domingo, 9 de febrero de 2014

Realeza.

Creía que me iba a costar mucho más abrir las puertas que llevaban a la azotea de lo que me costó realmente. Preparada para enfrentarme a todo tipo de obstáculos (rezaba para que nadie hubiera soldado la puerta a sus marcos, pero en el fondo de mi corazón sabía que un profesional que se preciara haría eso sin dudarlo), me hallé gratamente sorprendida cuando sólo tuve que vérmelas contra un par de candados y una barra atrancando a la puerta, cuidando de que los que estuvieran fuera no pudieran abrirla.
Así que, después de inclinarme y hurgar en los candados, tratando de abrirlos para poder reutilizarlos más tarde, y acabar pegándoles un tiro y abriéndolos por la fuerza, escuché ruidos tras la puerta. Un murmullo generalizado se levantó tras la barrera visual y arquitectónica que me separaba de mi objetivo, y todo el mundo empezó a chillar al cabo de un minuto, cuando empecé a tirar de la barra, más pesada de lo que creía. Me jalearon, me gritaron, se cagaron en toda mi familia cuando vieron que estaba tardando más de lo normal, amenazaron con que al entrar yo en la azotea me lincharían de una manera espantosa por haberlos dejado allí encerrados... lo cual me extrañó, hasta que me di cuenta de que creían que era uno de los polis que se había colado en la Base y había logrado meterlos a todos allí... quién sabía cómo.
La barra en cuestión tintineó en un estruendo cuando terminé mi operación de rescate. Abrí la puerta sin preocuparme de que pudieran tratar de cogerme y hacerme cosas muy, pero que muy malas, y corrí hacia dentro.
Varias manos me cogieron del pelo y de los brazos, asegurándose de que no me movía. Llegaron incluso a encañonarme con mi propia arma.
Pero un nuevo murmullo, esta vez sorprendido y en parte aterrorizado por lo que estaba a punto de pasar, se desató entre los rehenes. Las manos que me sujetaban se negaron a hacerlo más, apartándose de mí como si mi piel desprendiera fuego; y casi la sentía así. El corazón me latía a punto de estallar, notaba sus latidos en mi oído como mil tambores repicando por todos lados, semejantes a como se imaginaban los antiguos el ruido con el que aquel dios cuya existencia había quedado rebatida se presentaría para repartir justicia en un mundo descuidado, abandonado, y corrupto.
-¿Quién es?-preguntó una voz que conocía mejor que ninguna otra. Y, sin pensar en mi actos y en las posibles consecuencias que hubieran podido traer, me zafé de los pocos que aún me sujetaban, demasiado sorprendidos de verme allí como para reaccionar de alguna otra manera, y me reuní con él.
-¡Taylor!-grité a modo de reconocimiento, abriéndome paso entre la gente que se inclinaba con curiosidad hacia la puerta por la que había entrado, temiendo que un monstruo se asomara por ella y nos devorara a todos.
Él abrió los brazos la milésima de segundo anterior a que mi cuerpo chocara contra el suyo. Me escabullí en su pecho y pegué la mejilla a él, dejando que toda la tensión que se había apoderado de mí se canalizara desde mi mejilla hasta su cuerpo.
Sé que suena muy egoísta, pero era lo que necesitaba en ese momento. Llevaba siendo fuerte por encima de mis posibilidades durante demasiado tiempo, el suficiente como para encontrarme mentalmente exhausta.
-Creí que te había perdido-susurré contra su pecho mientras los vigilantes se iban marchando de su prisión sin barrotes.
-Te hará falta algo más que un grupo de agentes especiales para librarte de mí, pelirroja-respondió él, sonriendo y acariciándome la cabeza. Se separó de mí, contempló la sangre que me cubría el cuerpo, los pequeños cortes de algunos cristales que habían conseguido alcanzarme cuando las balas de la policía fallaron... y resolvió que no había peligro de que me pasara nada. Estaba bien.
Me puse de puntillas y lo besé en los labios con ternura, aprovechando ese momento de alivio antes de volver a la Tierra y que mi cabeza volviera a funcionar a toda máquina, impidiéndome pensar con el escándalo que se formaba cuando cada neurona daba el 150% de sí misma.
