jueves, 30 de junio de 2016

Accidentes premeditados.

Tú: Otra vez, la plasta de Erika con sus puñeteros mensajitos antes de la entrada, ¡cállate ya, cansina!
Sí, la verdad es que te imagino así, pero el mensaje que te traigo hoy es bastante diferente de los demás. No es feliz, más bien, un poco melancólico. Éste capítulo será el "último" durante cerca de 10 días. A partir de mañana, y aproximadamente hasta el día 8, no podré escribir nada, lo cual no implica que no te vaya a echar de menos igual que a mis chiquillos de Chasing the stars. Eso sí, espero tus comentarios con impaciencia  
Me tomaré un zumo de piña en tu honor, ¡feliz semanita de descanso de tanto salseo! 
Scott no ponía el modo avión como yo en el móvil cuando se acostaba, porque le daba igual que el teléfono emitiera señales electromagnéticas que, a la fuerza, te tenían que terminar dejando tonto.
               No estaba comprobado científicamente, pero entre arriesgarme a lesiones cerebrales y que encima la batería del teléfono me durase menos, o dormir tranquila, con el móvil descansando y gastando apenas un 1% de batería, elegía lo último.
               Él, no.
               Era un temerario, le gustaba vivir al límite.
               Eso sí, no había día que no se acostara sin poner el modo “no molestar”. La luna siempre terminaba apareciendo cuando se acostaba, igual que lo hacía la de verdad.
               -Steve Jobs me ha dedicado esta mierda-le decía a Tommy cada vez que mi hermano le dijera que quitara los datos, las llamadas, en fin, toda conexión con el mundo exterior, en referencia al símbolo de su religión-, no lo voy a dejar en la estacada así como así.
               -Steve Jobs murió antes de que apareciera ese modo-gruñía Tommy, y, si estaban compartiendo cama, tiraba de la manta hasta destapar a Scott y ganarse una patada.
               -Que me comas los cojones, Thomas.
               Pero su luna no bloqueaba las llamadas de los contactos que tenía en favoritos: su padre, su madre, y mi hermano. Es curioso cómo no guardaba a ninguna de sus hermanas con una estrella al lado de su nombre; probablemente no se fiaba de que no lo llamasen en medio de clase sólo para conseguir que lo echaran. Sí, tenía que ser eso.
               Marcaba siempre el número de Tommy de memoria, casi sin mirar, y mi hermano hacía lo mismo, pero se mantenían el uno al otro con la estrellita precisamente para enterarse de si se necesitaban.
               Es por eso que la pantalla del teléfono se encendió un segundo antes de que comenzara a sonar. Yo suspiré, me incorporé un poco mientras él bufaba, se daba la vuelta y cogía el teléfono sin mirar quién le llamaba. Sólo podían ser tres personas; las reconocería por la voz.
               -¿Sí?-preguntó, y mi hermano empezó a chillar al otro lado de la línea-. Joder, Tommy, me cago en dios, son las tres de la madrugada, ¿qué cojones quieres?
               Encendí la luz y me senté sobre las piernas cruzadas. Me dejó sin aliento verlo desnudo a mi lado, con el pelo alborotado, los ojos entrecerrados y el ceño fruncido intentando descifrar los gritos de Tommy.
               -¡… TRAICIONAR MI CONFIANZA DE MANERA SEMEJANTE, DESPUÉS DE TODO LO QUE HE HECHO POR TI, DESPUÉS DE TODOS LOS RECURSOS QUE TE HE MANDADO, TENÍAMOS UNA RELACIÓN ESPECIAL Y TÚ LA HAS JODIDO POR CULPA DE TU AVARICIA! ¡CÓMO COJONES TE AREVES A DECLARARME LA GUERRA E INVADIR MI ALDEA, ESTO ES LA PUTÍSIMA GUERRA, PREPÁRATE PARA SUFRIR, MALIK!
               Y colgó sin darle tiempo a responder mientras el monstruo de mi interior, al que Scott alimentaba, pasaba sus zarpas por los barrotes de su jaula. Quería follármelo pero estaba demasiado cansada. Además, ya lo habíamos hecho de noche muchas más veces. Sabía cómo era.
               En cambio, todavía tenía cosas que investigar del sexo de día.
               Juraría que el sol nos espabilaba más.
