martes, 23 de junio de 2026

La perra ha vuelto.

¡Toca para ir a la lista de caps!
¡Hola, flor! Antes de que empieces el cap, de nuevo, quería robarte un momentito para agradecer la paciencia que has demostrado a lo largo de los últimos meses… que se han convertido en un año y medio. Pero al fin puedo darte la noticia que llevaba tanto tiempo ansiando darte, y por la que he sacrificado tantas cosas (entre ellas, la novela):
¡HE CONSEGUIDO SACAR MI PLAZA!

Aun a riesgo de que suene a tópico, la verdad es que no ha sido un camino de rosas, y todavía me parece un poco surrealista y mentira que por fin pueda decir eso después de tanto tiempo preparando. Han sido casi dos años dedicados exclusivamente a la plaza que yo quería; cinco en total de la oposición, todos ellos compatibilizándolos con escribir Sabrae, primero de forma más intensa que en esta última etapa. Aún siento las tardes raras sin tener que estudiar, y tengo una sensación extraña de raro agobio y vacío que espero poder llenar con la novela más pronto que tarde. Por eso me alegra anunciarte que pronto volveré al calendario más usual de escribir, no sólo por todo lo que tengo que contar y el tiempo que me llevaría hacerlo si sigo en este plan (décadas, posiblemente, xd) sino también porque me encanta reencontrarme con los personajes. Confieso que ahora se me está haciendo un poco complicado por el cansancio de haber estudiado tanto y la falta de costumbre, por lo que te pido de nuevo paciencia y comprensión. Eso sí, ya no te pido tanta paciencia como te he pedido hasta ahora.
Muchísimas gracias por seguir ahí, por seguir apareciendo y animándome a seguir escribiendo. En estos días en los que lo que más me apetece es quedarme sentada en el sofá después de echar mis partidas de rigor al Forni, saber que Sabrae y Alec están ansiosos por seguir su historia de amor y que hay alguien dispuesto a leerla son la motivación que necesito para vencer a la pereza y a las ganas de consentirme.
Dicho lo cual, no me extiendo más. ¡Disfruta del cap! Nos vemos muy, muy pronto ᵔᵕᵔ
 

Mi cuerpo estaba volviendo a ser mío y a responder a mis exigencias, y eso era una llamita de esperanza a la que pretendía aferrarme cual dragoncito moribundo.
               Por lo menos me había quitado un peso de encima al confesarles a papá y mamá mis planes inmediatos, y aunque no habíamos vuelto a hablar del tema y en casa había silencios incómodos cuando me cruzaba con ellos, al menos podía fingir que eran los mismos silencios que me inundaban en la piscina cuando buceaba, como me había dicho Tam, cada día un poquito más profundo.
               Sabía que la esperanza era lo último que se perdía, pero yo cada vez estaba más perdida,  y lo único que me tranquilizaban eran el deporte y los ensayos. El cansancio acumulado de días tan acelerados que se solapaban unos con otros igual que los planes que hacía con mis amigas para no tener que comerme la cabeza en los ratos muertos hacía que por las noches me derrumbara en la cama, de modo que me libraba también del insomnio con el que mi cabeza aprovechaba para volverse en mi contra.
               Y mi dominio de la respiración… no pensé que pudiera evolucionar tanto en tan poco tiempo ahora que sabía exactamente qué era lo que tenía que hacer, y todo gracias al experto consejo de Tam. Era despiadada conmigo, pero al ver que yo no me achantaba con sus indicaciones y que ponía todo mi esfuerzo en seguirle el ritmo, había empezado a respetarme aún más y había empezado a pedir ayuda en la Royal. Tam no entendía de entonaciones ni de ejercicios de respiración, pero no dudaba en pedir auxilio por mí.
               -Ni siquiera sé cómo voy a agradecértelo-le dije cuando se ofreció a concertar una cita con una de las profesoras de canto de la Royal, de la misma edad que Eri y con debilidad por mi familia. Puede que les hubiera dicho a mis padres que no quería aprovecharme de su apellido para forjarme una carrera, pero vaya que si lo utilizaría si eso me garantizaba los mejores consejos y partir con una ventaja que estaba convencida de que necesitaba.
               Tam sólo me había dado un suave empujoncito juguetón con el hombro.
               -Quedando primera. Así habrá alguien que pueda callarle la boca a Alec cuando empiece a rebuznar sobre que él es el que más premios tiene del grupo.
               Aquello tampoco era muy exacto; primero, porque Alec no había dicho eso nunca, o al menos no en mi presencia, que se había vuelto indispensable en cada reunión con sus amigos; y segundo, porque Scott ya tenía más premios que mi novio, aunque sólo fuera por las votaciones de fans a quién era el Buenorro del Verano (ugh) o la Estrella En Ciernes Más Prometedora (eso podía comprárselo, pero había hecho que Scott estuviera intratable tres días seguidos el julio pasado… suerte que yo estaba demasiado ocupada retozando en las sábanas de Alec como para haberlo aguantado).
               Las grabaciones con los ensayos que analizaba minuciosamente en cada momento libre demostraban una mejoría contra la que no podía ser cautelosa, y eran el motivo por el que todavía podía sonreír. Eso, y mis amigas, que se estaban volcando en consolarme cuando notaban que me volvía la tristeza, sacándome de casa cuando me sentía encerrada o dándome mimos cuando no podían hacer otra cosa.
               ¡Ah! Y animándome cuando lo hacía bien, lo cual estaba siendo cada vez más a menudo, gracias a Dios.
               Saqué la cabeza del agua, apoyé los codos en el borde de la piscina, y pataleé perezosamente mientras miraba los cristales empañados, y el mundo más allá. Hoy era el último día del año, un año que había sido trascendental en mi vida y que, sin embargo, también sentía como una especie de transición. No podía evitar echar la vista atrás con nostalgia y enternecerme ante mis ilusiones de hacía 365 días, y la inocencia de mis preocupaciones y de las de los demás. Hacía un año, Scott y Tommy todavía no se habían peleado, no habían expulsado a mi hermano del instituto, no se habían reconciliado y no habían pensado en ir al concurso a hacerse un nombre, como tampoco habían hablado con Diana, Chad (a quien había felicitado a las doce, para no perder la costumbre) y Layla para ir todos juntos… a Diana todavía no le había pasado nada (o, al menos, nada distinto a lo que la había traído hasta Inglaterra) y yo todavía pensaba que con una determinación férrea y una dosis moderada de violencia indispensable y controlada sería capaz de cambiar el mundo.
               Ahora sabía que tenía que quemarlo desde dentro para que algo nuevo pudiera surgir de él.
               Sin olvidar, claro está… que hacía un año estaba preparándome desde bien temprano para la que creía que sería la mejor noche de mi vida. La noche en que por fin Alec y yo lo haríamos sin ropa, y nos veríamos desnudos, tal y como éramos, y nuestra relación cambiaría para siempre. Desde luego, lo había terminado haciendo, y de qué manera, pero no como nosotros esperábamos. Los dos lo habíamos pasado mal por cómo había ido la noche, pero a la vez, la forma en la que me había cuidado, demostrándome definitivamente lo equivocada que estaba con él…
               … ahí me había dado cuenta de que quería pasar con él el resto de mi vida. Y que no quería separarme de él.
               Y ahora, aquí estaba. Proyectando en mi cabeza una vida de la que él no sabía nada, y viviendo separada de él, cada uno en un continente, echándonos de menos y manteniéndonos a duras penas al día a través de las cartas que nos enviábamos cada quince días.
               Mi vida antes era tan fácil… y sólo podía mirarla con la nostalgia y la alegría distante de la anciana que ve desde la ventana del autobús a unas chicas de punta en blanco, subidas a tacones de infarto y con minifaldas microscópicas, derechas a la discoteca con la música más alta y los chicos más guapos. Echaba de menos esa vida con una ligera punzada en el corazón, pero, a la vez, estaba dispuesta a dejarla atrás.
               Porque tenía un propósito después de meses perdida, y de verdad creía que yo sería capaz de conseguir lo que nadie había hecho antes. Nadie se lo había propuesto como yo, ni nadie se lo había trabajado como yo. Puede que papá y mamá no quisieran darme su permiso, pero me habían dado su herencia. Tenía el talento de papá, y la inteligencia de mamá. El mundo me detestaba porque era Sabrae Malik, y me detestaría más cuando se diera cuenta de que no podía vencerme porque yo me había dado cuenta también de que era, efectivamente, Sabrae Malik.
               Le sonreí a mi reflejo empañado en el espejo, surfeando un subidón que no sabía cuánto duraría, de modo que tenía que disfrutarlo. Been that bitch, still that bitch. Will. Forever. Be. That. Bitch!, proclamó Megan Thee Stallion en mi cabeza, un sitio del que  no tenía intención alguna de sacarla.
               Alguien se tiró en bomba desde uno de los trampolines de la piscina y me salpicó en el mismo momento en que Momo emergía a mi lado cual sirena.
               -¿Estás en un bucle?-preguntó, y yo negué con la cabeza y aparté la mirada de mi reflejo en las ventanas.
               -Estoy bien.
               -Mm-Momo nadó un par de metros hacia el centro de la piscina y se mantuvo a flote con la fuerza de sus brazos y piernas. Se apartó un par de mechones de pelo de la piscina y arrugó la nariz, sorprendentemente, cuando Jordan se lanzó en bomba desde los trampolines y nos salpicó a ambas. Parecía ser que estaba en plena competición de salpicaduras con Bey y Max, y que no tenía la más mínima intención de perder. Me sabía yo de uno capaz de tirarse en plancha para asegurarse el primer puesto-. ¿Reconsiderando tu negativa a hablar con Alec por teléfono? Ya sé que no se lo espera-se encogió de hombros-, pero creo que la ocasión lo merece.
               Y así, sin más, la burbuja se rompió. Momo me había dicho que me apoyaría en todas mis decisiones, y que me animaría siempre. Eso no parecía estar reñido con aprovechar cada oportunidad que se le presentaba para intentar disuadirme de que me metiera yo solita en la boca del lobo.
               Sabía de sobra que había una sola persona capaz de conseguirlo, y por desgracia estaba a seis mil kilómetros de distancia. Por suerte, tenía teléfono.
               Por desgracia, yo no quería decirle nada.
               Por suerte, se lo diría en cuanto oyera su voz. Porque Alec podía ser muchas cosas; pero, tonto, desde luego, no. Y me lo notaría nada más oír mi voz, así que la solución era no hablar con él.
               Era mucho más fácil no decirle nada por carta. Técnicamente no era mentirle, aunque tampoco le estuviera siendo del todo sincera, pero al menos tenía ocasiones para esquivar la verdad. Además, tenía tantas cosas que contarme y yo que contarle a él que no podíamos detenernos en minucias como los planes que tenía y que mis padres quizá no me dejaran llevar a cabo. Seguro que él lo entendería.
               Además, todo iba tan rápido que una carta depositada en el buzón podía quedarse obsoleta antes de que el cartero fuera recogerla, así que, ¿por qué preocupar a mi novio, que padecía de ansiedad y estaba a tratamiento para superarla?
               Puse los ojos en blanco y moví el brazo en su dirección, haciéndole llegar una ola.
