Scott
no miró alrededor a pesar de que la habitación había cambiado bastante desde la
última vez que había estado en ella, pues lo que él consideraba su sitio seguía
allí. Con eso le bastaba.
Me revolví en el asiento mientras tiraba de las mangas de la sudadera de boxeo que Alec me había dejado en herencia. Aunque no podía sentir en la espalda el WHITELAW 05 por el que tanto nos habíamos peleado Mimi y yo, quería pensar que la fuerza del apellido de la persona que más me importaba en el mundo conseguiría traspasar la tela y mi piel y llegar hasta mi corazón. Iba a necesitar toda la ayuda posible, a juzgar por cómo Scott me fulminaba con la mirada desde que había salido del baño.
La intensidad con la que me había taladrado con los ojos de mamá, esculpidos por obra y gracia del destino en el cuerpo de papá en una mezcla perfecta de las dos personas que yo no quería que supieran bajo ningún concepto lo que yo me traía entre manos, había sido suficiente para que me temblaran las piernas y supiera que de allí no saldría viva si no le daba a mi hermano exactamente lo que quería. Y sólo había sido capaz de posponer el momento para tratar de pensar en cómo contarle mi plan de forma que no le pareciera lo más bizarro que se me había pasado por la cabeza (una cabeza con imaginación desbocada, tenía que reconocerle) pidiéndole que nos dejara a las chicas y a mí adecentarnos un poco. Desnudarme delante de mis amigas era una cosa; desnudarme delante de mi hermano, otra, y con ésta también estaba cómoda, pero desnudarme física y emocionalmente ante mi hermano era demasiado para hacerlo ahora que tenía la cabeza tan embotada. La ansiedad amenazaba con quemarme viva por dentro, y sólo la desesperación que Scott notó en mi mirada bastó para aplacar un poco su ira ante lo que no sabía a ciencia cierta, pero seguro sospechaba, y aceptar que me tomara un momento para secarme y vestirme.
Supongo que la noche de chicas con mis amigas y Mimi tendría que esperar, por lo menos una horita o dos, hasta que Scott se diera por satisfecho con la jugada de póker a la que nos enfrentábamos. Yo me había vestido en consecuencia: a la sensación del suelo cediendo bajo mis pies siempre la aplacaba la prenda por excelencia de mi novio, la que más gritaba que yo era suya y que él era mío.
Ojalá no fuera a la batalla y sólo estuviera a punto de atravesar un campo de minas para conseguir un puerto franco. Pasara lo que pasara, lo cierto es que, a falta de los dedos grandes, cálidos y seguros de mi salvador entre los míos, lo único que me daría un poco de consuelo en esta tempestad era su sudadera.
Puede que fuera una buena señal que Scott hubiera esperado a que me vistiera para acceder a esa habitación en la que tantas veces había pasado la noche, riendo y bebiendo y llorando y mirando las mismas estrellas por la misma claraboya por la que lo habíamos hecho Alec y yo, cuando los dos estaban aprendiendo lo que era ser hombres mientras todavía eran niños. Puede que no estuviera todo perdido. Puede que la habitación nos trajera buenos recuerdos y nos aplacara a ambos, que éste fuera un territorio neutral en el que se negociaría la paz y no las armas permitidas.
O eso había pensado yo, hasta que me di la vuelta, miré a mi hermano y vi que había hecho bien en vestirme como lo había hecho. Después de todo, a sus ojos yo era una joven nación peligrosa a la que no le importaba inmolarse con tal de tener la razón.
Sí que iba a necesitar mi armadura de algodón y olor a mi él para sobrevivir a la batalla. La victoria ya estaba más que perdida.
Scott se frotó las manos, se apoyó los codos en las rodillas separadas y se inclinó hacia delante, los ojos fijos en mí igual que los de un depredador sobre su presa. Cuántas veces Alec me había mirado así y yo me había regodeado en la misma determinación, cuántas veces me había encantado ver en unos ojos castaños lo que ahora me aterraba en color avellana.
Se me pasó por la cabeza lo increíble que era que mi hermano y mi novio me inspiraran emociones tan distintas haciendo las mismas cosas en puntos muy cercanos de la habitación, pero incluso en la ubicación tenía que haber diferencias: Alec siempre estaba en la cama; Scott jamás se acercaría a ella. No porque fuera territorio prohibido, no porque yo fuera a impedírselo, sino porque no era algo a lo que estuviera acostumbrado.
Todos tenemos una versión única y propia de las personas con las que nos encontramos, y ahora, por primera vez, era consciente de que incluso Alec era distinto para sus amigos que para mí. Incluso aunque el Alec de Jordan se pareciera muchísimo al mío no eran el mismo, y las pequeñas diferencias se hacían más evidentes a medida que tomabas distancia, como las luces cegadoras de las farolas frente a tu habitación que son apenas puntitos indicándote el camino a casa cuando te embarcas en un avión, y nada más que un átomo del inmenso clúster radiante que dibuja tu capital desde la Estación Espacial Internacional.
Mis amigas encontraron en el columpio que Alec había instalado en la habitación antes de irse, el puff en el que a veces dormitaba leyendo y la silla del escritorio de Alec el asiento que necesitaban. Todas estaban frente a frente con Scott, y aunque la postura también servía para guardarme las espaldas y hacerme sentir protegida, ni por un segundo se me ocurrió que fueran a ponerse de mi parte si mi hermano estallaba contra mí porque considerara que lo que me proponía era una locura.
Después de todo, si lo había mantenido en secreto era porque sabía que lo era. Pero es que necesitaba que lo fuera.
Sólo los planes más locos se convierten en revoluciones, y aquello era precisamente lo que yo estaba intentando provocar: una revolución que prendiera fuego al mundo tal y como lo conocíamos, y cuyas cenizas serían el abono necesario para el resurgir de uno nuevo.
Me revolví de nuevo en el asiento y me tiré de las mangas, escondiendo la vergüenza de desear que fuera Alec, y no Scott, a quien tuviera delante. Sabía que Alec sería más vehemente incluso que mi hermano, y que haría que Scott poniéndose como un basilisco pareciera un manso corderito en comparación con cómo se pondría él; pero también estaba segura de que Alec me defendería a capa y espada incluso cuando creyera que me estaba equivocando. Siempre, siempre, siempre se pondría de mi parte.
Scott, no estaba tan segura.
Aun así, le debía tanto a mi hermano que también le debía la verdad… incluso aunque estuviera a punto de desatar el apocalipsis.
Jordan se sentó en el reposabrazos del sofá con una pose casual que me indicó que no estaba eligiendo bandos, sino dándome el espacio para que me explicara. Todavía no sabía por qué me había vuelto loca de repente con el baile, o por lo menos no de mi boca, y que se fuera a resolver finalmente ese misterio debía de resultarle muy satisfactorio.
Fueron sus ojos curiosos y con una pizca de ánimo los que me dieron el empujón que necesitaba para caer… y atreverme a intentar volar. Carraspeé, y Scott alzó ligerísimamente una ceja, expectante, en un gesto que le pasaría desapercibido a cualquiera.
Pero no a mí.
-Sé que estos días…-empecé, y me callé. No sabía cómo abordarlo de una forma que hiciera que Scott no se volviera tarumba-. Me han dado a entender…-volví a callarme. No era justo meter a Mimi en esto después de cómo me había ayudado una y otra vez. Suspiré, tomé aire lentamente y traté de tranquilizarme. Me noté hundiendo los dedos en la funda nórdica de la cama de Alec, y una parte de mí deseó que pudiera esconderme en ella y no enfrentarme nunca más a mis problemas.
O, por lo menos, hasta que no viniera su ocupante principal a ayudarme a resolverlos.
-No sé… no sé muy bien cómo decirte esto, Scott.
Scott se cruzó de brazos y se mordió el piercing.
-Con palabras, espero-dijo, y Jordan le dio un codazo.
-Tío.
Sin embargo, el ceño fruncido de Jordan fue lo único que le faltó a la sonrisa de mi hermano para vencer su autocontrol, y de repente la comisura del labio que más ejercitada tenía se levantó ligeramente, como si la situación le divirtiera…
… o como si supiera que su sonrisa de Seductor™ iba a ser capaz de relajarme. Era una jugada arriesgada.
Y también acertada. Porque, entonces, me acordé de que no sólo tenía delante a mi principal guardián: también era mi fortaleza cuando todo lo demás iba mal. ¿Iba a enfadarse? Sí. Muchísimo. Me iba a costar horrores no salir viva de esa habitación, pero podía contar con que Scott, por lo menos, me escucharía. Cuando se le pasara el enfado, intentaría entenderme, y puede que incluso me ayudara con lo que me proponía.
El peso de mi secreto era tal que amenazaba con aplastarme; sólo si lo compartía podría sobrevivir.
Además, mis amigas tenían razón: Scott ya había pasado por eso. Se había coronado como uno de los vencedores de su edición, y levantaba más pasiones incluso que Eleanor, la ganadora oficial y por derecho propio. No sólo necesitaba la ayuda de mi cuñada, sino también de mi hermano, porque había cosas que sólo un Malik podía enseñarme.
-Te vas a enfadar muchísimo…-dije, y Scott se mordisqueó el piercing e inclinó la cabeza a un lado de una forma desgarradoramente parecida a como lo hacía Alec cuando se disponía a desarmarme con alguna broma de las suyas, destinada únicamente a hacerme reír y perder la vergüenza.
-¿Como cuando Shasha y tú me afeitasteis las cejas mientras dormía y mamá tuvo que pintármelas con delineador antes de ir al instituto?
Jordan lo miró.
-No me jodas… no sabes la cantidad de veces que me peleé con Alec porque estaba obsesionado con que te habías hecho algo en las cejas, y yo a decirle que no.
-Eso te pasa por llevarle la contraria a Alec con algo mío; está tan obsesionado conmigo que a veces me pregunto si se estará tirando a Sabrae para tener una excusa para que nos acostumbremos a que duerma en mi casa y así tener la oportunidad perfecta para meterse en mi cama.
-Fijo que eso te encantaría-lo pinchó Mimi, haciendo gala de una faceta que yo no solía ver en ella, y mi hermano la miró con expresión exageradamente confundida.
-Me van las tías.
-¿No te diste un morreo con Tommy en prime time?-preguntó Jordan, y yo me reí tímidamente.
-Queríamos ganar el concurso.
-Fue después de anunciarse los ganadores.
Scott se inclinó hacia un lado para poder mirar a Jor desde la distancia, el ceño fruncido y una mano en la cintura.
-¿Llamo a mi madre para tener un abogado presente mientras se cuestiona mi sexualidad?
-Aquí nadie está cuestionando tu sexualidad: yo sólo he mencionado a Alec y has sido tú mismito el que se ha puesto a pensar en sexo nada más escuchar su nombre. Ay, ¡cómo nos traiciona el subconsciente, ¿verdad?!
Scott apartó la mirada y puso los ojos en blanco.
-Si no te hubieras puesto tan mazado, te pegaría un par de hostias-murmuró en voz alta mientras clavaba los ojos en las manos, cuyas palmas estaba frotando entre sí. Tomó aire y lo soltó de nuevo-. El caso es que me has hecho muchas putadas a lo largo de tu vida, Sabrae. Tengo suficiente con lo que comparar para tener paciencia con lo que sea que vaya a salir de esa boca.
-Yo de ti no apostaría…-murmuró Kendra, y me giré hacia ella como un cocodrilo al que le tiran de la cola.
-No estás ayudando.
-Vale, a ver, ¿qué pasa?-instó mi hermano, y chasqueó la lengua-. Dilo y ya está. No creo que pueda ser peor de lo que me estoy imaginando, así que…
-Di qué te estás imaginando-dije apresuradamente. Puede que me resultara más sencillo si descartábamos lo que más le preocupara a Scott; seguramente le preocupaba que Alec me hubiera dejado embarazada, o algo así. Francamente, no creía que mi hermano pudiera olerse lo que me traía entre manos, aunque visto desde fuera puede que resultara muy sospechoso y alguien con su bagaje supiera leer entre líneas.
Y, si por un casual S daba en el clavo, bueno… al menos no tendría que pasar por el mal trago de tener que verbalizarlo.
No obstante, él no estaba tan por la labor de ponerme las cosas fáciles. Me miró por debajo de sus cejas en un gesto de “deberías saber ya cómo va esto” y yo suspiré. Sabía que no había nadie que pudiera sacarle a mi hermano una palabra si él no quería, al igual que tampoco podían hacerle la competencia cantando si él no lo permitía.
Qué curioso que yo estuviera intentando ambas cosas.
Suspiré y, con el estómago reducido a la décima parte de lo que normalmente era, dije:
-Antes que nada… necesito que me prometas que no dirás nada a nadie.
Scott me examinó un momento, midiéndome como oponente, y finalmente extendió las manos frente a él y se frotó las almohadillas de las palmas mientras se las observaba. Las hizo chocar en silencio durante unos segundos que a mí me parecieron décadas, reflexionando.
-Define “nadie”.
-Nadie. Ni papá, ni mamá… ni Tommy-añadí. Diana nos había pedido que no le dijéramos nada a Tommy; casi nos lo había hecho jurar. Que no se lo hubiéramos prometido ni jurado era el clavo ardiendo al que me agarraría si tenía que ceder con mi hermano, pero sólo si era estrictamente necesario y si…
-Tommy es parte de mí-me recordó Scott, y levantó la mirada-. ¿Pretendes que le oculte un secreto que sabe Jordan, o Mimi? ¿Y qué hay de mi novia? ¿Tampoco puedo decírselo?
-Eleanor sabe algo-reveló Mimi, y Scott la miró.
-Así que ¿hay varias cosas que no puedo contar? Va a haber mucha gente encantada con que yo me calle-espetó, mirándome de nuevo, y yo asentí.
-Vale. Díselo a Tommy. Yo cargaré con la culpa si las partes implicadas se enteran, dado que no puedo con esto. Pero no puedes decírselo a mamá ni a papá.
-¿En qué andas metida, Sabrae?-preguntó Scott, ya abandonado el tono juguetón con el que se dirigía a mí. Lo dijo con la autoridad que le conferían los años, la diferencia de estatura, sus circunstancias y las mías: el primogénito de Zayn y Sherezade Malik, que era una copia calcada de él con los ojos de ella; y la segunda hija de Zayn y Sherezade Malik, su orgullo, su ojito derecho… de repente con un comportamiento errático que no le hacía honor a su segundo nombre.
-Antes prométeme que no les dirás nada a papá y a mamá. No. No me lo prometas; júramelo.
Jordan miró a Scott de reojo, como si temiera perderme de vista y que saliera corriendo por la puerta si me quitaba el ojo de encima, pero incapaz de resistirse a ver la reacción de mi hermano. Scott se relamió los labios, se mordisqueó el piercing y entrecerró los ojos.
-Júramelo por lo que más quieras, Scott. Júrame que no se lo dirás a mamá y papá, y yo te lo contaré… -jadeé.
-Ellos no se van a enfadar contigo, Saab, te pase lo que te pase.
-… todo-dije en un sollozo, lo cual fue suficiente para que Scott entendiera que su silencio no era tanto porque me preocupara que papá y mamá se enfadaran conmigo… sino el daño que les haría que hubiera tomado esta decisión.
-Está bien. Te lo juro. Que os muráis Shasha, Duna y tú si yo les digo algo a mamá y papá.
Me eché a llorar y asentí con la cabeza, un manojo de lágrimas desastroso al que, justo cuando todo el aire se había consumido en su cuerpo, los rayos de sol le besaban el rostro sobre la superficie del agua.
-Voy a presentarme a The Talented Generation.
Ah, no. Ni de coña. No pienso meter baza. La verdad es
que no tengo nada que contar que sea más interesante que el broncón épico que está a punto de echarte Scott.
Estás sola en esto, chavala.
Cobarde.
A pesar de que creía que Scott explotaría como un volcán rabioso en plena erupción, hizo más bien todo lo contrario. Me miró un segundo, como asegurándose de que quien había hablado había sido yo y no Mimi, o Amoke, o Taïssa, o Kendra a través de mí. Tardó sólo un segundo en darse cuenta de que aquello no era un trabajo de ventriloquía, y cuando por fin lo hizo…
Se echó a reír. Se echó a reír con muchas ganas, sus hombros sacudiéndose como el agitar de las alas de un dragón que alzaría el vuelo por pura fuerza de voluntad y sin usar una sola gota de magia.
Jordan lo miró de lado, preocupado, como si creyera que en cualquier momento Scott explotaría de tal ataque de locura al que se había entregado. Tenía los ojos saltones propios de los sapos, la mirada perdida de a quien abducen los alienígenas y lo sueltan en medio segundo en un punto completamente distinto del globo. Yo, por mi parte, deseé que se me tragara la tierra.
Que mi hermano reaccionara así sólo podía anticipar la madre de todas las peleas.
Scott siguió riéndose como si le hubiera contado el chiste más gracioso de la historia, indigno de cualquier oído que no perteneciera a los más selectos de los cómicos. Cuando finalmente se tranquilizó, negó con la cabeza, miró a Jordan y de nuevo me miró a mí.
-Vale. No, en serio. A ver, Sabrae, ¿qué te pasa?-preguntó, mordiéndose el piercing, la mirada de repente brillante con las lágrimas que se le habían soltado de la risa. Ojalá todo el mundo reaccionara así cuando yo le daba esta noticia, pero…
Negué con la cabeza y me mordí el labio. Sabía de sobra que mi hermano me estaba dando una oportunidad para rectificar y decirle algo menos trágico, como, no sé, que había decidido unirme a un grupo terrorista y luchar por la liberación de alguna provincia perdida en una región montañosa de algún estado fallido. O, quizá, esperaba algo con más fácil solución, como que estuviera embarazada y no quisiera decírselo a mamá y papá por si eso hacía que nuestra relación, ya de por sí bastante maltrecha, se resintiera todavía más.
