miércoles, 31 de diciembre de 2014

Un pato, un huevo, una vela, y una bandera.

Como ya va siendo tradición, toca hacer balance de estos 365 últimos días, sonreír mientras se van, despedirlos con la mano y, acto seguido, abrir los brazos para recibir los 365 siguientes, que por caprichos del destino vienen agrupados así, en años, en el tiempo en que nuestro planeta tarda en dar una vuelta completa alrededor de su estrella, a pesar de que nosotros no notemos que nos desplazamos a miles de kilómetros por segundo, o a un par.
Hay cosas de las que quejarme este año y cosas por las que estar agradecida, así que, como vengo haciendo gran parte de mi vida, voy a ser positiva: ha sido un año bueno. No el mejor (espero que esté por llegar), pero sí muy bueno. Me ha hecho aprender gran cantidad de cosas y, aunque suene a tópico, me siento una persona muy diferente de la que empezó este año. Es como si fuéramos dos versiones de una misma película: ella, la de la lista con los 12 deseos que le pedía a las uvas frente a ella mientras el reloj de la puerta del Sol daba las campanadas, todo en blanco y negro y sólo acompañada de la música de un piano, y la yo de ahora, en alta definición, con increíbles efectos especiales y sin una lista que ir formulándole a un reloj para que se lo transmita al universo, porque los 12 son el mismo, y, oh, algún día van a cumplirse. No los voy a suplicar como hice hace un año, esta vez voy a pedir permiso para armarme.
Las cosas que he aprendido este año son muchas; tal vez influya el hecho de que haya cambiado de instituto y que tenga que ir a otra ciudad (Oviedo, la tercera capital que tuvo España en toda su historia, toma) en este viaje sin estudios ni apuntes que es la vida.
He aprendido que, bajo ningún concepto, debo dejar de dar mi opinión, por mucho que venga nadie a reclamarme que le parece "ofensiva". Lo siento. Es lo que tengo. Es lo que pienso. Al igual que yo no voy parándote en el pasillo para decirte que todo lo que dices me parecen gilipolleces, tampoco tienes por qué hacerlo tú.
He aprendido que quien te quiere, te busca, y quien te quiere no hará las cosas con un doble rasero, sin avisar de una cosa para poder pillarte desprotegido.
He aprendido que quien quiere estar contigo, va a estarlo, y tendrá tiempo para preguntarte si estás bien. Y te contestará con más de un monosílabo, y te mirará a los ojos mientras hablas con él, por muchos mensajes que le estén llegando al teléfono.
He aprendido que sólo estás obligado a decir adiós si tú quieres hacerlo. Y, si no, las despedidas pueden ser un hasta luego. Y creedme, escenarios, son un puto hasta luego. Hasta más pronto de lo que os gustaría.
He aprendido que la familia es aquel grupo de personas con quien te sientes cómoda, pero no tiene por qué ser aquel grupo de personas sin las cuales tu existencia no se habría dado. A veces, son gente que te recibirá con globos en una fiesta sorpresa, gente a la que escuchas decir que tiene el estómago hecho un nudo porque el teatro se está llenado, gente a la que deslumbran los focos, a la que apoyas entre bambalinas y que te hace salir al escenario segura, porque ellos están allí, cuidando de leer el guión si se te olvida tu frase.
También he aprendido lo equivocada que está la gran mayoría de la gente (no me gusta llamarla "sociedad", porque yo también estoy en ella), que valora más un trozo de metal extraído de Dios sabe dónde que a un árbol muerto, triturado y con tinta tatuándole palabras en su piel desgajada; y que ya no tiene en consideración a aquella criatura inexpresiva que escarba en el cielo, cambiando los desechos de nuestros pulmones por el alimento con el que nos hacen sobrevivir. Que no está bien coger el coche para ir a cualquier sitio, que el autobús o el tren es mil veces mejor, más preferible, que los océanos no son un vertedero, que nosotros no somos los reyes de este planeta, que hay seres que llevan en él más tiempo que nosotros, y que no se merecen que destruyamos nuestro hogar sin pararnos, por un segundo, a pensar en ellos.
