domingo, 31 de julio de 2022

Banquete de cenizas.


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Hablando de escuchar…
               Parecía mentira que uno de los peores días de mi vida fuera a empezar tan bien, como morder una fruta podrida de la que el primer bocado es el más dulce que has probado nunca.
               No habíamos puesto despertador, supongo que confiando en que nuestros cuerpos decidirían cuándo era el momento de separarse, o en que el universo se las ingeniería para imponernos su plan. Como siempre, estábamos en lo cierto. Todavía faltaban unas horas para que el avión de Alec despegara.
               Mientras tanto, podía quedarme escuchando el sonido de su respiración acompasada. Como anticipando que la próxima noche ya no podríamos estrecharnos el uno al otro entre nuestros brazos, habíamos dormido  enredados en la parte de abajo, pero separados en la de arriba. Yo estaba de costado, mirando hacia él, cuando el sol se cansó de acariciarme los ojos y empezó a arañarme los párpados. Alec estaba boca abajo, respirando profunda y lentamente, su espalda subiendo y bajando al compás que marcaba su pecho.
               Estuve despierta un par de segundos más que él, un par de segundos preciosos que eran poca compensación por el tiempo que no iba a tenerle, pero que atesoré de todos modos como el regalo divino que eran. Prácticamente aguanté la respiración para oír la suya, regodeándome en ese dulce sonido al que nunca pensé que me acostumbraría.
               Estiré la mano para acariciarle el pelo como tantas veces había hecho mientras él dormía, incapaz de guardarme las manos… y, esta vez, Alec se despertó. Su respiración se volvió un poco más profunda justo antes de ascender igual que un delfín que se hace con las olas. Tomó aire profundamente y luego lo exhaló entrecortado, levantando la cabeza lo justo como para mirar a su alrededor con expresión de somnolencia. Sus manos buscaron por el colchón antes incuso de que él pudiera recordar su nombre, dónde estaba o con quién, y, sobre todo, qué día era. Respiró un par de veces más y yo escuché con toda la atención que pude, consciente de que nunca había escuchado algo tan hermoso a pesar de haber dormido con más personas. Scott había sido la primera respiración de ese tipo que había oído, y durante los primeros años de mi vida aquello había acompañado a mis despertares, pero la de Alec… la de Alec no podía compararse con nada.
               Y mañana habría silencio. Suerte que a Claire le quedaría libre el hueco que Alec iba a dejar, porque estaba convencida de que me volvería loca acusando la falta de estímulos.
               Los músculos de su espalda se contrajeron y relajaron en esa perfecta sincronía que sólo tenía su cuerpo mientras se incorporaba un poco más. Se giró para mirarme, y cuando por fin sus ojos se encontraron con los míos, ese pellizco de preocupada desorientación que siempre le asaltaba nada más despertarse se apagó. Ahora que sabía que estaba conmigo, no le importaba dónde habíamos dormido. Estaba en casa simplemente por la persona que compartía con él la cama.
               Y se pasaría un año entero sin poder pisar su casa.
               -Buenos días-dijo, la voz rasposa del hombre que acaba de despertase. Mi hombre, pensé, con un delicioso retortijón de posesividad en el estómago, mientras seguía revolviéndole el pelo distraída. No recordaba haber estado con ningún chico que tuviera el pelo tan suave como Alec.
               -Buenos días. ¿Has dormido bien?
               -He dormido demasiado-respondió, frotándose los ojos. Cuando sólo le habían indicado el día que salía su avión, Alec había decidido que no dormiríamos nada la noche anterior a que él se fuera. Todo el sueño que tuviéramos que recuperar, él lo recuperaría en el avión de camino a Etiopía y yo lo recuperaría por el día, como si pudiera descansar mientras se alejaba de mí a más de un kilómetro por minuto.
               Cuando le habían enviado la tarjeta de embarque y había visto que su vuelo sería nocturno, Alec había insistido en que no teníamos por qué dormir en nuestra última noche juntos… “salvo que yo quisiera descansar, claro”. Y yo no querría descansar, pero tampoco quería que se desplomara de agotamiento en su primer día en el voluntariado. Sospechaba que a duras penas habría aguantado el ritmo que pretendía llevar antes de tener el accidente, pero después de haberlo tenido, la verdad es que no quería arriesgarme.
               -Si no sabes qué hora es, Al-me reí, y él se acercó a mí. Me rodeó la cintura como sólo él sabía hacerlo y yo decidí en ese momento que me pasaría un año sin usar cinturones: nada debería tocarme en ese rincón de mi cuerpo, que estaba a la vista de todos pero que sólo respondía a Alec.