Realmente podía decirle a mi hermano cualquier cosa. Cualquier cosa salvo eso. Así que abrí las manos y las giré por las muñecas hacia arriba, como quitándole importancia al asunto. Como si no supiera la que se me venía encima y mi decisión fuera la más inocente del mundo.
-Te lo he dicho, S.
Scott rió entre dientes de nuevo, una risa que muchas matarían por ver de cerca, y tantas otras, por sentir contra su piel. A mí, sin embargo, me produjo escalofríos. Me sorprendió que Eleanor viviera de esas risas, se emborrachara de ellas, cuando a mí lo único que me apetecía era salir corriendo y no parar hasta llegar a Escocia… como mínimo.
-Ya. Entonces no te debo de haber entendido bien-asintió con la cabeza, se inclinó hacia delante y se frotó de nuevo las manos. Me dio la sensación de que le gustaría rodearme el cuello con ellas-. ¿Sabes? Habría jurado que has dicho que quieres presentarte al cuyo contrato totalmente abusivo casi le cuesta la vida a Diana-dijo, y su mirada se endureció de repente-. Varias veces-añadió, y ni rastro de humor poblaba ya sus ojos, que me atravesaban con la ira de mil dragones.
De repente ya no sentía que la sudadera de Alec me proporcionara tanta protección. De hecho, creo que ni con cinco como él serían capaces de retener a la bestia en la que iba a convertirse Scott. Presenciar su transformación en directo sería lo más terrorífico que iba a vivir, y había sido tan tonta como para pretender hacerlo en una habitación llena de gente que no sólo no me ayudaría, sino que le daría la razón a mi hermano.
A veces me preguntaba si era la más lista de mi clase porque de verdad era lista, o si se debía más bien a que en el mundo de los ciegos, el tuerto es el rey. No podía haberme creído en serio que mi hermano sería benevolente y comprensivo y que me apoyaría porque sabía el esfuerzo que suponía lo que me proponía hacer, porque precisamente por haber pasado por el programa sabía que era una locura lo que pretendía.
Nadie que haya escapado del lobo por los pelos (o que, como él, todavía esté intentándolo) hablaría bien de alguien que quiere tentarlo a la luz de la luna. Y supongo que eso era, precisamente, lo que iba a hacer yo.
-Sé que no tienes buena opinión del concurso, pero si me dejaras…-empecé, poniéndome de pie y extendiendo las manos en su dirección para que Scott entendiera que no éramos enemigos por mucho que nuestras posturas estuvieran encontradas. Las palabras de Alec sobre que yo siempre me las apañaba para dar donde más dolía no dejaban de resonar en mi cabeza, y ahora que estaba recuperando a mis padres con tanto esfuerzo no quería que mi hermano se pusiera en mi contra. Le necesitaba. Estaba cansada de pelear. Tenía que reserva toda mi ira para los que le habían hecho daño a Diana, los causantes precisamente de esta misma situación, y de muchas otras como ésa que irían llegando poco a poco en mi vida, pero en las que prefería no pensar ahora mismo. Bastante tenía con lo que tenía.
-¿Cómo cojones voy a tener buena opinión del concurso en el que nos metimos sin saber lo que suponía y que nos tiene cogidos por los cojones a los seis, Sabrae?-bramó mi hermano-. Porque estamos hablando del mismo concurso que pide 200 millones para poder liberarme de un contrato en el que pretenden explotarme de tal manera que, a mi lado, papá se tocó los huevos en One Direction, ¿no? El concurso que no aceptó que Diana no hiciera más conciertos hasta que no la ingresaron por segunda vez por una sobredosis en menos de… ¿qué? ¿Una semana? ¿El concurso que está haciendo que mamá doble horas y coja casos con los que no comulga simplemente porque pagan bien, o que papá grabe y grabe canciones que ni siquiera sabe cómo se las apañará para perfeccionar cuando esté en medio de un gira demencial conmemorando a One Direction con los padres de mis compañeros de banda? ¿El concurso que le ha dejado tres días libres de compromisos en Navidad a mi novia, y todo después de que Louis montara un pollo de la hostia porque su abuela es extranjera y es de las pocas veces del año en que puede verla? ¿Ese concurso, Sabrae?
No contesté. Scott se había puesto en pie y se me había acercado como un carroñero que va a oler a un animal moribundo pero que ni siquiera ha muerto, con la poca decencia de salivar frente a él cuando todavía puede verlo. Jordan tenía los labios contraídos en una mueca de disgusto, y me miraba con una pena que me hizo ver que no estaba pensando en cómo estaría yo en esa situación en la que pretendía meterme, sino cómo estaría Alec cuando se enterara de lo que yo me proponía.
Creo que incluso se alegraba de que Scott me estuviera dando gritos, porque si algo había aprendido de mí desde que pasábamos tanto tiempo juntos era que yo podía desconectar muy bien de las críticas de alguien que no tenía derecho a criticarme. Pero Scott, en cambio… Scott era el derecho a pararme los pies personificado. Le debía mi vida tal y como era, literalmente. Si él no me hubiera encontrado en el orfanato todo sería completamente distinto; él era mi Big Bang personal, y como tal, tenía derecho a gritarme todo lo que quisiera.
Supongo. Creo. La verdad es que no me apetecía luchar más. Estaba tan cansada… sólo quería que me entendieran.
Sólo quería que Alec estuviera allí, y tener la certeza de que se pondría de mi parte, en lugar de hacer equipo con Scott y gritarme cada uno por un oído. Creo que sucedería; eso no me libraría del rapapolvo que me echaría cuando estuviéramos solos, pero por lo menos tenía la conciencia tranquila sabiendo que mi novio me respaldaría ante mi hermano, incluso aunque no estuviera de acuerdo conmigo. Supongo. Creo.
Me rodeé la cintura con los brazos y extendí los dedos alrededor de mí en busca de protección, y sólo cuando las yemas de mis dedos entraron en contacto con el algodón de la sudadera, casi tan suave como la piel de quien la poseía, lo recordé: nuestro vínculo dorado, nuestro amor líquido y vivo que danzaba a nuestro alrededor. Ahora mismo estaba estirado, pero no por ello dejaba de conectarme con mi amado. Alec siempre me daba fuerzas, incluso en la distancia.
Incluso cuando creía que no tenía nada a lo que aferrarme y que estaba en caída libre, siempre tenía algo vivo y bueno bailando a mi alrededor, asegurándose de que estaba cómoda y a salvo, y, por encima de todo, nunca sola.
Seguí mirando a mi hermano, que continuaba despotricando ante lo descabellado de mi plan, como si estuviera seguro de que podían hacerme más daño del que yo creía. Puede que todavía no me hubiera hecho a la idea de todo lo que pasaría y de lo que me harían (o intentarían), pero tampoco es como si me fuera a meter en el programa mañana. Tenía tiempo para prepararme física y mentalmente para lo que me exigirían.
-¿Es que acaso te has vuelto LOCA?-bramó-. ¿Te parece que lo de reunir dinero como dos desquiciados para poder sacarme del contrato es un indicativo de que ese sitio te va a tratar bien? ¿Por qué COJONES quieres poner a mamá y papá en la tesitura de que sigan así para liberarte a ti también, Sabrae? ¿Es que no te das cuenta de que por ti pedirán más todavía, sabiendo que no podremos pagarlo porque estaremos endeudados hasta el cuello?
Y, aunque mis ojos estaban allí mismo, mi cabeza estaba en otra parte. Mis ojos miraban sin ver la habitación de Alec; tenía la mente flotando de nuevo en espacio hecho de la nada en el que sólo estábamos Al, el hilo dorado, y yo. Él estaba tan lejos que no podía verlo, pero la forma en que el hilo brillaba y danzaba mi alrededor, protegiéndome y cuidándome, era suficiente para saber que, si yo se lo pedía, él vendría. Me mandaría todas sus fuerzas incluso cuando estuviera agotado simplemente porque yo las necesitaba, porque me quería y porque estaría dispuesto a morirse de sed con tal de que yo me diera un baño fresquito en medio del desierto.
Estiré mentalmente los dedos en dirección a uno de los giros del hilo, que danzaba junto a mi cadera como lo harían las manos de mis hijos en un futuro. El hilo se retorció junto a las yemas de mis dedos, juguetón, pero no se resistió cuando cerré los dedos, e, imaginándome que tenía que retener a un semental salvaje, tiré con todas mis fuerzas hasta tensarlo.
Ayúdame, pensé en dirección al vínculo, cerrando los ojos en mi cabeza para concentrarme en la sensación cálida, líquida y sorprendentemente suave de mi vínculo con Alec junto a mi piel de mentira. Dime qué tengo que ver para encontrar la dirección.
El vínculo se mantuvo callado un segundo mientras Scott seguía llenándome los oídos. Esperé con paciencia, y el tirón de respuesta no tardó en llegar. Estoy aquí, me decía. Siempre estaré aquí. De pie, de rodillas, con las costillas rotas y el pecho abierto. Él siempre estaría ahí, y volvería de entre los muertos por mí.
De repente lo vi claro: la misma determinación con la que había tomado la decisión de defender a todas las chicas de las que pretendían aprovecharse, la misma rabia con la que había decidido que vengaría a Diana como más les dolería a quienes les había hecho daño que yo me vengara… toda ella era la misma rabia que había visto en los ojos de Alec mientras se lanzaba a por el chico que le había roto las costillas en un golpe ilegal. La misma rabia que había decidido que la descalificación no era compensación suficiente, sino que necesitaba una humillación y no sólo una victoria. Eso era lo que haría yo: cambiar las reglas del juego y demostrarles que, por mucho poder que creyeran tener, no había nada que pudieran hacer para detenerme.
Alec había vuelto de entre los muertos por mí: yo también podía beber de esa misma fuerza si lo necesitaba. Y, ¿qué mejor momento que ahora?
Puedes hacer lo que te propongas, nena, escuché a Alec decirme una vez más, como tantas otras, y sonreír por dentro un segundo antes de regresar a mi cuerpo y mirar a Scott con ánimos renovados. Él seguía gesticulando como loco, señalándome como si sólo la vehemencia de sus movimientos fuera a detenerme, fulminándome con la mirada como no le había visto hacer nunca y poniendo a prueba la potencia de sus cuerdas vocales como en pocas actuaciones había tenido que hacer.
-Quiero lo que tú tienes, Scott-espeté con una voz que no parecía la de la chica de hacía un minuto, pero que sentí como mía más que el aire de mis pulmones o la sensación de la ropa de Alec contra mi piel. El hilo había cambiado algo dentro de mí, y no tenía intención de volver a ser como antes. Ya no tendría miedo.
Fulminé a mi hermano con la mirada con una fiereza que hizo que se detuviera, evaluándome. Estaba a punto de revolverme, y los dos lo sabíamos. Había habido un cambio en la narrativa y las dinámicas de poder que él tenía pensado utilizar conmigo: yo ya no era la hermanita pequeña que ha hecho una travesura y que necesita urgentemente un rapapolvo de su hermano mayor.
Ahora éramos los dos hermanos mayores y teníamos un nuevo papel que cumplir. Los dos éramos artistas, los dos teníamos voces prodigiosas, y estábamos discutiendo nuestros legados y la mejor manera de ejercer el poder que nuestro talento nos concedía.
Me vi reflejada en los ojos de Scott, los ojos de mi madre, y vi la misma mirada decidida de Alec cuando se lanzó a por aquel pobre chico que, seguramente, le recordaría toda la vida. ¿Llegaría yo herida a la meta? Posiblemente. Pero llegaría. Sólo yo podía.
Scott rió por lo bajo, incrédulo, y negó con la cabeza.
-¿Así que se trata de eso? ¿Tienes celos, Sabrae? ¿De qué? ¿Crees que mi posición tiene algo de envidiable? Mira lo que le he hecho a nuestra familia. O lo que les he hecho a los demás-sacudió la cabeza-. Sé que siempre me has tenido en un pedestal, pero ya va siendo hora de que abras los ojos. Sabes que papá y mamá están más orgullosos de ti que de mí; yo no he sido más que una decepción constante para ambos.
-No vamos a discutir ahora de tus ideas erróneas sobre lo que papá y mamá piensan de ti. Tienes mucho que aprender a apreciar, Scott, pero yo no tengo tiempo de mostrártelo ahora. Y tampoco pienso quedarme sentada mientras tú me pones a vuelta y media por desear el altavoz que tú tienes. Esto que estás haciendo es típico de los tíos: estás tan acostumbrado a tus privilegios que ni siquiera eres consciente de que los tienes, así que ni te molestas en pensar en usarlos.
-¿Qué privilegio tengo, a ver? ¿El de haber jodido a mi familia? ¿El de hacer que mis padres trabajen como animales después de todo lo que se han esforzado por darnos una buena vida, y ponerlo todo en peligro por un caprichito que no sabía lo que nos iba a costar a todos? Al menos yo no soy egoísta como para saber el precio a pagar y, aun así, aceptar meterme en esta movida. Y no pensé que tú sí lo fueras, aunque supongo que me equivocaba contigo. La fama no merece lo que estoy pagando por ella.
-La fama, no. Además, ya la teníamos. ¿Te crees que no soy consciente de que el mundo entero me mira cada vez que salgo de casa? Recuerda que ya me cancelaron varias veces a lo largo de los últimos meses por haberme atrevido a tener un mal día. Recuerda que yo sé que tengo que comportarme siempre a la perfección porque, de lo contrario, no mereceré vivir.
-¿Y te parece que eso no es suficiente como para que no quieras mantener un perfil bajo?
Me reí con amargura.
-Papá me dio clases de canto desde muy pequeña para que pudiera cantar igual de bien que tú si es que tú heredabas su talento. ¿No crees que lo mejor que puedo hacer con eso es usar mi voz para exactamente lo mismo que tú? Que a ti te haya salido natural no quiere decir que tengas más derecho a vivir de la música que yo.
-¡Joder, Sabrae!-ladró, agarrándome por los hombros y sacudiéndome de un modo en el que Alec no le habría permitido ni de coña estando allí presente. Eso que ganaba mi hermano-. ¡Me importa tres cojones que lo que quieras sea cantar! ¡Joder, me encantaría que pudieras tener el mismo trabajo que yo! ¡Sabes que disfruté como nunca viéndote cantar con papá y que me moría por estar en el escenario de Wembley contigo! ¡Que quieras ser cantante no es el problema! ¿Quieres hacer un disco? Yo mismo te pagaré las sesiones de grabación en el estudio, te daré las demos que más te gusten de las que nos han ofrecido a CTS ya y todo lo que quieras! Dios, yo mismo te diseñaré el puto merchandising con tu cara bien grande para que se agote en cada puñetera tienda de este maldito país.
» ¿Quieres un disco con los mejores productores? Hecho. ¿Quieres las letras más profundas? Hecho. ¿Quieres una gira mundial en estadios? He-puto-cho, Sabrae. Puedes tener todo lo que quieras… salvo pasar por el puto programa del que salí yo.
-Eso no es tu decisión, Scott. Además, tampoco está bajo tu control.
Scott rió entre dientes.
-Te sorprendería lo que todavía puedo hacer.
-Así que sí sabes el poder que tienes, ¡lo que no te da la gana es compartirlo!-ataqué, aun sabiendo que era un golpe bajo pues no era verdad.
-¡Me cago en la puta, Sabrae! ¡Si tengo poder, si soy al que más siguen, es por mi cara y por mi voz, no por el puto programa! ¿¡Tengo que recordarte que quedé segundo!? ¡¡Y papá y One Direction quedaron terceros, y sin embargo nadie se acuerda de quién ganó su edición!!
-¡Se te olvida que papá y One Direction eran chicos! Vosotros jugáis con una ventaja que yo no tengo.
-¿Y qué me dices de Little Mix?-preguntó, cruzándose de brazos, y yo me mordí la cara interna de la mejilla por no darle una bofetada. Cabrón. Por supuesto que recordaba a Little Mix, y cómo, a pesar de haber quedado primeras siendo mil veces mejores que 1D, jamás habían tenido ni la centésima parte del éxito que habían tenido nuestro padre y sus compañeros de banda. Todo por el mero hecho de ser mujeres.
No habían dejado de ser víctimas de lo mismo que yo pretendía combatir, así que también me vengaría por ellas en cierta medida.
-Ganaron el concurso con actuaciones muchísimo mejores que las de 1D…-empezó Scott.
-Tampoco era muy difícil-repliqué, y él no pudo contener la sonrisa al pensar en las actuaciones que habían hecho nuestro padre y los demás hacía ahora 25 años. Si de algo podían presumir CTS era de que habían subido el listón muchísimo con respecto a 1D, colocándolo en el cielo cuando antes había estado prácticamente en el subsuelo.
-… y aun así nunca tuvieron ni la centésima parte del éxito que tuvieron papá, Louis y los demás. Ni juntas ni por separado.
-Pero tienen la validación de haber ganado el concurso. Nadie podía toserles en ese sentido, porque ellas demostraron lo que valían desde el minuto uno. No había comparación entre sus directos y los de 1D, incluso fuera del concurso. Eso es lo que quiero, Scott. Soy muy consciente de mi privilegio y de que empezar con giras en estadios, o cantar directamente en el estadio más importante del país incluso sin haber sacado ni una sola canción… o que mi puñetero nombre esté grabado en la placa de un Grammy es el epítome de lo que es ser una nepo baby.
-No hay nada de malo en ser un nepo baby.
-No para ti, que eres literalmente una fotocopia de tu padre.
-El condón debía de tener algún líquido que clonara el ADN-ironizó mientras ponía los ojos en blanco.
-En cambio, para el resto del mundo…
-Me importa tres cojones lo que piense el resto del mundo. Yo no elegí quiénes eran mis padres, pero estoy orgulloso de que lo sean. ¿Es que tú no?