Y, por fin, me han hecho abrir los ojos y ver cómo la mitad de la población de este mundo somete a la otra mitad, estando ésta, a su vez, apoyando este sometimiento con frases como "es una zorra, mira qué falda más corta lleva", "menuda cerda, se ha liado con dos tíos esta noche". Y me pone enferma, pero a la vez me alivia que me ponga enferma, porque significa que estoy viendo lo que pasa, lo jodido que está todo, la mucha falta que hace un cambio.
Pero, sobre todo, he aprendido a valorarme a mí misma, y a luchar por lo que quiero. He conseguido interiorizar, por fin, que la única manera de someterme a un cambio es ponerme a trabajar yo. Si quiero escribir bien, debo hacerlo y leer mucho, para adquirir vocabulario y mejorar el estilo. Si quiero llevar una 36 (o una 34, si me da la puta gana, o una 38, me tira de los cojones), tengo que dejar de comer como un marsupial, empezar a meterme más frutas en el cuerpo, y a mover este culo que tengo, y pasarme la primavera y el verano, tal y como he hecho, sobre una bicicleta, bebiendo dos litros de agua al día y viendo cómo el deporte me subía el autoestima, el estado de ánimo, a la vez que me recompensaba con una salud mejor, una bajada de peso y tallas menos.
Nunca pensé en lo gratificante que podía ser que un pantalón se te quedase grande como resultado por meses y meses de esfuerzo y constancia, pero he tenido la suerte de cambiar el chip, y experimentarlo en mis propias carnes. Y es una de las mejores cosas que me han pasado este año.
Y eso que no me han pasado muchas cosas buenas: graduarme en el instituto con una matrícula, ser uno de los tres primeros dieces en Literatura Universal de la PAU de mi instituto, haber visto en el cine mi libro favorito convertirse en película, haber leído mis libros favoritos en su idioma original...
...y, cómo no, el 10 de julio. No son píxeles. Son células, pensé mientras salían a escena, y no podía creerme que estuviera allí, que fueran de verdad.
Ya el día antes había sido absolutamente genial: conocer, por fin, a una de mis mejores amigas, la primera que conocí por Internet; Cris, "Cristina la de Madrid", como yo la llamaba en casa. Abrazarla después de casi 7 años de amistad, ver su colgante de las Reliquias de la Muerte, comer en el Burger King de Príncipe Pío mientras nos contaba, a mí y a Irene, todos los famosos a los que había conocido, los conciertos a los que había ido y todas las posibilidades que brindaba esa preciosa cuidad por la que nos guió. Ir al Starbucks después de 4 años del primer Frapuccino, observar a una chica Tumblr mientras devoraba delicadamente su sándwich, hacernos fotos en cada rincón, subirnos a las barcas del Retiro, pisar mi cámara de fotos porque soy una puta retrasada, poner la música de Piratas del Caribe mientras nos deslizábamos por el agua, gritarles a desconocidos "sí, soy asturiana, ho" y que ellos lo fueran también, subir por Gran Vía, hacernos una foto con Lucía Gil, luego con el presentador de Cazamariposas, al que sólo Irene reconoció, mientras cubrían el interesantísimo reportaje de Mario Vaquerizo (ew) y Akaska dentro de un Burger King en el que se apelotonaba la gente, debatir sobre los reyes, y despedirnos en la estación de Príncipe Pío con un abrazo, un beso y un "hasta luego", para seguir planeando en el verano una visita a Asturias que, por desgracia, no se produjo.
Cris, no podría estar más agradecida por ese día. Espero que se vuelva a producir pronto.
Y luego, claro, estuvo el concierto. Una de las mejores cosas fue llegar al Calderón a las 7:20, y estar dentro antes de las 7:25, porque la agilidad que tienes en los conciertos no la tienes en cualquier lugar. Aprovechas cada hueco libre, nadie es tan rápido como tú...
