martes, 23 de julio de 2013

Tres años.

"Tal vez sea porque soy jodidamente lenta, pero, mientras veía el vídeo, me di cuenta de que no es simplemente otra estúpida canción de amor, y el solo de Louis está como dedicado a las fans. Ellos siempre nos recordarán por hacer sus sueños realidad y el apoyo incondicional que les brindamos en todo lo que hacen, y nosotros los recordaremos porque jamás fallaron en sacarnos una sonrisa, incluso en los momentos más oscuros, y nos hicieron sentir sentir como que nunca estaríamos solas. Gracias, Zayn, Harry, Louis, Liam y Niall por ser simplemente vosotros mismos y salvar mi vida."
 Puede que yo no haya estado desde el primer momento, que hasta años después no supiera de la importancia de ese 23 de julio de 2010, a las 8:22 pm. Pero sé de la importancia de este 23 de julio. Tres años juntos. Tres años haciéndome reír, tres años haciéndome enorgullecerme de tal manera que parezco su madre, tres años de risas, de luchar por lo que quiero, por quererlos a ellos, tres años de esperar con impaciencia cada cosa nueva que vayan a sacar, de amar todas y cada una de sus fotos, los vídeos, reírme sin parar con los vídeo diarios. Bailar como ellos, cantar a su lado. Yo no he estado estos tres años, pero sé que han sido increíbles, porque he estado casi dos. Dos es suficiente para saber que ellos son increíbles, cinco minutos lo son, pero ni 30 años serán suficientes a su lado.
Cada vez que me pongo los auriculares y empieza a sonar una de sus canciones, nada malo me puede pasar. Cada vez que escucho sus voces, me siento a las puertas del cielo. Cada vez que los veo sonreír, una sonrisa automática, espontánea, me cruza la cara a mí también. Me hacen feliz, les quiero como nunca antes había querido a nadie y como probablemente no vuelva a querer. No me avergüenzo de decir que son mis ídolos, mis pequeños idiotas, mis cinco idiotas de las escaleras. No me avergüenzo de decir que gracias a ellos vivo la vida con más alegría, menos cosas me hacen daño, hay menos lágrimas y más risas. No me avergüenza decir que estaré con ellos hasta el final. Es una promesa, y yo cumplo mis promesas. Los recordaré, como ellos, a su manera, me recordarán a mí: no sabrán de mí, tal vez nunca me vean, pero sabrán que hay miles de personas apoyándoles y recordándoles si algún día todo esto se acaba. Y yo estaré entre ellas, yo estaré en sus recuerdos. Les recordaré de una manera distinta a como ellos me recordarán a mí.
Se supone que ellos tienen que agradecerme a mí y a las demás el que hagamos posible que sus sueños se cumplan. Pero las demás también les damos las gracias por estar ahí, apoyándonos sin saberlo, queriéndonos sin conocernos, ayudándonos a sonreír, iluminando los días más oscuros y haciendo que las nubes se vayan. Esos "massive thank you" también son recíprocos. Esas pequeñas cosas también son para ellos, ellos también son nuestro amor de verano, nosotras también podemos quererlos más que los demás. Nosotras también les recordaremos, les daremos las gracias por decirnos "atreveos a soñar".
Hoy cumplen 3 años juntos. 3 años en los que yo solo puedo dar las gracias precisamente por eso, porque están juntos, porque existen. Por estar ahí.
Se escribe "One Direction ya llevan tres años juntos", se pronuncia "orgullo" y se siente "y esto es sólo el principio".

viernes, 19 de julio de 2013

Vine a ganar, sobrevivir, prosperar, alzarme. Volar.

Estiré un poco las piernas y bostecé, alzando la vista hacia el sol que se empeñaba en calentarnos con su perezosa luz, que parecía decir de todo menos este año tendréis un verano caluroso, tal y como decían en todos los partes meteorológicos. Pues vale.
Miré mis cartas, comprobé que no era mi turno y esperé a que Zayn echara otro mínimo montón de monedas de plástico típicas de los casinos a aquella cordillera que intentaba parecerse al Everest mientras los gritos de Noemí y Harry llegaban desde la casa.
-¡Llevas meses haciendo lo que te da la gana! ¡Antes incluso de llegar aquí! ¡No me toques más los cojones, Noemí!-bramaba Harry. Un plato se rompió. Liam levantó la vista, negó con la cabeza y colocó sus cartas en orden. Estaba seguro de que tenía un as; nunca hacía eso cuando no tenía un as.
-¿Qué habrán roto ya?-preguntó Niall, fingiéndose indiferente. Terminé por desabrocharme el último botón de la camisa y lo miré. Él se me quedó mirando un segundo el tatuaje que me cruzaba todo el pecho. Le había gustado, había terminado admirándolo aunque, desde luego, él no se lo haría.  Recordé que había sido Daphne la que, inconscientemente, me había empujado a hacerlo.
Llevaba días muy pesada con irnos a la cama, y yo todavía sentía que no estaba preparado para ello. Simplemente en mi interior se plantaba una sensación de solidaridad con Eri: sentía que la estaba traicionando en todas las escalas posibles, y el sexo era el único pedestal sin mancillar que aún le quedaba. No me apetecía ponérselo tan en bandeja a la griega.
Todavía no.
Nuestra relación era lo que era, cierto que teníamos nuestras pequeñas dificultades (ella lo había pasado muy mal cuando dejé Londres para irme de tour por Inglaterra, y ahora que tenía un par de días libres no le daba la gana verme, decía que así se pondría peor), pero no podía pretender que tuviéramos lo que había tenido con Eri. Mi relación con ella había sido lo que había sido, lo de Daphne era lo que era. Y no había más que hablar.
Para tenerlo claro y que ella lo entendiera, pero sobre todo para recordarme a mí que no tenía nada que hacer si pretendía buscar una conexión mínimamente parecida a la que teníamos la española y yo, me había tatuado esa frase en el pecho. Cada mañana, cuando me levantaba e iba a lavarme los dientes, era lo primero que leía. Y me hacía recordar quién era, qué hacía, qué quería y, sobre todo, a quién.
Zayn se pasó una mano por el pelo, tiró otra moneda más y miró a Liam, que se retiró. Dejó caer las cartas sobre la mesa y negó con la cabeza.
Mi mano era pésima. Como casi siempre. Pero era bueno con los faroles. Como siempre.
Me pasé una mano por la barbilla y esperé a que Niall decidiera qué iba hacer. El irlandés mantuvo su apuesta, pero siguió en el juego. Liam sonrió mientras me miraba.
Noemí se cagó en la madre que parió a Harry entre las cuatro paredes. Posé la vista en el agua de la piscina; de repente, me apetecía mucho bañarme.
-¿Creéis que lo tendrá?-pregunté, alzando las cejas y decidiendo si seguía adelante con mi farol. Si quería ir de duro por la vida, debería subir la apuesta, pero me estaba quedando sin fichas y la necesitaría para otra partida.
Zayn y Liam se miraron un instante.
-Yo creo que no. Está poniéndose muy terca con ir con nosotros por el mundo, y está claro que embarazada no estará para muchos trotes-Zayn se encogió de hombros, esperando a que yo decidiera qué hacer. A regañadientes, lancé una moneda hacia el montón, con tanta fuerza que la saqué de la mesa.
-No me toquéis los cojones. Nos está volviendo locos. A los cinco. Qué paciencia tiene Harry-negué con la cabeza, alcé las cejas y bufé. Niall se encogió de hombros.
-Yo creo que lo tendrá. De mala gana, pero lo tendrá.
-No me la imagino abortando, la verdad-repliqué, pronunciando abortando como si fuera veneno en mi boca a escupir. Comprendía que la gente en ocasiones no pudiera tener un bebé y decidiera matarlo antes de que naciera, pero si el pequeño venía sano, no tenías por qué no darle una oportunidad. No había hecho nada, era una criatura inocente. Si no podían ocuparse de él, para algo estaban las agencias de adopción, que se encargarían de entregárselo a una familia que pudiera cuidarlo, darle el cariño que no conocería en su vida.
Nosotros podríamos cuidar al crío entre todos, aunque no fuera nuestra responsabilidad. Eso, si Noemí lo tenía, y no decidía matarlo.
-Pues yo sí-replicó Zayn, encogiéndose de hombros y sacando la caja de cigarros del bolsillo. Me tendió uno, que yo acepté, encantado de poder destrozarme los pulmones sin que ninguno de los chicos me dijera nada-. Últimamente se está volviendo muy caprichosa.
Se rompieron varios platos en la cocina. Me llevé la mano a los ojos y me los restregué mientras Liam negaba con la cabeza y se levantaba.
-Voy a ver qué les pasa.
-Que se están matando, eso les pasa-contesté yo-. Siéntate ahí. No podemos ser cuatro, y mucho menos tres.
Liam se sentó a regañadientes, con los ojos entrecerrados fijos en las enormes ventanas de la cocina. Suspiré, me giré, y justo vi otro platillo volante dispuesto a abducir al primer ser vivo que encontrara.
-¿QUÉ HACES, SO LOCA? ¿QUIERES MATARME?-ladró Harry. Me levanté de un brinco, tiré las cartas encima de la mesa, sin importar que los demás pudieran interpretar que así abandonaba la partida y fui hasta la cocina. Estaba hecha un desastre: platos rotos por todos lados, alacenas abiertas a modo de escudo, Noemí en una esquina con una pila de cubiertos y demás utensilios, preparada para hacer de ellos balas para la pistola en que se había convertido su brazo, y Harry acurrucado detrás de la mesa, jadeante.
Aparté de mí la sensación de ternura que me inspiraba el vientre de Noemí.
-¿PODÉIS CERRAR LA PUTÍSIMA BOCA? ¡ESTOY INTENTANDO JUGAR LA PÓKER!
Los dos se me quedaron mirando sin atreverse a decir nada. Me di la vuelta girando sobre mis talones y me encaminé hacia la puerta de la terraza. Oí otro plato romperse.
-¡¡¡¡¡¡¡ME CAGO EN MI MADRE!!!!!!!-bramé con toda la fuerza de mis pulmones, sin darme la vuelta-. UN RUIDO MÁS Y VAIS A CONOCERME CABREADO.
Me senté en la mesa y terminé de fumar el cigarro. Luego extendí la mano, retirándome de la partida y declinando jugar más, y cogí el enorme libro de 1500 páginas que había terminado comprando en una gasolinera de la que venía de Doncaster justo después de contarle a mi familia que volvía a estar soltero Me había parecido impresionante que tuvieran un libro así de gordo, pero no contaba con algo muy importante: era Stephen King, y Stephen King vendía.
Así que abrí la tapa del libro, busqué el marca páginas y continué leyendo, dando lentas caladas al cigarro, disfrutándolo al máximo. Niall protestó porque había vuelto a perder. Justo en ese momento, Harry llegó hasta nosotros. Cogió una mesa y se sentó entre Zayn y yo.
-¿Qué lees, Louis?
Cerré el libro para que contemplara la portada, el payaso plasmado en ella, y el enorme IT en mayúsculas debajo de Stephen King a modo de reclamo publicitario. Abrió la boca.
-¿Qué tal está?
-Tiene que estar bien para que Louis se atreva con semejante tocho.
-Tiene buenas referencias-repliqué, encogiéndome de hombros. No tenía por qué leerlo, recordaba que había pactado con Eri hacerlo a cambio de que ella hiciera algo que ya no podía recordar, pero... sentía que le debía eso, a ella y al libro.
Los chicos se me quedaron mirando un segundo. Era evidente que ya no se acordaban de que Eri había leído este libro en septiembre del año pasado, pero era normal porque a) Eri leía muchísimos libros y b) sólo yo podía llegar a tener una lista mental de los libros que leía sin pretenderlo si quiera.
