jueves, 23 de abril de 2026

Perseguir el subidón.

¡Hola, flor! Antes de que empieces el cap, y como ya es, o siempre ha sido costumbre, quería pararme un momentito para darte las gracias. Gracias, porque, como sabes, hoy no es un día 23 cualquiera, ni éste es un capítulo cualquiera. Llevamos ya tanto tiempo celebrando el cumpleaños de Scott y el aniversario de Sabrae que no recuerdo mi vida antes de comprometer todos mis días 23 con esta historia, al igual que los días en que no escribía y sólo leía, que es a lo que me estoy dedicando casi siempre últimamente, están tan difuminados en el tiempo y en mi memoria que parecen de una vida que no me pertenece.
Confieso que he tenido que buscar en el capítulo del año pasado para ver si había escrito algo o simplemente había dejado una nota hablando del examen que tenía a los 3 días, y que me fue tan bien que terminé sacando la plaza para la que me examinaba (¡ᵔᵕᵔ!). Como llevo ya dos años comprometiendo mi vida, mi tiempo libre y también la novela a la oposición en la que estoy ahora, y viendo que me dio tan buen resultado el respetar el 23 de abril como el día más importante del año, no podía dejar de subir aunque fuera un capítulo cortito para celebrar un momento tan especial.
Siempre hablo de ello y sé que puedo resultar repetitiva, pero no deja de asombrarme cada vez que echo la vista atrás y me encuentro con todo el tiempo que ha pasado (y lo que han cambiado las cosas) desde aquella vez, que ya ni siquiera puedo localizar en Twitter, en la que teoricé con la posibilidad de escribir esa “pequeña” historia que el personaje más carismático de Chasing the stars tanto se merecía. Recuerdo, también, que hace más de 6 años, cuando sólo llevaba dos con la novela, una amiga que también escribía (y con más repercusión que yo) me preguntaba lo que me quedaba, dado el tiempo que llevaba con ella. Y cómo se sorprendía cuando le decía que otros dos años, pues todavía no había llegado a la mitad.
Quiero pensar que ya he superado la mitad de la novela, o que por lo menos no voy a estar otros nueve años escribiéndola, aunque sólo sea por el vértigo que me produce seguir con esta rutina que también me reporta ciertos sacrificios. No obstante, eso no quiere decir que esté lista para decir adiós a estos personajes, ¡ni muchísimo menos! Más bien al contrario; aunque me he acostumbrado ya a los findes libres (y no sé yo cómo llevaré eso de tener que volver a la rutina de los caps semanales, aunque será mucho mejor para la narración y la lógica de la historia), confieso que, como dije hace un año, ahora que no me presiono tanto con ellos me asaltan más veces en mis momentos de tranquilidad. Quizá nuestros caminos estén un poco separados ahora mismo, pero ni Sabrae ni Alec han dejado de ser en ningún momento ese espacio seguro que llevan tantísimo tiempo siendo. Me acompañan desde más tiempo que bastantes amigos que tengo, de forma que, en cierto sentido, para mí son más de verdad que relaciones que terminaron hace años; por eso, aunque me suponga un esfuerzo y en ocasiones tenga que luchar contra una pereza traicionera que sólo quiere desconectar después de tanto estudiar, me obligo a no renunciar a ellos y a seguir aquí, mes tras mes.
Por supuesto, eso no sería posible sin el apoyo de mi incondicional, mi querida amiga Paula, que me lleva acompañando en este trayecto más tiempo del que tiene la historia. Saber que hay alguien que continúa esperando por los capítulos, leyéndolos religiosamente y comentándolos más religiosamente aún, es el empujón que me hace falta en ocasiones para terminar de superar a la pereza. Por eso, Paula, me gustaría dedicarte este capítulo; puede que no esté a la altura del cliffhanger del anterior… pero prometo que lo he hecho con el mismo cariño que lleva llenándome todos los días 23 desde hace nueve años.
No me extiendo más, que querrás continuar con la trama y yo siempre me pongo excesivamente sentimental. Gracias, gracias, ¡gracias!, por acompañarme todos estos años, o por haber llegado más tarde, o por haberte ido un poco antes. Cada par de ojos que se posa sobre mi historia es aliento que me impulsa a seguir con esto, a disfrutar de lo que hago incluso cuando se me olvida que lo disfruto mientras estoy sentada en el sofá viendo la vida pasar, o perdiendo el tempo en Twitter.
Y a Alec y Sabrae… a Sabrae y Alec… gracias por todo lo que he aprendido con vosotros, por los retos, por el esfuerzo, por las sonrisas cuando aparece el número 23, por el sentimiento de protección casi maternal que siento hacia vosotros, y por hacerme estar segura de cuál sería el nombre que les pondría a mis hijos si quisiera tenerlos algún día. Sólo espero que con mis dedos se haga un poco más verdad el universo en el que existís, y al que yo tengo el inmensísimo privilegio de asistir en primera persona.
Y ahora, sin más preámbulo… ¡feliz cumpleaños de Scott, feliz noveno aniversario de Sabrae, feliz Día del Libro y que disfrutes del cap!