               Se tumbó sobre su vientre y su expresión concentrada brilló con luz propia cuando apagué la luz y me volví a tumbar. Le di la espalda, pero tiró de mí para tener nuestros cuerpos en continuo contacto. Le acaricié una pierna y lo visualicé sonriendo.
               -¿Qué haces?-murmuré, con los ojos cerrados, arrebujándome bajo las mantas, metiendo las manos debajo de la almohada y suspirando de satisfacción al sentir el calor que manaba de su cuerpo.
               Los hombres son estufas.
               Está comprobado científicamente.
               -Tengo una posición estratégica, ni de coña ese hijo de puta va a darle la vuelta a la situación.
               -Da la luz, te vas a quedar ciego mirando eso-aconsejé, deslizándome un poco más por las mantas, tapándome hasta la nariz. Le bajó el brillo a la pantalla-. Scott, me cago en mi puta madre.
               -Vale, joder-replicó, estirándose y encendiendo su lámpara.
               Mm, sí. Estáis cabreados los dos. Podríais probar a follar enfadados. Seguro que echa unos polvos de rabia estupendos.
               Como si los demás no lo fueran.
               -Apaga esa mierda, Scott-ordené después de aguantar más de 10 minutos la luz que se colaba por mis párpados.
               -El hijo de puta ha conseguido un dragón y no me lo dice, se va a cagar, me voy a cargar a su reina y sus hijos, a ver qué cojones hace cuando se vea sin descendencia, seguro que provoco una guerra civil-y se echó a reír con malicia.
               -Scott.
               -Vale, vale, ya voy.
               Siguió sin hacerme caso.
               -¡Scott!-bramé.
               -Que ya voy, hostia.
               Uf, mira qué enfadados estáis.
               Le acaricié una pierna muy, muy despacio.
               -¿Qué tengo que hacer para que pares?
               -Ponerte cariñosa-contestó sin pensar, de manera automática, igual que me había dicho que esperaba que mi maquillaje no fuera lo único que se corría la noche en que nos enrollamos por primera vez.
               Me encantaba que fuera tan impulsivo, que soltara la lengua antes de pensar. Me hacía valorar más todo lo que me decía. Que me follaría muy fuerte, que me quería como no había querido a nadie, que yo se lo hacía como no se lo había hecho otra, que era la cosa más bonita con la que se había cruzado… sabía que le salía de dentro, que era su alma la que hablaba y su lengua realizaba una traducción simultánea del idioma que todo el mundo habla pero que nadie sabe poner por palabras, al que utilizamos para comunicarnos.
               Tenía que darle 10 hijos. A poder ser, todos chicos. A poder ser, copias de él. Tenía que conseguir una carrera en la que escudarme para obligarle a hacer de nuestros retoños clones suyos, copias a su imagen y semejanza, que fueran igual de chulos y tiernos como él.
               Me volví, le acaricié la espalda, le besé el hombro y fui subiendo por el cuello. Vi de reojo cómo intentaba repeler a las hordas de Tommy.
               -Le estás haciendo caso al Tomlinson equivocado-susurré.
               Tomó aire y lo soltó muy despacio.
               -Di mi nombre, Eleanor.
               -Scott-susurré en su oído, acariciándole el lóbulo de la oreja con mis labios.
               -Dios, por esa boca, me desinstalaría el juego-respondió-. Y eso que tengo un imperio comparable al de mis ancestros-informó-. Al Andalus 2.0, perra.
               -Scott-Andalus, quizás.
               -Sí, algo así-respondió, apagando la pantalla del teléfono y dejándolo encima de la mesilla de noche. Senté a horcajadas encima de él.
               -Estás cansada-susurró.
               -Tú también-acusé.
               -Vamos a palmarla de agotamiento.
               -Inshallah-dije yo, la única palabra en árabe que había aprendido a lo largo de mi vida. Sonrió debajo de mí. Me pasó las manos por las rodillas, subiendo por mis muslos, deteniéndose en mis caderas.

lunes, 27 de junio de 2016

Cachalotes tramposos intergalácticos.

