lunes, 23 de febrero de 2026

Nunca sola.

¡Hola, flor! Hace mucho que no te dejo ningún mensaje antes del cap, así que aquí me tienes de nuevo. Quería avisarte de que el día 5 de marzo es el cumple de Alec, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que con ¡un nuevo capítulo de Sabrae!

Te espero en muchísimo menos tiempo de a lo que te tengo acostumbrada, entonces, para celebrar tan señalada ocasión. ᵔᵕᵔ

Y ahora, sí, ¡disfruta del cap!

¡Toca para ir a la lista de caps!

A pesar de que la escena que se desarrollaba más allá de las ventanas era digna de la más aclamada de las películas invernales, ésa que hacía que todos los extranjeros romantizaran aún más si cabe mi país, o la Navidad, o mi país en Navidad, mamá no estaba para apreciar la blancura resplandeciente de la campiña inglesa. Concentrada como estaba en su iPad, que estudiaba con un ceño fruncido que prometía problemas incluso para la mayor de las multinacionales, no podía dedicarle su atención a los prados hechos de azúcar glas, los árboles de confitura ni a las montañas de nata que brillaban en el horizonte, deslizándose suavemente con docilidad a medida que papá nos llevaba en dirección oeste.

               Sabía que la situación en mi casa era crítica y que debería estar agradecida de que no lo fuera aún más, pues Scott aparentemente se había mantenido fiel a su palabra y no había dicho nada a nuestros padres de lo que yo me proponía, por mucho que eso explicara mi repentina obsesión con el baile. Y, a pesar de todo, me dolía que mamá no pudiera disfrutar de una de nuestras tradiciones familiares más arraigadas: comentar el paisaje, hablar de la vida y fortalecer los lazos familiares mientras íbamos camino de Burnham o Bradford. Si la época navideña te pone todavía más nostálgico, porque tu vida nunca será igual a las primeras navidades que has pasado y que sólo recuerdas como el epítome de la felicidad, y sin mucho más detalle, saber que mamá estaba tan preocupada por la situación de Scott como para seguir trabajando incluso cuando papá se mantenía respetuosamente dentro del límite de velocidad en la autopista me perforaba un agujero en el pecho que palpitaba cuando recordaba su reacción si se enteraba de lo que yo me proponía.

               Todos lo notábamos, por supuesto, pero ante la impotencia de una situación que se nos venía grande y que amenazaba con reconstruir nuestro estilo de vida tal y como lo conocíamos, los cuatro hermanos habíamos encontrado en el silencio una extraña tregua. Las pocas veces que habíamos intentado iniciar una conversación, de la primera fila del coche sólo nos había contestado papá.

               No quería ponerme los cascos y renunciar a la posibilidad de nuestras charlas de horas y horas en las que el debate estaba servido y el crecimiento espiritual casi, casi garantizado, pero de verdad que si seguíamos sumidos en el silencio aunque fuera un minuto más, es probable que me pusiera a gritar.

               Miré a Scott en el reflejo del espejo retrovisor; mi hermano siempre iba en la parte de atrás, de forma que pudiera estirar mejor las piernas si lo necesitaba y, de paso, también aprovechar la intimidad que le daba el que nadie pudiera ver sus conversaciones en el móvil. Tampoco es que no supiéramos que intercambiaba mensajes constantemente con Tommy o Eleanor, pero lo obvio de la situación no la hacía menos personal.

               Todavía no me había dado una respuesta a sobre si me ayudaría con su experta opinión respecto al concurso, y eso me estaba matando. Había intentado hablar con él la noche anterior, mientras preparábamos las maletas que ahora iban a la derecha de Scott, pero él se había cerrado en banda y me había dicho que tenía demasiado que asimilar y que no estaba del todo decidido.

               -¿Y cuánto vas a tardar?-le pregunté con desesperación exasperada-. Porque hace que lo sabes casi dos semanas y todavía no te has dignado a darme ni siquiera una pista de lo que vas a decidir.

               -Si la anticipación te está matando, hermanita-dijo con el retintín propio del hermano mayor que te pilla haciendo una Trastada Soberana (así, con mayúsculas y todo) y sabe que te tiene en sus manos, y que tu supervivencia depende sólo y exclusivamente de su benevolencia-, puedo decidir ser racional y responsable y decirte que no ahora mismo.

               Su contestación tan gélida había sido exactamente igual que un jarro de agua helada que no podía permitirme. Había anunciada una tormenta de nieve para los próximos días, iba a pasarme las fiestas fuera de mi casa, y de la cama de mi novio, y para colmo tenía a mi principal fuente de calor, felicidad y belleza (concretamente, metro ochenta y siete de calor, felicidad y belleza) en el culo del mundo, a miles y miles de kilómetros de mí que me pesaban igual que seis mil ciento cincuenta y pico soles (redondear la distancia que me separaba de Alec era un esfuerzo que llevaba haciendo unos días, mientras me preparaba mentalmente para fingir que no me pasaba nada ni estaba planeando algo cuando estuviera con mis padres las veinticuatro horas del día durante los siguientes días; si ya era difícil hacerme la inocente cuando apenas paraba por casa, imagínate cuando los tuviera encima todo el rato, y recordarme constantemente hasta los centímetros que me alejaban de mi novio desde luego que no iba a ayudarme), así que si Scott decidía decirme que no, al menos esperaba que lo hiciera después de que regresáramos a Londres.

               Aunque sólo fuera para darle la alegría a Amoke de poder frotarse contra Jordan mientras los dos me cuidaban tras el brote psicótico que me daría. Me consolaba pensar que al menos habría alguien que se beneficiaría de toda esta situación.

               -Eso no será necesario-había respondido, muy digna, levantando la mandíbula antes de salir de su habitación con andares de reina a la que no le ofende la absoluta falta de modales del plebeyo que ha conseguido llegar a su alcoba para hablarle de la pésima situación en el campo debido a la falta de lluvias… como si fuera culpa suya.

               -Ya me parecía-respondió Scott, cerrando de mala manera la cremallera de su bolsa de viaje-. Porque, ¿sabes, Sabrae? Si estoy tardando tanto es porque estoy tratando de encontrar algún motivo para creer que esto es buena idea. Todo mi ser me dice que debería pararte los pies, porque no tienes ni puta idea de dónde quieres meterte tú solita, pero…-negó con la cabeza-, sabes que eres mi punto débil. Y también que creo que eres más lista que yo, así que estoy intentando de ver cómo has podido llegar a esta absurda conclusión… porque me niego a creer que seas retrasada. O peor, que te hayas vuelto loca. Así que no me presiones.

               Me llevé dos dedos a la sien y le hice el saludo militar, y Scott puso los ojos en blanco al ver que Alec podía manifestarse ante él perfectamente, incluso en un sexo, estatura, y edad distintos.

               Deslicé el dedo por la pantalla de mi móvil y lo desbloqueé para entrar en Telegram y comprobar que, efectivamente, mi hermano aparecía conectado. Busqué la conversación con Tommy y comprobé que él también estaba en línea; me figuré que estaban comentando el peor viaje familiar de la historia y los preparativos navideños más tristes que jamás hubiera habido, ni habría.

               Shasha captó mi atención desde el asiento de Duna, que miraba estoicamente a la carretera, sentada en el medio y contemplando las mismas vistas que papá, y se dedicaba a suspirar de forma cíclica, en periodos de tres minutos y medio. Señaló la pantalla táctil del coche y me mostró su móvil, preparada para liar alguna y ansiosa de que me uniera a su equipo.

               Sí, creo que haría alguna trastada aunque sólo fuera por sacar a mamá de su bucle. Le mandé un mensaje a Scott, que levantó la cabeza y me miró extrañado. Duna suspiró tres veces más antes de que tuviéramos preparado nuestro plan maligno, pero, a pesar de su rapidez, sabíamos que sería infalible.

               Scott se conectó al Bluetooth del coche, y papá frunció el ceño y nos miró por el retrovisor al escuchar el pitido distintivo de cuando un nuevo dispositivo se emparejaba con el vehículo. Apretó los labios mientras sus cejas formaban una montañita, pero no dijo nada. Continuó con los ojos saltando entre la carretera y el panel, esperando.

               Abrió muchísimo los ojos cuando vio que Scott subía el volumen del coche a tope, sujetó con fuerza el volante y miró de nuevo a su hijo. Sus cejas pasaron de las caras de una montaña a un valle, expectantes, y la golondrina que llevaba tatuada junto al pulgar pareció expandir sus alas cuando inhaló, tratando de mantener la calma.