               -Me da igual. He dormido, y dormir siquiera treinta segundos es demasiado.
               -Eres bobo-me reí de nuevo, acariciándole la mejilla mientras se ponía encima de mí, colándose entre mis piernas. Noté que estaba duro. ¿Íbamos a tener sexo mañanero? La verdad, no estaba nada a disgusto con el último polvo que habíamos echado, y me parecía tan tierna la manera en que habíamos hecho el amor que no me importaría que aquella fuera nuestra última bien. La consideraba una buena despedida. Todo lo buena que podía serlo una despedida de mi novio, claro.
               Sin embargo, ahora que parecía abrirse un horizonte de posibilidades frente a mí, no estaba por hacerle ascos.
               -Si supieras lo que estoy pensando, nena, me llamarías cosas más feas que bobo.
               -Mm, no sé si mi mente inocente estaría capacitada para procesar todas las maldades que se le pasan por la cabeza a un sinvergüenza como tú. Aunque me gusta intentarlo.
               -Se te da de cine intentarlo.
               -Es que da mucha satisfacción.
               Dejó de darme besos y levantó un poco la cabeza para poder mirarme a los ojos.
               -¿Satisfacción?
               -Satisfacción-asentí, acariciándole los hombros, los brazos, los músculos de sus bíceps. Me apeteció darle un bocado a sus bíceps, y lo hice. Porque era mi novio y podía hacer con él lo que quisiera. Alec dejó escapar un suave y juguetón “auch”, tiró de las sábanas y nos escondió debajo de ellas. Me agarró de las manos para ponérmelas por encima de la cabeza, y cuando empecé a retorcerme por debajo de él, noté cómo sus dientes rozaban mi piel más que sus labios. Sonreía. Era feliz.
               Esperaba hacerlo lo suficientemente feliz durante esas horas que aún nos quedaban para que los ecos de lo bien que se lo había pasado resonaran en su alma dentro de 24 horas, cundo no tuviera a nadie que le conociera y estuviera locamente enamorada de él (y no hablaba sólo por mí esta vez) en el mismo continente en el que estaba. Sospechaba que lo iba a pasar mal las primeras semanas, detestándose por hacer amigos porque consideraría que debía guardarnos luto a todos los que había dejado en Inglaterra. Por eso quería que sus últimas horas fueran tan especiales: para que pudiera despedirse como consideraba que debía hacerlo.
               Su boca recorrió mis curvas, señalando puntos sueltos en mi anatomía que, en un patrón, me convertían en la constelación más hermosa del universo. Se rió conmigo cuando me hizo cosquillas, me miró a los ojos con ilusión cuando salimos de debajo de las sábanas, y me dijo que me quería a la vez que se lo decía yo. Dejé apoyada la cabeza en la almohada, disfrutando de la manera que tenía de mirarme, como si fuera yo la que alzara el sol todas las mañanas. Ni tan siquiera Scott había sido capaz de mirarme así de pequeña, ni yo a él.

sábado, 23 de julio de 2022

Limonada.


¡Toca para ir a la lista de caps!

De Alec se pueden decir muchas cosas, pero no que no cumple sus promesas.
               Y yo lo sabía. Todo mi cuerpo lo sabía. Era escuchar el sonido de su sonrisa lobuna tatuando sus labios y ya echarme a temblar, porque en el mundo había hombres y Hombres, y yo había encontrado al único que se había ganado el derecho a escribir su género con mayúscula.
               Me tiró sobre la cama como los emperadores hacían con las prostitutas con las que celebraban sus conquistas, y yo supe que, a partir de esa noche, Alec no iba a llamarse como Alejandro Magno.
               Alejandro Magno iba a llamarse como Alec.
               -Pero antes…-dijo, irguiéndose frente a mí como un joven y poderoso dios, el único capaz de escribir su propio destino y determinar sus profecías, el único que sería verdaderamente inmortal; el único que sería el único. Y, después de él, ya no habría nada más.
               Su cuerpo emergió sobre mis rodillas todavía flexionadas y el límite del colchón igual que una isla paradisiaca justo cuando te quedabas sin provisiones, y la sonrisa oscura que tenía en la boca hizo que entendiera por qué Alec se había acostado con menos chicas que mi hermano pero follaba más que él: porque las conquistas de Scott podían sobrevivirle, pero Alec tenía algo que ni siquiera él tenía. Scott no resplandecía como lo hacía Alec.
