domingo, 26 de julio de 2020

Pura energía.


¡Toca para ir a la lista de caps!

En cuanto se apagaron las luces rojas de los cinturones, Alec se desabrochó el suyo sin esforzarse en disimular su sonrisa. Como si fuera todo parte de un plan maestro cuyo único objetivo era derretirme, levantó el reposabrazos y se acurrucó contra mí. Empezó a besarme con calma, y tuve la sensación de que seguiría así todo el vuelo si yo se lo permitía. Su lengua exploraba tranquilamente el interior de mi boca, abriéndose camino por cada rincón como si estuviera en el espacio que el universo le había reservado específicamente.
               Su sonrisa, igual que una enfermedad, resultó tremendamente contagiosa. Nuestros dientes se chocaron un par de veces mientras iba asumiendo, poco a poco, lo que estaba pasando.
               Habían pasado unas semanas desde la primera actuación de Scott y el resto de la banda; semanas en las que, religiosamente, mi casa se atestaba de gente el día en que se emitía el programa. Tras cumplir con nuestro trabajo de apoyo social, en el que la estrella en redes era yo subiendo historias pidiendo el voto para mi hermano, los Nueve de Siempre (o lo que quedaba de ellos) se iban a sus casas, acompañando a mis amigas, para darnos a Alec y a mí un poco de intimidad en el salón de mi casa, que sentía tan suya ya como mía. Él se pasaba las tardes trabajando, cogiendo todos los turnos que podía para conseguir más y más dinero, y había conseguido gestionarse los adelantos de manera que pudiéramos ir a una discoteca pija de la que nos habían salido anuncios en nuestras redes sociales.
               Después de trabajar, siempre se pasaba por casa para ver cómo estaba. Habíamos pasado de hacerlo con muchísima urgencia, sin poder resistirnos a la presencia del otro, a empezar a acostarnos de forma un poco más espaciada. Me habría preocupado de la bajada en nuestro nivel de libido si no lo hubiera comentado él mismo, diciendo que nunca se había sentido así... y que le gustaba disfrutar igual de arrumacos que de un buen polvo. Yo sentía que nuestra relación acababa de pasar a la siguiente fase, ya asentados los polvos (nunca mejor dicho) que nos permitían echar un vistazo más allá del horizonte. Y me encantaba, porque le sentía muy mío. Le sentía muy mío y yo me sentía muy suya y la herida dejada por Scott ya no supuraba, sino que sólo me daba unos pinchacitos de advertencia cuando, duchada y con el pijama, me metía en la cama de mi hermano con mis hermanas, alargando en la medida de lo posible el aroma que poco a poco se desvanecía.
               Por suerte, Scott vendría a casa a pasar unos días, y la cama recuperaría la esencia a él que tanto estábamos explotando nosotras. En el programa les habían dado una semana de descanso, y después de mucho deliberar entre el grupo, nos habían dicho que finalmente se irían de vacaciones a un pequeño pueblecito de Ibiza, en el que nadie sabía quiénes eran y podrían relajarse. Aunque me dolió un poco pensar que tendría menos tiempo a mi hermano, lo cierto es que le comprendía: el programa había supuesto un subidón en su popularidad tal que todos los días era parte de alguna tendencia en Twitter, le subían varios millones de seguidores en Instagram, y se quedaba metido en el edificio del concurso todo el tiempo que podía; los paseos por Londres eran cosa del pasado. Scott era una estrella y necesitaba un lugar en el que saliera de nuevo el sol para no tener que liderar el cielo y así poder recargar las pilas.
               Así que, mientras yo volaba hacia Barcelona, Scott se ponía moreno en una playa de Ibiza, tirado a la bartola sin hacer absolutamente nada, cuando yo me disponía a vivir uno de los fines de semana más intensos de mi vida. No porque fuera con Alec, que también, sino porque tenía pensado aprovechar el viaje al máximo, lo cual incluía, evidentemente, disfrutar de las vistas que la ventana del avión me ofrecía.
               -¿Intentas distraerme de la ventana?-pregunté, riéndome, y separándome un poco de Alec para poder respirar. Aunque el ambiente cargado de ese oxígeno casi artificial solía resultarme asfixiante, el hecho de que él estuviera a mi lado mejoraba la situación, como siempre. Cuando se presentó en mi casa con la bolsa de viaje al hombro (pues él era un Macho™ que se las apañaba mejor cargando con algo que llevando una “ridícula maletita”, como se refirió a mi equipaje, con lo que se ganó un puñetazo bien fuerte en el antebrazo), vestido con una de sus infalibles camisas con el último botón sin abrochar, me había costado bastante concentrarme en ir al garaje sin ponerme a olisquearlo. Olía genial. Se había echado más colonia de la usual, “por si acaso”, lo que traía a mis hormonas por la calle de la amargura.