               -Ya hemos quedado por carta. Si le llamo, se preocupará. Además, puede que no pueda acceder al teléfono pronto si todos sus compañeros quieren llamar a sus familias… son un montón en el campamento-me encogí de hombros y observé cómo Karlie se lanzaba de cabeza sin apenas salpicar, toda elegancia y belleza.
               -Claro. Te preocupa que se preocupe... ajá-Momo asintió con la cabeza y silbó-. No te preocupa que te convenza.
               -Tiene muchas cosas en las que pensar. No tiene acceso a Internet, Momo: puede creer que la gente es más mala conmigo de lo que lo es, y ya sabes lo mal que lleva no poder defenderme. Además, se está jugando la vida ahí abajo. No quiero estar preocupada por si él está preocupado y no se centra, todo porque yo no pude callarme más esto. Más aún si papá y mamá no me dejan ir-intenté que no se me escuchara el pánico en la voz, y creo que me salió bastante bien, porque Momo alzó una ceja.
               -Sabes que no puedes ocultárselo siempre, ¿no? No vas a poder ir a recibirlo al aeropuerto cuando venga y enseñarle el premio como si nada.
               Era adorable que Momo estuviera segura de que iba a ganar, incluso cuando no sabíamos fijo si me dejarían ir.
               -¡Claro que no! Lo echarán por el canal internacional. Fijo que alguien se lo dice-bromeé, y Momo me fulminó con la mirada mientras Taïssa se nos acercaba, las trencitas de colores empapadas.
               -¿De qué habláis?
               -Sabrae quiere que Alec se entere de lo del concurso viéndola por la tele.
               Taïssa abrió la boca y me miró con estupefacción.
               -Pero, ¡se enfadará muchísimo!
               -Ya, pero no me tendrá cerca para despotricar. ¡Además! Yo no he dicho que quiera que se entere por la tele; eso lo ha deducido Amoke sabe Dios por qué.
               Kendra nadó hacia nosotras y salió del agua con un impulso que la sentó sobre el bordillo.
               -¿Tus padres te han dicho que sí?-inquirió con ilusión, y yo negué con la cabeza-. Ah. Entonces, ¿por qué quieres que se lo diga a Alec ya?-preguntó a Amoke-. Ya sabes cómo se raya. Igual que un disco. Pobrecito, lo que tiene de guapo…
               Yo la fulminé con la mirada y Kendra fue lo bastante lista como para callarse.
               -Se lo voy a contar-aseguré a Momo, que se cruzó de brazos con dramatismo. En compensación tuvo que patalear más para mantenerse a flote, lo cual hizo la escena algo cómica.
               -¿Cuándo?
               Suspiré y subí los pies para empezar a hacerme el muerto.
               -Es mi día de descanso-le recordé. Me lo había ganado después de acudir con puntualidad a todos los ensayos que Tam me había programado casi sobre la marcha, como si quisiera asegurarse de que iba en serio con lo mío. Parecía complacida cuando no había fallado a ninguno sin importar mis otras obligaciones. Le había demostrado que esto era lo que quería, y me lo compensaba volcando toda su determinación en enseñarme lo más rápido y mejor que podía.
               Pero, claro, el día de Nochevieja era el día de Nochevieja.
               -No os peleéis-pidió Taïs.
               -No nos peleamos. Sólo le he sugerido que llame a su novio y ella se ha puesto a la defensiva. Antes te gustaba hablar con Alec-dijo, encogiéndose de hombros, y yo puse los ojos en blanco otra vez.
               -Me gusta más gemirle, pero de eso no hablas.
               -Ah, es que yo no te he dicho que lo llames para contarle lo del programa. Podrías llamarlo para tener una sesión de sexo telefónico.
               Me eché a reír.
               -Ya sabes lo que se me suelta la lengua después de correrme.
               -Lo dices como si te hubieras corrido alguna vez con Momo-dijo Kendra, frunciendo el ceño, y Momo levantó de nuevo una ceja.
               -Pues por eso-repetí, burlona. Levanté una mano para hacerle un corte de manga a Momo, y cuando se acercó para hundirme la cabeza debajo del agua, chillé. A Momo no pareció importarle cómo me puse a patalear por debajo del agua para tratar de defenderme de ella, pero rápidamente una fuerza la separó de mí y me permitió sacar la cabeza debajo del agua.
               -¿¡Qué cojones haces, Amoke!?-ladró mi hermano, fulminándola con la mirada de una forma que me hizo sentir otra vez la tranquilidad y la confianza que me producía tenerlo cerca. Con Scott en la habitación no había nada que pudiera pasarme; él nunca me fallaría.
               O eso había pensado yo hasta ahora, antes de pedirle a mi hermano que me ayudara a que no me comieran viva y él no me había respondido sin dudar que por supuesto. Ya ni siquiera estaba disgustada con él, sólo… decepcionada. A ratos, cuando decidía no entender que no quisiera jugarse mi vida a la ruleta como yo tampoco querría jugarme la de Shasha y Duna. Sin embargo, yo no dependería del azar, sino de mí misma, y llevaban toda la vida enseñándome a ser excepcional.
               -Dijisteis que os comportaríais-nos recordó en tono severo Jordan cuando Scott me sacó la cabeza del agua y se cercioró con gesto preocupado de que yo estaba bien. Me pasó los pulgares por el mentón y me analizó como si me viera por primera vez, mordisqueándose el piercing mientras me examinaba con atención. Me dio la impresión de que buscaba una señal de arrepentimiento más que una conmoción cerebral-. Como nos pase algo a alguno, me la cargo con Sergei, y no pienso responsabilizarme de vuestras chorradas.
               Sergei cerraba su gimnasio en ocasiones muy contadas, y Nochevieja era una de ellas. Todo su personal tenía un par de días libres para pasarlos con la familia, y los socios del gimnasio habían aceptado hacía tiempo que no pasaba nada por no poder ir a hacer pesas como posesos en plenas celebraciones familiares. Sin embargo, la política de “aquí no entrena ni Dios” de Sergei no se aplicaba a sus ojitos derechos, como eran Jordan y Alec. Ellos tenían llaves del gimnasio y podían entrar y salir a su antojo, siempre y cuando no rompieran nada o corrieran con los gastos en el caso de que así fuera (y, dado lo caras de las máquinas de Sergei, Jordan y Alec eran especialmente cuidadosos, por la cuenta que les traía).
               Pero incluso su privilegio de libertad absoluta de horarios tenía límites: sólo se aplicaba a ellos dos, y sólo podían usarlo para entrenar. Las llaves no eran pases ilimitados para fiestas privadas en la piscina para celebrar el último año de libertad antes de que Jordan tuviera que cuadrarse cada mañana nada más salir el sol; así que, cuando Jor había querido hacer precisamente eso, había tenido que ir a hablar con Sergei para pedirle permiso.
               Yo había ido con él porque me había pedido apoyo moral, ya que era lo más cercano a Alec que tenía ahora mismo… eso, y que decía que tenía más argumentos que un congreso internacional de abogados, así que encontraría la manera de sonsacarle un “sí” a Sergei incluso cuando él estuviera empeñado en obligarme a estar en casa muerta del asco durante la última mañana del año que más me había cambiado la vida.
               Mi condición había sido que pudiéramos invitar a mis amigas, a lo que Jordan me había mirado y me había respondido en tono cansado:
               -Tú sólo prométeme que no permitirías que Amoke intente violarme en algún momento en el que los dos estemos despistados.
               -Le sacas como tres cabezas; estarás bien.
               Jordan se había reído y había sacudido con cansancio.
               -Para lo mucho que las usas para conseguir que Alec haga lo que quieras, pareces no tener ni puta idea de la influencia que puede tener un buen par de tetas en un tío.
               -A Amoke le encantará saber que consideras que tiene un “buen par de tetas”-le había respondido yo antes de aceptar acompañarlo. Al final Jordan no había necesitado de mis argumentos, ya que cuando le pedimos permiso a Sergei, se limitó a mirarme desde debajo de unas cejas arqueadas mientras jugueteaba con un par de tarjetas de socio en blanco, ya plastificadas pero sin grabar sus datos.
               -¿Esto tiene algo que ver con alguna de tus recientes pajas mentales?-al ver que yo no respondía, añadió-: ya sabes, las de volverte loca y probar todos los deportes de mi gimnasio, o venir a nadar a primera hora de la mañana o a última de la tarde, incluso cuando ya no tengo monitores.
               -Para empezar, eres el que permite que haga lo que me da la gana en tu gimnasio-me encogí de hombros-. Si no quisieras que campara a mis anchas sería tan fácil como limitarme el acceso.
               -Como si no fueras a coger la tarjeta o las llaves de alguno de estos dos-señaló a Jordan con un dedo índice seseante; Jordan se había convertido en Jordan y Alec para él en algún punto del último mes-si llegara el caso de que yo te las quitara.
               -Vaya, sí que me conoces bien. ¿No estarás dedicando un pelín demasiado tiempo a pensar en mí?-ronroneé en tono seductor, cuando mis intenciones tenían bien poco de seductoras. Sergei se reclinó en su silla y apretó la mandíbula.
               -Digamos que alguien que conoce tan bien a Alec como lo hago yo no puede evitar terminar conociendo bien a su zorrita.
               Jordan se puso rígido, presto a defenderme, pero yo era más rápida y, además, tampoco necesitaba un paladín. Puede que me interesara tener un acceso prioritario a la piscina con el que pasármelo bien con mis amigas y, de paso, hacer unos largos, pero no iba a permitir que este gilipollas intentara pisotearme simplemente porque mi novio, a quien sí respetaba, se encontraba al otro lado del globo.
               -Diría que no conoces bien a su “zorrita” si piensas que simplemente porque él no pueda oírte le va a hacer gracia que le llames así.
               -Pero él no está aquí. ¿O sí?-miró a Jordan-. ¿Os guardáis un as bajo la manga para una visita de él con la que queráis sorprenderlo? Acuérdate de que tengo cámaras en mis instalaciones, muñeca-Sergei me dedicó una sonrisa perversa y yo chasqueé la lengua.
               -Y tú acuérdate de que me follo a uno de los pocos que saben el código de acceso a los servidores donde se guardan esas grabaciones, guapo. Esta zorrita es más bien una zorra, así que no te aconsejo que le busques las cosquillas.
               Jordan carraspeó y negó con la cabeza cuando yo lo miré, como diciendo “por favor, para”, pero no iba a permitir que Sergei me pisoteara simplemente porque no me respetara a mí cuando estaba sola. Quizá debería darle una lección. La verdad es que estaba ansiosa por darle una lección a alguien. En los fogonazos en que mi personalidad perdía aquellos miedos que llevaban tanto tiempo atormentándome y me acordaba de repente de quién era, la rabia me corroía por haberme pasado tanto tiempo sin verlo. Estaba cargada de energía igual que una pila hasta los topes, y necesitaba desesperadamente que saliera por algún lado.
               La natación estaba bien para expandir pulmones, pero el kick seguía siendo lo que me mantenía cuerda, ahora más que nunca. Y estaba renunciando a él a cambio de poder seguir entrenando mi potencia vocal y mi cuerpo en su conjunto, de modo que cualquier excusa era buena para desfogar un poco.