-Eri-dije a modo de explicación. Su nombre seguía quemando en mi garganta cada vez que lo pronunciaba, pero cada vez era un dolor menos lacerante, más... soportable. Los chicos abrieron la boca a modo de respuesta, queriendo decir que todo empezaba a cobrar sentido, y siguieron con su partida.
Zayn se puso a repatir las nuevas cartas mientras Harry me miraba por encima del hombro. Cada vez que exhalaba el aire, se echaba un poco hacia un lado para que no le molestara.
-¿Quieres que lo apague?-le pregunté sin mirarle; el pasaje estaba muy interesante. Un par de niños eran perseguidos por un leproso/hombre lobo con chaqueta de fútbol americano. Impresionante. Ahora entendía por qué Eri se había obsesionado tanto con aquel libro. No era para menos, porque para que me gustara a mí y su tamaño no me desanimara...
-No, da lo mismo.
-¿Qué pasaba con Noemí?-pregunté como quien no quería la cosa, aunque yo era el que más sabía de la situación; no en vano había entrado en la cocina a poner orden. Era increíble cómo podía cambiar el chip en un segundo y pasar del miembro al que menos le importaban las cosas de la banda al que podía detener una bronca monumental en cuestión de segundos.
-Nada, tonterías con el bebé.
-¿Cuánto hace que no folláis?-espetó Zayn de repente. Niall alzó la cabeza para mirarlo, con una mirada desaprobatora en sus dos zafiros. No pude evitar sonreír mientras Liam se fingía indiferente, eligiendo qué carta escoger para ganar la partida. Estaban jugando a otra cosa. Chasqueé la lengua; tal vez me interesara jugar la siguiente partida, dependiendo de cómo se desarrollara.
-¿A ti qué te importa?-gruñó Harry, tratando de darle una colleja, sin éxito.
-Dejemos a Harry, y pasemos a Louis.
Alcé las cejas y miré a Liam, que sonreía con malicia. Qué hijo de puta.
-¿Ya te has tirado a Daphne?-preguntó Niall. De repente todos estaban muy interesados en mí.
Suspiré.
-No-dije, incorporándome un poco y volviendo al libro. Tuve que levantar la vista otra vez; sus miradas me quemaban. No se lo creían. Abrí los brazos e hice una mueca-. Tíos, cuando me folle a Daphne-si es que lo llego a hacer-, seréis los primeros en saberlo. Puede que incluso los únicos-alcé una ceja, pensativo, terminando el cigarro y quitándomelo de la boca. Me pasé una mano por la mandíbula; tenía que afeitarme, la barba ya empezaba a hacer acto de presencia.
-Es que estamos preocupados, Lou-se explicó Harry. Lo miré con el ceño fruncido-. Por si pierdes práctica.
-Llevas mucho tiempo, ¿y si se te olvida y no te acuerdas?-aventuró Niall.
Tuve que aguantarme las ganas de descojonarme. Había estado mucho más tiempo sin hacerlo cuando todavía no conocía a Eri. Había estado dos meses antes de tirármela, a los que se añadían los que habían pasado desde que recaí en lo de Hannah. Podía aguantar ese tiempo, y podía aguantar más. Estaba seguro. Además, tampoco llevaba tanto, ¿no?
-Vete a la mierda, Horan-repliqué, tirándole el paquete de tabaco que Zayn no había guardado aún, y echándome a reír. Los chicos estallaron en sonoras carcajadas.
Eché cuentas, y me quedé helado al comprobar que hacía más de un mes que no sabía nada de Eri. Justo en el momento en que iba a comentárselo a los chicos (qué raro, ¿no creéis? Llevo un mes sin noticias de Eri), escuché pasos detrás de mí. Me giré. Noemí venía caminando con la mayor dignidad posible. Su vientre ya apenas se disimulaba; trataba de ponerse camisetas de Harry con la esperanza de no tener que comprar ropa de premamá, pero las camisetas habían dejado de surtir efecto hace mucho tiempo. Harry se puso rígido.
-¿Qué?
-Necesito hablar con Louis.
-¿Conmigo?-espeté, incrédulo. Asintió.
-Sí, Louis, contigo.
Miré a los demás, que me animaron a ir para averiguar qué pasaba con gestos oculares o faciales. Cerré el libro, me levanté, me abroché la camisa y seguí a la cría dentro. Me guió hasta el salón, por donde Arena correteaba feliz y contento.
-¿Qué pasa?
Encima de la mesa había unos papeles. Me rasqué la nuca, intentando adivinar qué querría Noe de mí. Ella se sentó en el sofá y me indicó que hiciera lo mismo. Me senté a su lado, pero cuidando de dejarle espacio para evitar que se sintiera invadida o incómoda, ella o su bebé.
-No sé si Harry os ha contado por qué nos estábamos peleando, pero...
-Nos hacemos una idea, tranquila-repliqué, cogiéndole las manos para que dejara de frotárselas contra los vaqueros. Estaba poniéndome nervioso.
-El caso es que... he cambiado de opinión respecto al pequeño. Ya no estoy segura de que sea lo mejor... tenerlo-susurró con un hilo de voz, mirando los papeles de encima de la mesa. No pude evitar mirarlos.
-¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
-Cosas-murmuró, tragando saliva con dificultad. Claro. Sabía que iba a llorar. Necesitaba convencer a alguien a quien le fuera indiferente que se echara a llorar en ese tema, por eso me había ido a buscar a mí. Si conseguía convencerme a mí, los demás irían sobre ruedas. Yo era el hueso duro de roer, y Noe estaba probando su dentadura.
-¿No crees que es un poco tarde para... eso?
No iba a pronunciar aquella palabra. No con ella delante. No con un bebé en camino frente a mí. No.
-Seguramente tú también lo harías si supieras lo que yo sé.
-¿Lo sabe Harry?-espeté apresuradamente, antes de filtrar lo que acababa de decirme y darme cuenta de lo que estaba insinuando. Que yo también decidiría matar  uno de mis hijos.
-No puedo contárselo, Louis.
-Pues deberías hacerlo, nena. Él es el padre, no yo. Él debe saberlo.
-Tengo miedo que se lo tome como algo personal.
-Yo me tomaría como algo personal que mi novia embarazada de mí decidiera que la final no quiere tener ese bebé-repliqué, levantándome-. Y te equivocas. Yo no lo mataría.
-Sí. Lo harías si estuvieras en mi misma situación.
-¿Tú crees?
Sólo podía imaginarme teniendo hijos con Eri, algo que iba a ser un poco complicado, dado que me era imposible dejarla embarazada si no tenía ni puñetera idea de dónde estaba. Además, estaba el tema de Daphne. No era mi estilo ir poniendo cuernos por ahí.
La sola idea de matar a un hijo mío me repugnaba, pero que encima ese hijo estuviera en el vientre de Eri, le daba al pensamiento un nuevo nivel de asco. Me estremecí, cerré las manos en puños. No iba a dejar que me convenciera, no iba a ser cómplice de un asesinato. Simplemente no.
Sorbió por la nariz mientras yo empezaba a alejarme, esquivando al puñetero conejo de Alba, que no hacía otra cosa que ponerse siempre en medio.
-¿Ni siquiera si estuviera enfermo?
Me detuve en seco, y me giré a mirarla. Lágrimas del tamaño de ruedas de camión le bajaban por la cara.
-¿Cómo que si estuviera enfermo?
Asintió con la cabeza.
-Tiene síndrome de Down, Louis-musitó, echándose a llorar. Yo me quedé muy quieto, igual que haría si de repente me encontrara en mitad de la selva con un puma acechándome.
-Pero, ¿eso no es genético? Tú y Harry sois...ya sabes... estáis sanos.
-Sí, es genético, pero es por tener más cromosomas de los normales. Uno más-susurró, tendiéndome los papeles. Recordaba vagamente haber estudiado algo así en clase de ciencias, pero... yo me pasaba la clase de ciencias haciendo aviones de papel y tirándolos por la clase cuando el profesor no miraba.
Cogí los papeles y me senté a su lado, le tendí un pañuelo y me puse a leerlos. Había mucho vocabulario del que usan los médicos; vocabulario al que 21 años de conocer a mi madre me habían terminado acostumbrando. Noemí tenía razón; en una pequeña caja de tinta ponía que el pequeño venía con síndrome de Down. El aborto sería posible si se solicitaba en un plazo de hasta una semana.
-¿Cuándo te ha llegado esto?
-Ayer-susurró-, la abrí antes del concierto. No quise decirle nada a Harry para que no se preocupara.
Miré la fecha del matasellos; no era de ayer, era de anteayer. Otra cosa era que nos la hubieran enviado a la ciudad donde estábamos, lo que nos hacía perder más tiempo aún.
-¿Por qué quieres abortar?
-¡Porque está enfermo!-gritó, limpiándose las lágrimas después.
Bufé.
-¿Por eso?
-¿No lo entiendes, Louis? No es sólo que esté enfermo. Le harán sufrir. Si ya la gente se metía con Liam y él era normal, ¿qué le harán a mi bebé? No quiero que sufra. No voy a parirlo para que sufra. Y luego estamos Harry y yo. Seguramente vivamos más que él. Y ningún padre quiere sobrevivir a su hijo.
Me quedé sentado, mirando cómo el conejo bebía agua graciosamente. Tragué saliva.
-Tienes que hablar con Harry.
-No puedo.
-Tienes que hacerlo, Noemí, no es cuestión de poder o no. Tienes que hacerlo, se merece saber esto.
-¿Es tu consejo? Porque te elegí a ti de entre todos porque eres el mejor dando consejos.
Sí, seguro.
Asentí con la cabeza, pasándome una mano por el pelo. Se sentó, se limpió las lágrimas y miró también al pequeño animal, que vivía ajeno a todo. Él jamás tendría las preocupaciones por las que nosotros teníamos que pasar. Por primera vez, sentía que alguien estaba sufriendo a un nivel igual o incluso superior al mío, porque, ¿qué era peor que perder a tu alma gemela, aparte de tener que dar muerte a tu hijo aún no nato?
-Tienes que decírselo a Harry-repetí antes de que desconectara, porque sabía que iba a hacerlo Yo llevaba haciéndolo muy a menudo últimamente. Lo mejor cuando tenías un virus en el ordenador era apagar la conexión a Internet.
Me detuve un segundo a pensar que era de Internet de lo que se alimentaban mis recuerdos. Entonces, ¿eso hacía de la española un virus y de la griega el antivirus? Me estaba liando mucho. Necesitaba salir de allí.
-Noe.
Me miró un segundo. Me senté a su lado y le cogí las manos:
-Escúchame, ¿vale?-asintió con la cabeza despacio. La estaba perdiendo, lo sabía, se le veía en los ojos-. Tienes que hablar con Harry... antes de que pase el plazo. Juntos encontraréis una solución.
-¿A ti no te ofendería si estuvieras en su situación?
Alcé las cejas, incrédulo:
-¿Ofenderme? ¿Por qué?
-Porque... bueno... al fin y al cabo sería tu bebé-se puso roja como un tomate. Negué despacio con la cabeza, aprovechando  de aquella voz que llevaba años ejercitando: la voz de hermano mayor ultra comprensivo, que jamás dejará que hieran a sus hermanas pequeñas.
-Si te he entendido bien, insinúas que Harry podría pensar que es culpa suya. Y no lo es. No es culpa de nadie. Y lo sabes.
Se acarició el vientre despacio. Todo aquello debía de ser muy difícil.
-¿Se enfadará?