jueves, 23 de julio de 2020

Nota informativa

Por primera vez en 3 años, y debido al bamboleo emocional a que me está sometiendo el décimo de aniversario de One Direction, hoy día 23 no habrá capítulo nuevo de Sabrae.

Ruego comprensión y que me tengáis en vuestros pensamientos, pues no me encuentro nada bien.
Gracias por vuestra paciencia. Si me muero, mis flores preferidas son las orquídeas; no escatiméis en ellas para mi corona de flores.

domingo, 19 de julio de 2020

Lo bueno se da en pequeñas dosis.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Cuando terminó de hacer trizas mi alma, Sabrae se incorporó con una sonrisita de suficiencia que poco tenía que ver con su actitud cuando estábamos con gente. Pasándose un dedo por la comisura del labio tremendamente despacio, como si estuviera aplicándose bálsamo labial o corrigiendo la dirección que había tomado al aplicarse carmín en lugar de retirando los restos de semen que había dejado en su boca, parpadeó tan despacio que, por un momento, pensé que tendría que pedirle que volviera a ponerse de rodillas.
               Francamente y viendo el curso de acontecimientos, me sorprendió que no hubiera saltado sobre mí nada más verme en la puerta de su casa, llevando su paquete recién comprado como el gran profesional que era. No es por presumir, pero llevaba el suficiente tiempo con Sabrae como para saber el tiempo que nos quedaba antes de que uno de los dos se corriera, y en cuanto vi su expresión al abrir la puerta, no sólo supe que antes de acostarnos compartiríamos un orgasmo, sino que todas las papeletas para disfrutarlo las tenía yo.
               Me había costado Dios y ayuda contenerme en el baño para no hacerle caso omiso cuando, después de arrodillarme frente a ella, hundió los dedos en mi pelo y, jadeando, con todo su cuerpo suplicándome que me la follara, me pidió que parara. Como soy un caballero, y sobre todo porque sabía lo mucho que se comería la cabeza cuando empezáramos a hacerlo, simplemente le di un mordisquito en el muslo y le dije que de acuerdo, sin problema, antes de incorporarme de nuevo y empujarla lentamente hacia la ducha, donde yo sabía que no dejaríamos de besarnos. Lo que no me esperaba era que lo hiciéramos de aquella manera, acariciándonos como si hiciera dos milenios que no nos teníamos, jadeando con cada beso como si fuera un empellón en su interior, con los nervios a flor de piel.
               No es que la tensión sexual entre nosotros estuviera bajo mínimos, ni mucho menos: no sabía cómo, pero siempre nos las apañábamos para morirnos de las ganas en cuanto nos veíamos a pesar de que nuestra ratio de polvos no tendría nada que envidiar a la de una prostituta muy solicitada. Créeme, el sexo con Sabrae era peor que la heroína: cuanto más me daba, más quería yo, y más me costaba sobrevivir al contacto sin tenerla del todo. Habíamos conseguido sobrevivir a la semana anterior relativamente bien (si consideras “relativamente bien” a echar uno rapidito antes de que yo me fuera por la noche, lo cual para una persona normal estaría de puta madre, pero para nosotros era un ejercicio de autocontrol tremendo), porque yo sabía que lo estaba pasando mal y que no dejaría de pensar en su hermano salvo cuando estuviéramos haciéndolo. Y era normal. Sería normal que me buscara como lo hacía, pero tenía que aprender a manejar la ausencia de Scott de otra manera; bien sabía yo (y su hermano, ya que estamos) que el sexo podía ser un arma de doble filo que se volvía contra ti a la mínima de cambio, más caprichoso incluso que un gato malcriado, y no podía dejar que se convirtiera en eso para Sabrae.
