En cuanto se bajó del bus y se
giró para encontrarse conmigo, su sonrisa se convirtió en la mueca que hacen
las bocas cuando se convierten en la cárcel de una carcajada.
-Ni se te ocurra-le avisé, pero Tommy era un
gilipollas de primera que no iba a dejar pasar la oportunidad de meterse
conmigo.
-Joder, y yo que pensaba que lo que me ha pasado esta
noche no se podría superar por nada-señaló, y se echó a reír abiertamente
mientras varias personas, los madrugadores del barrio, se bajaban del bus y nos
rodeaban con curiosidad. Me planteé seriamente la posibilidad de empujar a
Tommy contra el bus en el momento en el que éste arrancara, pero enseguida la
deseché.
No porque no se lo mereciera (créeme, lo hacía).
Sino porque luego yo tendría que buscarme mi propio
bus para saltar.
-¿Tengo que empezar a llamarte Piolín ahora?
-Cierra la puta boca-gruñí, pasándome una mano por el
pelo, mi precioso pelo, que antes había sido un hermoso color azabache y que
las hijas de puta que tenía por hermanas me habían teñido de un rubio casi
platino mientras dormía.
Lo malo de tener el sueño más profundo que las fosas
abisales era que no te enterabas de absolutamente nada de lo que te hacían, así
que cuando ellas decidieron que hacerme una de nuestras típicas putadas sería
una buena forma de celebrar que estaba en casa y convencerme de que no me
marchara, yo había sido dócil cual cordero y no había movido un músculo
mientras me levantaban la cabeza, me pasaban agua por el pelo y empezaban a
pintármelo con una de esas brochas de plástico cutre que vienen con los
paquetes de tinte.
Me había despertado como siempre, aunque sintiendo la
cabeza un poco húmeda pero no le di más importancia. Supuse que serían
imaginaciones mías debido a la resaca.
Pero, cuando vi mi reflejo en el espejo, los ojos
mucho más oscuros debido al contraste con mi pelo, las motitas verde y dorado
prácticamente desaparecidas por la luz que acaparaban mis mechones, me quedé a
cuadros.
Y luego bajé corriendo las escaleras hecho una furia.
-¡HIJAS DE PUTA!-grité nada más entrar en la cocina.
Mamá dio un brinco, terminando de pasar un poco de zumo de naranja a la nevera,
mientras Shasha se echaba a reír y se llevaba una de las fuentes de patatas-.
¿SOIS IMBÉCILES? ¡YO OS MATO! ¡QUE TENGO UNA IMAGEN DE CARA AL PÚBLICO, COÑO!
¿CÓMO MIERDA PRETENDÉIS QUE SALGA ASÍ A LA CALLE?
-Pero si estás muy mono, pareces papá en el reportaje
que le hicieron para GQ-contestó la cabrona de la mediana de mis hermanas, y
mamá tuvo que cogerme del brazo para que no le soltara un bofetón.
-Yo creo que te queda muy bien-me había dicho, pero su
boca hizo el mismo gesto que estaba haciendo la de Tommy ahora.