               Scott no era capaz de tenerte al límite de un orgasmo casi catastrófico con sólo mirarte. Alec sí. Alec lo estaba haciendo ahora.
               Idolatré (decir que miré su cuerpo sería quedarse muy corta tanto por lo que sentía en ese momento como por lo que los músculos de Alec se merecían) su cuerpo con los ojos, acariciando su piel con la mirada mientras bajaba lentamente, regodeándome y a la vez maravillándome en aquel hombre que tenía frente a mí, y cuyo placer, contra todo pronóstico, llevaba mi nombre y sólo mi nombre.
               -… vamos a desnudarte-terminó, agarrando la sábana arrugada que estaba a mis pies y arrojándola a un lado, de forma que no hubiera nada entre nosotros más allá del aire. Y habría un punto en que no habría absolutamente nada. Me quedé mirando su miembro, ya erecto y grueso, y sentí que un escalofrío me recorría desde la nuca hasta la entrepierna, revolucionando mi columna vertebral a medida que descendía-. Estás demasiado vestida…-me recorrió de arriba abajo, y con un paso se metió entre mis piernas-, para la forma en que quiero marcarte.
               Marcarme. Mi sexo protestó por lo vacía que estaba a modo de celebración. Pronto tendría la inmensidad de Alec llenándome, reclamándome, sobornándome para conseguir ese placer explosivo que llevaba su nombre.
               Los ojos de Alec se oscurecieron al escuchar mi jadeo desesperado, propio de una dama victoriana que se escandaliza por ver un tobillo masculino. Pude ver en sus ojos esa chulería propia de los hombres cuando pretenden sorprenderte, mientras piensan en todo lo que te pueden hacer y lo mucho que lo vas a disfrutar. Acostarme con Alec ya era garantía de éxito, pero verle sonreír de esa manera era algo completamente distinto: era saber que al día siguiente todavía me temblarían tanto las piernas que me costaría caminar.
               Lo cual sería genial, ya que así no podría acompañarlo al aeropuerto y él no podría marcharse.
               Me puso unas manos ardientes en las caderas, unas manos grandes y fuertes que mi cuerpo fantaseó con sentir por todo él, dejando en mi piel unas huellas imposibles de borrar y que todo el mundo pudiera ver. Si no iba a estar conmigo durante el siguiente año para hacerme disfrutar, más le valía dejar mi ansiosa piel lo suficientemente satisfecha como para que pudiera sobrevivir sin deshacerme.
               Con los ojos puestos en mí, empezó a tirar de mi falda, que ya tenía la cremallera trasera bajada, y me la fue bajando hasta que atravesó el monte de mis rodillas tan lentamente que supe que estaba pensando en deshojarme igual que a una margarita predecible. Luego, de un tirón rudo y sin contemplaciones me la sacó por los pies, liberando mis piernas y acariciándomelas por la parte exterior. Subió y subió y subió, sus ojos puestos en mí, hasta que…
               ... llegó a la tela del tanga y su sonrisa se acentuó un poco más. Y, por fin, bajó la vista. Una parte de mí, la parte que no estaba un poco sobrepasada por el poder sexual que desprendía, se regodeó en la manera en que se relamió los labios y tragó saliva casi sonoramente. Apretó la mandíbula y yo deseé sentir su lengua entre mis piernas, en ese rincón que estaba observando con contenido interés, esperando explotar como un volcán que acumula poco a poco lava en su base, en lugar de ir goteándola.
               Incluso durante el tiempo que habíamos estado peleados no había dejado de pensar en la ropa interior que me pondría la última noche que pasáramos juntos. No me importaba si era en el Savoy o en su habitación, en la mía o en un descampado; tampoco me había importado demasiado en cierto momento si me la ponía para premiarlo o castigarlo, o si me preocuparía que no hiciéramos nada esa última noche. Lo que sí sabía era que quería estar espectacular, tanto para él como para mí; estar y sentirme sexy, y, sobre todo, llevar algo que le sorprendiera. Algo que no hubiera llevado antes.
               Había dedicado los momentos en que Alec me había dejado sola a surfear por todas las páginas web que se me ocurrieron de lencería, metida exclusivamente en los apartados de ropa “más sensual” o con nombres similares, sin saber exactamente qué era lo que quería hasta que encontré este conjunto. Consistía en un tanga de hilo de encaje prácticamente transparente y un sujetador que ni siquiera estaba completo: un trío de hilos mantenían mis pechos en su sitio en la zona donde típicamente estaba la copa o el soporte, resguardando a duras penas mis pezones; los tirantes, que me había retirado por debajo para dejar los hombros al descubierto y no estropear el conjunto de la blusa y la falda, estaban hechos de la misma tela traslúcida del tanga.
