![]() |
| ¡Toca para ir a la lista de caps! |
-Os dije que estaría con él-comentó Scott, sonriente, mirando a papá y a mamá, que se levantaron como resortes para venir a nuestro encuentro. Estaban un poco molestos conmigo por no haberles enviado ningún mensaje avisándoles de que iba a llegar algo más tarde de lo habitual. El triple de tarde, para ser más exactos, porque entre el tiempo que había pasado entrenando con Alec, lo que habíamos tonteado en la sala del boxeo y el episodio del vestuario, el tiempo se había pasado volando.
Pero la razón de que se levantaran tan rápido no fue para regañarme; Scott había conseguido tranquilizarlos confiando en que la opción más factible de mi tardanza no era un secuestro o un accidente, sino que simplemente me había encontrado con mi chico y nos habíamos entretenido mutuamente hasta el punto de perder la noción del tiempo. Scott confiaba en Alec, sabía que sus promesas valían su peso en oro, y sabía que, si Alec le había prometido el día anterior que iría a visitarle, removería cielo y tierra para aparecer por nuestra casa, aunque fueran sólo cinco minutos. Lo único que podía hacer que se retrasara tanto era yo.
Así que no, mis padres no se levantaron apresurada para venir a nuestro encuentro para ponerme los puntos sobre las íes, sino por cómo habíamos llegado. De camino a mi casa, nos había pillado desprevenidos una fuerte tormenta cuyos rayos habían iluminado el contorno del centro de Londres en el horizonte, pero por suerte, sobre nosotros no había caído ninguno. Las nubes sólo habían descargado agua sobre nuestras cabezas, como si supieran que habíamos pasado demasiado tiempo capeando un temporal y quisieran darnos un poco de tregua a la vez que nos daban la oportunidad de purificar nuestras almas. Yo llevaba un paraguas plegable en la bolsa, pero Alec no. Y, cuando me había ofrecido a compartirlo con él, él había negado con la cabeza, alegando que así sólo conseguiríamos mojarnos ambos, y se había calado la capucha para taparse un poco la cara. Fuimos prácticamente corriendo durante todo el trayecto, y descubrimos que aquello de “quien corre bajo la lluvia, se moja dos veces” era una verdad como un templo, pero yo no podía ir despacio viendo cómo Alec se calaba hasta los huesos. El mismo instinto protector que le había dicho a él que se negara a aceptar mi paraguas me susurraba apresúrate, Sabrae en el fondo de mi cabeza, y todo lo que apretara el paso simplemente no era suficiente para ese instinto.
Y allí estábamos, yo bastante mojada por la acción combinada del viento y el agua, y Alec calado hasta los huesos, goteando sobre el suelo del vestíbulo.
-¡Sabrae! Estáis empapados, ¿por qué no llamaste para que fuéramos a recogeros?-acusó mamá, trotando hacia mí más rápido que papá y quitándome la bolsa de deporte, lo único que no goteaba.
-No se me ocurrió-me excusé, pensando que era una estúpida y una egoísta por sí haber pensado en ello, pero haber decidido que mi tiempo a solas con Alec era más valioso. Lo miré por el rabillo del ojo mientras él se quitaba la chaqueta y la hacía una bola en sus manos, con su bolsa en el suelo, y miraba a mi padre, dispuesto a suplicarle con tal de conseguir ropa seca. Seguro que teníamos algo por ahí que pudiera servirle, me calmó una voz en mi interior. Había merecido la pena. El tiempo que no habíamos estado luchando contra la lluvia, lo habíamos pasado caminando muy pegados, Alec hablando de su pasado y yo escuchándole con muchísima atención. Cada palabra que salía de su boca era una canción, la más hermosa de todas, y yo era adicta a la música que él tocaba con sólo sus cuerdas vocales. Si antes me gustaba, ahora me encantaba.
Supongo que en eso consiste enamorarse, en creer que lo sabes todo sobre una persona, y adorar cuando te demuestran que aún hay rincones de ellos por descubrir. No te hace sentir inútil, sino, más bien, como que jamás podrás cansarte. Y yo jamás podría cansarme de escuchar a Alec hablar de sí mismo, tanto lo bueno como de lo malo, porque me daba una perspectiva muchísimo mejor de quién era. Una perspectiva que él, por desgracia, no podía ver, pero que me esforzaría en mostrarle.
-¿Tenéis una toalla?-preguntó con inocencia, mirando a papá con la mirada gacha. Me recordó a un cachorro que se somete totalmente a la autoridad del líder de la manada, humillándose incluso, todo con tal de conseguir la protección del grupo. Papá lo miró de arriba abajo, y después a mí un par de segundos, antes de volver la vista directamente a los ojos de Alec con cierta severidad. Se me retorció el estómago al comprobar que, en cierta medida, lo culpaba de que yo hubiera llegado a casa también mojada; debería habérsele ocurrido llamarnos, si a mí no se me había pasado por la cabeza.
Pero, de repente, su expresión se suavizó.
-Claro, Al-respondió, haciéndose a un lado e invitándolo a pasar-. Lo que necesites. No queremos que cojas una pulmonía. Scott, busca ropa limpia que pueda ponerse-le indicó a mi hermano, que se levantó como un resorte y trotó escaleras arriba. Me pareció curioso cómo Scott no se había movido del sitio, esperando instrucciones, cuando siempre había sido el más resolutivo de los hermanos. A él se le ocurrían las mejores ideas, él era quien trabajaba mejor bajo presión, y era él quien siempre tenía una solución a un problema que tú creías imposible. Noté algo pesado en el estómago cuando vi cómo subía las escaleras en dirección a su habitación y me percaté de que ya no desprendía la vitalidad de antes. Poco a poco, estar distanciado de Tommy le estaba consumiendo.
Noté que los ojos de Alec también estaban fijos en mi hermano, y mi mirada se vio atraída hacia su rostro como si tuviera un campo magnético del que yo no podía escapar. Me encontré con sus ojos a medio camino, y vi en ellos lo mismo que me imaginé que había en los míos: la melancolía de descubrir que habíamos sido egoístas manteniéndonos alejados de alguien que nos necesitaba tanto.
Todo porque no podíamos estar sin sexo ni siquiera un día.
Alec estiró la mano en mi dirección, me pellizcó la barbilla y parpadeó una sonrisa en su boca, que yo imité. Estaba tratando de animarme, y yo intentaba que no se centrara en mí. Por una vez, yo no debía ser su prioridad. Había alguien que le necesitaba más que yo.
Se cargó su bolsa de deporte del hombro y subió las escaleras delante de mí. Tras quedarse plantado un par de segundos en el pasillo del primer piso de la casa, finalmente entró en el baño cuando mi madre le ordenó a Duna que le entregara una toalla.
-Sécate tú también, ¿mm?-me indicó, y yo asentí con la cabeza, conmovida por lo muchísimo que se preocupaba por mí incluso cuando ya estaba tiritando de frío, y me quedé apoyada en el marco de la puerta, esperando a que él cerrara la suya cuando se quedara solo.