               Scott entró en Spotify mientras mamá seguía concentrada en su iPad. Shasha se mordía el labio, impaciente. Yo le enseñé a Duna la canción que Scott pretendía poner y mi hermanita se llevó una mano a la boca para contener su risita. De todos modos habría dado igual, pues las pocas veces que alguien había dicho algo mamá había reaccionado con el estoicismo de una pared.

               Claro que no pudo mantenerse tranquila cuando por los altavoces del Range Rover sonó a todo volumen (que no es poco) el grito que daba inicio a Disturbia, de Rihanna.

               -¡POR DIOS!-bramó mamá, pegando un brinco en el asiento antes de que Scott, Duna, Shasha y yo empezáramos a hacer los coros de fondo. Se le cayó el iPad al suelo cuando intentó aferrarse a la puerta y a su asiento, volviéndose hacia papá igual que si él hubiera dado un volantazo y estuviéramos a punto de ponernos a dar vueltas de campana-. ¿ES QUE ESTÁIS MAL DE LA CABEZA? ¿¡Quién ha…!? ¡¡¿Te estás riendo, Zayn?!! ¡Las niñas y Scott me dan un susto de muerte y tú te ríes!-mamá le dio un manotazo a papá en el brazo, que ya se desternillaba a mandíbula batiente-. ¡Mira el ejemplo que les estás dando! ¡Yo aquí matándome a trabajar por sacar a esta familia numerosa adelante, y tú aquí, descojonándote de mis esfuerzos con nuestros hijos! ¡Debería darte vergüenza, hacerle esto a la madre de tus hijos! ¡Pasé por cuatro embarazos por ti, desagradecido, ¿y así es como me lo pagas?! Debería haberte puesto la demanda de divorcio nada más casarnos en gananciales, ¡no sé por qué coño sigo aguantándote!-bramó, y se revolvió cuando papá alargó la mano para cogerle la suya-. ¡No me toques! ¡Que no me toques, te digo!-ladró, dándole un manotazo de nuevo cuando papá le puso una mano en la pierna.

               -Vamos, Sher. Estabas muy callada y no sabíamos cómo espabilarte.

               -Tengo el corazón a mil, he perdido al menos siete años de vida, y seguramente mañana me levante con el pelo blanco, ¿y encima lo justificas en que os aburríais? Sois todos unos desagradecidos, por Dios. ¿Quién coño ha…?-mamá entró en el panel de control del coche y miró los dispositivos conectados. Abrió muchísimo los ojos y la boca y se volvió hacia su primogénito, el muy traidor.

               Y también el que tenía totalmente fuera de su alcance. Porque a Shasha, Duna y a mí nos podría dar un guantazo sin problemas, pero, ¿a Scott? Tendría que desabrocharse el cinturón en plena autopista y reptar por el coche hasta alcanzarlo. Scott estaba fuera de peligro; por eso le habíamos elegido a él para poner la canción.

               -¡SCOTT!­-tronó, y tuve que reconocer que al menos mi hermano lo pagaría con una considerable pérdida de audición-. ¿¡No te da vergüenza!? ¡Bueno, para eso tendrías que tenerla, y no es el caso! Puto crío desagradecido-mamá se frotó los ojos-. ¡POR DIOS! La madre que te parió. ¡La madre que te parió, Scott!

               -Tres días pariéndote-dijo Shasha en voz baja, y yo me reí.

               -¡Tres días pariéndote!

               -Con sus correspondientes noches-añadí yo en voz baja, y Shasha se rió.

               -¡Con sus correspondientes noches!

               -Y así me lo pagas-puntualizó Scott.

               -¡Y así me lo pagas!-terminó mamá-. ¡Tres días de sufrimiento y no me has dado ni un solo segundo de descanso desde que viniste al mundo, Scott!-vaya, eso era nuevo; mamá sí que debía de haberse asustado-. Eres el mayor, ¿no te da vergüenza? ¿Qué ejemplo de mierda les estás dando a tus hermanas?

               -Di que sí, mamá. Díselo, ¡que se entere!-dijo Shasha.

               -¡Pero si la idea fue tuya, cerda!-bramó Scott, inclinándose en el asiento y tirándole del pelo.

               -¡Au! ¡MAMÁ!-gimoteó Shasha.

               -¡Han sido Sabrae y Shasha, mamá, ellas me convencieron!

               -¡¡Serás chivato!! ¡Eso no es verdad, mamá!-bramé yo.

               -¡Mamá, ¿te enseño las conversaciones?! ¡Mira, mira!-dijo Scott, entrando en Telegram y proyectando su pantalla. Mamá la miró mientras papá se partía de la risa, y ella abrió los ojos como platos.

               -¡Sois la vergüenza de esta familia! Panda de desagradecidos. ¡Me deslomo por vosotros! La de noches sin dormir que habré pasado por vuestra culpa. ¡Debería haber estado de fiesta durante esas noches, al menos las habría aprovechado mejor! No me lo puedo creer. ¡Es que no me lo puedo creer! ¿A quién habré matado yo, Dios mío? Joder. Joder-suspiró mamá, y volvió a revolverse-. ¡Zayn, te lo juro por Dios, como me intentes tocar otra vez, te pongo una denuncia y nos divorciamos! Te voy a dejar sin nada. Con todo lo que yo te he dado. ¡Soy la madre de tus hijos, tenme un poco más de respeto!

               -Pero si sabes que beso el suelo por donde pisas, nena.

               -Tendré que hacer una maratón por Chernobyl, entonces-espetó mamá, cogiendo de nuevo el iPad. Papá se lo arrebató-. ¿Qué haces?

               -Se acabó el trabajar. Estamos de vacaciones; no hay nada tan urgente como para que desconectes un poco.

               -¿Y vuestra manera de hacerme desconectar era hacerme pasar al plano astral?­-inquirió, intentando alcanzar el iPad, pero papá lo tendió hacia atrás y Shasha lo cogió al vuelo-. Shasha, dame eso. Ya.

               -Estás muy estresada, mamá. ¿Por qué no miras un poco por la ventana y descansas un poco del trabajo?

               -Shasha Amira Malik-advirtió, y Scott sorbió en el asiento de atrás.

               -Uf, de ésta no te libras-rió, y Shasha se volvió y pegó en la cabeza con el iPad antes de devolvérselo a mamá con gesto compungido-. ¡Ay! ¡Mamá!

               -No pienso meterme-sentenció mamá mientras recogía el iPad y volvía su atención a él. Papá suspiró a la vez que Scott le decía a Shasha que durmiera esa noche con un ojo abierto. Shasha me miró con gesto alarmado, y yo extendí la mano para coger la suya a modo de consuelo: no dejaría que Scott le hiciera nada, por muy malvado que él intentara ser con ella.

               Mamá carraspeó y bufó en voz baja, comentando las pocas ganas de trabajar que tenía la gente en época navideña. Tenía un millón de cosas pendientes antes de que terminara el nuevo año y estaba renunciando a nuestro viaje en coche a cambio de poder ponerlo todo en orden, pero el mundo entero parecía decidido a ponerle palos en las ruedas. Papá chasqueó la lengua.

               -Sher… vamos. Necesitas parar un par de días. Coger un poco de perspectiva. Dales el iPad a las niñas-le pidió mientras ponía la intermitencia y adelantaba un coche. Mamá lo fulminó con la mirada, pero no habló hasta que papá no volvió al carril que nos correspondía.

                -Sabes de sobra que perspectiva, precisamente, es lo único que tengo últimamente. Quiero dejar mis asuntos en orden antes de llegar a Bradford para estar lo más relajada posible cuando Trisha me recrimine que no he sido capaz de proteger a mis hijos a lo largo del último año.

               -De mi madre me ocuparé yo-sentenció papá-. No te dirá nada, te lo aseguro.

               -¿Qué vas a hacer para impedírselo? ¿Pegarte a mí como un guardaespaldas? No me saqué un doctorado para esconderme detrás de mi marido. Imagínate lo que pasaría si se corriera la voz.

               -¿De que tienes un hombre que te adora y que daría la vida por ti, dispuesto a defenderte incluso de la mujer que un día lo fue todo para él? Estoy seguro de que sería absolutamente trágico-gruñó papá, y mamá abrió la boca para protestar.

