuando apenas paraba por casa,
imagínate cuando los tuviera encima todo el rato, y recordarme constantemente
hasta los centímetros que me alejaban de mi novio desde luego que no iba a
ayudarme), así que si Scott decidía decirme que no, al menos esperaba que lo
hiciera después de que regresáramos a Londres.
Aunque
sólo fuera para darle la alegría a Amoke de poder frotarse contra Jordan
mientras los dos me cuidaban tras el brote psicótico que me daría. Me consolaba
pensar que al menos habría alguien que
se beneficiaría de toda esta situación.
-Eso no será necesario-había respondido, muy digna, levantando la mandíbula antes de salir de su habitación con andares de reina a la que no le ofende la absoluta falta de modales del plebeyo que ha conseguido llegar a su alcoba para hablarle de la pésima situación en el campo debido a la falta de lluvias… como si fuera culpa suya.
-Ya
me parecía-respondió Scott, cerrando de mala manera la cremallera de su bolsa
de viaje-. Porque, ¿sabes, Sabrae? Si estoy tardando tanto es porque estoy
tratando de encontrar algún motivo para creer que esto es buena idea. Todo mi
ser me dice que debería pararte los pies, porque no tienes ni puta idea de
dónde quieres meterte tú solita, pero…-negó con la cabeza-, sabes que eres mi
punto débil. Y también que creo que eres más lista que yo, así que estoy intentando
de ver cómo has podido llegar a esta absurda conclusión… porque me niego a
creer que seas retrasada. O peor, que te hayas vuelto loca. Así que no me presiones.
Me
llevé dos dedos a la sien y le hice el saludo militar, y Scott puso los ojos en
blanco al ver que Alec podía manifestarse ante él perfectamente, incluso en un
sexo, estatura, y edad distintos.
Deslicé
el dedo por la pantalla de mi móvil y lo desbloqueé para entrar en Telegram y
comprobar que, efectivamente, mi hermano aparecía conectado. Busqué la
conversación con Tommy y comprobé que él también estaba en línea; me figuré que
estaban comentando el peor viaje familiar de la historia y los preparativos
navideños más tristes que jamás hubiera habido, ni habría.
Shasha
captó mi atención desde el asiento de Duna, que miraba estoicamente a la
carretera, sentada en el medio y contemplando las mismas vistas que papá, y se
dedicaba a suspirar de forma cíclica, en periodos de tres minutos y medio.
Señaló la pantalla táctil del coche y me mostró su móvil, preparada para liar
alguna y ansiosa de que me uniera a su equipo.
Sí,
creo que haría alguna trastada aunque sólo fuera por sacar a mamá de su bucle.
Le mandé un mensaje a Scott, que levantó la cabeza y me miró extrañado. Duna
suspiró tres veces más antes de que tuviéramos preparado nuestro plan maligno,
pero, a pesar de su rapidez, sabíamos que sería infalible.
Scott
se conectó al Bluetooth del coche, y papá frunció el ceño y nos miró por el
retrovisor al escuchar el pitido distintivo de cuando un nuevo dispositivo se
emparejaba con el vehículo. Apretó los labios mientras sus cejas formaban una
montañita, pero no dijo nada. Continuó con los ojos saltando entre la carretera
y el panel, esperando.
Abrió
muchísimo los ojos cuando vio que Scott subía el volumen del coche a tope,
sujetó con fuerza el volante y miró de nuevo a su hijo. Sus cejas pasaron de
las caras de una montaña a un valle, expectantes, y la golondrina que llevaba
tatuada junto al pulgar pareció expandir sus alas cuando inhaló, tratando de
mantener la calma.
Scott
entró en Spotify mientras mamá seguía concentrada en su iPad. Shasha se mordía
el labio, impaciente. Yo le enseñé a Duna la canción que Scott pretendía poner
y mi hermanita se llevó una mano a la boca para contener su risita. De todos
modos habría dado igual, pues las pocas veces que alguien había dicho algo mamá
había reaccionado con el estoicismo de una pared.
Claro
que no pudo mantenerse tranquila cuando por los altavoces del Range Rover sonó
a todo volumen (que no es poco) el grito que daba inicio a Disturbia, de Rihanna.
-¡POR
DIOS!-bramó mamá, pegando un brinco en el asiento antes de que Scott, Duna,
Shasha y yo empezáramos a hacer los coros de fondo. Se le cayó el iPad al suelo
cuando intentó aferrarse a la puerta y a su asiento, volviéndose hacia papá
igual que si él hubiera dado un volantazo y estuviéramos a punto de ponernos a
dar vueltas de campana-. ¿ES QUE ESTÁIS MAL DE LA CABEZA? ¿¡Quién ha…!? ¡¡¿Te
estás riendo, Zayn?!! ¡Las niñas y Scott me dan un susto de muerte y tú te ríes!-mamá le dio un manotazo a papá
en el brazo, que ya se desternillaba a mandíbula batiente-. ¡Mira el ejemplo
que les estás dando! ¡Yo aquí matándome a trabajar por sacar a esta familia
numerosa adelante, y tú aquí, descojonándote
de mis esfuerzos con nuestros hijos! ¡Debería darte vergüenza, hacerle esto a la madre de tus hijos! ¡Pasé por cuatro
embarazos por ti, desagradecido, ¿y así es como me lo pagas?! Debería haberte
puesto la demanda de divorcio nada más casarnos en gananciales, ¡no sé por qué
coño sigo aguantándote!-bramó, y se revolvió cuando papá alargó la mano para
cogerle la suya-. ¡No me toques! ¡Que no me toques, te digo!-ladró, dándole un
manotazo de nuevo cuando papá le puso una mano en la pierna.
-Vamos,
Sher. Estabas muy callada y no sabíamos cómo espabilarte.
-Tengo
el corazón a mil, he perdido al menos siete años de vida, y seguramente mañana
me levante con el pelo blanco, ¿y encima lo justificas en que os aburríais?
Sois todos unos desagradecidos, por Dios. ¿Quién coño ha…?-mamá entró en el
panel de control del coche y miró los dispositivos conectados. Abrió muchísimo
los ojos y la boca y se volvió hacia su primogénito, el muy traidor.
Y
también el que tenía totalmente fuera de su alcance. Porque a Shasha, Duna y a
mí nos podría dar un guantazo sin problemas, pero, ¿a Scott? Tendría que
desabrocharse el cinturón en plena autopista y reptar por el coche hasta
alcanzarlo. Scott estaba fuera de peligro; por eso le habíamos elegido a él
para poner la canción.
-¡SCOTT!-tronó,
y tuve que reconocer que al menos mi hermano lo pagaría con una considerable
pérdida de audición-. ¿¡No te da vergüenza!? ¡Bueno, para eso tendrías que
tenerla, y no es el caso! Puto crío
desagradecido-mamá se frotó los ojos-. ¡POR DIOS! La madre que te parió. ¡La
madre que te parió, Scott!
-Tres
días pariéndote-dijo Shasha en voz baja, y yo me reí.
-¡Tres
días pariéndote!
-Con
sus correspondientes noches-añadí yo en voz baja, y Shasha se rió.
-¡Con
sus correspondientes noches!
-Y
así me lo pagas-puntualizó Scott.
-¡Y
así me lo pagas!-terminó mamá-. ¡Tres días de sufrimiento y no me has dado ni
un solo segundo de descanso desde que viniste al mundo, Scott!-vaya, eso era
nuevo; mamá sí que debía de haberse asustado-. Eres el mayor, ¿no te da
vergüenza? ¿Qué ejemplo de mierda les estás dando a tus hermanas?
-Di
que sí, mamá. Díselo, ¡que se entere!-dijo Shasha.
-¡Pero
si la idea fue tuya, cerda!-bramó Scott, inclinándose en el asiento y tirándole
del pelo.
-¡Au!
¡MAMÁ!-gimoteó Shasha.
-¡Han
sido Sabrae y Shasha, mamá, ellas me convencieron!
-¡¡Serás
chivato!! ¡Eso no es verdad, mamá!-bramé yo.
-¡Mamá,
¿te enseño las conversaciones?! ¡Mira, mira!-dijo Scott, entrando en Telegram y
proyectando su pantalla. Mamá la miró mientras papá se partía de la risa, y
ella abrió los ojos como platos.