-¡Por supuesto que sí! Aunque tengan sus momentos.
-Como todo el mundo-ironizó, y me dieron todavía más ganas de pegarle. Sí que lo fulminé con la mirada, pero él ni se inmutó.
-Lo que intento decir es que… para todo el mundo no seré más que una niñata consentida a la que se lo dan todo hecho. Ya se ha creado la narrativa de que no soy capaz de tratar bien a la gente cuando no me conceden alguno de mis caprichitos, así que no puedo simplemente coger y plantarme en el mercado con un disco producido por los mejores artistas del mundo y pretender que, en mi gira de estreno, no me ametrallen con tomates.
-¿Y entonces por qué coño dijiste que sí a cantar con papá 18 en Wembley?
-¡Porque no era lo mismo y el foco de atención no era yo! Mira, ¿sabes qué, Scott? Déjalo. Me da igual lo que me digas; voy a hacerlo y punto. Las chicas-las señalé con la mano- me dijeron que tú podrías ayudarme porque habías pasado por eso, y la verdad es que me sentía como la mierda ocultándote esto porque sabes que eres muy importante para mí. Eres mi hermano mayor-le recordé con la voz rompiéndoseme, pero Scott siguió fulminándome con la mirada como si me creyera capaz de ponerme a llorar a voluntad simplemente para darle lástima (ojalá; eso me lo haría todo mucho más fácil)-, y siempre he confiado en ti para que me ayudes y te pongas de mi parte en cosas que sé que a papá y mamá no les van a hacer gracia…
-¿Como cuando te emperraste en que querías hacer GAP a pesar de que eras literalmente una cría? ¿O cuando quisiste venir a pegarles la paliza a los que intentaron hacerle daño a Eleanor? ¿O cuando te follaste a uno de mis mejores amigos, al que casualmente odiabas y que también era el más promiscuo de…?
-No te atrevas a meter a Alec en esto-le advertí, una rabia nueva bulléndome por dentro. Que dijera lo que quisiera de mí, pero de Alec no le iba a consentir ni media palabra mala.
-¿O cuando decidiste drogarte para que te follaran entre cuatro para que no te dijéramos nada por perdonar a Alec por haberte puesto los cuernos?
-No se los puso-le recordó Jordan.
-¡Ya lo sé, Jordan, joder, mi punto no es ese!-bramó Scott mirándolo de reojo, y luego volvió la vista a mí-. ¿Así es como has confiado en mí para que te ayude? Llevas toda la vida haciendo lo que te daba la gana y saliéndote con la tuya con esa labia que tienes que claramente has heredado de mamá; no me vengas ahora con confianza fraternal y mierdas así, Sabrae. No me lo estás diciendo porque necesitaras descargarte conmigo; me lo estás diciendo porque crees que me voy a cabrear menos si me lo dices tú a si me entero por Mimi o por quien sea. ¿Te crees que soy gilipollas, Sabrae? Tengo tres años más que tú. Cuando tú vas, yo ya vengo de vuelta. Sabía que te pasaba algo, y de hecho me olía algo con el puto concurso, porque te crees que eres listísima y los demás retrasados perdidos y que no nos vamos a dar cuenta de cuando te pones a ver actuaciones de programas pasados para estudiar qué es lo que funciona y que no. Lo cual sería normal, si no fuera por tu obsesión con ver las valoraciones. ¿Creías que no me había dado cuenta de que las tienes anotadas en una libreta?
-¿Has estado revolviendo en mis cosas?-inquirí, incrédula. Como se hubiera metido en mi habitación a husmear, sería yo la que le echaría la bronca del siglo. ¿Cómo coño se atrevía? Yo siempre había respetado su intimidad, ¿creía que ser el hermano mayor le daba derecho a revolver mi vida para descubrir mis secretos, en vez de preguntármelos y dejarme decidir si se los confiaba?
-Te dejaste la libreta en el salón una noche-respondió impasible. Puso los brazos en jarras y se encogió de hombros-. Y llevas unas semanas tan rara que me tenías preocupadísimo. Pensaba que ibas a volver a las andadas: tienes tendencia a comportamientos bastante erráticos cuando las cosas no van bien, y con el estrés al que estamos sometidos con Diana y la sit…-se calló de repente, como si se hubiera dado cuenta de algo.
Como si el nombre de nuestra amiga fuera la palabra clave de un hechizo que llevaba intentando toda la vida realizar, y que finalmente funcionaba.
Su mirada cambió totalmente, antes la de un soldado ansioso por ganar la guerra para poder así volver a casa y reunirse al fin con su familia; ahora, la de un bombero que hará cinco turnos seguidos si hace falta con tal de rescatar a todos los heridos de un terremoto. Sus ojos volaron por toda mi cara, leyendo mis facciones, tratando de descubrir los secretos ocultos más allá de mi determinación y de mi ceño fruncido. Cualquiera diría que estaba contándome los lunares por el tiempo que se pasó con la vista saltando entre mis dos ojos y mi nariz, como si el oxígeno que estaba inhalando me estuviera volviendo loca, así que sólo podía deberse a que me había esnifado algo.
Entrecerró ligerísimamente los ojos, frunció ligerísimamente el ceño, encajando las piezas lentamente para asegurarse de que no forzaba nada.
-Necesito la influencia del programa para demostrar mi valía-dije. Salirme por la tangente era la única forma de no descubrir el secreto de Diana. Nos había pedido que no le dijéramos nada a Tommy, así que Scott, por extensión, tampoco podía saberlo. Estaba demasiado cerca de él, y se preocupaba también tanto por ella que seguro que Diana, de haber estado un poco más lúcida y un poco menos rota, nos habría pedido que no le dijéramos nada a mi hermano tampoco.
Porque mantener un secreto que Tommy no debía saber también implicaba que no lo supiera Scott.
-¿Qué influencia, Sabrae?-espetó mi hermano, volviendo de repente en sí. Tuve que contener el suspiro de alivio por haber conseguido distraerlo-. El mayor empujón que puedes necesitar, y que ya tienes, es nuestro apellido. A no ser que te quieras meter en el programa por…-continuó, y yo quise abofetearme por haber sido tan tonta como para subestimar a Scott. Como si él fuera imbécil y lo fuera a dejar pasar.
-Scott, yo no soy tu hermana de verdad-repliqué a toda velocidad antes de poder frenarme. Casi pude ver a Alec sentado al borde de la cama con los brazos cruzados levantar la cabeza y soltar una carcajada al aire. Vaya, Saab, qué sutil la jugada, me diría, y yo tendría que sisearle que se callara.
Un silencio que se instaló en la habitación sin que yo lo pidiera, por cierto. Varias de mis amigas (creo que Mimi y Taïssa) cogieron aire, igual que Jordan, los tres acusando el golpe. Scott, sin embargo, se acercó más a mí.
-Cómo cojones te atreves…-rugió por lo bajo en un tono que me produjo absoluto terror.
-Si Alec te oyera-dijo Jordan, y yo lo miré.
-Alec no está aquí-le recordé. Puede que, si estuviera, nada de esto hubiera pasado. Quizá habría ido conmigo a Nueva York, habríamos podido vigilar a Diana, y no sabríamos la extensión de la crueldad del contrato que ataba a mi hermano.
No estoy diciendo que fuera culpa suya, ni mucho menos. Sólo que… bueno, cuando estaba con él las cosas iban mejor. No ocurría ninguna desgracia, y todo el mundo estaba más tranquilo, como si su mera presencia bastara para amansar a las más fieras.
-Y no lo digo renegando-añadí, de nuevo los ojos sobre mi hermano-. Yo no heredé nada de papá. Tengo todo por demostrar. Todo. El programa es la oportunidad perfecta de poner de nuevo al público de mi lado. Sabes que he crecido siendo la consentida del fandom, pero ahora hasta las Zquad se están volviendo en mi contra por cómo han destruido mi imagen pública. Sólo luchando como lo habéis hecho Tommy, Diana, Layla, Chad y tú lograré que vean que me merezco el amor que me profesaron durante tanto tiempo.
Scott se pasó la mano por la mandíbula, dio un paso atrás y juntó las manos frente a su vientre. Me observó largo y tendido, midiéndome de nuevo, y yo me quedé quieta, esperando haberlo convencido.
-Hay algo más-dijo por fin, y se me dio la vuelta el estómago. Cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y me taladró con los ojos de mamá. Unos ojos acostumbrados a encontrar el mejor argumento para ganar la discusión, a distinguir la imitación de la obra de arte real, por muy buena que fuera la primera, casi casi de un simple vistazo-. Tiene que haber algo más. Contigo siempre hay algo más, Sabrae.
Suspiré y negué con la cabeza.
-Scott…
-Tiene que ser el programa-murmuró. Asintió despacio con la cabeza y bajó la mirada-. Tiene que ser el programa-repitió aún más bajo.
Jordan nos miraba a Scott y a mí alternativamente, así que le recorrió un escalofrío cuando S levantó la vista y, en lugar de mirarme a mí, miró a Mimi.
-Mimi-dijo, y Mimi retorció la falda de su vestido de lana justo sobre su regazo cual vaquera que intenta parar a su caballo para que no salga al galope al escuchar un disparo-, dime que me contaste todo lo que sabías-casi suplicó Scott, y Mimi se mordió los labios y se le humedecieron los ojos. Scott se relamió los suyos y volvió la vista de nuevo a mí-. No te vale otro programa, ¿a que no? Tiene que ser el programa-añadió cuando yo negué despacio con la cabeza-. Pero no es por el programa.
-De ese programa saliste tú. Y papá…
-Papá fue a The X Factor, no a TTG. TTG ni siquiera existía. Y la dinámica no es la misma. No-exhaló una risa por la nariz-. No. Tienes que ir al programa, a ése y no otro, porque quieres vengarte.
El suelo cedió bajo mis pies, el mundo titiló de color negro un instante y mi corazón empezó a martillearme en los tímpanos.
-Eso no…
-No soy subnormal, Sabrae. Hacía mucho que no te veía esa mirada, pero… sí. Ya me acuerdo. La última vez que la vi… fue cuando Layla nos confesó que su novio le pegaba.
»Cosa que es evidente que no pasa ahora, así que…-Scott entrecerró de nuevo los ojos y se relamió el labio, como si ya pudiera saborear la victoria con la que sin duda contaba. Cambié el peso de mi cuerpo de un pie a otro, obligándome a mantener la expresión más neutral posible a pesar de que sabía que estaba a nada de descubrirme, si es que no lo había hecho ya.
No sabía cómo iba a explicárselo a Diana, o si ella me perdonaría. Ni siquiera sabía si me perdonaría yo. Tendría que haber sido más lista y no haber subestimado a mi hermano como lo había hecho. Sólo me quedaba rezar para que lo ocupados que estaban mis padres impidiera que se dieran cuenta de lo que me traía entre manos.
-Tiene que ser Diana-dijo por fin Scott, y sus ojos pasaron de mí a Mimi, a la que sentí, más que vi, estremecerse y revolverse en su asiento, incómoda. Me la imaginé bajando la mirada, una confirmación involuntaria de las sospechas de Scott. Seguro que no estaba acostumbrada a guardar secretos así (¿quién lo estaba?), y su carácter tranquilo y pacífico no llevaba bien que la hubieran pillado en un renuncio como este. La timidez no casaba bien con las mentiras, porque la vergüenza de que te descubran resulta devastadora. Scott parpadeó con los ojos puestos en Mimi, y luego los posó en mí de nuevo-. Habéis cambiado en cómo la tratáis todas desde el día que os pedí que os quedarais cuidándola para que Tommy pudiera tomarse un respiro…-reflexionó. Se mordió el piercing y su mirada se desenfocó un momento mientras se perdía en sus recuerdos-. Eleanor está mucho más pendiente de ella-miró de nuevo a Mimi, que tomó aire sonoramente y carraspeó.
La mirada de Scott se endureció de nuevo. Fue un cambio sutil que pasaría desapercibido para cualquiera que no le conociera como yo lo hacía, pero lo bueno de que fuéramos hermanos y que él tuviera tanta facilidad para leerme era que yo también podía leerlo a él muy bien. En sólo un segundo ya se estaba replanteando todo lo que sabía: repasó rápidamente su paso y el de los demás por el programa, los altibajos, las peleas, el distanciamiento injusto con Diana cuando ella, Zoe, Scott y Tommy se encerraron en una habitación de hotel y se acostaron los unos con los otros, poniendo la relación de Scott con Eleanor en el mayor aprieto que tendrían que pasar nunca en tan pocos meses desde que la habían iniciado…
A mi hermano le cambió la cara cuando se dio cuenta de que, alejando a Diana de ellos, habían permitido que otras personas se aprovecharan de ella. Por supuesto, todos sabían lo mucho que le gustaba pasárselo bien a Diana, y no era ningún secreto para nadie que muchas veces las drogas formaban parte de la ecuación en sus noches, pero en aquel entonces ni Scott ni Tommy sabían de la verdadera magnitud del problema de nuestra amiga. Era fácil ser injusto consigo mismo en retrospectiva, pero no era eso lo que Scott necesitaba ahora. Ya se fustigaría cuando estuviera solo en su habitación, digiriendo todo lo que había descubierto hoy.
Ahora se trataba de defender a Diana y de protegerme a mí de correr la misma suerte que ella.
Sus ojos se enfocaron de nuevo en mí, una rabia silenciosa tiñéndolos de un color acerado.
-¿Qué cojones le hicieron en el programa?-preguntó con voz glacial, de ira contenida. Escuché un grito ahogado de sorpresa de alguna de mis amigas, aunque nunca supe quién lo había exhalado. Mimi sorbió por la nariz, giró la cara y negó con la cabeza. La mirada de Scott se desvió un segundo hacia ella, pero luego se centró otra vez en mí. Quería que le dijera lo que le habían hecho para asegurarse de que entendía a lo que pretendía exponerme. Sólo si yo lo decía en voz alta sería capaz de persuadirme de que era una puta locura lo que me proponía hacer.
Me mordí el labio y negué con la cabeza.
-Scott…
Scott dio un paso hacia mí, de forma que tenía su pecho pegado al mío. Mirándome desde arriba, se inclinó hacia mi cara como un sargento que pretende sermonear a un cadete recién llegado que, aparentemente, siente un desprecio total y absoluto por la cadena de mando. No durarás ni cinco segundos en el ejército con esa actitud, mierdecilla.
-Dime qué cojones le hicieron
a Diana-exigió con un rugido en su tono más peligroso: su tono de “soy tu
hermano mayor y tienes que obedecerme”. Ese tono activó una respuesta ancestral
en mí contra la que no fui capaz de luchar: sólo me quedaba que Eleanor y Mimi,
que también eran hermanas pequeñas y sabían lo autoritario que puede resultar
tu hermano mayor, me excusaran ante Diana, que no me perdonaría por haber
revelado así su secreto al no entender la intensidad de la lealtad y el respeto
que Scott me inspiraba, pues era hija única.
Sólo esperaba que Diana pudiera perdonarme. Ojalá entendiera que me había resistido todo lo posible y que casi me aplasta el peso de la responsabilidad de su secreto… pero hay cosas contra las que simplemente no se puede luchar.
-Abusaron de ella-dije con un hilo de voz apenas audible. No obstante, la habitación estaba tan en silencio que todo el mundo me escuchó. Jordan soltó un bufido y un suave “joder…”, se pasó las manos por la cabeza y se nos quedó mirando a Scott y a mí, tan pegados el uno al otro que no podíamos no respirar nuestros alientos, y sin embargo tan lejos como nunca lo habíamos estado.
Scott tragó saliva y la nuez de su garganta subió y bajó en una promesa silenciosa y trascendental.
-¿Qué le hicieron?-quiso saber, y yo negué con la cabeza. Como si eso importara. Era la típica pregunta que haría un hombre; incluso cuando estuviera lleno de ira por el dolor ocasionado a una chica que quería, los detalles eran esenciales, como si en función de la afrenta el enfado debiera ser de una forma u otra.
Una mujer, en cambio, jamás pediría esos detalles. Daba igual los extremos a los que hubieran llegado: era más la humillación, el dolor de saber que tus límites inamovibles eran negociables (o incluso inexistentes para algunos) lo más doloroso de todo. Sentirte vulnerable, ser un muñeco en manos de alguien ansioso por romperte…
-Sabrae.
-No lo sé. ¿Acaso importa hasta dónde llegaran?-pregunté, y Scott me miró con el ceño fruncido y asintió con la cabeza. Tenía sentido si lo pensaba fríamente, pues también en los juzgados la pena era acorde al delito cometido. Aun así… él no entendía en qué estado nos lo había confesado Diana. La magnitud de lo que le habían hecho era la menor de mis preocupaciones cuando finalmente se abrió para nosotras-. No se lo pregunté.
-Sólo nos dijo que le habían hecho eso-añadió Mimi, y Scott la evaluó-. No se nos ocurrió que tuviéramos que saber todos los detalles, y el estado en el que estaba…
-Estaba muy mal, Scott.
-Sé el estado en el que está. La veo todos los días, Sabrae-me recordó, y yo me mordí la lengua. Tenía razón en echarme eso en cara; me había obsesionado tanto con mi vendetta que la había descuidado bastante. Claro que creía que Didi entendería eso: sólo la perfección me llevaría hasta mi objetivo.
-Le daban drogas a cambio de…
Scott se separó de mí y se pasó una mano por el pelo, la otra mano en la cintura. Se puso frente a la pared y negó con la cabeza.
-Ya me imagino-dijo simplemente, rabioso, y sacudió de nuevo la cabeza. Dejó caer la mano que tenía en la cabeza y se volvió hacia mí-. Y tú pretendes vengarla-añadió, y yo asentí con la cabeza. Jordan bufó en el sofá, se inclinó hacia delante, los codos apoyados en las rodillas, y se tapó la cara con las manos.
