jueves, 9 de agosto de 2018

Troya.


Lo más inteligente en esa situación habría sido mostrarme sumiso y dejar ver que su presencia me preocupaba. Que entendía a qué había venido y no había necesidad de darme la charla porque yo mismo me daba cuenta de que había hecho mal.
               Pero seamos francos.
               En 17 años de mi vida no he hecho nunca lo más inteligente.
               No iba a empezar justo ahora, hecho un puto lío y con las endorfinas del sexo emponzoñándome la piel.
               Así que dejé que mi mecanismo de defensa favorito se activara sin oponer resistencia ni considerar las consecuencias: me puse chulo.
               -¿Ahora tú también vas detrás de mí?
               Bey alzó las cejas y cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, los brazos aún cruzados. Me examinó de arriba abajo y chasqueó la lengua, como diciendo: no estoy para tus historias, chico.
               -Tienes tres segundos para abandonar esa actitud de mierda antes de que te suelte una bofetada.
               -No tengo ninguna actitud de mierda.
               -Uno.
               -¿A qué viene esto?
               -Dos.
               -¿Te crees que te tengo miedo?
               -Tres.
               -Pégame si tienes co…-empecé, pero no pude terminar la frase. Bey me cruzó la cara con una sonora bofetada que hizo que me pitaran los oídos. Me la quedé mirando, estupefacto, y ella esbozó una sonrisa de suficiencia mientras un par de pájaros que anidaban en la casa de al lado se alejaban volando, asustados por el escándalo.
               Al otro lado de la calle, desde la ventana entreabierta de la cocina de Jordan, se escuchó un glorioso:
               -¡Gracias, Bey!
               -¡A ti te pillaré yo luego!-gruñí, frotándome la zona dolorida, en la que seguramente se me estuviera formando una mancha roja con los dedos de Bey perfectamente delineados-. Y a ti, ¿qué bicho te ha picado, tía?
               -No aprendes, ¿eh? ¿Quieres otra? He dicho que tenemos que hablar. ¿Te imaginas por qué?
               -Dudo que sea sobre algún examen-respondí, mirándome la mano, como si esperara que parte de la rojez de la bofetada se traspasara a ella.
               -Te dejaré adivinar-Bey puso los brazos en jarras y los ojos en blanco. Como no contesté, sino que me mantuve estoico y hostil, Bey suspiró, su paciencia perdiéndose a cada minuto que pasara-. ¿Adónde has ido esta noche?
               -¿Qué te importa?
               -Jordan me ha contado todo. Te has comportado como un gilipollas.
               -¿Porque he ido a meterle la polla a otra y no a ti?-solté antes de poder reprimirme, y Bey alzó las cejas, impresionada por mi ataque. Me llevé una mano a la boca y empecé con mi disculpa. Claramente no pensaba, para nada, lo que acababa de decir. No utilizaría a Bey de ese modo. Ni para darle en la boca a Jordan ni para ninguna otra cosa. La quería demasiado. Era mi mejor amiga, y para colmo, ambos sabíamos que estaba colada por mí. Manteníamos una distancia prudencial a pesar de nuestra cercanía y mi constante coqueteo, porque ella nunca me dejaba atravesar una frontera invisible que ella misma nos había dibujado-. Reina B…-retrocedí un par de pasos hasta tropezar con la moto, momento en el que me detuve y alcé una mano a la altura de mi pecho para demostrarle que iba en serio.
               Pero a Bey no le interesaba mi excusa. Ni siquiera comprendí sus intenciones hasta que fue demasiado tarde. Levantó la rodilla y un dolor estrellado, cegador, me atravesó de abajo arriba. Me doblé sobre mí mismo, llevándome una mano a la zona dolorida y perdiendo por un momento todo el aire que había en mis pulmones. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la cara se contrajo en una mueca de dolor mientras me hacía una bola para proteger mis partes nobles.

domingo, 5 de agosto de 2018

Terivision: Ocean's 8.


¡Hola, delicia! Llevo amenazando un tiempo con escribir esta reseña, y por fin me he decidido. Hoy vengo a hablarte de una de las películas que se han estrenado este verano y que más ilusión me hacía ir a ver:

Ocean’s 8. Como ya sabrás, se trata del spinoff de la saga de Ocean’s 11, protagonizada por George Clooney, Julia Roberts y Brad Pitt. En este spinoff, sin embargo, no aparece ninguno de los personajes de la saga original: Sandra Bullock recoge el testigo de una de mis películas sobre robos preferidas, reinventando toda la saga y dándole un toque mucho más personal y femenino que me encanta.
En Ocean’s 8 conocemos la historia de Debbie Ocean, hermana del protagonista de la saga principal. Debbie obtiene finalmente la condicional después de que un colega la traicionara y la delatara por un robo anterior. Lejos de mantener las promesas que les hizo a los funcionarios de prisiones, Debbie sale de prisión con un único objetivo: cometer el robo del siglo. Para ello, se armará con un cuerpo de mujeres con el que crear el equipo perfecto, en el que cada detalle estará planeado al milímetro y no hay margen a error.
He de decir que iba al cine con unas expectativas altísimas: Ocean’s 11 es la primera película de “mayores” que vi en mi vida (como ya dije en Letterboxd, recuerdo que la primera vez que la vi y me quedé fascinada con la forma en que se trazaban los planes y cómo se llevaban a cabo, mi padre comentó a modo de broma que “ya empezaban a interesarme las pelis de mayores”), por lo que le tengo un cariño especial. No en vano es la primera película que vi del cine “adulto” (que no porno, ya sabes 😉), la que me introdujo en este mundo que tanto me encanta y en el que tanta evasión y buenos momentos encuentro. Es por ello que, en cierta medida, Ocean’s 8 tenía todas las papeletas para ser una de las películas que más me gustaran del año, o uno de las que más odiara en mi vida.
Por suerte, me decanté por la primera opción. No sólo me parece que recoge perfectamente el testigo de la saga original, sino que me atrevería a decir que es la mejor de todas las que han sacado. No sólo tiene esa frescura tan típica de los spinoff bien hechos, sino que también tiene una ambición propia de una entrega experimental propia de un director afamado que sabe que su audiencia tragará con lo que sea (aunque aquí no sea el caso). Ocean’s 8 consigue reinventar la saga tanto por el robo y los diversos giros de guión que hay a lo largo del metraje, como por la forma en que trata temas de actualidad, particularmente, el feminismo, aunque de una forma un tanto velada.
Y es que ni Debbie ni el resto de sus compañeras asisten a ninguna manifestación ni hacen ningún tipo de comentario que puedas identificar claramente como feminista, pero toda la película está cargada de un simbolismo empoderante que es imposible ver incluso para el más obtuso. Desde la propia negativa explícita de Debbie a incluir hombres en el equipo hasta la forma en que todas se las apañan para salir adelante sin ningún tipo de ayuda masculina, pasando por las relaciones que surgen entre las protagonistas. Y es que ésta es una película preciosa de ver si quieres hacerte una idea de una de las consecuencias del feminismo: no hay malos rollos, no hay competitividad, las ocho mujeres trabajan juntas para conseguir un fin común y en ningún momento hay nada mínimamente machista que pueda interponerse entre ellas y formar rencillas. Son, en cierta medida, hermanas, más que competencia, y ver tanta mujer junta sin que haya esa negatividad tan típica de Hollywood cuando se unen a varias féminas en una película es, cuanto menos, refrescante. Otra de las cosas que más me gusta de esta película es que el buen rollo entre las protagonistas continuaba incluso cuando se detenían las cámaras, como declararon las actrices en varias ocasiones (mismamente, cuando Anne Hathaway habló de las reacciones de sus compañeras de rodaje al verla llegar en su primer día, haciendo que perdiera la vergüenza que tenía por el cambio que ha sufrido su cuerpo tras pasar por la maternidad). Detallitos como estos en los que las mujeres se apoyan unas en otras en lugar de intentar destruirse hacen que se me llene el corazón de esperanza y felicidad, porque demuestra que las cosas están cambiando (más despacio o más rápido, depende de qué sector observemos) y que estamos yendo por el buen camino y los esfuerzos son recompensados.
El éxito de esta película y su gran anticipación se debe en gran medida a ese toque de frescura que le aporta a la industria del cine: Sandra Bullock comentó en varias ocasiones que el feminismo ha hecho posible que se apostara por esta película, que Ocean’s 8 en sí es una muestra de los avances que estamos viendo como sociedad. Hace una década, esta película sería más un chiste por lo imposible de su realización que una realidad tangible. Ahora, se alza como uno de los éxitos del verano.
Antes de pasar a hablar de los aspectos más técnicos de la película, me gustaría comentar algo que me pasó desapercibido en el cine pero que, viendo los comentarios de la gente en Letterboxd, me sorprendió gratamente: no sólo las protagonistas son sus propias salvadoras, siendo mujeres las que ayudan a otras mujeres (como es el caso de Cate Blanchett y Sandra Bullock con Helena Bonham Carter), sino que hay un cierto toque lésbico que no se confirma ni se desmiente entre el personaje de Sandra y el de Cate, y, además, las mujeres comen. A esto hacían referencia los comentarios que leí y que más me chocaron en Letterboxd: las mujeres comen, comparten comida en sus restaurantes, y en el guión se trata como algo natural. Tan natural, que ni siquiera se menciona. Estoy bastante segura de que ésta es la primera película en la que aparecen personajes