               -Necesito ir al baño-dije para atajarlos, porque sabía lo que se avecinaba, y sabía que no podíamos permitírnoslo. Aunque mamá siempre exageraba el odio de la abuela Trisha hacia ella, debo decir que la entendía perfectamente: cada vez que llamaba a casa y era mamá la que la cogía, la abuela se encargaba de lanzarle algún dardo envenenado con el que pretendía hacerle creer que la situación en que se encontraba la banda, y por extensión, mi hermano, era parte de ella. Por no haber sido lo bastante lista y prever que la única hija de Harry, el consentido de One Direction, sería una princesita consentida que arrastraría sin duda a su adorable e incomprendido nieto al agujero negro del fracaso, edulcorado con el racismo con el que había tenido que vivir su familia. Mamá debería haber sabido lo que se venía y haberlo parado antes de que llegara. Después de todo, ella había convivido también con la discriminación, ¿no? Al menos ésa era la bandera que enarbolaba cada ocho de marzo, cuando se ponía delante de las cámaras y conseguía salir de la sombra de mi padre.

                O, al menos, así lo interpretaba mamá. Era cierto que a veces la abuela era dura con ella, aunque mamá tampoco hacía mucho por que la relación fuera impecable. Era una lástima, sobre todo pensando en la diferencia de sentimientos cuando cada uno de mis padres visitaba la casa de sus suegros: mamá se merecía en sus visitas a Bradford la serenidad con la que papá iba a Burnham.

               -De que no le impongo respeto ni a mi propia suegra-respondió mamá, subiéndose la cremallera del polar que llevaba puesto, de un color esmeralda que resaltaba el verde de sus ojos. Papá bufó.

               -Y yo tengo un poco de sed. ¿Podríamos parar a tomarnos un té?-preguntó Shasha.

               -Eso no es verdad. Has criado a cuatro hijos preciosos; mi madre no sólo te respeta: te admira, Sherezade.

               -Ya. Los he criado bien lejos de ella, como siempre nos recuerda, como si tú no vivieras ya en Londres cuando yo me quedé embarazada de Scott. Al menos él nos ha salido idéntico a ti-comentó con mordacidad, apoyando el codo en la puerta del coche mientras negaba con la cabeza y se masajeaba la sien-. Es la única satisfacción que tengo en cada Navidad: ver cómo le jode que el crío me haya salido clavadito a ti.

               Papá exhaló una risa por la nariz.

               -No voy a entrar al trapo, Sher. Sé que estás agobiada, así que no vas a poder pincharme para que nos peleemos delante de los niños.

               -¿Y yo sí quiero que nos peleemos delante de los niños?

               -Mamá-gimoteó Duna, y mamá la miró por el espejo retrovisor. Parpadeó al ver la expresión dolida de mi hermanita, se bajó la cremallera hasta el final, en la clavícula, y esbozó una sonrisa invertida cuyo lamento le oscurecía los ojos. Tomó aire, me entregó el iPad y extendió la mano en dirección a papá.

               -Lo siento.

               -Lo sé.

               -Llevo tantos días dándole vueltas a… todo, que… no sé-mamá suspiró, y se tapó los ojos con las palmas de las manos-. Todo se nos está escapando de las manos, Zayn.

               -Vamos, no digas eso, mi amor-papá le cogió una mano y se la llevó a los labios para besarle los nudillos, justo sobre la alianza de casada-. Siempre te agobias cuando estás a punto de encontrar la solución al caso más jodido que te has encontrado hasta la fecha. Es como cuando a mí parece que me va a dar un infarto mientras subo por la plataforma del escenario. Y siempre lo he contado-le sonrió papá, y dejó la mano de mamá sobre su pierna. Mamá le dio un apretón antes de retirarla.

               Sentía los ojos de Scott ardiéndome en la nuca, y estuve segura, en ese momento, de que me diría que no. Tenía el corazón en un puño y los pulmones llenos de hormigón, pero aun así me las apañé para mantenerme tranquila. Este momento íntimo entre mamá y papá no nos pertenecía a ninguno de sus hijos, que sólo lo presenciábamos porque había surgido así y porque no tenían forma de hablar en la intimidad. Salvo, quizá, si todos nos pusiéramos cascos.

               Consideré la posibilidad de sacarlos de la mochila para dejar que hablaran tranquilos y, de paso, mantener mi ansiedad a raya, pero la deseché aún no sé por qué. ¿Egoísmo, o puro instinto de supervivencia?

               -¿Nunca has sentido la imperiosa necesidad de mandarlo todo a la mierda y salir corriendo a pesar de que sabes que ésa no es la solución y no te la puedes permitir?-preguntó mamá, los ojos fijos en la ventana, por fin frente al paisaje que ni siquiera estaba viendo.

               Papá se rió con socarronería.

               -Sher. Por favor. Literalmente inventé el ghosting. Y lo tuvieron que llamar así porque usar el mío en una conversación normal era demasiado caro por temas de copyright. Niñas, Scott-dijo, estirando el cuello y mirándonos por el espejo retrovisor-, ¿cómo se dice cuando un famoso tiene un compromiso cerrado desde hace meses y a última hora no se presenta?

               -Marcarse un Zayn-contestamos los cuatro a coro, y papá sonrió.

               -¿Y quién es Zayn?

               -Tú-balamos cuales ovejitas, y papá sonrió un poco más y nos guiñó un ojo.

               -¡Exacto! ¿Lo ves, Sher? Mira qué hijos más listos tenemos. Empiezo a tener dudas de que ellas sean mías. Es decir, Scott es una fotocopia mía, así que de él no tengo dudas, pero… ¿Shasha, Duna y Sabrae? Es imposible que sean hijas mías.

               -¿Tengo que recordaros que yo fui un pedido de Prime?-pregunté. Era un ejercicio que Fiorella nos había encargado hacer: bromear con mi adopción cuando se nos presentara la ocasión para, así, poder desestigmatizarla. Yo lo había hecho con Alec incluso sin pretenderlo, y por eso la confianza que había depositado en él era tan profunda.

               Le siguió medio segundo de incómodo silencio producto de la sorpresa, y mamá y papá se obligaron a forzar una sonrisa. Qué forma más guay de cargarte el momento, Saab, pensé.

               Y entonces Scott, mi eterno salvador, se inclinó hacia delante y asomó la cabeza por encima de Duna.

               -Creo que es hora de que te contemos la verdad, Saab: te encontramos en el punto limpio cuando íbamos a dejar un sofá.

               -¡Scott!-bramó mamá, escandalizada, y vi que papá fruncía los labios-. ¡Pídele disculpas a tu hermana ahora mis…!

               -Eso explicaría mi resiliencia. Si no me he suicidado aún teniéndote como hermano es porque he vivido situaciones peores. Poco peores, pero peores, después de todo-le saqué la lengua y Scott me dio una palmadita en la cabeza, como diciendo “qué graciosa”, mientras ponía los ojos en blanco. Papá luchó (y falló) por contener una sonrisa; ¡para que luego dijera que no tenía favoritos!

               Mamá le puso una mano en el brazo a papá y se ofreció a continuar ella el trayecto, pero comentó que antes a todos nos vendría bien una paradita técnica para estirar las piernas y levantar el ánimo. No solíamos parar cuando íbamos a Burnham porque estaba a poco más de tres horas de casa; en cambio, el trayecto a Bradford era tal que teníamos que parar por lo menos dos veces. Aquel cambio en nuestra rutina era inusual, especialmente porque suponía que pasaríamos menos tiempo con la familia de mamá, aunque viendo cómo estaban las cosas, tampoco me extrañó que mamá necesitara un ratito para reordenar sus ideas y estabilizar sus sentimientos. Papá le cogió la mano a mamá de nuevo, depositó otro beso en sus nudillos y sonrió cuando ella la cerró alrededor de sus dedos para que no la soltara.

               Papá levantó la vista y miró a Scott por el retrovisor.

               -¿Preparado, S?-preguntó, y mi hermano se limitó a asentir. Se colocó el gorro de lana con el que pretendía protegerse del frío gélido de Bradford, muchísimo peor incluso que los inviernos más duros en Londres, y se arrebujó en su sudadera mientras papá salía a un lado de la autopista y aminoraba. Mamá se volvió para asegurarse de que Duna se abrochaba correctamente el abrigo mientras nos preparábamos para salir, y yo me enrollé en mi bufanda a la par que Shasha se colaba dentro de su abrigo de pelo de color crema.

               Aproveché un segundo mientras mamá terminaba de abotonarse su abrigo para quedarme al lado del coche y observar el horizonte que dejábamos atrás, en el que se adivinaba una oscuridad que prometía una buena descarga de nieve. Parecía que estábamos bordeando la tormenta por los pelos, aunque no me importaría estar en Londres ahora mismo si Alec estuviera allí. Me encantaba acurrucarme a su lado cuando hacía mucho frío, y aunque las nevadas no habían sido precisamente abundantes en nuestra relación, los pocos momentos en que habíamos podido disfrutar de la nieve eran de los más preciados para mí.

