¡Hola, flor! Sólo quería
recordarte que hoy es un Evento Muy Importante: ni más ni menos que el
cumpleaños de Tommy. Sí, has leído bien. Sí, quiero reseñártelo porque, ¡está
pasando en la novela! Me está haciendo ilusión estar escribiendo en la misma
fecha, y todo.
En fin, ¡disfruta
del cap! (Dijo la bruja mientras procedía a continuar el capítulo más
traumático de la historia de Sabrae). ¡Muac, muac! ❤
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Me pregunté si era así como se sentían los cuidadores de
las reservas naturales cuando se encontraban a la camada de un animal en
peligro de extinción hecha pedazos, el futuro de una especie hermosa que no se
merecía desaparecer de la faz de la tierra por culpa de la acción humana hecho
trizas en la hierba dorada.
Notaba
que el corazón me martilleaba en los oídos y las sienes, marcando el ritmo de
unos tambores de guerra que me estaba costando horrores no seguir. Si no me
ponía en marcha era precisamente porque sabía que Saab me necesitaba más de lo
que necesitaba que la vengara, pero el canto de las represalias era terriblemente
tentador. A pesar de todo, logré reunir
en mí la fuerza como para incorporarme y no ir en busca de Zayn y Sherezade
para darles lo que se merecían.
Sabía
que tenía que estarles agradecido, y así sería durante toda mi vida, porque
gracias a ellos yo tenía ahora a Sabrae. La habían encontrado por mí, la habían
criado para convertirla en esa chica increíble que me enorgullecía más que nada
que hubiera logrado en mi vida el poder llamar mía, y sabía que habían estado
ahí para limpiarle las lágrimas que yo había puesto en sus ojos en demasiadas
ocasiones. Pero no podía perdonarles esto, por mucho que supiera que les debía
la vida y la felicidad. No podía perdonarles que la hubieran conducido al borde
del precipicio y la hubieran empujado finalmente al vacío, observando desde su
cima cómo Sabrae luchaba contra una marea embravecida que sólo deseaba
devorarla. Su reacción cuando a Sabrae le dio el ataque de ansiedad me había
sabido a poco, sobre todo para dos personas que estaban más que acostumbradas a
lidiar con situaciones así.
Sabrae
me miraba sin entender, el cansancio de la discusión y la noche anterior a
ésta, en la que lo había dado todo, sabedora de que tendría que aprovechar cada
segundo conmigo, haciendo mella en sus ojos castaños. Podría instalarme en
ellos y no salir jamás de su mirada, ¿y todavía le preocupaba que yo la
abandonara? ¿Por qué? ¿Por tratar de protegerme de mis estúpidos demonios, esos
que eran más listos y más fuertes que yo y que habían sabido esperar a que me
alejara de mi punto más débil para hacerme daño a través de él?
No debería haberme marchado nunca, pensé
mientras sostenía la mirada de una Sabrae que estaba rota por dentro, y cuya
alma me costaría mucho, muchísimo remendar.
Ya no era sólo por mí y por lo que me había hecho su ausencia, el tenerla lejos
y echarla de menos hasta el punto de que me dolía en niveles en los que jamás
pensé que tuvieras sensibilidad hasta que no noté cómo me ardían; era también
porque me había hecho darme cuenta de que yo no podría protegerla de todo lo
que le hiciera daño. Sí abarcaba bastantes cosas, sí podía conseguir que se
quisiera de nuevo, pero… me daba la sensación de que la otro lado de la puerta
había heridas letales e incurables. Que Sabrae había dejado de ser mi Sabrae de
siempre cuando me subí al avión. Demasiado ocupado como estaba a mediados del
verano por aquello a lo que iba a renunciar, la presencia de una criatura tan
hermosa y perfecta que a veces me parecía una quimera, no había contado con el
precio que Sabrae pagaría por tenerme lejos. Me había centrado demasiado en las
experiencias que se perdería (nuestro aniversario, una primera cena de Navidad
en casa de unos suegros que la adorarían, el tenerme allí con ella para todo lo
que necesitara, vivir el primero de mis cumpleaños en los que ya no estaría
soltero, y también tener todo el sexo que le apeteciera) y no había dedicado
atención a aquellas a las que se tendría que enfrentar sola. La tentación de
cuando le gustara un chico y su lealtad hacia mí le hiciera creer que no debía iniciar
nada con él. Sus amigas echándose novios y ella sintiendo celos de que tenían
todo a lo que yo la había hecho renunciar. Sus padres viéndola marchitarse
mientras me esperaba y preguntándose si
no se habrían equivocado conmigo.