-Joder… Alec me va a matar.
-¿No crees que eso es algo que le corresponde a ella?-preguntó Scott con las cejas arqueadas, y antes de que yo pudiera malinterpretar sus palabras como si le estuviera quitando algo que por derecho le pertenecía a Diana, Scott se mordisqueó el piercing y se apresuró a añadir-: tiene una herida que sólo ella misma puede sanarse buscando la justicia que se merece.
-Ella no está bien, así que yo lo haré por ella.
-¿Es que te lo ha pedido?
-Scott-le pedí, y él puso los ojos en blanco-. Diana no sabe nada de esto. Nadie sabía nada de esto, sólo…
-Déjame adivinar: ¿es yo pero en chica y más joven?-inquirió, y yo asentí con la cabeza. Se rió con amargura-. Joder, voy a matar a Shasha. Me juró sobre sus dramas japoneses que no sabía lo que te pasaba.
-¿Le preguntaste por mí en vez de preguntarme a mí directamente?
-Sabía que tú no me ibas a decir la verdad y la otra vez nos funcionó. Quizá si no te cerraras tanto en banda no tendríamos que recurrir tanto a Shasha-dijo, encogiéndose de hombros.
-¡Vete a la mierda! No tenías ningún derecho a poner en un apuro a Shasha.
-Ahí estás equivocada, chavalita: yo no he puesto en ningún apuro a nadie. Has sido tú solita la que te has metido en esta movida, y la que ha arrastrado a Shasha contigo.
-Bueno, pues ahora tú también estás en el ajo-dije, cruzándome de brazos-. Todos vosotros, en realidad-añadí, y me giré hacia atrás para mirar a mis amigas, que representaban los distintos estados de sorpresa que puede experimentar una persona con sus expresiones. Amoke alzó las cejas de manera que formaron una montañita en su ceño y levantó un pulgar tembloroso. Creo que ella le tenía miedo a Scott por las dos en ese momento.
-Ya. ¿En qué ajo, exactamente? ¿En el de meterte en el concurso que le hizo daño a Diana para demostrar… qué? ¿Que tú eres más fuerte que ella? ¿Más lista?
-Es la única oportunidad de darles donde más les duele, Scott.
-¿No tengo yo más influencia ahora que tengo una carrera, que una chiquilla que, vale, como tú dices, lo único que ha hecho en la vida de momento es ser “hija de”? ¿Por qué coño no puedes pasar del concurso y establecerte directamente en la música y luego superar a esos hijos de puta?
-Porque no quiero superar a esos hijos de puta. Quiero quitarles todo lo que tienen-respondí, irguiéndome y levantando la mandíbula-. Quiero que intenten hacerme daño y que no puedan, quiero meterme en el programa y ganarlo, poner al público en su contra y que no puedan hacer nada mientras me convierto en la que mueve los hilos. No es sólo por Diana; es por todas las chicas que no tienen la protección de un apellido como el de Diana y que están todavía más sometidas que ella. Es por todas las chicas que se ponen en manos de los abusadores y a las que nadie cree. A mí sí me creerán cuando hable, Scott.
-¿Entonces el plan es que te violen y contarlo?-ladró mi hermano, y Jordan se puso en pie, alarmado.
-No me van a tocar un pelo de la cabeza. Creerán que soy su muñequita, pero seré yo la que juegue con ellos.
-No pienso permitírtelo-sentenció Scott, lanzado el dedo índice hacia el suelo, y yo me reí.
-No puedes impedírmelo-repliqué.
-No. ¡Eres tú la que no puede impedirme a mí que te pare los pies! ¡Estas… ansias de libertadora tuyas…! ¿¡Qué cojones te hace pensar que no te harán lo mismo que a Diana!? ¿Que eres más lista? ¿Más espabilada que ella? ¡También estarás más sola! ¡No habrá nadie protegiéndote, Sabrae!
-¡Es que no voy a llegar a ponerme en esa situación, Scott! Yo sé que mi apellido no sólo no me protege, sino que me hace todavía más apetecible para los abusos. Meterme en el programa y hacerme con el control es la única manera de conseguir que se haga justicia con Diana y que esta rueda pare de una vez por todas. ¿Crees que sólo ella es la víctima? ¿Que no se lo habrían hecho a Eleanor de haber tenido la ocasión?
Scott se rió con amargura.
-No tienes ni puta idea de lo que pasa allí dentro y vienes a darme lecciones. ¿Qué te hace pensar que serás capaz de ganarles en su propio juego?
-Que me subestimarán, igual que lo ha hecho todo el mundo. Me han visto actuar, pero con canciones que ya dominaba y que no me supusieron ningún reto. Además, ya sabes que me desean, Scott. Quieren que vaya porque no pueden resistirse a tener a otra generación de hijos de 1D en su programa. Me invitaron a participar en esta edición, ¿recuerdas? Tengo a mi favor: que quieren tenerme, así que soy yo la que tiene el poder. Seré yo la que mande. Además, aprendo rápido. Jugaré su juego mejor que ellos antes siquiera de que se den cuenta de que estoy en la partida. Son tan arrogantes que seguro que piensan que soy incapaz de meterme en la partida-me reí, y Scott sacudió la cabeza y se mordió el labio.
-¿Y cuál se supone que es mi papel en todo esto? Aparte de callarme como un hijo de puta y no decirles nada a papá y mamá de que tienes pensado destrozarte la vida porque me has hecho jurar que no les diría nada.
Tiré de las mangas de la sudadera de Alec y me cubrí de nuevo los puños con ellas. Era ahora o nunca, pensé.
-Enséñame. Cuéntame cómo va el programa. En qué tengo que fijarme, qué ignorar. A quién impresionar y de quién pasar olímpicamente. Dime todo lo que nadie más puede decirme para asegurarme ganarlo, S.
Scott rió con amargura.
-Yo no lo gané, acuérdate. Para eso tienes a Eleanor. No; no quieres que te enseñe a ganarlo, quieres que te dé mi bendición y que te diga que lo estás haciendo genial, Saab. Que te diga que estoy orgulloso y que lo vas a hacer de puta madre y que no va a salir mal, pero, ¿sabes qué? Que sería un hermano mayor de mierda si dejara que mi hermanita pequeña se metiera en esto ella sola, y un auténtico hijo de puta si encima te aplaudiera.
Se me rompió el corazón en pedazos tan pequeños que creo que nunca sería capaz de terminar de recogerlos todos. Scott jamás me había dado la espalda ni me había decepcionado. Yo había cumplido mi parte: había dejado que me riñera y había aguantado sus gritos con estoicismo, así que ahora le tocaba a él.
Que no quisiera pasar por el aro aun sabiendo por qué yo había tomado la decisión que había tomado me hacía sentir herida y traicionada. Éste no era el momento para que Scott empezara a decepcionarme.
-¿Ni siquiera vas a pensártelo?
-No tengo nada que pensarme. No me pidas mi bendición para que mi hermana se inmole en prime time-Scott sacudió la cabeza-. Ése es mi trabajo. Soy el primero por algo.
-Para marcar el camino, sí. Pero no será el mismo para ninguna de nosotras que para ti.
-¿Y eso por qué?-inquirió. Levantó la mandíbula, retador, y me miró desde abajo, haciéndome sentir pequeña y malherida. No me des la espalda.
Sentí un tironcito en el
estómago: el hilo dorado tiraba de mí, reclamaba mi atención, me recordaba que
no estaba sola.
Escuché a Alec en mi cabeza, mirándome desde abajo mientras sonreía. Esto no se acaba hasta que no suena el ring, nena, me dijo. Y yo me di cuenta de que había estado a punto de tirar la toalla.
No podía permitírmelo, y Diana aún menos.
-Porque no tienes ningún hermano-respondí con una calmada determinación que no quería que confundiera con osadía. Tenía valor, no ganas de inmolarme. Demostraría mi valía de formas seguras, me haría con el control de forma calculada, y le prendería fuego a todo sabiendo que a mí las llamas no me harían nada, pues estaba hecha de escamas y carne ardiente y garras y dientes y alas. Me convertiría en un dragón al que nada ni nadie podría derrotar-. Sólo hermanas. Para nosotras es más peligroso.
Scott parpadeó.
-Mi camino no es el tuyo, pero sólo tú tienes la llave para conseguir lo que quiero hacer, S. No me basta con ganar para destruir el programa; tengo que hacer lo que tú hiciste. Porque, aunque sea Eleanor la que tiene el trofeo en su casa y las ventajas del primer puesto, todos sabemos, incluida ella, que el verdadero ganador del programa eres tú. Sólo tú podrías hundirlos con sólo proponértelo; por eso te han puesto un precio tan alto, para que les tengas miedo y no te des cuenta de que ellos están aterrorizados contigo.
Mi hermano parpadeó, pensativo.
-Yo no sólo quiero ganar el concurso. Bueno, no es que lo quiera, sino que lo necesito porque soy una mujer. Pero también quiero conseguir lo que sea que conseguiste tú. Porque tú ahora no puedes hacer nada, pero, ¿si yo entro al programa? ¿Si consigo lo que tú conseguiste? No desaprovecharé esa oportunidad. Te lo prometo.
Le cogí una mano entre las mías y le acaricié el dorso con el pulgar. Scott bajó los ojos hasta el punto en el que le tocaba, escuchando.
-Me encontraste para esto. Llevas dándole sentido a mi vida desde que me encontraste. Es normal que te necesite; llevo haciéndolo desde que nací. Y cada día que pasa y más pienso en ello, más me doy cuenta de que todo ha pasado como tenía que pasar. Papá me dio clases de canto, mamá me educó en feminismo, mandaron aquí a Diana… yo puedo romper la rueda. Soy la única que puede, porque soy su hija… y también soy tu hermana.
»Lo que a ti te sale natural, a mí tendrán que enseñármelo. Y sólo puedes hacerlo tú.
Sus ojos volvieron a los míos, los ojos de mi madre en la cara de mi padre. Las tres personas más importantes de mi vida, las que me habían convertido en quien era, unidas en una sola persona, la que siempre había sido mi guía.
-Además… sé que todavía queda un tiempo y que tenéis que disfrutar el uno del otro, pero… piensa en cuando Eleanor y tú tengáis hijas. Me niego en redondo a que por lo menos no me des una sobrinita. Y piensa en a qué querrá dedicarse ella. Puede que no sea cantante, sino diseñadora o actriz. Pero los dos sabemos que se moverá por este mundo, porque es lo que va a aprender desde la cuna-le puse una mano en la mejilla-. Sólo yo puedo impedir que tus hijas crezcan en un mundo en el que te estarás preguntando constantemente si les habrán hecho algo malo cada vez que se queden a solas con un ejecutivo. Lo que le han hecho a Diana no es sólo por placer y por poder, sino también una prueba. Quieren ver si pueden alcanzarnos, y creen que sí. Sólo yo puedo revertir eso, S.
Scott torció la boca, inhaló y exhaló, y me puso una mano en la muñeca. Inclinó la cabeza ligeramente hacia mi mano, como si quisiera fijarse la huella de mi mano en su piel, y luego la apartó.
Debió de ver lo herida que me sentí cuando me separó de él, porque dijo en voz baja:
-Me lo pensaré.
-S, te necesito. No puedo hacerlo sin ti-susurré, dando un paso hacia él y salvando la distancia que nos separaba. O por lo menos toda la distancia que me permitió salvar-. Eres la pieza que me falta.
Scott negó con la cabeza, me cerró la mano en un puño y me acarició los nudillos con su pulgar.
-Siempre has tenido el extraño don de subestimarte y sobrevalorarte muchísimo, todo a la vez. No sé si me necesitas, Saab. Hace tiempo que me pregunto si lo haces. Yo no te encontré; fuiste tú la que nos encontraste a nosotros, así que tú no nos debes nada, y nosotros, todo.
Se me anegaron los ojos.
-Yo no lo siento así…
-Lo sé. Cada uno lo siente de una manera, pero creo que en esto el que tiene razón soy yo. Eres mi hermana pequeña-me puso una mano en la mejilla y me acunó el rostro, rozándome la sien con el pulgar-. No puedes pedirme que te arroje a los leones tan feliz.
-No lo sientas como que me arrojas a los leones. Piensa que lo voy a hacer sí o sí-le cogí la mano y le lancé una mirada suplicante con la que traté de convencerlo de que esto era lo que quería: que me ayudara-. Sólo tus consejos me darían la confianza necesaria para no dudar-ahora lo veía. Dos cabezas piensan más que una, cuatro ojos ven más que dos, y cuatro manos también trabajan más rápido-. Partir desde lo que yo sé es salir desde el campamento base al pie de la montaña, pero si tú me ayudas, S, estaría despegando desde la cima, y el techo ya no serían las nubes, sino las estrellas.
Scott me miró con tristeza y una sonrisa triste que no le llegó a los ojos.
-Te encantaba cazar las nubes cuando eras un bebé. Era yo el obsesionado con las estrellas.
Se relamió los labios y sacudió despacio la cabeza. Parpadeó deprisa, quizá para enjugarse las lágrimas y que yo no viera que le dolía tener que decirme que no.
-Tengo que pensármelo-finalmente, me soltó-. Necesito unos días para darle vueltas.
-Pero, S…
-Es lo más que puedo darte, Sabrae. Tengo que pensar. Tengo que hablarlo con Tommy y con Eleanor. Es arriesgado; muy, muy arriesgado, y… no puedo fallar contigo. No quiero fallar contigo. Quiero tomar la decisión correcta-se inclinó a darme un beso en la frente-. Todavía no estoy dispuesto a arriesgarte, por mucho que mis hipotéticas hijas pudieran agradecérmelo. Creo que me perdonarían si no lo hago.
Jordan se frotó las palmas de las manos contra los pantalones y exhaló un suspiro.
-Voy a hacerlo, S-le aseguré, aunque ya no me parecía algo tan seguro o inamovible.
Scott se relamió los labios y se mordisqueó el piercing.
-No. Creo que, si te has dado cuenta de que me necesitas y yo no te ayudo… creo que hay una posibilidad de que no lo hagas, Sabrae-dijo con cansancio; era como si la conversación hubiera durado diez años. Me quedé mirándolo mientras daba un paso atrás, marcando todavía más la distancia entre nosotros, que yo empezaba a sentir como un abismo, y me envolví en la sudadera al notar el frío de la habitación a mi alrededor. Tenía dientes, y también hambre, y yo era su comida preferida.
-Además…-añadió tras mirar a Jordan-. También está Alec.
Se me paró el corazón.
-¿Qué pasa con Alec?
-Creo que no me lo perdonaría, haga lo que haga. Si no te ayudo, no me lo perdonará por haber dejado que lo hicieras sola en lugar de haberte convencido para que ganaras el concurso cuando él estuviera aquí y pudiera verte desde la primera fila. Y si te ayudo… tampoco me lo perdonará por no habértelo impedido. Claro que creo que él entenderá que yo no era el que podía impedírtelo-comentó, pensativo, y miró de nuevo a Jordan, que asintió con la cabeza y luego se encogió de hombros. Sentí que una conversación silenciosa se mantenía ante mis ojos, y me pregunté entonces si Scott no sería capaz de hablar en silencio con quien se propusiera, y no sólo con Tommy, igual que yo me entendía con Alec con sólo mirarnos.
Supe de sobra a qué se refería, y me aparté un mechón de pelo de la cara frotándomela con el dorso de la mano, todavía escondida en el puño de la sudadera con el apellido que no me importaría adoptar.
-Alec no está aquí para impedírmelo.
-No-respondió Scott, y me miró de nuevo-, pero puede venir. No sería la primera vez.
Me di cuenta entonces de que no todo estaba tan decidido como yo pensaba, sino que pendía de un hilo dorado, líquido, que se movía y estaba vivo. Y de que la persona que estaba al otro lado no viniera y me convenciera de que aquello era una locura y que no debía ponerme en peligro así.
Asustaba la manera en que estaba dispuesta a dejarlo todo si Alec me lo pedía, aunque tenía el consuelo de saber que también era al revés. Catatónica, rumiando todo lo que Scott y yo nos habíamos dicho, me despedí de mi hermano y de Jordan casi como en un sueño. Los vi salir por la puerta como en la película de un cine cuya puerta había abierto sin querer, y los escuché despedirse de Annie y disculparse por no quedarse a cenar como quien escucha la radio del coche de al lado en un atasco de la autopista.
Bastó una mirada de Mimi para que entendiera que no quería bajar a cenar, pero tampoco que me dejaran sola. Se levantó con la gracilidad que llevaba años perfeccionando y que yo, por mucho que me esforzara, jamás podría imitar en tan poco tiempo como unos meses, y se fue a preparar la cena en unas bandejas para comernos en la habitación de Alec.
En cuanto Mimi salió, me giré hacia las chicas, las miré, me envolví con los brazos y me eché a llorar. No quería que mi misión se terminara antes de empezar, pero no sabía si podría continuar sabiendo que no tenía el apoyo de Scott si finalmente él no me lo daba. Y si encima le pedía a Alec que viniera para que me convenciera de no hacer nada… le echaba tanto de menos que creo que estaría dispuesta a dejar que otros se hicieran cargo de mis asuntos incluso cuando sabía que eran mi deber.
Taïssa, Kendra y Momo estuvieron a la altura: se acercaron a mí, me rodearon con sus brazos, me metieron en la cama, me pasaron pañuelos y se aseguraron de que comía mientras yo, en mi shock, trataba de descubrir si tenía el corazón roto, o si el agujero en el pecho simplemente se debía al vacío que sólo dejan las promesas rotas. Las chicas se pusieron sus pijamas y se metieron conmigo en la cama, turnándose para acariciarme la espalda y susurrarme palabras de consuelo hasta altas horas de la madrugada.