Los momentos siguientes fueron una verdadera locura, más parecidos a una fiesta en la que entran los invitados más importantes que al reconocimiento que se suponía que teníamos que llevar a cabo. En lugar de contar a los vigilantes y los que faltaban y asegurarnos de que estábamos todos en casa, en lugar de inspeccionar los daños y darnos perfecta cuenta de lo que ocurría, nos dedicamos a abrazar a gente a la que no habíamos hablado nunca, pero que podía habernos susurrado al oído mientras corríamos para salvar la vida, o algo más importante: la misión en que estábamos trabajando. En lugar de informar de la situación a los que se suponía que eran nuestros superiores en un sistema sin ninguna jerarquía en absoluto, nos preocupábamos más por el estado de salud mental de los demás y por bromear para quitarle hierro al asunto.
No nos dábamos cuenta de que necesitábamos todo lo que pudiéramos dar en esa situación. Estábamos en guerra, ¿por qué hacíamos eso? ¿De verdad éramos tan imbéciles como parecíamos en aquel momento? ¿En serio no nos dábamos cuenta de lo gravísimo de la situación?
Yo me la daba, una vocecilla en mi cabeza no paraba de repetirme qué era lo que ocurría, por qué esto, por qué lo otro, el poco sentido que tenía que hubieran estado en la azotea tanto tiempo, el recordatorio de que mi intuición me estaba diciendo algo y yo no le estaba haciendo el menor caso, por miedo a lo que aquello podía significar... y me esforcé en no hacerle caso.
-Kat, Kat, ¿les has liberado tú?-inquirió una Faith histérica, que no cabía en sí del gozo producido por aquella derrota maquillada de victoria.
Taylor, que no me había soltado ni para abrazar a sus compañeros de equipo de misiones, asintió con la cabeza cuando yo me encogí de hombros.
-Tenía que ser ella, ¿no? ¿Quién si no?-replicó, sonriendo y mirándome. Me limité a poner los ojos en blanco.
-¿Has visto a Puck?
El rostro de Faith se ensombreció un momento. A nadie le gustaba no ser de utilidad, y ella sabía que no lo era en ese instante.
-No-confesó, bajando los hombros y agachando la cabeza, casi humillándose ante mí, como si fuera un miembro de la realeza. Luego, a su rostro volvió todo color y alegría, como si hubiera recordado de repente que estaba en mitad de una celebración, y le importara bien poco lo injustificada que esta fuera-. ¡Sabía que habían cometido un error juzgándote! ¡Siempre has sido la mejor de nuestra sección!
Me separé de Taylor y le puse las manos en los hombros. Le hablé en voz baja, haciendo que me contemplara con atención, que me escuchara, que fuera consciente de lo mucho que me preocupaba aquella situación.
-Faith-susurré, Taylor dio un paso hacia nosotras. Yo miré hacia atrás, negué con la cabeza, deseando que se quedara donde estaba, y conseguí que me leyera la mente-. Tienes que centrarte. Esto no es una fiesta. Han entrado en nuestra Base. Han secuestrado a gran parte de los nuestros...
-¡Y están bien! ¿Quieres buenas noticias para calmarte? De acuerdo, ahí van-replicó sonriente-: ¡no volverán a atacarnos! O, al menos, no esta noche. Relájate.
-Esta mañana he cruzado los suburbios cuando éstos estaban en silencio y he tenido que saltar una valla electrificada que nunca se electrifica, Faith. He visto cómo ponían una bomba en nuestra casa. He salido a buscar a gente que normalmente me dirigía a mí, y no al revés. He matado a varios hombres. Y he descubierto que los que nos faltaban estaban encerrados en la azotea, para que cuando tuvieran demasiada hambre decidieran lanzarse al vacío y conseguir una muerte más rápida y un poco más digna. Así que, ¿cómo no voy a estar preocupada?
Todo brillo de alegría en los ojos de mi compañera y amiga había desaparecido.
-¿De verdad los tenían ahí arriba para que se suicidaran cuando no lo soportaran más?
-O para mandar a los pájaros a por ellos. Así que tenemos que estar preparadas para todo. Y está claro que nadie aquí lo está-alegué, señalando a un grupo de runners que no paraba de gritar y reír con unas cervezas en la mano. Ni siquiera me pregunté de dónde las habían sacado, pues el comercio ilegal entre nosotros era algo innegable.
Bajó la cabeza y frunció el ceño. Su labio inferior se asomó, valiente, sobre el superior.
-Y... ¿por qué...?
-¿Por qué nos han atacado?-me encogí de hombros-. Para coger algo que nosotros les robamos primero.
Abrió los ojos como platos, y yo asentí con la cabeza.
-¿Los que cogiste de la Central?
-Seguramente, y con todos estos-hice un gesto con la cabeza al grupo de borrachos en cuestión, a una pareja enrollándose contra la pared, uniendo sus lenguas más por fuera de sus boca que por dentro- no voy a poder encontrar a Puck y asegurarme de que no han encontrado nada de provecho.