               La nieve implicaba cercanía, y la cercanía implicaba hogar. Justo lo que más echaba de menos ahora que sentía que mi mundo empezaba a acelerar, como cogiendo carrerilla para lo que se avecinaba.

               -Venga, Saab. Te vas a helar si te quedas ahí parada-me instó papá-. Duna, dale la mano a tu hermana. No vayas sola por el aparcamiento.

               Scott caminaba delante de nosotros, la espalda recta y los andares de quien se sabía el rey del mundo. Atravesó la puerta para entrar en el pequeño vestíbulo del restaurante de carretera (cafetería y tienda de regalos incluido) y se giró para mirar cómo nos acercábamos. Mamá lo siguió, desabrochándose ya el abrigo y toqueteándose la coleta para despegársela del polar y su electricidad estática; la siguieron Duna, cogida firmemente de la mano por Shasha, y mi hermana mediana. Papá me esperó y me mantuvo la puerta abierta para que la cruzara, y sólo cuando se aseguró de que toda la familia estaba resguardada del frío, entró también.

                Y, entonces, en el interior se desató la locura.

               -Quédate con tus hermanas. No te separes de ellas-me ordenó papá mientras la marabunta se abalanzaba sobre nosotros. Porque puede que Scott pudiera pasar desapercibido si se lo proponía, y puede que papá tuviera un talento natural para desaparecer del ojo público a voluntad, pero cuando estaban los dos juntos, era como si se anularan mutuamente los dones y, más bien al contrario, los amplificaran.

               Supongo que la reacción estaba a la altura de lo extraordinario de las circunstancias: las únicas ocasiones en que Scott y papá se habían dejado ver juntos en público tenían relación con el trabajo de alguno de los dos, si no con los dos. Lo poco que dejaban que el mundo disfrutara se consumía con la voracidad de quien lleva años a dieta y por fin tiene delante un manjar; Scott era más común en las calles de Londres que mi padre, e incluso éste se dejaba ver menos que un ave exótica y preciosa en peligro de extinción. Los primeros planos que le habían hecho a papá en las actuaciones de Chasing the Stars subían en reproducciones como la espuma, y vídeos del momento en que Zayn, de One Direction, enseñaba a su retoño, idéntico a él, a controlar la respiración durante Right now frente a todo Wembley, transmitiéndole una tranquilidad impropia del momento que estaban protagonizando ambos, se hacían virales sin importar cuántas veces la gente hubiera visto ya ese momento. Cada ángulo contaba, y los rumores de que habían grabado parte del concierto para estrenarlo como una película en homenaje a sus Directioners eran fuente de esperanza y desesperación por igual, pues la fecha de lanzamiento de esa supuesta película no parecía llegar nunca.

               Padre e hijo procuraban mantener las distancias en las ruedas de prensa, con papá siempre respetando el momento de Scott y dejando que los focos se desviaran hacia él, pues ahora le tocaba el turno a la siguiente generación. Tanto él como Scott se deshacían en halagos sobre el trabajo y la fama de uno, o el potencial y el talento del otro, en cada entrevista que les hacían, y era evidente que papá no perdía la oportunidad para hablar de su primogénito e único hijo varón, que estaba siguiendo sus pasos para deleite de él. Sin embargo, el cariño y el respeto que mi hermano y mi padre se profesaban rara vez cuajaba en compañía. Era como si vivieran en mundos separados, como si fueran la misma persona pero con dos versiones, un alter ego propio de la película La sustancia que hacía dudar de que no fueran más que alucinaciones colectivas. Sólo en ocasiones tan especiales y raras como el concierto de los 25 años de One Direction, o la final de The Talented Generation permitían al mundo dejar de soñar y confirmar que, efectivamente, Zayn Malik no era incompatible en absoluto con Scott Malik.

               Y el mundo estaba ansioso por aprovechar esas ocasiones, como saltó a la vista.

               Porque, en cuanto se dieron cuenta de quiénes habían cruzado la puerta de cristales empañados por el frío en contraste con el calor casi asfixiante, todas las personas allí presentes se dieron cuenta de que aquel era su día de suerte. Siempre me sorprendía la capacidad de la multitud más variada de comportarse como una bandada de pájaros en perfecta sincronía sin importar que no tuvieran ni origen ni destino común, como sí sucedía con las golondrinas; daba igual las veces que lo viera: siempre me recorría un escalofrío por la espalda y se me ponían los pelos de punta. Incluso cuando le restaba importancia a aquello con Alec, había cosas que hasta yo no percibía como normales.

               Igual que la vibración bajo los pies antes del estallido virulento de un volcán, o las gaviotas retirándose tierra adentro antes de que llegara el tsunami, pude ver cómo la gotita de atención de la adolescente con un gorro de lana y bufanda a juego, ambos de rayas azules, moradas, rosas y blancas, accionaba la acción en cadena que ponía a mis padres en guardia inmediatamente, y por la que, precisamente, teníamos mucho cuidado de no ir a los sitios en hora punta.

               La chica estaba mirando unas barritas energéticas con gesto aburrido mientras sus amigas ya hacían cola en busca de platos con los que entrar en calor en el bufet de la cafetería. Tenía una barrita de KitKat en la mano en la que leía las calorías, y fue el polar de mi madre lo que atrajo su atención. Tenía que reconocer que no había visto a nadie a quien le quedara tan bien el color verde; claro que se cuidaba muy mucho de no relacionarse con las inmigrantes de familias pobres con las que se cruzaba de camino a su colegio privado. En cambio, mamá merecía que se detuvieran a mirarla. Tenía una belleza deslumbrante que hacía que no pudieras apartar la vista de ella incluso aunque te resultara un pelín imponente, pues estaba claro que ni el mejor de los cirujanos podía lograr lo que Dios había hecho con ella. Claro que sus labios… podrían parecerse un poco más a los de mi madre con un par de pinchazos que le aumentaran ligeramente el volumen; nada ostentoso, sino lo más natural posible.

               La chica había visto a mi mare en alguna parte, de eso estaba segura. Pero, ¿dónde? Ya no tenía la piel tan lisa como la de las modelos, y aunque tenía elegancia en su postura, su ropa era más bien del montón. No; si lucía el polar era por su estilo natural, no porque estuviera hecho de, digamos, cachemira. Además, las niñas que la acompañaban debían estar acostumbradas a su presencia, cosa que no pasaba con las modelos internacionales que la chica conocía, que estaban tanto tiempo fuera de casa que hasta se planteaban si deberían llamarla “casa”.

               Sus ojos se posaron en mí y los entrecerró ligeramente. Espera. A mí también me conocía, pero no era capaz de situarme.

               Y entonces papá me puso una mano en el hombro y luego me dio una palmadita en el culo para que me apartara de la puerta y dejara entrar a más gente, y los ojos de la chica se abrieron como platos. Dejó caer el KitKat sobre el estante del que lo había cogido y exhaló un jadeo que Scott, Shasha, Duna, mamá, papá y yo pudimos oír perfectamente a pesar del alboroto de la cafetería.

               Después de todo, era la banda sonora de las salidas de papá.

               -¡Dios mío, ¿ése no es Zayn?!

               Y entonces Scott, que estaba de espaldas a la chica, mirando los paquetes de gominolas que había en exposición, se giró de forma instintiva. Lo que a continuación sucedería le había pasado las suficientes veces como para que estuviera prevenido y tratara de disimular, pero su instinto de protección de sus hermanas pequeñas y los años de entrenamiento retirándonos a un lado para que no nos aplastaran ni nos separáramos eran algo a lo que resultaba muy difícil ignorar.

               En cuanto la chica vio a la copia de Zayn, ésa que mamá tanto se enorgullecía de haber traído al mundo en parte para chinchar a su suegra, volverse y mirarla también, el poquísimo saber estar que le quedaba se esfumó. Ver a Zayn, una leyenda en sí misma y, también, un poco una vieja gloria de las que habían envejecido genial ya era un golpe de suerte tremendo, pero, ¿ver a Zayn y a Scott, la mayor estrella que había dado Inglaterra ese año, en una pausa de su viaje por carretera con amigas para celebrar el final del semestre en la universidad? Aquello era como si te tocara el bote más alto del Euromillón hasta la fecha a pesar de haber jugado sólo una vez.

               -¡Chicas, son Zayn y Scott!

               En condiciones normales el grito habría sonado bastante fuerte, lo suficiente como para que todas las caras en una calle se volvieran hacia ella. En una cafetería abarrotada, no obstante, apenas habrían destacado… si no fuera porque la chica había dicho las dos palabras mágicas.

               -Quédate con tus hermanas-ordenó papá cuando las caras de varias filas de personas se giraron hacia nosotros, asomándose por los huecos más inverosímiles: encima de la barra por la que se pasaban las bandejas, en abanico desde la cola del bufet, por debajo de los brazos de los padres o por las ventanillas a través de las cuales se pasaban las comandas.