               Todo en un precioso tono azul celeste que, como pude comprobar en la tienda a la que me escapé, me quedaba de cine, resaltando el bronceado de mi piel y ese dulce tono dorado con el que había vuelto de Mykonos, un dorado al que no quería renunciar.
                A la ropa interior estaba más que dispuesta a renunciar, por supuesto. Pero me gustaba saber que había aceptado de lleno. Siempre me había puesto conjuntos en ocasiones especiales para estar con Alec, pero nunca algo tan atrevido y que me cubriera tan poco.
               Alec sonrió, acercándose un poco más a mí. Metió un dedo por el hilo del tanga que iba por una de mis caderas y tiró suavemente de él. Me estremecí cuando la tensión hizo que la prenda presionara la entrada de mi sexo, y cuando Alec soltó el hilo y me flageló con él, directamente gemí. Me revolví debajo de él, impaciente y expectante.
               Su mano recorrió mi piel en paralelo al hilo del tanga, descendiendo hacia mis muslos, que se separaron para él. Dos de sus dedos se adentraron en el terreno de mi entrepierna y yo dejé escapar un suspiro de satisfacción mientras me masajeaba, lanzando auténticas tormentas eléctricas al galope por mi cuerpo.
               -Y tú que no querías follar, nena-se burló cuando mis caderas se soltaron de mis riendas y empezaron a seguir las instrucciones de los dedos de Alec. Necesitaba más contacto. Necesitaba más ficción. Necesitaba que me invadiera, que empezara a marcarme como me había prometido. Pero, también, necesitaba que siguiera exactamente como lo estaba haciendo. Me tenía desesperada, hecha un nudo de anticipación: todos mis poros estaban alerta, cada célula que me componía sintiendo al ciento diez porciento lo que me hacía. Me dolían los pechos en el sujetador, y el roce que notaba de la ropa y del propio sostén en los pezones era un pobre sustituto de lo que yo realmente quería: sus manos, sus labios, su lengua, sus dientes. Su polla. Quería que se follara cada rincón de mí-, cuando te pusiste este tanga deseando que te la destrozara. Dime, Sabrae-dijo, acariciándose la polla con la otra mano. Era la derecha. Tenía más ganas de darme placer a mí que de dárselo a él, más ganas de tocarme a mí que de tocarse él-.  Cuando pensaste en lo que iba a hacerte a esto-tiró de nuevo del tanga, solo que esta vez lo hizo del pequeño triángulo que tapaba la entrada de mi sexo. El aire frío lamió mis pliegues e hizo que se me retorcieran los dedos de los pies-, ¿preferías que lo hiciera con los dientes…?-empezó, y soltó el tanga, que rebotó contra mí y me arrancó una maldición.
               -Joder…
               Alec se llevó los dedos que había tenido cerca de mi sexo a la boca y se los lamió con los ojos fijos en mí.
               -¿… o que lo hiciera con la polla?

domingo, 17 de julio de 2022

Sol de limón.


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Sherezade podía sentirse muy afortunada por lo generosa que estaba siendo su hija, permitiendo que su reinado de la belleza se extendiera más allá de su pubertad. Sabrae estaba espectacular esa noche, su pelo ondeando suavemente al viento igual que las olas del mar al que homenajeaban esos zapatos que se ocultaban debajo de la mesa, pero que yo notaba acariciándome las piernas en promesa de lo que iba a pasar esa noche.
               Estábamos en la azotea del Savoy, en una de las terrazas más exclusivas de la ciudad. Cuando me había dicho que la cena corría de su cuenta al negarme yo en redondo a que pagara su parte de la habitación, ya me había dado cuenta de que me esperaba un banquete acorde con el estatus de mi chica, ése que yo había decidido ignorar y que me había dado una bofetada de realidad cuando la había visto subirse al escenario y ver a noventa mil personas coreando su nombre, uno de los pocos nombres grabados en la placa de un Grammy entre comillas y ocupando la parte central, en lugar del pie.