femeninos comiendo en bastantes escenas y en ningún momento se hace mención a que lo están haciendo, como si fuera la gran cosa. Nada de “menudas calorías tiene esto”, nada de “siento que me va directamente a los muslos”. No hay un solo comentario de ese tipo a lo largo de la película, y creo que eso es un buen indicador del paso adelante que da en relación al resto del cine. No sólo trata a las mujeres como seres humanos, sino que las cosas que hacen y se muestran en cámara no son la gran cosa como sucede en el resto de películas. Y, sinceramente, esto me parece mucho más realista. No sé si tú, como mujer, en algún momento has comentado “esto me va a ir directamente a x sitio”; yo, desde luego, lo he hecho, pero más porque sentía que era lo que se esperaba de mí, que tenía que excusarme (¿?) porque mi cuerpo necesitara comer. Como si considerara que hacerlo fuera una tara, algo de lo que avergonzarme. Y estoy convencida de que el papel del cine en ese tipo de comportamientos ha sido protagonista, y me alegra muchísimo ver que por fin hay una película que no sólo no me hace sentirme mal por necesidades de mi cuerpo, ni tampoco intenta excusarme por ello, sino que directamente lo menciona porque es una cosa normal. Ocean’s 8 no grita “¡vivan los carbohidratos!”, ni tampoco “¡te vas a poner como una vaca!”; no dice absolutamente nada, lo cual es como si viniera a decir “¡sí, las mujeres comemos y no, no es motivo por el que obsesionarse, dejadnos vivir, Hollywood!”.
Metiéndome ya en cuestiones más técnicas de la película, tengo que decir que el guión me parece sublime. Bien construido, perfectamente sellado y con unos personajes que sinceramente da gusto verlos, con aspiraciones y una profundidad excepcional, incluso para los que tienen menos presencia en lo que respecta a la historia. El tema, el robo de una joya en la gala del MET, no podría interesarme más, y la forma de plantearlo y resolverlo me parece sencillamente fascinante. Sí que es cierto que hay determinados momentos en que sientes que ves venir el final, o en que éste se te presenta como un reflejo que captas por el rabillo del ojo sin saber a ciencia cierta qué lo ocasiona, pero el caso es que, aun si consigues adivinar cómo se va a terminar la película, estoy segura de que consigues disfrutarla. Como en las anteriores entregas de Ocean’s, ningún paso que dan los protagonistas es porque sí, todo responde a un propósito. Y chapó.
Es más, esta película no es la típica entrega independiente que Hollywood se saca de la manga para intentar sacar más oro de una mina, sino que es digna heredera de las anteriores. Sabe de dónde viene, incluso en el mismo tráiler se menciona cuando se explica la relación de Debbie con Danny y se da la razón de que la película sea otra Ocean’s. Los guionistas se encargan de responder a esa pregunta inevitable de “¿dónde está George Clooney?” pronto, para que tú no te pases las dos horas de duración del filme preguntándotelo y que puedas disfrutar de la historia. Movimiento que, por otra parte, me parece muy inteligente.
Y el elenco. Qué decir del elenco, por favor. Como decimos en Asturias, se juntaron la fame con las ganas de comer. Si ya el guión es espléndido, las actrices son sencillamente espectaculares. A pesar de que cada una tiene un determinado peso en la historia, se las apañan para brillar con luz propia, sin quitarle el foco de atención a las demás. Sandra Bullock capitanea a un pequeño ejército de reinas de la interpretación de coronas más o menos longevas, comandadas en segunda opción por una Cate Blanchett a la que le viene como anillo al dedo el papel de segunda de a bordo. Helena Bonham Carter consigue aprovechar esa parte de su talento más extravagante dando vida a una diseñadora caída en desgracia a la que Sandra y Cate sacarán de la ruina; Mindy Kaling interpreta a una joyera que no piensa resignarse al rol de esposa a la que su familia quiere someterla; Awkwafina pone el toque divertido a la película como carterista experimentada, Sarah Paulson es la ama de casa cuyas dotes de organización no podían faltar en una película en la que todo se planea al milímetro, Rihanna se sale en un papel de hacker caribeña que le viene como anillo al dedo, y Anne Hathaway encarna el alter ego de la película en la que yo la conocí, El diablo viste de Prada. Anne es la mala malísima a la que hay que robar, la actriz pagada de sí misma que se comporta como si salvara vidas. Todas tienen un papel diferente y sin embargo esencial en la película, y todas sus interpretaciones se complementan a la perfección, como sólo podía ocurrir en una película que trate de un robo de un objeto tan importante como de uno de los collares de diamantes más caros del mundo.
Lo mejor: los hombres no están, ni se les esperan. Son poco más que figurantes.
Lo peor: los cameos de famosos, entre los que no faltaba ESA familia (leí que Zayn salía en la película, y chico, yo no le vi la cara. Eso sí, a la Kim Kardashian, bien que me la metieron entre pecho y espalda sin yo pedirlo).
La molécula efervescente: los robos de Debbie nada más salir de prisión. Realmente le viene en la sangre a esta chica. Mientras redactaba esta reseña, pensaba en hablar del momento del hotel, pero cuando está en la tienda robando maquillaje tampoco se queda corta, así que me quedo con el hecho de que, muchas veces, para ser un ladrón de guante blanco basta con tener más cara que espalda.
Grado cósmico: Estrella galáctica {4.5/5}.
¿Y tú? ¿Ya has visto Ocean’s 8? De ser así, ¡no dudes en dejarme tu opinión en los comentarios!