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jueves, 5 de marzo de 2026

Romantizar la cumbre.


¡Hola, flor! Como dije el último día 23, no podía dejar pasar la oportunidad de celebrar una ocasión tan señalada como el cumpleaños de Alec sin un capítulo, así que, ¡aquí lo tienes! ᵔᵕᵔ
Dado que he subido un capítulo tan cerca de otro, con los consiguientes cambios en mis horarios de estudio y lo pillada que estoy de tiempo entre trabajar y estudiar, no habrá capítulo el 23 de marzo. Te espero, entonces, el día 23 de abril, en el que, además del cumpleaños de Scott, ¡celebramos los 9 años de la novela!
Tengo muchas ganas de celebrar ese aniversario contigo, ¡te espero!
Y dicho todo esto… ¡disfruta mucho del cap!



 
 
A pesar de que siempre había disfrutado muchísimo en las respectivas casas de mis abuelos y siempre me moría por visitarlos, igual que a mis tíos y a mis primos, el hogar que tenía en Londres me atraía igual que la marea alta a una sirena. Siempre había una parte de mí que ardía en deseos de volver a casa; más aún la habría habido si Alec me hubiera estado esperando allí.
               No fue el caso ese año. Me centré en disfrutar de mi familia, de los paseos con mis hermanos por las calles por las que nos orientábamos pero no dominábamos como las de nuestra infancia, de disfrutar de puestos con regalos idénticos en mercadillos de navidad mucho más pequeños que los que solíamos tener en casa, y de pararnos ante los escaparates de negocios que llevaban toda la vida abiertos y, con todo, nosotros redescubríamos con el final de cada año.
               Me entregué por completo a disfrutar de esas navidades como si fueran las últimas, porque en cierto modo sentía que así era. Aunque no nos asaltaban tantos como lo habían hecho en el local de carretera o como lo hacían en Londres, donde había muchos más turistas que en Bradford, o ya no digamos que en Burnham, cada tarde Scott tuvo que detenerse a hacerse por lo menos alguna foto, firmar algún autógrafo y dar las gracias por alguna muestra de apoyo
               Esperaba que ése fuera mi porvenir el año siguiente, de modo que todo mi ser se centró en aprovechar el no tener que forzar la sonrisa, no rememorar el garabato que me había inventado para los autógrafos, ni forzar un agradecimiento que se peleaba con el reproche de haberme quitado un poco de tiempo con mi familia. Sentía un pellizquito de remordimiento y de añoranza cuando alguien me reconocía y me pedía que posara con ellos, aunque fiel a lo que me habían inculcado desde pequeña y pensando en practicar para cuando fuera mi turno, siempre accedía con una sonrisa, incluso cuando no fuera lo que más me apeteciera del mundo.
               Por descontado, no había comparación entre las veces que reclamaron a Scott y las que me reclamaron a mí. En muy pocas ocasiones me sucedió también a mí, y todo gracias a las actuaciones que había hecho con Eleanor, primero, y con papá y el resto de la banda después. Todas mis interacciones fueron agradables, quizá por la benevolencia que la nieve siempre trae al carácter, y fue un cambio para mejor que agradecía sin preocuparme por lo efímero. Sabía que pronto todo se daría la vuelta de nuevo, y que el amor del público no se gana tan rápido como se pierde, pero yo estaba más encantada de seguir disfrutando un tiempo más del escasísimo anonimato que me quedaba.