               Pero jamás me habría imaginado que Saab aprovecharía para llevarme literalmente al cielo antes incluso de quitarse la ropa. Todo lo que estaba viviendo me parecía surrealista, como si estuviera en un sueño del que no podía y no quería despertarme. Me había conducido directamente hacia el vestíbulo del hotel, luciendo su indumentaria en un metro en el que absolutamente todos los hombres (y alguna que otra mujer) me habían mirado con el odio con el que sólo los celos te hacen mirar a la persona que tú sabes que no se merece a quien tiene al lado, alguien a quien le ha tocado un premio más importante que mil loterías, alguien que tiene más suerte que el resto del mundo junto. Y, cuando habíamos salido de la boca de metro y había echado a andar agitando bien las caderas en promesa de lo que me haría hacerle esa noche, yo me había quedado plantado como un bobo delante de ella. Conocía la dirección; la había recorrido un millón de veces en mi cabeza, fantaseando con cómo nos enrollaríamos en el metro y a duras penas podríamos llegar a cruzar las puertas del ascensor con un mínimo decoro. Sobra decir que ni siquiera tenía pensado que ella llegara vestida a la habitación que había reservado. No era la suite nupcial de mi cumpleaños, pero tenía lo suficiente como para conseguir que me prometiera esperarme dentro de un año.
               No contaba con que ella tuviera otros planes para el mismo escenario, unos cuantos metros por encima de donde yo pensaba hacerla surfear las estrellas.
               -Creía que habías quedado en que la comida hoy corría de tu cuenta-le había dicho yo, arqueando una ceja al verla atravesar con decisión el vestíbulo del Savoy en dirección a la recepción. Sabrae me había sonreído por encima del hombro, apartándose el pelo a un lado de manera que cayera en una cascada de azabache sobre uno de sus hombros y me había guiñado el ojo.
               -Y eso pretendo hacer. Para una vez en que aceptas ser el mantenido de la relación…-y me sacó la lengua.
               La verdad es que a mí no me habría importado subir directamente a la habitación. Ya tendría tiempo de sobra de atiborrarme a comida cuando estuviera en el avión para tratar de llenar de alguna forma el vacío que ella iba a dejar en mí.
               La tarjeta de la habitación que nos habían asignado, en el tercer piso, descansaba sobre la mesa y reflejaba cada uno de los movimientos de Sabrae a la luz de las lámparas de un sutil LED que fácilmente se harían pasar por estrellas. Esas estrellas artificiales arrancaban destellos dorados de la piel de bronce de Sabrae, besada por el sol de una forma en que ni siquiera yo sería capaz de hacer que luciera la melanina que la hacía ser quien era. La brisa de la noche, una disculpa muy agradable para el calor que podía llegar a hacer en nuestra capital, agitaba suavemente la gasa de su blusa blanca igual que una bandera de esperanza después de una travesía interminable por un océano sin piedad, o como las olas en Mykonos.
               Sentado allí, delante de ella tan hermosa en aquella terraza, me sentía como si estuviéramos esperando a que nos abrieran las puertas del Olimpo: ella para conquistarlo, y yo para custodiarla y guardarle las espaldas.
               Sus ojos chispearon con inteligencia y felicidad mezclada con una pizquita de nostalgia cuando se dio cuenta de que llevaba tiempo sin probar mi comida porque me había quedado embobado mirándola. Era algo que a Sabrae siempre le llamaría la atención, no importa los aniversarios que celebráramos o los hijos e incluso nietos a los que diéramos la bienvenida: siempre nos miraríamos así, como si no pudiéramos creernos que el otro fuera de verdad. Yo no sabía por qué la sorprendía a ella, pero sí estaba seguro de qué tenía ella para sorprenderme a mí. Absolutamente todo.
               ¿Y decía que su fe en Dios se había reforzado por ? Yo ni siquiera me había planteado qué había más allá de la muerte hasta que probé sus labios y me convencí en un segundo de que había vida más allá. Era imposible que el paraíso no supiera así. O que no creyera en los dioses cuando me había enamorado de una, ni confiara en mi suerte si ella se había enamorado de mí.
               -¿Qué?-preguntó dulcemente, riéndose. Agitó suavemente la cabeza para apartarse un mechón de pelo de la boca en ese gesto que hacen todas las chicas de una forma idéntica, y que sin embargo solamente era glorioso en Sabrae.
               Negué con la mía.