-¡Sois
la vergüenza de esta familia! Panda de desagradecidos. ¡Me deslomo por
vosotros! La de noches sin dormir que habré pasado por vuestra culpa. ¡Debería
haber estado de fiesta durante esas noches, al menos las habría aprovechado
mejor! No me lo puedo creer. ¡Es que no me lo puedo creer! ¿A quién habré
matado yo, Dios mío? Joder. Joder-suspiró mamá, y volvió a revolverse-. ¡Zayn,
te lo juro por Dios, como me intentes tocar otra vez, te pongo una denuncia y
nos divorciamos! Te voy a dejar sin nada. Con todo lo que yo te he dado. ¡Soy
la madre de tus hijos, tenme un poco más de respeto!
-Pero
si sabes que beso el suelo por donde pisas, nena.
-Tendré
que hacer una maratón por Chernobyl, entonces-espetó mamá, cogiendo de nuevo el
iPad. Papá se lo arrebató-. ¿Qué haces?
-Se
acabó el trabajar. Estamos de vacaciones; no hay nada tan urgente como para que desconectes un poco.
-¿Y
vuestra manera de hacerme desconectar era hacerme pasar al plano astral?-inquirió,
intentando alcanzar el iPad, pero papá lo tendió hacia atrás y Shasha lo cogió
al vuelo-. Shasha, dame eso. Ya.
-Estás
muy estresada, mamá. ¿Por qué no miras un poco por la ventana y descansas un
poco del trabajo?
-Shasha
Amira Malik-advirtió, y Scott sorbió en el asiento de atrás.
-Uf,
de ésta no te libras-rió, y Shasha se volvió y pegó en la cabeza con el iPad
antes de devolvérselo a mamá con gesto compungido-. ¡Ay! ¡Mamá!
-No
pienso meterme-sentenció mamá mientras recogía el iPad y volvía su atención a
él. Papá suspiró a la vez que Scott le decía a Shasha que durmiera esa noche
con un ojo abierto. Shasha me miró con gesto alarmado, y yo extendí la mano
para coger la suya a modo de consuelo: no dejaría que Scott le hiciera nada,
por muy malvado que él intentara ser con ella.
Mamá
carraspeó y bufó en voz baja, comentando las pocas ganas de trabajar que tenía
la gente en época navideña. Tenía un millón de cosas pendientes antes de que
terminara el nuevo año y estaba renunciando a nuestro viaje en coche a cambio
de poder ponerlo todo en orden, pero el mundo entero parecía decidido a ponerle
palos en las ruedas. Papá chasqueó la lengua.
-Sher…
vamos. Necesitas parar un par de días. Coger un poco de perspectiva. Dales el
iPad a las niñas-le pidió mientras ponía la intermitencia y adelantaba un
coche. Mamá lo fulminó con la mirada, pero no habló hasta que papá no volvió al
carril que nos correspondía.
-Sabes de
sobra que perspectiva, precisamente, es lo único que tengo últimamente.
Quiero dejar mis asuntos en orden antes de llegar a Bradford para estar lo más
relajada posible cuando Trisha me recrimine que no he sido capaz de proteger a
mis hijos a lo largo del último año.
-De
mi madre me ocuparé yo-sentenció papá-. No te dirá nada, te lo aseguro.
-¿Qué
vas a hacer para impedírselo? ¿Pegarte a mí como un guardaespaldas? No me saqué
un doctorado para esconderme detrás de mi marido. Imagínate lo que pasaría si
se corriera la voz.
-¿De
que tienes un hombre que te adora y que daría la vida por ti, dispuesto a
defenderte incluso de la mujer que un día lo fue todo para él? Estoy seguro de
que sería absolutamente trágico-gruñó papá, y mamá abrió la boca para
protestar.
-Necesito
ir al baño-dije para atajarlos, porque sabía lo que se avecinaba, y sabía que
no podíamos permitírnoslo. Aunque mamá siempre exageraba el odio de la abuela
Trisha hacia ella, debo decir que la entendía perfectamente: cada vez que
llamaba a casa y era mamá la que la cogía, la abuela se encargaba de lanzarle
algún dardo envenenado con el que pretendía hacerle creer que la situación en
que se encontraba la banda, y por extensión, mi hermano, era parte de ella. Por
no haber sido lo bastante lista y prever que la única hija de Harry, el
consentido de One Direction, sería una princesita consentida que arrastraría
sin duda a su adorable e incomprendido nieto al agujero negro del fracaso,
edulcorado con el racismo con el que había tenido que vivir su familia. Mamá
debería haber sabido lo que se venía y haberlo parado antes de que llegara.
Después de todo, ella había convivido también con la discriminación, ¿no? Al
menos ésa era la bandera que enarbolaba cada ocho de marzo, cuando se ponía
delante de las cámaras y conseguía salir de la sombra de mi padre.
O, al menos, así lo interpretaba mamá. Era
cierto que a veces la abuela era dura con ella, aunque mamá tampoco hacía mucho
por que la relación fuera impecable. Era una lástima, sobre todo pensando en la
diferencia de sentimientos cuando cada uno de mis padres visitaba la casa de
sus suegros: mamá se merecía en sus visitas a Bradford la serenidad con la que
papá iba a Burnham.
-De
que no le impongo respeto ni a mi propia suegra-respondió mamá, subiéndose la
cremallera del polar que llevaba puesto, de un color esmeralda que resaltaba el
verde de sus ojos. Papá bufó.
-Y yo
tengo un poco de sed. ¿Podríamos parar a tomarnos un té?-preguntó Shasha.
-Eso
no es verdad. Has criado a cuatro hijos preciosos; mi madre no sólo te respeta:
te admira, Sherezade.
-Ya.
Los he criado bien lejos de ella, como siempre nos recuerda, como si tú no
vivieras ya en Londres cuando yo me quedé embarazada de Scott. Al menos él nos
ha salido idéntico a ti-comentó con mordacidad, apoyando el codo en la puerta
del coche mientras negaba con la cabeza y se masajeaba la sien-. Es la única satisfacción
que tengo en cada Navidad: ver cómo le jode
que el crío me haya salido clavadito a ti.
Papá
exhaló una risa por la nariz.
-No
voy a entrar al trapo, Sher. Sé que estás agobiada, así que no vas a poder
pincharme para que nos peleemos delante de los niños.
-¿Y
yo sí quiero que nos peleemos delante de los niños?
-Mamá-gimoteó
Duna, y mamá la miró por el espejo retrovisor. Parpadeó al ver la expresión
dolida de mi hermanita, se bajó la cremallera hasta el final, en la clavícula,
y esbozó una sonrisa invertida cuyo lamento le oscurecía los ojos. Tomó aire,
me entregó el iPad y extendió la mano en dirección a papá.
-Lo
siento.
-Lo
sé.
-Llevo
tantos días dándole vueltas a… todo, que… no sé-mamá suspiró, y se tapó los
ojos con las palmas de las manos-. Todo se nos está escapando de las manos,
Zayn.
-Vamos,
no digas eso, mi amor-papá le cogió una mano y se la llevó a los labios para
besarle los nudillos, justo sobre la alianza de casada-. Siempre te agobias
cuando estás a punto de encontrar la solución al caso más jodido que te has
encontrado hasta la fecha. Es como cuando a mí parece que me va a dar un
infarto mientras subo por la plataforma del escenario. Y siempre lo he
contado-le sonrió papá, y dejó la mano de mamá sobre su pierna. Mamá le dio un apretón
antes de retirarla.
Sentía
los ojos de Scott ardiéndome en la nuca, y estuve segura, en ese momento, de
que me diría que no. Tenía el corazón en un puño y los pulmones llenos de
hormigón, pero aun así me las apañé para mantenerme tranquila. Este momento
íntimo entre mamá y papá no nos pertenecía a ninguno de sus hijos, que sólo lo
presenciábamos porque había surgido así y porque no tenían forma de hablar en
la intimidad. Salvo, quizá, si todos nos pusiéramos cascos.
Consideré
la posibilidad de sacarlos de la mochila para dejar que hablaran tranquilos y,
de paso, mantener mi ansiedad a raya, pero la deseché aún no sé por qué.
