domingo, 23 de febrero de 2020

Covinsky.


¡Toca para ir a la lista de caps!

No entendía cómo las guerras podían durar más de unas horas viendo cómo me sentí en el instante en que Alec abandonó la bañera y me dijo “quédate aquí”. Igual que un macho alfa que cuida de su manada, en cuanto había peligro, en Alec se despertaba un instinto protector que me recordaba muchísimo al de un león defendiendo a sus cachorros. Y en mí se despertaba la angustia propia de la presa moribunda que no podía hacer nada más que esperar y ver quién de los dos depredadores ganaba la batalla, rezando por que fuera el que sería benévolo con ella.
               La opresión que sentí en la garganta era como una zarpa helada de fuertes músculos y afiladas garras que convertía el oxígeno que se almacenaba brevemente en mis pulmones en pura gasolina incandescente. El corazón me latía rápido como el aleteo de un colibrí, y sentí que toda sangre abandonaba mi rostro, concentrándose en el órgano en que Alec estaba más presente mientras éste trabajaba como loco. Y eso que ni siquiera iba a salir de casa; no podía dejar de pensar en las madres, hermanas, hijas o esposas que tenían que decirle adiós a un hombre al que querían durante los siglos anteriores, en los que los conflictos se resolvían enviando soldados en lugar de embajadores. Si todas se sentían como yo me sentí entonces, no me explicaba que las guerras hubieran durado más de un mes en toda la historia: a la primera civilización que tuviera que marchar a las armas, las mujeres se habrían sublevado y reinaría la paz, aunque sólo fuera por no experimentar la angustia que me atenazaba los músculos.
               Si Mimi y Annie se sentían así cada vez que Alec se subía a un ring, no podía culparlas por haberse sentido aliviadas cuando él colgó los guantes, incluso si aquello significaba que una parte de él muriera con él.
               Le rogué a Alec que tuviera cuidado con una voz atemorizada que no era propia de mí: no soy de las princesas que esperan que las rescate de las fauces del dragón un caballero de brillante armadura, sino más bien de las que doman al dragón y conquistan todo un reino a lomos de su compañero alado sin encontrar resistencia, así que todo aquello era el doble de intenso para mí: por la preocupación que producía pensar que a Alec pudiera pasarle algo (incluso cuando tenía absoluta confianza en sus dotes como luchador, que yo misma había podido ver y de cuya fuerza disfrutaba en mi interior cuando lo deseaba), y también por ser la primera vez que me sentía indefensa y desvalida. Porque había algo que me impedía moverme, desobedecer a Alec y salir a tratar de protegerlo. No era miedo, sino algo distinto: la certeza de que, si yo le acompañaba, estaría estorbándole más que ayudándole.
               Detesté el momento en el que su sombra dejó de verse en el haz de luz de la puerta entreabierta del baño, e instintivamente me incorporé un poco, como si por moverme unos centímetros fuera a conseguir volverle a ver.
               Y pude relajarme completamente cuando le escuché decir el nombre de su hermana. Jadeé una nube invisible de alivio y me hundí un poco más de nuevo en el agua, haciendo que las gotitas de sudor que me habían perlado la espalda se confundieran con aquélla. 
               -¿Sabes el putísimo susto que me has dado, Mary Elizabeth?-ladró, o más bien prácticamente rugió, cuando descubrió que el intruso misterioso no era otro que su hermana. El cabreo que se escuchaba en su voz me recordó a la rabia con la que lo habíamos hecho hacía poco, cuando me había corrido tantas veces que había perdido la cuenta, y me descubrí relamiéndome y sintiendo cómo mi sexo se abría un poco más, a pesar del reciente contacto sexual durante el cual nos habíamos servido del agua para sentirlo todo un poco más. No mentiría si dijera que me había dado mucho morbo hacerlo con él en el agua, y para más inri en esa bañera que lo había visto crecer (algo dentro de mí me decía que yo lo estaba terminando de convertir en hombre), pero la necesidad de volver a tenerlo dentro como hacía medio minuto me asaltó como una pantera a un cervatillo-. ¿Es que estás mal de la puta cabeza?-continuó, más enfadado de lo que nunca lo habían visto sus amigos pero no tanto como lo había visto yo, estando tan borracha que ni siquiera recordaba el momento con claridad, sólo cómo me lo había contado Alec: “un puto cerdo intentó propasarse contigo, así que le reventé la cara contra la encimera”. Y, vale, puede que no debieran gustarme esos despliegues de masculinidad y violencia, pero lo cierto es que cuando ves a tu chico, que tiene la paciencia de un santo, perder los estribos por cosas tan nobles como proteger a la gente que le importa te dan ganas de que te folle hasta final de mes.