Ella asintió con la cabeza.
-¿Qué puedo hacer por ti?
Medité mi respuesta un segundo. Notaba la impaciencia bullendo en el cuerpo de mi novio, que, sin embargo, no se movió un milímetro. Estaba esperando órdenes, como si yo fuera su jefa y pudiera decirle qué hacer y qué no.
Me pegué más a mi confidente e, inclinándome a su oído, musité:
-Cuando estaba fuera, me encontré con dos runners. Se las han llevado para interrogarlas. Quiero que entres en la sala donde las tengan y te enteres de lo que pasa. ¿Podrás?
Faith asintió con la cabeza, contempló a Taylor un momento y terminó por irse sin tan siquiera decir adiós.
Taylor alzó las cejas, sorprendido por aquella falta de consideración con él.
-¿Le he hecho algo?
-No; le he hecho ver lo poco tensa que estaba con todo esto, y lo que merece que se preocupe.
-Eres persuasiva.
-Es una de mis muchas cualidades.
-¿Seguro que son muchas?-replicó él, pero yo no le escuché, estaba demasiado ocupada decidiendo que era una mentirosa y que debía arreglar todo aquel lío en cuanto pudiera antes de que fuera demasiado tarde y se liara todo mucho más.
Le cogí de la mano y tiré de su brazo con la mano libre para asegurarme de que me seguía. Luego, bajamos por las escaleras, que seguían atestadas de gente, y desde las cuales se veía a muchos amigos reencontrándose y abrazándose, parejas llorando porque no se habían alejado el uno del otro lo suficiente como para que la muerte hiciera mella en su relación... y no pude por más que sentirme identificada, a pesar de lo que había hecho con el “nosotros” en el que nos resumíamos Taylor y yo.
-Cyntia-dijo él por fin, tirando de mí y apartándome un mechón de pelo de la cara-. No corras tanto. Puck no se habrá ido a ningún sitio.
-Necesito encontrarle-musité.
-Y yo necesito decirte algo-contestó él, un poco molesto. Puse los ojos en blanco y me di la vuelta, preparada para que me preguntara por qué me había comportado de forma tan rara durante aquella temporada comprendida entre el fallo de aquella misión mía a manos del ángel (me negaba en redondo a pronunciar su nombre en mi cabeza, de hecho no pensaba en él ni tan siquiera como algo con nombre). Tomé aire, bajando los hombros y mostrándome lo más receptiva posible.
-¿Sí?
-Me alegro de que tú fueras la primera cara que vi cuando pensé que a partir de entonces nada iba a salir bien.
Me quedé de piedra, sin saber qué decir, mientras en sus ojos se dibujaba el beso que terminó regalándome. Mi boca no se movió, mis labios no se mostraron receptivos, pero a él no le importó.
Era demasiado bueno para mí.
Y todo por culpa del ángel.
-Yo... m... me alegro de... que estés... ya sabes. Bien-me encogí de hombros, abrazándome a mí misma, sintiendo un frío repentino helarme los pulmones y paralizando mi corazón.
Él pensó que quería que me abrazara, lo que complicó todo mucho más, ya que accedió a mi deseo imaginario y me cubrió de nuevo con su cuerpo. Me besó la cabeza, cosa que antes me encantaba y, de repente, no sabía por qué, apenas lograba soportar. Me separé de él sin saber qué hacer, me aclaré la garganta, apartándome de paso el pelo de la cara y señalé al pasillo que tenía a mi espalda con el pulgar.
-Creo que... deberíamos... buscar a Puck.
-Me parece bien-convino, separándose de mí para darme un poco de espacio. Me conocía demasiado bien como para saber que no soportaba que me agarraran cuando estaba en una de mis misiones; y aquello era una misión en toda regla para mí.
Peinamos todas las zonas temiendo que Puck no apareciera nunca, pero terminó haciéndolo donde yo no lo esperaba, y donde todo el mundo miraría primero: su despacho.
Ni siquiera había llamado a la puerta antes de dar la patada y entrar como quien va por terreno conquistado.
-¿Sí?-se limitó a preguntar Puck, con el tono servicial propio de un cactus.
Mi suspiro de alivio le irritó.
-¿Qué quieres, Kat?
Decidí dejarme de cosas educadas y me acerqué a su escritorio. O, más bien, al montón de hojas con el que había empapelado su escritorio.
-¿Sabes si falta algo?
Puck negó con la cabeza mientras se mordisqueaba el pulgar.
-Aún no, pero... no pueden haber entrado para nada.