               Eso era lo que me repetía una y otra vez mientras ella me tocaba en la ducha, mientras jadeaba y se frotaba contra mí como una gatita en celo, mientras me lamía despacio y después me miraba a los ojos. No lo quiere, no realmente, necesita sentirse viva, y bien, y ahora sólo se siente bien cuando… bueno, cuando está conmigo.
               La prueba palpable de que estaba desesperada era que le daba igual tener la regla.
               O eso pensaba yo. Estaba demasiado acostumbrado a verla acurrucada en el sofá, reclamando mimos y las atenciones de una delicada especie en peligro de extinción como para achacar su comportamiento precisamente a su período. Joder, si me esperaban toda la vida duchas de agua fría acompañado de ella, firmaría ya mismo.
               No fue hasta que me siguió a la cocina, me empotró contra la pared y me hizo una de las mejores mamadas de mi vida, que conseguí establecer la conexión. Sabrae no estaba ansiosa por estar juntos por los nervios por la falta de Scott. Estaba ansiosa de mí porque estaba cachonda perdida.
                -Parece-comentó, rompiendo el silencio que se había instalado entre los dos después de mi último gruñido, tan alto que seguro que me habían escuchado en el sótano-, que no eres el único capaz de hacer que alguien alcance un orgasmo en menos de tres minutos.
               Su voz era tan sensual, tan seductora, que mi cuerpo respondió en el acto. Noté que se me ponía dura de nuevo, espabilándose en un tiempo récord que a todas las chicas de Inglaterra les encantaba, y que a Sabrae la volvía loca, y tuve que contenerme para no agarrarla de la cintura y devolverle el favor. Tiene la regla, me dije a mí mismo.
               No es que para mí supusiera ningún impedimento. Si supieras en qué sitios he llegado a meter la boca… a veces me sorprende seguir teniendo dientes, o que mi lengua no esté tetrapléjica.
               Pero para ella, era diferente.
               -¿Seguro que no has tardado más de tres minutos?-repliqué, apoyándome en la encimera con las palmas de las manos bien abiertas, y reclinándome hacia atrás de manera instintiva, presionando suavemente mi erección contra ella. Casualmente, le rozaba los pechos.
               Lo único malo que tenía su estatura era que teníamos que ponernos un pelín más creativos para hacer el 69 que con otras chicas con las que lo había hecho antes, como por ejemplo, Chrissy o Pauline. Sin embargo, ese minúsculo detalle no iba a impedir la miríada de ventajas que tenía que Sabrae viniera en un formato prácticamente de bolsillo.
               Lo bueno se da en pequeñas dosis, ¿no?
               Sabrae se echó a reír, me puso una mano en la muñeca y me acarició el dorso de la mano con los dedos.
               -¿No has estado pendiente del reloj? Creía que mis mamadas tenían aún margen de mejora-ronroneó, inclinándose hacia mí. Tragué saliva, sintiendo la presión de sus pechos en la parte de mí que más la deseaba. Tenéis que ir a ver a Scott conseguir un millón de groupies esta noche, fue lo único que pude pensar para no agarrarla de las caderas, sentarla sobre la encimera y hacer que empapara esos pantalones estampados con su dulce éter.
               -La verdad es que había otro movimiento horario que me tenía un poquito ocupado. Estaré más atento la próxima vez.
               -¿Te apetece repetir?-ronroneó. Le acaricié los labios con la yema del pulgar, y Sabrae me mordisqueó la piel, lanzando una corriente eléctrica derechita hacia mi polla.
               -Si alguna vez te digo que no… mátame. Me habrá poseído un parásito alienígena.