               -¿Va a venir, o no?-preguntó Sergei con hastío, fingiendo que no le preocupaba lo más mínimo que tuviera la llave a su chantaje. Sus ojos pasaron de mí a Jordan, y me aplaqué un poco al ver que la decepción teñía los pozos azules que daban a su alma de un tono más oscuro al que me tenía acostumbrada. Se relamió los labios y dijo-: no sé cómo lo hacéis. Cómo lo aguantáis-la clave era haber tirado prácticamente todas mis relaciones familiares por la borda y haber decidido darle un giro de 180 grados a mi futuro; giro para el que llegaba demasiado tarde. Pero no pasaba nada: llevaba toda la vida preparándome sin saberlo para ese momento. Simplemente había estado utilizando un método erróneo-. Bueno, qué cojones. Vale, usad la piscina para lo que sea que la queráis, pero con una condición: nada de gente de fuera, ¿estamos? No vais a hacer una puta fiesta de fin de año en mi gimnasio e invitar a todo vuestro instituto.
               -Define “gente de fuera”-había replicado Jordan, como si de verdad pretendiéramos meter a “gente de fuera”.
               Había pasado tanto tiempo con Alec y con sus amigos, y él con mis amigas, que los Nueve de Siempre, incluso cuando no eran nueve, o no los originales, ya no contaban para mí como “gente de fuera”. Por eso habíamos pasado con una sonrisa bien amplia para las cámaras por los tornos de seguridad liderando a las gemelas, Karlie, Max, Logan, Bella, Amoke, Taïssa, Kendra, mi hermano, Eleanor, Mimi y el resto de sus amigas. Había dos ausencias dolorosísimas en el grupo que teníamos que llenar fuera como fuera: una era la de mi chico, por supuesto; otra, la de Tommy, que a pesar de lo mucho que Scott le había suplicado había decidido no ir a esa mañana de juegos acuáticos con nosotros para quedarse con Diana. Le daba miedo que ella enfermara en la piscina, pero no quería que mi hermano se perdiera un día de diversión bien merecido.
               Se reunirían a la noche cuando, como siempre, celebraran la despedida del año a la española y luego a la inglesa. Los dos habían dicho que les daba mucha lástima no estar juntos, pero cuando llevas quince años lidiando con su dramatismo ya no le das importancia a que prácticamente se echen a llorar porque tengan que estar separados dos horas.
               Ahora me alegraba de que Scott hubiera renunciado a estar con Tommy por acompañarnos al resto de sus amigos, a su novia y a mí.
               -¡Ha empezado ella!-protestó Amoke, y yo abrí la boca y escupí un poco más de agua.
               -¡Serás mentirosa!
               Amoke intentó alcanzarme por el agua, pero Scott la apartó sin contemplaciones. Mi héroe en todo… salvo en lo que yo le necesitaba. Me zafé de su abrazo y nadé hasta el borde de la piscina, decidida  a saltar del trampolín y dar otro par de largos para asegurarme de que mi capacidad pulmonar era la óptima. Me subí al trampolín, me incliné hacia delante, esperé a que Karlie pataleara para alejarse de mi trayectoria con el flamenco hinchable sobre el que se había sentado a tomarse un refresco perezosamente… y me tomé la alarma de un móvil como la señal para salir disparada cual tiburón.
               Ignoré el alboroto a mi alrededor mientras me dirigía con determinación hacia el extremo opuesto de la piscina, pero cuando toqué con las manos el borde de azulejo, Max me agarró del hombro y tiró de mí para acercarme a él, rompiendo así mi concentración y haciéndome perder la cuenta mental que estaba llevando de cuántos latidos desbocados de corazón aguantaba con la cabeza bajo el agua.
               -¿Qué…?-empecé, y Max sonrió.
               -Creo que vas a querer ver esto-dijo mientras Jordan subía de dos zancadas los cuatro escalones de la escalerilla metálica y corría hacia su bolsa. Se limpió rápidamente las manos contra el borde de la bolsa y cogió su móvil con un atolondramiento que casi hace que se le caiga al agua.
               -¡Jor, ten cuidado!-advirtió Bey, de cuyos moñitos protectores para que el pelo no le sufriera por las brazadas caían sendos chorros de agua. Miré a Max sin entender mientras Bey se colgaba del hombro de Jordan y se ponía de puntillas para poder ver, pues en ese momento no podía importarme menos si de repente Bey y Jordan nos confesaban a todos que llevaban unas semanas acostándose y que se estaban enamorando el uno del otro. Sin embargo, Max no me devolvió la mirada.
               O, más bien, no me la devolvió hasta que no pasó algo digno de interés, y todo por ver mi reacción.
               -¡¡Hola!!-festejó Bey con entusiasmo, y agitó la mano en el aire en dirección al móvil de Jordan.
               -¡Ey!-saludó Jordan mientras se pasaba la mano libre por la cara para limpiarse las gotitas de agua.
               -Joder, tío, ¿cuánto tiempo me ibas a tener en espera?-se quejó una voz. Su voz.
               Max me miró y sonrió como un niño en la mañana de Navidad, pero era yo la que estaba recibiendo un regalo precioso, valiosísimo e inesperado. Me zafé de su abrazo como lo había hecho con el de Scott hacía nada, y me subí de un brinco al borde de la piscina para apresurarme hacia la voz que más me importaba del mundo, la que más ganas tenía de oír.
               -Te has adelantado, ¿qué esperabas? Pensaba que… oh, joder.
               -¿Adelantarme, yo? No, hermano. Me parece que tanto ejercicio te está machacando la mollera. Joder, sabía que no ibas a ser capaz de ponerte como un toro con métodos honrados si no estaba yo para vigilarte…-Alec suspiró con dramatismo-. Fjord ha estado hablando más tiempo del esperado con su familia, y le está cayendo ahora mismo una bronca cojonuda de Valeria. Quizá hasta yo me pueda sobrepasar…
               Me puse al lado de Jordan y me incliné para ver a Alec. A pesar de lo pixelado que estaba debido a la mala conexión, estaba guapísimo: con el pelo alborotado, un bronceado todavía más besable que el que tenía en noviembre, y una ligera barba de un par de días sobre la que no me importaría sentarme… de hecho, me moría de ganas de poder sentarme en ella.
                -… no tiene pinta de que vaya a terminar antes de que pasen diez minutos, así que crucemos dedos-Alec le guiñó un ojo y las piernas me cedieron un poco.
               -Creía que no querías hablar con él-comentó Amoke en tono burlón, y yo le hice un corte de manga mientras el resto de los amigos de Alec se apelotonaban alrededor de Jordan.
               -¡Me estáis agobiando!-se quejó Jordan, y Tam hizo amago de quitarle el móvil-. ¡Oye! ¡Quita, Tamika!
               -¿Estáis todos?-preguntó Alec.
               -Falta Tommy.
               Y, entonces, la pregunta del millón.
               -¿Y está Saab?
 
 
NALA!-bramé-. ¡TE JURO POR MI MADRE QUE COMO SIGAS MORDIENDO ESA BOLSA DE CONFETI, TE METO EN EL ARMARIO Y NO TE SACO HASTA LA SEMANA QUE VIENE!
               Perséfone parpadeó ante mi arrebato de padre desesperado y sobrepasado por la situación, pero créeme si te digo que había adoptado a un auténtico monstruo. Nala llevaba varios días insoportablemente traviesa, subiéndose a las mesas en el almuerzo y tratando de robar los mendrugos de pan de todo aquel que no estuviera lo bastante atento como para arrebatárselo. Por lo menos mis compañeros eran pacientes y no le guardaban rencor, pero creo que estaba empezando a parecerse a mí por eso de que los dos nos envalentonábamos con las risas de los demás.
               Creía que hacerla correr por el bosque que rodeaba el campamento esa misma mañana la cansaría, pero se veía que había tenido el efecto contrario y ahora tenía todavía más ganas de marcha que en un día normal. Y eso era decir bastante.
               Si ya de por sí tenía que preocuparme de que no se tragara huesos demasiado grandes para su pequeña garganta o que no llorara a los pies de una mesa para que le dieran el tercer biberón de la mañana, esto de los preparativos de la fiesta de Nochevieja en el que había tantas cosas que le llamaban la atención y que podía llevarse a la boca me tenía sobreestimulado, estresado, y desquiciado. Sabrae tenía razón: iba a ser horrible cuando tuviéramos hijos de lo sobreprotector que me iba a volver, si ya con Nala me desesperaba simplemente con su afición a las bolsas con iconos de “mantener fuera del alcance de niños menores de 3 años: posible peligro de asfixia”.
               -Me encantaría que me metiera en un armario y me tuviera a su disposición una semana entera-le dijo uno de mis compañeros alemanes a otra compatriota suya, totalmente ajeno al hecho de que yo podía entenderlos. Pero, sinceramente, estaba demasiado ocupado perdiendo años de vida con la leoncita a la que había decidido salvar de la crueldad de la sabana como para  siquiera sentirme medianamente halagado porque un mari…perdón, un gay alemán quisiera ser mi fetiche sexual una semana.
               -Puedo ir a la cabaña y traer una de las pelotas para que se entretenga mientras lo preparamos todo-se ofreció Pers, y yo negué con la cabeza mientras recogía a Nala del suelo y la sentaba en mi regazo.
               -Ven aquí, señorita. No-le dije a Pers-. La estaríamos malcriando.
               -Ya la estás malcriando-rió Perséfone cuando vio que, en cuanto Nala me miraba con cara de pena por haber interrumpido sus juegos, yo le hacía un puchero, le daba un beso en la nariz y le pedía perdón mientras le rascaba entre las orejas. Nala estiró una zarpa en dirección al huevo hueco que estaba llenando de confeti y trató de tirarla al suelo; había descubierto la gravedad hacía apenas quince días y estaba más que dispuesta a convertirla en su principal compañera de juegos. Si no estuviera tan agobiado, me dolería que me hubiera cambiado tan rápido.
               -Soy padre adolescente y encima soltero; lo estoy haciendo lo mejor que puedo, ¿vale, Perséfone? ¡Que no te comas el confeti, Nala, joder!
               -¡Luca, te estamos viendo comerte la tabla de quesos!-protestó Deborah desde una de las escaleras metálicas que Nedjet había traído a primera hora de la mañana desde el santuario para ir decorando la cantina. Ella y otra compañera estaban colgando serpentinas de colores desde el centro hacia las paredes; Mbatha estaba recopilando peticiones de música para ponerla en la lista de la noche, e incluso se rumoreaba que Valeria había encargado una bola de discoteca a un supermercado de la ciudad para celebrar el nuevo año. Pero no queríamos hacernos ilusiones.
                En la esquina del techo en la que se encontraba la televisión se sucedían las emisiones de los canales internacionales de cada cadena de los países a los que pertenecíamos los voluntarios, cada una de ellas anunciando la llegada del nuevo año en su país de origen. Ya había celebrado la llegada de 2036 lo menos tres veces desde que nos habíamos puesto a decorar el campamento nada más desayunar, pero la celebración que a mí más me importaba todavía estaba por llegar… y ni siquiera tenía confirmación de ella.