               El panorama de los próximos meses era absolutamente desolador, así que sólo podía hacer una cosa: disfrutar de esas Navidades como si fueran las últimas. Y, sorprendentemente, fui capaz de aprovechar cada minuto como si de verdad fuera el último de felicidad que me quedaba en la tierra sin preocuparme lo más mínimo por lo que me esperaba una vez que estuviera de vuelta en Londres. Creo que me convertí en un milagro navideño en mí misma, ya que nunca me había entregado a disfrutar de algo mientras ignoraba deliberadamente el presente. Mi espíritu organizador no me dejaba simplemente “dejarme llevar”, así que conseguirlo en Burnham y Bradford fue el mayor regalo que podía recibir antes de embarcarme en esa lucha agotadora que me esperaba.
               ¿Serían las estrellas más hermosas la noche antes de la última batalla, la que el ejército sabía que no podría vencer? Si era así, merecería la pena.
               Por eso, la última noche antes de regresar a Londres fue la más agridulce de toda mi vida, con permiso de aquellas que había pasado con Alec antes de despedirme de él.
               Ya habíamos pasado la Navidad y el año nuevo estaba a la vuelta de la esquina, con Nochevieja asomando ya al inicio de la semana como la Luna en una tarde en que había anunciado un eclipse. Me apretaban un poco los pantalones de pijama allí donde siempre los había tenido un poco más justos, pero no me había privado de comer dulces navideños (o los platos que con tanto amor mis abuelas habían preparado para transmitirles a sus familias el amor que tenían que contener durante el resto del año) porque sabía que mi cuerpo pronto recuperaría su forma gracias a los ejercicios espartanos a que Tam y Mimi (aunque más Tam) me someterían. Tenía la tripa llena, me dolían las mejillas de reírme, y el mundo giraba suavemente a mi alrededor producto de las bebidas que nos habían dejado tomar.
               El abuelo Yaser estaba sentado en su sofá raído, ése que no había dejado que papá le cambiara por mucho que mi padre había insistido en que no necesitaba cuidarse de no apoyarse en las costuras rajadas cada vez que se sentaba, y fumaba un cigarro que se consumía poco a poco mientras observaba a toda su familia pelearse a gritos por ganar en el Pictionary. A mi primita Khadija le había traído Santa Claus un enorme caballete con el que sus madres, la tía Waliyha y la tía María, tenían la esperanza de que dejara de pintar en las paredes de casa y así no tener que castigarla más. La prima Jazz, que estaba en su segundo año de Ingeniería en la universidad, necesitaba todos los materiales de dibujo posibles, entre los que, aparentemente, se incluía un enorme bloc de hojas casi transparentes y que ahora estaba colocado en el caballete, cortesía también de un Santa Claus con la agenda y la cartera de la tía Doniya y su marido, el tío Yamza.