Fue la única vez en que ninguna chica que no fuéramos Mimi o yo durmió en la cama de Alec.
Y también fue la primera vez en que yo no le mandé un videomensaje de buenas noches a Alec mientras él estaba en el voluntariado.
Me revolví en el asiento mientras tiraba de las mangas de la sudadera de boxeo que Alec me había dejado en herencia. Aunque no podía sentir en la espalda el WHITELAW 05 por el que tanto nos habíamos peleado Mimi y yo, quería pensar que la fuerza del apellido de la persona que más me importaba en el mundo conseguiría traspasar la tela y mi piel y llegar hasta mi corazón. Iba a necesitar toda la ayuda posible, a juzgar por cómo Scott me fulminaba con la mirada desde que había salido del baño.
La intensidad con la que me había taladrado con los ojos de mamá, esculpidos por obra y gracia del destino en el cuerpo de papá en una mezcla perfecta de las dos personas que yo no quería que supieran bajo ningún concepto lo que yo me traía entre manos, había sido suficiente para que me temblaran las piernas y supiera que de allí no saldría viva si no le daba a mi hermano exactamente lo que quería. Y sólo había sido capaz de posponer el momento para tratar de pensar en cómo contarle mi plan de forma que no le pareciera lo más bizarro que se me había pasado por la cabeza (una cabeza con imaginación desbocada, tenía que reconocerle) pidiéndole que nos dejara a las chicas y a mí adecentarnos un poco. Desnudarme delante de mis amigas era una cosa; desnudarme delante de mi hermano, otra, y con ésta también estaba cómoda, pero desnudarme física y emocionalmente ante mi hermano era demasiado para hacerlo ahora que tenía la cabeza tan embotada. La ansiedad amenazaba con quemarme viva por dentro, y sólo la desesperación que Scott notó en mi mirada bastó para aplacar un poco su ira ante lo que no sabía a ciencia cierta, pero seguro sospechaba, y aceptar que me tomara un momento para secarme y vestirme.
Supongo que la noche de chicas con mis amigas y Mimi tendría que esperar, por lo menos una horita o dos, hasta que Scott se diera por satisfecho con la jugada de póker a la que nos enfrentábamos. Yo me había vestido en consecuencia: a la sensación del suelo cediendo bajo mis pies siempre la aplacaba la prenda por excelencia de mi novio, la que más gritaba que yo era suya y que él era mío.
Ojalá no fuera a la batalla y sólo estuviera a punto de atravesar un campo de minas para conseguir un puerto franco. Pasara lo que pasara, lo cierto es que, a falta de los dedos grandes, cálidos y seguros de mi salvador entre los míos, lo único que me daría un poco de consuelo en esta tempestad era su sudadera.
Puede que fuera una buena señal que Scott hubiera esperado a que me vistiera para acceder a esa habitación en la que tantas veces había pasado la noche, riendo y bebiendo y llorando y mirando las mismas estrellas por la misma claraboya por la que lo habíamos hecho Alec y yo, cuando los dos estaban aprendiendo lo que era ser hombres mientras todavía eran niños. Puede que no estuviera todo perdido. Puede que la habitación nos trajera buenos recuerdos y nos aplacara a ambos, que éste fuera un territorio neutral en el que se negociaría la paz y no las armas permitidas.
O eso había pensado yo, hasta que me di la vuelta, miré a mi hermano y vi que había hecho bien en vestirme como lo había hecho. Después de todo, a sus ojos yo era una joven nación peligrosa a la que no le importaba inmolarse con tal de tener la razón.
Sí que iba a necesitar mi armadura de algodón y olor a mi él para sobrevivir a la batalla. La victoria ya estaba más que perdida.
Scott se frotó las manos, se apoyó los codos en las rodillas separadas y se inclinó hacia delante, los ojos fijos en mí igual que los de un depredador sobre su presa. Cuántas veces Alec me había mirado así y yo me había regodeado en la misma determinación, cuántas veces me había encantado ver en unos ojos castaños lo que ahora me aterraba en color avellana.
Se me pasó por la cabeza lo increíble que era que mi hermano y mi novio me inspiraran emociones tan distintas haciendo las mismas cosas en puntos muy cercanos de la habitación, pero incluso en la ubicación tenía que haber diferencias: Alec siempre estaba en la cama; Scott jamás se acercaría a ella. No porque fuera territorio prohibido, no porque yo fuera a impedírselo, sino porque no era algo a lo que estuviera acostumbrado.
Todos tenemos una versión única y propia de las personas con las que nos encontramos, y ahora, por primera vez, era consciente de que incluso Alec era distinto para sus amigos que para mí. Incluso aunque el Alec de Jordan se pareciera muchísimo al mío no eran el mismo, y las pequeñas diferencias se hacían más evidentes a medida que tomabas distancia, como las luces cegadoras de las farolas frente a tu habitación que son apenas puntitos indicándote el camino a casa cuando te embarcas en un avión, y nada más que un átomo del inmenso clúster radiante que dibuja tu capital desde la Estación Espacial Internacional.
Mis amigas encontraron en el columpio que Alec había instalado en la habitación antes de irse, el puff en el que a veces dormitaba leyendo y la silla del escritorio de Alec el asiento que necesitaban. Todas estaban frente a frente con Scott, y aunque la postura también servía para guardarme las espaldas y hacerme sentir protegida, ni por un segundo se me ocurrió que fueran a ponerse de mi parte si mi hermano estallaba contra mí porque considerara que lo que me proponía era una locura.
Después de todo, si lo había mantenido en secreto era porque sabía que lo era. Pero es que necesitaba que lo fuera.
Sólo los planes más locos se convierten en revoluciones, y aquello era precisamente lo que yo estaba intentando provocar: una revolución que prendiera fuego al mundo tal y como lo conocíamos, y cuyas cenizas serían el abono necesario para el resurgir de uno nuevo.
Me revolví de nuevo en el asiento y me tiré de las mangas, escondiendo la vergüenza de desear que fuera Alec, y no Scott, a quien tuviera delante. Sabía que Alec sería más vehemente incluso que mi hermano, y que haría que Scott poniéndose como un basilisco pareciera un manso corderito en comparación con cómo se pondría él; pero también estaba segura de que Alec me defendería a capa y espada incluso cuando creyera que me estaba equivocando. Siempre, siempre, siempre se pondría de mi parte.
Scott, no estaba tan segura.
Aun así, le debía tanto a mi hermano que también le debía la verdad… incluso aunque estuviera a punto de desatar el apocalipsis.
Jordan se sentó en el reposabrazos del sofá con una pose casual que me indicó que no estaba eligiendo bandos, sino dándome el espacio para que me explicara. Todavía no sabía por qué me había vuelto loca de repente con el baile, o por lo menos no de mi boca, y que se fuera a resolver finalmente ese misterio debía de resultarle muy satisfactorio.
Fueron sus ojos curiosos y con una pizca de ánimo los que me dieron el empujón que necesitaba para caer… y atreverme a intentar volar. Carraspeé, y Scott alzó ligerísimamente una ceja, expectante, en un gesto que le pasaría desapercibido a cualquiera.
Pero no a mí.
-Sé que estos días…-empecé, y me callé. No sabía cómo abordarlo de una forma que hiciera que Scott no se volviera tarumba-. Me han dado a entender…-volví a callarme. No era justo meter a Mimi en esto después de cómo me había ayudado una y otra vez. Suspiré, tomé aire lentamente y traté de tranquilizarme. Me noté hundiendo los dedos en la funda nórdica de la cama de Alec, y una parte de mí deseó que pudiera esconderme en ella y no enfrentarme nunca más a mis problemas.
O, por lo menos, hasta que no viniera su ocupante principal a ayudarme a resolverlos.
-No sé… no sé muy bien cómo decirte esto, Scott.
Scott se cruzó de brazos y se mordió el piercing.
-Con palabras, espero-dijo, y Jordan le dio un codazo.
-Tío.
Sin embargo, el ceño fruncido de Jordan fue lo único que le faltó a la sonrisa de mi hermano para vencer su autocontrol, y de repente la comisura del labio que más ejercitada tenía se levantó ligeramente, como si la situación le divirtiera…
… o como si supiera que su sonrisa de Seductor™ iba a ser capaz de relajarme. Era una jugada arriesgada.
Y también acertada. Porque, entonces, me acordé de que no sólo tenía delante a mi principal guardián: también era mi fortaleza cuando todo lo demás iba mal. ¿Iba a enfadarse? Sí. Muchísimo. Me iba a costar horrores no salir viva de esa habitación, pero podía contar con que Scott, por lo menos, me escucharía. Cuando se le pasara el enfado, intentaría entenderme, y puede que incluso me ayudara con lo que me proponía.
El peso de mi secreto era tal que amenazaba con aplastarme; sólo si lo compartía podría sobrevivir.
Además, mis amigas tenían razón: Scott ya había pasado por eso. Se había coronado como uno de los vencedores de su edición, y levantaba más pasiones incluso que Eleanor, la ganadora oficial y por derecho propio. No sólo necesitaba la ayuda de mi cuñada, sino también de mi hermano, porque había cosas que sólo un Malik podía enseñarme.
-Te vas a enfadar muchísimo…-dije, y Scott se mordisqueó el piercing e inclinó la cabeza a un lado de una forma desgarradoramente parecida a como lo hacía Alec cuando se disponía a desarmarme con alguna broma de las suyas, destinada únicamente a hacerme reír y perder la vergüenza.
-¿Como cuando Shasha y tú me afeitasteis las cejas mientras dormía y mamá tuvo que pintármelas con delineador antes de ir al instituto?
Jordan lo miró.
-No me jodas… no sabes la cantidad de veces que me peleé con Alec porque estaba obsesionado con que te habías hecho algo en las cejas, y yo a decirle que no.
-Eso te pasa por llevarle la contraria a Alec con algo mío; está tan obsesionado conmigo que a veces me pregunto si se estará tirando a Sabrae para tener una excusa para que nos acostumbremos a que duerma en mi casa y así tener la oportunidad perfecta para meterse en mi cama.
-Fijo que eso te encantaría-lo pinchó Mimi, haciendo gala de una faceta que yo no solía ver en ella, y mi hermano la miró con expresión exageradamente confundida.
-Me van las tías.
-¿No te diste un morreo con Tommy en prime time?-preguntó Jordan, y yo me reí tímidamente.
-Queríamos ganar el concurso.
-Fue después de anunciarse los ganadores.
Scott se inclinó hacia un lado para poder mirar a Jor desde la distancia, el ceño fruncido y una mano en la cintura.
-¿Llamo a mi madre para tener un abogado presente mientras se cuestiona mi sexualidad?
-Aquí nadie está cuestionando tu sexualidad: yo sólo he mencionado a Alec y has sido tú mismito el que se ha puesto a pensar en sexo nada más escuchar su nombre. Ay, ¡cómo nos traiciona el subconsciente, ¿verdad?!
Scott apartó la mirada y puso los ojos en blanco.
-Si no te hubieras puesto tan mazado, te pegaría un par de hostias-murmuró en voz alta mientras clavaba los ojos en las manos, cuyas palmas estaba frotando entre sí. Tomó aire y lo soltó de nuevo-. El caso es que me has hecho muchas putadas a lo largo de tu vida, Sabrae. Tengo suficiente con lo que comparar para tener paciencia con lo que sea que vaya a salir de esa boca.
-Yo de ti no apostaría…-murmuró Kendra, y me giré hacia ella como un cocodrilo al que le tiran de la cola.
-No estás ayudando.
-Vale, a ver, ¿qué pasa?-instó mi hermano, y chasqueó la lengua-. Dilo y ya está. No creo que pueda ser peor de lo que me estoy imaginando, así que…
-Di qué te estás imaginando-dije apresuradamente. Puede que me resultara más sencillo si descartábamos lo que más le preocupara a Scott; seguramente le preocupaba que Alec me hubiera dejado embarazada, o algo así. Francamente, no creía que mi hermano pudiera olerse lo que me traía entre manos, aunque visto desde fuera puede que resultara muy sospechoso y alguien con su bagaje supiera leer entre líneas.
Y, si por un casual S daba en el clavo, bueno… al menos no tendría que pasar por el mal trago de tener que verbalizarlo.
No obstante, él no estaba tan por la labor de ponerme las cosas fáciles. Me miró por debajo de sus cejas en un gesto de “deberías saber ya cómo va esto” y yo suspiré. Sabía que no había nadie que pudiera sacarle a mi hermano una palabra si él no quería, al igual que tampoco podían hacerle la competencia cantando si él no lo permitía.
Qué curioso que yo estuviera intentando ambas cosas.
Suspiré y, con el estómago reducido a la décima parte de lo que normalmente era, dije:
-Antes que nada… necesito que me prometas que no dirás nada a nadie.
Scott me examinó un momento, midiéndome como oponente, y finalmente extendió las manos frente a él y se frotó las almohadillas de las palmas mientras se las observaba. Las hizo chocar en silencio durante unos segundos que a mí me parecieron décadas, reflexionando.
-Define “nadie”.
-Nadie. Ni papá, ni mamá… ni Tommy-añadí. Diana nos había pedido que no le dijéramos nada a Tommy; casi nos lo había hecho jurar. Que no se lo hubiéramos prometido ni jurado era el clavo ardiendo al que me agarraría si tenía que ceder con mi hermano, pero sólo si era estrictamente necesario y si…
-Tommy es parte de mí-me recordó Scott, y levantó la mirada-. ¿Pretendes que le oculte un secreto que sabe Jordan, o Mimi? ¿Y qué hay de mi novia? ¿Tampoco puedo decírselo?
-Eleanor sabe algo-reveló Mimi, y Scott la miró.
-Así que ¿hay varias cosas que no puedo contar? Va a haber mucha gente encantada con que yo me calle-espetó, mirándome de nuevo, y yo asentí.
-Vale. Díselo a Tommy. Yo cargaré con la culpa si las partes implicadas se enteran, dado que no puedo con esto. Pero no puedes decírselo a mamá ni a papá.
-¿En qué andas metida, Sabrae?-preguntó Scott, ya abandonado el tono juguetón con el que se dirigía a mí. Lo dijo con la autoridad que le conferían los años, la diferencia de estatura, sus circunstancias y las mías: el primogénito de Zayn y Sherezade Malik, que era una copia calcada de él con los ojos de ella; y la segunda hija de Zayn y Sherezade Malik, su orgullo, su ojito derecho… de repente con un comportamiento errático que no le hacía honor a su segundo nombre.
-Antes prométeme que no les dirás nada a papá y a mamá. No. No me lo prometas; júramelo.
Jordan miró a Scott de reojo, como si temiera perderme de vista y que saliera corriendo por la puerta si me quitaba el ojo de encima, pero incapaz de resistirse a ver la reacción de mi hermano. Scott se relamió los labios, se mordisqueó el piercing y entrecerró los ojos.
-Júramelo por lo que más quieras, Scott. Júrame que no se lo dirás a mamá y papá, y yo te lo contaré… -jadeé.
-Ellos no se van a enfadar contigo, Saab, te pase lo que te pase.
-… todo-dije en un sollozo, lo cual fue suficiente para que Scott entendiera que su silencio no era tanto porque me preocupara que papá y mamá se enfadaran conmigo… sino el daño que les haría que hubiera tomado esta decisión.
-Está bien. Te lo juro. Que os muráis Shasha, Duna y tú si yo les digo algo a mamá y papá.
Me eché a llorar y asentí con la cabeza, un manojo de lágrimas desastroso al que, justo cuando todo el aire se había consumido en su cuerpo, los rayos de sol le besaban el rostro sobre la superficie del agua.
-Voy a presentarme a The Talented Generation.
A pesar de que creía que Scott explotaría como un volcán rabioso en plena erupción, hizo más bien todo lo contrario. Me miró un segundo, como asegurándose de que quien había hablado había sido yo y no Mimi, o Amoke, o Taïssa, o Kendra a través de mí. Tardó sólo un segundo en darse cuenta de que aquello no era un trabajo de ventriloquía, y cuando por fin lo hizo…
Se echó a reír. Se echó a reír con muchas ganas, sus hombros sacudiéndose como el agitar de las alas de un dragón que alzaría el vuelo por pura fuerza de voluntad y sin usar una sola gota de magia.
Jordan lo miró de lado, preocupado, como si creyera que en cualquier momento Scott explotaría de tal ataque de locura al que se había entregado. Tenía los ojos saltones propios de los sapos, la mirada perdida de a quien abducen los alienígenas y lo sueltan en medio segundo en un punto completamente distinto del globo. Yo, por mi parte, deseé que se me tragara la tierra.
Que mi hermano reaccionara así sólo podía anticipar la madre de todas las peleas.
Scott siguió riéndose como si le hubiera contado el chiste más gracioso de la historia, indigno de cualquier oído que no perteneciera a los más selectos de los cómicos. Cuando finalmente se tranquilizó, negó con la cabeza, miró a Jordan y de nuevo me miró a mí.
-Vale. No, en serio. A ver, Sabrae, ¿qué te pasa?-preguntó, mordiéndose el piercing, la mirada de repente brillante con las lágrimas que se le habían soltado de la risa. Ojalá todo el mundo reaccionara así cuando yo le daba esta noticia, pero…
Negué con la cabeza y me mordí el labio. Sabía de sobra que mi hermano me estaba dando una oportunidad para rectificar y decirle algo menos trágico, como, no sé, que había decidido unirme a un grupo terrorista y luchar por la liberación de alguna provincia perdida en una región montañosa de algún estado fallido. O, quizá, esperaba algo con más fácil solución, como que estuviera embarazada y no quisiera decírselo a mamá y papá por si eso hacía que nuestra relación, ya de por sí bastante maltrecha, se resintiera todavía más.