-Te sorprendería lo imbécil que puede llegar a ser la poli-contestó Taylor, apoyado contra el marco de la puerta y con los brazos cruzados. Estaba listo para la acción.
-Yo mismo me encargué de poner a salvo todo lo posible cuando se cortó la luz, antes de que nos llevaran arriba.
-¿Quién os llevó arriba? ¿Lo sabes?-espetó Taylor con una brusquedad que me sorprendió.
-¿Tú no?-repliqué, volviéndome. Negó con la cabeza.
-Perdí el conocimiento. Creo que me golpearon. Y cuando me desperté... estaba en la azotea.
-Ya estabas allí cuando nos metieron a nosotros también-respondió Puck.
-¿Cómo pueden haberos metido sin que opusierais resistencia?
-Kat, por favor. No me digas que no crees que el Gobierno no haya desarrollado aún alguna tecnología con la que controlar a la gente.
La idea de que pudieran haber entrado en su cárcel sin oponer resistencia me horrorizó. La única libertad que compartía con el resto de la gente, la libertad que conservaban los ciudadanos de a pie, era la de sus propias acciones. La de elegir. No podían hacer eso.
Claro que tampoco podían controlar lo que sus ciudadanos pensaban, y la cosa es que los habían convencido de que no eran los villanos, sino los héroes, así que, ¿por qué no?
-Tenemos que hacernos con eso.
-Primero tenemos que hacernos con el inventario-murmuró Puck, pasándose una mano por la cabeza y bufando-. Algo tiene que faltar.
-¿Y qué si falta?-intervino Taylor-. ¿No lo tienes guardado todo en el ordenador?
Puck asintió con la cabeza.
-Casi todo, sí.
-¿Cómo que casi? ¿Qué quieres decir con “casi”, Puck, joder?-ladré yo. Los ojos de mi vigilante estrella se clavaron en mí.
-Es evidente, muñequita, que no iba a meter los papeles que trajiste de la Central de Pajarracos en mi ordenador. Y mucho menos con las barreras de seguridad como las tenemos.
-Me están empezando a tocar los huevos los de informática, Puck-gruñó Taylor. Pero yo ya estaba apartando todos los papeles y saltando sobre el escritorio de mi vigilante. Lo agarré por el cuello de la camiseta y tiré de él hacia mí.
-¿Qué coño quieres decir con que no lo has metido en el ordenador? Dime que no eres tan gilipollas como pareces, Puck.
-No está en el ordenador, Kat.
-Entonces puedes dejar de buscar. Ya sabemos qué es lo que te han cogido-respondí yo, bajándome de la mesa y saliendo de allí con aires de superioridad.
Tenía que salir porque si no lo cosería a tiros.
Y lo peor de todo fue que Taylor ni siquiera me siguió, sino que se quedó allí, ayudando a Puck a encontrar los papeles que había sacado de la Central.
Los papeles que no estaban.
Los que había robado la policía.
Esos papeles cuya ausencia fue a confirmarme por la noche, cuando las familias que estaban en nuestras habitaciones las abandonaron y fueron trasladadas a otros lugares.
Lo peor de todo es que no me preocupó nada en absoluto que no estuvieran los papeles. Necesitaba venganza, y ahora tenía una excusa.
Mañana por la mañana saldría en busca de Louis. Cogería una de sus plumas y quedaría con él. Llevaría la pistola escondida, esperaría a que viniera, confiado en que me tenía atada de pies y manos, enamorada de sus mentiras...
… y le dispararía.

No me devolvería los papeles, pero tendría la conciencia tranquila. Algo fundamental para dormir por las noches.

jueves, 6 de febrero de 2014

Miguel de Unamuno.

Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuando les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea mío.

sábado, 1 de febrero de 2014

Moras.

Decidí que no me gustaba nada correr con el corazón a mil por hora, más preocupado de no volverse loco por la ansiedad que por el hecho de estar corriendo sobre el límite de mis posibilidades.
No me gustaba en absoluto ir corriendo preocupada por otra cosa que no fuera mi propia vida o mi propio culo, que no hacía más que bambolearse mientras yo enloquecía, literalmente, pensando en lo que nos estaba esperando en casa. Era tal la ansiedad y el pánico absoluto por no saber qué era exactamente lo que aguardaba en la Base, como un dragón enjaulado esperando su alimento del día, que ni siquiera sentía la pluma que siempre llevaba en el pecho, por dentro del sujetador, clavándose en mi piel y arrancando pequeñas gotitas de sangre de vez en cuando, si no tenía cuidado. Tampoco sentía, por tanto, la bola balanceándose de un lado para otro, ni podía estar agradecida de que mi pequeño descubrimiento no desapareciera.