               Se la había mandado por carta a Sabrae hacía un par de semanas, y todavía no había recibido su contestación confirmando que la había recibido y aceptando mis planes. Francamente, lo que ella me propusiera estaría bien; todo con tal de que hiciéramos algo los dos juntos, aunque a miles de kilómetros de distancia, en esta primera Nochevieja que celebrábamos siendo novios. Dado que Valeria había sido tajante con el tema de mis permisos (en un momento de debilidad le había preguntado si pasaría algo si me iba a celebrar el fin de año en casa, y ella me había respondido que cada día que estuviera fuera ahora era un día más que tendría que estar en Etiopía durante la semana del cumpleaños de Sabrae), no nos quedaba otra que contentarnos con la cercanía que nos proporcionaba la llama de nuestro amor y el lamentable 4G que llegaba al campamento, cortesía del Internet por satélite que rebotaba en todas las copas de los árboles y que apenas daba para echarse quince minutos esperando a que la página de la CNN terminara de cargar para poder votar por el momento más importante del año en Inglaterra.
               Siendo ese momento, por supuesto, la presentación de Sabrae Malik ante el mundo entero en Wembley para cantar con su padre una canción sobre una edad que ella ni siquiera tenía. La que era icónica lo era y punto, ¿a mí qué cojones me importaba no sé qué crisis del gobierno? ¿Y por qué había tenido que proponer yo el tema en lugar de ir ganando por una mayoría aplastante? Lo de este puto país no tenía perdón.
               En fin, fallos de la democracia aparte (empezaba a entender por qué Mamushka le tenía tanta tirria), el caso es que no saber si iba a estar brindándole a la Luna yo solo e iba a quedar de gilipollas o si, por el contrario, iba a tener un momento cercano con mi chica a pesar de la distancia. Y eso me tenía muy, pero que muy nervioso. La echaba terriblemente de menos, y la situación en la que la había dejado no era la ideal, así que quería demostrarle que incluso teniéndome lejos seguía estando a su lado para  lo que me necesitara, celebraciones y consuelos por igual.
               De modo que hacía unos días había aprovechado que Valeria estaba ocupada hablando con los cocineros sobre la comida que sería necesario encargar para la cena de Nochevieja para llamar a casa por teléfono y pedirle a Jordan que estuviera atento al móvil ese día para que pudiéramos hablar.
               -¿Vas a querer hablar con los demás?-preguntó Jordan.
               -¿A ti qué coño te parece?-repliqué yo.
               -¿Y entre “los demás”, incluyes a Sabrae?-añadió, y yo me quedé callado tanto rato que Jordan reculó-. Sólo era una broma.
               -A veces me pregunto si podría haber sido ingeniero aeroespacial a los trece años si no me hubiera juntado contigo-espeté, y Jordan rió por lo bajo.
               -Ingeniero no lo sé, pero, ¿sabes qué no serías?
               -¿Qué?
               -Interlocutor en una conversación con Sabrae el 31-respondió, y yo me reí por lo bajo.
               -Debe de encantarte que yo esté en otro continente para poder vacilarme todo lo que quieras sin que yo te pueda meter el puñetazo que te mereces, ¿eh?
               -Como unos tres minutos cada día. El resto del tiempo… bueno, tengo mis momentos. ¿Sabes más o menos cuándo vas a llamar?
               -Eh… sé que podemos llamar por la mañana, pero no sé más.
               -Por la mañana. Vale. Me inventaré cualquier mierda para estar con ella por la mañana en lugar de tenerla metida en casa viendo películas tristes e hinchándose a bombones.
               -¿Sabrae está viendo películas tristes e hinchándose a bombones?-pregunté dos octavas por encima de mi tono de voz normal, alarmado, y Jordan suspiró.
               -Tranqui, fiera. Tu piba está bien. De hecho, no para en casa.
               -Déjala que haga lo que quiera, ¿estamos, Jordan? Lo que le dé la gana. Sólo…asegúrate de que no le pasa nada.
               Esta vez el del silencio fue Jor.
               -No se está follando a nadie, si eso es lo que te preocupa.
               -Déjala que lo haga si quiere. Y ni se te ocurra contármelo.
               -¿Por?
               -Pues porque igual chiflo y voy y me la follo de una forma en que se le quiten las ganas de estar con más tíos-dije, y Jordan empezó a descojonarse al otro lado de la línea.
               -¿No le habías dicho no sé qué parida de que le habías dado permiso para que hiciera lo que le diera la gana?
               -Eso fue en agosto, cuando no sabía que podía ponerme celoso por cosas que ni habían pasado siquiera. Y que deje que ella se folle a todo lo que se le antoje no quiere decir que vaya  a dejar que los subnormales de Londres se le acerquen a menos de medio kilómetro. Con ella soy generoso-sonreí-, con los demás, ni de fula.
                Jordan rió entre dientes.
               -Lo del medio kilómetro… no sé yo si se te arreglará, tío.
               -Es una metáfora, Jor-suspiré, y Jordan volvió a reírse, preguntó “¿seguro?”, y yo respondí-: vale, en realidad, no. Pero no es viable. Ya me entiendes. Además, la última vez que estuve ahí… sí que le pedí que no se follara a otros. Pero porque ella me lo pidió antes, ¿vale? Y porque estaba… bueno, estaba follándomela y no quería que otro pudiera disfrutar de lo mismo que yo. Sé que es egoísta, porque ella no pidió que yo me fuera, y yo se lo hice pasar mal con lo de Perséfone… claro que tampoco es que hiciera nada con Perséfone, pero no cuenta tanto que no hiciera nada como lo que le conté. Y sí que le conté que había pasado algo, y claro, ya con eso fue suficiente para…
               -Guau, Al, calma. Que no se te olvide respirar, ¿vale, tío?
               Tomé aire y lo solté despacio.
               -Tú sólo…
               -La engañaré, no te preocupes. Ni se lo verá venir. ¡Será una pasada!-me prometió.
               Ahora estaba entre el reloj, la cola para las videollamadas, y yo. Bueno, y Nala, claro, que no iba a permitirme ni un solo momento de tranquilidad. Ahora que estaba en mi regazo de repente le apetecía comportarse como una centrifugadora, y se revolvió entre mis brazos hasta quedar con el culo pegado a mi cara, la cola fustigándome la nariz. La sujeté por debajo de las patas delanteras y le di la vuelta, hecho que aprovechó para ponerme las zarpas sobre el pecho y frotarse con ganas contra mí, intentando ablandarme (lo consiguió) para que le dejara ir a comerse un poco de confeti (ni de broma).
               -¡No podéis pretender en serio que prepare tantísima comida y no coja ni un poco!-se quejó Luca, y yo me reí por lo bajo mientras Deborah lo insultaba en español-. ¡Capito!-añadió para que Deborah pasara algo de vergüenza, cosa que no sucedió, sino que le dedicó un corte de manga y se giró para buscar a Fjord, el encargado de la comida. Lo que no sabía era que el preparativo de todos los aperitivos era un cachondeo porque él estaba haciendo videollamada con su novia, posiblemente disfrutando de una sesión apresurada de cibersexo por el que nadie podría culparle. Todos llevaban tanto tiempo fuera de casa que nadie se acordaba ya de las licencias que se habían tomado con los compañeros, aunque Perséfone, Luca y yo las comentáramos a menudo mientras nos turnábamos para darle el biberón a Nala.
               Si algo me había enseñado lo mucho que estaba echando de menos a Sabrae era a no juzgar a mis compañeros del voluntariado por rendirse a los placeres de la carne. Bien sabía Dios que yo me había entregado a ellos con toda la alegría del mundo, así que conocía su poder de atracción. Que ya no me sintiera tentado por nadie más que por mi chica no me daba derecho a  mirar a los demás desde ningún pedestal.
               -Como Fjord no vuelva pronto, Luca se va a zampar todos los embutidos-comentó uno de los chicos que estaba preparándolos con él.
               -Luca, ven a ayudarnos con el bebé travieso, anda-pedí, y Luca levantó la vista y me miró mientras luchaba por masticar sin que se le notara.
               -Eh… ahora estoy ocupado.
               -No me cabrees antes de mi llamada, anda. Ven aquí a atender a tu ahijada-di una palmada en el asiento a mi lado y Nala lo miró con ojos como platos, como si creyera que acababa de colocarle un premio en él. Observó con sus grandes ojazos a Luca cuando se nos acercó, pero enseguida perdió el interés en cuanto se percató de que el italiano no era la caballería, y su compañía no eran los refuerzos que esperaba. Eso no impidió que decidiera echarse una señora siesta en mi regazo, cosa que me derritió el corazón y de paso me alivió, ya que necesitaba adelantar mis tareas lo máximo posible para que Valeria no tuviera una excusa para echarme la bronca y castigarme con una llamada sorprendentemente corta.
               Al final resultó que Valeria no tenía el horno para bollos, pero su ira explotó justo antes de que yo me fuera a su oficina. Vinieron a avisar de que le estaba montando un pollo de padre y muy señor mío a Fjord, así que nadie quería acercarse a su oficina más que para pegar la oreja y oír sus gritos. La cola de las videollamadas quedaba en suspensión hasta nuevo aviso, salvo que hubiera alguien lo bastante valiente como para cruzar el pasillo, interrumpir a Valeria y pedirle permiso para usar su ordenador.
               Recordarás, querida lectora, que “Valiente” es mi segundo nombre. Así que allí me planté, y carraspeé con un dramatismo digno de Downton Abbey para hacerme notar por encima de las voces que Valeria le estaba dando a Fjord. Cuando los dos me miraron sentí pena por él; a pesar de su tez ya de por sí pálida estaba blanco como la cal. Fuera lo que fuera lo que había hecho, a Valeria no le había gustado un pelo.
               -¿¡Qué, Alec!?-bramó ella, que de normal ya no quería verme ni en pintura, y menos ahora.
               -Me estaba preguntando si necesitabas el ordenador para lo que estás haciendo ahora, o si podemos seguir con las videollamadas. Hay mucha cola.
               -Haced lo que os dé la gana. ¿No es lo que tú en particular llevas haciendo desde que llegaste?
               -¡A la orden!-hice el saludo militar y me di la vuelta ignorando la mirada suplicante que me lanzó Fjord. ¿Me escupiría mañana en la comida? Era muy posible, pero era un hombre con una misión y con el amor de su vida a seis mil kilómetros de distancia; sinceramente, las represalias culinarias de un nórdico no podían importarme menos ahora mismo.
               Cerré la puerta (no fui tan tonto como para echar el pestillo, porque sabía que eso haría que el dragón se volviera loco conmigo) y la sesión de Fjord procurando mirar lo menos posible (como me enterara de lo que había hecho, tardarían cinco segundos en sonsacármelo a medianoche, cuando llevara ya un par de chupitos encima), inicié la mía y pinché rápidamente en el nombre de Jordan.
               Al muy imbécil le llevó casi quince toquecitos contestar, lo cual sirvió para que yo empezara a subirme por las paredes creyendo que todavía no había sido capaz de juntarse con Sabrae… o peor, que ya se habían separado.
               Estaba a punto de coger el teléfono y llamarlo primero a él, y luego a Bey, y luego a Scott, y luego, finalmente, a Sabrae (lo último que me apetecía era chafarle la sorpresa) cuando finalmente Su Majestad, don Jordan I del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte tuvo la inmensa benevolencia de concederme audiencia.
                Ni siquiera tuve tiempo de recriminarle su tardanza o de que la imagen cargara en el ordenador de Valeria (la conexión era una mierda, pero era lo mejor que teníamos en decenas de kilómetros a la redonda, así que todos habíamos aprendido rapidito a no hacerle ascos) antes de que una figura rubia pixelada chillara con la voz de Bey:
               -¡¡Hola!!
