domingo, 18 de agosto de 2019

Prioridades.


¡Toca para ir a la lista de caps!

-Os dije que estaría con él-comentó Scott, sonriente, mirando a papá y a mamá, que se levantaron como resortes para venir a nuestro encuentro. Estaban un poco molestos conmigo por no haberles enviado ningún mensaje avisándoles de que iba a llegar algo más tarde de lo habitual. El triple de tarde, para ser más exactos, porque entre el tiempo que había pasado entrenando con Alec, lo que habíamos tonteado en la sala del boxeo y el episodio del vestuario, el tiempo se había pasado volando.
               Pero la razón de que se levantaran tan rápido no fue para regañarme; Scott había conseguido tranquilizarlos confiando en que la opción más factible de mi tardanza no era un secuestro o un accidente, sino que simplemente me había encontrado con mi chico y nos habíamos entretenido mutuamente hasta el punto de perder la noción del tiempo. Scott confiaba en Alec, sabía que sus promesas valían su peso en oro, y sabía que, si Alec le había prometido el día anterior que iría a visitarle, removería cielo y tierra para aparecer por nuestra casa, aunque fueran sólo cinco minutos. Lo único que podía hacer que se retrasara tanto era yo.
               Así que no, mis padres no se levantaron apresurada para venir a nuestro encuentro para ponerme los puntos sobre las íes, sino por cómo habíamos llegado. De camino a mi casa, nos había pillado desprevenidos una fuerte tormenta cuyos rayos habían iluminado el contorno del centro de Londres en el horizonte, pero por suerte, sobre nosotros no había caído ninguno. Las nubes sólo habían descargado agua sobre nuestras cabezas, como si supieran que habíamos pasado demasiado tiempo capeando un temporal y quisieran darnos un poco de tregua a la vez que nos daban la oportunidad de purificar nuestras almas. Yo llevaba un paraguas plegable en la bolsa, pero Alec no. Y, cuando me había ofrecido a compartirlo con él, él había negado con la cabeza, alegando que así sólo conseguiríamos mojarnos ambos, y se había calado la capucha para taparse un poco la cara. Fuimos prácticamente corriendo durante todo el trayecto, y descubrimos que aquello de “quien corre bajo la lluvia, se moja dos veces” era una verdad como un templo, pero yo no podía ir despacio viendo cómo Alec se calaba hasta los huesos. El mismo instinto protector que le había dicho a él que se negara a aceptar mi paraguas me susurraba apresúrate, Sabrae en el fondo de mi cabeza, y todo lo que apretara el paso simplemente no era suficiente para ese instinto.
               Y allí estábamos, yo bastante mojada por la acción combinada del viento y el agua, y Alec calado hasta los huesos, goteando sobre el suelo del vestíbulo.
               -¡Sabrae! Estáis empapados, ¿por qué no llamaste para que fuéramos a recogeros?-acusó mamá, trotando hacia mí más rápido que papá y quitándome la bolsa de deporte, lo único que no goteaba.
               -No se me ocurrió-me excusé, pensando que era una estúpida y una egoísta por sí haber pensado en ello, pero haber decidido que mi tiempo a solas con Alec era más valioso. Lo miré por el rabillo del ojo mientras él se quitaba la chaqueta y la hacía una bola en sus manos, con su bolsa en el suelo, y miraba a mi padre, dispuesto a suplicarle con tal de conseguir ropa seca. Seguro que teníamos algo por ahí que pudiera servirle, me calmó una voz en mi interior. Había merecido la pena. El tiempo que no habíamos estado luchando contra la lluvia, lo habíamos pasado caminando muy pegados, Alec hablando de su pasado y yo escuchándole con muchísima atención. Cada palabra que salía de su boca era una canción, la más hermosa de todas, y yo era adicta a la música que él tocaba con sólo sus cuerdas vocales. Si antes me gustaba, ahora me encantaba.
               Supongo que en eso consiste enamorarse, en creer que lo sabes todo sobre una persona, y adorar cuando te demuestran que aún hay rincones de ellos por descubrir. No te hace sentir inútil, sino, más bien, como que jamás podrás cansarte. Y yo jamás podría cansarme de escuchar a Alec hablar de sí mismo, tanto lo bueno como de lo malo, porque me daba una perspectiva muchísimo mejor de quién era. Una perspectiva que él, por desgracia, no podía ver, pero que me esforzaría en mostrarle.
