domingo, 11 de junio de 2017

Mofletitos jugosos.

¿Habría dado alguna otra contestación de haber pensado en las consecuencias? No lo creo.
               ¿Habría hecho saber que me dolía tener que irme de casa tan pronto? Eso, sí.
               Supongo que a todos nos pasa lo mismo. En una fiesta, no pensamos en la preocupación de nuestra madre porque no sabe dónde estamos. No nos detenemos a valorar el riesgo de caminar por el borde de una azotea. No nos asomamos la cabeza por la ventanilla del tren esperando encontrarnos con una señal que nos la arranque.
               No nos sentamos en las dunas de nuestra playa favorita a planear ahorros para las clases de surf. No renunciamos al verano que viene. Aunque ese verano no llegue nunca.
               No decimos adiós a todo lo que hemos conocido: decimos hola a lo que nos queda por conocer.
               Y nos sentimos traidores. Porque no hemos pensado en los demás. Porque la ola nos ha tirado de la tabla. Dando vueltas por debajo de la superficie, pensamos en los demás surfistas. Les quitamos la oportunidad. Ellos podrían haberlo hecho mejor.
               Pero cuando estás en la ola, qué diferente es todo.
               Al día siguiente de decir que sí, volvimos a cantar. Resultó que teníamos que grabar un tema como audición. Los programas de hoy en día tenían tanta afluencia de gente que no podían permitirse el lujo de tener audiciones desde el principio. Sólo en momentos muy puntuales. Y la cantidad de personas que se presentaban era horrible. Puede que no entráramos.
               Así que Tommy había decidido ir por el camino más rápido. El más sencillo. El seguro.
               Consideré la posibilidad de que yo hubiera sido el último porque yo era el único que tenía un estudio en casa. Tommy tenía una sala de baile, una de ésas con una pared llena de espejos. Pero la acústica no era la misma. Y no teníamos que grabarnos. Sólo nuestras voces.
               Layla, Diana, Scott y Tommy entraron en el estudio con temor casi reverencial. Yo no recordaba qué era esa sensación. Puede que nunca la hubiera conocido. Había crecido, literalmente, toqueteando botones en aquel lugar. Pero ellos, no.
               Y ellos sabían que eran el producto de lo que había sucedido en sitios como aquellos. Todos éramos consecuencia de que a nuestros padres les dejaron entrar en un estudio.
               Tommy fue el primero en superar el hechizo. Se dio la vuelta y sonrió.
               -Ya veréis lo bien que se escucha todo lo que se grabe aquí.
               Las chicas lo miraron, asustadas. Layla estuvo a punto de dar la vuelta y salir corriendo. Íbamos a tener que apoyarla muchísimo.
               -¿Hablas por experiencia, o algo?-espetó Scott, herido, mirándolo de arriba abajo. Tenía la vaga impresión de que le dolía más que Tommy hubiera hecho algo nuevo sin él, que el que hubiera estado en aquel lugar antes.
               Creo que ni siquiera iban al cine separados. Lo cual era un problema.
               -¿No te acuerdas de que te conté que, cuando vine a Irlanda, Chad y yo grabamos cosas?-inquirió, picado, el inglés de ojos azules. El de ojos marrones alzó las cejas.
               -¿A eso te referías con “S, adivina, hemos grabado una canción”?
               Tommy puso los ojos en blanco.
               -No, con eso te quería decir que íbamos por el bosque buscando moras de temporada y nos encontramos una náyade y nos la tiramos por turnos-Tommy se irguió-. Joder, S, se supone que las aprobabas todas.
               Scott se lo quedó mirando.
               -A veces no sé cómo te soporto.
               Los metí en el estudio prácticamente a empujones. Papá se sentó en la mesa de mezclas y empezó a ponernos música.
               Escuchamos unos acordes. Nos quedamos callados, delante del micrófono que colgaba del suelo. Miramos a papá. Papá miró el móvil.
               -Tenéis buen gusto-declaró.
               -Se puede cantar bien entre cinco-añadió Diana. Layla asintió despacio con la cabeza.
               Nos repartimos Shape of you. La cantamos por primera vez todos juntos, luego, nos repartimos los papeles. Después, cantamos la canción de seguido, cada uno su parte. Y, a continuación, nos centramos en grabarla como se graba una canción.
               A pedazos. Igual que se hace una tarta. Por un lado va el bizcocho. Por otro, el relleno. Por otro, la mermelada. Por último, la decoración.
               Y mentiría si dijera que no nos lo pasamos genial. Que, la segunda vez que cantamos la canción, no estábamos ya bailando y dando brincos cuando otro se ocupaba del micrófono. Que Diana y Layla sacudieron las caderas y se rieron, pero no pasó nada, porque aquella no sería la grabación que enviásemos. Que Scott y Tommy no se frotaron el uno contra el otro en el estribillo, cuando Ed Sheeran le decía a la chica que quería su amor. Que no nos quedamos sin aire de la risa cuando nos pusimos a dar palmas, o haciendo el puente.
               Y eso fue lo peor. El habérmelo pasado bien por algo que a Kiara y Aiden las haría sufrir.
               Quedé con ella al día siguiente de que se fueran los ingleses. Estaba impaciente por conocer las noticias. Apenas había salido del autobús, ya la tenía colgada de mi cuello. Me dio un abrazo profundo y cariñoso. Un abrazo que decía que me había echado de menos.
               Pobrecita, la que le esperaba.
               -¿Qué querían Tommy y los demás?-preguntó. Siempre que me pedía información sobre los ingleses, la pedía refiriéndose a ellos como “Tommy y los demás”. Porque para algo era con él con quien antes había congeniado.
               -Te lo cuento tomando un chocolate-le dije. Porque aún me quedaba un poco de corazón. Y de decencia. Y de vergüenza. Y Kiara no se merecía que le dijera algo así en medio de la calle.
               Debería habérmela llevado a casa. Para que me gritara todo lo que quisiera. Y se quedara a gusto.
               Nos metimos en la primera cafetería que encontramos. Había un partido de fútbol puesto en el televisor más grande. Nos arrebujamos en el asiento y pedimos la taza más grande de chocolate que tuvieran. Kiara miró los precios y se mordió el labio. Yo le dije que no se preocupara. Que pagaba yo. Era lo menos que podía hacer, después de haberla dejado plantada.
               Y después de haberla traicionado sin pensar en ella.
               Nos trajeron nuestro pedido con un par de pastas en cada plato. Le tendí las pastas cubiertas de chocolate blanco a K, y ella me entregó las secas.
               Di un sorbo de mi tazón, con sus ojos fijos en mí.
               -¿Y bien?
               Su mirada oscura me derritió el corazón. No podía decírselo así.