Realmente podía decirle a mi hermano cualquier cosa. Cualquier cosa salvo eso. Así que abrí las manos y las giré por las muñecas hacia arriba, como quitándole importancia al asunto. Como si no supiera la que se me venía encima y mi decisión fuera la más inocente del mundo.
-Te lo he dicho, S.
Scott rió entre dientes de nuevo, una risa que muchas matarían por ver de cerca, y tantas otras, por sentir contra su piel. A mí, sin embargo, me produjo escalofríos. Me sorprendió que Eleanor viviera de esas risas, se emborrachara de ellas, cuando a mí lo único que me apetecía era salir corriendo y no parar hasta llegar a Escocia… como mínimo.
-Ya. Entonces no te debo de haber entendido bien-asintió con la cabeza, se inclinó hacia delante y se frotó de nuevo las manos. Me dio la sensación de que le gustaría rodearme el cuello con ellas-. ¿Sabes? Habría jurado que has dicho que quieres presentarte al cuyo contrato totalmente abusivo casi le cuesta la vida a Diana-dijo, y su mirada se endureció de repente-. Varias veces-añadió, y ni rastro de humor poblaba ya sus ojos, que me atravesaban con la ira de mil dragones.
De repente ya no sentía que la sudadera de Alec me proporcionara tanta protección. De hecho, creo que ni con cinco como él serían capaces de retener a la bestia en la que iba a convertirse Scott. Presenciar su transformación en directo sería lo más terrorífico que iba a vivir, y había sido tan tonta como para pretender hacerlo en una habitación llena de gente que no sólo no me ayudaría, sino que le daría la razón a mi hermano.
A veces me preguntaba si era la más lista de mi clase porque de verdad era lista, o si se debía más bien a que en el mundo de los ciegos, el tuerto es el rey. No podía haberme creído en serio que mi hermano sería benevolente y comprensivo y que me apoyaría porque sabía el esfuerzo que suponía lo que me proponía hacer, porque precisamente por haber pasado por el programa sabía que era una locura lo que pretendía.
Nadie que haya escapado del lobo por los pelos (o que, como él, todavía esté intentándolo) hablaría bien de alguien que quiere tentarlo a la luz de la luna. Y supongo que eso era, precisamente, lo que iba a hacer yo.
-Sé que no tienes buena opinión del concurso, pero si me dejaras…-empecé, poniéndome de pie y extendiendo las manos en su dirección para que Scott entendiera que no éramos enemigos por mucho que nuestras posturas estuvieran encontradas. Las palabras de Alec sobre que yo siempre me las apañaba para dar donde más dolía no dejaban de resonar en mi cabeza, y ahora que estaba recuperando a mis padres con tanto esfuerzo no quería que mi hermano se pusiera en mi contra. Le necesitaba. Estaba cansada de pelear. Tenía que reserva toda mi ira para los que le habían hecho daño a Diana, los causantes precisamente de esta misma situación, y de muchas otras como ésa que irían llegando poco a poco en mi vida, pero en las que prefería no pensar ahora mismo. Bastante tenía con lo que tenía.
-¿Cómo cojones voy a tener buena opinión del concurso en el que nos metimos sin saber lo que suponía y que nos tiene cogidos por los cojones a los seis, Sabrae?-bramó mi hermano-. Porque estamos hablando del mismo concurso que pide 200 millones para poder liberarme de un contrato en el que pretenden explotarme de tal manera que, a mi lado, papá se tocó los huevos en One Direction, ¿no? El concurso que no aceptó que Diana no hiciera más conciertos hasta que no la ingresaron por segunda vez por una sobredosis en menos de… ¿qué? ¿Una semana? ¿El concurso que está haciendo que mamá doble horas y coja casos con los que no comulga simplemente porque pagan bien, o que papá grabe y grabe canciones que ni siquiera sabe cómo se las apañará para perfeccionar cuando esté en medio de un gira demencial conmemorando a One Direction con los padres de mis compañeros de banda? ¿El concurso que le ha dejado tres días libres de compromisos en Navidad a mi novia, y todo después de que Louis montara un pollo de la hostia porque su abuela es extranjera y es de las pocas veces del año en que puede verla? ¿Ese concurso, Sabrae?
No contesté. Scott se había puesto en pie y se me había acercado como un carroñero que va a oler a un animal moribundo pero que ni siquiera ha muerto, con la poca decencia de salivar frente a él cuando todavía puede verlo. Jordan tenía los labios contraídos en una mueca de disgusto, y me miraba con una pena que me hizo ver que no estaba pensando en cómo estaría yo en esa situación en la que pretendía meterme, sino cómo estaría Alec cuando se enterara de lo que yo me proponía.
Creo que incluso se alegraba de que Scott me estuviera dando gritos, porque si algo había aprendido de mí desde que pasábamos tanto tiempo juntos era que yo podía desconectar muy bien de las críticas de alguien que no tenía derecho a criticarme. Pero Scott, en cambio… Scott era el derecho a pararme los pies personificado. Le debía mi vida tal y como era, literalmente. Si él no me hubiera encontrado en el orfanato todo sería completamente distinto; él era mi Big Bang personal, y como tal, tenía derecho a gritarme todo lo que quisiera.
Supongo. Creo. La verdad es que no me apetecía luchar más. Estaba tan cansada… sólo quería que me entendieran.
Sólo quería que Alec estuviera allí, y tener la certeza de que se pondría de mi parte, en lugar de hacer equipo con Scott y gritarme cada uno por un oído. Creo que sucedería; eso no me libraría del rapapolvo que me echaría cuando estuviéramos solos, pero por lo menos tenía la conciencia tranquila sabiendo que mi novio me respaldaría ante mi hermano, incluso aunque no estuviera de acuerdo conmigo. Supongo. Creo.
Me rodeé la cintura con los brazos y extendí los dedos alrededor de mí en busca de protección, y sólo cuando las yemas de mis dedos entraron en contacto con el algodón de la sudadera, casi tan suave como la piel de quien la poseía, lo recordé: nuestro vínculo dorado, nuestro amor líquido y vivo que danzaba a nuestro alrededor. Ahora mismo estaba estirado, pero no por ello dejaba de conectarme con mi amado. Alec siempre me daba fuerzas, incluso en la distancia.
Incluso cuando creía que no tenía nada a lo que aferrarme y que estaba en caída libre, siempre tenía algo vivo y bueno bailando a mi alrededor, asegurándose de que estaba cómoda y a salvo, y, por encima de todo, nunca sola.
Seguí mirando a mi hermano, que continuaba despotricando ante lo descabellado de mi plan, como si estuviera seguro de que podían hacerme más daño del que yo creía. Puede que todavía no me hubiera hecho a la idea de todo lo que pasaría y de lo que me harían (o intentarían), pero tampoco es como si me fuera a meter en el programa mañana. Tenía tiempo para prepararme física y mentalmente para lo que me exigirían.
-¿Es que acaso te has vuelto LOCA?-bramó-. ¿Te parece que lo de reunir dinero como dos desquiciados para poder sacarme del contrato es un indicativo de que ese sitio te va a tratar bien? ¿Por qué COJONES quieres poner a mamá y papá en la tesitura de que sigan así para liberarte a ti también, Sabrae? ¿Es que no te das cuenta de que por ti pedirán más todavía, sabiendo que no podremos pagarlo porque estaremos endeudados hasta el cuello?
Y, aunque mis ojos estaban allí mismo, mi cabeza estaba en otra parte. Mis ojos miraban sin ver la habitación de Alec; tenía la mente flotando de nuevo en espacio hecho de la nada en el que sólo estábamos Al, el hilo dorado, y yo. Él estaba tan lejos que no podía verlo, pero la forma en que el hilo brillaba y danzaba mi alrededor, protegiéndome y cuidándome, era suficiente para saber que, si yo se lo pedía, él vendría. Me mandaría todas sus fuerzas incluso cuando estuviera agotado simplemente porque yo las necesitaba, porque me quería y porque estaría dispuesto a morirse de sed con tal de que yo me diera un baño fresquito en medio del desierto.
Estiré mentalmente los dedos en dirección a uno de los giros del hilo, que danzaba junto a mi cadera como lo harían las manos de mis hijos en un futuro. El hilo se retorció junto a las yemas de mis dedos, juguetón, pero no se resistió cuando cerré los dedos, e, imaginándome que tenía que retener a un semental salvaje, tiré con todas mis fuerzas hasta tensarlo.
Ayúdame, pensé en dirección al vínculo, cerrando los ojos en mi cabeza para concentrarme en la sensación cálida, líquida y sorprendentemente suave de mi vínculo con Alec junto a mi piel de mentira. Dime qué tengo que ver para encontrar la dirección.
El vínculo se mantuvo callado un segundo mientras Scott seguía llenándome los oídos. Esperé con paciencia, y el tirón de respuesta no tardó en llegar. Estoy aquí, me decía. Siempre estaré aquí. De pie, de rodillas, con las costillas rotas y el pecho abierto. Él siempre estaría ahí, y volvería de entre los muertos por mí.
De repente lo vi claro: la misma determinación con la que había tomado la decisión de defender a todas las chicas de las que pretendían aprovecharse, la misma rabia con la que había decidido que vengaría a Diana como más les dolería a quienes les había hecho daño que yo me vengara… toda ella era la misma rabia que había visto en los ojos de Alec mientras se lanzaba a por el chico que le había roto las costillas en un golpe ilegal. La misma rabia que había decidido que la descalificación no era compensación suficiente, sino que necesitaba una humillación y no sólo una victoria. Eso era lo que haría yo: cambiar las reglas del juego y demostrarles que, por mucho poder que creyeran tener, no había nada que pudieran hacer para detenerme.
Alec había vuelto de entre los muertos por mí: yo también podía beber de esa misma fuerza si lo necesitaba. Y, ¿qué mejor momento que ahora?
Puedes hacer lo que te propongas, nena, escuché a Alec decirme una vez más, como tantas otras, y sonreír por dentro un segundo antes de regresar a mi cuerpo y mirar a Scott con ánimos renovados. Él seguía gesticulando como loco, señalándome como si sólo la vehemencia de sus movimientos fuera a detenerme, fulminándome con la mirada como no le había visto hacer nunca y poniendo a prueba la potencia de sus cuerdas vocales como en pocas actuaciones había tenido que hacer.
-Quiero lo que tú tienes, Scott-espeté con una voz que no parecía la de la chica de hacía un minuto, pero que sentí como mía más que el aire de mis pulmones o la sensación de la ropa de Alec contra mi piel. El hilo había cambiado algo dentro de mí, y no tenía intención de volver a ser como antes. Ya no tendría miedo.
Fulminé a mi hermano con la mirada con una fiereza que hizo que se detuviera, evaluándome. Estaba a punto de revolverme, y los dos lo sabíamos. Había habido un cambio en la narrativa y las dinámicas de poder que él tenía pensado utilizar conmigo: yo ya no era la hermanita pequeña que ha hecho una travesura y que necesita urgentemente un rapapolvo de su hermano mayor.
Ahora éramos los dos hermanos mayores y teníamos un nuevo papel que cumplir. Los dos éramos artistas, los dos teníamos voces prodigiosas, y estábamos discutiendo nuestros legados y la mejor manera de ejercer el poder que nuestro talento nos concedía.
Me vi reflejada en los ojos de Scott, los ojos de mi madre, y vi la misma mirada decidida de Alec cuando se lanzó a por aquel pobre chico que, seguramente, le recordaría toda la vida. ¿Llegaría yo herida a la meta? Posiblemente. Pero llegaría. Sólo yo podía.
Scott rió por lo bajo, incrédulo, y negó con la cabeza.
-¿Así que se trata de eso? ¿Tienes celos, Sabrae? ¿De qué? ¿Crees que mi posición tiene algo de envidiable? Mira lo que le he hecho a nuestra familia. O lo que les he hecho a los demás-sacudió la cabeza-. Sé que siempre me has tenido en un pedestal, pero ya va siendo hora de que abras los ojos. Sabes que papá y mamá están más orgullosos de ti que de mí; yo no he sido más que una decepción constante para ambos.
-No vamos a discutir ahora de tus ideas erróneas sobre lo que papá y mamá piensan de ti. Tienes mucho que aprender a apreciar, Scott, pero yo no tengo tiempo de mostrártelo ahora. Y tampoco pienso quedarme sentada mientras tú me pones a vuelta y media por desear el altavoz que tú tienes. Esto que estás haciendo es típico de los tíos: estás tan acostumbrado a tus privilegios que ni siquiera eres consciente de que los tienes, así que ni te molestas en pensar en usarlos.
-¿Qué privilegio tengo, a ver? ¿El de haber jodido a mi familia? ¿El de hacer que mis padres trabajen como animales después de todo lo que se han esforzado por darnos una buena vida, y ponerlo todo en peligro por un caprichito que no sabía lo que nos iba a costar a todos? Al menos yo no soy egoísta como para saber el precio a pagar y, aun así, aceptar meterme en esta movida. Y no pensé que tú sí lo fueras, aunque supongo que me equivocaba contigo. La fama no merece lo que estoy pagando por ella.
-La fama, no. Además, ya la teníamos. ¿Te crees que no soy consciente de que el mundo entero me mira cada vez que salgo de casa? Recuerda que ya me cancelaron varias veces a lo largo de los últimos meses por haberme atrevido a tener un mal día. Recuerda que yo sé que tengo que comportarme siempre a la perfección porque, de lo contrario, no mereceré vivir.
-¿Y te parece que eso no es suficiente como para que no quieras mantener un perfil bajo?
Me reí con amargura.
-Papá me dio clases de canto desde muy pequeña para que pudiera cantar igual de bien que tú si es que tú heredabas su talento. ¿No crees que lo mejor que puedo hacer con eso es usar mi voz para exactamente lo mismo que tú? Que a ti te haya salido natural no quiere decir que tengas más derecho a vivir de la música que yo.
-¡Joder, Sabrae!-ladró, agarrándome por los hombros y sacudiéndome de un modo en el que Alec no le habría permitido ni de coña estando allí presente. Eso que ganaba mi hermano-. ¡Me importa tres cojones que lo que quieras sea cantar! ¡Joder, me encantaría que pudieras tener el mismo trabajo que yo! ¡Sabes que disfruté como nunca viéndote cantar con papá y que me moría por estar en el escenario de Wembley contigo! ¡Que quieras ser cantante no es el problema! ¿Quieres hacer un disco? Yo mismo te pagaré las sesiones de grabación en el estudio, te daré las demos que más te gusten de las que nos han ofrecido a CTS ya y todo lo que quieras! Dios, yo mismo te diseñaré el puto merchandising con tu cara bien grande para que se agote en cada puñetera tienda de este maldito país.
» ¿Quieres un disco con los mejores productores? Hecho. ¿Quieres las letras más profundas? Hecho. ¿Quieres una gira mundial en estadios? He-puto-cho, Sabrae. Puedes tener todo lo que quieras… salvo pasar por el puto programa del que salí yo.
-Eso no es tu decisión, Scott. Además, tampoco está bajo tu control.
Scott rió entre dientes.
-Te sorprendería lo que todavía puedo hacer.
-Así que sí sabes el poder que tienes, ¡lo que no te da la gana es compartirlo!-ataqué, aun sabiendo que era un golpe bajo pues no era verdad.
-¡Me cago en la puta, Sabrae! ¡Si tengo poder, si soy al que más siguen, es por mi cara y por mi voz, no por el puto programa! ¿¡Tengo que recordarte que quedé segundo!? ¡¡Y papá y One Direction quedaron terceros, y sin embargo nadie se acuerda de quién ganó su edición!!
-¡Se te olvida que papá y One Direction eran chicos! Vosotros jugáis con una ventaja que yo no tengo.
-¿Y qué me dices de Little Mix?-preguntó, cruzándose de brazos, y yo me mordí la cara interna de la mejilla por no darle una bofetada. Cabrón. Por supuesto que recordaba a Little Mix, y cómo, a pesar de haber quedado primeras siendo mil veces mejores que 1D, jamás habían tenido ni la centésima parte del éxito que habían tenido nuestro padre y sus compañeros de banda. Todo por el mero hecho de ser mujeres.
No habían dejado de ser víctimas de lo mismo que yo pretendía combatir, así que también me vengaría por ellas en cierta medida.
-Ganaron el concurso con actuaciones muchísimo mejores que las de 1D…-empezó Scott.
-Tampoco era muy difícil-repliqué, y él no pudo contener la sonrisa al pensar en las actuaciones que habían hecho nuestro padre y los demás hacía ahora 25 años. Si de algo podían presumir CTS era de que habían subido el listón muchísimo con respecto a 1D, colocándolo en el cielo cuando antes había estado prácticamente en el subsuelo.
-… y aun así nunca tuvieron ni la centésima parte del éxito que tuvieron papá, Louis y los demás. Ni juntas ni por separado.
-Pero tienen la validación de haber ganado el concurso. Nadie podía toserles en ese sentido, porque ellas demostraron lo que valían desde el minuto uno. No había comparación entre sus directos y los de 1D, incluso fuera del concurso. Eso es lo que quiero, Scott. Soy muy consciente de mi privilegio y de que empezar con giras en estadios, o cantar directamente en el estadio más importante del país incluso sin haber sacado ni una sola canción… o que mi puñetero nombre esté grabado en la placa de un Grammy es el epítome de lo que es ser una nepo baby.
-No hay nada de malo en ser un nepo baby.
-No para ti, que eres literalmente una fotocopia de tu padre.
-El condón debía de tener algún líquido que clonara el ADN-ironizó mientras ponía los ojos en blanco.
-En cambio, para el resto del mundo…
-Me importa tres cojones lo que piense el resto del mundo. Yo no elegí quiénes eran mis padres, pero estoy orgulloso de que lo sean. ¿Es que tú no?
