domingo, 30 de abril de 2017

¿Puedes ser más extranjera?

Zoe llega mañana.
               Zoe llega mañana.
               ¡Zoe llega mañana!
               Eso era en lo único en que podía pensar esa noche. Fue quitarme la ropa y tumbarme al lado de Tommy en mi cama, y empezar a darme vueltas la cabeza. ¿Y si pasaba algo? ¿Y si se llevaban mal? ¿Y si se entraban por los ojos?
               ¿Y si Tommy le caía mal a Zoe?
               ¿Y si Zoe le caía mal a Tommy?
               … ¿y si Zoe le recordaba a la zorra pelirroja? No es que mi zorra pelirroja se pareciera en nada a la zorra pelirroja de Tommy, pero todos sus amigos decían que Tommy tenía algo por las pelirrojas. Yo había llegado a bromear, incluso, con cambiarme el color de pelo sólo para gustarle más a él. Y él, como el dulce de leche oculto en un cuerpo humano, me había dado un beso en la mejilla y me había dicho que no había manera de que le gustara más.
               Pero aun así.
               -Diana-susurró en medio de la noche cuando me giré por cuarta vez en el mismo minuto, buscando una postura en la que estuviera cómoda. Suspiré como si estuviera dormida, aunque tenía los ojos abiertos y él podía verme gracias al tenue brillo de la luna que se colaba por la claraboya. No me había acordado de cerrarla. Así que me levanté sin decir nada, cogí una silla, me subí a ella y tiré del estor para encerrarnos en la oscuridad. Me volví a meter en la cama y me acurruqué contra él-Diana-repitió.
               -Estoy bien.
               Tommy no dijo nada, aunque los dos sabíamos que era mentira. Me imaginé que cerraba los ojos. Su respiración se volvió más lenta. Me di la vuelta. Su respiración se hizo más lenta otra vez. Volví a girarme. Más profunda.
               Otra vuelta.
               Me quitó el brazo de encima y encendió la mesilla de noche. Me cegó la repentina luz. Era un poco absurdo que sus padres hubieran puesto dos luces en mi habitación, a cada lado de la cama. Era como si estuvieran preparando el terreno para lo que iba a pasar entre él y yo.
               Joder, estaba paranoica.
               -A ver, ¿qué pasa?-inquirió, frotándose los ojos e incorporándose para quedarse sentado a mi lado. Negué con la cabeza, me mordí el labio, me tapé un poco más con la funda nórdica y me giré. No quería mirarlo. Me ponía nerviosa cuando me miraba. Siempre lo había hecho y siempre lo haría.
               Una parte de mí se despertaba cuando sus ojos se posaban en los míos.
               Al igual que otra se dormía.
               Pero yo, ahora, necesitaba tener las dos dormidas. Tenía mucho que hacer al día siguiente, no podía permitirme estar dando vueltas en la cama como una vulgar croqueta.
               -Didi-susurró.
               -Siento haberte despertado. Ponte a dormir.
               -Nena…
               -Buenas noches.
               Me pasó una mano por el costado. Yo no me moví. Si se estaba insinuando, no iba a responder a sus provocaciones. Y, si no se estaba insinuando, no iba a darme la vuelta de todos modos. Tommy apagó la luz y se tumbó de nuevo. Tiró de la manta y me destapó un poco. Tiré, recuperé terreno, y él volvió a tirar.
               -Tommy, para-protesté. Él se acercó a mí, me dio un beso en el cuello y no hizo más movimiento. Aparte de ponerme el brazo en la cintura.
               Pasó el tiempo. Y yo no me dormía.
               Zoe viene mañana. Zoe viene mañana. Zoe viene mañana.
               No me había sentido así en toda mi vida. Me daban ganas de vomitar. Ni siquiera me había puesto así en mi primer casting, ni cuando el de Victoria’s Secret, ni en todos los demás que habían hecho posible el de VS tras mi primer casting. Ninguna campaña había sido tan importante para mí como para retorcer todo lo que tenía dentro.
               Si Tommy tenía algo que no le gustara a Zoe, yo me moriría. Necesitaba que lo encontrara perfecto. Que no tuviera ningún defecto a los ojos de mi mejor amiga.
               La única opinión que importaba era la de Z. Y si ella me llevaba aparte y me decía “es guapo, pero no me gusta para ti”, estaríamos jodidos.
               Estaba enamorada de él. Joder, estaba hecha para él; a ningún otro le habría permitido verse con otra chica mientras estaba conmigo, ningún otro osaría siquiera conocer a otra mujer cuando disfrutaba de mis atenciones.
               Ningún otro me había hecho pensar que puede que no pasara nada si de repente engordaba y me echaban de una pasarela.
               Ningún otro me había hecho ver Nueva York en un tono gris y sucio.
               Ningún otro me había hecho el amor.
               De ninguna manera.
               Tommy se dio la vuelta, por fin dormido. Se puso boca arriba y me permitió escuchar cómo respiraba profundamente, raptado por algún dios en cuyos brazos no iba a permanecer mucho. Me eché a temblar. Sabía lo que quería. Lo quería a él, lo quería ahora, iba a tenerlo.
               Algún reloj de la casa en que yo no había reparado nunca había sonado varias veces, en diferentes tonos y a distintas horas, cuando yo terminé mi metamorfosis en la Diana que había sido antes de que Tommy me poseyera por primera vez, antes incluso de saber que Tommy existía en su máximo esplendor, como ahora lo estaba haciendo.
               Encendí mi luz y me incorporé. Él frunció el ceño en sueños, pero nada más.