               -¡Ey!-saludó Su Majestad, don Jordan I del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, para el cual el concepto de “prisa” era totalmente ajeno y “urgencia” era una extraña sección del hospital que debía de estar conectada con un párking mayor, de ahí que no pararan de pasar ambulancias.
               -Joder, tío, ¿cuánto tiempo me ibas a tener en espera?-protesté, porque puede que don Jordan I del Reino Unido… bueno, vas pillando sus títulos… fuera de la realeza, pero yo supuestamente descendía de la Casa Real con el imperio más grande que la humanidad hubiera conocido nunca, de modo que tenía que rendirle más bien poca pleitesía. Hubo alboroto lejos de Jordan, que por fin se enfocó lo suficiente como para que apreciara que tanto él como Bey parecían mojados, y fruncí ligeramente el ceño. ¿Qué coño hacían…?
               Un momento, ¿Bey llevaba puesto un bikini? ¿Se habían ido de vacaciones al trópico sin mí? Joder, el pollo que iba a montarles iba a ser histórico.
                -Te has adelantado, ¿qué esperabas?-protestó Su Alteza Real-. Pensaba que… oh, joder-Jordan chasqueó la lengua y yo me reí.
               -¿Adelantarme, yo? No, hermano-le había dejado muy claro que no sabía exactamente a qué hora me tocaría poder coger el ordenador y hacer videollamada, ya que cuando le había llamado todavía no sabíamos cómo pretendía organizarnos Valeria, así que tenía que estar con Sabrae el mayor tiempo posible para aprovechar la llamada al máximo-. Me parece que tanto ejercicio te está machacando la mollera. Joder, sabía que no ibas a ser capaz de ponerte como un toro con métodos honrados si no estaba yo para vigilarte…-suspiré con dramatismo digno más de Hollywood que de una reserva natural en medio de la selva etíope-. Fjord ha estado hablando más tiempo del esperado con su familia-supongo, y por eso Valeria le está echando una bronca del quince; le habrá tocado ser el ejemplo-, y le está cayendo ahora mismo una bronca cojonuda de Valeria. Quizá hasta yo me pueda sobrepasar…-sonreí con maldad, aunque ni de coña pensaba sobrepasarme si Sabrae no estaba allí, con ellos. Jordan parecía un poco nervioso, y esperaba de corazón que fuera porque había estado a punto de tirar el móvil al agua de donde fuera que estuviera en lugar de porque todavía no se había juntado con Sabrae…
               Me pellizqué mentalmente el ceño al pensar en la posibilidad de que el muy imbécil estuviera dándose un baño con Bey y se hubiera olvidado de que había quedado conmigo para que yo pudiera hablar con Sabrae.
               -… pero no tiene pinta de que vaya a terminar antes de que pasen diez minutos, así que crucemos dedos-le guiñé un ojo a Jor, preparándome para la bronca. Empujaron a Jordan, Bey intentó agarrar el teléfono, y una mano y un codo aparecieron por lugares distintos de la pantalla, lo que me hizo sospechar que no estaban los dos solos, viviendo un romance apasionado en el que se consolaban de la ausencia de su mejor amigo.
               -¡Me estáis agobiando! ¡Oye! ¡Quita, Tamika!
               -Quiero saludarlo-dijo la voz de Tam. Eso me tranquilizó todavía más: Tam no iba a enrollarse con Jordan por despecho debido a mi ausencia, eso por descontado. De repente, el día pintaba muy bien.
               -¿Estáis todos?-pregunté.
               El tiempo pareció detenerse y alargarse durante eones en el segundo que Jordan tardó en recuperar el dominio del teléfono y responder.
               -Falta Tommy-contestó, y aunque debería sentir una punzada en el corazón al saber que T no estaba con los demás, lo cual sólo podía significar que Diana estaba peor o que faltaba poco para que se marchara (Sabrae me había informado de que pensaban llevársela a un centro de desintoxicación, primero en Inglaterra y luego en Estados Unidos), la verdad es que mentiría si dijera que reaccioné con tal nobleza.
               En realidad me daba un poco igual que Jordan estuviera con una multitud o sólo con una persona, siempre y cuando en la compañía se incluyera la misma.
               -¿Y está Saab?-quise saber, paladeando su nombre en la lengua como el mejor de los vinos. No era lo mismo hablar de mi novia en el campamento, con gente que no la conocía pero que aguantaba estoicamente mis lloreras cuando me emborrachara y suspiros de patético enamorado cuando estaba sobrio, que hacerlo con alguien que la conocía y que me la podía acercar. Incluso estando en Etiopía, su nombre era más dulce cuando lo pronunciaba para los oídos de Jordan que para los de Luca o Perséfone.
               Y si encima era para los de ella, apaga y vámonos.
               -Estoy aquí-dijo su voz mientras una melena negra y mojada (la conexión a Internet mejoró cuando ella entró en la pantalla, mira tú qué casualidad) dejaba paso a una frente de caramelo y a unos ojos de chocolate preciosos en los que me encantaba perderme. Por desgracia, la conexión no había mejorado lo suficiente como para que yo apreciara las pecas que le salpicaban la nariz como estrellas en un cielo nocturno invertido, pero con escucharla hablar y poder verla ya fue más que suficiente para que se me arreglara el día, la semana, el año y también la vida.
               Debió de hacer amago de coger el teléfono que sostenía Jordan, y él tuvo la genialidad de dejarla hacer.
               Una sonrisa boba y bien merecida se extendió por mi cara cuando todo el rostro de Sabrae ocupó el rectángulo de la pantalla. Mis amigos seguían pululando por detrás, peleándose entre sí para verme, pero ninguno intentó quitarle a Saab el sitio que le pertenecía por derecho.
               -Hola, preciosa-me encantaba mi voz cuando hablaba con ella, más tierna y protectora de lo que la había tenido nunca.
               -Hola, mi amor-y me encantaba todavía más la de ella cuando hablaba conmigo, sobre todo cuando me llamaba “mi amor”. Requirió un esfuerzo hercúleo por mi parte el no abrir la página de alguna aerolínea y reservar inmediatamente el vuelo que antes saliera para Heathrow; estar lejos de ella en fin de año, con todo lo que habíamos planeado y pasado hacía exactamente un año de repente me parecía el peor error que podía cometer en mi vida.
               Ella se relamió los labios y mis ojos cayeron en picado hacia su boca. Cuando quise darme cuenta, tenía la mano en la entrepierna, presionando de forma inconsciente mi polla, que empezaba a ponerse dura con su sola visión. Joder, Al, esto es lamentable. No tienes escapatoria, tío, pensé, al tiempo que comprendía perfectamente a Fjord si le habían enfocado a su novia en casa.
               -Sé que se suponía que no íbamos a llamarnos más para dejarnos hacer nuestra vida…-empecé, y ella se rió.
               -Pero no me has llamado a mí. Has llamado a Jordan-Saab me guiñó el ojo y yo abrí el navegador. Me importaba tres cojones todo. Sólo quería estar con ella.
               -Pues para haberme llamado a mí, bien que parecéis querer acaparar la conversación-se quejó Jordan, y yo puse los ojos en blanco. Se asomó por encima del hombro de Sabrae, ignorando las protestas de Logan.
               -Yo no sería tan tocacojones si fuera Zoe la que te llamara.
               -Ya se ha dicho el nombre que no se puede decir-se quejó una voz por detrás de ellos, juraría que la de Amoke.
               -¿Quién está ahí?
               -Estamos todos salvo Tommy y Diana. También se han venido las amigas de Sabrae-informó Scott-. ¿Qué tal por ahí?
               -Con calor. Y humedad-suspiré; si había algo que no echaría de menos cuando nos fuéramos de Etiopía sería la sensación de no estar seco nunca, ni siquiera cuando salías de la ducha. Era como vivir en una ola de calor constante, con la diferencia de que las temperaturas tampoco eran del todo desagradables.
               -Nos lo imaginamos-se rió Karlie fuera de la pantalla.
               -¿Qué hacéis?
               -Nos hemos venido a la piscina del gimnasio-informó Sabrae, y yo alcé las cejas.
               -¿Fiesta en la piscina sin mí? No me esperaría menos de los sinvergüenzas de los chicos, pero que tú te hayas prestado a algo así me ha dolido, sinceramente, bombón.
               -No pretenderás en serio que me quede encerrada en casa simplemente porque tú estás en otro continente. Seguro que me imaginas sentada junto a la ventana, mirando las nubes y lamentándome porque no vuelves lo suficientemente pronto.
               -Prefiero no decirte cómo te imagino, que hay niños delante. Y sí, Scott: antes de que lo preguntes, me refiero a ti.
               Scott bufó un insulto por lo bajo mientras un par de risas femeninas se unían al coro de las de Sabrae y Jordan. Alguien, creo que Max, sugirió que fueran a sentarse en las gradas para poder verme mejor, y Sabrae charló conmigo de camino a los bancos que Sergei había mandado poner para el público cuando todavía pensaba en hacer competiciones oficiales. Luego había descubierto que los clubes de natación preferían ir a los polideportivos públicos en las competiciones, así que los bancos se habían quedado más como un símbolo de las aspiraciones que uno no debe abandonar más que para su uso real.
               -¿Te ha llegado la carta?-pregunté, y Sabrae asintió mientras se sentaba en la primera fila. Se pasó el pelo por el hombro y se mordió los labios.
               -Ya te he contestado, pero dudo que te llegue hoy.
               -Estaba agobiadísimo pensando que no te llegaría y que me pondría a hacer el gilipollas yo solo.
               -Pues me ha llegado-sonrió-. Entonces, hoya mis diez, ¿no?
               -Mm-mm-asentí-. Y luego yo a mis dos.
               -Vale-Sabrae se rió.
               -Si te parece bien-añadí-. Quizá prefieras estar de fiesta y no estar pendiente de la hora.
               -No sé si saldré esta noche-se encogió de hombros y miró hacia atrás cuando su hermano le tocó la cintura con el pie.
               -¿Por?
               -No me apetece mucho. Ni siquiera he ido a por ropa.
               -Pero, ¿y eso?
               -No sé. El primer año que salíamos de noche las chicas y yo fue el año pasado, y ya sabes cuál era el principal aliciente para mí.
               Sabrae se mordió de nuevo el labio, y si no fuera por los gritos de Valeria y los ojos de mis amigos, ahora en formación por encima de Sabrae, no habría sido capaz de resistirme a meterme la mano en los pantalones y empezara sobarme la polla. Puedes decir lo que quieras de mí, que me importa bien poco cuando tengo a Sabrae delante. Seguro que tú harías lo mismo si estuvieras en mi posición.
               Es más; fijo que tú no serías capaz de resistirte si te acordaras de los planes que ella y yo habíamos hecho hacía un año, de cómo se suponía que nos veríamos desnudos por primera vez, de cómo follaríamos sin nada de ropa y toda la intimidad del mundo en una casa llena de gente borracha y cantando a gritos las canciones que salían en el aleatorio de Spotify.
               Era increíble cómo habíamos cambiado en sólo un año, un año que a mí me parecía que había durado seis, por todo lo que habíamos vivido… y que me encantaría que hubiera durado sesenta, si eso significaba que podía pasarme el resto de mi vida con ella.