miércoles, 1 de agosto de 2018

Señor de la guerra.

Antes de que te pongas a leer, quiero que sepas que al final del capítulo tienes una encuesta respecto de éste que me gustaría que contestaras. ¡Tu opinión es muy importante para mí! 


La moto ronroneó y vibró entre mis piernas, impaciente, mientras yo me quedaba mirando la nada. Ante mí se extendía el asfalto iridiscente de uno de los miles de puentes que atravesaban el Támesis y conectaban las dos mitades de Londres entre sí. La decisión se cruzar de una orilla a otra sólo te correspondía a ti, pero tu ciudad te brindaba todas las oportunidades que quisieras para cruzar al otro lado.
               Hacer lo que necesitaras hacer.
               Lo correcto.
               O meter la pata hasta el fondo.
               Eras quien decidía y eras quien lidiaba con las consecuencias, no nuestra gloriosa capital. Por eso, había que escoger muy bien, con mucho cuidado, cuál sería tu siguiente movimiento.
               El semáforo sobre mi cabeza parpadeó sin que yo me moviera. El verde continuó brillando con la fuerza de mil soles, pero yo mantenía la vista fija en la carretera, incapaz de tomar una decisión.  Incapaz de sentir la moto bajo mis pies.
               Da la vuelta, Alec. Da la vuelta, tío. Da la vuelta, joder.
               Casi podía escuchar la llamada de Jordan desde la distancia, implorándome que hiciera lo correcto y que no me marchara con Pauline por puro despecho. No tenía nada que demostrarle, nada que ocultar que Jordan no supiera ya. El problema era que yo no quería admitirlo en voz alta, apenas me atrevía a admitirlo para mí mismo.
               Y, aunque me dolía reproducir en bucle lo que Jordan me había dicho con respecto a Scott (¿Crees que te querrá cerca de ella si no puedes decirlo en voz alta?), una parte de mí creía que estaba haciendo lo correcto. No podía dejar que ella me definiera. No podía dejar que ella me hiciera dejar de ser quien era.
               Todos los fines de semana echaba un polvo. Todos. Sin excepción. Nunca me encontraba con un obstáculo lo suficientemente grande como para que yo no pudiera salvarlo y cumplir con mi objetivo en la vida: meterme en las bragas de la chica de la semana. Por mucho que ese obstáculo fuera Sabrae.
               Me odié a mí mismo por considerarla un obstáculo, después de todo lo que había hecho por ella, no sólo la noche anterior, sino a lo largo de todas nuestras vidas juntos.
               Me recliné en el asiento de la moto, sosteniéndola en pie sobre la punta de mis zapatos, y miré el vacío mientras decidía. Algo en mí estaba intentando hacer clic. El semáforo cambió y yo levanté la vista. Rojo. Como sus labios. Como sus mejillas mientras yo le decía alguna guarrada. Como el sentimiento que me llenaba cuando estaba con ella.
               Como el mismo sentimiento que me había llenado cuando leí, hacía tiempo, los comentarios de aquel tal Hugo en su perfil de Instagram. Aquellos celos viscerales que ella había puesto en mí, que ninguna otra sería capaz de poner. Los celos que no me había gustado sentir por ser hijos de quien yo lo era, por ser la conexión que mantenía con mi padre, la última de todas las que había intentado romper durante 17 años de existencia.
               No te la mereces.
               Y ella no se merece cambiarte, respondió una voz oscura dentro de mí. Me volví a inclinar hacia la moto y, haciendo caso omiso tanto del color del semáforo como de las voces en mi interior que me decían que diera la vuelta, me dejé llevar por la rabia que me llenaba y giré la muñeca para apretar el acelerador. La moto salió disparada hacia delante, con un rugido triunfal de puro júbilo que compartí con la boca dentro de mi casco. Pasé zumbando delante de edificios emblemáticos que hacían las maravillas de los turistas que abarrotaban la ciudad, intentando ignorar cómo me juzgaban desde su augusta altura, y atravesé calles iluminadas por farolas que me ardían en los ojos.