               -¿Tenéis una toalla?-preguntó con inocencia, mirando a papá con la mirada gacha. Me recordó a un cachorro que se somete totalmente a la autoridad del líder de la manada, humillándose incluso, todo con tal de conseguir la protección del grupo. Papá lo miró de arriba abajo, y después a mí un par de segundos, antes de volver la vista directamente a los ojos de Alec con cierta severidad. Se me retorció el estómago al comprobar que, en cierta medida, lo culpaba de que yo hubiera llegado a casa también mojada; debería habérsele ocurrido llamarnos, si a mí no se me había pasado por la cabeza.
               Pero, de repente, su expresión se suavizó.
               -Claro, Al-respondió, haciéndose a un lado e invitándolo a pasar-. Lo que necesites. No queremos que cojas una pulmonía. Scott, busca ropa limpia que pueda ponerse-le indicó a mi hermano, que se levantó como un resorte y trotó escaleras arriba. Me pareció curioso cómo Scott no se había movido del sitio, esperando instrucciones, cuando siempre había sido el más resolutivo de los hermanos. A él se le ocurrían las mejores ideas, él era quien trabajaba mejor bajo presión, y era él quien siempre tenía una solución a un problema que tú creías imposible. Noté algo pesado en el estómago cuando vi cómo subía las escaleras en dirección a su habitación y me percaté de que ya no desprendía la vitalidad de antes. Poco a poco, estar distanciado de Tommy le estaba consumiendo.
               Noté que los ojos de Alec también estaban fijos en mi hermano, y mi mirada se vio atraída hacia su rostro como si tuviera un campo magnético del que yo no podía escapar. Me encontré con sus ojos a medio camino, y vi en ellos lo mismo que me imaginé que había en los míos: la melancolía de descubrir que habíamos sido egoístas manteniéndonos alejados de alguien que nos necesitaba tanto.
               Todo porque no podíamos estar sin sexo ni siquiera un día.
               Alec estiró la mano en mi dirección, me pellizcó la barbilla y parpadeó una sonrisa en su boca, que yo imité. Estaba tratando de animarme, y yo intentaba que no se centrara en mí. Por una vez, yo no debía ser su prioridad. Había alguien que le necesitaba más que yo.
               Se cargó su bolsa de deporte del hombro y subió las escaleras delante de mí. Tras quedarse plantado un par de segundos en el pasillo del primer piso de la casa, finalmente entró en el baño cuando mi madre le ordenó a Duna que le entregara una toalla.
               -Sécate tú también, ¿mm?-me indicó, y yo asentí con la cabeza, conmovida por lo muchísimo que se preocupaba por mí incluso cuando ya estaba tiritando de frío, y me quedé apoyada en el marco de la puerta, esperando a que él cerrara la suya cuando se quedara solo.

domingo, 11 de agosto de 2019

Circo del sol.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Creí que me sonreiría y me haría olvidarme de las cámaras de vigilancia que había en puntos estratégicos del gimnasio para evitar robos o clientes que destrozaran las instalaciones para marcharse sin pagar más tarde, pero me equivoqué. Cuando le pasé un dedo por los hombros y Sabrae se estremeció, pensé de corazón que me miraría con esa mirada suya el tiempo suficiente como para que yo me derritiera y decidiera poseerla en el suelo. La cogería de la cintura, la pegaría a mí y empezaría a besarla con la urgencia del volcán que recuerda el ciclo de crecimiento de la isla en la que vive, un ciclo que ha incumplido durante varios años. Me arrodillaría y me la llevaría conmigo, y antes de que nos diéramos cuenta, yo estaría entre sus piernas, y le habría quitado absolutamente todo excepto sus guantes de boxeo.
               Pero me equivocaba. No íbamos a darles un espectáculo a las cámaras. Porque, en cuanto Taïssa se marchó del gimnasio y yo le hube dado un par de besos con los que satisfacer su sed, Sabrae se separó de mí y se encaminó a las ventanas. Apoyó la frente en el cristal de la más grande y me dejó observar cómo el calor de su cuerpo dibujaba con vaho su silueta difuminada.