               Me imaginé a Alec apretando la mandíbula como hacía cuando se enfadaba, frunciendo el ceño como hacía cuando se enfadaba, cerrando las manos en dos puños e hinchando los músculos de sus brazos involuntariamente como hacía cuando se enfadaba, y una explosión estalló en mi entrepierna y subió por mi cuerpo hasta mis mejillas. Apoyé la espalda en la bañera, intentando no pensar en que Alec sólo llevaba una toalla alrededor de la cintura mientras le gritaba a su hermana por el susto que acababa de darle… e intentando no masturbarme cuando veía que era incapaz de dejar de pensar en la forma en que el agua le caía por la espalda y el culo mientras se anudaba la toalla.
               Probablemente hasta aún lleve el condón puesto, ronroneó una voz en mi cabeza, y supe lo que habría hecho a continuación de estar en una situación normal. Me hundiría en el agua y arquearía la espalda de tal forma que mis pechos asomarían por la superficie, lamiéndome casi tan bien como lo hacía Alec, cerraría los ojos, descendería una mano por mi busto igual que lo hacía él, abriría las piernas y comenzaría a masajearme debajo del agua, poniendo quizá más énfasis en mi clítoris que en las paredes de mi vagina… porque lo cierto es que Alec es mejor haciéndome dedos que yo misma (por eso de que puede estimularme en dos puntos a la vez con más facilidad), pero yo sé exactamente cómo quiero tocarme, y eso siempre es una ventaja.
               Pero no estábamos en una situación normal. Después de gritarle, Alec se había quedado callado. Mimi no había respondido con más gritos, como haría yo, o cualquier hermana menor, cuando su hermano mayor la confronta. Está en nuestro ADN desafiar a nuestros hermanos mayores, revolvernos como gatos panza arriba, sacarlos de quicio… así que algo malo tenía que pasar.
               Me quedé escuchando, conteniendo el aliento ahora con una sensación de preocupación mezclada con curiosidad, amén de un poco de alivio. Estaban hablando en voz baja, así que yo no podía escucharlos. Alec rara vez hablaba así con Mimi, por lo menos en mi presencia: cuando yo estaba delante, los dos hermanos se toleraban con bastante dificultad, pero yo no tenía ni idea de cómo era su relación cuando estaban solos, o por lo menos sin tenerme a mí interfiriendo. Yo no me comportaba igual cuando estaba a solas con Scott que cuando él estaba con sus amigos, básicamente porque él se volvía un poco gilipollas cuando estaban los chicos delante, como si tuviera algo que demostrarles. Se convertía en un gallito si tenía a sus amigos consigo, y pasaba a ser un oso amoroso cuando estábamos solos… aunque me daba la sensación de que su cambio no era tan exagerado como el de otros chicos. Entre ellos, el mío.
               Se hizo el silencio, interrumpido por el sonido de unos sollozos ahogados, durante un par de minutos. Trufas se asomó al baño, como comprobando que yo aún seguía ahí, y de nuevo desapareció por la puerta. Yo no sabía qué hacer. No sabía si debería salir e ir a ver qué ocurría, quedarme a esperar a que viniera Alec, seguir con mi baño o empezar a vestirme como si no estuviéramos haciendo nada.
               Estaba debatiéndome entre las opciones que se abrían ante mí cuando escuché los pasos de Alec acercándose. Mi chico entró por la puerta pasándose una mano por el pelo, se mordió el labio y se plantó delante de mí. Había cerrado la puerta, pero eso no significaba que fuéramos a retomarlo donde lo habíamos dejado. De hecho, a juzgar por el bulto de su toalla (o más bien el bulto que no había en su toalla), estábamos lejos de retomar nada.
               -Mi hermana está llorando-informó a modo de disculpa, con un toque triste que hizo que se me encogiera el corazón. Ahora mismo, no tenía ante mí a mi Alec, sino al Alec de Mimi. Por mucho que estuviera desnudo, estaba ejerciendo de hermano mayor en lugar de amante.
               Y yo iba a ejercer también de hermana mayor. Puede que Mimi fuera mayor que yo (cinco meses, para ser exactos), pero yo tenía experiencia cuidando de hermanas que tenían un mal día, y seguro que Alec la valoraba.
               -¿Se encuentra bien?-pregunté sin poder frenarme, como si hubiera posibilidades de que Mimi estuviera llorando porque le hubieran pedido matrimonio o le hubiera tocado la lotería. A Alec le molestó.

domingo, 16 de febrero de 2020

Tú, yo, la lujuria y nada más.