jueves, 8 de junio de 2017

Terivision: The Dog Master.

¡Hola, delicia! Vuelvo a traerte una reseña sobre un libro que terminé de leer hace un par de días (y con el que estrené mi Tumblrde frases de libros y el hilo de frases de libros en Twitter ) (que se note poco la publicidad). Se trata de:


¡The Dog Master! Como su propio subtítulo indica (a novel of the first dog), el libro trata sobre, precisamente, eso: el primer perro. En el marco de un antropólogo al que le informan de que se ha encontrado el primer fósil de una tumba en la que también yace un perro, el autor, W. Bruce Cameron, nos cuenta la historia de cómo la humanidad pasó de ser presa del lobo, a domesticarlo y conseguir que se convierta en el mejor amigo del hombre que es hoy.
Tengo que decir antes de empezar que puede resultar un poco frustrante y lioso la manera que tiene el autor de contarte la historia. Aunque cuando vas avanzado el libro y ya estás más centrada se te hace muy interesante, los continuos saltos en la línea temporal hacen que no te aclares muy bien sobre si X acontecimientos sucedieron antes, y por tanto son causa, o por el contrario sucedieron después, y son efecto, de los que estás leyendo. Hay varias subtramas que se entremezclan hasta dar forma a la trama final, más importante, y la forma en que lo hacen puede ser algo liosa, especialmente si no estás acostumbrado a fijarte en los títulos de cada capítulo (como, básicamente, me pasa a mí). La historia se desarrolla fundamentalmente entre dos clanes prehistóricos: los Wolfen, que se creen descendientes del lobo y por tanto actúan a imagen y semejanza de estos cánidos, y los Kindred, hijos del sol, típica tribu prehistórica con sus migraciones y sus repartos de tareas en la comunidad y sus todo. En un mundo hostil en el que están lejos de ser el Depredador Supremo™ que somos ahora los humanos, estos dos clanes deberán luchar no sólo contra otros animales mucho más preparados para matar que ellos, sino contra la propia naturaleza: se encuentran en los albores de la última glaciación.
Partiendo de la base de que nunca había oído hablar de este autor, he de decir que me he llevado una grata sorpresa con su manera de escribir. He leído el libro en inglés y, si bien algunas partes se me hacían complicadas por el vocabulario (armas o alimentos que puede que no haya en la actualidad, la verdad es que no me he puesto a buscar las traducciones aún), en general el texto es bastante asequible e incluso bonito. Especial belleza tienen las partes en las que el autor quiere esmerarse más o que ya de por sí tienen que ser hermosas a la fuerza: el fragmento en el que la más anciana de los Kindred explica de dónde vienen es de mis partes favoritas del libro.