               No necesitaba ponerme a su lado para saber qué estaba haciendo: vigilaba que nadie fuera a hacerle daño a Taïssa, algo que no debería molestarme, pero lo hizo en lo más profundo de mi corazón. Viendo cómo esperaba, y esperaba, y esperaba, con la paciencia de un monje budista que hace de la anticipación un pecado, no pude evitar recordar cómo sus amigas la habían dejado tirada en Nochevieja.
               Sabrae era buena amiga, y ellas, no. Pero no me tocaba pensar en eso ahora, o volvería a enfadarme con ellas… y enfadarse con las amigas de Sabrae significaba enfadarse con ella también. Y no podía permitírmelo. No sólo porque ya conocía el mundo sin ella, sino porque estaba tan metido en el mundo que ella me había creado que no podría encontrar la salida ni aunque la buscara con todas mis ganas.
               Así que me volví, aparté de mi camino los guantes, y me dirigí a las bolas de un rincón. Ponerme los guantes en presencia de Sabrae quedaba totalmente descartado: me impedían sentirla como yo quería, y los segundos preciosos que iba a desperdiciar desanudando los guantes me parecían un precio muy caro a pagar por tenerla. Y necesitaba distraerme.
               Y, ¿por qué no? También me apetecía que me viera trabajando, trabajando en condiciones, a plena potencia. Haciéndole de entrenador personal le había dado un aperitivo de lo que yo sabía, pero aún no me había visto currando de verdad sin distracciones, así que decidí esmerarme con la bola. Empecé a golpearla de forma muy rítmica ya desde el principio, y noté los ojos de Sabrae clavados en mí cuando la bola alcanzó su máxima velocidad y mis manos se convertían en un borrón frente a mi cara. Apoyó el hombro en el cristal, y ya no miraba a la calle, sino que me miraba a mí. Se mordió el labio mientras estudiaba mis músculos, que volvían a hincharse como un globo aerostático por el calor del ejercicio, y sólo cuando yo la miré de reojo y le dediqué una sonrisa que le hacía saber que la había cazado, salió de su ensimismamiento y volvió la vista de nuevo a la calle.
               Supe que Taïssa se había marchado sana y salva (con sus padres o con el Papa de Roma, me daba igual) cuando la expresión de ligera preocupación del rostro de Sabrae desapareció. Clavó los ojos en mí de nuevo, y sus pupilas se dilataron ligeramente cuando se dio cuenta de que mi yo de ahora no tenía nada que envidiarle a mi yo de hacía unos minutos.
               -¿Estás intentando distraerme?-pregunté bajo su escrutinio, y agarré la bola para evitar que me diera en la cara. Sabrae se dio un toquecito en la barbilla con un guante y contestó con una sonrisa:
               -Podría decirte lo mismo. Creía que ibas a esperar a que lo retomáramos donde lo habíamos dejado.
               -Lo estoy retomando donde lo habíamos dejado-me encogí de hombros, y me aparté el pelo de la cara-. Lo siguiente en mi entrenamiento eran quince minutos de punching ball.
               Sabrae sonrió, caminó hacia mí con la sensualidad de una diosa del sexo y se quedó plantada a un paso de mí. Podía notar el calor de mi cuerpo acariciando sus curvas, y ver cómo su piel brillaba como si le hubieran echado aceite de bebé con extracto de purpurina por encima. Su cuello, sus hombros y su vientre tenían una pinta deliciosa, así que no quiero ni hablar de cómo me llamaba su escote, que para desgracia para mi estabilidad emocional, subía y bajaba como una ofrenda en una noria.
               -Creía que yo era lo siguiente en mi entrenamiento.
               -Nena-le puse una mano en el cuello y le acaricié el mentón con el pulgar-, tú no eres un entrenamiento, eres la final del campeonato mundial.
               Sabrae me dedicó una sonrisa completa, con sus dientes anclándose en su labio inferior, y sus ojos chispearon ante la travesura que se le estaba ocurriendo.
               -¿Qué tienes pensado hacer después?-preguntó con intención, y yo decidí torearla un poco.