¡Toca para ir a la lista de caps!

La gente que dice que el misionero es una postura  sobrevalorada, aburrida, y vainilla, es porque no la ha hecho con Sabrae. Bueno, vale, vainilla puede que lo sea un poco, pero realmente no tiene nada de malo empezar suave si luego vas a terminar como una puta fiera. A fin de cuentas, los Lamborghini salen mucho más rápido que los aviones, y eso no quita de que los aviones sean los que alcanzan más velocidad y te llevan más lejos, y sobre todo más arriba, no sé si me entiendes.
               El caso es que no podía dejar de pensar en lo que me había dicho sobre cambiar un poco de posturas, innovar un poco, esa tarde. Cada vez que ella se daba la vuelta, y mis ojos bajaban rápidamente a mirarle el culo (porque las costumbres son muy poderosas, yo soy un adolescente y Sabrae está buenísima), mi cerebro se desconectaba y reproducía en bucle la conversación. Quiero probarlo por detrás. Quiero innovar. Quiero jugar un poco. Quiero explorar. Quiero descubrir cosas nuevas. Así sonaba su voz en mi cabeza, la banda sonora perfecta de unas imágenes que me desfilaban por delante de los ojos sin estar realmente ahí: Sabrae desnuda delante de mí por primera vez, Sabrae mirándome a los ojos y mordiéndose el labio mientras me metía dentro de ella, Sabrae clavando las uñas en el tapiz de la mesa de billar mientras yo le comía el coño con toda la necesidad y la sed del mundo, Sabrae de rodillas frente a mí, con el agua de las duchas de los vestuarios del gimnasio cayéndole por los hombros mientras me acariciaba la polla… Sabrae de rodillas frente a mí en mi habitación, metiéndose mi polla hasta el esófago mientras se metía los dedos para darse placer, demasiado cachonda como para esperar a que llegara su turno.
               Y tenía su culo en primer plano porque la había invitado a subir las escaleras delante de mí, en parte por caballerosidad y en parte porque no soy imbécil y no pienso privarme de mirarle el culo a mi chica hasta hartarme (lo cual no pasará nunca). Así que me moría de ganas de llevármela a mi habitación. Primero, porque nunca habíamos pasado un San Valentín juntos, de  manera que yo no podía saber lo especial que era este día para ella y no me esperaba que se pusiera así de contenta, y segundo, porque nunca la había visto tan contenta y tan dispuesta como lo estaba entonces.
               Vale, lo del colgante había sido un poco cagada. Tenía razón: debería haberle regalado mi puta inicial, pero yo no estaba de esas cosas y, además, ¿qué pasaría, si… bueno, nos pasaba algo? Yo no quería que dejara de llevar algo que le había regalado yo sólo porque tenía relación directa conmigo, aunque supongo que en eso consiste tener una relación: en saltar continuamente de un avión y confiar en que se te abrirá el paracaídas antes de pegarte la Gran Hostia.
               Pero bueno, tampoco es que lo del colgante me quitara el sueño (tenía la esperanza de que me lo quitaran otras cosas que tenían más relación con ella) porque sabía que le había hecho ilusión. Incluso aunque fuera una cagada porque no era un regalo de San Valentín como Dios manda, yo sabía que le había hecho ilusión sólo el detalle, y que tenía muchas ganas de que llegara el momento en que nos fuéramos a la cama para hacerlo de nuevo. Llevábamos un tiempo sin hacerlo, así que ya se notaban las ganas; y no te voy a mentir, cuando dicen que el amor está en el aire, tienen razón. Pocas veces había sentido la llamada de la naturaleza de manera tan apremiante como ese día, en que los sentimientos estaban a flor de piel y todas las parejas procuraban estar juntas. Lo que me extrañaba era que la tasa de natalidad en Noviembre no se disparara por culpa de este mes.