Además, aun siendo una novela que se centra en la más tierna infancia de la humanidad, me ha sorprendido por tratar temas con los que aún nos encontramos hoy. Los problemas que surgen entre las tribus son básicamente de dos tipos: amorosos y de poder. Personajes que no pueden estar juntos, otros que harán lo que sea por mantenerse un rato más al frente de sus tribus… en fin, cosas que no nos son desconocidas aún.
La forma de escribir la novela, como ya he dicho, es más que correcta. El autor se adapta a cada punto de vista en el que se centra, con especial importancia de los momentos en los que son los lobos los protagonistas. Se pasa de hablar más de vistas a olores, de sentimiento de individualidad a unidad en la manada. Cameron consigue que te sientas parte de la manada, e incluso te hace creer que realmente estás corriendo a cuatro patas en un bosque prehistórico persiguiendo a alces porque tienes que alimentar a tus crías antes de que se acerque el invierno.
Mención especial se merece el lenguaje de las tribus. Para empezar, llaman a su lengua, “La Lengua” (lo cual tiene sentido, si te paras a pensarlo). Hay palabras tan cotidianas como “joder” que ellos no utilizan (porque en inglés se supone que viene de unas siglas que vendrían a significar algo así como Fornication Under Control of the King), o “OK”, y, lo que más me llamó la atención, es que en ningún momento hay ninguna contracción. En este libro no te encuentras jamás un “I’m”. Siempre es I am. Supongo que tiene su lógica, pero nunca había pensado que, de tener que escribir en una especie de español arcaico, las formas más largas serían las que predominaran.
Si ya de por sí la historia tenía que gustarme sí o sí, como buena amante de los perros que soy, tengo que decir que los agradecimientos y la nota del autor son incluso mejores que la novela. Después de leer sobre académicos, te esperas a un escritor aburrido y pagado de sí mismo, así que qué sorpresa más agradable te llevas cuando te encuentras con que este hombre es un cachondo, que te regala frases del tipo “tuve que preguntar sobre el tipo de tecnología que había en la época, y resultó que los iPods aún iban a tardar en inventarse”, “por lo que sabemos, esta gente podría haberse gritado a la cara XD” o, mi preferida “Lo único mínimamente científico que podría decirte si me pones delante a una calavera es que «este tío está muerto».”
Lo mejor: Participar de los descubrimientos e invenciones de la humanidad, y su mitología. Además, la primera pintora de cuevas resulta ser una mujer. Así me gusta. Los coños mandan.
Lo peor: los continuos cambios de posición en la línea temporal pueden hacerse muy liosos y hacer que no te enteres muy bien de lo que está sucediendo.
La molécula efervescente: la explicación para el cambio de color de hojas en otoño. Naturalmente, para las tribus prehistóricas, que no tenían calefacción ni mantas eléctricas, ni siquiera calcetines gorditos, el invierno venía a ser la encarnación del demonio. Y la naturaleza luchaba una ardua batalla hasta conseguir superarlo. Batalla a la que se unían los árboles, y los árboles sangraban, y de ahí el cambio de color de sus hojas cuando el invierno se acerca: la batalla se ha vuelto más cruda y están perdiendo.
Grado cósmico: Galaxia {5/5}. Tanto el lenguaje, como los puntos de vista, como la mitología y la historia en sí no han hecho más que conquistarme. Y los comentarios del autor al acabar la novela no han sido más que la guinda del pastel.

¿Y tú? ¿Has leído este libro, o algo de este autor? Si es así, házmelo saber en un comentario. Y si no, ¿te han entrado ganas de leerlo? Toda reacción es bienvenida, ¡adoro leerte, no me dejes con las ganas! 

sábado, 3 de junio de 2017

Terivison: El caso Sloane.