-¡Por supuesto que sí! Aunque tengan sus momentos.
-Como todo el mundo-ironizó, y me dieron todavía más ganas de pegarle. Sí que lo fulminé con la mirada, pero él ni se inmutó.
-Lo que intento decir es que… para todo el mundo no seré más que una niñata consentida a la que se lo dan todo hecho. Ya se ha creado la narrativa de que no soy capaz de tratar bien a la gente cuando no me conceden alguno de mis caprichitos, así que no puedo simplemente coger y plantarme en el mercado con un disco producido por los mejores artistas del mundo y pretender que, en mi gira de estreno, no me ametrallen con tomates.
-¿Y entonces por qué coño dijiste que sí a cantar con papá 18 en Wembley?
-¡Porque no era lo mismo y el foco de atención no era yo! Mira, ¿sabes qué, Scott? Déjalo. Me da igual lo que me digas; voy a hacerlo y punto. Las chicas-las señalé con la mano- me dijeron que tú podrías ayudarme porque habías pasado por eso, y la verdad es que me sentía como la mierda ocultándote esto porque sabes que eres muy importante para mí. Eres mi hermano mayor-le recordé con la voz rompiéndoseme, pero Scott siguió fulminándome con la mirada como si me creyera capaz de ponerme a llorar a voluntad simplemente para darle lástima (ojalá; eso me lo haría todo mucho más fácil)-, y siempre he confiado en ti para que me ayudes y te pongas de mi parte en cosas que sé que a papá y mamá no les van a hacer gracia…
-¿Como cuando te emperraste en que querías hacer GAP a pesar de que eras literalmente una cría? ¿O cuando quisiste venir a pegarles la paliza a los que intentaron hacerle daño a Eleanor? ¿O cuando te follaste a uno de mis mejores amigos, al que casualmente odiabas y que también era el más promiscuo de…?
-No te atrevas a meter a Alec en esto-le advertí, una rabia nueva bulléndome por dentro. Que dijera lo que quisiera de mí, pero de Alec no le iba a consentir ni media palabra mala.
-¿O cuando decidiste drogarte para que te follaran entre cuatro para que no te dijéramos nada por perdonar a Alec por haberte puesto los cuernos?
-No se los puso-le recordó Jordan.
-¡Ya lo sé, Jordan, joder, mi punto no es ese!-bramó Scott mirándolo de reojo, y luego volvió la vista a mí-. ¿Así es como has confiado en mí para que te ayude? Llevas toda la vida haciendo lo que te daba la gana y saliéndote con la tuya con esa labia que tienes que claramente has heredado de mamá; no me vengas ahora con confianza fraternal y mierdas así, Sabrae. No me lo estás diciendo porque necesitaras descargarte conmigo; me lo estás diciendo porque crees que me voy a cabrear menos si me lo dices tú a si me entero por Mimi o por quien sea. ¿Te crees que soy gilipollas, Sabrae? Tengo tres años más que tú. Cuando tú vas, yo ya vengo de vuelta. Sabía que te pasaba algo, y de hecho me olía algo con el puto concurso, porque te crees que eres listísima y los demás retrasados perdidos y que no nos vamos a dar cuenta de cuando te pones a ver actuaciones de programas pasados para estudiar qué es lo que funciona y que no. Lo cual sería normal, si no fuera por tu obsesión con ver las valoraciones. ¿Creías que no me había dado cuenta de que las tienes anotadas en una libreta?
-¿Has estado revolviendo en mis cosas?-inquirí, incrédula. Como se hubiera metido en mi habitación a husmear, sería yo la que le echaría la bronca del siglo. ¿Cómo coño se atrevía? Yo siempre había respetado su intimidad, ¿creía que ser el hermano mayor le daba derecho a revolver mi vida para descubrir mis secretos, en vez de preguntármelos y dejarme decidir si se los confiaba?
-Te dejaste la libreta en el salón una noche-respondió impasible. Puso los brazos en jarras y se encogió de hombros-. Y llevas unas semanas tan rara que me tenías preocupadísimo. Pensaba que ibas a volver a las andadas: tienes tendencia a comportamientos bastante erráticos cuando las cosas no van bien, y con el estrés al que estamos sometidos con Diana y la sit…-se calló de repente, como si se hubiera dado cuenta de algo.
Como si el nombre de nuestra amiga fuera la palabra clave de un hechizo que llevaba intentando toda la vida realizar, y que finalmente funcionaba.
Su mirada cambió totalmente, antes la de un soldado ansioso por ganar la guerra para poder así volver a casa y reunirse al fin con su familia; ahora, la de un bombero que hará cinco turnos seguidos si hace falta con tal de rescatar a todos los heridos de un terremoto. Sus ojos volaron por toda mi cara, leyendo mis facciones, tratando de descubrir los secretos ocultos más allá de mi determinación y de mi ceño fruncido. Cualquiera diría que estaba contándome los lunares por el tiempo que se pasó con la vista saltando entre mis dos ojos y mi nariz, como si el oxígeno que estaba inhalando me estuviera volviendo loca, así que sólo podía deberse a que me había esnifado algo.
Entrecerró ligerísimamente los ojos, frunció ligerísimamente el ceño, encajando las piezas lentamente para asegurarse de que no forzaba nada.
-Necesito la influencia del programa para demostrar mi valía-dije. Salirme por la tangente era la única forma de no descubrir el secreto de Diana. Nos había pedido que no le dijéramos nada a Tommy, así que Scott, por extensión, tampoco podía saberlo. Estaba demasiado cerca de él, y se preocupaba también tanto por ella que seguro que Diana, de haber estado un poco más lúcida y un poco menos rota, nos habría pedido que no le dijéramos nada a mi hermano tampoco.
Porque mantener un secreto que Tommy no debía saber también implicaba que no lo supiera Scott.
-¿Qué influencia, Sabrae?-espetó mi hermano, volviendo de repente en sí. Tuve que contener el suspiro de alivio por haber conseguido distraerlo-. El mayor empujón que puedes necesitar, y que ya tienes, es nuestro apellido. A no ser que te quieras meter en el programa por…-continuó, y yo quise abofetearme por haber sido tan tonta como para subestimar a Scott. Como si él fuera imbécil y lo fuera a dejar pasar.
-Scott, yo no soy tu hermana de verdad-repliqué a toda velocidad antes de poder frenarme. Casi pude ver a Alec sentado al borde de la cama con los brazos cruzados levantar la cabeza y soltar una carcajada al aire. Vaya, Saab, qué sutil la jugada, me diría, y yo tendría que sisearle que se callara.
Un silencio que se instaló en la habitación sin que yo lo pidiera, por cierto. Varias de mis amigas (creo que Mimi y Taïssa) cogieron aire, igual que Jordan, los tres acusando el golpe. Scott, sin embargo, se acercó más a mí.
-Cómo cojones te atreves…-rugió por lo bajo en un tono que me produjo absoluto terror.
-Si Alec te oyera-dijo Jordan, y yo lo miré.
-Alec no está aquí-le recordé. Puede que, si estuviera, nada de esto hubiera pasado. Quizá habría ido conmigo a Nueva York, habríamos podido vigilar a Diana, y no sabríamos la extensión de la crueldad del contrato que ataba a mi hermano.
No estoy diciendo que fuera culpa suya, ni mucho menos. Sólo que… bueno, cuando estaba con él las cosas iban mejor. No ocurría ninguna desgracia, y todo el mundo estaba más tranquilo, como si su mera presencia bastara para amansar a las más fieras.
-Y no lo digo renegando-añadí, de nuevo los ojos sobre mi hermano-. Yo no heredé nada de papá. Tengo todo por demostrar. Todo. El programa es la oportunidad perfecta de poner de nuevo al público de mi lado. Sabes que he crecido siendo la consentida del fandom, pero ahora hasta las Zquad se están volviendo en mi contra por cómo han destruido mi imagen pública. Sólo luchando como lo habéis hecho Tommy, Diana, Layla, Chad y tú lograré que vean que me merezco el amor que me profesaron durante tanto tiempo.
Scott se pasó la mano por la mandíbula, dio un paso atrás y juntó las manos frente a su vientre. Me observó largo y tendido, midiéndome de nuevo, y yo me quedé quieta, esperando haberlo convencido.
-Hay algo más-dijo por fin, y se me dio la vuelta el estómago. Cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro y me taladró con los ojos de mamá. Unos ojos acostumbrados a encontrar el mejor argumento para ganar la discusión, a distinguir la imitación de la obra de arte real, por muy buena que fuera la primera, casi casi de un simple vistazo-. Tiene que haber algo más. Contigo siempre hay algo más, Sabrae.
Suspiré y negué con la cabeza.
-Scott…
-Tiene que ser el programa-murmuró. Asintió despacio con la cabeza y bajó la mirada-. Tiene que ser el programa-repitió aún más bajo.
Jordan nos miraba a Scott y a mí alternativamente, así que le recorrió un escalofrío cuando S levantó la vista y, en lugar de mirarme a mí, miró a Mimi.
-Mimi-dijo, y Mimi retorció la falda de su vestido de lana justo sobre su regazo cual vaquera que intenta parar a su caballo para que no salga al galope al escuchar un disparo-, dime que me contaste todo lo que sabías-casi suplicó Scott, y Mimi se mordió los labios y se le humedecieron los ojos. Scott se relamió los suyos y volvió la vista de nuevo a mí-. No te vale otro programa, ¿a que no? Tiene que ser el programa-añadió cuando yo negué despacio con la cabeza-. Pero no es por el programa.
-De ese programa saliste tú. Y papá…
-Papá fue a The X Factor, no a TTG. TTG ni siquiera existía. Y la dinámica no es la misma. No-exhaló una risa por la nariz-. No. Tienes que ir al programa, a ése y no otro, porque quieres vengarte.
El suelo cedió bajo mis pies, el mundo titiló de color negro un instante y mi corazón empezó a martillearme en los tímpanos.
-Eso no…
-No soy subnormal, Sabrae. Hacía mucho que no te veía esa mirada, pero… sí. Ya me acuerdo. La última vez que la vi… fue cuando Layla nos confesó que su novio le pegaba.
»Cosa que es evidente que no pasa ahora, así que…-Scott entrecerró de nuevo los ojos y se relamió el labio, como si ya pudiera saborear la victoria con la que sin duda contaba. Cambié el peso de mi cuerpo de un pie a otro, obligándome a mantener la expresión más neutral posible a pesar de que sabía que estaba a nada de descubrirme, si es que no lo había hecho ya.
No sabía cómo iba a explicárselo a Diana, o si ella me perdonaría. Ni siquiera sabía si me perdonaría yo. Tendría que haber sido más lista y no haber subestimado a mi hermano como lo había hecho. Sólo me quedaba rezar para que lo ocupados que estaban mis padres impidiera que se dieran cuenta de lo que me traía entre manos.
-Tiene que ser Diana-dijo por fin Scott, y sus ojos pasaron de mí a Mimi, a la que sentí, más que vi, estremecerse y revolverse en su asiento, incómoda. Me la imaginé bajando la mirada, una confirmación involuntaria de las sospechas de Scott. Seguro que no estaba acostumbrada a guardar secretos así (¿quién lo estaba?), y su carácter tranquilo y pacífico no llevaba bien que la hubieran pillado en un renuncio como este. La timidez no casaba bien con las mentiras, porque la vergüenza de que te descubran resulta devastadora. Scott parpadeó con los ojos puestos en Mimi, y luego los posó en mí de nuevo-. Habéis cambiado en cómo la tratáis todas desde el día que os pedí que os quedarais cuidándola para que Tommy pudiera tomarse un respiro…-reflexionó. Se mordió el piercing y su mirada se desenfocó un momento mientras se perdía en sus recuerdos-. Eleanor está mucho más pendiente de ella-miró de nuevo a Mimi, que tomó aire sonoramente y carraspeó.
La mirada de Scott se endureció de nuevo. Fue un cambio sutil que pasaría desapercibido para cualquiera que no le conociera como yo lo hacía, pero lo bueno de que fuéramos hermanos y que él tuviera tanta facilidad para leerme era que yo también podía leerlo a él muy bien. En sólo un segundo ya se estaba replanteando todo lo que sabía: repasó rápidamente su paso y el de los demás por el programa, los altibajos, las peleas, el distanciamiento injusto con Diana cuando ella, Zoe, Scott y Tommy se encerraron en una habitación de hotel y se acostaron los unos con los otros, poniendo la relación de Scott con Eleanor en el mayor aprieto que tendrían que pasar nunca en tan pocos meses desde que la habían iniciado…
A mi hermano le cambió la cara cuando se dio cuenta de que, alejando a Diana de ellos, habían permitido que otras personas se aprovecharan de ella. Por supuesto, todos sabían lo mucho que le gustaba pasárselo bien a Diana, y no era ningún secreto para nadie que muchas veces las drogas formaban parte de la ecuación en sus noches, pero en aquel entonces ni Scott ni Tommy sabían de la verdadera magnitud del problema de nuestra amiga. Era fácil ser injusto consigo mismo en retrospectiva, pero no era eso lo que Scott necesitaba ahora. Ya se fustigaría cuando estuviera solo en su habitación, digiriendo todo lo que había descubierto hoy.
Ahora se trataba de defender a Diana y de protegerme a mí de correr la misma suerte que ella.
Sus ojos se enfocaron de nuevo en mí, una rabia silenciosa tiñéndolos de un color acerado.
-¿Qué cojones le hicieron en el programa?-preguntó con voz glacial, de ira contenida. Escuché un grito ahogado de sorpresa de alguna de mis amigas, aunque nunca supe quién lo había exhalado. Mimi sorbió por la nariz, giró la cara y negó con la cabeza. La mirada de Scott se desvió un segundo hacia ella, pero luego se centró otra vez en mí. Quería que le dijera lo que le habían hecho para asegurarse de que entendía a lo que pretendía exponerme. Sólo si yo lo decía en voz alta sería capaz de persuadirme de que era una puta locura lo que me proponía hacer.
Me mordí el labio y negué con la cabeza.
-Scott…
Scott dio un paso hacia mí, de forma que tenía su pecho pegado al mío. Mirándome desde arriba, se inclinó hacia mi cara como un sargento que pretende sermonear a un cadete recién llegado que, aparentemente, siente un desprecio total y absoluto por la cadena de mando. No durarás ni cinco segundos en el ejército con esa actitud, mierdecilla.
Sólo esperaba que Diana pudiera perdonarme. Ojalá entendiera que me había resistido todo lo posible y que casi me aplasta el peso de la responsabilidad de su secreto… pero hay cosas contra las que simplemente no se puede luchar.
-Abusaron de ella-dije con un hilo de voz apenas audible. No obstante, la habitación estaba tan en silencio que todo el mundo me escuchó. Jordan soltó un bufido y un suave “joder…”, se pasó las manos por la cabeza y se nos quedó mirando a Scott y a mí, tan pegados el uno al otro que no podíamos no respirar nuestros alientos, y sin embargo tan lejos como nunca lo habíamos estado.
Scott tragó saliva y la nuez de su garganta subió y bajó en una promesa silenciosa y trascendental.
-¿Qué le hicieron?-quiso saber, y yo negué con la cabeza. Como si eso importara. Era la típica pregunta que haría un hombre; incluso cuando estuviera lleno de ira por el dolor ocasionado a una chica que quería, los detalles eran esenciales, como si en función de la afrenta el enfado debiera ser de una forma u otra.
Una mujer, en cambio, jamás pediría esos detalles. Daba igual los extremos a los que hubieran llegado: era más la humillación, el dolor de saber que tus límites inamovibles eran negociables (o incluso inexistentes para algunos) lo más doloroso de todo. Sentirte vulnerable, ser un muñeco en manos de alguien ansioso por romperte…
-Sabrae.
-No lo sé. ¿Acaso importa hasta dónde llegaran?-pregunté, y Scott me miró con el ceño fruncido y asintió con la cabeza. Tenía sentido si lo pensaba fríamente, pues también en los juzgados la pena era acorde al delito cometido. Aun así… él no entendía en qué estado nos lo había confesado Diana. La magnitud de lo que le habían hecho era la menor de mis preocupaciones cuando finalmente se abrió para nosotras-. No se lo pregunté.
-Sólo nos dijo que le habían hecho eso-añadió Mimi, y Scott la evaluó-. No se nos ocurrió que tuviéramos que saber todos los detalles, y el estado en el que estaba…
-Estaba muy mal, Scott.
-Sé el estado en el que está. La veo todos los días, Sabrae-me recordó, y yo me mordí la lengua. Tenía razón en echarme eso en cara; me había obsesionado tanto con mi vendetta que la había descuidado bastante. Claro que creía que Didi entendería eso: sólo la perfección me llevaría hasta mi objetivo.
-Le daban drogas a cambio de…
Scott se separó de mí y se pasó una mano por el pelo, la otra mano en la cintura. Se puso frente a la pared y negó con la cabeza.
-Ya me imagino-dijo simplemente, rabioso, y sacudió de nuevo la cabeza. Dejó caer la mano que tenía en la cabeza y se volvió hacia mí-. Y tú pretendes vengarla-añadió, y yo asentí con la cabeza. Jordan bufó en el sofá, se inclinó hacia delante, los codos apoyados en las rodillas, y se tapó la cara con las manos.
-Joder… Alec me va a matar.
-¿No crees que eso es algo que le corresponde a ella?-preguntó Scott con las cejas arqueadas, y antes de que yo pudiera malinterpretar sus palabras como si le estuviera quitando algo que por derecho le pertenecía a Diana, Scott se mordisqueó el piercing y se apresuró a añadir-: tiene una herida que sólo ella misma puede sanarse buscando la justicia que se merece.
-Ella no está bien, así que yo lo haré por ella.
-¿Es que te lo ha pedido?