               Pero en fin, a lo importante: el misionero.
               El hueco que hay entre sus piernas es mi lugar favorito en el mundo, y cuando estamos con el misionero pasa algo muy pero que muy interesante. El caso es que cuando yo estoy encima, y ella está debajo, si se lo hago lo suficientemente bien (y no “bien” de tío estándar, sino “bien” teniéndome en cuenta a solamente), a Sabrae le gusta. Mucho. Quiero decir, más de lo que le suele gustar. Es una criatura física, mi chica. Un animal de contacto, y hay pocas posturas en las que haya tanto contacto como en el misionero. Así que cuando si yo estoy especialmente inspirado en el polvo, ella se vuelve loca, y lo que hace es pasarme las piernas por las caderas y cerrarlas en torno a mí, como si no quisiera que hubiera ni un milímetro de espacio entre nosotros.
               Me dirige ella con las caderas; toma el control en cierta medida, y joder, cuando lo hace, Dios… literalmente me mete entre sus piernas, y es como si yo me rodeara de ella, total y absolutamente. Es como si tuvieras una visita guiada sólo para ti por tu iglesia favorita en el mundo sin nada que estropee el diseño que hizo el arquitecto en su día: ni cables, ni luces, ni turistas, ni nada. Simplemente estáis tú, el templo, y la diosa que seguro que está ahí… y que de hecho está, porque está jadeando, está gimiendo, te está arañando la espalda y te está acompañando con las caderas de una manera que…
               -Me cago en la puta-farfullé por lo bajo, recordando la última vez que Sabrae había hecho su truquito con las piernas y yo las había pasado canutas para aguantar más de un minuto así. Me voy a correr sólo de pensarlo, pensé.
               Sabrae se dio la vuelta y me miró con una sonrisa divertida en los labios.
               -¿Qué pasa?-inquirió con suavidad, en el mismo tono que había usado Diana con Tommy poco antes de marcharse, y un escalofrío me recorrió la columna vertebral. No pude evitar recorrerla de arriba abajo, perderme en sus curvas, marearme en cada una de ellas. Incluso vestida con vaqueros, playeros y sudadera, en lo que viene siendo un atuendo informal y cómodo con el que se supone que no  buscas estar preciosa, Sabrae lo estaba. Me daban ganas de arrancarle la ropa a bocados y poseerla en aquellas mismas escaleras, pues estaba convencido de que no llegaríamos a mi habitación.
               -Tu culo-bombón, respondí, subiendo un escalón más y poniéndome a la altura de sus ojos. La diferencia de estatura entre nosotros hacía que nos fuera difícil tener un momento de conexión equilibrada como el que estábamos teniendo ese momento, por lo que era más especial. No es que cuando nos mirábamos a los ojos yo no sintiera nada, pero cuando lo hacíamos estando al mismo nivel, era otro rollo-. Definitivamente, no es de este mundo-le metí una mano en el bolsillo trasero del pantalón y la empujé hacia mí. Sabrae soltó una risita adorable y me pasó los brazos por los hombros, apoyando los codos en ellos.
               -Como toda yo-contestó, jugueteando con el espacio que había entre nuestras bocas: ahora aumentaba, ahora disminuía. Me estaba volviendo loco.
               -Tú lo has dicho, nena-ronroneé, buscando sus labios como un oasis en el desierto. Sabrae jadeó en mi boca y me rodeó la cabeza con los brazos. Me gustaba que estuviéramos a la misma altura mientras nos morreábamos: así yo no corría peligro de que me diera tortícolis.
               Nos enrollamos en las escaleras durante lo que a mí me pareció un instante, pero debió de ser una eternidad, pues en el fondo de mi conciencia escuché el reloj del salón tocar una vez, y eso que apenas había dejado de reverberar su eco cuando Sabrae y yo empezamos a subir las escaleras. Quince minutos de reloj metiéndole la lengua en el esófago a mi chica; estaba hecho un puto campeón.