... excepto Mayte, que te guarda el asiento y te llama para decirte dónde está. Y tú llegas al sector, después de preguntarles a 100 personas distintas, y miras a todas partes, y no la ves, y empiezas a correr porque te estás poniendo nerviosa, y cruzas el sector y finalmente está allí, y perreas con ella porque ni tú ni ella sois normales, pero no importa, podéis ser anormales juntas, y ella te llama "Érika", y tú se lo perdonas "por los asientos cojonudos que me has guardado", y bajáis juntas a por los famosos palitos luminosos que ponen One Direction, y luego tú bajas a por agua a pista a pesar de que no se te está permitido, pero nadie realmente te lo impidió, y luego vuelves a las gradas, y bailas al ritmo de Little Mix mientras Mayte e Irene se despollan, y presumes de coreografía cuando suena Single Ladies, y te levantas de tu asiento después de horas de espera, a la vez que 45.000 personas, porque está sonando la Macarena, y "no estás del todo vivo hasta que no ves a 45.000 personas bailando la Macarena en sincronía mientras esperas por una boyband", y por fin se apagan las luces, se encienden las pantallas del escenario, y ellos están ahí, son reales, no son un producto de miles de montajes sino que existen de verdad, y Louis es muy pequeño, y tú sacas los prismáticos porque te niegas a verlos por una pantalla otra vez, y Louis es muy pequeño, y Niall habla español, y Louis es muy pequeño, y Harry es mago porque manda callar a 45.000 personas sin esfuerzo, y Louis es muy pequeño, y Zayn suena increíblemente mejor en directos, y Louis es muy pequeño, y Liam repite que sois el público más ruidoso y que "lo dice en serio", y Louis sigue siendo pequeño, y Louis es muy guapo, y Louis se pone la bandera de España por el cuello y tú le das hostias a Irene porque mira, mira, es muy pequeño, mira, mira, lleva NUESTRA BANDERA, y Liam y Louis se ponen gafas y hacen el tonto en Little White Lies, no sin antes no haber podido cantar Shes not afraid porque Louis estaba meando, y tú haberte cagado en todos sus putos muertos porque es tu canción favorita y no la cantan porque Louis es muy pequeño y su vejiga más aún, y tu puta madre, louis, esto no te lo perdono en la vida, y cantan Best Song Ever, y dicen que bailarán toda la noche, y acto seguido se van, y queda mucha noche por delante, el sol se ha puesto mientras ellos estaban ahí, pero tú no te das cuenta; y, en el último segundo, antes de los fuegos artificiales, o quizá durante de ellos, Louis, que es muy pequeño, se gira un momento, mira al Calderón, el Calderón que gritó con Niall "yo soy español español español" a pesar de ser él irlandés, y asiente para sí mismo, y desaparece siguiendo a los demás, y tú estás vacía, porque ya no están allí, Louis sigue siendo pequeño pero ya no lo es frente a ti, y te bajas de las gradas y te dispones a irte, no sin antes haber abrazado a Mayte y haberte hecho fotos con ella y con su amiga, con las que compartiste los prismáticos mientras sonaba One Thing, sobre aquella plataforma que se elevaba y que hacía las veces de pantalla de televisión/videojuegos gigante.
Y Mayte te mira, y luego mira a quien nos hizo la foto, y dice "ahora, ¿puedo una con ella sola,por favor? Es que me hace ilusión" y tú quieres gritar porque Mayte es muy tierna y tiene un acento muy gracioso, y le das un beso y así queda plasmado en la foto que después irá a parar a Instagram, al igual que la de Cristina, y después os volvéis a abrazar, os cogéis las manos, os las soltáis, y Mayte también se ha ido, igual que se fue Cristina e igual que se fueron los chicos.
(Louis es muy pequeño).
Pero tú, lejos de estar triste, casi corres por el paseo al lado del río, y cruzas una calle sin paso de cebra con el palito luminoso en alto para que no te pillen los coches, como si fuera una bombilla de mil vatios.
Y tú e Irene os vais a cenar, con un hambre de lobos, y mientras cenáis Niall y Louis twittean que ha sido uno de los mejores conciertos, que "la atmósfera ha sido eléctrica", y tú bien podrías meterte la vajilla del bar al completo en el estómago porque, ¿qué puede estropearte eso?
Mayte, no podría estar más agradecida por esos asientos cojonudos que me guardaste, por los perreos y por las tonterías que dijimos mientras esperábamos a que los chicos salieran. Ojalá podamos compartir también el próximo concierto de los chicos.