               Entendía que Sabrae lo mirara con nostalgia por todo lo que había supuesto 2035 para nosotros, pero yo estaba decidido a mirar hacia el futuro con más ilusión todavía que hacia el pasado. Todavía quedaban muchos capítulos de nuestra historia, y yo estaba ansioso por escribirlos con ella. 2036 sería el año en el que nos reencontraríamos y ya no nos separaríamos. Sería el año en el que  empezaríamos a vivir nuestras vidas, el año en que cumpliríamos nuestros primeros aniversarios, el año en que dejaríamos atrás todo lo malo que habíamos experimentado y sólo le daríamos la bienvenida a lo bueno. Si había un motivo por el que me consolaba pensando que tenía que quedarme todo el tiempo en Etiopía, más allá de lo mucho que disfrutaba el voluntariado cuando conseguía apartar la añoranza de estar en casa, era por el delicioso reencuentro que tendríamos en el aeropuerto cuando finalmente volviera a casa para quedarme. Tenía un millón de movidas que resolver, desde la carrera que estudiaría hasta el trabajo que conseguiría y el piso que alquilaría con Jordan si es que le dejaban dormir fuera de la base en el ejército, cómo me apañaría para quedar con mis amigos y los malabares que haríamos para cuadrar nuestras agendas… pero, aunque sería muchísimo trabajo, estaba ilusionado ante la perspectiva de empezar a luchar por lo que antes me había venido solo.
               Todo porque tendría Saab a mi lado, sólo para mí, y yo sólo para ella.
               No quería que ella se anclara en la tristeza que suponía estar lejos el uno del otro, sino en la felicidad que nos esperaba. ¿Por qué no empezar a disfrutarla ya, aunque aún no tuviéramos más que migajas de lo que más tarde nos empacharíamos?
               -Saab… ¿qué te dije antes de que me viniera? Que no quería que te perdieras cosas por mí.
               Sabrae se inclinó hacia delante y se abrazó las rodillas.
               -Ya lo sé, y lo tengo muy presente. Es sólo que… bueno, no sé. No me apetece mucho, a decir verdad. Y tampoco te prometí que haría cosas que no me apetecieran simplemente porque se suponía que tenía que hacerlas.
                -¿Es porque no estoy yo? Porque yo voy a tener mi propia fiesta aquí. No va a ser el desfase que es en casa y no voy a estar con mis amigos de siempre, pero he hecho otros nuevos aquí, y creo en serio que me lo voy a pasar bien. No quiero que tú no lo pases bien pensando que yo voy a estar aburrido.
               Sabrae apoyó la mandíbula en la mano y torció el gesto.
               -No quiero amargarte la noche, Al. No pienses en ello, de verdad. No es por ti, es sólo que… no sé, últimamente estoy muy cansada, y…
               Miré a Jordan, que parecía tan tranquilo. Claro que él no tenía el calendario de reglas de Sabrae memorizado como yo, así que no podía relacionar lo que ella me decía con alguna alteración en su ciclo digna de mención…
                Con todas las alarmas sonándome a pleno volumen y una ansiedad creciente por estar con ella y apoyarla cuando más me necesitaba (a la mierda mis aspiraciones, mi crecimiento personal y también el compromiso que había adquirido con Nala), le pregunté en ruso si pensaba que iba a venir un bebé, ya que sus conocimientos del idioma de mi abuela eran más bien limitados, pero no quería decírselo de forma que no tuviera opción a ser sincera por miedo a que Scott se lo contara a sus padres. Fijo que a Zayn y a Sherezade les haría muchísima ilusión tener un nieto con mis genes.
               Sabrae se puso rígida y negó con la cabeza.
               -No. Todo está bien. No te preocupes, de verdad.
               -Es sólo que tiene mucho estrés últimamente-informó Scott, malinterpretando la contestación de su hermana, y ella se giró y lo fulminó con la mirada de una forma que hizo que Scott reculara un poco. Guau. Tenía que enseñarme cómo hacer eso.
               -Ya sabes que yo soy bastante casera. Hemos ido a ver a la familia hace poco y estoy reventada. No estoy descansando muy bien-esbozó una sonrisa cansada-. Ya sabes lo que me gusta hacer para dormir bien.
               -Saab, venga, nena, que hay niños delante-me reí, y ella negó con la cabeza y echó los ojos al cielo.
               -¡Siempre pensando en lo mismo! Me refiero a…
               -Me pregunto de quién es la culpa-respondí, y ella chasqueó la lengua y continuó como si no hubiera dicho nada.
               -… dormir acurrucada, especialmente con el frío que está haciendo, bobo.
               -Mm. Ya. Pero ya sabes que me gusta oírtelo decir.
               Sabrae rió y negó con la cabeza, y entonces Logan se inclinó hacia delante para preguntarme qué tal por allí. Mi chica cedió protagonismo a mis amigos, que fueron rotando mientras me preguntaban qué tal estaba, qué planes tenía para Nochevieja, si era verdad lo que Sabrae les hubiera contado que había hecho en los últimos días, y todo lo que nos permitió el tiempo que Valeria tardó en terminar de echarle la bronca a Fjord. Cuando los gritos terminaron estaba con Karlie, que me estaba hablando de no sé qué asignatura que a todo el mundo le parecía complicadísima salvo a ella, y de las vacaciones que sus madres le estaban organizando para el verano, justo después de los exámenes, cuando terminara todo con sobresaliente.
                Valeria abrió la puerta de un golpetazo y la sostuvo contra la pared.
               -Alec, llevas ahí media hora.
               -¿Sí? Qué raro, se me ha pasado volando-estaba seguro de que Valeria exageraba, aunque sí que me había pasado de los diez minutos que se suponía que teníamos-. Aunque me suelen decir eso de que yo duro mucho.
               -Tienes tres segundos para despedirte antes de que te corte la conexión con el mundo exterior en lo que te queda de voluntariado.
               -Ya habéis oído a mi general. Me tengo que ir, bebecitos-ronroneé, y todos mis amigos hicieron pucheros, se sumieron en un coro de despedida y le entregaron de nuevo el móvil a Sabrae para que fuera la última en decirme adiós.
               -Pásatelo bien, sol. Te quiero muchísimo.
               -Y tú también. No te encierres en ti misma porque yo no esté ahí, ¿vale? Se suponía que me iba para que pudiéramos ser nuestras propias personas. Pasa el test de Bechdel, nena.
               Sabrae se echó a reír y asintió con la cabeza, aunque la sonrisa no le subió a los ojos.
               -Vale. Te quiero.
               -Y yo a ti. Si necesitas algo, cualquier cosa, llámame, ¿vale? De momento aún puedo recibir llamadas, ¿a que sí, Valeria?
               -No me tientes.
               -Lo haré. Y tú igual.
               -Pf, si tuviera que llamarte cada vez que estoy mal, me pasaría el día colgado del teléfono y dilapidaría la fortuna de tu familia-al ver su expresión preocupada, añadí-. No me sienta bien estar lejos de ti.
               -Ew-gimieron mis amigos.
               -Aw-gimieron mis amigas, y las amigas de Sabrae. Ésta sonrió.
               -Sabes bien cuál es la solución.
               -Ya. Pero es que soy terco como una mula.
               -Vaya dos nos fuimos a juntar.
               -Pues sí-bufó Scott.
               -¡Cállate, Scott!-se quejó Sabrae, y yo me relamí los labios.
               -Te quiero, nena. Me apeteces.
               -Y yo, sol. Me apeteces. Adiós.
               -Adi... ¡Eh!-me quejé cuando Valeria cerró la tapa del portátil con rapidez. Chasqueó los dedos y me obligó a levantarme.
               -Venga. Tengo una marabunta de adolescentes y jóvenes adultos desquiciados por hablar con su familia, una fiesta que organizar, y menos tiempo del que necesito para prepararme yo misma. Es como si se os olvidara que yo soy una persona.
               -Si estás estupenda, Val. Podrías ir a la recepción de un embajador así tal cual-le sonreí, y ella me sostuvo la mirada con cansancio.
               -No vas a volver a conectarte con tus amigos por mucho que me hagas la pelota.
               -En ese caso me voy a ir yendo, que hay mucho que hacer y mentir es pecado-respondí mientras empujaba la silla hacia atrás, me levantaba y me dirigía hacia la puerta.
               -Alec-cuando Valeria me llamó, yo me volví-. Tú también tienes derecho a disfrutar estar aquí.
               Cambié el peso de mi cuerpo de un pie a otro e incliné la cabeza a un lado.
               -Ya lo disfruto, Valeria-respondí, pero ella negó con la cabeza.
               -No. Hay una parte de ti que sigue en Inglaterra, y que no te deja relajarte aquí. Es normal, después de todo: estás lejos de casa, todos los que conoces y quieres están allí… y parece que el mundo no se detiene aunque cuando reservaste tu sitio con nosotros parecía que iba a ser un poco así. Pero no lo es. Y es normal preocuparse, y buscar signos de que hay algo mal que te hará regresar. Lo hacéis todos; es inevitable. Pero yo sólo quiero que sepas que es normal echar de menos estar en casa y sentirte un poco culpable por disfrutar estando aquí. Y más cuando acabas de llegar.
               Me reí por lo bajo.
               -Vine en agosto, Valeria.
               -Sí, pero no has dejado de ir a casa. Por eso tenéis los viajes limitados: si os pasáis los meses yendo y viniendo, no termináis de llegar y siempre estáis buscando otra oportunidad para volver. No es porque os necesitemos aquí o porque sea muy difícil organizarse, que también, sino que es, fundamentalmente, por vosotros. Porque, cuando no paráis de volver a casa, empezáis a ver fantasmas donde no los hay.
               Me mordí el labio y alcé una ceja.
               -¿Me estás diciendo que tú también has notado a mi novia preocupada?
               -A tu novia no la conozco, pero a ti sí. Y sé cuándo estás empezando a buscarle tres pies al gato y a preguntarte si no te están diciendo la verdad para no preocuparte. Es normal que tu pareja no quiera celebrar el año nuevo si tú no estás con ella, igual que sería normal que os encerrarais en vuestras cabañas a llorar porque no estáis en casa y no sabéis cómo están vuestras familias ni vuestros amigos. Por eso hacemos las fiestas: para que se os olvide que hay un mundo más allá y que tenéis una vida fuera de este campamento, porque cuando lo recordáis, todos, en mayor o menor medida, empezáis a agobiaros pensando que el mundo se está desmoronando y vuestras vidas se van a la mierda.
               »Todo está bien en casa. Tu vida te estará esperando cuando regreses. Quédate aquí. Déjalos ir.
               Me relamí el labio, tomé aire y lo solté despacio, incapaz de poner nombre a la sensación que tenía atragantada hasta que no se disipó del todo: inquietud. Algo dentro de mí me decía que Sabrae no me había dicho toda la verdad, pero todo mi ser se rebelaba contra la sola idea de llamarla mentirosa. En mi interior había una pelea a muerte por decidir si ella no quería que me preocupara y realmente estaba mal, o me había dicho la verdad y solamente estaba apática. Y las dos versiones de mí mismo tenían argumentos a favor y en contra para ello, los principales siendo la promesa que me había hecho de que siempre sería sincera conmigo, y lo mucho que me quería y el dolor que sabía que podía producirme el saber que lo estaba pasando mal preocupándome por ella.