¿Egoísmo, o puro instinto de supervivencia?
-¿Nunca
has sentido la imperiosa necesidad de mandarlo todo a la mierda y salir corriendo
a pesar de que sabes que ésa no es la
solución y no te la puedes
permitir?-preguntó mamá, los ojos fijos en la ventana, por fin frente al
paisaje que ni siquiera estaba viendo.
Papá
se rió con socarronería.
-Sher.
Por favor. Literalmente inventé el ghosting. Y lo tuvieron que llamar así
porque usar el mío en una conversación normal era demasiado caro por temas de copyright. Niñas, Scott-dijo, estirando
el cuello y mirándonos por el espejo retrovisor-, ¿cómo se dice cuando un
famoso tiene un compromiso cerrado desde hace meses y a última hora no se
presenta?
-Marcarse
un Zayn-contestamos los cuatro a coro, y papá sonrió.
-¿Y
quién es Zayn?
-Tú-balamos
cuales ovejitas, y papá sonrió un poco más y nos guiñó un ojo.
-¡Exacto!
¿Lo ves, Sher? Mira qué hijos más listos tenemos. Empiezo a tener dudas de que
ellas sean mías. Es decir, Scott es una fotocopia mía, así que de él no tengo
dudas, pero… ¿Shasha, Duna y Sabrae? Es imposible
que sean hijas mías.
-¿Tengo
que recordaros que yo fui un pedido de Prime?-pregunté. Era un ejercicio que
Fiorella nos había encargado hacer: bromear con mi adopción cuando se nos
presentara la ocasión para, así, poder desestigmatizarla. Yo lo había hecho con
Alec incluso sin pretenderlo, y por eso la confianza que había depositado en él
era tan profunda.
Le
siguió medio segundo de incómodo silencio producto de la sorpresa, y mamá y
papá se obligaron a forzar una sonrisa. Qué
forma más guay de cargarte el momento, Saab, pensé.
Y
entonces Scott, mi eterno salvador, se inclinó hacia delante y asomó la cabeza
por encima de Duna.
-Creo
que es hora de que te contemos la verdad, Saab: te encontramos en el punto
limpio cuando íbamos a dejar un sofá.
-¡Scott!-bramó
mamá, escandalizada, y vi que papá fruncía los labios-. ¡Pídele disculpas a tu
hermana ahora mis…!
-Eso
explicaría mi resiliencia. Si no me he suicidado aún teniéndote como hermano es
porque he vivido situaciones peores. Poco
peores, pero peores, después de todo-le saqué la lengua y Scott me dio una
palmadita en la cabeza, como diciendo “qué graciosa”, mientras ponía los ojos
en blanco. Papá luchó (y falló) por contener una sonrisa; ¡para que luego
dijera que no tenía favoritos!
Mamá
le puso una mano en el brazo a papá y se ofreció a continuar ella el trayecto,
pero comentó que antes a todos nos vendría bien una paradita técnica para
estirar las piernas y levantar el ánimo. No solíamos parar cuando íbamos a
Burnham porque estaba a poco más de tres horas de casa; en cambio, el trayecto
a Bradford era tal que teníamos que parar por lo menos dos veces. Aquel cambio
en nuestra rutina era inusual, especialmente porque suponía que pasaríamos
menos tiempo con la familia de mamá, aunque viendo cómo estaban las cosas,
tampoco me extrañó que mamá necesitara un ratito para reordenar sus ideas y
estabilizar sus sentimientos. Papá le cogió la mano a mamá de nuevo, depositó
otro beso en sus nudillos y sonrió cuando ella la cerró alrededor de sus dedos
para que no la soltara.
Papá
levantó la vista y miró a Scott por el retrovisor.
-¿Preparado,
S?-preguntó, y mi hermano se limitó a asentir. Se colocó el gorro de lana con
el que pretendía protegerse del frío gélido de Bradford, muchísimo peor incluso
que los inviernos más duros en Londres, y se arrebujó en su sudadera mientras
papá salía a un lado de la autopista y aminoraba. Mamá se volvió para
asegurarse de que Duna se abrochaba correctamente el abrigo mientras nos
preparábamos para salir, y yo me enrollé en mi bufanda a la par que Shasha se
colaba dentro de su abrigo de pelo de color crema.
Aproveché
un segundo mientras mamá terminaba de abotonarse su abrigo para quedarme al
lado del coche y observar el horizonte que dejábamos atrás, en el que se
adivinaba una oscuridad que prometía una buena descarga de nieve. Parecía que
estábamos bordeando la tormenta por los pelos, aunque no me importaría estar en
Londres ahora mismo si Alec estuviera allí. Me encantaba acurrucarme a su lado
cuando hacía mucho frío, y aunque las nevadas no habían sido precisamente
abundantes en nuestra relación, los pocos momentos en que habíamos podido
disfrutar de la nieve eran de los más preciados para mí.
La
nieve implicaba cercanía, y la cercanía implicaba hogar. Justo lo que más
echaba de menos ahora que sentía que mi mundo empezaba a acelerar, como
cogiendo carrerilla para lo que se avecinaba.
-Venga,
Saab. Te vas a helar si te quedas ahí parada-me instó papá-. Duna, dale la mano
a tu hermana. No vayas sola por el aparcamiento.
Scott
caminaba delante de nosotros, la espalda recta y los andares de quien se sabía
el rey del mundo. Atravesó la puerta para entrar en el pequeño vestíbulo del
restaurante de carretera (cafetería y tienda de regalos incluido) y se giró
para mirar cómo nos acercábamos. Mamá lo siguió, desabrochándose ya el abrigo y
toqueteándose la coleta para despegársela del polar y su electricidad estática;
la siguieron Duna, cogida firmemente de la mano por Shasha, y mi hermana
mediana. Papá me esperó y me mantuvo la puerta abierta para que la cruzara, y
sólo cuando se aseguró de que toda la familia estaba resguardada del frío,
entró también.
Y, entonces, en el interior se desató la
locura.
-Quédate
con tus hermanas. No te separes de ellas-me ordenó papá mientras la marabunta
se abalanzaba sobre nosotros. Porque puede que Scott pudiera pasar desapercibido
si se lo proponía, y puede que papá tuviera un talento natural para desaparecer
del ojo público a voluntad, pero cuando estaban los dos juntos, era como si se
anularan mutuamente los dones y, más bien al contrario, los amplificaran.
Supongo
que la reacción estaba a la altura de lo extraordinario de las circunstancias:
las únicas ocasiones en que Scott y papá se habían dejado ver juntos en público
tenían relación con el trabajo de alguno de los dos, si no con los dos. Lo poco
que dejaban que el mundo disfrutara se consumía con la voracidad de quien lleva
años a dieta y por fin tiene delante un manjar; Scott era más común en las
calles de Londres que mi padre, e incluso éste se dejaba ver menos que un ave
exótica y preciosa en peligro de extinción. Los primeros planos que le habían
hecho a papá en las actuaciones de Chasing the Stars subían en reproducciones
como la espuma, y vídeos del momento en que Zayn, de One Direction, enseñaba a
su retoño, idéntico a él, a controlar la respiración durante Right now frente a todo Wembley,
transmitiéndole una tranquilidad impropia del momento que estaban
protagonizando ambos, se hacían virales sin importar cuántas veces la gente
hubiera visto ya ese momento. Cada ángulo contaba, y los rumores de que habían
grabado parte del concierto para estrenarlo como una película en homenaje a sus
Directioners eran fuente de esperanza y desesperación por igual, pues la fecha
de lanzamiento de esa supuesta película no parecía llegar nunca.
Padre
e hijo procuraban mantener las distancias en las ruedas de prensa, con papá
siempre respetando el momento de Scott y dejando que los focos se desviaran
hacia él, pues ahora le tocaba el turno a la siguiente generación. Tanto él
como Scott se deshacían en halagos sobre el trabajo y la fama de uno, o el
potencial y el talento del otro, en cada entrevista que les hacían, y era
evidente que papá no perdía la oportunidad para hablar de su primogénito e
único hijo varón, que estaba siguiendo sus pasos para deleite de él. Sin
embargo, el cariño y el respeto que mi hermano y mi padre se profesaban rara
vez cuajaba en compañía. Era como si vivieran en mundos separados, como si
fueran la misma persona pero con dos versiones, un alter ego propio de la película La
sustancia que hacía dudar de que no fueran más que alucinaciones
colectivas. Sólo en ocasiones tan especiales y raras como el concierto de los
25 años de One Direction, o la final de The Talented Generation permitían
al mundo dejar de soñar y confirmar que, efectivamente, Zayn Malik no era incompatible
en absoluto con Scott Malik.