               -Vamos a tu habitación-coqueteó, agarrándome de la camisa y tirando de mí, como si necesitara convencerme o algo por el estilo. Las mujeres son tope divertidas-. Tengo algo que enseñarte.
               -Y yo me muero por verlo-asentí, visualizando su cuerpo desnudo en mi mente. Para mí, ya era como si se hubiera quitado la ropa. Mi madre me había hecho bien en dos sentidos: me había dado una polla grande con la que hacer gritar a las chicas, y una imaginación bien vívida con la que pasármelo bien yo. Imagínate la combinación.
               Sabrae sonrió mordisqueándose los labios y tiró de mí para llevarme escaleras arriba. Abrió la puerta de mi habitación con el talón, dándole una patadita, y me acarició el pelo.
               -Tengo otra sorpresa para ti-anunció, y yo alcé las cejas. Dio un paso atrás para separarse de mí y poder estudiar mi cara todo lo que quisiera, pero sin deshacer el vínculo sagrado de nuestras manos unidas-. Verás, he hecho un poco de trampa este San Valentín.
               -¿Ah, sí? ¿Cómo es eso?
               -Sí. Resulta que me he concedido un caprichito un poco caro-comentó, y yo alcé las cejas. Por un instante se me pasó por la cabeza que hubiera contratado a una prostituta para hacer un trío y estuviera a punto de llegar, pero luego me di cuenta de que es con Sabrae con quien estaba en la habitación: el trabajo sexual quedaba fuera de toda frontera de moralidad.
               Además, las putas caras de Londres tenían cosas más importantes que hacer que ir a casa de un arquitecto para ver cómo su hijastro se enrollaba con la hija de un cantante internacionalmente conocido.
               -Ajá.
               -Verás… estoy muy orgullosa de los regalos hechos a mano que te he hecho, porque me parece que son más especiales que si simplemente te hubiera comprado algo, como… no sé, un reloj. Estoy encantada con mi colgante, que conste-añadió, llevándose una mano al cuello y toqueteando la pequeña S de platino-. Esto no es una crítica. Simplemente me apetecía ponerme creativa, y sabía que tú lo agradecerías. Además… tú también has hecho un gran esfuerzo con lo de hoy, y lo aprecio mucho. Creo que una parte de mí ya lo sabía, y por eso pensé: “Sabrae, tienes que ir a lo grande. O vas duro o te vas a casa”.
               -Nada de irse a casa-contesté, rodeándola con la cintura y pegándola a mí. Le di un beso en los labios y froté mi nariz con la suya, y Sabrae rió.
               -No. Nada de irse a casa. La noche no ha hecho más que empezar. Pero no me distraigas, so cenutrio-instó, dándome un manotazo para que me alejara de ella-. Estaba en medio de un discursito muy chulo, que puede que yo también traiga preparado de casa. ¿Por dónde iba?
               -Por lo de ir duro. Que, si me permites la observación, suena jodidamente prometedor.
               -Oh, sí. Ir duro-ronroneó-. Exacto. Gracias. Pues el caso es que pensé “chica, es tu oportunidad de deslumbrar. No pasa nada porque seas un poco extra de vez en cuando”. Además, si te hago muchos regalos hoy, tampoco puedes quejarte-arqueó una ceja y yo puse los ojos en blanco.
               -Hablas de mí recibiendo regalos como si fuera un puto suplicio.
               -Es que es un puto suplicio hacerte regalos, Alec, porque no quieres que te inviten a nada.
               -Porque me gusta sentirme económicamente independiente, Saab.
               -Ya, y a mí me gusta sentir que te he tratado como te mereces: como un puto rey.
               -Lo dices como si nunca antes te hubieras arrodillado ante mí-me burlé, y ella me dio un puñetazo en el brazo.