Y al día siguiente, mi hotel bullía con la excitación de decenas de nenas de 12/13 años (toma castaña, soy una puta dinosauria) que habían visto a los chicos en directo, como yo, y que se preparaban para irse a casa, como yo, con la diferencia de que yo aún tuve un tiempo para ir de pequeñas compras y hacer un poco más de turismo por edificios egipcios que, curiosamente, están en el corazón de la Península Ibérica.
Sí, este ha sido uno de los mejores veranos de mi vida, y eso que el viaje a Madrid (con su correspondiente rap a la llegada y mis tweets sobre los girasoles) fue lo único destacable que me pasó, pero, joder, ¿no hace un viaje así el año en el que se encuentra extraordinario?
Claro que llegó Septiembre, y, a pesar de pasarme las noches llorando por la que se me venía encima, el primer día no fue tan malo. De hecho, ya hice una amiga (que se acercó a mí para mi gran alivio y gratitud), que me llevó a hacer más, y, sin darme cuenta, tengo un grupo de amigos como no lo había tenido nunca, y compartimos bromas sobre nuestra carrera y me la hacen más llevadera, porque vacilar a las chicas es lo mejor de ir a clase, pero incluso mejor es cuando nos ponemos sentimentales y nos decimos que vamos a clase para vernos, que tenemos ganas de llegar porque volveremos a estar juntos.
Gracias, Baru, Miri, (C)Lara (alias la cubana), Khadija, María (aunque nos veamos poco) y Lorena (aunque nos veamos menos) por aguantar mis gilipolleces con una sonrisa en la boca. Consejito: no os riáis. Me anima a decir más gilipolleces.
Y también gracias a Pepe, con el que me pongo muy puñetera y al que a veces contesto muy mal sin merecérselo.
También tengo que darles las gracias a mis padres, por estas Navidades tan geniales que me han dado. Echaba mucho de menos el no poder esperar al 25 de diciembre, el levantarme por la mañana, desenvolver los regalos con los dedos temblorosos y sentarme a leer nada más hacerlo.
Hace 45 minutos he terminado el tercer libro en inglés que he leído en toda mi vida. Y no he podido sentirme más orgullosa de mí, porque hace más de 10 años, yo me metía en la cama con los auriculares puestos y Britney Spears atronando en los oídos, cantando cosas que yo no comprendía, y ese era, precisamente, su objetivo: aislarme de los sonidos de la tele y permitir que me concentrara en la televisión. Y ahora se me hace imposible escuchar música en inglés y leer, ya que lo entiendo todo y se me forma un barullo en la mente. Y eso, el haber pasado de utilizar el inglés como un muro a convertirlo en un puente, es una de las cosas de las que más me enorgullezco en esta vida.
Como tiene que ser, no han sido todo cosas buenas: también me han pasado cosas malas, como el que no se me dejara audicionar para entrar en la Escuela Superior de Arte Dramático, o que se me obligara a entrar en una carrera que no me va a servir para nada, o llorar frente a un "orientador" que para lo ÚNICO que está en tu instituto es para confundirte más. O la ruptura de mi pobre y fiel Teclas, quien me acompañó durante toda su vida de ordenador sin una sola queja. Pero he decidido tomarme eso como una lección, y he decidido sacar la puta carrera, para pirarme a Madrid, ganarme mi destino a pulso... sin pisar más juzgados que los que necesite para obtener mi título.
Y espero hacerlo con el apoyo de los nuevos de este año, como las chicas de ese grupo de whatsapp en el que sólo decimos polladas (sí, Eritioners, va por vosotras), mis chicas de la Uni (el Trifeminato de mazapán -no preguntes si no eres una de ellas-), Lara, Inés, a la que aún le debo un audio en agradecimiento por el del cumpleaños; Celia, Eva, mi compañera de debates sobre Hollywood y en quien más confío en cuestiones cinematográficas, los chicos de teatro, a quienes llevo en mi corazón... y Lu. Mención especial para ti, nena. Porque nunca en mi vida había visto dos películas en el cine en el mismo día. Y porque siento  que eres mi protegida, no sé por qué, y porque me gusta tener a alguien de quien cuidar.