¡Hola! Vuelvo a daros el coñazo con un mensaje antes del capítulo en sí, pero es que, si no lo digo, reviento. Muchísimas gracias  por los casi 60 comentarios de la anterior entrada, no sabéis lo feliz que me habéis hecho por la ilusión que me hacía que al menos un capítulo superara los 100 comentarios (contando mis respuestas, evidentemente). Fui un poco imbécil no dándome cuenta de que muchas estaríais celebrando San Juan, y si soy sincera me cabreé un poco pensando que no ibais a poder leerlo, pero habéis sido más listas y buenas de lo que yo me merezco. Casi me pongo a gritar cuando me meto al día siguiente y veo 41 comentarios, y 44, y 47, y subiendo...
En resumen: gracias por reaccionar tan bien a esta novela, por dedicarme unos minutos de vuestro tiempo extras contándome qué os parece. Yo construyo Chasing the stars, pero sois vosotras (+Guillermo) las que la hacéis grande.
Y dicho esto... disfrutad del capítulo más explícito de toda a novela (al menos, hasta la fecha). Con bombona de oxígeno cerca, a poder ser.


Viernes por la tarde.
               Me quedé tumbada, recobrando el aliento, mientras él se incorporaba un poco y me observaba con orgullo. Había hecho que me estremeciera, gritara su nombre, me rompiera y me recompusiera con una facilidad increíble.
               No había sentido eso con ningún otro chico; a los demás les había costado dios y ayuda hacerme llegar a la mitad del camino, pero Scott lo hacía todo tan fácil…
               Nos miramos el uno al otro; el sol se acababa de poner, pero todavía quedaban en el cielo los recuerdos de su existencia. De ser un cadáver, aún estaría caliente.
               -¿Qué?-susurré, con las mejillas sonrosadas, el pelo alborotado (¡y las medias de color!... es broma, soy una Tomlinson, ser gilipollas me viene de familia) y los ojos brillantes por el sexo… y por estar mirando al chico con el que quería pasar el resto de mi vida, el chico con el que había pasado toda mi vida.
               -Nada-respondió, se mordió el labio y algo en mi interior, que estando él cerca espabilaba rápidamente, se desperezó. Me moriría de agotamiento, pero no de ganas de tenerlo dentro de mí-, es sólo que…
               -¿Qué?-murmuré, y sabía que venía algo bonito, porque Scott me tenía acostumbrada a ello. Cuando Tommy se pasaba conmigo, él me defendía. Cuando yo quería un juguete, él me lo cedía.
               Cuando había empezado a tontear con él, lejos de ponerme en mi sitio y rechazarme de plano para que yo no le tomara la delantera, él me había correspondido…
               … pero porque llevaba queriéndome, en secreto y en silencio, sin darse cuenta ni siquiera él, desde que nací.
               -… eres preciosa, El, pero… cuando estás en la cama, después de acostarnos… lo eres más todavía. Eres como una diosa, pero sin el “como”-se encogió de hombros-, y…
               -… ¿y?
               -Y no puedo creer la suerte que tengo de ser yo el que te devuelva tu inmortalidad.
               Boom. El Big Bang en mi interior, la primavera arrasando las nieves, instando a las nubes a que se lleven todo el frío del invierno y lloviendo vida sobre los campos inertes. Las carcajadas de los niños jugando de nuevo en el parque, el primer plato de ensaladilla rusa, el primer ramo de rosas que florece en el jardín.
               -Algún día conseguiré decirte algo la mitad de bonito de lo que me dices tú a mí-le prometí, acariciándole la mejilla.
               -Ya lo haces. Cada vez que me llamas.
               -Scott-susurré, y él se inclinó y me besó, y en su beso pude sentir lo satisfecho que estaba, pero también las ganas incipientes de volver a estar dentro de mí. Me acarició el costado, yo hundí las manos en su pelo y arqueé un poco la espalda, pegando mi cuerpo más al suyo, y le acaricié la mandíbula, y…
               -¡¡Scott!!-bramé, y él dio un brinco.
               -¿Qué pasa?
               -¿¡Te estás dejando barba!?
               Se pasó la mano por la barbilla.
               -¿No me dijiste que querías…?    
               -¡Pero no pensé que lo hicieras en serio! ¡Dios, muchas gracias! Ven aquí, caliéntame otro poco y lo volvemos a hacer, te lo has ganado-susurré, tirando de él y volviendo a pegarnos. Él se rió, se tumbó encima de mí, yo nos hice rodar y me puse encima.

jueves, 23 de junio de 2016

Inshallah.

