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Seguro que crees que tú no te cagarías de miedo si midieras un metro ochenta y siete, estuvieras más musculado que el mismísimo Cerbero, tuvieras los reflejos de una pantera puesta de coca, y tu novia de apenas metro cincuenta te mirara de lado cuando insistieras en que la ayudarías a recoger la mesa para estar un poco más con ella. Sí, seguro que pensarías que eres súper valiente y que tu amor y atracción por ella vencerían a cualquier cosa, incluyendo sus miradas envenenadas y sus giros sobre sus talones más propios de una bailarina en el cénit de su carrera.
ERROR. Recularías como un cachorrito abandonado cada vez que se pone el sol, porque no tienes ni idea del miedo que puede llegar a dar Sabrae cuando decide ser terrorífica. Sería capaz de detener un meteorito en plena trayectoria de colisión con la Tierra y hacer que se diera la vuelta a toda velocidad, así que piensa en lo que harías tú si te fulminara con la mirada como lo hizo conmigo cuando insistí en ayudarla a recoger las sobras de la comida y fregar los platos.
La verdad es que, para lo complicado de la situación, yo lo había manejado con muchísima dignidad.
Apenas había llorado.
Dylan había tirado la casa por la ventana y había pedido doce pizzas tamaño familiar para las doce personas que había en casa (de las cuales tres eran niños pequeños y una, directamente, un bebé), y yo había convertido en mi misión personal el comerme casi la mitad de todas y cada una de ellas ignorando deliberadamente que estaba zampando por sueño y no por hambre. La mesa se había quedado hecha unos zorros ya que la conjunción de cajas de comida grasienta con niños pequeños no daba un resultado que defendiera el orden y la limpieza, precisamente. Mamá iba a tener mucho trabajo cuando yo me marchara lavando los manteles que Duna, Astrid y Dan habían ensuciado con sus manitas, pero a los que no había pensado reñir ni una sola vez. Sin embargo, tenía pensado aprovechar cada segundo que tuviera conmigo, por lo que cuando Sabrae dijo que ella se ocuparía de recoger la mesa, por primera vez desde que la conocía (y ya eran muchos años), no protestó cuando trataron de suplantarla en su papel de ama de casa.
Lo cual no me pareció del todo justo porque Sabrae había cambiado gustosa dos días de su cumpleaños a cambio de que mamá me disfrutara un poco, así que Saab se merecía que le premiaran con mi presencia.
O eso pensaba yo; y estaba en minoría, al parecer, pues Kiara, que había salido con Dylan a por el desayuno y se había encargado de Avery con relativo éxito (la bebé iba para diva de la ópera y estaba decidida a hacer historia), siguió a Saab a la cocina y desapareció con ella allí.
Me senté en el sofá con el ruido del tintineo de las copas y la charla ininteligible de Sabrae y Kiara al otro lado del vestíbulo con toda mi familia rodeándome y apoyada en mí en mayor o menor medida mientras me preguntaban qué quería ver en la televisión.
Cuando dije que me daba lo mismo pusieron el canal de deportes, donde estaban echando una carrera de Fórmula 1. Joder, qué bien me conocían.
Tenía pensado mantener los ojos abiertos y hacer que el sacrificio de Sabrae mereciera la pena, de verdad. Además, Sabrae me había acojonado tanto que creí que no me dormiría hasta el mes que viene, así que no entendía por qué habían empezado a cerrárseme los ojos a pesar de los ruidos de los críos jugando a mi espalda, la presión de Trufas entre mis brazos para que continuara rascándole la barriga, o el calorcito que desprendía mi casa y que desafiaba el frío de la tarde lluviosa de mediados de noviembre que arañaba las ventanas y convertía los cristales en un cuadro de arte posmoderno.
O la dulce caricia de la manta que mi madre me colocó sobre los hombros.
-No estoy dormido-protesté, pero no me la quité de encima ni tampoco dejé de acariciarle el lomo a Trufas, que parecía un sol minúsculo y peludo que dormitaba en mi regazo.
-Ya lo sé, mi amor-ronroneó mi madre, dándome un beso en la frente.
-Ni me voy a dormir-añadí. Sabrae no había hecho un sacrificio tan grande ni estaba dejándonos nuestro espacio a los Whitelaw como para que yo ahora lo estropeara todo sobándome.
-Bueno-sonrió mamá.
Pero en algún momento de la carrera la cancelaron tras haber dado sólo un par de vueltas, y los pilotos subían eufóricos a un podio que apenas les había costado esfuerzo.
Otros que se cagarían de miedo si Sabrae los mirara mal.