Por supuesto, a Rosi y Adri. O no. Quién sabe. Je.
Y, por último, a todo aquel que lea esto. Porque los números al lado del título de las entradas animan a una a seguir escribiendo sus gilipolleces, y es indescriptible que te digan que lo que escribes les gusta, o que eres buena persona, o que te mereces un follow/abrazo de Louis, aunque ya no esté en tu lista de prioridades. Es simplemente genial que inviertas parte de tu tiempo en mí; ojalá pudiera recompensártelo de alguna manera, especialmente porque voy a necesitarte todavía más cuando salga de la facultad.
¿Qué le pido al 2015? Es demasiado pretencioso pedirle ya un Oscar a mi nombre, incluso un papel, así que sólo le pediré fuerza, valor. Que no me haga olvidar las noches de Septiembre. Que no me haga olvidar el sufrimiento del 21 de junio, que nunca llegué a exteriorizar. Que no me permita perdonar a quienes no lo merecen.
Un Oscar para Leo, que ya va siendo hora.
Otro para Meryl, para que destruya definitivamente la memoria de la hija de puta de Katharine.
Un hijo de Logemma.
Y arte.
Sobre todo, y ante todo, arte.
Que yo pueda formar parte de ella o no es secundario, pero, por favor, danos arte.
Gracias, 2014. Ahora le toca a tu hermano trabajar. Asegúrate de que lo haga.




lunes, 29 de diciembre de 2014

Boxeo.

Lo prometido, para los ángeles, era deuda.
En menos de dos días, había conseguido lo que sería imposible en cualquier otro lugar, pero no allí: nos trasladó de habitación sólo y exclusivamente para que yo estuviera más cerca de Perk y, a la vez, más cerca de un lugar en el que entrenarnos. Un lugar del que nunca había oído hablar, del que nadie fuera de la Central tenía noticias, y que no dejó de sorprenderme apenas entré en él.
Se trataba de una sala llena de máquinas de hacer gimnasia, pero no las típicas con las que me había cruzado en los gimnasios de la ciudad, como cintas de correr ni asientos para tonificar la parte superior del cuerpo, sino de auténticas obras de arte de la ingeniería que dejarían anonadados a todos nuestros programadores y harían que se tirasen de los pelos y se matasen entre ellos para, simplemente, tener la oportunidad de apretar un botón.
Decir que aquella sala estaba "llena" tal vez sonase un poco exagerado, dado que apenas eran varios pares de manchas negras en un entorno totalmente blanco (tenían un problema con el blanco, en la ciudad, al parecer). Tal y como estrellas negras en un universo cuyos colores estaban invertidos, las máquinas atraían tu atención y conseguían que sólo pensases en ellas, muerto de la curiosidad y a la vez teniéndoles un respeto casi reverencial.
Nunca supe para qué servían todas: Louis se limitó a acercarme a una, la más pequeña, que se reducía a un cubo colocado estratégicamente sobre lo que probablemente fuese un pilar en otra vida, al que habían pulido y dado forma de pedestal níveo.
Notaba la presencia de Perk a mi lado, con Angelica detrás de sí, preparada para saltar a la mínima de cambio. Aun a pesar de que llevábamos tiempo con los ángeles, ella seguía sin fiarse de él. Hacía bien. No tenían el mismo vínculo que yo tenía con Louis, que me impediría traicionarlo y abandonarlo a su suerte, sino que se hallaban en una situación mucho más tirante y tensa; Perk la necesitaba a ella para poder comer y sobrevivir en general en aquel lugar infernal dentro de una zona que podría no estar tan mal, y Angelica lo necesitaba para estudiar la conducta de los runners y asegurarse de que yo nunca, jamás, podría volverme contra ella cuando las cosas se pusieran feas, y reclamar la confianza de los demás con su cabeza colgando de mi mano, sus rizos dorados enredados en mis dedos y una estela de sangre, su sangre, aquella sangre tan cara, tras de mí, en ofrenda a aquellos dioses a los que nadie hacía ya caso.
Perk, con libre albedrío, se había acercado a la máquina más grande: una pesadilla de andamios, cuerdas y demás, que dejaba poco a la imaginación, pero mucho al entrenamiento. Me pregunté por qué no íbamos con ellos.