-Yo no lo haría-me encogí de hombros. Conocía bastante a Harry, y un enfado suyo no me preocupaba más que que pudiera deprimirse, directamente. Tenía miedo de lo que podría pasar, pero también tenía miedo de que Harry se sorprendiera al ver que el bebé no era exactamente como él esperaba.
-Te diré lo que vamos a hacer-le dije, inclinándome hacia ella para infundirle ánimos. Le gustó ese gesto por mi parte-: os dejaremos solos en casa. Y vosotros decidiréis qué hacer, ¿vale?
Asintió con la cabeza, yo le limpié las lágrimas con los pulgares, la besé en la mejilla y le pedí que no llorara.
-Voy a decírselo a los demás.
-Vale-susurró con la voz rota, la voz de quien está a punto de perderlo todo... la voz de una madre a la que le acaban de decir que su único hijo ha muerto.
Sentí un nudo en el estómago mientras me levantaba del sofá, intentando hacer caso omiso de mi voz interior que me exigía a gritos que me quedara con ella y la protegiera de todo mal que podría haber en el mundo.
Estaba saliendo del salón cuando me llamó.
-¿Louis?
-¿Sí?
-Gracias... por todo-se limpió las lágrimas que se negaban a desaparecer. Sonreí.
-No se merecen, mujer.
-No entiendo cómo Eri ha podido alejarse de ti, Lou, en serio. Si eres... un sol. Con todo el mundo.
Mi sonrisa se hizo más ancha. No estaba solo en medio del océano, en el horizonte se dibujaba el contorno de una pequeña isla donde una persona diminuta agitaba sus brazos, animándome a remar hasta allí.


Terminé despidiéndome de los chicos a los pocos minutos de salir de casa. Cada uno había encontrado una cosa diferente que hacer para entretenerse; Liam quería ir de compras, Niall había decidido dar una vuelta con Victoria, aprovechando que la galesa estaba en la ciudad por unos exámenes en los que yo no tenía ningún interés (necesitaba ser sincero, había sonreído como un imbécil y le había dicho a Niall que me alegraba de que tuviera a su chica allí, pero eso no quería decir que quisiera que me contara toda la historia, simplemente quería estar solo para irme a hablar con Daphne, y punto) y Zayn... había mencionado algo de quedar con Perrie para suplicarle por millonésima vez que se hiciera un tatuaje, algo a lo que la chica se negaba. La verdad es que me parecía típico: Zayn se tatuaba, Perrie se cambiaba el color del pelo. Si ella no se quejaba de la forma que tenía de adornarse él, ¿por qué el intentaba cambiarla? Me había limitado a negar con la cabeza, divertido cuando Zayn confesó lo que se proponía, le había dado una palmada en la espalda y le había deseado buena suerte, porque sabía que iba a necesitarla para no fracasar estrepitosamente. Fracasaría igual, pero lo haría de una manera más suave.
Así que allí estaba, cruzando calles, sorteando coches y personas a partes iguales, dirigiéndome a casa de mi chica mientras montaba un discurso en mi cabeza, esperando que Daphne no me interrumpiera demasiado porque, si lo hacía, lo perdería y discutiríamos (si en algo superaba la griega a mi española, era que la griega Además, estaba el tema de la chica que estaba en el estudio de grabación al que habíamos ido para preparar Best Song Ever. Me daba la impresión de que la había visto en alguna otra parte; aquel pelo corto por la mandíbula me resultaba muy familiar. Se había tapado con gafas de sol nada más salir de la sala del micrófono y rapear como pocas personas lo harían la parte de Nicki Minaj en Fly, de Rihanna. Los chicos habían tenido que llamarme varias veces la atención para que me centrara en los folios subrayados a varios colores; cada color representaba la voz que lo interpretaría. Pero es que lo hacía tan bien... Tenía una voz dulce en la parte de la de Barbados, pero dura cuando llegaba la de la rapera. Me encantaba, me recordaba mucho a lo camaleónica que podía ser Eri, pero aquella chica sólo tenía talento en el ritmo. No cambiaba la voz, siempre era la misma. Nos sonrió, nos deseó suerte y se marchó después de dirigirse un minuto al que se encargaba de mezclar las partes. Mis ojos se habían clavado en el tatuaje de Sept que llevaba en la nuca, justo debajo de la raíz del pelo que, al estar tan corto, se dejaba ver. Un centímetro más lo taparía. Llevaba desde que la vi preguntándome por su significado, y pensando que para mí Sept, 7 en francés, tenía también un significado muy importante.
En resumen; no hice más que comerme la cabeza durante mi paseo.
Una vez llegué al edificio, tuve que mandarle un mensaje a Daphne preguntándome en qué piso vivía. Siempre se me olvidaba; tenía demasiadas cosas en la cabeza en que pensar, demasiadas palabras en un orden específico creando una frase con una ritmo y una entonación, como para dedicarme a memorizar pisos y direcciones. Bastante había hecho ya aprendiendo a llegar solo a su edificio.
Daphne, escribí en WhatsApp mientras lo acompañaba de un mono rascándose la cabeza. Ella me contestó con un simple signo de interrogación. Le mandé un lacasito riéndose.
Dios, ¿qué habrás hecho ya?
No me acuerdo de tu piso.
Un lacasito suspirando antes de la frase: Ana está bajando. Espera a que salga.
Vale. Subo ahora.
Guay, vas a conocer a alguien. Espero que vengas decente.
Yo SIEMPRE vengo decente.
Tú NUNCA eres decente un lacasito guiñando el ojo cerró la frase. Estaba a punto de contestarle cuando la puerta se abrió, y la rusa la cruzó bramando una canción de Bruno Mars.
-CAUSE YOU MAKE ME FEEL LIKE I'M LOCKED OUT OF HEAVEN FOR TOO LONG, FOR TOO...
Alcé las cejas, mirándola.
-Cada día estoy más seguro de que deberíamos llevarte a algún concurso de talentos, Anastasia-dije. Ella sonrió, arrastró la basura un par de metros, la echó en el contenedor y se me quedó mirando, a su lado.
-¿Me enchufarías en tu discográfica?
Me encogí de hombros.
-Puede ser. Aunque la experiencia me ha enseñado que los enchufes no son 100% efectivos-repliqué. Inclinó la cabeza hacia un lado, hizo una mueca y suspiró.
-Tal vez tengas más suerte la próxima vez.
Asentí, sumido en mis pensamientos. Empujé la puerta con la espalda y subí con ella en el ascensor, como había hecho ya más veces. Anastasia se adelantó para abrir la puerta, se asomó un poco y le preguntó algo a Daphne. Daphne le contestó gritando.
-¡Sí! ¡Entrad!
Anastasia abrió la puerta lo suficiente para que nuestros cuerpos entraran y nos metimos dentro.
-Dani, ¡DANI!-gritó Daphne, corriendo inclinada detrás de una criatura que apenas levantaba unos palmos del suelo-.-¡PARA, POR FAVOR! ¡PARA! ¡DEVUÉLVEME EL MÓVIL!
-¡MÓVIL!-bramó el tal Dani, celebrando la palabra como celebraríamos un gol en la final del mundial de fútbol. No pude evitar sonreír.
-Dani-ronroneó Anastasia, agachándose encima de sus tacones y abriendo los brazos-, dame un abrazo.
-¿De quién es este? ¿Tuyo o de Daph?
-De Daph. Pero me quiere más a mí.
-Vete a la mierda, Ana-replicó Daphne, levantándose y yendo a darme un beso en los labios. El crío se quedó alucinado, se acercó a mí y tiró de la pernera de mi pantalón para llamar mi atención.
-Hola-susurró, volviéndose tímido en milésimas de segundo. Le regalé una tierna sonrisa. Era clavado a Daphne. Daphne se inclinó, lo cogió en brazos y le plantó un beso en la mejilla. Se aseguró de que lo tenía bien sujeto y me señaló con la cabeza, haciendo que en la habitación llamearan un segundo destellos rojizos, ya que un haz de luz se colaba por una ventana y apenas hacía de foco en una parte de la pared.
-Dani, este es Louis. Louis, Daniel. Es mi hermano-susurró.
El pequeño me tendió la mano, que yo le estreché encantado, mientras mi mente funcionaba a toda velocidad: ¿qué iba a hacer? No podría convencer a Daphne de que no se cabreara conmigo (porque se iba a cabrear) con el crío allí. Había pensado seducirla como había hecho la última vez, pero, claro, no contaba con tener un público tan joven.
-Encantado-le dije, intentando hacer tiempo. Dani asintió.
-Encantado-repitió. Miró a Daphne-. ¿Me bajas, Daph?
-Claro, tesoro-replicó la chica, besándolo de nuevo en la mejilla y posándolo en el suelo. Anastasia nos miró un segundo, murmuró una excusa entre dientes y desapareció detrás del crío. Lo cogió de la mano, se lo llevó a una habitación y cerró la puerta. Daphne se giró sobre sus talones y me miró. Le puse un mechón de pelo detrás de la oreja y ella me sonrió a modo de agradecimiento.
-Te he echado de menos.
Decidí no andarme con rodeos, soltar la bomba y largarme corriendo con la esperanza de que la bomba expansiva no me alcanzara.
-Pues vas a tener que seguir haciéndolo, nena. No tengo buenas noticias. Aunque me imagino que ya las sabrás.
Asintió con la cabeza, me tomó de la mano y nos dirigimos al sofá.
-Me voy de tour, Daphne-anuncié una vez mi culo estuvo en un lugar seguro. Se mordió el labio, llamando a un oscuro instinto mío que dejó caer en algún rincón perverso de mi mente que a mí también me apetecía morderle el labio.
-¿Y cuándo vuelves?
Eché cuentas.
-En... junio. A principios, creo. Tenemos una semana libre. Y luego nos vamos a América.
-América-replicó ella, pensativa, dejando que la palabra flotara entre nosotros varios minutos.  Tragó saliva con dificultad, yo me incliné a besarla, ella me devolvió el beso, pero no parecía demasiado contenta con la situación. Yo no sabía si lo estaba: sorprendentemente me había vuelto loco al no tenerla, creía que iba a tener tiempo de aclarar mis ideas mientras nos íbamos de gira por Inglaterra, pero, desde que me había separado de ella, en lo único que había pensado había sido en que la echaba terriblemente de menos... porque no hacía más que pensar en Eri. La española era como el sol en un día de verano, y Daphne la amable nube que se interponía entre tú y los rayos ardientes, procurando que nada te quemara.
-Lo que hemos estado juntos ha...-empecé a excusarme, apelando a su  corazón para que no se enfadara, o algo peor. No la había visto llorar nunca, y me temía que eso hiciera que sus lágrimas dolieran aún más que las normales.
-Han sido dos semanas, si con "juntos" te refieres a "físicamente". Si no ya... llevamos casi un mes.
Asentí con la cabeza. Los días en que no  nos habíamos tocado sabían a poco... como siempre que la distancia hacía acto de presencia en una relación.
-Escucha-dije, cogiéndole las manos y obligándola a mirarme a los ojos. Los bosques profundos de escocia que se adivinaban en su verde parduzco me infundieron respeto y admiración-. Han sido las dos mejores semanas de este mes.
No estaba mintiendo.
-No sé por qué, pero eso no suena  a suficiente.
Me quedé callado un momento, ella se inclinó hacia mí, me acarició el cuello y me besó en los labios muy despacio. Me gustaba que me besara así, pero ya no me gustaba tanto lo que estaba intentando. Destruir mis barreras desde dentro. No. No iba a ser la Troya del siglo XXI.
-Quiero hacerlo-susurró, como si no me hubiera dado cuenta antes. Como si fuera imbécil.
-No estoy preparado, nena.