domingo, 23 de abril de 2017

Pizquita.

Soy ligera. Estoy flotando en algo. No tengo nada de peso.
               Creo que es líquido. Estoy mojadita.
               Oh, vaya. Tengo cuerpo.
               Y manitas.
               Abro los ojos.
               Vaya, pero si tengo ojos.
               Sí, estoy en algún líquido. Y en un sitio en penumbra. Hay muy poca luz. Apenas puedo distinguirme.
               Y estoy apretada. Sé que tengo espacio de sobra, pero me siento un poco… encerrada.
               Abro y cierro las manos. Me gustan mis dedos. Me emociona tenerlos. Me revuelvo. Uno de mis pies choca contra la pared flexible que me recubre. Automáticamente, se oye un sonido. Más tarde lo identificaré con una voz. Y no sólo eso: una voz de mujer.
               Todo se oscurece un poquito más. Siento una presión alrededor de mí. Pero la presión es tranquilizadora. Igual que la voz.
               Vuelvo a cerrar los ojos. Bostezo. Me ha vuelto a dar el sueño.
               Mi madre sonríe y mira al frente, contemplando los edificios enfrente del suyo. Ha dejado de hacer frío.
               Se pregunta si me echará de menos.
               Sí. Soy suya. Pero sabe que no puede darme una vida buena. Pronto tendrá que regresar. Lo mejor es que yo me quede aquí. Incluso una niña sin madre en Inglaterra tiene más futuro en el sitio a donde está obligada a volver.
               Susurra mi nombre, un nombre por el que yo nunca voy a responder.
               Doy otra patadita.
               Y me quedo dormida.
              