-Esto-murmuró Louis, cogiendo la cajita con sumo cuidado- es lo que usamos cuando necesitamos entrenarnos en ambientes desconocidos. De tanto volar en la Canica, acabas aprendiéndote los edificios de memoria.
-¿No es muy... pequeña?-inquirí. Angelica me respondió con una mofa.
-Pequeña-repitió.
-¿Eres medio cisne, o medio loro?-la ataqué, pero ella ya no vio necesario volver a contestarme. Tanto mejor.
-Esto crece, bombón. O tú menguas. Como prefieras.
Se metió la mano en un bolsillo y sacó una pequeña bola plateada con luces azules bailando en su superficie cuales corrientes de lava. La reconocí al instante.
Estiré la mano para alcanzarla, pero él la encarceló en sus dedos y no me dio opción a poseer lo que me pertenecía por derecho. Puse mala cara.
-Es mía-me limité a protestar. En su boca apareció una sonrisa divertida, la típica de un padre a la que su hijo divierte con sus ocurrencias… pero al que terminará castigando de todas formas.
-En realidad, nos la robaste. Se la quitaste a alguien que se iba a convertir en policía, y, técnicamente, cuando robas algo no se convierte en tuyo.
-Dijiste que la había activado.
La sonrisa se ensanchó todavía más: el padre había descubierto que su hijo no sólo podía ser gracioso, sino también inteligente, una cualidad tanto o más valiosa en un pequeño.
-Sí, pero el hecho de que tú abras primero una carta que Angelica me envió a mí, no significa que las letras vayan a cambiarse a medida que tus ojos las acarician.
-Ni que el tono vaya a ser mucho más agradable-asintió ella, encogiéndose de hombros con una sonrisa triunfal en los labios.
Tragué saliva, y contemplé cómo colocaba mi bola encima del pequeño cubo. El resto se hizo solo.
La bola, en un principio, se negó a reconocer a la caja hermética. Tuvimos que esperar un momento antes de que ésta parpadease una única vez, y su brillo comenzase a aumentar más y más. Al principio creí que se debía a uno de los poderes de la bola, pero no era así.
La caja había reconocido a la bola, y estaban colaborando para llenar el ambiente de un brillo azulado que rebotaba en las paredes y golpeaba mi cuerpo con la violencia de mil boxeadores que comparten un saco de boxeo.
La luz al principio fue soportable, puede que incluso agradable; sin embargo, no conocía un límite de confort, y no paraba de aumentar y aumentar para deleite de los ángeles y angustia de aquellos que teníamos la espalda desnuda, las ratas. Tal vez fuese verdad que a las ratas les molestaba la luz, pero que los pájaros bebían de ella un éter que no compartían con los seres terrestres.
Finalmente, con un jadeo en la boca, me cerré los ojos y me los tapé con las manos, cuando el brillo fue tan potente que rasgó mis párpados y me alcanzó las retinas que desearían no funcionar.
Entonces, se detuvo.
Abrí los ojos y me encontré en un ambiente nuevo. Ahora, todo era de un gris pálido, sin ningún tipo de sombra: bien podríamos estar dentro de la bola, en la caja mezclada con las paredes, o en un universo paralelo en el que no hubiese ninguna hoguera que pudiese arrojar ninguna sombra en ninguna dirección.
Miré a mi alrededor: estaba sola. Louis había desaparecido sin darme posibilidad de conocer las reglas del juego. Tendría que averiguarlas yo sola.
-¿Qué hago?-le pregunté a la esfera/pared/techo. La voz de mi ángel resonó por la estancia.
-Corre. Como si estuvieran persiguiéndote. Corre.
Obedecí, pero la cosa no era tan fácil. Evidentemente, si no tenía ninguna motivación que me hiciese temer por mi vida, la falta de sombras de las que sospechar no conseguiría que mis piernas llegaran al tope del que me sentía orgullosa. No había nada que saltar, por lo que era una runner mediocre allí.
-No vas lo bastante rápido-me espetó él, como queriendo provocarme. No lo consiguió. Yo reaccionaba a pistolas, no a putas faltas de respeto.