-Scott-le pedí, y él puso los ojos en blanco-. Diana no sabe nada de esto. Nadie sabía nada de esto, sólo…
-Déjame adivinar: ¿es yo pero en chica y más joven?-inquirió, y yo asentí con la cabeza. Se rió con amargura-. Joder, voy a matar a Shasha. Me juró sobre sus dramas japoneses que no sabía lo que te pasaba.
-¿Le preguntaste por mí en vez de preguntarme a mí directamente?
-Sabía que tú no me ibas a decir la verdad y la otra vez nos funcionó. Quizá si no te cerraras tanto en banda no tendríamos que recurrir tanto a Shasha-dijo, encogiéndose de hombros.
-¡Vete a la mierda! No tenías ningún derecho a poner en un apuro a Shasha.
-Ahí estás equivocada, chavalita: yo no he puesto en ningún apuro a nadie. Has sido tú solita la que te has metido en esta movida, y la que ha arrastrado a Shasha contigo.
-Bueno, pues ahora tú también estás en el ajo-dije, cruzándome de brazos-. Todos vosotros, en realidad-añadí, y me giré hacia atrás para mirar a mis amigas, que representaban los distintos estados de sorpresa que puede experimentar una persona con sus expresiones. Amoke alzó las cejas de manera que formaron una montañita en su ceño y levantó un pulgar tembloroso. Creo que ella le tenía miedo a Scott por las dos en ese momento.
-Ya. ¿En qué ajo, exactamente? ¿En el de meterte en el concurso que le hizo daño a Diana para demostrar… qué? ¿Que tú eres más fuerte que ella? ¿Más lista?
-Es la única oportunidad de darles donde más les duele, Scott.
-¿No tengo yo más influencia ahora que tengo una carrera, que una chiquilla que, vale, como tú dices, lo único que ha hecho en la vida de momento es ser “hija de”? ¿Por qué coño no puedes pasar del concurso y establecerte directamente en la música y luego superar a esos hijos de puta?
-Porque no quiero superar a esos hijos de puta. Quiero quitarles todo lo que tienen-respondí, irguiéndome y levantando la mandíbula-. Quiero que intenten hacerme daño y que no puedan, quiero meterme en el programa y ganarlo, poner al público en su contra y que no puedan hacer nada mientras me convierto en la que mueve los hilos. No es sólo por Diana; es por todas las chicas que no tienen la protección de un apellido como el de Diana y que están todavía más sometidas que ella. Es por todas las chicas que se ponen en manos de los abusadores y a las que nadie cree. A mí sí me creerán cuando hable, Scott.
-¿Entonces el plan es que te violen y contarlo?-ladró mi hermano, y Jordan se puso en pie, alarmado.
-No me van a tocar un pelo de la cabeza. Creerán que soy su muñequita, pero seré yo la que juegue con ellos.
-No pienso permitírtelo-sentenció Scott, lanzado el dedo índice hacia el suelo, y yo me reí.
-No puedes impedírmelo-repliqué.
-No. ¡Eres tú la que no puede impedirme a mí que te pare los pies! ¡Estas… ansias de libertadora tuyas…! ¿¡Qué cojones te hace pensar que no te harán lo mismo que a Diana!? ¿Que eres más lista? ¿Más espabilada que ella? ¡También estarás más sola! ¡No habrá nadie protegiéndote, Sabrae!
-¡Es que no voy a llegar a ponerme en esa situación, Scott! Yo sé que mi apellido no sólo no me protege, sino que me hace todavía más apetecible para los abusos. Meterme en el programa y hacerme con el control es la única manera de conseguir que se haga justicia con Diana y que esta rueda pare de una vez por todas. ¿Crees que sólo ella es la víctima? ¿Que no se lo habrían hecho a Eleanor de haber tenido la ocasión?
Scott se rió con amargura.
-No tienes ni puta idea de lo que pasa allí dentro y vienes a darme lecciones. ¿Qué te hace pensar que serás capaz de ganarles en su propio juego?
-Que me subestimarán, igual que lo ha hecho todo el mundo. Me han visto actuar, pero con canciones que ya dominaba y que no me supusieron ningún reto. Además, ya sabes que me desean, Scott. Quieren que vaya porque no pueden resistirse a tener a otra generación de hijos de 1D en su programa. Me invitaron a participar en esta edición, ¿recuerdas? Tengo a mi favor: que quieren tenerme, así que soy yo la que tiene el poder. Seré yo la que mande. Además, aprendo rápido. Jugaré su juego mejor que ellos antes siquiera de que se den cuenta de que estoy en la partida. Son tan arrogantes que seguro que piensan que soy incapaz de meterme en la partida-me reí, y Scott sacudió la cabeza y se mordió el labio.
-¿Y cuál se supone que es mi papel en todo esto? Aparte de callarme como un hijo de puta y no decirles nada a papá y mamá de que tienes pensado destrozarte la vida porque me has hecho jurar que no les diría nada.
Tiré de las mangas de la sudadera de Alec y me cubrí de nuevo los puños con ellas. Era ahora o nunca, pensé.
-Enséñame. Cuéntame cómo va el programa. En qué tengo que fijarme, qué ignorar. A quién impresionar y de quién pasar olímpicamente. Dime todo lo que nadie más puede decirme para asegurarme ganarlo, S.
Scott rió con amargura.
-Yo no lo gané, acuérdate. Para eso tienes a Eleanor. No; no quieres que te enseñe a ganarlo, quieres que te dé mi bendición y que te diga que lo estás haciendo genial, Saab. Que te diga que estoy orgulloso y que lo vas a hacer de puta madre y que no va a salir mal, pero, ¿sabes qué? Que sería un hermano mayor de mierda si dejara que mi hermanita pequeña se metiera en esto ella sola, y un auténtico hijo de puta si encima te aplaudiera.
Se me rompió el corazón en pedazos tan pequeños que creo que nunca sería capaz de terminar de recogerlos todos. Scott jamás me había dado la espalda ni me había decepcionado. Yo había cumplido mi parte: había dejado que me riñera y había aguantado sus gritos con estoicismo, así que ahora le tocaba a él.
Que no quisiera pasar por el aro aun sabiendo por qué yo había tomado la decisión que había tomado me hacía sentir herida y traicionada. Éste no era el momento para que Scott empezara a decepcionarme.
-¿Ni siquiera vas a pensártelo?
-No tengo nada que pensarme. No me pidas mi bendición para que mi hermana se inmole en prime time-Scott sacudió la cabeza-. Ése es mi trabajo. Soy el primero por algo.
-Para marcar el camino, sí. Pero no será el mismo para ninguna de nosotras que para ti.
-¿Y eso por qué?-inquirió. Levantó la mandíbula, retador, y me miró desde abajo, haciéndome sentir pequeña y malherida. No me des la espalda.
Escuché a Alec en mi cabeza, mirándome desde abajo mientras sonreía. Esto no se acaba hasta que no suena el ring, nena, me dijo. Y yo me di cuenta de que había estado a punto de tirar la toalla.
No podía permitírmelo, y Diana aún menos.
-Porque no tienes ningún hermano-respondí con una calmada determinación que no quería que confundiera con osadía. Tenía valor, no ganas de inmolarme. Demostraría mi valía de formas seguras, me haría con el control de forma calculada, y le prendería fuego a todo sabiendo que a mí las llamas no me harían nada, pues estaba hecha de escamas y carne ardiente y garras y dientes y alas. Me convertiría en un dragón al que nada ni nadie podría derrotar-. Sólo hermanas. Para nosotras es más peligroso.
Scott parpadeó.
-Mi camino no es el tuyo, pero sólo tú tienes la llave para conseguir lo que quiero hacer, S. No me basta con ganar para destruir el programa; tengo que hacer lo que tú hiciste. Porque, aunque sea Eleanor la que tiene el trofeo en su casa y las ventajas del primer puesto, todos sabemos, incluida ella, que el verdadero ganador del programa eres tú. Sólo tú podrías hundirlos con sólo proponértelo; por eso te han puesto un precio tan alto, para que les tengas miedo y no te des cuenta de que ellos están aterrorizados contigo.
Mi hermano parpadeó, pensativo.
-Yo no sólo quiero ganar el concurso. Bueno, no es que lo quiera, sino que lo necesito porque soy una mujer. Pero también quiero conseguir lo que sea que conseguiste tú. Porque tú ahora no puedes hacer nada, pero, ¿si yo entro al programa? ¿Si consigo lo que tú conseguiste? No desaprovecharé esa oportunidad. Te lo prometo.
Le cogí una mano entre las mías y le acaricié el dorso con el pulgar. Scott bajó los ojos hasta el punto en el que le tocaba, escuchando.
-Me encontraste para esto. Llevas dándole sentido a mi vida desde que me encontraste. Es normal que te necesite; llevo haciéndolo desde que nací. Y cada día que pasa y más pienso en ello, más me doy cuenta de que todo ha pasado como tenía que pasar. Papá me dio clases de canto, mamá me educó en feminismo, mandaron aquí a Diana… yo puedo romper la rueda. Soy la única que puede, porque soy su hija… y también soy tu hermana.
»Lo que a ti te sale natural, a mí tendrán que enseñármelo. Y sólo puedes hacerlo tú.
Sus ojos volvieron a los míos, los ojos de mi madre en la cara de mi padre. Las tres personas más importantes de mi vida, las que me habían convertido en quien era, unidas en una sola persona, la que siempre había sido mi guía.
-Además… sé que todavía queda un tiempo y que tenéis que disfrutar el uno del otro, pero… piensa en cuando Eleanor y tú tengáis hijas. Me niego en redondo a que por lo menos no me des una sobrinita. Y piensa en a qué querrá dedicarse ella. Puede que no sea cantante, sino diseñadora o actriz. Pero los dos sabemos que se moverá por este mundo, porque es lo que va a aprender desde la cuna-le puse una mano en la mejilla-. Sólo yo puedo impedir que tus hijas crezcan en un mundo en el que te estarás preguntando constantemente si les habrán hecho algo malo cada vez que se queden a solas con un ejecutivo. Lo que le han hecho a Diana no es sólo por placer y por poder, sino también una prueba. Quieren ver si pueden alcanzarnos, y creen que sí. Sólo yo puedo revertir eso, S.
Scott torció la boca, inhaló y exhaló, y me puso una mano en la muñeca. Inclinó la cabeza ligeramente hacia mi mano, como si quisiera fijarse la huella de mi mano en su piel, y luego la apartó.
Debió de ver lo herida que me sentí cuando me separó de él, porque dijo en voz baja:
-Me lo pensaré.
-S, te necesito. No puedo hacerlo sin ti-susurré, dando un paso hacia él y salvando la distancia que nos separaba. O por lo menos toda la distancia que me permitió salvar-. Eres la pieza que me falta.
Scott negó con la cabeza, me cerró la mano en un puño y me acarició los nudillos con su pulgar.
-Siempre has tenido el extraño don de subestimarte y sobrevalorarte muchísimo, todo a la vez. No sé si me necesitas, Saab. Hace tiempo que me pregunto si lo haces. Yo no te encontré; fuiste tú la que nos encontraste a nosotros, así que tú no nos debes nada, y nosotros, todo.
Se me anegaron los ojos.
-Yo no lo siento así…
-Lo sé. Cada uno lo siente de una manera, pero creo que en esto el que tiene razón soy yo. Eres mi hermana pequeña-me puso una mano en la mejilla y me acunó el rostro, rozándome la sien con el pulgar-. No puedes pedirme que te arroje a los leones tan feliz.
-No lo sientas como que me arrojas a los leones. Piensa que lo voy a hacer sí o sí-le cogí la mano y le lancé una mirada suplicante con la que traté de convencerlo de que esto era lo que quería: que me ayudara-. Sólo tus consejos me darían la confianza necesaria para no dudar-ahora lo veía. Dos cabezas piensan más que una, cuatro ojos ven más que dos, y cuatro manos también trabajan más rápido-. Partir desde lo que yo sé es salir desde el campamento base al pie de la montaña, pero si tú me ayudas, S, estaría despegando desde la cima, y el techo ya no serían las nubes, sino las estrellas.
Scott me miró con tristeza y una sonrisa triste que no le llegó a los ojos.
-Te encantaba cazar las nubes cuando eras un bebé. Era yo el obsesionado con las estrellas.
Se relamió los labios y sacudió despacio la cabeza. Parpadeó deprisa, quizá para enjugarse las lágrimas y que yo no viera que le dolía tener que decirme que no.
-Tengo que pensármelo-finalmente, me soltó-. Necesito unos días para darle vueltas.
-Pero, S…
-Es lo más que puedo darte, Sabrae. Tengo que pensar. Tengo que hablarlo con Tommy y con Eleanor. Es arriesgado; muy, muy arriesgado, y… no puedo fallar contigo. No quiero fallar contigo. Quiero tomar la decisión correcta-se inclinó a darme un beso en la frente-. Todavía no estoy dispuesto a arriesgarte, por mucho que mis hipotéticas hijas pudieran agradecérmelo. Creo que me perdonarían si no lo hago.
Jordan se frotó las palmas de las manos contra los pantalones y exhaló un suspiro.
-Voy a hacerlo, S-le aseguré, aunque ya no me parecía algo tan seguro o inamovible.
Scott se relamió los labios y se mordisqueó el piercing.
-No. Creo que, si te has dado cuenta de que me necesitas y yo no te ayudo… creo que hay una posibilidad de que no lo hagas, Sabrae-dijo con cansancio; era como si la conversación hubiera durado diez años. Me quedé mirándolo mientras daba un paso atrás, marcando todavía más la distancia entre nosotros, que yo empezaba a sentir como un abismo, y me envolví en la sudadera al notar el frío de la habitación a mi alrededor. Tenía dientes, y también hambre, y yo era su comida preferida.
-Además…-añadió tras mirar a Jordan-. También está Alec.
Se me paró el corazón.
-¿Qué pasa con Alec?
-Creo que no me lo perdonaría, haga lo que haga. Si no te ayudo, no me lo perdonará por haber dejado que lo hicieras sola en lugar de haberte convencido para que ganaras el concurso cuando él estuviera aquí y pudiera verte desde la primera fila. Y si te ayudo… tampoco me lo perdonará por no habértelo impedido. Claro que creo que él entenderá que yo no era el que podía impedírtelo-comentó, pensativo, y miró de nuevo a Jordan, que asintió con la cabeza y luego se encogió de hombros. Sentí que una conversación silenciosa se mantenía ante mis ojos, y me pregunté entonces si Scott no sería capaz de hablar en silencio con quien se propusiera, y no sólo con Tommy, igual que yo me entendía con Alec con sólo mirarnos.
Supe de sobra a qué se refería, y me aparté un mechón de pelo de la cara frotándomela con el dorso de la mano, todavía escondida en el puño de la sudadera con el apellido que no me importaría adoptar.
-Alec no está aquí para impedírmelo.
-No-respondió Scott, y me miró de nuevo-, pero puede venir. No sería la primera vez.
Me di cuenta entonces de que no todo estaba tan decidido como yo pensaba, sino que pendía de un hilo dorado, líquido, que se movía y estaba vivo. Y de que la persona que estaba al otro lado no viniera y me convenciera de que aquello era una locura y que no debía ponerme en peligro así.
Asustaba la manera en que estaba dispuesta a dejarlo todo si Alec me lo pedía, aunque tenía el consuelo de saber que también era al revés. Catatónica, rumiando todo lo que Scott y yo nos habíamos dicho, me despedí de mi hermano y de Jordan casi como en un sueño. Los vi salir por la puerta como en la película de un cine cuya puerta había abierto sin querer, y los escuché despedirse de Annie y disculparse por no quedarse a cenar como quien escucha la radio del coche de al lado en un atasco de la autopista.
Bastó una mirada de Mimi para que entendiera que no quería bajar a cenar, pero tampoco que me dejaran sola. Se levantó con la gracilidad que llevaba años perfeccionando y que yo, por mucho que me esforzara, jamás podría imitar en tan poco tiempo como unos meses, y se fue a preparar la cena en unas bandejas para comernos en la habitación de Alec.
En cuanto Mimi salió, me giré hacia las chicas, las miré, me envolví con los brazos y me eché a llorar. No quería que mi misión se terminara antes de empezar, pero no sabía si podría continuar sabiendo que no tenía el apoyo de Scott si finalmente él no me lo daba. Y si encima le pedía a Alec que viniera para que me convenciera de no hacer nada… le echaba tanto de menos que creo que estaría dispuesta a dejar que otros se hicieran cargo de mis asuntos incluso cuando sabía que eran mi deber.
Taïssa, Kendra y Momo estuvieron a la altura: se acercaron a mí, me rodearon con sus brazos, me metieron en la cama, me pasaron pañuelos y se aseguraron de que comía mientras yo, en mi shock, trataba de descubrir si tenía el corazón roto, o si el agujero en el pecho simplemente se debía al vacío que sólo dejan las promesas rotas. Las chicas se pusieron sus pijamas y se metieron conmigo en la cama, turnándose para acariciarme la espalda y susurrarme palabras de consuelo hasta altas horas de la madrugada.
Fue la única vez en que ninguna chica que no fuéramos Mimi o yo durmió en la cama de Alec.
Y también fue la primera vez en que yo no le mandé un videomensaje de buenas noches a Alec mientras él estaba en el voluntariado.
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Pfffff soy una básica de mierda. No es normal que después de siglos siga poniéndome como un perro con un juguete nuevo cada vez que le das un poco de protagonismo de más a Scott. En fin, centrándome en el capítulo en si. QUÉ TENSIÓN. Por un momento pensaba que no se lo decía y me estaba poniendo nerviosa. Lo inteligente que es Scott por dios, ya me había olvidado (jajajajaja no) y me muero de la pena con el final del capitulo. Alec va a meterse un tiro en la sien cuando se entere.
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