               Me duele. Muchísimo. Y me agobia.
               Algo le ha pasado a la pared. Creo que tiene una grieta. Yo ya no puedo flotar como lo hacía antes. El líquido que sobraba se ha marchado. Me estoy quedando sin fuerzas.
               Tengo que salir.
               Mi madre quiere que salga.
               Pero yo estoy a gusto donde estoy.
               O lo estaba, hasta que las cosas se pusieron feas.
               No quiero marcharme. Mi cabeza choca contra algo. Algo me está empujando para que mi cabeza choque. Es muy agobiante. No puedo salir. Deja de empujarme. No hay espacio.
               Poco a poco, la grieta se hace mayor. Me va tragando. Tengo mucho miedo. ¿Qué me está pasando? ¡No quiero marcharme!
               Mi nuca asoma por la grieta. No es muy profunda. Es tan profunda como grande. Enseguida tengo una parte de mí en el otro lado. Hace frío. Y hay una sensación nueva en mi frente… está seca. No sé qué es estar seca. No me gusta.
               Sigo saliendo. Hay gritos. Algo me acaricia la nuca. No me gusta. No me gusta, no me gusta. No quiero marcharme. Quiero volver.
               Mi nariz está sobre la grieta. Me duele todo. No puedo pasar. Pero, misteriosamente, paso.
               Oigo voces. Alguien grita. Un par de caras se han inclinado hacia mí. Yo no las veo. Tengo los ojos cerrados. No he visto nada de lo que hay más allá de mi pared. No sé si quiero.
               Mi cabeza atraviesa la grieta. Unas manos me recogen. Me alejan de la grieta. La luz es cegadora.
               No puedo respirar.
               Me estoy muriendo. Necesito ayuda.
               Alguien me hace algo. Oigo un grito. Y me asusta. Yo también grito. Y mis pulmones se llenan de aire. Estoy respirando, por primera vez.
               Quiero volver.
               Me envuelven en una manta.
               Cortan algo que me sale de la tripa.
               Me limpian, me miran, me recogen. Unos ojos se clavan en mí. Sonríen. La mujer que me sostiene sonríe.
               Susurra mi nombre.
               No me besa.
               Mi madre biológica sabe que, si me besa, no podrá dejarme atrás.
               Y, por el bien de las dos, debe dejarme atrás.

jueves, 20 de abril de 2017

Plan B, B de banda.

¡Muchísimas gracias por los comentarios de la anterior entrada! Me ha hecho muchísima ilusión volver a leeros. No sabéis la alegría que me da cuando me escribís.
Os espero el domingo en SABRAE. Y, sin más dilación:

El día nos acompañaba a los que queríamos quedarnos dentro del instituto sin hacer absolutamente nada.
               Y teniendo más posibilidades de ver a nuestras chicas.
               La cafetería estaba abarrotada de críos menores que nosotros buscando un huequecito donde sentarse; yo había aprendido hacía tiempo que era inútil hacer aquello si no eras de último curso. Y los de último curso no necesitábamos buscar sitio, por la misma razón por la que no tenía sentido hacerlo cuando no estabas a punto de marcharte del instituto.
               Porque tenías que ceder los sitios que hubiera a los mayores. Así de simple. O te levantabas tú, o te levantaban a bofetadas.
               Y lo mejor de todo era que ni siquiera había sitio para todos los que estábamos a punto de graduarnos en aquella cafetería. Con lo que era una lucha a muerte.
               Me fijé en su melena dorada como los rayos de sol reflejándose en una flor de primavera en cuanto entró en la cafetería. Ya sabía que me echaba de menos, tanto o más que yo a ella, porque una cosa es añorar lo que no puedes disfrutar de ningún modo, y otra diferente era echar de menos algo de lo que sólo obtenías pedacitos. Se vive mejor sin comerte una tableta de chocolate entera cuando nadie te ofrece ni una triste onza.
               Las chicas estaban discutiendo sobre quién tenía los mejores apuntes de toda la clase mientras Diana miraba en derredor, esperé, recé, deseé, que buscándome. Por fin, sus ojos se toparon con los míos, su sonrisa escaló de sus labios sabor a fruta de la pasión hasta la explosión de color selvático de sus ojos, y empezó a caminar hacia mí.
               Bueno, decir que caminó hacia mí sería un insulto para lo que hizo. Se deslizó como una diosa que se paseara por su creación, cuidando y refortaleciendo del mundo que acababa de crear.
               No podía dejar de mirar el contoneo de sus caderas, los ligeros botes que daba su pelo mientras venía hacia mí, el efecto que sus pasos tenía en su cuerpo, la forma en la que se balanceaban sus pechos a medida que iba eliminado la distancia que nos separaba.
               El mundo podría desmoronarse a mi alrededor y a mí no me importaría menos: estaba demasiado ocupado admirando aquella divinidad bajada de las estrellas para hacerme creer, aunque fuera un segundo, el tiempo que dedicara en besarme, que yo era la criatura más importante del universo.
               Es por eso que no me di cuenta de que Max se sentaba en la silla a mi lado, la que se suponía que iba a ser para ella, y se inclinaba sobre su café mientras Jordan arrastraba una silla de una mesa en la que dos chicas intentaban ponerse al día con unos deberes que no habían hecho. Esos somos Scott y yo, habría pensado de haberlas visto, y una punzada me habría atravesado el corazón, porque eso de ir al instituto sin él era una mierda…
               … pero, como estaba demasiado centrado en mi americana, ni me enteré.
               -Hola-saludó con ese acento dulce, mirándonos a todos y a la vez sólo a mí (pero sin ponerse bizca ni nada, fue algo bastante raro). Se inclinó y me dio un beso en los labios, la noté sonreír en cuanto nuestras bocas se rozaron.
               -Hola-respondí casi sin aliento. No podía creerme que esa criatura me hubiera elegido precisamente a mí, de entre todos los chicos que había en el mundo, como su compañero y como su novio. Alguien debía de estar sosteniendo la balanza del destino para asegurarse de que a mí me tocara todo lo bueno; sólo esperaba que el desgraciado que tuviera que compensar mi exceso de suerte no estuviera quedándose sin fuerzas, porque de verdad que necesitaba que aguantara un poco más.
               Mis amigos soltaron un sonoro y alargado “uh” cuando notaron cómo mis pulmones se vaciaban. Diana se apartó el pelo de la cara, se colocó un mechón tras la mejilla, y miró a cada uno durante un segundo. Se mordió el labio y Max me dio un codazo.
               -Búscale una silla a tu chica, joder, Tommy. Sé educado.
               Diana se echó a reír, las manos entrelazadas sobre su vientre.
               -Sí, T, ¿y tus modales ingleses?-me picó, y yo alcé las cejas.
               -¿Acaso tienes queja de cómo te trato?-repliqué, negando con la cabeza. Con un poco de suerte, se sentaría en mi regazo. No iba a ir a por una silla para ella. Bastante tenía ya con no poder pasar juntos todo el tiempo del que disponíamos. Tenía que estar con S. Tenía y necesitaba estar con S.
               Puede que compensara nuestra separación ahora, en el recreo, teniéndola tan cerca que incluso nos sintiéramos el pulso a través del cuerpo del otro.
               Diana sacó la lengua, cerró los ojos y se inclinó un poco hacia delante mientras se la mordía con aquellos dientes blanquísimos. Luego, contoneándose más incluso de lo que había hecho al venir, rodeó la mesa y se sentó en las rodillas de Jordan, que se echó a reír mientras yo lo fulminaba con la mirada. Didi le guiñó un ojo y, después, me lo guiñó a mí mientras le pasaba un brazo por los hombros.
               Alec llegó con Logan y se nos quedó mirando mientras el segundo buscaba una mesa en la que sentarse.
               -Joder, ¿exceso de aforo?-preguntó-. Didi, si tan poco te satisface Tommy, no te recomiendo que te vayas con Jordan. Yo puedo hacértelo pasar mejor-se ofreció, haciéndose hueco entre el susodicho y Max. Le intenté dar una colleja, pero fracasé.
               -Lo que hacéis los hetero por echar un polvo-se rió Logan, que había pasado a abrazarse a sí mismo y hacer coñas con la sexualidad de los demás en un tiempo récord. Alec sonrió y le revolvió el pelo.
               -T no quería ofrecerme asiento, así que se me ocurrió sentarme con Jordan. Por cierto, Jor, eres bastante cómodo-le sonrió. Yo puse los ojos en blanco.
               -Sí, claro. ¿Os busco una cortina, para que hagáis cosas sucias en la intimidad?
               -O podéis hacerlas con público-sugirió Max, y todos se echaron a reír. Todos menos yo. Se iba a enterar esa tarde, madre mía.