¿Habría dado alguna otra
contestación de haber pensado en las consecuencias? No lo creo.
¿Habría hecho saber que me dolía tener que irme de
casa tan pronto? Eso, sí.
Supongo que a todos nos pasa lo mismo. En una fiesta,
no pensamos en la preocupación de nuestra madre porque no sabe dónde estamos.
No nos detenemos a valorar el riesgo de caminar por el borde de una azotea. No
nos asomamos la cabeza por la ventanilla del tren esperando encontrarnos con una
señal que nos la arranque.
No nos sentamos en las dunas de nuestra playa favorita
a planear ahorros para las clases de surf. No renunciamos al verano que viene.
Aunque ese verano no llegue nunca.
No decimos adiós a todo lo que hemos conocido: decimos
hola a lo que nos queda por conocer.
Y nos sentimos traidores. Porque no hemos pensado en
los demás. Porque la ola nos ha tirado de la tabla. Dando vueltas por debajo de
la superficie, pensamos en los demás surfistas. Les quitamos la oportunidad.
Ellos podrían haberlo hecho mejor.
Pero cuando estás en la ola, qué diferente es todo.
Al día siguiente de decir que sí, volvimos a cantar.
Resultó que teníamos que grabar un tema como audición. Los programas de hoy en
día tenían tanta afluencia de gente que no podían permitirse el lujo de tener
audiciones desde el principio. Sólo en momentos muy puntuales. Y la cantidad de
personas que se presentaban era horrible. Puede que no entráramos.
Así que Tommy había decidido ir por el camino más
rápido. El más sencillo. El seguro.
Consideré la posibilidad de que yo hubiera sido el
último porque yo era el único que tenía un estudio en casa. Tommy tenía una
sala de baile, una de ésas con una pared llena de espejos. Pero la acústica no
era la misma. Y no teníamos que grabarnos. Sólo nuestras voces.
Layla,
Diana, Scott y Tommy entraron en el estudio con temor casi reverencial. Yo no
recordaba qué era esa sensación. Puede que nunca la hubiera conocido. Había
crecido, literalmente, toqueteando botones en aquel lugar. Pero ellos, no.
Y ellos sabían que eran el producto de lo que había
sucedido en sitios como aquellos. Todos éramos consecuencia de que a nuestros
padres les dejaron entrar en un estudio.
Tommy fue el primero en superar el hechizo. Se dio la
vuelta y sonrió.
-Ya veréis lo bien que se escucha todo lo que se grabe
aquí.
Las chicas lo miraron, asustadas. Layla estuvo a punto
de dar la vuelta y salir corriendo. Íbamos a tener que apoyarla muchísimo.
-¿Hablas por experiencia, o algo?-espetó Scott,
herido, mirándolo de arriba abajo. Tenía la vaga impresión de que le dolía más
que Tommy hubiera hecho algo nuevo sin él, que el que hubiera estado en aquel
lugar antes.
Creo que ni siquiera iban al cine separados. Lo cual
era un problema.
-¿No te acuerdas de que te conté que, cuando vine a
Irlanda, Chad y yo grabamos cosas?-inquirió, picado, el inglés de ojos azules.
El de ojos marrones alzó las cejas.
-¿A eso te referías con “S, adivina, hemos grabado una
canción”?
Tommy puso los ojos en blanco.
-No, con eso te quería decir que íbamos por el bosque
buscando moras de temporada y nos encontramos una náyade y nos la tiramos por
turnos-Tommy se irguió-. Joder, S, se supone que las aprobabas todas.
Scott se lo quedó mirando.
-A veces no sé cómo te soporto.
Los metí en el estudio prácticamente a empujones. Papá
se sentó en la mesa de mezclas y empezó a ponernos música.
Escuchamos unos acordes. Nos quedamos callados,
delante del micrófono que colgaba del suelo. Miramos a papá. Papá miró el
móvil.
-Tenéis buen gusto-declaró.
-Se puede cantar bien entre cinco-añadió Diana. Layla
asintió despacio con la cabeza.
Nos repartimos Shape
of you. La cantamos por primera vez todos juntos, luego, nos repartimos los
papeles. Después, cantamos la canción de seguido, cada uno su parte. Y, a
continuación, nos centramos en grabarla como se graba una canción.
A pedazos. Igual que se hace una tarta. Por un lado va
el bizcocho. Por otro, el relleno. Por otro, la mermelada. Por último, la
decoración.
Y mentiría si dijera que no nos lo pasamos genial.
Que, la segunda vez que cantamos la canción, no estábamos ya bailando y dando
brincos cuando otro se ocupaba del micrófono. Que Diana y Layla sacudieron las
caderas y se rieron, pero no pasó nada, porque aquella no sería la grabación
que enviásemos. Que Scott y Tommy no se frotaron el uno contra el otro en el
estribillo, cuando Ed Sheeran le decía a la chica que quería su amor. Que no
nos quedamos sin aire de la risa cuando nos pusimos a dar palmas, o haciendo el
puente.
Y eso fue lo peor. El habérmelo pasado bien por algo
que a Kiara y Aiden las haría sufrir.
Quedé con ella al día siguiente de que se fueran los
ingleses. Estaba impaciente por conocer las noticias. Apenas había salido del
autobús, ya la tenía colgada de mi cuello. Me dio un abrazo profundo y
cariñoso. Un abrazo que decía que me había echado de menos.
Pobrecita, la que le esperaba.
-¿Qué querían Tommy y los demás?-preguntó. Siempre que
me pedía información sobre los ingleses, la pedía refiriéndose a ellos como
“Tommy y los demás”. Porque para algo era con él con quien antes había
congeniado.
-Te lo cuento tomando un chocolate-le dije. Porque aún
me quedaba un poco de corazón. Y de decencia. Y de vergüenza. Y Kiara no se
merecía que le dijera algo así en medio de la calle.
Debería habérmela llevado a casa. Para que me gritara
todo lo que quisiera. Y se quedara a gusto.
Nos metimos en la primera cafetería que encontramos.
Había un partido de fútbol puesto en el televisor más grande. Nos arrebujamos
en el asiento y pedimos la taza más grande de chocolate que tuvieran. Kiara
miró los precios y se mordió el labio. Yo le dije que no se preocupara. Que
pagaba yo. Era lo menos que podía hacer, después de haberla dejado plantada.
Y después de haberla traicionado sin pensar en ella.
Nos trajeron nuestro pedido con un par de pastas en
cada plato. Le tendí las pastas cubiertas de chocolate blanco a K, y ella me
entregó las secas.
Di un sorbo de mi tazón, con sus ojos fijos en mí.
-¿Y bien?
Su mirada oscura me derritió el corazón. No podía
decírselo así.