viernes, 14 de febrero de 2020

La importancia de las Lara Jeans.


Algo que me encantó de la película A todos los chicos de los que me enamoré, y que aún me gustó más cuando leí los libros en los que se basaba, era, precisamente, Lara Jean. Lara Jean en su interior; no sólo por fuera, con su pelo larguísimo, su sonrisa luminosa y sus outfits que me hacen desear (más) estar delgada, y también saber encontrar ropa mona por  Internet, sino también, por dentro. Con la película, intuyes lo que finalmente descubres con los libros: que Lara Jean es un personaje purísimo, como no quedan ya muchos, un ave del paraíso en un mundo de murciélagos, una mariposa en un cielo de colibríes. Si tuviera que decir qué fue lo que conectó conmigo de la película, lo que hizo que hiciéramos clic y acuda a ella cuando estoy triste, o cuando necesito inspiración para un capítulo de Sabrae, es precisamente ella: su manera de entender el mundo, y especialmente, de expresar el amor. Hay pocas cosas tan intensas como escribir una carta de amor, no ya digamos escribir una carta que no tienes pensado enviar, sino que simplemente es para ti, no para el destinatario. Un lugar en el que dejar depositados tus sentimientos por si alguna vez quieres revisitarlos, pero mucho más romántico que lo que hago yo, por ejemplo, con las entradas de este blog, que serían mis cartas.
Lara Jean es ñoña. Es ñoña como yo lo soy en gran parte de mis capítulos, donde personajes adolescentes se declaran su amor eterno e incondicional a pesar de que, quizá, no sepan mucho sobre la vida ni tampoco de lo que están hablando. Pero su mundo es perfecto en su justa medida, sus sentimientos son poderosos como ninguna otra fuerza en el universo, y su realidad, moldeada por purpurina, flores y corazones.
Envidio a Lara Jean por su forma de enamorarse. Las dos tenemos en común que somos unas enamoradas del amor, pero la diferencia está en que mientras que yo busco alguien a quien elegir, ella simplemente no escoge, enamorándose un poco de cada persona a la que conoce, como le dicen en libros y películas. En cierto sentido, ella es más valiente que yo, pues hay que tener mucho coraje para expresar de la forma en que lo hace sus sentimientos, incluso cuando a veces sólo es en su cabeza (ya no digamos ponerlo por escrito). Pero ella no tiene reparos en esperar un cuento de hadas, en querer que todo sea perfecto cuando se supone que tenemos que conformarnos. Yo no quiero conformarme, y hasta que ella no apareció, me sentía sola. Sola, porque lo que hay que hacer es quedar, tontear y a ver qué pasa, en lugar de dejar que surja la magia. Sola, porque ya encontrarás a ese alguien especial, pero mientras tanto vete besando algunas ranas, sólo para practicar. Sola, porque los príncipes azules no existen, y nadie va a ser tan detallista contigo como tú lo serías con ellos. Sola, porque las novelas de amor son literatura barata, y las películas románticas, para pasar el rato; lo verdaderamente bueno tiene el amor como algo secundario, o directamente no lo tiene. Sola, porque no debería encantarme el día de San Valentín estando soltera como lo hace.
Sola, porque no debería disfrutar tanto escribiendo escenas cuquis, imaginándomelo todo de color de rosa; eso son ñoñerías, y ser ñoño es algo malo.
Sola, porque debería centrarme en vivir mi vida, en lugar de buscar a alguien con quien compartirla. Pero, ¿qué pasa si yo lo que quiero es compartirla? Dicen que compartir es vivir. Además, el amor tiene una relación directa con la felicidad. ¿No queremos todos ser felices? ¿Por qué cuando alguien dice que quiere encontrar pareja, le dicen que debe centrarse en ser feliz estando solo? No podemos ser felices estando solos, porque nunca lo estamos realmente. Tenemos amigos, familia… ése también es un tipo de amor en el que no todo el mundo se para a pensar. ¿Por qué querer uno un poco distinto, el de las mariposas en el estómago, las canciones y las películas sobre el 14 de febrero, es motivo de vergüenza?
Lara Jean era necesaria. Llegó a mí en un momento en el que yo estaba intentando convencerme de que lo que hay que valorar es estar desconectado, inaccesible, no querer. Y si lo haces, que no se te note. Pero a ella se le nota. Y yo quiero que se me note. Echo de menos la sensación de que algo dentro de mí cambie con sólo ver que la persona que me interesa ha ido hoy a clase, o flotar si hemos mantenido una conversación. Yo nunca he tenido esas cosas, así que en cierto sentido, a mis 23 años, conservo la inocencia de no saber qué es el primer amor, mientras el resto de mi círculo ya están cayendo en la rutina. Por eso Lara Jean es necesaria, e importante: porque es intensa, es enamoradiza, pero sobre todo, es sincera.


Ella escribe cartas de cosas que le gustaría decir, yo escribo historias de cosas que me gustaría vivir, y compartiendo eso, ya no estamos tan solas. Por eso necesitamos protagonistas femeninas a las que, de vez en cuando, se les valore su vulnerabilidad. Que su vida no se convierta en un chiste, o en la base de una comedia en la que ella cambia para adaptarse a la sociedad. No estamos haciendo nada malo; simplemente, nos buscamos unas a otras.