Y el
mundo estaba ansioso por aprovechar esas ocasiones, como saltó a la vista.
Porque,
en cuanto se dieron cuenta de quiénes habían cruzado la puerta de cristales
empañados por el frío en contraste con el calor casi asfixiante, todas las
personas allí presentes se dieron cuenta de que aquel era su día de suerte.
Siempre me sorprendía la capacidad de la multitud más variada de comportarse
como una bandada de pájaros en perfecta sincronía sin importar que no tuvieran
ni origen ni destino común, como sí sucedía con las golondrinas; daba igual las
veces que lo viera: siempre me recorría un escalofrío por la espalda y se me
ponían los pelos de punta. Incluso cuando le restaba importancia a aquello con
Alec, había cosas que hasta yo no
percibía como normales.
Igual
que la vibración bajo los pies antes del estallido virulento de un volcán, o
las gaviotas retirándose tierra adentro antes de que llegara el tsunami, pude
ver cómo la gotita de atención de la adolescente con un gorro de lana y bufanda
a juego, ambos de rayas azules, moradas, rosas y blancas, accionaba la acción
en cadena que ponía a mis padres en guardia inmediatamente, y por la que,
precisamente, teníamos mucho cuidado de no ir a los sitios en hora punta.
La
chica estaba mirando unas barritas energéticas con gesto aburrido mientras sus
amigas ya hacían cola en busca de platos con los que entrar en calor en el
bufet de la cafetería. Tenía una barrita de KitKat en la mano en la que leía
las calorías, y fue el polar de mi madre lo que atrajo su atención. Tenía que
reconocer que no había visto a nadie a quien le quedara tan bien el color
verde; claro que se cuidaba muy mucho de no relacionarse con las inmigrantes de
familias pobres con las que se cruzaba de camino a su colegio privado. En
cambio, mamá merecía que se detuvieran a mirarla. Tenía una belleza
deslumbrante que hacía que no pudieras apartar la vista de ella incluso aunque
te resultara un pelín imponente, pues
estaba claro que ni el mejor de los cirujanos podía lograr lo que Dios había
hecho con ella. Claro que sus labios… podrían parecerse un poco más a los de mi
madre con un par de pinchazos que le aumentaran ligeramente el volumen; nada
ostentoso, sino lo más natural posible.
La
chica había visto a mi mare en alguna parte, de eso estaba segura. Pero,
¿dónde? Ya no tenía la piel tan lisa como la de las modelos, y aunque tenía
elegancia en su postura, su ropa era más bien del montón. No; si lucía el polar
era por su estilo natural, no porque estuviera hecho de, digamos, cachemira.
Además, las niñas que la acompañaban debían estar acostumbradas a su presencia,
cosa que no pasaba con las modelos
internacionales que la chica conocía, que estaban tanto tiempo fuera de casa
que hasta se planteaban si deberían llamarla “casa”.
Sus
ojos se posaron en mí y los entrecerró ligeramente. Espera. A mí también me
conocía, pero no era capaz de situarme.
Y
entonces papá me puso una mano en el hombro y luego me dio una palmadita en el
culo para que me apartara de la puerta y dejara entrar a más gente, y los ojos
de la chica se abrieron como platos. Dejó caer el KitKat sobre el estante del
que lo había cogido y exhaló un jadeo que Scott, Shasha, Duna, mamá, papá y yo
pudimos oír perfectamente a pesar del alboroto de la cafetería.
Después
de todo, era la banda sonora de las salidas de papá.
-¡Dios
mío, ¿ése no es Zayn?!
Y
entonces Scott, que estaba de espaldas a la chica, mirando los paquetes de
gominolas que había en exposición, se giró de forma instintiva. Lo que a continuación
sucedería le había pasado las suficientes veces como para que estuviera
prevenido y tratara de disimular, pero su instinto de protección de sus
hermanas pequeñas y los años de entrenamiento retirándonos a un lado para que
no nos aplastaran ni nos separáramos eran algo a lo que resultaba muy difícil
ignorar.
En
cuanto la chica vio a la copia de Zayn, ésa que mamá tanto se enorgullecía de
haber traído al mundo en parte para chinchar a su suegra, volverse y mirarla
también, el poquísimo saber estar que le quedaba se esfumó. Ver a Zayn, una
leyenda en sí misma y, también, un poco una vieja gloria de las que habían
envejecido genial ya era un golpe de suerte tremendo, pero, ¿ver a Zayn y a Scott, la mayor estrella que había dado
Inglaterra ese año, en una pausa de su viaje por carretera con amigas para
celebrar el final del semestre en la universidad? Aquello era como si te tocara
el bote más alto del Euromillón hasta la fecha a pesar de haber jugado sólo una
vez.
-¡Chicas,
son Zayn y Scott!
En
condiciones normales el grito habría sonado bastante fuerte, lo suficiente como
para que todas las caras en una calle se volvieran hacia ella. En una cafetería
abarrotada, no obstante, apenas habrían destacado… si no fuera porque la chica
había dicho las dos palabras mágicas.
-Quédate
con tus hermanas-ordenó papá cuando las caras de varias filas de personas se
giraron hacia nosotros, asomándose por los huecos más inverosímiles: encima de
la barra por la que se pasaban las bandejas, en abanico desde la cola del bufet,
por debajo de los brazos de los padres o por las ventanillas a través de las
cuales se pasaban las comandas.
Era
como ver las ondas de un terremoto desde un mismo epicentro, pero en lugar del
suelo lo que se sacudía eran los cuerpos.
-No
te separes de ellas-ordenó papá, empujándome hacia Duna y Shasha, que ya
retrocedían hacia una esquina libre de la tienda de regalos. Mamá las condujo
con rudeza y sin miramientos hacia un panel de madera que separaba la tienda de
regalos del pasillo que conducía a los baños, y yo me pegué a ellas, poniendo
mi cuerpo entre el de Shasha y la ola que ya se batía sobre Scott y papá al
grito de:
-¡Me
encanta vuestra música!
-¡Me
dejé mi sueldo votándote, Scott! ¡Tenías que haber ganado! Eleanor te robó tu
victoria. ¡Siempre supe que Louis era un mal bicho! ¡Fijo que lo amañó para que
ganara ella!
-¡Zayn,
yo estuve en la gira de Up all night! ¡¡Llevo
30 años siguiéndote!!-ya me dirás cómo, pensé,
si hace treinta años mi padre todavía no
conocía a sus compañeros de banda.
-¡Scott, tenía entradas para
el fin de gira! Te puse a bajar de un burro cuando anunciaste que lo cancelabas
por tu ansiedad, ¡pero teniéndote delante no puedo enfadarme contigo! ¡Lo
siento! Te desbloquearé ahora mismo de Instagram. ¿Nos hacemos una foto, porfa?
-Zayn,
por favor, una foto. Que sepas que estoy recién separada; ya sabes, por si los
rumores de la crisis con tu mujer son ciertos… con esa cara no deberías tener
que aguantar a nadie.
-Scott,
por favor, ¡por favor, mándale un audio a mi hermana! Le encantas, ¡tiene la
habitación llena de posters de ti y de tu banda!
-¡Mira
el tatuaje que me he hecho! Son tus iniciales y las de Tommy, ¿te gustan?
Conmigo no tienes que fingir, sé que ese beso fue pura pasión. ¡Se nota que os
queréis! ¿A que lo de Eleanor es puro marketing?
-Zayn,
tengo todos tus discos en el coche. ¡Voy a por ellos, por favor, no te muevas!
Scott
y papá se convirtieron en los soles dominantes de un sistema solar abarrotado y
dispuesto a arrasar con todo a su paso. Nos vimos empujadas hacia una esquina
de los baños, manteniendo el equilibrio a duras penas. Shasha me agarraba con
tanta fuerza que notaba mi corazón bombeándome en la mano, y Duna, apretujada
contra las piernas de mamá y aterrorizada desde su perspectiva, viendo que el
mundo se nos echaba encima, se echó a llorar.