Cuando llegamos a los barrios más cercanos a nuestro edificio, Blondie había dejado de jadear. Todo el viaje había cubierto el silencio del aire silbando a nuestro alrededor con su respiración ahogada, pero en esa ocasión, la devastación invisible que nos encontramos a nuestro paso hizo más de lo que a ella, y a mí, le hubiera gustado permitir.
Nos bajamos de los tejados, seguras de que ya nadie nos perseguía (la poli ni siquiera había acertado a enviar a sus helicópteros tras nuestra pista), y caminamos por las calles en absoluto silencio. No intercambiamos ni dos palabras; cada una miraba la parte de la calle que más cerca la quedaba; en ocasiones giraba sobre sí misma para asegurarse de que todo aquello era real y no un sueño, y luego apretaba el paso hasta alcanzar a la otra, que había visto algo relativamente interesante. Una se agachaba a examinar un cristal roto, poniendo cuidado de no cortarse con sus bordes, se levantaba y se lo mostraba a su compañera.
Y así funcionaban las cosas.
Caminando entre montones humeantes más muertas que vivas. Poco nos faltaba para cojear de alguna pierda y gruñir palabras ininteligibles exigiendo cerebros, como habían hecho las películas que tanto gustaban a principios de milenio.
Las vallas seguían sin electrificar: cada vez estaba más segura de que había sido una medida de emergencia que ya no se consideraba necesaria. La corriente eléctrica no había sido otra cosa que un aviso de que a partir de ahí habría guerra, una guerra duda, encarnecida como pocas habían conocido los cuerpos de policía que habían entrado a por nosotros. Era evidente que no eran expertos en el trato con los runners, pues de haberlo hecho habrían entrado directamente a la Base, jugando el factor sorpresa en la medida de lo posible, y luego se habrían ido desperdigando por las casas, matando tanto a mujeres como hombres y niños, temiendo que alguno de nosotros hubiera conseguido refugiarse y clamara venganza con el puño alzado, sosteniendo fuertemente un hacha que acabaría adornada con sangre, rubí, escarlata, negra, brillante.
Podía imaginarme perfectamente a una figura sobre un montón de cadáveres, clamando su rabia al aire, mientras el arma homicida desafiaba a los astros, hambrienta de carne humana y sedienta de una sangre que corría por el brazo del justiciero. Podía imaginar perfectamente su ira, que barrería todo como una supernova nada más explotar; podía imaginar sus ojos barriendo todo lo que se encontraba a su alrededor, en busca de supervivientes, una nueva víctima a la que hincarle el diente... podía imaginar su trenza aún más roja por el líquido de la victoria, sus ojos verdosos, sus facciones duras, sus tatuajes negros a un lado, mostrándose tímidamente bajo los coágulos que empezaban a formarse... el gato asomando en su hombro en señal de identificación para aquellos compañeros que habían caído en la batalla.
Yo sería la encargada de matar a todo aquel que había hecho lo que acababa de ver con los barrios marginales de la ciudad, los circundantes a nuestro hogar.
Incluso podía sentir ya el calor de las vísceras de mis enemigos.
Al primero al que abriría en canal sería al ángel por osar jugar conmigo de aquella manera y hacer de mí todo lo que yo había aborrecido.
Pagaría caro el corromperme.
Estaba dispuesta a colgar sus alas blancas con manchas de escarlata en la pared de mi habitación, dejar la puerta abierta a modo de museo y fardar de lo que había hecho: de cómo le había arrancado las alas al ángel mientras aún estaba vivo, de cómo había ignorado sus gritos y le había mostrado lo que le acercaba a la divinidad separado de él, arrastrándolo de nuevo a una humanidad perdida que yo no tendría con él.
Sumida en mis fantasías de venganza, que se veían aumentadas con la lupa del dolor y la preocupación, apenas pude percatarme de que había llegado a la parte de arriba de las vallas. Sentada sobre el fino tope, me permití un momento para girarme, contemplar los diferentes componentes de lo que yo consideraba mi casa, cambiados de una manera tan sutil que era casi imperceptible y todo estaba igual, y decidirme a contar todo lo que había sucedido entre el pájaro gigante y yo.
Me comprenderían.
Tenían que hacerlo.
Yo era parte de la familia, y nunca se abandona a la familia.
No les había traicionado; que hubiera pensado en ello no me convertía en una traidora.
Salté de la valla y fui detrás de Blondie, que desenvainó su pistola y pegó un par de tiros al aire, en señal de que había que tener cuidado.