-Es lo que hay.
Unos susurros en la esfera mientras el suelo que pisaba dejaba mis huellas en un color que no supe identificar. Era un color nuevo. ¿Cómo describir un color nuevo?
De nuevo, volvió la estrella masiva azulada. Esta vez me obligué a tener los ojos abiertos y observar el milagro: de la nada, una luz en aquel techo grisáceo estalló, moldeándose con una figura femenina. Entonces, descubrí a Angelica, que se iba generando (sí, generando) de la cabeza a los pies, como si de un personaje de videojuegos se tratara.
Exhalé todo el aire contenido hasta el momento: acababa de darme cuenta de que los runners tenían un simulador portátil, en el que podía entrar tanta gente como se quisiera.
Claro que no parecía ser tan perfecto como el nuestro; al menos nosotros teníamos adornos, edificios. Cosas sobre las que saltar. Cosas útiles en las que entrenarte.
-¿Qué se supone que es esto? ¿Una cinta de correr gigante?
Angelica se limitó a mirarme con odio.
-Es vuestro simulador-explicó con un tono y unas palabras que me helaron la sangre-, sólo que perfeccionado-descendió como levitando hasta quedarse en el suelo a pocos metros de mí. Puso los brazos en jarras y se echó a reír-. ¿Qué pasa, runner, crees que no sabemos que vivís de nuestras sobras? No te eches a llorar. Tu secreto estará a salvo conmigo. Y con los demás-volvió a reírse, luego sacudió la cabeza-. Como sucede con el vuestro, esto tarda un tiempo en cargar. Mientras lo hace, te preparas. Y, cuando ya estás al ciento diez por ciento, echas a volar, a tanta velocidad que te silbe el viento en los oídos y no te impida pensar. Los mecanismos se accionan cuando pasas de una velocidad. Velocidad que eso-señaló mis piernas- no te va a aportar. Así que vamos, saquito mío: revivamos viejos tiempos.
Alzó el vuelo sin previo aviso, lo que hizo que el corazón me diera un vuelco y una sustancia que llevaba mucho tiempo sin sentir inundara mi cuerpo en un glorioso torrente: adrenalina. Eché a correr, esta vez para ofrecer resistencia, en venganza por lo que había sucedido la última vez…
… y Angelica me levantó en el aire, agarrándome por debajo de los brazos.
Jamás me acostumbraría a la sensación de no tener nada a lo que agarrarme más que el cuerpo de otra persona que podía burlar a la gravedad a voluntad. Mi estómago protestaba de puro terror: allí podría venderme, ofrecer después a Louis a los directivos de la central, que tendrían pocas ganas de que sobreviviera y contara sus secretos… y sólo tendría que dejarme caer.
Pero, en su lugar, clavó sus ojos en los míos, chasqueó la lengua y me instó a mirar hacia delante.
No lo había visto venir.
Me soltó cuando el primer muro se cernía sobre nosotras, apresurándose a nuestro encuentro a toda velocidad.
Giré en el aire, con la trenza haciendo espirales que cortaron como cuchillos el viento, caí con gracilidad y me puse a trabajar con el cuerpo ofreciéndome todo lo que tenía, cosas que había echado de menos muchísimo.
Angelica volaba sobre mi cabeza, demasiado ocupada en atravesar aros girando, trazando espirales, cayendo y ascendiendo en picado, como para prestarme más atención de la que merecía: es decir, nada.
Con las piernas doliéndome de pura felicidad, pues así es como se manifiestan los músuclos, me eché a reír mientras saltaba de un edificio blanco como la nieve, que tampoco proyectaba sombra, y me permití un vistazo hacia arriba. En ese momento Angelica descendía a una velocidad pasmosa.
Me recordó a Blondie. Y pensé que podríamos formar un buen equipo.
-Ahora empieza lo bueno, runner-gritó sobre el estruendo de un viento que no existía más que en aquel pequeño universo-. Espera a que vengan los polis.
Nos aproximábamos al puente que unía las dos mitades de la ciudad.
El puente en el que había tratado de burlar a Louis.
Y, en la base de los edificios, una maraña de coches de policía de intenso color azul, y berreantes sirenas rojas, esperaba para recibirnos.