-Mamá-gimió,
y mamá la levantó en volandas y se la apoyó contra la cadera para protegerla.
Le dio un beso en la sien y, aunque estaba temblando por los nervios, le
acarició la cabeza y la retuvo contra su pecho.
-No
te preocupes, cariño. No te preocupes. Sólo se alegran mucho de ver a papá y a
Scott.
El
griterío seguía y seguía, subiendo de volumen y de pasión. El flujo constante
de clientes que se marchaban se había interrumpido, pero el de los que llegaban
no cesaba. Pronto no habría sitio para que entrara nadie más, y la gente
continuaría empujando para conseguir un poco de atención de papá y de Scott.
-Venid-ordenó
mamá al ver que Scott y papá no daban abasto por muy rápido que se hicieran las
fotos y despacharan a quienes tenían delante: por cada persona que se alejaba
de ellos a empujones, se acercaban tres más. Mamá nos condujo a los baños,
empujó con un pie la puerta del baño de discapacitados, más amplio que los
demás, y me indicó con un gesto de la mandíbula que echara el pestillo. Me
apresuré a ello mientras mamá dejaba a Duna en el suelo y se arrodillaba para
mirarla desde abajo.
-¿Estás
bien, mi amor?
-Sí.
-¿Te
han hecho daño? ¿Te duele algo, mi vida?
-Creo…
creo que no-Duna hipó-. Sólo me he asustado. Creía que iban a aplastarnos. ¿Y
si aplastan a papá y a Scott?
-No
te preocupes, mi niña-mamá le sonrió y le dio un beso en la frente. Le limpió
las lágrimas con los pulgares y cogió un poco de papel higiénico para que Duna
se sonara-. Aquí. Venga. Así. Tranquila. Papá y S están perfectamente; lo que
pasa es que la gente los quiere mucho y a veces se vuelve un poco loca, y como
nosotras estábamos atrás, no nos han visto.
-Las
fans de papá son amables. Una vez me invitaron a un bollo y chocolate-recordó,
y a mí me rompió el corazón recordar uno de los peores momentos de mi vida,
cuando Duna se me había escapado porque no quería esperar más a ir a la zona de
restauración del centro comercial.
-No
debes fiarte de las fans de papá por mucho que lo quieran, ¿entiendes? No sabes
si es verdad, o si sólo quieren ganarse tu confianza para luego hacerte
daño-mamá la agarró por los hombros y buscó sus ojos-. ¿Me oyes, Duna?
-Sí.
-Bien.
-Me
quiero ir.
Mamá
tomó aire y asintió con la cabeza.
-Yo
también, mi amor. Ven-se dio una palmada en las rodillas y se incorporó-, vamos
a buscar a papá y le vamos a decir que ya no tenemos hambre, ¿te parece?
-Pero
sí que tengo hambre-protestó Duna, y Shasha se rió. Mamá puso los ojos en
blanco.
-Ya,
pero no sé si podremos comer algo aquí. ¿Quieres comer algo mientras todo el
mundo nos asalta?-inquirió, y Duna apretó los labios, pensativa, para terminar
sacudiendo la cabeza-. Ya me parecía. Dale la mano a Sabrae. Vamos a salir y
vamos a ir a por papá.
Mamá
abrió la puerta y nos dejó pasar para luego adelantarnos por el pasillo y salir
a la cafetería. Parecía que la marea se había estancado, los cuerpos
apelotonados contra la pared y las estanterías llenos de productos. Mamá nos
indicó que nos quedáramos allí, donde todavía se podía respirar, y se puso de
puntillas intentando llamar la atención de papá.
-Eh…
creo que están organizando una cola-dijo Shasha, que se había subido a unas
cajas de cartón todavía cerradas y se había puesto de puntillas. Como ya era
más alta que yo, era la mejor de las dos para hacer aquello.
-Será
broma.
-Nop.
Creo que vamos a comernos la cena de Nochebuena en esta cafetería. Ya pueden
venir los tíos y los abuelos-se rió, negando con la cabeza, y alzó las cejas y
contuvo una sonrisa cuando mamá levantó la mano y trató de llamar la atención
de Scott, que era a quien teníamos más cerca. Como Scott estaba firmando
autógrafos a diestro y siniestro (perfectamente podía ser su sentencia de
muerte y él le estamparía su garabato característico), no le estaba prestando
la más mínima atención. Mamá probó entonces con papá.
-¡ZAYN!-bramó,
y papá milagrosamente la escuchó (supongo que estaba acostumbrado a que mamá
gritara su nombre así o incluso más fuerte, aunque no en ese tono y sí más en
uno de placer) y la miró-. ¡Nos vamos!
Papá
asintió con la cabeza, le dio una palmada en el hombro a Scott y le hizo una
señal en dirección a mamá cuando ésta se volvió. Scott apretó los labios en un
gesto de disgusto, pues su reputación no podía permitirse que dejara de
sonreírle a la gente y se retirara con autógrafos y fotos pendientes, pero vi
en su expresión un gesto de cansancio y preocupación que se cuidaba muy mucho
de que nadie más le viera. A él tampoco le estaba gustando esto, en el fondo.
-¡No!-coreó
la marabunta mientras papá y Scott se abrían paso entre la gente en una
retahíla de disculpas. Aun así, continuaron haciéndoles fotos, colgándose de
sus cuellos para obligarlos a posar y plantándoles besos en las mejillas contra
los que ellos se resistían.
Una
chica incluso intentó besar a Scott en los labios, y papá no dudó en meterse y
darle un empujón.
-¡Oye, ¿qué coño haces?! ¡Ten
un poco de respeto, tía! ¡Deja a mi hijo en paz!
-Jolín,
¡era sólo un piquito!
-¡Que
tengo novia!-espetó Scott, y se oyeron quejidos de protesta y suspiros
enamorados, ansiosos por tener a alguien que las quisiera así (es decir, un
poquitito).
-¡Eres
una maleducada!-recriminó alguien del fondo-. ¡No son animales de feria!
Si no
fuera la voz de una mujer, me habría puesto contentísima pensando que Alec se
había materializado en la cafetería.
Papá
se abrió paso a empujones, tirando de Scott con ganas para asegurarse de que no
se separaba de él y no se lo tragaba la gente, y no se molestó en disimular su
descontento mientras trataban de detenerlo para continuar haciéndose fotos con
él. Cuando por fin consiguió salir al vestíbulo, se tiró del abrigo y le dio un
empujón a Scott para que pasara delante de él y, así, asegurarse de que no lo
perdían.
Saltamos
dentro del coche sin esperarnos para guardarnos los sitios, y mamá volvió a
sentarse del lado del copiloto. Papá se metió entre el volante y su asiento y
arrancó sin tan siquiera abrocharse el cinturón. Mamá se frotó la sien y
suspiró.
-Cada
día están peor-gruñó. Papá miró a Scott por el retrovisor.
-¿Estás
bien, S?
-Sí.
Las Zquad son majísimas y muy respetuosas. No entiendo… nunca me había pasado
esto. Con ellas no me habría pasado nunca.
Apreté
los puños, pensando en que acababan de intentar abusar sexualmente de mi
hermano sin que yo hubiera hecho nada para impedirlo. Me hervía la sangre.
-Te
sorprendería la cantidad de veces que tuve que ponerme firme y pararles los
pies para que entendieran que, si me presionaban, era peor para ellas.
Tranquilo; cuando te quedes hasta los cojones, te saldrá solo. Y esta gente no
son fans-añadió, pensativo, mientras se incorporaba a la autopista. Mamá tiró
de su cinturón y se lo abrochó, y entonces papá salió de su ensoñación, la miró
y le sonrió. Le cogió de nuevo la mano y le dio un suave apretón, que mamá le
devolvió con una sonrisa capaz de tender puentes incluso entre ambas orillas
del Pacífico.
Duna
sorbió por la nariz y se frotó los ojos, que todavía tenía llorosos por el
susto que se había llevado. Papá la miró por el retrovisor y anunció que
pararíamos en la próxima cafetería que no pareciera abarrotada de gente.