¡Hola, delicia! Hoy vengo a hablarte de una película que vi hace un par de semanas. Algo que tengo que agradecerle a El Hormiguero, por otro lado. No todos los días hacen mierda, al parecer. Se trata de:


El caso Sloane. Como habrás podido deducir gracias al cartel, El caso Sloane es una película protagonizada por Jessica Chastain (a la que ya habrás visto en Interstellar o Criadas y señoras) en la que da vida a una lobista estadounidense. Por si no lo sabes, los lobbies son los grupos de presión de los gobiernos, los que básicamente ponen y quitan a presidentes o gabinetes enteros con tal de que se protejan sus intereses. El ejemplo más típico de lobby es el pro-armas. Y es, precisamente, este lobby, el que se pone en contacto con el personaje de Jessica Chastain, Elizabeth Sloane, para que consiga el apoyo de las mujeres (las “madres de América”) para las pistolas. Elizabeth se niega a ello y decide abandonar su empresa, una firma multimillonaria, para unirse a un pequeño despacho que lo que busca es, precisamente, lo contrario: conseguir una regulación en el derecho a portar armas reconocido en la Constitución americana.
Si tuviera que definir El caso Sloane con una frase, ésta me sería bien fácil de encontrar: empoderamiento femenino. Ya antes de ver la película, en la promoción de El Hormiguero, Pablo Motos destacaba el papel tan importante de Elizabeth Sloane en su firma. “Los hombres se acojonan escuchando sus tacones por el pasillo, como diciendo «que viene, que viene»”. Jessica incluso apuntaba que “los tacones de ella son como la música de Tiburón”. Y estaban en lo cierto. La película, aunque trata principalmente sobre el papel de los grupos de presión en los Gobiernos, es también un homenaje a todas las mujeres que han conseguido romper el techo de cristal y codearse con la élite a pesar de su sexo. Ellas tendrán que luchar más precisamente por ser mujeres, se encontrarán con mayores obstáculos que sus compañeros… pero serán más fieras sorteándolos
La trama es sencillamente genial, la verdad. Nos encontramos con un conflicto muy importante, y el guión está plagado de giros que no te dejan indiferente. La propia Elizabeth abre la película diciendo cómo es el trabajo de un lobista: básicamente, tienes que joder más a tu contrincante de lo que él te va a joder a ti. Adelantarte a sus movimientos. Y es la capacidad de previsión de Elizabeth lo que la ha convertido en la mejor lobista de todo Estados Unidos. No falta una versión más humana de la posición que defiende Elizabeth, encarnada por la genial Gugu Mbatha-Raw (a la que vi en Belle y, más tarde, en La verdad duele) en el papel de una analista que se sabe todos los datos referentes a la violencia armada de su país.
Las actuaciones son más que buenas; me atrevería, incluso, a decir que el papel de Jessica es el mejor de toda su carrera. Aun incluso estando prácticamente todo el rato en pantalla, no la ves agotada en ningún momento: se nota que ha trabajado el papel y que el personaje le gusta. Es un regalo del cielo, por otro lado, este personaje. No todos los días Hollywood se levanta diciendo “oye, voy a escribir sobre una mujer fuerte e independiente”…
… una verdadera lástima, pero bueno.
Precisamente es la frescura de este personaje lo que más me ha gustado de la película. Su fuerza, su fortaleza y su tesón para enfrentarse a todos los retos que se le pongan por delante. Elizabeth Sloane es la soberana de su vida y la dueña de su destino, y no va a dejar que ningún hombre decida lo que va a ser de ella… o menos, que la joda. Por lo menos, sin joderle ella más a él.
Lo mejor: Jessica Chastain. En sí.
Lo peor: SPOILER A PARTIR DE AQUÍ en un momento dado, parece que la salvación de Elizabeth depende de un hombre, y eso no me ha gustado en absoluto; no me ha parecido consecuente con el personaje. Sin embargo, también es verdad que el momento culminante de la película podría haber llegado aunque los acontecimientos fueran diferentes, con lo que no me atrevo a quejarme mucho FIN DEL SPOILER.
La molécula efervescente: el plot-twist final. No puedo decirte en qué consiste por razones evidentes, pero créeme si te digo que es la digna culminación de una película que te encantará.
Grado cósmico: Estrella galáctica {4.5/5}. Adoro el cine. Adoro el feminismo. Adoro a los personajes femeninos fuertes.

¡Hollywood, dadnos más!