Tenemos que conseguir uno de estos para nuestra Base, pensé. Puck podría hacer milagros con esto.




Eso es todo. Por ahora. En mi defensa diré que se me ha roto el ordenador, estoy con el de mis padres, y el teclado es demasiado diferente del mío como para poder escribir cómoda (tiene runas, ¿vale? Runas mesopotámicas; no es agradable escribir así), con lo que se me hace casi imposible escribir seguido, a la velocidad con la que lo hacía antes, y las palabras se me escapan entre los dedos como el humo. Y eso me cabrea. Además, estoy preparando los exámenes de la Universidad, así que no me puedo permitir perder un tiempo que, con mi ordenador, no perdería (RIP Teclas, te echaremos de menos, gracias por tus servicios. Has sido fiel; no te merecías este final). Así que este capítulo es más corto, pero te desea felices fiestas y próspero año nuevo, y su escritora se disculpa por su brevedad y promete acción pronto. O de calidad. A ver qué sucede finalmente.
Chan chan chan...

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Veintitrés.


No sé si el año pasado te escribí algo; la verdad es que poco importa. Que algo no suceda cada año no quiere decir que no sea legítimo, ni que se deje de sentir. El cometa Halley pasa cada 75 años: esperarlo mañana es inútil, pero hacerlo dentro de unos 60 es lo más sabio que puedes hacer.
El caso es que hoy es tu cumpleaños, hoy las cifras se vuelven redondas, y hace 23 años que se creó mi telescopio particular.
Y doy las gracias, pero no a ti. Ya sabes que te estoy agradecida; no yo como Erika, sino como fan, como parte de ese conjunto que te ha ayudado a llegar a donde te mereces, por cómo eres, por quién eres, por quién quieres ser y por quién has sido. No voy a hablar de cómo me haces reír, cómo nunca he llorado ni estado triste por tu culpa, cómo iluminas el mundo ni "me haces fuerte".
No, hoy doy las gracias al Universo por ponerte en mi vida, por haberte puesto en este planeta. Porque tú me has enseñado estrellas que aún no han sido descubiertas y, oh, qué bonito es alzar la vista al cielo y ver cómo las nubes se despejan con tu magia, y poder contemplar la galaxia que nos acoge en todo su esplendor.
Le doy las gracias al Universo por haberme dado algo a lo que aferrarme cuando estoy cansada y quiero abandonar.
Le doy las gracias al Universo por darme algo en lo que inspirarme.
Por darme algo en lo que intentar reflejarme.
Porque tú, Louis, eres casi un ídolo para mí; no te lo tomes a mal, detesto esa palabra, "ídolo". Me suena demasiado a las estatuas de barro que nuestros ancestros utilizaban para llamar a unas divinidades que nunca estaban allí. Pero esta vez tengo que usarla, porque me has enseñado que el querer entretener a la gente y ser feliz cuando ellos se ríen no es algo malo, sino una de las cosas más nobles que se pueden hacer.
Eres la musa que las estrellas me han dado, así que les doy las gracias por hacer de ti el arte de mis ojos, lo más valioso de este mundo.
Así que gracias, estrellas.
Gracias por darme a mi musa, sobre todo en esta forma.
Gracias por darme mi arte, sobre todo en esta forma.
Gracias por hacer que lo mejor que hago siempre esté relacionado con él...
... y querer darle las gracias en persona, algún día, pero no ya como fan. De igual a igual. De artista a artista.
Gracias, y, por favor, dejadme contemplar su sonrisa a un metro de la mía, en directo. Sin pantallas. Sin píxeles. Sólo aire. Sólo células.
Gracias por darme este regalo antes incluso de entregarme el mayor, mi vida, en el día de Nochebuena, para que estuviera segura de que lo que me traíais era especial, único, el regalo que Papá Noël te trae para que duermas tranquilo, esperando a los demás.
No podríais haberlo hecho mejor.
Feliz cumpleaños, amor de mi vida. Gracias por ser mi platónico, porque el mundo de las Ideas siempre va a ser mejor que aquél en el que vivimos. Aunque, contigo, se me hace difícil pensar en una tierra mejor.