Quería seguir perteneciéndole a Eri en ese nivel el mayor tiempo posible; a pesar de que ella hubiera dejado muy claro que no tenía intención de volver, una mínima parte de mí se aferraba a la esperanza de que apareciera de la nada. Y yo no quería haberla traicionado en todo lo posible cuando eso sucediera.
Hizo una mueca de disgusto.
-Sabes que estas conversaciones suelen ser al revés, ¿no?
-Y tú sabes que las superestrellas solemos salir con gente a la que no le da asco nuestra fama, ¿no?
Aquello no era del todo cierto, pero la mayoría de parejas no famosas de la gente como yo fingían que les daba igual la fama de su pareja. Sabía que había gente a la que no le gustaba en absoluto, pero tenían que aguantarse si querían estar con la persona que querían... o tal vez  fueran puros celos.
-No me da asco tu fama-replicó ella, apartando la vista. Un silencio llenó la habitación. No dije nada; sabía que iba a explicarse.
-Me da asco lo que implica-dijo por fin, clavando la vista en la televisión apagada durante tanto tiempo que llegué a pensar que podría haberme vuelto loco y no darme cuenta de que estaba encendida.
-¿Que es...?-la animé. Me miró a los ojos.
-No verte.
Me quedé callado un momento, estudiándola.
-Te quiero. Daphne.
Sonrió, con aquella sonrisa en la que los dientes mordían el labio inferior que tan tierna me parecía. Le acaricié la pierna, pensando que tal vez las cosas no fueran a ir tan mal, al fin y al cabo. Terminé estrechándola entre mis brazos, pues no me merecía la suerte que tenía.
-Te invitaría a venir, pero como tienes trabajo y eso...-y no vamos a mencionar el hecho de que me extrañaría que quisieras venir de tour conmigo, dado que tuve que ponerte contra la pared y utilizar todas mis armas de destrucción masiva para conseguir que fueras al único que fuiste...
-Ya-replicó. Una pequeña lágrima, valiente como pocas cosas en este mundo, se deslizó por su mejilla.
-¿Por qué lloras, Daphne?-era increíble; podía odiarme a mí mismo más de lo que ya me odiaba-. ¿Porquen o quiero hacerlo o porque me tengo que ir?
-Un poco pro las dos cosas-se limpió las lágrimas en vano; las gotas le dibujaban líneas negras que le daban a su rostro un aspecto de máscara veneciana-. Es por ella, ¿verdad?
No iba a mentirle. No ahora. No a ella. No después de todo lo que había pasado. Si la conocía, si estaba allí, si ella sufría, era porque yo había mentido tiempo atrás. Una mentira me había metido en ese lío. Y de ese lío no saldría con otra, sino con la verdad.
-Sí-asentí tras suspirar. Lo era. Todo era por ella. No quería hacerlo con Daphne porque era lo último que le pertenecía a Eri, más un fantasma en mi pasado que algo que realmente sucedió. Si no hubiera habido sentimientos de por medio, lo haría, pero simplemente no me parecía que estuviera listo para entregarme en el monopolio de mi cuerpo a otra que no fuera la que no estaba-. Sí, es por ella. No puedes pretender que olvide lo que tuvimos con lo largo y fuerte que fue en tan sólo dos semanas de abrazos y besos, Daph.
Se me quedó mirando, había odio y otra cosa que no pude identificar en su mirada, mezclándose a partes iguales. Escondió la cara entre las manos y murmuró, en medio de un sollozo:
-¿Qué me estás haciendo?-cerró los ojos y volvió a limpiarse las lágrimas con la yema de los dedos-. Si fueras cualquier otro, te mandaría a la mierda y te echaría de casa a patadas por esto.
Me callé, porque era exactamente lo que debería hacer. Pero no quería que lo hiciera. La quería. Había aprendido a quererla aun con la sombra de Eri acechando desde el aire. Lo único que tenía que hacer era no levantar la cabeza.
Arrugó la nariz y frunció el ceño, reflexionando un poco.
-Prefiero ser el segundo o tercer plato a no ser nada tuyo.
-Eso me conmovió. Le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí. Se acurrucó contra mi pecho.
-Espero que puedas entenderlo.
-Yo también.
-Lo siento.
-Ojalá no tuvieras que decirlo.
-Pero tengo que hacerlo; y lo hago. Lo siento.
-Ojalá bastara-replicó, mirándome a los ojos con sus esmeraldas moteadas. Sin embargo, no se deshizo de mi abrazo.
De momento bastaba, a duras penas, pero bastaba.
Vivir a la sombra de Eri tenía que ser muy duro.

domingo, 14 de julio de 2013

Un camino de mil millas empieza con un solo paso.

Por un código de honor que ninguno habíamos establecido y que ninguno seguía casi nunca, nos habíamos ordenador por orden de edad para dirigirnos a nuestros mánagers, lo que me hacía entrar en la sala de reuniones del centro neurálgico de Modest! el primero. Les dirigí una tímida sonrisa, pidiendo permiso, y avancé por la habitación lo justo y necesario para que los demás chicos entraran. Harry fue el último, y se encargó de cerrar la puerta de cristal, que haría las veces de barrera antibalas por si surgía una revuelta que quisiera acabar con nuestras vidas.
Vale, no. Si nos pegaban un tiro lo único que conseguirían, además de matarnos, sería romper el cristal y llenar el edificio con el estruendo y los trocitos desperdigados. No obstante, de vez en cuando estaba bien creer que eras el protagonista de una película de James Bond.
Apoyé las manos en el respaldo de una de las sillas estratégicamente colocadas alrededor de la mesa y miré a los demás. Zayn parecía molesto porque no podía fumarse ningún cigarro allí dentro; Liam se había envarado de tal forma que parecía estar en el ejército mientras le pasaban lista, las manos entrelazadas caídas, colgando al final de sus brazos; Niall se mordía las uñas mirando a su alrededor, preocupado porque no nos habían informado de lo que nos iba a pasar allí dentro; Harry fruncía el ceño y se pasaba los dedos por los labios, distraído. Teníamos que comprarle un poco de vaselina para que se le quitara esa costumbre.
Todos se me quedaron mirando a mí, con una sincronización que asustaba, porque era la sincronización que se esperaba de todas las bandas de música encima del escenario o en los vídeos... la sincronización de la que carecíamos en One Direction.
Asentí con la cabeza. Tenía cuatro hermanas de sangre. Y cuatro hermanos de alma. Estaba acostumbrado a las familias numerosas, y ser el portavoz. Me aclaré la garganta y dirigí una mirada a nuestros mánagers; Joe seguía con nosotros; pero la chica de mirada dulce y boca fruncida en un perpetuo gesto de cálculo era nueva. Habían echado al gilipollas de Max después de que yo dejara caer mis bombas venenosas hacía menos de una semana. Era el último regalo que le había hecho a Eri, a pesar de no tenerla físicamente conmigo.
-Nos habíais llamado, ¿no?-pregunté, intentando sonar lo más tranquilo posible, a pesar de que en mi cabeza resonaban dos palabras.
Se acabó, se acabó, se acabó, se acabó.
Y tenían una acústica genial para tener eco.
La chica nos indicó con un gesto de la mano, la palma abierta hacia arriba, que nos sentáramos en la mesa. Miré a los chicos un segundo, indeciso; normalmente prefería estar de pie, las huidas eran más rápidas. Liam cogió una silla, la apartó un poco y se sentó. Nos miró a todos, pidiéndonos en silencio que lo imitáramos. Terminamos haciéndolo, algunos de mala gana, otros agradecidos por tener una oportunidad de esconder cómo les temblaban las piernas.
-Tenemos noticias para vosotros, chicos.
Parpadeé, esperando a que continuara. Sabía de sobra que si no empezaba pronto con su discurso, Joe terminaría cabreándome y haciendo que enloqueciera allí dentro.
-Y son buenas-añadió la chica, cuyo nombre siempre olvidaba. Tendría que apuntármelo en la mano, o incluso pedirle que usara un cartelito como los de las dependientas de las tiendas pijas de Doncaster.
-Estamos negociando con el estudio para que iniciéis vuestro tercer disco.
Harry y yo intercambiamos una mirada de un extremo al otro de la mesa, estupefactos e ilusionados. Liam tragó saliva y frunció el ceño, inclinándose hacia delante y mirándonos a todos alternativamente. Todo aquello parecía haberle puesto sobre alerta. La verdad era que a mí tampoco me gustaba demasiado que nos hubieran llamado precisamente cuando estábamos empezando la segunda gira: necesitaríamos descansar. Se les veía venir. Querrían que grabáramos en nuestras tardes libres, tardes que se suponía que utilizaríamos para descansar y dedicarnos a nuestros asuntos personales.
-¿Cuándo vamos a grabar?-preguntó Zayn, jugando con su botella de agua, enroscando y desenroscando el tapón azul. La chica frunció un poco más los labios. O no estaba de acuerdo con la política de la empresa, que aún desconocíamos, o no quería contárnoslo todavía.
-Eso está por decidir todavía...-dudó Joe, mirando a su compañera. La chica se aclaró la voz.
-Os prepararíamos un pequeño estudio de grabación en el autobús, para que vayáis haciendo maquetas y viendo qué es lo que mejor suena. Luego, en algunas paradas de vuestra gira, podríais ir a un estudio en el que haríais la versión oficial de la canción.
-¿Y cuándo empezamos?-inquirí, alzando una ceja y echándome hacia delante. Se acabó el estar medio tirado en la silla. Estábamos negociando, nuestro tiempo libre estaba en juego... y no me iban a quitar mis tardes de tumbarme en el sofá a tocarme los huevos y jugar a la Play con Liam a la vez. Eso sí que no. Las tardes de Play eran sagradas.
Intercambiaron una mirada. La chica se ajustó las gafas mientras Joe se levantaba y se servía un café. Sentí los ojos de todos los trabajadores de Modest! clavados en nosotros, atravesando la puerta de cristal.
-No hay mucha prisa. Tenemos pensado que lo lancéis en Navidades de este año.
-Como con Take Me Home-murmuró Niall. Ella asintió, haciendo un gesto con la mano en su dirección, el mismo que había hecho para que nos sentáramos. Debía de haberlo patentado por una millonada y necesitaría sacarle partido.
-Y Up All Night aquí-observó Harry. Asentimos con la cabeza.
-Algo por el estilo, chicos. El caso es que, como ya sabéis, This Is Us está empezando a tratarse en post producción. Tenemos pensado lanzar varios tráilers, que se unirán en uno solo en junio.
Fruncimos el ceño.
-Ah. ¿Y?-espeté yo. Ya me estaban cabreando. Zayn me dio una patada para que me relajara debajo de la mesa. Joe sonrió, dando un sorbo de su café y limpiándose con el dorso de la mano las pocas gotas que habían escapado a su boca.
-Queremos preparar una sorpresa para el tráiler final.
-¿Que será...?
Como me hicieran formular otra pregunta les rompería la cara. Me ponía enfermo tanto jueguecito y tanta gilipollez.
-Una canción.
Alcé las cejas y volví a tumbarme. Abrí la botella de agua y di un sorbo mientras Harry preguntaba pausadamente:
-¿Cuál va a ser?
-Se titulará Best Song Ever. Pondremos unos segundos de la canción.
Sonreí.
-¿No es un poco pretencioso el título? Best Song Ever. Ya me imagino los titulares-negué con la cabeza.
-Los creídos de One Direction sacan una canción que es la mejor del mundo-susurró Niall, abriendo la palma de la mano y extendiendo un cartel de aire que sólo él podía leer, tocar, ver.
-Los creídos de One Direction escalan las primeras posiciones con su mejor canción-Liam miró al cielo, siguiendo el ascenso de nuestra canción, la mejor canción de la historia, por las listas más poco exigentes del mundo.