               Era como ver las ondas de un terremoto desde un mismo epicentro, pero en lugar del suelo lo que se sacudía eran los cuerpos.

               -No te separes de ellas-ordenó papá, empujándome hacia Duna y Shasha, que ya retrocedían hacia una esquina libre de la tienda de regalos. Mamá las condujo con rudeza y sin miramientos hacia un panel de madera que separaba la tienda de regalos del pasillo que conducía a los baños, y yo me pegué a ellas, poniendo mi cuerpo entre el de Shasha y la ola que ya se batía sobre Scott y papá al grito de:

               -¡Me encanta vuestra música!

               -¡Me dejé mi sueldo votándote, Scott! ¡Tenías que haber ganado! Eleanor te robó tu victoria. ¡Siempre supe que Louis era un mal bicho! ¡Fijo que lo amañó para que ganara ella!

               -¡Zayn, yo estuve en la gira de Up all night! ¡¡Llevo 30 años siguiéndote!!-ya me dirás cómo, pensé, si hace treinta años mi padre todavía no conocía a sus compañeros de banda.

               -¡Scott, tenía entradas para el fin de gira! Te puse a bajar de un burro cuando anunciaste que lo cancelabas por tu ansiedad, ¡pero teniéndote delante no puedo enfadarme contigo! ¡Lo siento! Te desbloquearé ahora mismo de Instagram. ¿Nos hacemos una foto, porfa?

               -Zayn, por favor, una foto. Que sepas que estoy recién separada; ya sabes, por si los rumores de la crisis con tu mujer son ciertos… con esa cara no deberías tener que aguantar a nadie.

               -Scott, por favor, ¡por favor, mándale un audio a mi hermana! Le encantas, ¡tiene la habitación llena de posters de ti y de tu banda!

               -¡Mira el tatuaje que me he hecho! Son tus iniciales y las de Tommy, ¿te gustan? Conmigo no tienes que fingir, sé que ese beso fue pura pasión. ¡Se nota que os queréis! ¿A que lo de Eleanor es puro marketing?

               -Zayn, tengo todos tus discos en el coche. ¡Voy a por ellos, por favor, no te muevas!

               Scott y papá se convirtieron en los soles dominantes de un sistema solar abarrotado y dispuesto a arrasar con todo a su paso. Nos vimos empujadas hacia una esquina de los baños, manteniendo el equilibrio a duras penas. Shasha me agarraba con tanta fuerza que notaba mi corazón bombeándome en la mano, y Duna, apretujada contra las piernas de mamá y aterrorizada desde su perspectiva, viendo que el mundo se nos echaba encima, se echó a llorar.

               -Mamá-gimió, y mamá la levantó en volandas y se la apoyó contra la cadera para protegerla. Le dio un beso en la sien y, aunque estaba temblando por los nervios, le acarició la cabeza y la retuvo contra su pecho.

               -No te preocupes, cariño. No te preocupes. Sólo se alegran mucho de ver a papá y a Scott.

               El griterío seguía y seguía, subiendo de volumen y de pasión. El flujo constante de clientes que se marchaban se había interrumpido, pero el de los que llegaban no cesaba. Pronto no habría sitio para que entrara nadie más, y la gente continuaría empujando para conseguir un poco de atención de papá y de Scott.

               -Venid-ordenó mamá al ver que Scott y papá no daban abasto por muy rápido que se hicieran las fotos y despacharan a quienes tenían delante: por cada persona que se alejaba de ellos a empujones, se acercaban tres más. Mamá nos condujo a los baños, empujó con un pie la puerta del baño de discapacitados, más amplio que los demás, y me indicó con un gesto de la mandíbula que echara el pestillo. Me apresuré a ello mientras mamá dejaba a Duna en el suelo y se arrodillaba para mirarla desde abajo.

               -¿Estás bien, mi amor?

               -Sí.

               -¿Te han hecho daño? ¿Te duele algo, mi vida?

               -Creo… creo que no-Duna hipó-. Sólo me he asustado. Creía que iban a aplastarnos. ¿Y si aplastan a papá y a Scott?

               -No te preocupes, mi niña-mamá le sonrió y le dio un beso en la frente. Le limpió las lágrimas con los pulgares y cogió un poco de papel higiénico para que Duna se sonara-. Aquí. Venga. Así. Tranquila. Papá y S están perfectamente; lo que pasa es que la gente los quiere mucho y a veces se vuelve un poco loca, y como nosotras estábamos atrás, no nos han visto.

               -Las fans de papá son amables. Una vez me invitaron a un bollo y chocolate-recordó, y a mí me rompió el corazón recordar uno de los peores momentos de mi vida, cuando Duna se me había escapado porque no quería esperar más a ir a la zona de restauración del centro comercial.

               -No debes fiarte de las fans de papá por mucho que lo quieran, ¿entiendes? No sabes si es verdad, o si sólo quieren ganarse tu confianza para luego hacerte daño-mamá la agarró por los hombros y buscó sus ojos-. ¿Me oyes, Duna?

               -Sí.

               -Bien.

               -Me quiero ir.

               Mamá tomó aire y asintió con la cabeza.

               -Yo también, mi amor. Ven-se dio una palmada en las rodillas y se incorporó-, vamos a buscar a papá y le vamos a decir que ya no tenemos hambre, ¿te parece?

               -Pero sí que tengo hambre-protestó Duna, y Shasha se rió. Mamá puso los ojos en blanco.

               -Ya, pero no sé si podremos comer algo aquí. ¿Quieres comer algo mientras todo el mundo nos asalta?-inquirió, y Duna apretó los labios, pensativa, para terminar sacudiendo la cabeza-. Ya me parecía. Dale la mano a Sabrae. Vamos a salir y vamos a ir a por papá.

               Mamá abrió la puerta y nos dejó pasar para luego adelantarnos por el pasillo y salir a la cafetería. Parecía que la marea se había estancado, los cuerpos apelotonados contra la pared y las estanterías llenos de productos. Mamá nos indicó que nos quedáramos allí, donde todavía se podía respirar, y se puso de puntillas intentando llamar la atención de papá.

               -Eh… creo que están organizando una cola-dijo Shasha, que se había subido a unas cajas de cartón todavía cerradas y se había puesto de puntillas. Como ya era más alta que yo, era la mejor de las dos para hacer aquello.

               -Será broma.

               -Nop. Creo que vamos a comernos la cena de Nochebuena en esta cafetería. Ya pueden venir los tíos y los abuelos-se rió, negando con la cabeza, y alzó las cejas y contuvo una sonrisa cuando mamá levantó la mano y trató de llamar la atención de Scott, que era a quien teníamos más cerca. Como Scott estaba firmando autógrafos a diestro y siniestro (perfectamente podía ser su sentencia de muerte y él le estamparía su garabato característico), no le estaba prestando la más mínima atención. Mamá probó entonces con papá.

               -¡ZAYN!-bramó, y papá milagrosamente la escuchó (supongo que estaba acostumbrado a que mamá gritara su nombre así o incluso más fuerte, aunque no en ese tono y sí más en uno de placer) y la miró-. ¡Nos vamos!

               Papá asintió con la cabeza, le dio una palmada en el hombro a Scott y le hizo una señal en dirección a mamá cuando ésta se volvió. Scott apretó los labios en un gesto de disgusto, pues su reputación no podía permitirse que dejara de sonreírle a la gente y se retirara con autógrafos y fotos pendientes, pero vi en su expresión un gesto de cansancio y preocupación que se cuidaba muy mucho de que nadie más le viera. A él tampoco le estaba gustando esto, en el fondo.

               -¡No!-coreó la marabunta mientras papá y Scott se abrían paso entre la gente en una retahíla de disculpas. Aun así, continuaron haciéndoles fotos, colgándose de sus cuellos para obligarlos a posar y plantándoles besos en las mejillas contra los que ellos se resistían.

               Una chica incluso intentó besar a Scott en los labios, y papá no dudó en meterse y darle un empujón.

-¡Oye, ¿qué coño haces?! ¡Ten un poco de respeto, tía! ¡Deja a mi hijo en paz!

               -Jolín, ¡era sólo un piquito!

               -¡Que tengo novia!-espetó Scott, y se oyeron quejidos de protesta y suspiros enamorados, ansiosos por tener a alguien que las quisiera así (es decir, un poquitito).

               -¡Eres una maleducada!-recriminó alguien del fondo-. ¡No son animales de feria!

               Si no fuera la voz de una mujer, me habría puesto contentísima pensando que Alec se había materializado en la cafetería.