               -Nada. Estaba pensando que…-me encogí de hombros y estiré la mano para alcanzar la suya al otro lado de la mesa redonda. Incluso a pesar de que su tamaño no parecía acorde con la condición de meca del lujo que era el Savoy, a mí me parecía inmejorable por lo cerca que me permitía estar de Sabrae. Estaba más pensada para tomar cócteles que para cenas de tres platos sin contar entrantes y postre, y cuando nos habíamos sentado en las sillas altas, después de que el maître nos condujera hasta la que Sabrae había pedido expresamente en ese afán perfeccionista que a mí me encantaba, ella me había sonreído y me había dicho que no quería irse a ningún sitio en el que no tuviéramos que apretujarnos para comer. Que ya habría bastante distancia  entre nosotros en unas horas como para acelerarla en la cena-, estás preciosa esta noche.
               Sus mejillas se hincharon cuando Sabrae sonrió, y se apartó un mechón de pelo rebelde de la cara.
               -La ocasión lo merece, ¿no? Y tú también estás precioso-añadió, jugueteando con mis dedos, los ojos fijos en el punto de contacto entre nuestras manos-. Pero necesito que comas, Al. No quiero que te desmayes en el control de accesos del aeropuerto y que te terminen llevando a la garita de seguridad. Ya sabes que soy muy posesiva cuando alguien toca mis cosas-coqueteó, inclinándose hacia atrás y metiéndose una patata seductoramente en la boca, sólo para chuparse la salsa en la que la había mojado (de miel y mostaza, por supuesto) a continuación. Aquel simple gesto mandó una corriente eléctrica desde mis ojos directa hasta mi polla, y juro que se me secó la boca.
               No había venido a jugar, estaba claro. Prefería no imaginarme su ropa interior, que seguro que prometía; no porque me diera miedo que no cumpliera con mis expectativas, sino porque quería tratar de concentrarme en los momentos previos a la noche que íbamos a pasar.
               Era como si lleváramos las semanas desde que habíamos vuelto de Mykonos en completa y absoluta abstinencia; así me hacía sentir su falda lápiz y su blusa. El hecho de que el colgante con mi inicial que nunca se quitaba, salvo para bañarse en el mar, hoy pareciera deslizarse un poco más abajo en dirección a sus pechos no ayudaba a mantener mi cordura en absoluto. Igual que los de un marinero hacia un faro en plena noche, mis ojos no paraban de deslizarse hasta ese rincón en particular de su anatomía.
               Iba a irme por todo lo alto. Joder, tenía pensado follármela de tal forma que me saciaría durante al año que estaríamos separados. Tenía tanto que hacerle y tan poco tiempo… y, sin embargo, estaba disfrutando de ese tiempo a solas con ella, de poder comportarnos como una pareja normal que ha salido a pasar una noche agradable en lugar de arrancar cada segundo del muro de soledad en que se estaban anclando.
               El tiempo que habíamos pasado en la cama la última semana se había evaporado. No existía. Sólo estábamos ella, yo, mis ansias de poseerla y sus ganas de provocarme. Y, Dios, cómo lo estaba disfrutando.
               Una y mil veces le había dicho que lo mejor de planear el sexo era precisamente la anticipación, notar la tensión entre nosotros crecer y crecer, y Sabrae se estaba aprovechando de eso y dando la vuelta alas tornas, siendo ella y no yo la que tenía al otro comiendo de la palma de su mano. Lo había hecho desde que la había visto vestida con esa ropa, pero desde que habíamos llegado al hotel la cosa se había ido caldeando hasta el punto de que apenas era capaz de responder por mí, y desde luego, me asombraba ser capaz de estar aún en público con ella. Casi podía escuchar sus jadeos, esos demenciales “oh, sí, Alec” con los que convertía mi nombre en la palabra más perversa jamás pronunciada; el sonido que haría su cuerpo al deslizarse sobre las sábanas mientras me acompañaba la lengua con las caderas, el tacto suave y aterciopelado de su sexo (completamente depilado, por supuesto, porque me la conozco) en mis dedos, en mi lengua, contra la base de mi polla (también completamente depilada, porque la ocasión lo merece), la forma en que me la chuparía, cómo bajaría por mi cuerpo para mojármela antes de sentarse sobre mí y dar un par de empellones, y a continuación devorarme, ya que adora el sabor de nuestros placeres mezclados.
               -Todavía queda mucha noche para saciar mi apetito, bombón-respondí, guiñándole el ojo y cogiendo la copa de vino blanco que tenía ante mí. Yo no iba a ser tan cabrón como ella y recurrir a todos mis encantos, a pesar de que sabía que mi mandíbula era su perdición… y no era, precisamente, porque no tuviera excusa para marcarla y hacer que saltara sobre mí.