-Los creídos de One Direction...-empezó Harry, pero la chica nos cortó.
-Basta-clamó con voz autoritaria sin levantar demasiado la voz. Era la típica chica a la que yo le cogía perfecto asco en el instituto. Y no me esforcé en demostrar que me gustaba poco más que Max-. La canción se titula Best Song Ever no porque lo sea, sino porque habláis de otra canción, la que vosotros consideráis que es la mejor de la historia.
Liam frunció el ceño.
-¿Tenéis la letra por ahí?
-Bailamos toda la noche con la mejor canción de la historia, nos sabemos la letra, pero ahora no la recordamos-citó Joe de memoria. Aquello sí que era un mánager, no los carcamales que nos acompañaban a las entregas de premios y que se creían que les debíamos todo nuestro éxito a ellos, cuando ellos lo único que hacían era esforzarse por conseguir más y más fans. Yo sólo le debía a mis fans lo que tenía, no a ellos. Ellos me representaban, sí, trabajaban para que yo tuviera un buen trabajo, pero eran demasiado egocéntricos y se negaban a pensar en que trabajaban para alguien, para el mismo grupo de personas que trabajábamos los chicos y yo. Se creían que nos daban de comer, que les daban de comer a los fans, cuando era todo lo contrario. Y eso me reventaba, era lo único que odiaba de mi trabajo: la gente que se cree que está salvando vidas cuando le están echando una mano para que no se hunda y se ahogue.
Liam hizo sobresalir ligeramente su labio inferior en relación al superior mientras arrugaba la nariz. Zayn redujo el ritmo de su juego; Niall lo miraba distraído y Harry contemplaba un punto fijo.
-Suena... bien-susurró Liam.
-No es tan pretencioso como parecía al principio-asentí con la cabeza, mostrándome de acuerdo.
-Ya deberíais estar acostumbrados a todo lo que os hacen, chicos-replicó la chica, alzando una ceja y quitándose las gafas, limpiándoselas con un trozo de tela que sacó cuidadosamente de la funda en la que las guardaba.
-Una cosa es que nos odien por hacer lo que queremos y otra muy distinta es ir nosotros pidiendo el odio por la calle-replicó Harry. Todos asentimos con la cabeza.
-Entonces, ¿aceptáis?
-Deberíamos echarle un vistazo primero, pero... a mí me gusta la idea-Niall se encogió de hombros, metiendo las manos entre sus piernas y mirándonos alternativamente a Harry y luego a los demás, que estábamos a su derecha-. ¿Chicos?
Imité su gesto sin meter las manos entre las piernas mientras Zayn murmuraba que estaba de acuerdo y Liam asentía enérgicamente con la cabeza.
-De acuerdo entonces-Joe se inclinó en la mesa y apuntó algo con un lápiz. Golpeó la parte trasera de éste contra la hoja bajo la atenta mirada de su compañera y volvió a levantar la vista-. Tenemos otra noticia.
-¿La colonia?-preguntó Liam. Él había sido el encargado de recibir los tweets pidiendo que sacáramos una fragancia, al igual que Justin Bieber.
-Ah, sí-se rascó la cabeza, enredando aún más sus rizos negros-. Sí, eso... ¿no lo hemos hablado ya, chicos?
Asentimos con la cabeza.
-Está ya preparándose, haremos un acto de presentación después de que la probéis... y...-revolvió unos papeles. Su compañera le tocó el brazo en un gesto tan tierno como poco profesional. Alcé una ceja, y miré a los chicos preguntándome si habían visto lo que yo. Zayn y Niall me devolvieron la mirada. Sí, a ellos también las parecía que allí había algo más que una simple relación profesional.
-Estamos negociando las posibilidades de un tour para 2014. Lo iniciaríais a principios de año.
Sonreímos.
-¿Por dónde?
-Aún no está claro. Es, por supuesto, para presentar el nuevo disco a los fans. Dado el tremendo éxito del que acabáis de empezar, no dudéis en que nos interesa que sigáis haciendo conciertos por el mundo.
Mi sonrisa se hizo tan ancha que empezaron a dolerme las comisuras de la boca.
No pude evitar levantarme y quedarme en la pared mientras los chicos debatían con Joe y la nueva acerca del nuevo tour, sin mediar palabra. Otros conciertos. Miles de nuevos momentos increíbles.
Cada cosa me alejaría un poquito más de ella. Cada cosa nos separaría más. Tal vez fuera justo lo que necesitara: desconectar, fingir que no había pasado nada, centrarme en el momento y lo que éste me estaba regalando. Lottie iba a terminar teniendo razón, el olvido sería la mejor forma de seguir caminando sin tropezar y caerse.
Los chicos terminaron levantándose también, a la par que Joe y la nueva, y, mientras nos acompañaban a la puerta, nos iban dando instrucciones de ventas.
-¿Cómo lleváis la actuación para Red Nose Day?
-Bien, bien-replicó Liam, que se había convertido sin previo aviso en el portavoz del grupo.
-¿Es verdad que algunos tenéis cosas que hacer ese día? Me refiero a prepararos para hacerle publicidad.
Asentí con la cabeza.
-Harry va a cocinar pasteles, Niall estará callado todo el día...
-...algo imposible de conseguir, pero nosotros haremos como que lo ha hecho de verdad-se cachondeó Zayn, interrumpiéndome, pero yo no le hice caso y seguí hablando.
-... y yo me voy a teñir de rojo.
Se detuvieron a las puertas del ascensor.
-¿Va en serio? Creía que lo decías de broma, Tommo.
Negué con la cabeza, encogiéndome de hombros.
-En realidad... quiero hacerlo. Estaría bien tener un cambio de look. Es lo más productivo. Sin ofender-añadí, mirando a mis compañeros, que asintieron con la cabeza e hicieron gestos con las manos a modo de tranquilo, no ofendes.
-Es un buen plan. Creo que Jessie J tiene pensado hacer algo también con su pelo-comentó la chica, como quien no quería la cosa, ajustándose las gafas y sonriendo por primera vez. Tenía una sonrisa muy bonita, de dientes alineados. Sujetó con fuerza el panel en el que había enganchado los papeles en los que había apuntado todo lo que habíamos dicho.
Seguimos caminando en silencio, hasta llegar a la puerta de cristal que conducía a unos ascensores diferentes, que a su vez te llevaban hasta el garaje.
-Ah, y chicos, una cosa más-dijo la chica, antes de que llegáramos a nuestro coche. Como si temiera que nos perdiéramos, nos siguió hasta él, comprobando que no nos perdíamos ni echábamos a correr por ahí para hablar de lo que habíamos comentado en la reunión y fastidiar la sorpresa. Nos giramos, yo tenía las llaves en la mano. Ni siquiera me había dado tiempo a abrir el coche-. Joe y yo no estamos demasiado de acuerdo con lo que quieren hacer, pero... los de arriba creen que estaría bien que continuarais con vuestra política de llenaros de tatuajes y la condujerais a un siguiente nivel.
-Espera, ¿qué?-inquirió Niall, que era el único que estaba limpio de nosotros. Alcé las cejas, esperando a que continuara.
-Yo no tatúo para vender más discos, ¿eh?-espetó Liam, mientras Zayn aplaudía extendiendo el sarcasmo por el aire.
-¿Vais a decir alguna gilipollez más o podemos irnos ya?-inquirió, después de separar las manos. La chica miró a Joe, pidiéndole ayuda con los ojos.
-No es que crean que los tatuajes sean para vender, chicos, pero reconocen que os dan una visión de chicos duros que a las chicas les gusta más que la que había cuando estabais en el programa.
-A mí me gusta que sepan quién soy. Y los tatuajes me ayudan a mostarlo. No me tatúo para ser un chico malo, me tatúo para ser yo-espeté, cruzándome de brazos. Sabía que ni Joe ni la otra compartían la visión de los jefes supremos, pero estaba demasiado cabreado porque hubieran aceptado mencionarlo como para detenerme a pensar que no estaba siendo justo con ellos.
-El caso es que... esa forma nueva en la que os manifestáis para alguna gente, va a atraer a más. Según ellos. Y si... aparecieran fotos accidentales de vosotros borrachos, o fumando, o algo...
-No voy a empezar a fumar para vender discos, gracias-replicó Harry, intentando abrir la puerta del coche y acercándose a mí para sacar las llaves y meterse dentro después de hacerle quedar mal sin querer.
-Ni yo-se unió Liam, que lo siguió dentro. Zayn nos miró: como fumaba y sabía lo que era, no le hacía demasiada gracia que nosotros nos subiéramos al carro. Casi habíamos discutido cuando se enteró de que había pasado a engrosar la lista de fumadores de la banda, pero terminó dejándolo correr, porque entendió que si nosotros no le decíamos nada, él no podía decirnos nada a nosotros: eran mis pulmones, no los suyos, y yo elegía si quería destrozármelos con el tabaco, que me sabía mal pero me relajaba, o no.
-Yo no les voy a decir que fumen para que vendamos, porque sé que a las chicas les jode que lo hagamos.
-¿Hagamos?-inquirió Joe, mirando a todos los chicos, preguntándose quién era el siguiente. Alcé la mano con timidez.
-He empezado a fumar. Tenéis el cupo completo.
Joe parpadeó.
-¿Estás seguro de lo que haces?
No, pero, ¿qué puedo hacer si no?
-¿Quién lo está?-repliqué, encogiéndome de hombros-. Puede que sea una etapa, puede que no. El tiempo dirá. De todas formas, diles a los jefes supremos que no son nadie para decirme qué mierdas me tengo que meter en el cuerpo, cuándo, cómo, y dónde. Eso no es de su jurisdicción. Nuestra salud no es de su propiedad. Nosotros no somos de su propiedad.
La chica asintió, susurró un leve bien dicho y se giró. Silbé cuando estaba subido al coche con el motor encendido.
-¿Cómo te llamas? Siempre se me olvida su nombre.
Se sonrojó un poco, mientras se ponía un mechón de pelo detrás de la oreja.
-Diane.
Asentí con la cabeza.
-No lo olvidaré, Diane.
Se giró, alcanzó a Joe y desapareció entre la jungla de columnas mientras yo nos sacaba a la luz cegadora del Londres de principios de marzo.


Una vez terminadas las pruebas de sonido (que habíamos hecho antes sin razón aparente), me despedí de los chicos y les dije que iba a visitar a Daphne. Silbaron para demostrar que estaban de acuerdo y me dijeron que tuviera cuidado con lo que hacía. Si ellos supieran lo que hacía, se tomarían menos molestias en preocuparse por un posible embarazo.
Me subí la cremallera de la chaqueta hasta arriba y tiré con los dientes de ésta para taparme la boca. Hacía mucho frío, más del que esperaba. Con las manos en los bolsillos, y sin atreverme a sacarlas, me pregunté si me acordaría de en qué calle había dejado a Daphne cuando la acompañé hasta casa. Mientras caminaba, tenía tiempo de sobra para torturarme con ideas sucias, como, por ejemplo, lo mucho que se parecía mi relación con ella a la que había tenido con la española, con la diferencia de que no tenía que ir al aeropuerto a recoger a Daphne y podía encargarme de la placentera tarea de acompañarla a casa, algo que me habría encantado hacer con Eri, pero que nunca pude cumplir.
Crucé un paso de cebra y miré a los lados, juraría que aquella era la calle, pero no estaba del todo seguro. Justo cuando estaba a punto de darme la vuelta, meterme en una cabina para llamar a mi chica o algo, vi una cabellera rubia paseando tranquilamente por la acera de enfrente. La chica llevaba en la mano una caja del Starbucks, cerrada como si contuviera un secreto imposible de revelar por el bien de la raza humana. 
Anastasia.