               Papá se abrió paso a empujones, tirando de Scott con ganas para asegurarse de que no se separaba de él y no se lo tragaba la gente, y no se molestó en disimular su descontento mientras trataban de detenerlo para continuar haciéndose fotos con él. Cuando por fin consiguió salir al vestíbulo, se tiró del abrigo y le dio un empujón a Scott para que pasara delante de él y, así, asegurarse de que no lo perdían.

               Saltamos dentro del coche sin esperarnos para guardarnos los sitios, y mamá volvió a sentarse del lado del copiloto. Papá se metió entre el volante y su asiento y arrancó sin tan siquiera abrocharse el cinturón. Mamá se frotó la sien y suspiró.

               -Cada día están peor-gruñó. Papá miró a Scott por el retrovisor.

               -¿Estás bien, S?

               -Sí. Las Zquad son majísimas y muy respetuosas. No entiendo… nunca me había pasado esto. Con ellas no me habría pasado nunca.

               Apreté los puños, pensando en que acababan de intentar abusar sexualmente de mi hermano sin que yo hubiera hecho nada para impedirlo. Me hervía la sangre.

               -Te sorprendería la cantidad de veces que tuve que ponerme firme y pararles los pies para que entendieran que, si me presionaban, era peor para ellas. Tranquilo; cuando te quedes hasta los cojones, te saldrá solo. Y esta gente no son fans-añadió, pensativo, mientras se incorporaba a la autopista. Mamá tiró de su cinturón y se lo abrochó, y entonces papá salió de su ensoñación, la miró y le sonrió. Le cogió de nuevo la mano y le dio un suave apretón, que mamá le devolvió con una sonrisa capaz de tender puentes incluso entre ambas orillas del Pacífico.

               Duna sorbió por la nariz y se frotó los ojos, que todavía tenía llorosos por el susto que se había llevado. Papá la miró por el retrovisor y anunció que pararíamos en la próxima cafetería que no pareciera abarrotada de gente.

               -Sólo para no tener que pelearme demasiado para que dejen tranquilas a las personas que más me importan-bromeó, y Duna, Shasha, Scott y yo nos reímos con varios niveles de sutileza. No tuvimos que esperar mucho a que papá encontrara un sitio que le pareciera bien, pero cuando aparcó en un aparcamiento en el que había otros tres coches y dos camiones, en lugar de bajarse inmediatamente se desabrochó el cinturón y se volvió hacia nosotras-. Escuchad… siento lo de antes. Ha sido muy injusto para vosotros. No pedisteis que yo tuviera el trabajo que tengo, ni que fuera vuestro padre, y sé que a veces tiene sus ventajas, pero… a veces me gustaría ser capaz de protegeros mejor de los inconvenientes que tiene haber construido lo que he construido con nuestro apellido. Os prometo que no volveré a dejaros desprotegidas por mi afán por complacer.

               »A ninguno-añadió, clavando los ojos en Scott-. Sé que es importante que os dé buen ejemplo de lo que podéis y no podéis hacer, y acabo de daros un ejemplo pésimo para que os sometáis a lo que el público quiere. Os pido perdón a los cuatro. Debería haberlo hecho mejor.

               -No pasa nada, papi-contesté, inclinándome hacia delante y poniéndole una mano en el hombro.

               -Tampoco es como si tuvieras otra alternativa-añadió Scott, encogiéndose de hombros-. Después de todo, vivimos de ellos. No somos nada sin nuestras fans.

               Papá tomó aire y lo soltó despacio.

               -Cuando crezcas y lleves años en esto, entenderás que hay una diferencia entre “el público” y “tu público”. Vuestra madre y yo queremos que seáis personas decentes y amables, que no se os suba a la cabeza lo privilegiados que sois, pero odiaría que creyerais que lo que ha pasado ahora es lo que tiene que pasar en vuestras vidas-me miró de nuevo-. Los límites son sanos. Decir que no es vuestro derecho. Incluso a quienes os pagan las facturas. Quizá como artistas no seamos nada sin ellos-sus ojos volvieron de nuevo a Scott-, pero no somos sus esclavos. Es algo que tarda en aprenderse y todavía más en interiorizarse, pero, con el tiempo, lo conseguirás.

               -Si es que lo tengo-comentó Scott en voz baja, y yo me revolví en el asiento. Entendía la preocupación de papá, e intuía las noches de reflexión que le habrían llevado a encontrar por fin el punto de equilibrio entre el agradecimiento por vivir de su sueño y la privacidad que conllevaba el ser una persona que también tenía derecho a su esfera íntima. Por eso precisamente había marcado tantos las distancias en la prensa, por eso desaparecía cuando no le apetecía hacer algo por mucho que se hubiera comprometido a ello.

               Ser Zayn era su sueño, y se sabía afortunado por haber podido alcanzarlo y que ésa fuera su realidad… pero también quería proteger a Zain, el niño que había soñado con lo que tenía ahora papá, el que sobrevivía en los claroscuros del escenario y prosperaba en casa, disfrutando de tiempo de descanso con su esposa y con sus hijos. Los focos se iban, nosotros no.

               La atención se iba, nosotros no.

               El dinero iba y venía. Papá no nos daría ocasión de irnos. Eso era lo verdaderamente importante para él.

               -Claro que lo tienes-respondió papá-. Tienes 18 años y todo el mundo a tus pies. Incluso cuando sientas que te va a morder la mano… en realidad, si lo hace es porque está en tu palma.

               Scott se lo quedó mirando un instante, y cuando papá rompió el contacto visual sentí que habían mantenido una conversación silenciosa que no compartirían con nadie, ni siquiera con mamá.

               Papá agarró la manilla para abrir la puerta, y se detuvo cuando Scott le preguntó:

               -A ti casi te mata. ¿Cómo sabes que yo no voy a pasar por lo mismo?

               Mamá y papá intercambiaron una mirada que habló de conversaciones en vela mientras Scott estaba en el programa, susurrando en la noche para que ni Shasha, ni Duna ni yo los oyéramos. Scott acababa de dar en el calvo de lo que más les había preocupado, lo que más les había tirado para atrás de que Scott quisiera seguir sus pasos.

               -Porque me tienes a mí para guiarte y aprender de mis errores.

               Me tienes a mí para guiarte. De nuevo una lanza clavada en mi ya maltrecho corazón, recordándome que si mi hermano me decía que no me ayudaba, todo se me haría mucho más cuesta arriba. Había noches en las que el agotamiento no podía con la preocupación, y ésta me mantenía despierta mientras la Luna bailaba sobre la claraboya, jugando al escondite con mis pensamientos, y no podía dejar de preguntarme cómo haría para ganar el concurso cuando mi hermano, con más carisma y con más cosas a favor que yo, lo había logrado. Cómo conseguiría salir lo más indemne posible de la guerra que yo misma iba a declararle a una industria que había devorado sin casi enterarse a gente mucho más poderosa que yo.

                Por favor, que Scott me diga que sí, le supliqué a los cielos. Me volví para mirar a mi hermano, pero éste rehuyó mis ojos abriendo la puerta y bajándose del coche. Subió los hombros para ocultarse el cuello y trotó hacia la puerta de la cafetería, con lo que consiguió ser el primero de nosotros que se resguardaba de la nieve.

               Cuando nos bajamos del coche descubrí que aún me temblaban las piernas de los nervios, todavía no sabía si por lo que acababa de pasar en el otro local o por el recuerdo repentino de lo difícil que iba a ser la misión que me proponía.

               Al menos tenía el alivio de que no había casi nadie en la cafetería: un par de familias se inclinaban sobre sus cafés, chocolates o caldos, que rodeaban con las manos para calentárselas. Una camarera de la edad de mis padres estaba fregando la barra, en la que un par de camioneros tomaban un plato de huevos con beicon y charlaban con la desgana de quien tiene que trabajar cuando todo el mundo está de fiestas.

               Mamá se fue al baño y papá se quedó con nosotros, cargando a Duna en brazos para satisfacer sus ganas de mimos. Cogió una bolsa de gominolas y le dio un beso en la cabeza cuando le pidió que no le dijera nada a su madre del caprichito que le iba a conceder, pues sería su secreto. Duna se aprovechó de su actitud complaciente para hacer que se acercaran a una estantería con peluches y coger uno de Cinnamoroll de aspecto suave y achuchable. Me acerqué a la zona de los aperitivos salados, en la que Scott estaba mirando una bolsa de Doritos.

               -Coge la familiar y la compartimos-le propuse, y él se giró y me miró con las cejas alzadas y, a la vez, fruncidas.

               -¿Quién dice que el familiar vaya a ser suficiente para mí?