               Lamenté de nuevo haber sido tan cobarde como para pedirle que fuera ella la que me pidiera que me quedara en lugar de haberme quedado yo, renunciando a un año que había planeado cuando estaba soltero y sin ataduras. Ella podría haber sido mi redención, y ahora…
               O puede que sólo esté triste porque me echa de menos, y no he sido capaz de desengancharla para que se acostumbre a que estemos lejos, pensé. Yo también estaba triste, pero tenía muchas más cosas con las que distraerme que ella: un ambiente distinto, amigos distintos, tareas distintas, propósitos distintos. En cambio, había dejado en su vida un agujero muy difícil de llenar.
               Sin olvidar, por descontado, mi tendencia a la exageración, patrocinada por mi ansiedad.
               Me quedé mirando a Valeria, que me observaba con paciencia esperando a que llegara a mi propia conclusión.
               -¿Crees que estoy buscando excusas para marcharme incluso cuando he decidido quedarme?
               -Creo…-Valeria hizo una pausa para ordenar sus pensamientos-, que tienes 18 años, eres muy joven, con toda la vida por delante… y a la vez piensas que nadie más ha vivido lo que has vivido tú ni ha conseguido lo que tienes tú.
               Me reí por la nariz.
               -Nadie ha conseguido que Sabrae lo quiera como lo hace, sólo yo-lo cual no era exactamente verdad, pero me negaba a pensar en su exnovio a seis mil kilómetros de ella-. Y si estás diciéndome esto preparándome para soltarme la bomba de que es posible que mi novia me deje porque he sido lo bastante imbécil como para poner medio mundo entre nosotros, te lo puedes ahorrar. Sé que ella no me haría eso-o al menos lo quiero creer con todas mis fuerzas,  porque como se me ocurra pensar ahora que ha conocido a otro y se arrepiente de las promesas que me ha hecho, no es que vaya coger un avión, es que voy a ir en cohete a Inglaterra.
               Valeria esbozó una sonrisa cansada.
               -Lo que intento decirte es que… tienes derecho a relajarte estando lejos de casa, Alec. Todos pasáis por esto alguna vez. La diferencia es que tú no has terminado de marcharte de casa. Tus compañeros te quieren y te aprecian igual que lo hacen tus amigos en casa, y tus amigos no te van a perdonar que te hayas ido porque no tienen nada que perdonar. Estás a medio mundo de distancia; es normal que no estés ahí siempre para ellos, pero que no se te olvide de que ellos tampoco lo están ahora para ti. Te puedes quedar con nosotros perfectamente sin perder tu sitio en tu país.
               Se me rompió un poco el corazón al escucharla, sobre todo porque tenía razón. No dejaba de tener un pie en Inglaterra para no fallarles a mis amigos, porque llevaba toda la vida pensando que me querían porque siempre estaba ahí para ellos, y no simplemente porque me merecía que me quisieran.
               Pero ya me lo habían dicho hacía casi un año, en mi cumpleaños, cuando les confesé que me preocupaba en lo que nos convertiría que Tommy y Scott se fueran al programa. Nuestra relación no iba a ser siempre igual, pero nosotros tampoco; cambiaría a la vez que nosotros, maduraría, crecería, y se haría más fuerte con los años, incluso cuando la distancia pareciera amenazarla.
                Crecer es fallarle a la gente, madurar a veces requiere alejarte un poco y dejar de sobreprotegerla… pero volver a casa siempre es recorrer el mismo camino y llegar al mismo sitio, que no tiene por qué ser un lugar, sino que pueden ser personas.
               Lo rumié durante toda la tarde, mientras terminábamos de preparar el campamento y nos preparábamos nosotros, y en medio de la ducha que nos dimos antes de vestirnos e irnos a cenar y a celebrar los últimos instantes del año que nos había cambiado las vidas a todos, me di cuenta de que Valeria tenía razón. No estaba fallándole a Saab por quedarme lejos; sólo la traicionaría si reaccionara de forma que ella no pudiera expresarme su tristeza por no tenerme cerca o su cansancio ante una vida a la que no terminábamos de acostumbrarnos ninguno, porque justo cuando ya parecíamos aclimatados, yo volvía a casa y desbarajustaba todos los planes.
               Bueno, al menos ahora tendríamos tiempo de sobra para aburrirnos de echarnos de menos, ya que hasta abril no volvería a ver a mi chica ni a escuchar su dulce voz. Tendría las cartas, pero no serían lo mismo.
               Mientras nos apelotonábamos alrededor de la tele a ver cómo el canal nacional de Etiopía emitía la cuenta atrás para recibir el nuevo año, no pude dejar de pensar en ella: en ella y en todo lo que me había ayudado este año, en ella y en las broncas que habíamos tenido, en ella y en los polvos que habíamos echado y en ella y los viajes que habíamos hecho. En ella, en ella, en ella, Sabrae, Sabrae, Sabrae. Su nombre era un eco en mi cabeza incluso cuando el sonido de las matasuegras a mi alrededor era ensordecedor, más poderoso que el sol en un día de verano y más rugiente que una tempestad invernal.
               Abracé a Perséfone, a Luca y a Nala; le di un beso a esta última y repartí más abrazos y felicitaciones entre mis compañeros. Y luego, cuando no habían pasado ni cinco minutos del nuevo año, me escabullí a la cabaña, cogí el iPod de Shasha, me puse los cascos, despegué la foto de Sabrae con la mariposa Narciso en Mykonos y me la quedé mirando mientras le daba al play y los suspiros de Nick Jonas cantando Unhinged me llenaron por dentro.
               Cerré los ojos cuando él empezó a cantar, y no pude evitar sonreír cuando me imaginé una presencia a mi lado, un peso muy familiar hundiendo el colchón junto a mí. A nuestro alrededor, nuestro vínculo bailaba, más resplandeciente que nunca, y yo abrí los ojos en mi cabeza para encontrármela mirándome, sonriéndome con mi sudadera de boxear puesta.
               -Feliz año nuevo, mi amor-me dijo con su voz dulcísima, que podría acallar a una ciudad entera simplemente con anunciar que iba a ponerse a cantar.
               -Feliz año nuevo, mi niña-respondí. Sabrae sonrió un poco más y luego se inclinó para besarme, en el que sería el primer y único beso que yo no sentiría. Pero no pasaba nada.
               Quedaban 117 días.
              
 
Say mi innocent decisión keeps you up at night, escuché en mis auriculares, y cerré los ojos.
               Me imaginé a Alec sentado junto a mí en la cama, con su media Sonrisa de Fuckboy® que sólo me pertenecía a mí curvándome la boca de ese modo tan apetecible. El Alec de mi cabeza (y también de mi corazón) estiró la mano en mi dirección y entrelazó sus dedos con los míos.
               -Feliz año nuevo, mi amor-me dijo con esa voz dulce que sólo me dedicaba a mí, que sólo me pertenecía a mí, que sólo yo podía escuchar. Había sido un sueño oírlo esta mañana, cuando no contaba en absoluto con él, y aunque todavía no me acostumbraba a la desazón que me producía no haber sido capaz de ser sincera con él por estar con todos sus amigos delante, me dije que muy pronto podría pedirle perdón por romper la promesa que le había hecho y le compensaría como quisiera.
               Las cosas no iban como a mí me habría gustado hacía unos meses, pero que hubiera partes del mundo que ya habían cambiado de año en el que para mí era el mejor de mi vida cuando yo todavía estaba en él me hacía ganar cierta perspectiva. No había un solo camino a la cima ni una verdad absoluta.
               Además… le había prometido a Alec que estaría con él y sólo con él mientras celebrábamos el año nuevo de Etiopía juntos, y luego, cuando Inglaterra hiciera lo propio.
               -Feliz año nuevo, sol-repliqué, y él sonrió y se inclinó hacia mí. Estiré mentalmente la mano para posar los dedos sobre su mejilla, y juro que sentí su pelo en la yema de los dedos mientras me imaginaba a nuestro vínculo bailando y refulgiendo a nuestro alrededor, celebrando nuestra cercanía.
               -Me apeteces muchísimo-ronroneó contra mi boca.
               -Y tú a mí-le respondí. Me tumbé sobre el colchón mientras Nick Jonas cantaba en mi oído la letra de la canción con la que habíamos tenido nuestro primer orgasmo juntos después de vernos desnudos por primera vez, y me metí la mano por dentro de los pantalones mientras me imaginaba que Alec me cubría de besitos leves como el vuelo de una mariposa toda la cara. Cuando llegó a mis labios, ya no eran mis dedos, sino los suyos, los que alcanzaron mi clítoris y lo presionaron suavemente.
               -Siento que sólo podamos hacer esto-gruñó contra mi oído por encima de la música, y yo abrí la boca para contestarle, pero sólo me salió un jadeo. Cuando era Alec quien jugaba con mi cuerpo, incluso a través de mis manos, me notaba maleable la arcilla, hecha sólo para sentir placer.
               -Esto es…
               -Sabrae-llamaron con fuerza al otro lado de la puerta, sacándome de mi ensoñación. Se me llenaron los ojos de lágrimas cuando noté que el vínculo entre Alec y yo se desvanecía en una lluvia de purpurina danzante. Rabiosa, giré la cabeza y fulminé la puerta con la mirada, como si sólo con mi determinación pudiera derretirla y abrasar a quien estuviera detrás-. Sabrae, déjame entrar-ordenó mi hermano, y yo me limpié las manos contra el pantalón, arrojé los cascos sobre el colchón y bramé:
               -¡Vete! Estoy ocupada.
               -¡Tengo que hablar contigo, puta cría de los cojones!-espetó Scott, y yo consideré mover mi armario para interponerlo en el camino de la puerta y que Scott no pudiera entrar, como si con el pestillo que Alec me había instalado en la puerta para mayor intimidad no fuera suficiente.
               Sin embargo, con ganas de camorra y todavía guardándosela por cómo había intentando liarme para que le contara a Alec lo que tenía entre manos esa misma mañana, me abalancé sobre la puerta y descorrí el pestillo.
               -¡¿Qué?!-bramé, y Scott se abrió camino metiendo las manos en el hueco entre la puerta y mi cuerpo. Me apartó a un lado con facilidad y se metió en mi habitación. Miró alrededor, como buscando algo fuera de lugar, y finalmente se giró sobre sus talones y me fulminó con la mirada dura de mamá.
               -¿Por qué no te estás cambiando para salir?-preguntó, y yo chasqueé la lengua.
               -Ya os lo he dicho: no. Me. Apetece. Salir. Esta. Noche.
               -Ya, bueno-Scott le dio un toquecito al marco de una de mis fotos con Alec y torció la boca-. Dados tus planes y viendo cómo lo hemos pasado la última semana con el tema de la atención mediática, te recomendaría que aprovecharas para hacer todo lo que no vas a poder de aquí a un año. Incluyendo, por supuesto, ir a un fiestón de Nochevieja.
               -Tú te vas con tus amigotes a pesar de ser el niño bonito de Inglaterra, ¿por qué yo tengo que plegarme a lo que queráis los demás simplemente porque no estoy segura del tiempo que me queda siendo anónima?
               Scott se mordió el piercing del labio y arqueó las cejas, y yo me di la vuelta y me fui hacia la cama. Paré Unhinged y enrollé los auriculares alrededor del móvil antes de metérmelo en el cajón, ignorando deliberadamente la retahíla de mensajes de las chicas intentando convencerme para salir. ¡Que no me apetecía, hostia!