Bueno, sí, en un principio había sido una traidora, o al menos había pensado en ello. Pero ahora que tenían a las otras runners y que sabían del poder de convicción de los ángeles (eran verdaderas máquinas de la seducción, preparadas para atacar los puntos más débiles de nuestra personalidad, aprovecharse de ellos y volverlos contra nosotros), no podían culparme de nada.
El problema sería Taylor, sin embargo, estaba segura de que no tendría inconveniente en la misión que cobraba forma en mi cabeza, pasando de ser una nube que sumía en la oscuridad todo debajo de sí a una lluvia que terminaba llenando un recipiente invisible, cobrando forma, y helándose.
No, no tendría problema alguno en acompañarme a hacerme con un pavo para trinchar aquella noche.
Yo misma empujé la puerta para entrar en la Base. Blondie y yo nos sorprendimos de que no hubiera nadie vigilando, pero quisimos creer que era que estaban demasiado ocupados buscando a nuestros vigilantes y los compañeros perdidos como para que alguien tuviera la preciosa idea de ser el portero.
Dejamos nuestras armas en los paneles preparados para ello y borramos nuestros nombres del panel de salidas mientras algo se movía detrás de nosotras. Fue una sombra, algo percibido por el rabillo del ojo, más sentido que visto.
Aun así, hizo que me diera la vuelta y apuntara directamente a donde había visto el movimiento. Una muchacha salió con la pistola en alto, encañonándome. Tenía un lado de la cabeza rapado; por el otro unas mechas violetas le caían hasta la mandíbula. Se apartó las moras aplastadas de su pelo con una sacudida de la cabeza y murmuró:
-¿Quiénes sois?
-Kat, sector 34. Saltos.
-Blondie, sector 18. Persecución-dijo mi compañera, que no se había inmutado de la presencia extraña. No sostenía ninguna pistola, y mostraba las palmas de las manos en señal de absoluta tranquilidad y confianza en la del pelo frutas del bosque. Cruzó los brazos en actitud sarcástica y alzó una ceja fina. Los mechones de pelo más rebeldes se encargaron de darle un aspecto fiero, y yo comprendí su tranquilidad. No cogía ninguna pistola porque sentía que no la necesitaba.
-Blueberry-dijo la chica, y entendí a la perfección por qué había elegido ese mote-. Sector 29. Todavía sin catalogar.
-¿Es que eres nueva?
-Soy demasiado buena en varias cosas; las suficientes como para no saber cuál resaltar.
-Acechar debe de ser una de tus cualidades favoritas-respondí yo, sarcástica. Ella sonrió.
-Sí, y también soy buena hiriendo-bajó la vista-. Bonitas piernas. ¿Son tuyas?
-Suelo utilizarlas de vez en cuando, sí, pero confieso que en la policía están los verdaderos dueños-espeté.
-Baja el arma, Blueberry-dijo Blondie. Blueberry abrió los brazos y dejó que el arma cayera al suelo. Rubia y pelirroja dimos un brinco, creyendo que podría darnos, pero la chica era más lista de lo que parecía; su astucia la superaba incluso cuando creías que no iba a hacerlo, lo cual era mucho decir, especialmente porque se las había ingeniado para colocarse detrás de nosotras sin que nos percatáramos de que estaba allí. No le había quitado el seguro.
Yo se lo puse a la mía y la devolví a donde la había cogido. Me incliné ligeramente hacia atrás, notando el duro acero descubierto arañando la piel de mi espalda.
-¿Dónde están todos?-inquirió Blondie, siguiendo a Blueberry por los pasillos. La del pelo morado había echado a andar sin mediar palabra, tal vez esperando que la siguiéramos o tal vez queriendo que la dejáramos en paz. Sea como fuere, el caso es que la puerta quedó abandonada, cosa que no me gustó en absoluto.
-Buscando a los vigilantes y los que faltan. No estamos seguros de quiénes están fuera y quiénes están dentro. Podrían ser 20 o 200.
-Dudo que haya 200 vigilantes aquí-respondí. Pelo Morado se dio la vuelta y me dedicó una mirada envenenada que dejaba entrever todo el amor que sentía hacia mí. Sí, me hubiera pegado un tiro de haberla provocado. Sí, habría dejado caer la pistola apuntándome de haber quitado el seguro. Pero el caso es que yo estaba viva, respirando, y no podía hacer nada para impedirlo.
-Faltan casi 300 personas.
-Eso suena a mucho.