               -La abuela Rebekah adora cebarnos. Yo no esperaría que no nos tuviera un plato a rebosar esperándonos en la mesa-comenté, y me encogí de hombros. Scott rió por lo bajo, sacudió la cabeza y cogió la bolsa de Doritos. Se puso a leer sus ingredientes con gesto distraído, y yo me di cuenta de que estaba intentando ordenar sus pensamientos-. ¿Cómo estás?-susurré en voz baja, de modo que ni papá ni mamá pudieran oírnos salvo que se nos acercaran.

               Scott se encogió de hombros.

               -Es normal que te hayas asustado. Ha sido bastante… intenso.

               -No estoy asustado-respondió, y dejó los Doritos en el estante-. Estoy furioso conmigo mismo por haber dejado que os asustaran, y por no haberme defendido y haber obligado a papá a hacerlo y luego darnos ese discurso tranquilizador.

               -Pero tiene razón. No le debemos pleitesía a un público que no nos respeta. Alec también dice que yo no soy esclava de las fans de papá, y que yo no le debo nada.

               -¿Sí? ¿Y qué dice Alec de lo que te propones? Porque quieres meterte en exactamente lo mismo en lo que papá y yo estamos hasta el cuello, soportando a duras penas.

               -No finjas que no te encanta tu trabajo, Scott. Ni que no volverías a hacerlo incluso si supieras en lo que te metías cuando lo hiciste.

               -Yo no firmé para que os pusieran en peligro-espetó-. Ni para que os asustaran. Ni para que nos trataran como lo han hecho. Es culpa mía, y estoy cabreadísimo conmigo, pero no voy a ser tan cínico como para decirte que deteste lo que lo provoca. Es sólo que…-apretó el puño y negó con la cabeza-, desearía que no existiera. Además, ¿no lo has notado?

               -¿El qué?

               -Está yendo a más. Creo que pronto no voy a poder ni pasear por el barrio sin que esto pase. De hecho, creo que no pasa porque no saben dónde vivo-apretó la mandíbula y se mordisqueó el piercing-. No quiero que Duna se acueste con miedo todas las noches, o que papá y mamá tengan que ir a recogeros a Shasha y a ti adonde quiera que estéis porque ya no podáis ir andando a casa. Y lo de antes me ha hecho pensar que sólo es cuestión de tiempo que pase. Con papá no lo notamos porque ya nacimos así, así que no sabemos qué es lo normal. Pero yo estoy cambiando nuestra normalidad.

               -Tampoco hace falta que te cargues toda la culpa del mundo sobre los hombros, S. No eres la primera persona famosa del mundo. Si todos lo manejan más o menos bien, tú también podrás.

               Scott rió entre dientes con cinismo.

               -La mayoría lo manejan como lo maneja Diana. La diferencia está en que no tienen a nadie cerca que les recuerde que eso no es normal, o que intente sacarlos de ahí, sino que los empujan a tomar más y más. Yo no quiero desconectarme de la realidad-se mordió el labio y torció la boca cuando Shasha se nos acercó, pero supe que no iba a contenerse porque ella estuviera con nosotros.

               -¿Qué os pasa?

               -Scott está en plena crisis de identidad.

               Shasha parpadeó y lo miró.

               -¿Qué pensabas, S? ¿Que ibas a poder quedar segundo en un programa de votación popular y luego seguir viviendo tu vida como si nada de eso hubiera pasado?

               Scott hizo un mohín y volvió a reír entre dientes con un bufido que prometía problemas. Era el típico que hacía que Alec se cruzara de brazos y se preparara para meterse entre él y yo, o lo amenazara con que no intentara tocarme ni un solo pelo de la cabeza porque mi chico no se lo permitiría.

               -Así que tú ya te lo esperabas, ¿eh?

               -Tengo ojos en la cara y he visto cómo se ponía la gente contigo en el programa. ¿Por qué iba a ser diferente en un local de mala muerte en medio de una autopista? Cuando eso pasa en Londres a ti no te sorprende.

               -En Londres no os agobia ni os pone en peligro.

               -Por favor, S-Shasha puso los ojos en blanco-. Llevan reconociéndonos por la calle en cualquier rincón del mundo desde que nacimos. No eres la primera persona famosa de la familia, ¿sabes? El mundo no gira en torno a ti.

               -No. Y, aparentemente, tampoco voy a ser la última-espetó, fulminándome con la mirada. Cogió un paquete de chocolatinas y se marchó en dirección a papá, perfectamente consciente de que yo no me atrevería a seguirlo para continuar la discusión al lado de él. Abrí la boca y me lo quedé mirando, estupefacta, mientras el mundo daba vueltas y me subía el desayuno a medio digerir por la garganta.

               -No le hagas caso-dijo Shasha mientras alargaba la mano hacia un paquete de ositos de gominola y lo descolgaba para examinarlo-. No quiere reconocerlo porque adora hacerse el valiente y que nosotras no se lo notemos, pero está cagado de miedo por lo que acaba de pasar.

               -¿No te parece que no es para menos?-pregunté, y Shasha alzó las cejas.

               -Lo que me parece es que Scott tiene que aclararse: o le encanta la atención de todo el mundo o la detesta, pero no puede ir bailando entre una cosa u otra dependiendo de en qué código postal se encuentre.

               -Lo dice la que no es cariñosa con nadie de su familia pero le encanta achuchar a mi novio-respondí, un poco picada. Y puede que fuera de forma injusta con Shasha, lo admito, pues sabía que estaba en mi equipo. Aun así… no me parecía que a Scott le faltara razón. Lo cierto es que no había incluido el incremento de atención mediática hacia nuestra familia en la ecuación, todo porque ya pensaba que no podía ir a más.

               En cambio, si yo iba al programa…

               Cuando, me recordé, asustada de repente ante la posibilidad de que hubiera otra posibilidad distinta a ir. No vengarme no entraba en mis planes. Ir era innegociable, y caso cerrado.

               Cuando yo fuera la programa aquella atención aumetaría, y ya estaría apartada en un rincón, sino en medio de la marabunta, absorbida por ese agujero negro de atención y deshumanización en el que, al menos, acompañaría a Scott y papá, y compartiría la carga con ellos.

               Claro que los dos odiarían verme ahí.

               Aunque, ¿no había una manera un poco más sana de disfrutar de la fama? A mí también me reconocían por la calle, y en un par de ocasiones me habían parado para pedirme una foto, incluso estando con Alec. Él esperaba pacientemente a que yo terminara, y sonreía con educación cuando comentaban lo buena pareja que hacíamos, aunque luego me sermoneara sobre que debía desintoxicarme de la atención.

               -Su atención es todo lo que soy-respondía siempre-. Mi familia depende de ella.

               -No todo-contestaba Alec con paciencia a la par que me daba un beso en la sien y me apartaba el pelo del hombro-. Y no toda tu familia.

               Confieso que a veces fantaseaba con una vida sencilla, con un delicioso anonimato que me permitiera no ser perfecta a todas horas. Desaparecer durante varios días de las redes y que nadie me echara de menos. No tener que dar explicaciones de mis ausencias, ya fuera con antelación o con posterioridad a que sucedieran. A veces envidiaba la despreocupación con la que Alec se movía por el mundo, incluso cuando sabía que estaba entre gente que le conocía o que podía encontrarse con ella. Sus acciones nunca tenían más trascendencia que algún rumor que no le preocupaba lo más mínimo; en cambio, yo había descubierto por las malas a lo largo de los últimos meses que los errores eran un privilegio que simplemente no me estaba permitido disfrutar.

               Creía que había hecho las paces con ello hacía mucho tiempo, y la mayor parte del tiempo así era… pero había momentos como el que acabábamos de vivir en los que deseaba que mi apellido no tuviera el renombre que tenía. Que papá sólo fuera profesor de literatura, y ya está. Nuestra vida no sería tan lujosa, pero, ¿no lo pagábamos con creces dejando de ser personas?

                Shasha me fulminó con la mirada y yo comprendí que había cruzado un límite que no debía cruzar. Le había hecho daño de verdad. Alec no sería capaz de algo así: por eso ella se había abierto de esa forma con él, y tan rápido.

               -Por si no te habías dado cuenta, me estaba poniendo de tu parte. No sé qué relación tiene que yo me lleve bien con tu novio-hizo hincapié sobre esas dos palabras, como queriendo decirme que no se había olvidado de que Alec era mío y no de ella, como si yo lo hubiera insinuado siquiera-, a que Scott se haya dado cuenta ahora, con dieciocho años y medio, que la fama tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y que no sólo las sufre él.

               Arrugó el paquete de ositos de gominola entre las manos.