Abrí la boca sin poder creerme que llevara un gorro típico de rusos en color azul claro mientras vestía unas botas hasta la rodilla con tacón grueso, un chaleco blanco peludo con un jersey azul debajo, y una falda negra como la que había querido llevar mi hermana de fiesta un día antes. Se giró para comprobar si venía algún coche; su pelo ondeó con el viento, llenando la calle con sus destellos rubios platino, y cruzó a todo correr, botando con ligereza sobre sus tacones. 
-Anastasia-dije antes de que llegara. Me miró a los ojos, confundida, y luego sonrió con aquella sonrisa de los montes Urales.
-¡Louis! ¿Cómo tú por aquí?
Me sorprendió inclinándose hacia mí y plantándome no uno ni dos, sino tres besos en las mejillas. La miré sin entender.
-¿Qué?
-Que qué haces por aquí-replicó, riéndose suavemente y poniendo una mano para que no le viera la sonrisa. No quería hacerme sentir un imbécil.
-Eh... venía a ver a Daphne. ¿Y tú?
-Yo vivo con Daphne, Louis-esta vez se carcajeó sin pudor alguno. Puse los ojos en blanco en lugar de sonrojarme. Claro, Daphne me lo había dicho. 
-Vale, entonces, ¿puedo ir contigo? No me acuerdo muy bien de dónde vive.
-Claro-replicó, asintiendo con la cabeza. Hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera, y juntos recorrimos la calle hasta el otro extremo. Le cogí la caja mientras sacaba las llaves de un bolsillo de su chaleco, sonrió mientras las insertaba en la herradura y su sonrisa se hizo más amplia cuando me negué a devolverle la caja y le sujeté la puerta para que pasara.
-Y luego dicen que no quedan caballeros-se carcajeó. Sonreí.
-Es que sé esconderme bien.
Se rió un poco más fuerte. Me gustaba mucho su risa. Entramos en el ascensor mientras me enumeraba todo lo que había comprado porque, al parecer, el apetito de Daphne era excepcional por las mañanas. Anastasia se aprovechaba de la situación para no tener que hacer las tareas; compraba su amor con dulces. Y a Daphne no parecía importarle demasiado.
Repetí la caballerosa actuación de abrirle la puerta y ella volvió a sonreírme mientras metía las llaves en la cerradura. Le dio un puntapié y entró, al sujetó para que yo hiciera lo propio.
-¿Dónde dejo esto?
-Por aquí-dijo, haciendo un gesto con la mano para que la siguiera. Me hizo entrar a una cocina pequeña que tenían a la izquierda de la entrada. Todo el mobiliario era de acero; una nevera gris metalizada observó mi entrada y cómo dejaba la caja en la mesa del mismo color. Anastasia se quitó el gorro y el chaleco, lo dejó sobre un taburete y me sonrió. Se estiró, realzando su pecho y dándome la impresión de que era aún más pequeña de lo que parecía (el uso frecuente de los tacones a los que seguramente debía estar acostumbrada, en vez de dar la impresión de que era muy alta, la hacía parecer aún más pequeña e inocente), y me miró con sus ojos glaciales.
-¿La habías avisado de que venías?-preguntó. Negué con la cabeza.
-¿Está dormida?-pregunté. Se encogió de hombros.
-Seguramente, pero podemos despertarla. Además, si no se levanta pronto, llegará tarde a su clase-miró el reloj de la pared.
-¿La despiertas tú?-le pedí. Sería un poco raro entrar en su habitación y decirle que había ido a verla para suplicarle que fuera a verme a uno de los conciertos, no importaba cuál. 
Anastasia asintió con la cabeza.
-Claro-susurró en tono que no dejaba lugar a dudas de que había dado por sentado eso. Y, cuando yo pensé que se iba a bajar de su taburete e iba a acudir a la habitación de su amiga, echó la cabeza hacia atrás, cogió aire y bramó-: ¡¡¡¡¡¡DAPHNEEEEEEEEEEEEEE!!!!! ¡LEVÁNTATE, VACA VAGA!
Miré a Anastasia con ojos como platos, más por su capacidad pulmonar que por el insulto sin provocación previa a mi chica.
-¡VOY!-gritó Daphne en algún lugar de la casa. Se abrió una puerta, se oyeron unos pasos que se acercaban, se abrió otra puerta y luego se cerró. Anastasia sonrió, abriendo la caja del Starbucks y sacando todo lo que había comprado, colocándolo cuidadosamente en una bandeja. Me preguntó en silencio si quería algo. Saqué mi móvil y le escribí café con leche. Se inclinó a mira lo que había escrito, levantó el pulgar y sacó una taza de las alacenas. Era blanca con algo escrito por un lateral.
Good morning, sunshine.
La madre de Zayn lo llamaba sunshine.
Pestañeé mientras Anastasia sacaba la cafetera y llenaba la taza delante de mí. 
-¿Leche fría o caliente?-preguntó en voz muy baja, de forma que Daphne no nos pudiera oír. No importaba, había abierto un grifo.
-Caliente.
Echó un poco de leche y lo metió en el microondas. La calentó rápido, me la tendió, y me colocó la bandeja con los dulces enfrente. Sonreí y le di un sorbo al café.
La puerta se abrió y unos pasos se acercaron.
-Anastasia, joder, ayer me dormí a las 2 y cuarto-gruñó Daphne. Sonreí, mirándola: tenía el pelo hecho un desastre, vestía una camiseta raída por los laterales, seguramente más vieja que ella, y le costaba mucho mirar a su alrededor-. Voy a matarte.
Fue entonces cuando se fijó en mí. Clavó sus ojos verde bosque en los míos, los abrió de par en par y se llevó en silencio una mano al pelo, enmarañado en una imposible red rojiza.
-Lou...is-silabeó, sin poder creerse que estuviera allí. Levanté la taza en su dirección.
-Buenos dí...
Salió disparada de la cocina. Anastasia se echó a reír, doblándose sobre sí misma y limpiándose unas lágrimas que amenazaban con destrozar su maquillaje. 
-¿HAS VISTO SU CARA?-bramó entre carcajada y carcajada. Una puerta se abrió.
-¡ERES UNA HIJA DE PUTA!
-¡TU CARA HA SIDO ÉPICA, NENA!-replicó.
-¡ME CAGO EN TU PUTA MADRE! ¡HAZ LAS MALETAS, MAÑANA TE QUIERO FUERA DE MI CASA!
Pero Anastasia hizo caso omiso de esas advertencias, se dedicó simplemente a partirse el culo mientras esperábamos a que Daphne volviera.
Diez minutos después, Daphne volvió, se me quedó mirando mientras se mordía el labio y se mesaba el pelo, capturando algunos rizos entre sus dedos y enredándolos una y otra y otra vez.
-No hacía falta que te arreglaras por mí, mujer-repliqué. Se sonrojó ligeramente.
-No lo he hecho.
Se puso todavía más roja cuando yo alcé las cejas y susurré un sí, claro.
-Tía, no te pongas así, ¿vale? Por Louis merece la pena que te arregles.
Su cara alcanzó el mismo color que su pelo. Me levanté, riéndome, y le planté un beso en la mejilla.
-Estabas guapa.
No era mentira, aunque no estaba tan guapa como Eri recién levantada, la verdad es que el pelo revuelto le quedaba bien. Me había hecho soñar, fantasear con que algún día sería capaz de apreciar aquellos pequeños detalles de ella. Que tal vez podría verla así nada más despertarme sin compararla ni sentir un vacío en mi corazón.
Daphne me miró un segundo a los ojos, se puso un poco de puntillas y me devolvió el beso en los labios. Me dejé hacer mientras Anastasia apartaba la mirada.
-¿No tienes que ir a dar clase?-espetó Anastasia después de que nos separáramos y Daphne me mirara con unos ojos chispeantes que podrían enamorar a cualquiera... a cualquiera que no estuviera cogido ya.
La pelirroja se volvió a la rubia, miró el reloj, asintió con la  cabeza, se disculpó y echó a  correr a su habitación. Minutos después atravesaba la puerta vestida completamente de negro, con una mochila colgada precipitadamente de su hombro, y nos gritaba que nos veríamos después. 
Anastasia se cruzó de brazos y me miró.
-¿Quieres ir a verla trabajar?
-¿Va en serio?-espeté, esbozando una pícara sonrisa. Anastasia la imitó.
-Pues claro. Espera; cogeré mis llaves y nos largamos.
Apenas se había hecho con su llavero, ya estábamos saliendo por la puerta. Daphne se había llevado el coche en su precipitada huida, de manera que fuimos caminando, hablando el uno con el otro, preguntándonos cosas.
-¿Cómo la conociste?-pregunté, mientras nos parábamos en un paso de cebra cuyo semáforo que lo custodiaba había decidido ponerse rojo. Anastasia frunció el ceño.
-Por Max. Él me dijo que había una chica buscando una compañera de piso, eran amigos, y como sabía que yo iba a venir pronto a Inglaterra, habló con ella. A Daphne al principio no le hizo gracia que fuera rusa, decía que con una semi extranjera en casa ya bastaba, pero Max consiguió convencerla.
Asentí con la cabeza.
-¿Llevas mucho tiempo con Max?
Se encogió de hombros.
-Un par de meses. No vamos muy en serio, pero a mí no me importa mucho. ¿Daphne y tú?
-Semanas.
Volvió a encogerse de hombros y echó a andar.
-Bueno, por algo se empieza. Rusell Crowe dice que un camino de mil millas comienza con un sólo paso.
La miré.
-Qué profundo.
Se rió.
-Bueno, podrías tatuártelo, ¿no te parece?
Me eché a reír, divertido. Las cosas malas se iban lejos cuando Anastasia abría la boca. Tal vez la oratoria fuera un talento natural de los rusos; al estar tanto tiempo metidos en casa debido al frío, seguramente inventarían y se contarían unos a otros grandes historias, adornadas hasta lo imposible con palabras que otras personas no podían ni imaginar. 
Sabía reconocer el talento cuando lo veía, y Anastasia tenía un talento especial para hacerse escuchar. Su voz no era desagradable, pero tampoco era de estas voces que hacen callar a los pájaros para disfrutar de ellas. Era la forma en que hablaba, los tintes que alcanzaba su voz gracias a su emoción. Era el típico talento vocal que podría hacer que la gente a su alrededor se callara a escuchar, sólo por el placer de involucrarse emocionalmente en el discurso de la chica, aunque las ideas que propugnara no fueran de su propio agrado.
-¿Tú tienes tatuajes?
Negó con la cabeza.
-No. Creo que duelen muchísimo. 
-Duelen bastante, sí-admití, frotándome el brazo negro sin darme cuenta-. Pero muchas veces lo valen. Y otras veces es ese dolor el que te ayuda a superar las cosas.
Se quedó callada, pensativa. Caminaba mirando al suelo, el pelo ondeaba a su alrededor, como un halo dorado.
-Se llama Eri, ¿verdad?
Me paré en seco en la calle y miré a Anastasia. Se detuvo a un par de pasos de mí, se giró, y vi todo el dolor que había en sus ojos.
-Sí. Se llama Eri.
-¿Qué pasó?-inquirió. Los glaciales de su cara parecían querer derretirse y ella luchaba por mantenerlos helados.
-Le mentí. Discutimos. Me dejó.
Parpadeó varias veces con unas pestañas negras como el carbón y largas como crines de caballo.
-Lo siento.
-Es igual-me encogí de hombros, echando a andar-. Daphne es como... mi medicina.
-¿Y es bastante?