¿Sabes cuando estás un tiempo con ganas de comer tu plato favorito, y finalmente llegas a casa y tus padres lo han preparado, y resulta que es mejor de lo que recordabas? ¿Bastante mejor de lo que esperabas?
               Así era estar con Scott.
               Estaba acostumbrada a tenerles envidia a las demás. Celos porque podían presumir d él, aunque a él le importaran una mierda y no recordara sus nombres al día siguiente (pero lo hacía, no por obligación, sino porque era un verdadero sol). Aunque sólo les prestara atención cinco o diez minutos; lo que tardaran en correrse para él.
               Yo había tenido toda la vida atención de su parte para dar y regalar, pero no era la que yo quería. La que yo quería era la que él repartía en pequeñas dosis; así es como se da lo bueno.
               Ellas podían fardar todo lo que quisieran, con quien quisieran. Me he follado a Scott Malik. Me la ha metido Scott Malik. Se la he chupado, o me lo ha comido, Scott Malik.
               Yo también presumiría si tuviera la oportunidad de cómo me haría cualquier cosa, pero había una diferencia: presumiría de Scott. No de Scott Malik.
               La envidia seguía estando ahí aun cuando él ni siquiera las miraba. Podría tocarlas si quisiera. Si quisiera morir, quiero decir. Por muy Scott que fuera, no le iba a pasar ni media.
               Pero no lo hacía.
               No le apetecía, y tampoco podía.
               Y eso me mataba. Me mataba no poder presumir; mira, zorra, dijiste que jamás me miraría y ahora me lo hace en su cama.
               Eso era cuando no estaba con él, porque cuando lo miraba a los ojos y veía cómo me miraba él, se me olvidaban las demás. Le dejaba acariciarme y me olvidaba de que yo misma existía; bien podía ser una planta a la que están regando en un día de sol.
               Por lo menos, me quedaban mis amigas. Me sentía muy afortunada de poder ir a un sitio fijo en el recreo, sentarme en una mesa con gente a la que conocía y a la que prácticamente podía dar por sentado. Las mismas chicas que me habían apoyado cuando lo veía con otra y me moría por dentro, aun estando con otro. Más chupitos, más bailar. Menos tristeza, menos Scott.
               Casi se alegraban más que yo de estar con él, igual que se alegraron más que yo de que le diera una oportunidad a un chico que no me disgustaba cuando me enteré de que iba detrás de mí… como podía. El pobre era demasiado tímido.
               Había sido una buena idea. Me había olvidado de Scott estando con él, incluso había llegado a quererlo. Era una persona preciosa, y me trataba genial. Pero se acabó, como todas las historias. No era plan de ir sacando secuelas hasta que los actores originales se murieran, y cambiaran el elenco y se hiciera como si no hubiera pasado nada. Venga, por Dios, ¡la Hermione original era blanca! ¡¿En serio nadie ha notado que la del escenario es negra?!
               Además, aun en el caso de que no se alegraran por mí porque por fin el chico del que llevaba enamorada toda mi vida, incluso antes de saber que aquello era amor y que no estaba confundida porque le quería de una forma diferente a lo que hacía con mi hermano (Tommy y Scott podían decir misa; ellos serían como hermanos, pero yo a Scott no lo veía con ese vínculo en mi dirección, y él, está claro que tampoco), lo hacían porque tenían algo con que martirizarme.
               La noche en que Sabrae salió con nosotras y se dio a conocer en la discoteca, una semana después de que yo alcanzara la gloria, Claude se empeñó en jugar al “yo nunca”, decisión que apoyaron las demás con aplausos y miradas maliciosas en mi dirección.