-Teniendo en cuenta que muchos de los del trabajo de campo estaban fuera, no. El problema es que gran parte de los que faltan son de los que se quedan aquí cuando tú vas a revolcarte con tíos alados-replicó Blueberry. Blondie contuvo una risita. Quise abofetearlas a las dos.
-¿Qué es lo que te fastidia, Blueberry? ¿Que retoce con tíos alados y no seas tú, o que no esté desaparecida?
-Creo que lo último, pero no estoy segura.
-¿Han llegado ya Night y el de la mochila con las dos runners?-preguntó mi compañera de investigación, metiéndose entre nosotras dos para evitar que llegáramos a las manos. Blueberry asintió.
-Hace un rato. El peregrino cogió a las chicas y se las llevó a las salas de interrogatorios. Seguramente se estén montando un menage a trois ahora mismo-había cierta condescendencia en sus palabras. ¿Le gustaba el de la mochila, el peregrino en cuestión?
-Dudo que esté preparado para interrogar a nadie-murmuré.
-Yo lo que dudo es que esté preparado para salir a la calle y correr por edificios si va con una mochila a la espalda. No puede estar bien de la cabeza-corroboró Pelo de Batido Multifrutas.
-Dijo que era de aerodinámica. Ya los conocéis. Son de reserva. Seguramente esa fuera la primera vez que salía de casa y quería estar preparado-meditó Blondie, llegando una parte de las escaleras encharcada en sangre. Recordé al tal Percy, el que había regalado todo su líquido vital al suelo, y la cabeza comenzó a darme vueltas. Tuve que apoyarme en la barandilla para seguir el ritmo de las demás.
-Son repulsivos-murmuró Blueberry.
-Eh, venga. Tú también tuviste tu primer día.
-Sí, pero yo me entrené en ejercicios de preparación de verdad. Fui aspirante, no como ellos, que son los cerebritos de cada familia y no sirven para más que para hackear ordenadores.
-De no ser por ellos, Blueberry-replicó Blondie, posiciónandose de mi parte y consiguiendo mi amor infinito por ello-, nosotras no podríamos cumplir muchas de las misiones que cumplimos.
-Hay gente que a pesar de ellos no consigue cumplirlas-y me miró de tal manera que tuve que aferrarme con fuerza aún mayor a la barandilla, luchando por no engancharme de su cuello.
-Para tu información, yo ya tenía los papeles y ya había salido de la Central cuando el ángel me encontró.
-Di más bien cuando te ofreciste al ángel.
-Qué vas a saber tú. ¿Acaso estabas allí?
-No hace falta saber mucho sobre ángeles ni haber escuchado demasiado de la conversación de las runners extranjeras como para imaginarse lo que sucedió realmente.
-De no ser por Kat, todavía estaríamos buscando a nuestros vigilantes en la ciudad.
-Oh, sí, debemos agradecerle tener que buscarlos aquí dentro. ¿No os habéis planteado la posibilidad de que os hayan mentido? ¿Por qué fiarnos de la policía justo ahora?
Blondie y yo nos miramos.
-Porque tú no viste la cara de ese chico cuando confesó qué había pasado realmente antes de que Kat lo rematara-murmuró en tono críptico la rubia. Blueberry se volvió con los brazos en jarras.
-Les enseñan a mentir. Y a nosotras a no creérnoslo. Y, sin embargo, aquí estamos: haciendo lo que ellos querían, buscando donde nos han dicho...
-Están aquí-la corté yo-. Es lo único que tiene sentido. No sé cómo, han conseguido encerrarlos y tenerlos aquí todo este tiempo. Si se los hubieran llevado, lo habríamos sabido.
-¿No te parece raro que lleven aquí tanto tiempo y que no nos hayamos cuenta?
-No, si contamos con el hecho de que no habíamos hecho nada para no perderlos de vista realmente. Ellos están aquí y punto. Lo sé.
Aún con el malestar del recuerdo de la sangre y la cara del muchacho congestionada y bañada en esta, adelanté a las dos muchachas, que se quedaron mirándome, y caminé en dirección a los pisos superiores. Estaba decidida a encontrar a Taylor costara lo que costase, y en el menor tiempo posible.
A medida que íbamos escalando, la actividad también lo hacía. Cada vez había más runners en los lugares; unos incluso se habían metido en el gran salón donde celebrábamos las reuniones a las que tenía que asistir todo el mundo, tratando de dilucidar si los vigilantes estaban amordazados, o peor aún: inconscientes. No había otra explicación a que no pudieran comunicarse con nosotros.
No hubo suerte, por descontado, en ninguno de los casos de búsqueda interior. A cada minuto los ánimos decaían y la búsqueda se volvía descuidada cuando todos comenzábamos a llevarnos por la desesperación.