-Sólo
para no tener que pelearme demasiado para que dejen tranquilas a las personas
que más me importan-bromeó, y Duna, Shasha, Scott y yo nos reímos con varios
niveles de sutileza. No tuvimos que esperar mucho a que papá encontrara un
sitio que le pareciera bien, pero cuando aparcó en un aparcamiento en el que
había otros tres coches y dos camiones, en lugar de bajarse inmediatamente se
desabrochó el cinturón y se volvió hacia nosotras-. Escuchad… siento lo de
antes. Ha sido muy injusto para vosotros. No pedisteis que yo tuviera el
trabajo que tengo, ni que fuera vuestro padre, y sé que a veces tiene sus
ventajas, pero… a veces me gustaría ser capaz de protegeros mejor de los
inconvenientes que tiene haber construido lo que he construido con nuestro
apellido. Os prometo que no volveré a dejaros desprotegidas por mi afán por
complacer.
»A
ninguno-añadió, clavando los ojos en Scott-. Sé que es importante que os dé
buen ejemplo de lo que podéis y no podéis hacer, y acabo de daros un ejemplo
pésimo para que os sometáis a lo que el público quiere. Os pido perdón a los
cuatro. Debería haberlo hecho mejor.
-No
pasa nada, papi-contesté, inclinándome hacia delante y poniéndole una mano en
el hombro.
-Tampoco
es como si tuvieras otra alternativa-añadió Scott, encogiéndose de hombros-.
Después de todo, vivimos de ellos. No somos nada sin nuestras fans.
Papá
tomó aire y lo soltó despacio.
-Cuando
crezcas y lleves años en esto, entenderás que hay una diferencia entre “el
público” y “tu público”. Vuestra
madre y yo queremos que seáis personas decentes y amables, que no se os suba a
la cabeza lo privilegiados que sois, pero odiaría que creyerais que lo que ha
pasado ahora es lo que tiene que pasar en vuestras vidas-me miró de nuevo-. Los
límites son sanos. Decir que no es vuestro derecho. Incluso a quienes os pagan
las facturas. Quizá como artistas no seamos nada sin ellos-sus ojos volvieron
de nuevo a Scott-, pero no somos sus esclavos. Es algo que tarda en aprenderse
y todavía más en interiorizarse, pero, con el tiempo, lo conseguirás.
-Si
es que lo tengo-comentó Scott en voz baja, y yo me revolví en el asiento. Entendía
la preocupación de papá, e intuía las noches de reflexión que le habrían
llevado a encontrar por fin el punto de equilibrio entre el agradecimiento por
vivir de su sueño y la privacidad que conllevaba el ser una persona que también
tenía derecho a su esfera íntima. Por eso precisamente había marcado tantos las
distancias en la prensa, por eso desaparecía cuando no le apetecía hacer algo
por mucho que se hubiera comprometido a ello.
Ser
Zayn era su sueño, y se sabía afortunado por haber podido alcanzarlo y que ésa
fuera su realidad… pero también quería proteger a Zain, el niño que había
soñado con lo que tenía ahora papá, el que sobrevivía en los claroscuros del
escenario y prosperaba en casa, disfrutando de tiempo de descanso con su esposa
y con sus hijos. Los focos se iban, nosotros no.
La
atención se iba, nosotros no.
El
dinero iba y venía. Papá no nos daría ocasión de irnos. Eso era lo verdaderamente importante para él.
-Claro
que lo tienes-respondió papá-. Tienes 18 años y todo el mundo a tus pies.
Incluso cuando sientas que te va a morder la mano… en realidad, si lo hace es
porque está en tu palma.
Scott
se lo quedó mirando un instante, y cuando papá rompió el contacto visual sentí
que habían mantenido una conversación silenciosa que no compartirían con nadie,
ni siquiera con mamá.
Papá
agarró la manilla para abrir la puerta, y se detuvo cuando Scott le preguntó:
-A ti
casi te mata. ¿Cómo sabes que yo no voy a pasar por lo mismo?
Mamá
y papá intercambiaron una mirada que habló de conversaciones en vela mientras
Scott estaba en el programa, susurrando en la noche para que ni Shasha, ni Duna
ni yo los oyéramos. Scott acababa de dar en el calvo de lo que más les había
preocupado, lo que más les había tirado para atrás de que Scott quisiera seguir
sus pasos.
-Porque
me tienes a mí para guiarte y aprender de mis errores.
Me tienes a mí para guiarte. De nuevo
una lanza clavada en mi ya maltrecho corazón, recordándome que si mi hermano me
decía que no me ayudaba, todo se me haría mucho más cuesta arriba. Había noches
en las que el agotamiento no podía con la preocupación, y ésta me mantenía
despierta mientras la Luna bailaba sobre la claraboya, jugando al escondite con
mis pensamientos, y no podía dejar de preguntarme cómo haría para ganar el
concurso cuando mi hermano, con más carisma y con más cosas a favor que yo, lo
había logrado. Cómo conseguiría salir lo más indemne posible de la guerra que
yo misma iba a declararle a una industria que había devorado sin casi enterarse
a gente mucho más poderosa que yo.
Por
favor, que Scott me diga que sí, le supliqué a los cielos. Me volví para
mirar a mi hermano, pero éste rehuyó mis ojos abriendo la puerta y bajándose
del coche. Subió los hombros para ocultarse el cuello y trotó hacia la puerta
de la cafetería, con lo que consiguió ser el primero de nosotros que se
resguardaba de la nieve.
Cuando
nos bajamos del coche descubrí que aún me temblaban las piernas de los nervios,
todavía no sabía si por lo que acababa de pasar en el otro local o por el
recuerdo repentino de lo difícil que iba a ser la misión que me proponía.
Al
menos tenía el alivio de que no había casi nadie en la cafetería: un par de
familias se inclinaban sobre sus cafés, chocolates o caldos, que rodeaban con
las manos para calentárselas. Una camarera de la edad de mis padres estaba
fregando la barra, en la que un par de camioneros tomaban un plato de huevos
con beicon y charlaban con la desgana de quien tiene que trabajar cuando todo
el mundo está de fiestas.
Mamá se
fue al baño y papá se quedó con nosotros, cargando a Duna en brazos para
satisfacer sus ganas de mimos. Cogió una bolsa de gominolas y le dio un beso en
la cabeza cuando le pidió que no le dijera nada a su madre del caprichito que
le iba a conceder, pues sería su secreto. Duna se aprovechó de su actitud complaciente
para hacer que se acercaran a una estantería con peluches y coger uno de Cinnamoroll
de aspecto suave y achuchable. Me acerqué a la zona de los aperitivos salados,
en la que Scott estaba mirando una bolsa de Doritos.
-Coge
la familiar y la compartimos-le propuse, y él se giró y me miró con las cejas
alzadas y, a la vez, fruncidas.
-¿Quién
dice que el familiar vaya a ser suficiente para mí?
-La
abuela Rebekah adora cebarnos. Yo no esperaría que no nos tuviera un plato a rebosar
esperándonos en la mesa-comenté, y me encogí de hombros. Scott rió por lo bajo,
sacudió la cabeza y cogió la bolsa de Doritos. Se puso a leer sus ingredientes
con gesto distraído, y yo me di cuenta de que estaba intentando ordenar sus
pensamientos-. ¿Cómo estás?-susurré en voz baja, de modo que ni papá ni mamá
pudieran oírnos salvo que se nos acercaran.
Scott
se encogió de hombros.
-Es
normal que te hayas asustado. Ha sido bastante… intenso.
-No
estoy asustado-respondió, y dejó los Doritos en el estante-. Estoy furioso
conmigo mismo por haber dejado que os asustaran, y por no haberme defendido y
haber obligado a papá a hacerlo y luego darnos ese discurso tranquilizador.
-Pero
tiene razón. No le debemos pleitesía a un público que no nos respeta. Alec también
dice que yo no soy esclava de las fans de papá, y que yo no le debo nada.
-¿Sí?
¿Y qué dice Alec de lo que te propones? Porque quieres meterte en exactamente
lo mismo en lo que papá y yo estamos hasta el cuello, soportando a duras penas.