Esa vez fui yo el que se quedó callado un momento, meditando qué decir.  No. Evidentemente no lo era. Pero no podía decírselo a Anastasia,porque ella se lo diría a Daphne, y eso la destrozaría. Y no querría verme más. No podía arriesgarme a que la chica me dejara ahora que parecía que estaba dejando de costarme el hecho de respirar.
-No-terminé por decir. Le había mentido a Eri, y la había perdido para siempre. La mentira estaba mal. Alejaba a las personas. La verdad dolía en un principio, luego ya dejaba de importar. La mentira dejaba de importar en un principio, luego dolía para siempre. Creaba heridas enormes imposibles de curar, cráteres de meteoritos que se quedarían intactos, tal y como lo hacían en la luna.
Anastasia asintió con semblante serio.
-Espero que algún día puedas ver lo que vale.
Yo también, repliqué para mis adentros.
-Si hubieras conocido a Eri entenderías por qué me ha dejado así.
Se encogió de hombros.
-No la conozco personalmente, está claro, pero sí que he visto vídeos de ella. Parecía buena chica, pero creo que todo el mundo la ha idealizado demasiado. Es decir; por todos sitios decís que es perfecta cuando nadie lo es. Seguro que tenía defectos.
Los tenía.
-La hacían perfecta.
Jodidamente perfecta.
Ella se mordió el labio.
-Nadie lo es.
-¿Ni siquiera tú?
-Ni siquiera yo. A pesar de que yo formé parte del ballet ruso. A pesar de que soy una de las voces más prometedoras de este país. A pesar de que podría desfilar como ángel de Victoria's Secret. A pesar de que...
-... eres muy modesta-terminé la frase por ella. Se echó a reír.
-Supongo-replicó con un encogimiento de hombros, el último de ese día. Se detuvo a la puerta de un edificio y empujó la puerta, que ya estaba abierta. Entramos y caminamos por unos pasillos de mármol, a través de los cuales rebotaba música de todos los tipos a la vez. Entramos en un aula del segundo piso, la 23.
Una chica bailaba una pieza de ballet con una dulzura digna de un cisne. Daphne caminaba a su lado, apartándose en el último momento para estar lo más cerca posible de la bailarina, comprobando sus movimientos. La bailarina dio un pequeño salto cruzando las piernas, aterrizó con los pies en el suelo y giró una vez. Sus ojos negros como el carbón, igual que su pelo recogido en un moño, encontraron los míos un segundo.
Se cayó de culo.
-Daphne...-empezó, dándose la vuelta rápidamente para mirarme. Sentí los ojos de todas las alumnas de mi chica posarse en mí al unísono, llamadas por algo que yo no había llegado a oír. Daphne se giró en redondo, el pelo recogido en una coleta de fuego, sin ningún mechón rebelde libre, a excepción de su flequillo. No pudo contener una sonrisa fugaz, seguramente pensando que yo le pertenecía, y se giró en redondo.
-Ignórale, Beth. Levántate y sigue desde el giro.
La chica asintió. Daphne le tendió la mano y la ayudó a colocarse en la posición correcta. Le hizo un gesto con la cabeza a una chica vestida igual que la bailarina sentada frente a un ordenador, y esta dio un poco atrás en la pieza. Con un gesto de la cabeza, Daphne le indicó a Anastasia que nos sentáramos en las sillas que había al fondo del aula. En silencio.
Cuando quisimos darnos cuenta, todas las alumnas de Daphne estaban rodeándonos y contemplándome con ojos como platos. Daphne debía de ser una profesora severa, porque no se atrevieron a abrir la boca mientras su compañera terminaba su actuación.
Beth terminó, se inclinó para dar las gracias a su profesora, y se unió a la velocidad de la luz con las demás. Daphne llamó a otra chica.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y nadie se levantó, todos los ojos seguían fijos en mí.
Levanté la mirada para encontrarme con Daphne, que fruncía el ceño.
-¿HOLA?-bramó de repente. Las bailarinas dieron un brinco, vestidas todas igual, con los mismos moños. Decenas de cabezas prácticamente idénticas girándose a la vez hacia un mismo sitio-. ¿HABÉIS VENIDO A TRABAJAR O A ADMIRARLO A ÉL? PORQUE SI NO OS VAIS A CENTRAR, LO ECHO FUERA Y QUE ESPERE A QUE YO SALGA-ladró. Algunas se echaron a temblar, otras bajaron la vista. Anastasia simplemente se escondió para poder reírse a carcajada limpia detrás de mi espalda. Yo observaba a Daphne, preguntándome si tendría algún hermano pequeño al que tratar así. Esa manera de hacer mover a una masa sólo se adquiría si eras un hermano mayor-. KATE, TE HE LLAMADO TRES VECES. NO TE HA DADO LA GANA DE MOVER EL CULO. YA VERÁS LO QUE PASARÁ LA SEMANA QUE VIENE CON EL EXAMEN DE LA ROYAL, Y LUEGO VENDRÁS LLORÁNDOME PORQUE TE HAN SUSPENDIDO.
Kate se levantó rápidamente y, esquivando al resto de chicas, que me lanzaban miradas fugaces, se acercó al centro de la sala. Daphne se levantó y echó a andar en su dirección, con los andares de una modelo, cruzando los pies según iba caminando, tal y como si tuviera que moverse por un pasillo de 10 centímetros de grosor.
-¿Qué vas a hacer ahora?-ronroneó con una voz que me puso los pelos de punta. Era la típica voz de un psicópata.
Despertó algo oscuro en mí. Algo ardiente.
La recorrí con la mirada, fijándome más en cómo se ajustaba el mono negro de tela que llevaba a sus curvas, como una segunda piel. Iba descalza, y, por primera vez, no se había maquillado en exceso. Seguía teniendo la mirada de una gata, pero ahora, vestida totalmente de negro, me di cuenta de que no era un gato, sino una pantera. Aquellas piernas kilométricas insinuaban el sigilo de una pantera.
-Bailar.
-¿Qué vas a bailar?
-El lago de los cisnes, Daphne.
-Dios te libre de que te pidan otra cosa en el examen, porque entonces, ESTARÉIS TODAS JODIDAS-gritó de repente, acercándose a la marabunta que me rodeaba. Yo la contemplaba impasible, intentando no fantasear demasiado con aquellas piernas, pero...
...se giró para ir a por la chica del centro, que temblaba de pies a cabeza, y me dejó ver cómo dos gruesos tirantes dividían su espalda en dos triángulos. No me había fijado en lo sensual de su traje hasta que lo vi.
Podría bailar perfectamente en un escenario con aquello y hacer que el público la jaleara.
Me recordó en cierta manera a Lara Croft. Y me gustó.
Volvió a girarse, pues ya había llegado a una pared, y miró a todas sus chicas, una por una. Algunas tragaron saliva, otras se mordían las uñas.
-Bien, chicas-puso los brazos en jarras y volvió a pasearse como la ama y señora del lugar. Los únicos que no estábamos cagados de miedo éramos Anastasia y yo. El resto exhalaban tensión y pánico a partes iguales-. Vamos a hacer una cosa. Kate va a bailar para todos nosotros-el mono se detenía un poco más arriba de su pecho, pero no lo bastante como para no dejarte ver algo de su anatomía. Me deslicé un poco por el asiento y dejé caer casualmente mis manos entre las piernas. Sólo por si acaso.
Las mangas que le llegaban hasta el codo no bastaban para apagar el incendio que alguien había empezado dentro de mí.
Louis, no.
¿Cuánto tiempo llevaba sin sexo?
Louis. No.
Apartar esos pensamientos de mi cabeza era muy difícil, y más con Daphne moviéndose y vestida de aquella manera. Por fin entendía qué tenían de eróticos los uniformes de trabajo. Y que fuera hijo de una enfermera podría explicar que los trajes de enfermera no me pusieran nada.
La música empezó y sin más preámbulos Kate comenzó a moverse. Daphne se apoyó en una estantería que había cerca de nosotros, y no podía evitar mirarme de vez en cuando. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía cómo la chispa de mi interior alcanzaba un poco de hierba seca y formaba un nuevo fuego.
Daphne frunció ligeramente el ceño cuando Kate aterrizó tras un leve salto, e, inclinando ligeramente su pecho, miró al espejo y dio las gracias a un público que la observaba desde detrás.
-Tendremos que pulir ese final-la mala uva inicial parecía haber desaparecido del todo-. ¿Alguien más?
Nadie se movió.
-Vale-suspiró mi chica, frotándose la frente y acercándose a la mitad de la sala. Se sentó y empezó a estirar.
-¿Daphne?
-¿Sí?-replicó ella, sin mirar a la que le había hablado?
-¿Qué hace exactamente Louis Tomlinson en nuestra clase?
-Quiero aprender a bailar-repliqué yo antes de que la griega tuviera tiempo a hacer nada. Daphne se giró, sonrió, y se agarró los dedos de los pies sin doblar las rodillas.
-Para bailar se necesita coordinación, piernas y...
-Tengo coordinación. Y piernas. He llegado aquí sin caerme. Anastasia puede decírtelo-dije, haciendo un gesto con la cabeza hacia la rusa, que hacía lo posible por esconderse de su amiga para reírse de ella a sus espaldas. Anastasia se separó de mí, asintió sin saber muy bien de qué estábamos hablando, y volvió a esconderse y a reiniciar sus carcajadas.
-... y un cerebro-se burló Daphne. Le saqué la lengua, todas se miraron confusas.
-¿Estáis juntos, Daph?
-¿Estás soltero, Louis?
-Louis, yo también estoy soltera, eh.
-Atrás, Sharon. Yo te hablé de su banda. Yo me lo merezco más.
-¡A cambiarse todo el mundo! ¡Dado que no os da la gana practicar para el examen, practicaremos para los cástings!
-¿Y si alguna no va al cásting?
-Cerráis la boca y bailáis igual. Así adelgazáis. Venga, largo. Fuera-replicó Daphne, sentándose y abriendo las piernas. Las abría mucho.
Mucho.
LOUIS. NO.
Anastasia se me quedó mirando, estaba seguro de que podía ver en mi cara cómo se me secaba la garganta. La madre que la parió. Sonrió. Efectivamente, sabía lo que pasaba dentro de mí.
Una vez las chicas se fueron, de mala gana, Daphne miró la puerta, se levantó y fue a cerrarla. Se giró hacia nosotros y nos miró.
-¿Qué tal las veis?
-Están bien. Como siempre. Sigues siendo dura con ellas, Daph-murmuró Anastasia. Yo las miré.
-¿Por qué les das clase? ¿Y qué habláis de un ensayo?
-Mi madre se apuntó en que me sacara el título oficial más alto de la Royal Academy of Music en cuanto le dijeron en mis clases de ballet que tenía mucho talento-Daphne se encogió de hombros-. Tengo el título, y las ayudo a conseguirlo a ellas también.
-Algunas no hacen el examen, vienen porque quieren ser profesionales sin el título, porque hay trabajos en los que no lo necesitan-explicó Anastasia, recogiéndose el pelo en una coleta.
-Y otras simplemente quieren aprender a bailar bien. ¿Sabías que la gente que baila bien es la que mejor folla, Louis?
-¿Me estás insinuando algo, Daphne?
-Para nada, Louis-replicó ella, acercándose hacia mí e inclinándose para besarme. Tiré de ella y la senté sobre mis rodillas, notando su sonrisa en mi boca mientras nos besábamos con rabia. Nunca nos habíamos besado así. Gruñí por lo bajo y ella gimió.
-Estoy trabajando, Louis.
-Ya-repliqué, sin soltarla.
-Luego hablamos, ¿vale? Pueden entrar en cualquier momento-se separó de mí, se sentó a mi lado y me acarició la pierna.
-Lo estás haciendo a posta, ¿verdad?
-No sé de qué me hablas-replicó, pero en sus ojos vi que sí, y le encantaba lo que estaba provocando en mí.