Había perdido hacía bastante tiempo a Blondie y Blueberry de vista; cada una yendo en direcciones diferentes y deseándose suerte más por el bien común que por el propio o porque nos gustáramos entre nosotras (mi gusto por Blondie era verdadero, mi deseo de éxito para Blueberry no era más que una fórmula de cortesía murmurada sin prestar atención), por lo que me encontraba sola en la búsqueda, y eso no me ayudaba en nada. La soledad hacía que mis pensamientos resonaran en mi cabeza con volumen de gritos que yo no podía detener. Casi prefería tener los pinganillos en las orejas y escuchar el barullo de fondo que había oído cuando salí en aquella expedición de la Base.
Me choqué varias veces con aprendices asustados, y algunos que ya no lo eran y que temblaban de terror ante la visión de la luna alzándose sobre el cielo lanceado de la ciudad. Las siluetas de los edificios más altos arrancaban pedazos de la reina de la noche, consiguiendo que pareciera que un gran monstruo le había dado un mordisco con dientes irregulares.
Pero yo tuve que agradecerle a la luna que me inspirara para seguir buscando.
Estaba abriendo todas las habitaciones a base de patadas y empujones. Las de arriba estaban totalmente vacías, pero no por ello no se cerraban de todos modos. Los runners que habían estado allí se habían preocupado más de guardar a las familias en las habitaciones de las plantas bajas para facilitar su traslado que de llevarlos a sus habitaciones verdaderas. Además, no había tanta gente para llenar todos los dormitorios... cosa que les agradecía.
De modo que allí estaba yo, notando cómo mis articulaciones lloraban de dolor cada vez que las sometía a mi rabia por mi búsqueda infructuosa, cuando fue la propia ciudad que tanto amaba y a la que tanto asco tenía la que me dio la respuesta.
Me encontré en una habitación con los cristales más grandes de lo habitual. Una fina capa de polvo lo cubría todo, y estuve segura de que hacía años que no se abría, aunque la solución parecía simple: el cristal tan grande, aunque antibalas, no pararía a un ángel si le diera por entrar en nuestra Base. Podría usar esa entrada...
… o podría escaparse por ella.
Louis reconocí yo para mis adentros, notando la rabia palpitando en mi interior. La pluma clavada en mi pecho ardía, pero yo no le daba importancia. Me preocupaba mucho más controlarme y no salir inmediatamente a por él, hacerle pagar por lo que me había hecho, por tratar (y conseguir) utilizarme de aquella manera.
Fui una imbécil queriéndole, pero rectificar era de sabios.
Por instinto, me acerqué a la cristalera y pegué las manos en ella. Miré hacia abajo, calculando el tiempo de caída, los daños que me provocaría (sólo uno: la muerte. Fin de la partida y de la cavilación), y el tiempo que tardaría él en abrir las alas y la altura a la que lo haría.
Mi respiración creaba pequeñas nubes en la ventana que la empañaban y emblanquecían.
Y así, con el cristal empañado, alcé la mirada, buscando una señal que me ayudara a seguir con lo mío.
Y la encontré.
Justo en frente de mí, en la oscuridad total que manaba del cielo y que luchaba contra la luz terrenal, se alzaba el edificio más grande de la ciudad, el más alto y el más majestuoso. Era el símbolo del poder, el orgullo del Gobierno. Se controlaba todo desde allí.
Se llamaba el Cristal por haber sido el primer edificio en adoptar la estética preeminente en la ciudad y cubrirse al completo de ventanas que le hacían resplandecer como la joya suprema de la corona que, efectivamente, era.
El Cristal era lo suficientemente alto como para partir la Luna en dos mitades si se observaba desde el ángulo correcto.
Y yo estaba en ese ángulo.
Me quedé sin respiración, maravillada y horrorizada a la vez ante aquella visión fantasmagórica y amenazante. El Gobierno podía incluso partir los astros, si quería.
Mis ojos escalaron a una velocidad desconocida la superficie negra como el carbón del edificio que llameaba en su base gracias a sus congéneres, que emitían luz suficiente para hacerlo brillar.
Y, en la cima de aquella montaña artificial y escuálida, había una luz. Roja.
Como me habían entrenado a mí para ver los caminos por los que había de ir.
Nunca en mi vida creería que tendría que agradecerle al Gobierno nada; pero en ese instante agradecí en gran medida aquellas luces rojas que hacían que los aviones evitaran a toda costa aquella bestia que cortaba la noche a modo de cuchillo.
Los que faltaban estaban en la azotea.