-No
finjas que no te encanta tu trabajo, Scott. Ni que no volverías a hacerlo incluso
si supieras en lo que te metías cuando lo hiciste.
-Yo
no firmé para que os pusieran en peligro-espetó-. Ni para que os asustaran. Ni para
que nos trataran como lo han hecho. Es culpa mía, y estoy cabreadísimo conmigo,
pero no voy a ser tan cínico como para decirte que deteste lo que lo provoca. Es
sólo que…-apretó el puño y negó con la cabeza-, desearía que no existiera. Además,
¿no lo has notado?
-¿El
qué?
-Está
yendo a más. Creo que pronto no voy a poder ni pasear por el barrio sin que
esto pase. De hecho, creo que no pasa porque no saben dónde vivo-apretó la
mandíbula y se mordisqueó el piercing-. No quiero que Duna se acueste con miedo
todas las noches, o que papá y mamá tengan que ir a recogeros a Shasha y a ti
adonde quiera que estéis porque ya no podáis ir andando a casa. Y lo de antes
me ha hecho pensar que sólo es cuestión de tiempo que pase. Con papá no lo
notamos porque ya nacimos así, así que no sabemos qué es lo normal. Pero yo
estoy cambiando nuestra normalidad.
-Tampoco
hace falta que te cargues toda la culpa del mundo sobre los hombros, S. No eres
la primera persona famosa del mundo. Si todos lo manejan más o menos bien, tú
también podrás.
Scott
rió entre dientes con cinismo.
-La
mayoría lo manejan como lo maneja Diana. La diferencia está en que no tienen a
nadie cerca que les recuerde que eso no es normal, o que intente sacarlos de
ahí, sino que los empujan a tomar más y más. Yo no quiero desconectarme de la
realidad-se mordió el labio y torció la boca cuando Shasha se nos acercó, pero
supe que no iba a contenerse porque ella estuviera con nosotros.
-¿Qué
os pasa?
-Scott
está en plena crisis de identidad.
Shasha
parpadeó y lo miró.
-¿Qué
pensabas, S? ¿Que ibas a poder quedar segundo en un programa de votación
popular y luego seguir viviendo tu vida como si nada de eso hubiera pasado?
Scott
hizo un mohín y volvió a reír entre dientes con un bufido que prometía
problemas. Era el típico que hacía que Alec se cruzara de brazos y se preparara
para meterse entre él y yo, o lo amenazara con que no intentara tocarme ni un
solo pelo de la cabeza porque mi chico no se lo permitiría.
-Así
que tú ya te lo esperabas, ¿eh?
-Tengo
ojos en la cara y he visto cómo se ponía la gente contigo en el programa. ¿Por qué
iba a ser diferente en un local de mala muerte en medio de una autopista? Cuando
eso pasa en Londres a ti no te sorprende.
-En Londres
no os agobia ni os pone en peligro.
-Por favor,
S-Shasha puso los ojos en blanco-. Llevan reconociéndonos por la calle en
cualquier rincón del mundo desde que nacimos.
No eres la primera persona famosa de la familia, ¿sabes? El mundo no gira en
torno a ti.
-No. Y,
aparentemente, tampoco voy a ser la última-espetó, fulminándome con la mirada. Cogió
un paquete de chocolatinas y se marchó en dirección a papá, perfectamente consciente
de que yo no me atrevería a seguirlo para continuar la discusión al lado de él.
Abrí la boca y me lo quedé mirando, estupefacta, mientras el mundo daba vueltas
y me subía el desayuno a medio digerir por la garganta.
-No
le hagas caso-dijo Shasha mientras alargaba la mano hacia un paquete de ositos
de gominola y lo descolgaba para examinarlo-. No quiere reconocerlo porque adora hacerse el valiente y que nosotras
no se lo notemos, pero está cagado de miedo por lo que acaba de pasar.
-¿No
te parece que no es para menos?-pregunté, y Shasha alzó las cejas.
-Lo
que me parece es que Scott tiene que aclararse: o le encanta la atención de todo el mundo o la detesta, pero no puede ir
bailando entre una cosa u otra dependiendo de en qué código postal se
encuentre.
-Lo
dice la que no es cariñosa con nadie de su familia pero le encanta achuchar a
mi novio-respondí, un poco picada. Y puede que fuera de forma injusta con Shasha,
lo admito, pues sabía que estaba en mi equipo. Aun así… no me parecía que a Scott
le faltara razón. Lo cierto es que no había incluido el incremento de atención
mediática hacia nuestra familia en la ecuación, todo porque ya pensaba que no
podía ir a más.
En cambio,
si yo iba al programa…
Cuando, me recordé, asustada de repente
ante la posibilidad de que hubiera otra posibilidad distinta a ir. No vengarme no entraba en mis planes. Ir era
innegociable, y caso cerrado.
Cuando yo fuera la programa aquella
atención aumetaría, y ya estaría apartada en un rincón, sino en medio de la
marabunta, absorbida por ese agujero negro de atención y deshumanización en el
que, al menos, acompañaría a Scott y papá, y compartiría la carga con ellos.
Claro
que los dos odiarían verme ahí.
Aunque,
¿no había una manera un poco más sana de disfrutar de la fama? A mí también me
reconocían por la calle, y en un par de ocasiones me habían parado para pedirme
una foto, incluso estando con Alec. Él esperaba pacientemente a que yo
terminara, y sonreía con educación cuando comentaban lo buena pareja que
hacíamos, aunque luego me sermoneara sobre que debía desintoxicarme de la
atención.
-Su
atención es todo lo que soy-respondía siempre-. Mi familia depende de ella.
-No
todo-contestaba Alec con paciencia a la par que me daba un beso en la sien y me
apartaba el pelo del hombro-. Y no toda tu familia.
Confieso
que a veces fantaseaba con una vida sencilla, con un delicioso anonimato que me
permitiera no ser perfecta a todas horas. Desaparecer durante varios días de
las redes y que nadie me echara de menos. No tener que dar explicaciones de mis
ausencias, ya fuera con antelación o con posterioridad a que sucedieran. A
veces envidiaba la despreocupación con la que Alec se movía por el mundo,
incluso cuando sabía que estaba entre gente que le conocía o que podía
encontrarse con ella. Sus acciones nunca tenían más trascendencia que algún rumor
que no le preocupaba lo más mínimo; en cambio, yo había descubierto por las
malas a lo largo de los últimos meses que los errores eran un privilegio que simplemente
no me estaba permitido disfrutar.
Creía
que había hecho las paces con ello hacía mucho tiempo, y la mayor parte del tiempo
así era… pero había momentos como el que acabábamos de vivir en los que deseaba
que mi apellido no tuviera el renombre que tenía. Que papá sólo fuera profesor
de literatura, y ya está. Nuestra vida no sería tan lujosa, pero, ¿no lo
pagábamos con creces dejando de ser personas?
Shasha me fulminó con la mirada y yo comprendí
que había cruzado un límite que no debía cruzar. Le había hecho daño de verdad.
Alec no sería capaz de algo así: por eso ella se había abierto de esa forma con
él, y tan rápido.
-Por si
no te habías dado cuenta, me estaba poniendo de tu parte. No sé qué relación
tiene que yo me lleve bien con tu novio-hizo
hincapié sobre esas dos palabras, como queriendo decirme que no se había
olvidado de que Alec era mío y no de ella, como si yo lo hubiera insinuado
siquiera-, a que Scott se haya dado cuenta ahora,
con dieciocho años y medio, que la fama tiene sus ventajas y sus
inconvenientes, y que no sólo las sufre él.
Arrugó
el paquete de ositos de gominola entre las manos.
-Yo también
soy parte de esta familia. A mí ni Dios me
preguntó si quería que me reconocieran por la calle cuando nací. Tengo que
vivir con eso y lo acepto, pero no me hago la niña prodigio en prime time y luego me enfurruño cuando un
enjambre de desconocidos se agolpa a mi alrededor porque quiere decirme que le
encantó mi actuación de niño prodigio en prime
time.
-Te
he visto cagarte de miedo con lo que estaba pasando igual que Duna o yo, Shasha.