               -Yo también soy parte de esta familia. A mí ni Dios me preguntó si quería que me reconocieran por la calle cuando nací. Tengo que vivir con eso y lo acepto, pero no me hago la niña prodigio en prime time y luego me enfurruño cuando un enjambre de desconocidos se agolpa a mi alrededor porque quiere decirme que le encantó mi actuación de niño prodigio en prime time.

               -Te he visto cagarte de miedo con lo que estaba pasando igual que Duna o yo, Shasha.

               -Puede-Shasha se encogió de hombros y abrió los brazos-, pero la diferencia entre vosotras y yo es que yo me acojono siempre que un desconocido se me acerca llamándome por mi nombre, y no sólo cuando se me agolpan veinte o treinta alrededor. Nunca sé cuál es amistoso y cuál quiere hacerme algo-constató con una frialdad que me dejó pasmada-, así que los trato a todos con cautela por si acaso. Si me vienen en manada, por lo menos sé que me llevará menos tiempo gestionarlos que si fueran un goteo. Y podré seguir antes con mi vida.

               -Te vi la cara, Shash. Estás siendo cínica: estabas acojonada.

               -Me preocupaba que me aplastaran, pero… Sabrae, ¿en serio? Te tenía por más lista. ¿Tienes idea de quién coño es papá? Se piró de One Direction y abrió todos los telediarios. Hay una generación entera de tías a la que se le encoge el corazón cuando le dan cita para el médico, renovar el carnet de conducir o depilarse el 25 de marzo. Eran el equivalente a BTS en Inglaterra, antes incluso de que BTS fuera BTS. Pues claro que van a reconocerlo y a volverse locas allá donde vaya. Estoy bastante segura de que lo reconocerían y se armaría alboroto hasta en un monasterio tibetano sin conexión a Internet y en el que los monjes crean que todavía vamos por el segundo Dalai Lama anterior al que hay ahora. Lo que no sé es por qué cojones, después de veinticinco años, todavía seguimos emperrados en comportarnos como si fuéramos una familia normal.

               Shasha se giró sobre sus talones y enfiló hacia papá, a quien le preguntó dócilmente si podía llevarse las gominolas que tenía en la mano. Papá estaba un poco sobrepasado todavía por lo que acababa de suceder, y quizá un poco carcomido por la culpa, de modo que incluso me preguntó si a mí no me apetecía nada, pero yo negué con la cabeza.

               A decir verdad, tenía bastante que rumiar de lo que había pasado como para meterme nada más en la boca. Pedí un chocolate caliente y me senté junto a Duna, las manos alrededor de la taza y la mente a miles de kilómetros de allí.

               Me imaginé sentada sobre una cama hecha de hojas de plátano y hierba seca para darle comodidad, arrinconada contra una esquina de una casa en el árbol que compartía con Alec, todavía no sé muy bien por qué. Me imaginé con un pie bajo mi cuerpo, la otra pierna extendida, y sosteniendo la misma taza de chocolate que me calentaba los dedos a miles kilómetros de distancia, en la nevada campiña inglesa.

               Me imaginé que levantaba la vista y me encontraba con Alec de pie frente a mí, apoyado contra la pared, los brazos cruzados y los pies entrelazados, observándome de esa forma que sólo él sabía en la que me hacía sentir totalmente desnuda y, a la vez, implacablemente protegida.

               Mi Alec imaginario tomó aire como lo haría el real. Esperando. Dándome espacio. Me relamí unos labios que sentía resecos incluso en mi imaginación, y, por fin, encontré las palabras necesarias.

               -¿Crees que soy mala persona por seguir planteándome siquiera entrar en el concurso aun sabiendo lo que puede hacerle a mi familia?

               Alec rió por lo bajo.

               -No sé si preguntarle si eres buena persona a la única persona en el mundo que justificaría diez genocidios tuyos es muy acertado, nena, pero…-Alec echó la vista a un lado, se encogió de hombros y se relamió los labios-. Te has pasado demasiados meses intentando meterme en la cabeza que yo no he heredado los pecados de mi padre como para que ahora no me preguntes esto.

               -Pero serían mis propios pecados, no los de mi padre, los que nos harían daño.

               -¿Que Zayn sea cantante ya impide que lo puedas ser tú? Acabas de desmontar toda la industria del nepotismo así-Alec chasqueó los dedos y me dedicó una sonrisa deslumbrante-, sin más. Hay muchísimos enchufados que te odiarán sólo por eso.

               -A ti no te parece bien lo que nos pasa cuando salimos.

               -No, lo que no me parece bien es que lo normalices. Pero ahora no lo estás normalizando, y yo… estoy orgulloso de los pasos que estás dando.

               -¿Incluido lo de meterme en un programa para inmolarme en prime time con la esperanza de reventarles también el chiringuito a una panda de abusadores?-bromeé, y Alec se echó a reír.

               -De eso, evidentemente, no. Claro que no tengo culpa de nada, porque soy imbécil y estoy a seis mil kilómetros de ti, así que no puedo hacer nada. Ah, y también soy un producto de tu imaginación, así que todavía puedo hacer menos, así que, ¿qué más me queda más que joderme y tratar de consolarte como buenamente puedo?

               Sonreí con cansancio.

               -Vas a cabrearte tanto cuando te lo cuente…

               -Ya me estoy cabreando con meses de antelación, y ni siquiera lo sé-bromeó él, y yo me reí también. Me lo quedé mirando, observando sus facciones mientras trataba de memorizar el rostro que mejor conocía en todo el mundo; más incluso que el mío.

               Como si ese rostro no fuera producto exclusivamente de mi memoria. Suspiré.

               -No sabes lo que te echo de menos.

               -Si de verdad fuera así, te habrías ido al baño y me habrías llamado por teléfono-me pinchó, y yo me reí.

               -Tienes cosas más importantes que hacer que consolar a la boba de tu novia-respondí. Me aparté el pelo de la cara como él lo hacía y él se separó de la pared. Se acercó a mí con pasos felinos y me tomó de la mandíbula.

               -Mi novia no es boba. Y consolarla es lo que más me gusta en el mundo. Tengo un par de truquitos infalibles…-ronroneó, inclinándose hacia mi cuello y mordisqueándomelo. Se puso de rodillas frente a mí y se me metió entre las piernas, el muy sinvergüenza.

               -¿Es que eres incapaz de meterme mano incluso en mis ensoñaciones, Whitelaw?

               Sus dientes me arañaron la piel de un modo que me produjo escalofríos que ni el chocolate hirviendo podría evitarme.

               -Pero si meterte mano en tus ensoñaciones es lo que más tiempo llevo haciendo, Malik-ronroneó, y cuando yo no pude soportarlo más y me rendí al deseo que siempre ardía en lo más profundo de mi ser y me giré para besarlo, Alec desapareció, dejándome devastada, sola y desesperada.

               Levanté la vista de mi chocolate lentamente, reticente a salir de aquella ensoñación, y me encontré con la mirada perforadora de Scott. Sus ojos eran duros, decididos, e incluso calculadores. Bajo ese escrutinio decidido me di cuenta de dos cosas:

               La primera, que nos culpaba a ambos por la decisión que había tomado. A mí, por ser tan terca; y a él, por habérsele ocurrido ir antes al programa y mostrarme que existía ese mundo en el que yo me creía capaz de entrar, y al que estaba decidida a destruir.

               Y la segunda, que iba a decirme que no pensaba ayudarme a inmolarme. Después de todo, era su trabajo como hermano mayor protegerme, y poniéndomelo difícil y negándome su ayuda quizá me echaran antes de que consiguiera mi objetivo, o cometería algún error y se darían cuenta de que no podían controlarme y me pondrían de patitas en la calle sin pena ni gloria. De un modo u otro, su opinión experta sería el trampolín que me levantaría más alto para lanzarme de cabeza contra la piscina en la que apenas había un palmo de agua, y ya se sabe que cuanto más alto subes, más dura es la caída. Quizá con mi propio impulso no me matase, pero seguro que con el de Scott sí.

               Para cuando llegamos a Burnham, estaba tan cansada como si hubiera nadado todo el trayecto desde Londres hasta allí. No tenía ni idea de lo acertado de ese símil, aunque sí sabía una cosa: todavía me quedaban meses de nadar contracorriente.

               Era absolutamente desolador.


             
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1 comentario:

  1. Ains lo mucho que echaba de menos las dinámicas familiares. Me ha hecho muy feliz ese momento en el coche y luego me he muerto de pena con el momento del bar de carretera. Putas locas en fin.
    Siento que Scott si que le va a dar el visto bueno a Saab con la condición de que se lo cuente a Alec.

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