               -Papá y mamá me han dicho que has hablado con ellos-reveló Scott, y aquella noticia cayó como un jarro de agua fría sobre mí. Me di la vuelta de nuevo y lo miré tratando de mantener la expresión más neutral posible.
               -¿Y?-sorprendentemente logré disimular mis nervios a pesar de que mi cabeza iba a mil. Si mis padres habían hablado con mi hermano era que habían tomado una decisión, y seguramente lo enviaban para que me convenciera de que desistiera en mi empeño antes de irnos a celebrar el año nuevo en casa de los Tomlinson, como hacíamos siempre.
               Scott me miró desde arriba con un gesto condescendiente que me apeteció borrarle de la cara de una bofetada, y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Me imaginé que ya había empaquetado el traje de Nochevieja, que siempre se ponía después de comernos las uvas siguiendo la tradición española de nuestra madrina.
               -Creía que no les habías dicho nada y que os había pasado algo. Como no paras por casa y, las pocas veces que lo haces, rehúyes el contacto humano… francamente, pensé que estabas mutando-Scott se encogió de hombros y yo suspiré con hastío.
               -¿Has venido a molestarme antes de que acabe el año? Porque tengo muchas cosas que hacer, así que, si no te importa…
               -¿Por qué no me dijiste que papá y mamá ya lo sabían?-acusó-. Di la cara por ti como un gilipollas, y todo porque a la princesa no le vino en gana mantenerme al día de sus asuntos.
               -Creía que no querías saber nada del tema. Cada vez que te preguntaba tú cambiabas de tema, así que me pareció que ya no necesitaba tu confirmación para saber que no ibas a ayudarme.
               -Yo en ningún momento te he dicho que no fuera a ayudarte.
               -Ni tampoco que fueras a hacerlo, así que, ¿puedes culparme por actuar en consecuencia?
               Scott rió entre dientes y sacudió la cabeza.
               -Dios, eres tan lerda que no tienes ni idea de lo que está pasando ahora mismo, ¿verdad?
               -¿Que me estás jodiendo mis últimos momentos de tranquilidad del año?
               Scott se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta esta vez y se relamió los labios.
               -Pensé que darte la ocasión de decírselo a Alec era lo que necesitaba para saber qué decisión tomar-murmuró-. Sobre todo porque creo que no has sopesado bien las consecuencias de irte justo el año en que tu novio no te puede ver. Tu novio-incidió-, que besa el suelo por donde tú pisas. ¿Realmente tienes intención de ganar sin que Alec te vea?
               -Por favor, Scott-me crucé de brazos-. Hay 200 millones de edits tuyos sólo en el programa. A eso, súmale el contenido que les das a las fans cada vez que haces una entrevista. Alec estará bien.
               -Tú no tienes esta cara-Scott se la señaló como si fuera su principal activo, cuando en realidad los dos sabíamos que no era así, ni tan siquiera su voz. Era su carisma lo que le había llevado tan lejos, precisamente lo único que mis padres no me habían enseñado y que ahora necesitaba que me inculcara él.
               -¿La de papá?-respondí yo, y Scott me miró con fastidio.
               -Ni un piercing en el labio.
               Fingí pensármelo un momento y chasqueé la lengua.
               -Que sean 300 millones.
               Scott rió y se acercó a mi ventana. Luego, a la estantería con mis libros, y al escritorio en el que hacía los deberes y escribía mis cartas. Pasó los dedos por la última que me había enviado Alec y dijo, aún sin mirarme:
               -Avísame con cinco días hábiles de antelación de cuando decidas decírselo, porque quiero estar presente. La que te va a montar va a ser monumental, y no quiero perdérmelo.
               -Sinceramente, pensar en cómo decírselo a Alec ahora mismo es el menor de mis problemas.
               -Ah, sí. Se me olvidaba que no tienes vestido para salir esta noche.
               -¡Que no voy a salir esta noche, pesado! Me refiero a papá y mamá. Sabes cómo son, y cómo están este año.
               -¿Les has dicho por qué es?-preguntó, y negué con la cabeza. Scott se mordió el piercing de nuevo y se acercó a mí-. ¿Y eso no te da que pensar? En esta familia no nos guardamos secretos como ése, Sabrae.
               -Tú sabes por qué esta Diana aquí y por qué quiero hacer yo lo que quiero hacer y no se lo has dicho a papá y mamá.
               -Porque me hiciste jurarlo-respondió con rabia apretando los puños-, y no me tomo los juramentos que hago por tu vida y por la de nuestras hermanas a la ligera. Pero, créeme, si hubiera podido, vaya que si se lo habría dicho a mamá y papá.
               -Te hice jurarlo precisamente porque sabía cómo te pondrías, y que te daría igual que yo te necesitara, y que harías lo posible por impedírmelo. No sé por qué, pero siempre has pensado que sólo tú puedes hacer las cosas que haces, cuando yo soy perfectamente capaz de cuidarme sola y de provocar cambios que a ti se te escapan.
               -Tienes un ego desmedido para alguien de tu tamaño.
               -¿El tamaño es grandioso, por un casual?-lo pinché.
               -¿No te has parado a pensar-inquirió, inclinándose hacia mí-, que puede que yo no te haya dado una contestación todavía no es porque no piense que puedes lograrlo, sino por las razones por las que vas a intentarlo?-me dejó acorralada contra la pared, pero yo me mantuve digna con la barbilla y la cabeza bien altas.
               -Ya sabes cuáles son mis razones.
               -Hay otras maneras.
               -No para mí.
               -Las maneras de mamá. Son más lentas, pero sus cambios son más profundos.
               -No tenemos tiempo.
               -¡Despierta, Sabrae!-Scott me cogió de los hombros y me zarandeó-. ¡No estás preparada! ¡Ni siquiera sabes lo que te estoy preguntando! Crees que eres más lista de lo que en realidad eres.
               -Pues ya que soy tan tonta, ¡dime qué es lo que estás preguntándome y a lo que yo no sé contestarte!
               Scott me apretó un poco más los hombros.
               -¿Quieres vengarla… o lo quieres a secas?
               El destello de mis recuerdos de cuando estaba subida al escenario a que siempre recurría cuando el cansancio consumía la rabia durante mis duros entrenamientos volvió a mí. Eran imágenes superpuestas, como varias películas reproduciéndose sobre la misma pantalla, de mi aspecto en televisión, bailando con Eleanor a solas, y también con Diana y con Layla; mi imagen en miles de móviles mientras cantaba con papá y mamá, y mis propios recuerdos del público frente a mí y la sensación de libertad, del orgullo de quienes me querían viéndome triunfar, de Alec comiéndome con los ojos y luego con la lengua y con los dientes durante y después de una actuación espectacular.
               Era la cacofonía musical de mil garantas coreando mi nombre, de mis gemidos mientras Alec me follaba con ganas tras haberlo calentado durante la actuación, de Eleanor, Diana, Layla, Scott, Tommy, Chad, papá, One Direction, todos diciéndome que lo había hecho muy bien y dándome las gracias por el espectáculo.
               Si tenía cien razones para hacer esto, noventa y nueve eran Diana, pero había hueco reservado para el egoísmo.
               -Las dos cosas.
               Scott me agarró entonces de la cara con total desesperación.
               -¿Vas a disfrutarlo?
               La respuesta era tan obvia que no necesité ni decirla en voz alta. Sí. Disfrutaría del proceso y del resultado. Disfrutaría de luchar y de vencer, igual que las sirenas disfrutan tanto de escuchar sus voces reverberando en las olas del mar y del festín de almas de los marineros que se arrojan al agua desesperados por siquiera una prueba de aquellos labios de los que salían melodías tan angelicales.
               No sólo podía hacer el mundo más justo y seguro, sino también más hermoso.
               Estaba tan segura que asentí con la cabeza, los ojos fijos en mi hermano, y Scott suspiró y tomó aire.
               -Vale-dijo, y me soltó con el cansancio de quien hace un esfuerzo hercúleo para mantenerse en su sitio contra el más rabioso de los huracanes. Una chispa de esperanza destelló en mi corazón cuando vi la expresión de Scott. Parecía estar… rindiéndose.
               -¿Papá y mamá han hablado contigo? ¿Te han dicho que me van a dejar ir?
               -No-y con eso la chispa se apagó, fugaz cual estrella al que no te da tiempo a pedirle tu más ardiente deseo-. Pero te dejarán. Si me has convencido a mí, que no me funcionan tus truquitos de niñita consentida… ¿crees en serio que papá y mamá son un problema?-dijo, y me miró con una ceja alzada y la otra ligeramente hundida-. Por favor. Ya verás cómo mamá dice que sí, y papá detrás. Él no puede decirte que no a nada, y yo soy el preferido de ella… así que a mí tampoco puede decirme que no. Así que… ya estás aprovechando esta noche, mocosa terca como una mula, porque nos queda mes y medio prácticamente antes de que yo me vaya a la universidad, y…
               -¿¡ME VAS A AYUDAR!?-chillé, feliz como no pensé que lo estaría nunca con algo que me dijera mi hermano, con la excepción, claro está, de que pronto sería tía. Pero para eso todavía quedaba mucho tiempo.
               Y Scott entonces esbozó la sonrisa que le había robado a Alec, o que Alec le había robado a él, y respondió:
               -Te vamos a ayudar.
               Miró por encima de mí y yo me di la vuelta, justo para encontrarme con Eleanor, que esperaba apoyada en la puerta, y Tommy, cruzado de brazos y con las piernas separadas. Eleanor levantó un vestido morado iridiscente de vinilo y arqueó las cejas.
               -Creo que es de tu talla. Un pajarito me ha dicho esta mañana que ibas a tener mucho que celebrar esta noche… y que has pedido ayuda porque quieres mi corona.
               Y Eleanor, como la reina gentil que era, me guiñó el ojo cuando sacó una tiara de plástico de color dorado de detrás del vestido.
               -Aquí la tienes. Ven a por ella.


             
¡Toca la imagen para acceder a la lista de capítulos!
Apúntate al fenómeno Sabrae 🍫👑, ¡dale fav a este tweet para que te avise en cuanto suba un nuevo capítulo! ❤🎆 💕

Además, 🎆ya tienes disponible la segunda parte de Chasing the Stars, Moonlight, en Amazon. 🎆¡Compra el libro y califícalo en Goodreads! Por cada ejemplar que venda, plantaré un árbol ☺

2 comentarios:

  1. Me ha gustado muchísimo este cap. Tenía muchísimas ganas de leer ains.
    Primero me muero con Alex siendo padre soltero y adolescente y con la videollamada. Estaba giggling and kicking my feet. Espero que llegue pronto el momento de que Saab se lo diga porque sinceramente Scott puede decir misa pero me preocupa más esa conversación que cualquier otra. Y hablando de Scott me muero con el final y el hype que tengo con el programa y que sea ya. No esperaba menos de Scott.

    ResponderEliminar
  2. Felicidades Eri!!! Te mereces lo mejor.
    Me encantó la actualización, gracias por no abandonarnos.

    ResponderEliminar

Dedica un minutito de tu tiempo a dejarme un comentario; son realmente importantes para mí y me ayudarán a mejorar, al margen de la ilusión que me hace saber que hay personas de verdad que entran en mi blog. ¡Muchas gracias!❤