lunes, 23 de febrero de 2026

Nunca sola.

¡Hola, flor! Hace mucho que no te dejo ningún mensaje antes del cap, así que aquí me tienes de nuevo. Quería avisarte de que el día 5 de marzo es el cumple de Alec, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que con ¡un nuevo capítulo de Sabrae!

Te espero en muchísimo menos tiempo de a lo que te tengo acostumbrada, entonces, para celebrar tan señalada ocasión. ᵔᵕᵔ

Y ahora, sí, ¡disfruta del cap!

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A pesar de que la escena que se desarrollaba más allá de las ventanas era digna de la más aclamada de las películas invernales, ésa que hacía que todos los extranjeros romantizaran aún más si cabe mi país, o la Navidad, o mi país en Navidad, mamá no estaba para apreciar la blancura resplandeciente de la campiña inglesa. Concentrada como estaba en su iPad, que estudiaba con un ceño fruncido que prometía problemas incluso para la mayor de las multinacionales, no podía dedicarle su atención a los prados hechos de azúcar glas, los árboles de confitura ni a las montañas de nata que brillaban en el horizonte, deslizándose suavemente con docilidad a medida que papá nos llevaba en dirección oeste.

               Sabía que la situación en mi casa era crítica y que debería estar agradecida de que no lo fuera aún más, pues Scott aparentemente se había mantenido fiel a su palabra y no había dicho nada a nuestros padres de lo que yo me proponía, por mucho que eso explicara mi repentina obsesión con el baile. Y, a pesar de todo, me dolía que mamá no pudiera disfrutar de una de nuestras tradiciones familiares más arraigadas: comentar el paisaje, hablar de la vida y fortalecer los lazos familiares mientras íbamos camino de Burnham o Bradford. Si la época navideña te pone todavía más nostálgico, porque tu vida nunca será igual a las primeras navidades que has pasado y que sólo recuerdas como el epítome de la felicidad, y sin mucho más detalle, saber que mamá estaba tan preocupada por la situación de Scott como para seguir trabajando incluso cuando papá se mantenía respetuosamente dentro del límite de velocidad en la autopista me perforaba un agujero en el pecho que palpitaba cuando recordaba su reacción si se enteraba de lo que yo me proponía.

               Todos lo notábamos, por supuesto, pero ante la impotencia de una situación que se nos venía grande y que amenazaba con reconstruir nuestro estilo de vida tal y como lo conocíamos, los cuatro hermanos habíamos encontrado en el silencio una extraña tregua. Las pocas veces que habíamos intentado iniciar una conversación, de la primera fila del coche sólo nos había contestado papá.

               No quería ponerme los cascos y renunciar a la posibilidad de nuestras charlas de horas y horas en las que el debate estaba servido y el crecimiento espiritual casi, casi garantizado, pero de verdad que si seguíamos sumidos en el silencio aunque fuera un minuto más, es probable que me pusiera a gritar.

               Miré a Scott en el reflejo del espejo retrovisor; mi hermano siempre iba en la parte de atrás, de forma que pudiera estirar mejor las piernas si lo necesitaba y, de paso, también aprovechar la intimidad que le daba el que nadie pudiera ver sus conversaciones en el móvil. Tampoco es que no supiéramos que intercambiaba mensajes constantemente con Tommy o Eleanor, pero lo obvio de la situación no la hacía menos personal.

               Todavía no me había dado una respuesta a sobre si me ayudaría con su experta opinión respecto al concurso, y eso me estaba matando. Había intentado hablar con él la noche anterior, mientras preparábamos las maletas que ahora iban a la derecha de Scott, pero él se había cerrado en banda y me había dicho que tenía demasiado que asimilar y que no estaba del todo decidido.

               -¿Y cuánto vas a tardar?-le pregunté con desesperación exasperada-. Porque hace que lo sabes casi dos semanas y todavía no te has dignado a darme ni siquiera una pista de lo que vas a decidir.

               -Si la anticipación te está matando, hermanita-dijo con el retintín propio del hermano mayor que te pilla haciendo una Trastada Soberana (así, con mayúsculas y todo) y sabe que te tiene en sus manos, y que tu supervivencia depende sólo y exclusivamente de su benevolencia-, puedo decidir ser racional y responsable y decirte que no ahora mismo.

               Su contestación tan gélida había sido exactamente igual que un jarro de agua helada que no podía permitirme. Había anunciada una tormenta de nieve para los próximos días, iba a pasarme las fiestas fuera de mi casa, y de la cama de mi novio, y para colmo tenía a mi principal fuente de calor, felicidad y belleza (concretamente, metro ochenta y siete de calor, felicidad y belleza) en el culo del mundo, a miles y miles de kilómetros de mí que me pesaban igual que seis mil ciento cincuenta y pico soles (redondear la distancia que me separaba de Alec era un esfuerzo que llevaba haciendo unos días, mientras me preparaba mentalmente para fingir que no me pasaba nada ni estaba planeando algo cuando estuviera con mis padres las veinticuatro horas del día durante los siguientes días; si ya era difícil hacerme la inocente cuando apenas paraba por casa, imagínate cuando los tuviera encima todo el rato, y recordarme constantemente hasta los centímetros que me alejaban de mi novio desde luego que no iba a ayudarme), así que si Scott decidía decirme que no, al menos esperaba que lo hiciera después de que regresáramos a Londres.

               Aunque sólo fuera para darle la alegría a Amoke de poder frotarse contra Jordan mientras los dos me cuidaban tras el brote psicótico que me daría. Me consolaba pensar que al menos habría alguien que se beneficiaría de toda esta situación.

               -Eso no será necesario-había respondido, muy digna, levantando la mandíbula antes de salir de su habitación con andares de reina a la que no le ofende la absoluta falta de modales del plebeyo que ha conseguido llegar a su alcoba para hablarle de la pésima situación en el campo debido a la falta de lluvias… como si fuera culpa suya.