               -Todas las cosas que tengo pensadas se desvanecen en el momento en que entras en escena, bombón.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Terivision: A todos los chicos de los que me enamoré.


¡Hola, delicia! Vuelvo de mi retiro de blog con una nueva reseña, y otra vez es de un libro… o, más bien, de una trilogía. Es…


¡A todos los chicos de los que me enamoré! A todos los chicos de los que me enamoré (tatbilb en adelante, por sus siglas en inglés) es una trilogía compuesta por otros dos libros con los títulos PD: Todavía te quiero y Para siempre, Lara Jean, de la autora Jenny Han. Si no vives debajo de una piedra, estoy segura de que ya conoces la historia, aunque sólo sea porque en agosto del año pasado Twitter literalmente se revolucionó cuando Netflix estrenó la película que adaptaba el primer libro, y de la que ya se ha rodado la segunda parte, protagonizada por Lana Condor y Noah Centineo. Pues bien, si no sólo no vives debajo de una piedra sino que además me sigues, seguramente conozcas la obsesión que tengo con esta película, y puede que te sorprenda lo mucho que he tardado en leer los libros, pero, por fin, esta primavera conseguí despejar mi lista de espera y ponerme con ellos.
Y debo decir que el tiempo que ha pasado desde que se estrenó la película hasta que yo me hice con los libros ha merecido muchísimo la pena. Aunque hay bastantes cosas que en la película son diferentes (mismamente la presentación de Peter), tengo que decir que las cosas esenciales, las que perfilan lo que la hicieron especial, son en realidad préstamos tomados de las palabras de Jenny Han. No voy a hablar de la trama de cada libro para no hacer spoiler de la película (o las películas, espero) que nos esperan, pero sólo diré que la historia de Lara Jean y Peter es tan preciosa como en la película, e incluso está mejor trabajada y tratada con más cariño.
No te voy a engañar: la historia de amor de los dos personajes es lo que prima, pero a partir del segundo libro, con todos ya presentados y la trama fundamental puesta en marcha, sí que cobran importancia otros personajes que, si bien tampoco eran desconocidos en el primero, pasan a estar más iluminados entre el segundo y tercer libro. Así, no sólo seguimos teniendo a Kitty y el padre de Lara Jean, sino que también aparece el último destinatario de las cartas enviadas, John Ambrose, que SPOILER ya sale al final de la película, pero en los libros no hace acto de presencia hasta el segundo, y bastante avanzada la historia, he de añadir, FIN DEL SPOILER, y se va ahondando más en la personalidad de Lara Jean y en su relación con su grupo de  amigos, que crece a raíz de su relación con Peter.
Sin embargo, a pesar de que el tema principal de la novela es el amor, también hay una influencia muy poderosa de la esencia del young adult propiamente dicho: la llegada de la edad adulta y cómo afrontarla, el cambio del instituto a la universidad, que es incluso más trascendental en Estados Unidos que en España. Cosas en las que apenas nos parábamos en el primer libro de tatbilb como el futuro académico de Lara Jean pasan a tener más peso a medida que va avanzando la historia y ella creciendo, y con ella los libros adquieren un cariz más maduro a medida que vas pasando las páginas y vas viviendo con Lara Jean esas experiencias tan aterradoras.
Y lo mejor de todo esto es que no importa que ya hayas pasado por esa etapa de despedidas y ya sepas (o intuyas con más criterio que la protagonista) qué significa ser adulto, o que tu paso por el instituto no fuera algo tan memorable como lo es el de Lara Jean o, sin duda, el de Peter, sino que Jenny Han consigue hacerte sentir nostalgia de una época que afrontas(te) con miedo y a la vez ilusión. Leyendo tatbilb he vuelto a sentir los nervios de los exámenes de Bachiller, la preocupación ante la carrera que iba a escoger (o más bien la que iba a empezar), lo agridulce de las despedidas y la tristeza de saber que hay personas a las que probablemente no vuelvas a ver en mucho, mucho tiempo… puede que jamás, en la vida. Y, por supuesto, esa preocupación por si las cosas seguirán siendo como antes con tus amigos, o con una pareja que en mi caso no he tenido pero por la que he terminado angustiándome igual. Personalmente, incluso, llegué a sentir envidia de Lara Jean, por cómo estaba sintiéndolo todo, con cuánta intensidad, y con cuánta valentía estaba aceptando todos esos sentimientos, y hablando de las cosas que le iban sucediendo y sus reacciones ante ellas con tanta naturalidad.