Como si las chicas supieran lo que estábamos haciendo y quisieran detenernos antes de que la bestia que había en mí se hiciera con el control de mi cuerpo, entraron en fila y se colocaron en una masa deforme en el centro de la sala. Daphne se levantó.
-Americano, de Lady Gaga-anunció acercándose al ordenador y poniendo la música. Las chicas asintieron, esperaron a que la música sonara, y empezaron a moverse. Anastasia no se estuvo quieta mientras las demás bailaban, como si deseara unirse a ellas pero no terminara de decidirse. Seguía con los labios la canción, y me sorprendió ver que no hacía ningún esfuerzo para seguir las frases en español.
-¡Los movimientos más rígidos!-gritó Daphne por encima de la música. Las chicas asintieron con la cabeza y trataron de obedecerla en la medida de lo posible. No entendía qué estaban haciendo mal, a mí me parecía que el baile era genial de por sí y que no necesitaba modificaciones.
-Vale, bien, nenas. Coged las gorras. More, de Usher.
Se fueron a la parte de atrás de la sala, abrieron un armario y sacaron un montón de gorras. En vez de ponérselas, las dejaron en el suelo a sus pies. Esperaron a que Usher dijera el primer more para alzarlas al aire, cogerlas al vuelo y ponérselas. Daphne asintió, se levantó y comenzó a pasear entre ellas, que tenían la vista fija en los espejos, cada una mirando cómo lo estaba haciendo, sin hacer caso de las demás. Daphne negó con la cabeza, cogió una gorra, se coló entre ellas y se puso delante.
-¡Así!-gritó, y empezó a moverse. Entonces, entendí por qué ella era la profesora y por qué tenía títulos, por qué las demás eran sus alumnas. Sabía exactamente cómo seguir la música, prácticamente respiraba al mismo ritmo que ella, por lo que sus movimientos eran mucho más acordes a ella. Era cortante cuando la canción lo era, se volvía fluida con la voz para la que bailaba. Las demás hacían lo posible por seguirla, pero sería como si una bicicleta intentara seguir a un coche. Podría seguir el mismo camino, pero no lo haría con la misma velocidad y gracilidad.
Se quedaron quietas un segundo, Daphne asintió con la cabeza y empezaron a chillar, eufóricas. Me dio la impresión de que Daphne no regalaba sus asentimientos así como así a sus alumnas, por lo que tal vez estuviéramos asistiendo a un momento histórico.
-Annie, te necesitamos aquí. Umbrella, queridas-anunció mi chica. Anastasia se levantó, cogió un paraguas que había colgado de un perchero, y se situó en el centro de las bailarinas, que se encargaron de rodearla lo más perfectamente que pudieron.
-¿Canto yo?
-Haz lo que te dé la gana-replicó Daphne, sentándose al ordenador y tecleando algo. Asintió con la cabeza y pinchó varias veces en un archivo que se resistía a abrirse. La batería principal empezó a sonar, JayZ anunció a la cantante mientras las bailarinas se movían. En cuanto Rihanna empezó a cantar, Anastasia lo hizo también, en voz baja para no cansarse. Daphne se escabulló entre sus alumnas y se colocó a mi lado, de pie, apoyada en la pared y mirándolas con ojo de águila.
-¡RÍGIDO, JODER! ¡RÍGIDO!-gritó. Hasta yo notaba que esta vez las chicas querían ser agua, no truenos. La miré y me eché a reír. Ella me observó un segundo, sin darme importancia, y luego continuó con los ojos fijos en las demás.
-You can run into my own, it's Ok, don't be alone, come into me...
-¡AHORA TENÉIS QUE SER FLUIDAS! ¡VENGA!-bramó otra vez, mientras yo me moría de la risa en el asiento. Las chicas pasaban de ella cuando bailaban, y la ponía de los nervios.
-I'll be all you need and more...ore...
-¡Cabeza!
Las chicas alzaron la cabeza, sacudiendo su pelo, con el because de la cantante americana.
-¡BIEN!-asintió Daphne, aplaudiendo como loca y alzando los pulgares. Algunas se echaron a reír-. ¡Así lo tenéis que hacer siempre!
Las chicas se pusieron a aplaudir cuando acabaron la canción. Daphne se acercó a ellas.
-¿Le regalamos algo a Louis?
Sonrieron con malicia. Abrí los ojos como platos. Anastasia corrió al ordenador.
Supe que iban a poner Kiss You antes de que la primera nota sonara. Me eché a reír sin poder creerme lo que estaban haciendo. Las chicas empezaron a bailar, con Daphne a la cabeza. Sincronizadas como nunca. Aplaudí, divertido, para luego quedarme callado mientras bailaban Va Va Voom, de Nicki Minaj. No pude evitar acordarme de Eri, pero... todo me recordaba a ella.
Y luego, sin previo aviso, la versión que hizo para los Juegos Olímpicos junto con Matt Cardle de 4 minutes empezó a sonar. Miré a Daphne, ella se encogió de hombros, se acercó a mí y se sentó a mi lado.
-¿Quieres que la quite?
Negué con la cabeza; en cada movimiento de las chicas había algo que no lograba identificar, pero me daba la impresión de que Eri estaba entre ellas. Cuando una giraba, estaba seguro de que se convertiría mágicamente en Eri, que me miraría y se echaría a reír, cuando una resoplaba por el rápido ritmo, veía a Eri en el gimnasio aquel día que la llevamos hasta su límite. 
Y, cuando Anastasia se movía mientras cantaba, metiéndose entre sus compañeras, estaba seguro de que terminaría con el pelo marrón, más morena, y más baja, siendo mi española preferida.
Las chicas acabaron la coreografía, me miraron, y les sonreí. 
-Vale, nenas, creo que basta por hoy-dijo Daphne, mirando el reloj y recogiendo las cosas.
-¿Tú no bailas, profesora?-repliqué, burlón. Quería verla moverse, unos pocos movimientos no eran suficientes. Quería verla moverse sola.
Las alumnas bufaron un prolongado ¡uh!, retando en silencio a Daphne, que se echó a reír y asintió. 
-¿Queréis que baile?
Toda la sala, asintió, sonriente.
Daphne asintió con la cabeza; Anastasia se acercó a ella, puso el oído en su boca y sonrió.
Bajaron las luces, dejando sólo una pequeña bombilla en el centro de la sala para que se la viera mejor. El aire se cargó de un halo de misterio. Nos movimos hacia el espejo, nos sentamos con la espalda pegada a él, mientras Daphne se colocaba en el suelo, hecha un ovillo.
La canción que había ganado Eurovisión el año pasado empezó a sonar. Y juro por Dios que Daphne se movió mejor que la chica que la interpretaba.

Puse a Daphne contra la pared de la cocina mientras no paraba de comerle la boca. Me daba igual todo; me daba igual que fuera posible que llegara tarde a los preparativos para el próximo concierto, me daba igual que nos conociéramos de hacía pocas semanas, me daba igual que su compañera de piso estuviera a pocos metros de distancia, con tan sólo una pared de por medio.
Quería follármela. Eso era lo único que no me daba igual.
Gimió cuando la levanté con mis brazos, me pasó las piernas por la cintura y me mordisqueó el cuello. Cerré los ojos, mientras el animal que había en mí se retorcía en sí, disfrutando del momento. Por fin. Llevaba mucho tiempo con hambre, y por fin iban a darle de comer.
-Quiero follarte, Daphne.
-Pues fóllame, Louis-replicó ella, suspirando cuando le llevé la mano a la espalda y me metí debajo del mono, acariciándome la piel, que estaba erizaba debido a la excitación. No lo habíamos hecho nunca, y una cocina era el sitio menos indicado para el primer polvo... pero teníamos tanto calor que necesitábamos secarnos ya.
La subí a la encimera y comencé a bajarle la cremallera que tenía detrás. Suspiró, tiró del cuello de mi camiseta para comerme mejor la boca, y gimió cuando llegué abajo. Con la yema de los dedos, sentí el borde de sus bragas.
Expulsó todo el aire que estaba conteniendo por la boca en una única palabra. Mi nombre. Me enloqueció todavía más. 
Era increíble cómo Eri estaba en un rincón de mi mente, encerrada, gritando a todo volumen sin que yo la oyera. Era simplemente increíble que Daphne consiguiera hacer que se callara, y eso sin haberse desnudado todavía.
Sus manos bajaron hasta mi culo y lo apretaron con fuerza, haciéndome acercarme a ella más. Sonrió cuando me sintió duro contra sí.
-¿Te alegras de verme?
-¿Eres imbécil?-repliqué, mordiéndole el cuello.
-Mm-esa fue su respuesta cuando llegué al lóbulo de su oreja y se lo mordí. Empezó a tirar de mi camiseta hacia arriba; yo no tenía pensado resistirme, pero algo a nuestro lado nos hizo detenernos.
Anastasia estaba inclinada en la nevera, sacando la cubitera y un zumo de color rojo. Como vio que no hacíamos más ruido, nos miró.
-Oh, seguid sin mí, como si no estuviera-nos instó, mientras se hacía con más cosas. 
Al principio lo intentamos, intentamos volver a fundirnos en una maraña de cuerpos imposible de separar. 
Pero lo que era realmente imposible era que siguiéramos a lo nuestro con el escándalo que estaba montando Anastasia.
Se le cayó un vaso de plástico en el que tenía planeado hacer su granizado, y espetó entre dientes:
-Me cago en la puta, mismamente.
Me la quedé mirando. Ese mismamente era demasiado familiar. Daphne suspiró, me acarició el torso y esperó a que Anastasia se fuera.
-Perdón, perdón, perdón-susurró la rusa mientras desaparecía. Su compañera de piso negó con la cabeza. Yo la miré, le acaricié el pelo, y ella hizo una mueca, como diciendo me gusta cuando haces eso.
-Has conseguido convencerme-susurró. Sonreí.
-Te dije que lo haría. De todas formas, escucha el disco, ¿vale?
Asintió con la cabeza. La besé en la boca, el fuego que había ardido entre nosotros se había extinguido por culpa del invierno ruso.
-Gracias.
-De nada-replicó, aunque yo sabía que iba a hacer un gran esfuerzo por estar en el concierto. La música que yo hacía no le gustaba. 
Le besé el cuello y se echó a reír. Tenía cosquillas. Mi móvil vibró en el bolsillo de mi pantalón. Lo saqué; Liam me preguntaba dónde estaba y me ordenaba que me presentara inmediatamente en el lugar del concierto. Le escribí que iba de camino, miré a Daphne y la ayudé a bajarse de la encimera.
-Tengo que irme.
-Te acompaño a la puerta-replicó, subiéndose la cremallera del traje.
-Cuando quieras ir, avísame-dije, saliendo.
-¿Volverás luego?
-Depende de si tengo tiempo, nena. 
-Llámame.
-Sí. Te quiero.
Se me quedó mirando, luego me di cuenta de lo que acababa de decir. Era probable que hubiera metido la pata, porque seguramente ella no sintiera lo mismo, aún era pronto, y...
Esbozó una sonrisa que me hizo ver que no era para nada pronto.
-Es la primera vez que me dices que me quieres.
-¿Y?-espeté yo.
-Yo también te quiero-susurró, con una sonrisa que le dividía la cara en dos. Más grande que el país de su amiga. Sonreí, me acerqué a ella, la besé y me largué corriendo.
Escuché cómo cerraba la puerta despacio mientras bajaba las escaleras a toda velocidad. Me la imaginé todavía con aquella sonrisa en la cara, la espalda pegada a la puerta, deslizándose hasta el suelo y riéndose como si fuera boba.
Sabía que no andaba mal desencaminado.