Claro
que no contaba con que Sher y Zayn lo harían tan rápido, ni tan tajantemente.
Ni siquiera se me había ocurrido que el que se volvieran en mi contra fuera una
opción, pero incluso entonces me habría parecido que se alegrarían de verme.
Sí, vale, la última experiencia conmigo en casa no había sido precisamente
agradable, pero tenían que entender que tenían a una chica de quince años en
casa, no a una embajadora con una larga carrera diplomática a sus espaldas que
sería capaz de poner el bien común del planeta y sus habitantes por encima de
sus deseos. O el bienestar de un hermano al que echaba de menos y al que le
gustaría tener más en casa por encima de la necesidad de recuperar el tiempo
perdido con un novio que le había robado la
mejor parte de las relaciones: el primer año. El primer año en el que
todo son celebraciones, orgullo e ilusión.
Yo le
había quitado eso a Sabrae. Era normal que su primer impulso fuera tratar de
recuperarlo de cualquier forma, incluso si eso suponía que su familia tuviera
que hacer un sacrificio como el que tenían que hacer con Scott. Por eso me
parecía tremendamente injusto que me hubieran puesto una diana en la frente por
la discusión que Saab y Sherezade habían tenido hacía un mes y medio, y que
todavía siguieran con esa cantinela me ponía todavía de peor humor. Era su hija, por el amor de Dios. ¿Cómo
podían darle de lado así?
Sí,
cuando Sabrae me confesó que había ocultado mi presencia en Inglaterra a
propósito me había chocado un poco al principio. Supongo que todas las cosas
buenas que Zayn y Sherezade habían dicho de mí, cómo se habían alegrado cuando
fui a ver a su hija por sorpresa, realmente calaban hondo. Pero cuanto más
tiempo pasaba, cuantos más segundos le asomaban lágrimas en los ojos a Sabrae,
más entendía yo por qué no había dicho nada. Por qué yo era ahora un secreto
que tenía que mantener lejos de sus padres.
Si la
situación fuera a la inversa y fuera mamá la que estuviera en contra de mi
novia, la solución para mí sería sencillísima: sintiéndolo en el alma porque
había sido muy feliz con mi familia, me iría de casa. Porque, como Sabrae había
dicho, yo prefería ser de ella antes que de mi madre. Yo era de ella antes que de mi madre. Ser Alec Whitelaw era una pasada
y el apellido que ahora ostentaba había sido mi salvación en muchos aspectos,
pero prefería ser solamente Al si eso significaba que estaría con la chica que
me había hecho tener ilusión por aprovechar la oportunidad que me habían
brindado.
Pero
yo tenía 18 años y maneras de buscarme la vida. Ya era un adulto. Sabrae, no.
Sherezade y Zayn podían retenerla en casa y ella no podría hacer nada más que
añorar su libertad.
Aun
así… que me hubiera elegido a mí de
entre todos los chicos que había en el mundo para poner en mis manos su
felicidad… sí, definitivamente me sentía
como el cuidador de una reserva natural que tiene ante sí a una camada de
cachorros de alguna especie exótica de la que apenas quedan 20 ejemplares.
Y,
milagrosamente, uno de ellos todavía respiraba.