Sí, si tuviera que definir tatbilb, la palabra que usaría sería naturalidad. Naturalidad con MAYÚSCULAS. Naturalidad y dulzura, muchísima dulzura. No en vano, Lara Jean es una gran aficionada de los pasteles. Quizá la autora lo hiciera a propósito, como una especie de guiño a su personalidad tan dulce e inocente, pero el caso es que me encanta lo bien que encaja la afición de Lara Jean con los postres con su manera de narrar: tan inocente, tan limpia, tan pura, que no puedes más que sentir ternura a medida que vas pasando páginas. Una vez que empiezas a leerla, la percepción del mundo que tienes a tu alrededor cambia inevitablemente. Ves belleza en casi todas las cosas, porque Lara Jean la ve, y ves lo bueno de aceptar cada sentimiento, sea bueno o malo, todo porque Lara Jean los acepta sin temor. Se regodea en su tristeza y también en su felicidad, siente miedo cuando es feliz de que ese sentimiento termine y se aterroriza cuando las cosas le van mal porque piensa que la racha que atraviesa no va a terminar nunca. En resumen, Lara Jean es tremendamente natural, tremendamente humana, de los personajes con más humanidad que he leído en mucho tiempo, gracias a su dulzura. Y todo esto es obra de Jenny Han, que no usa un lenguaje demasiado cargado pero tampoco vago (no en vano, Lara Jean es protagonista y narradora, y lee muchísimo en su tiempo libre), que ha sabido crear un personaje tremendamente sincero, que no se hace la dura ni siquiera cuando lo intenta con todas sus fuerzas, que comete errores y aprende de  ellos. Y tú sólo puedes darle las gracias.
Si hay algo malo que deba decir de los libros, es que han hecho que me enganche tantísimo a ellos que me daba miedo llevármelos de vacaciones por si el final no me gustaba y terminaban arruinándomelas. Pero, sinceramente, me alegro de haber esperado a estar libre de nuevo para poder sentarme a leer tranquilamente (o no tanto) al sol en el jardín de mi casa. Así podría disfrutar mejor de lo que sé a ciencia cierta que no es “la lectura”, sino la “primera lectura”. Es por eso precisamente por lo que no les pedí a amigas que habían leído los libros que me dijeran si Peter y Lara Jean terminaban juntos, o no lo busqué por internet. Sólo lees un libro por primera vez una vez, y yo no quería estropearme esa sensación. A medida que pasaba páginas, sabía que volvería a visitar la casa de Lara Jean en un futuro, no sé cómo de lejano.
Porque lo mejor de todo de tatbilb no es que me hayan dado una película que me encanta y que veo casi en bucle, que me anima cuando estoy triste y que me ha hecho conocer a Lana Condor y Noah Centineo, actores que me encantan y a los cuales sigo, ni que me haya dado unos libros que me hayan hecho echar de menos la vida del instituto y sentir que no la aproveché todo lo que debería… no. Lo mejor de estos libros es que, una vez llegas a la última página, quieres tanto a los personajes que consideras seriamente de volver a empezar la trilogía ipso facto.
Y no hay ningún autor que me haya hecho sentir eso. Así que gracias, Jenny Han.
Lo mejor: la dulzura de Lara Jean y lo coherente que es la historia con su personaje. Trama y protagonista están tan bien hiladas que es imposible separar a una de otra.
Lo peor: que son tres libros, en lugar de cinco, seis, o cincuenta.
La molécula efervescente: «Quizá sea el tipo de chica que se enamora mil veces. Me viene a la mente la imagen de una abeja sorbiendo néctar de una margarita, después a una rosa y luego a un lirio. Cada chico es dulce a su manera.»
Grado cósmico: Galaxia {5/5}. Es probable que no esté siendo objetiva, pero cuando me tocan el corazón, no se merecen que sea objetiva. Se merecen que sea sincera.
¿Y tú? ¿Estás de acuerdo conmigo?😍