-Puede-Shasha
se encogió de hombros y abrió los brazos-, pero la diferencia entre vosotras y
yo es que yo me acojono siempre que un desconocido se me acerca llamándome por
mi nombre, y no sólo cuando se me agolpan veinte o treinta alrededor. Nunca sé
cuál es amistoso y cuál quiere hacerme algo-constató con una frialdad que me
dejó pasmada-, así que los trato a todos con cautela por si acaso. Si me vienen
en manada, por lo menos sé que me llevará menos tiempo gestionarlos que si
fueran un goteo. Y podré seguir antes con mi vida.
-Te
vi la cara, Shash. Estás siendo cínica: estabas acojonada.
-Me
preocupaba que me aplastaran, pero… Sabrae, ¿en serio? Te tenía por más lista.
¿Tienes idea de quién coño es papá? Se piró de One Direction y abrió todos los
telediarios. Hay una generación entera de tías a la que se le encoge el corazón
cuando le dan cita para el médico, renovar el carnet de conducir o depilarse el
25 de marzo. Eran el equivalente a BTS en Inglaterra, antes incluso de que BTS
fuera BTS. Pues claro que van a reconocerlo
y a volverse locas allá donde vaya. Estoy bastante segura de que lo
reconocerían y se armaría alboroto hasta en un monasterio tibetano sin conexión
a Internet y en el que los monjes crean que todavía vamos por el segundo Dalai
Lama anterior al que hay ahora. Lo que no sé es por qué cojones, después de veinticinco años, todavía seguimos
emperrados en comportarnos como si fuéramos una familia normal.
Shasha
se giró sobre sus talones y enfiló hacia papá, a quien le preguntó dócilmente
si podía llevarse las gominolas que tenía en la mano. Papá estaba un poco sobrepasado
todavía por lo que acababa de suceder, y quizá un poco carcomido por la culpa,
de modo que incluso me preguntó si a mí no me apetecía nada, pero yo negué con
la cabeza.
A
decir verdad, tenía bastante que rumiar de lo que había pasado como para
meterme nada más en la boca. Pedí un chocolate caliente y me senté junto a Duna,
las manos alrededor de la taza y la mente a miles de kilómetros de allí.
Me
imaginé sentada sobre una cama hecha de hojas de plátano y hierba seca para
darle comodidad, arrinconada contra una esquina de una casa en el árbol que
compartía con Alec, todavía no sé muy bien por qué. Me imaginé con un pie bajo
mi cuerpo, la otra pierna extendida, y sosteniendo la misma taza de chocolate
que me calentaba los dedos a miles kilómetros de distancia, en la nevada
campiña inglesa.
Me imaginé
que levantaba la vista y me encontraba con Alec de pie frente a mí, apoyado
contra la pared, los brazos cruzados y los pies entrelazados, observándome de
esa forma que sólo él sabía en la que me hacía sentir totalmente desnuda y, a
la vez, implacablemente protegida.
Mi Alec
imaginario tomó aire como lo haría el real. Esperando. Dándome espacio. Me relamí
unos labios que sentía resecos incluso en mi imaginación, y, por fin, encontré
las palabras necesarias.
-¿Crees
que soy mala persona por seguir planteándome siquiera entrar en el concurso aun
sabiendo lo que puede hacerle a mi familia?
Alec rió
por lo bajo.
-No
sé si preguntarle si eres buena persona a la única persona en el mundo que
justificaría diez genocidios tuyos es muy acertado, nena, pero…-Alec echó la
vista a un lado, se encogió de hombros y se relamió los labios-. Te has pasado demasiados
meses intentando meterme en la cabeza que yo no he heredado los pecados de mi
padre como para que ahora no me preguntes esto.
-Pero
serían mis propios pecados, no los de mi padre, los que nos harían daño.
-¿Que
Zayn sea cantante ya impide que lo puedas ser tú? Acabas de desmontar toda la
industria del nepotismo así-Alec chasqueó los dedos y me dedicó una sonrisa
deslumbrante-, sin más. Hay muchísimos enchufados que te odiarán sólo por eso.
-A ti
no te parece bien lo que nos pasa cuando salimos.
-No,
lo que no me parece bien es que lo normalices. Pero ahora no lo estás
normalizando, y yo… estoy orgulloso de los pasos que estás dando.
-¿Incluido
lo de meterme en un programa para inmolarme en prime time con la esperanza de reventarles también el chiringuito a
una panda de abusadores?-bromeé, y Alec se echó a reír.
-De
eso, evidentemente, no. Claro que no
tengo culpa de nada, porque soy imbécil y estoy a seis mil kilómetros de ti,
así que no puedo hacer nada. Ah, y también soy un producto de tu imaginación,
así que todavía puedo hacer menos, así que, ¿qué más me queda más que joderme y
tratar de consolarte como buenamente puedo?
Sonreí
con cansancio.
-Vas
a cabrearte tanto cuando te lo cuente…
-Ya
me estoy cabreando con meses de antelación, y ni siquiera lo sé-bromeó él, y yo
me reí también. Me lo quedé mirando, observando sus facciones mientras trataba
de memorizar el rostro que mejor conocía en todo el mundo; más incluso que el
mío.
Como si
ese rostro no fuera producto exclusivamente de mi memoria. Suspiré.
-No
sabes lo que te echo de menos.
-Si
de verdad fuera así, te habrías ido al baño y me habrías llamado por
teléfono-me pinchó, y yo me reí.
-Tienes
cosas más importantes que hacer que consolar a la boba de tu novia-respondí. Me
aparté el pelo de la cara como él lo hacía y él se separó de la pared. Se acercó
a mí con pasos felinos y me tomó de la mandíbula.
-Mi
novia no es boba. Y consolarla es lo que más me gusta en el mundo. Tengo un par
de truquitos infalibles…-ronroneó, inclinándose hacia mi cuello y
mordisqueándomelo. Se puso de rodillas frente a mí y se me metió entre las
piernas, el muy sinvergüenza.
-¿Es
que eres incapaz de meterme mano incluso en mis ensoñaciones, Whitelaw?
Sus dientes
me arañaron la piel de un modo que me produjo escalofríos que ni el chocolate
hirviendo podría evitarme.
-Pero
si meterte mano en tus ensoñaciones es lo que más tiempo llevo haciendo, Malik-ronroneó,
y cuando yo no pude soportarlo más y me rendí al deseo que siempre ardía en lo
más profundo de mi ser y me giré para besarlo, Alec desapareció, dejándome
devastada, sola y desesperada.
Levanté
la vista de mi chocolate lentamente, reticente a salir de aquella ensoñación, y
me encontré con la mirada perforadora de Scott. Sus ojos eran duros, decididos,
e incluso calculadores. Bajo ese escrutinio decidido me di cuenta de dos cosas:
La primera,
que nos culpaba a ambos por la decisión que había tomado. A mí, por ser tan
terca; y a él, por habérsele ocurrido ir antes al programa y mostrarme que
existía ese mundo en el que yo me creía capaz de entrar, y al que estaba
decidida a destruir.
Y la
segunda, que iba a decirme que no pensaba ayudarme a inmolarme. Después de todo,
era su trabajo como hermano mayor protegerme, y poniéndomelo difícil y
negándome su ayuda quizá me echaran antes de que consiguiera mi objetivo, o cometería
algún error y se darían cuenta de que no podían controlarme y me pondrían de
patitas en la calle sin pena ni gloria. De un modo u otro, su opinión experta
sería el trampolín que me levantaría más alto para lanzarme de cabeza contra la
piscina en la que apenas había un palmo de agua, y ya se sabe que cuanto más
alto subes, más dura es la caída. Quizá con mi propio impulso no me matase,
pero seguro que con el de Scott sí.
Para cuando
llegamos a Burnham, estaba tan cansada como si hubiera nadado todo el trayecto desde
Londres hasta allí. No tenía ni idea de lo acertado de ese símil, aunque sí sabía
una cosa: todavía me quedaban meses de
nadar contracorriente.
Era absolutamente
desolador.
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Ains lo mucho que echaba de menos las dinámicas familiares. Me ha hecho muy feliz ese momento en el coche y luego me he muerto de pena con el momento del bar de carretera. Putas locas en fin.
ResponderEliminarSiento que Scott si que le va a dar el visto bueno a Saab con la condición de que se lo cuente a Alec.