Papá llama despacio con los nudillos en la puerta. Apenas
lo oigo.
O no
debería oírlo, pero lo hago.
Mamá
se ha ido al despacho. Por la tarde, cuando prácticamente nunca, a no ser que
sea vea muy pillada con la preparación de un caso, lo hace. Y es sospechoso,
muy sospechoso.
Papá
empuja despacio la puerta de mi habitación. Me encuentra tumbado en la cama,
con un cigarro entre los labios y la mirada fija en el techo. Llevo 20 minutos
pensando en qué sucedería si salto en la cama lo suficiente como para hacer que
mi cabeza impacte contra éste.
De
una mala, me quedaría en silla de ruedas (que es, básicamente, como ya me
siento, inútil en mi propio cuerpo, encerrado en una prisión asfixiante).
De
una buena, me partiría el cuello y la palmaría.
Me la
suda que se suponga que he dejado de fumar. O que mi padre no debería verme
haciéndolo, por eso de que soy muy joven y tengo toda la vida por delante. Pues
precisamente porque tengo toda la vida por delante estoy fumando. Puede que me
dé un tumor y me quede tieso en cosa de una semana.
-¿Puedo
pasar?-pregunta. Yo me encojo de hombros, sin mirarlo. Doy otra calada y todo
mi ser se concentra en la sensación de la nicotina penetrándome en el cuerpo.
-Es
tu casa-doy otra calada, sigo sin mirarle. Ya no estoy a oscuras. Esta mañana
me he despertado vacío, y en las tinieblas. Conozco esa sensación. No me voy a
dejar arrastrar. Por Eleanor.
Eleanor
no se merece que yo me suicide.
Pero
me aterroriza pensar en que terminaré perdiendo las fuerzas como las perdí la
última vez. Ashley tampoco se lo merecía, pero por motivos muy distintos. Era
demasiado bueno para ella; Eleanor es demasiado buena para mí.
No
puedo volver a caer. Pero no voy a aguantar mucho más tiempo.
Papá
se sienta al pie de la cama. Está a punto de decir algo, pero yo me adelanto.
-¿Dónde
está mamá?
Quiero
que me lo diga. Quiero que me lo confirme. Está con Tommy. Ha elegido. No ha
sido a ti. Yo no puedo elegir. Te pareces demasiado a mí. Quiero que duela.
Quiero que escueza. Quiero que me haga deshacerme.
-Ella…
ha salido un momento. Volverá enseguida. ¿Qué necesitabas? ¿Te sirvo yo?
Pobre
papá, realmente se esfuerza en ser lo mejor padre que puede.
-Sé
que está con Tommy-espeto, y él se hunde un poco, agotado-. No pasa nada. Tú
también puedes ir con ella. No tienes por qué estar aquí.
-¿Qué?
Me
incorporo.
-Oh,
venga, papá, como si no lo supieras. Tommy es todo lo que yo no soy. A Tommy lo
buscaron, lo desearon, hicieron todo por tenerlo, y a mí… bueno, conmigo, se os
rompió el condón, os falló la píldora, ¿recuerdas? Soy un accidente. No debería
estar aquí. No voy a culparte por preferirlo a él, igual que no culpo a mamá
por estar con él ahora.
-Tienes
que estar loco para pensar que tu madre realmente prefiere a Tommy por encima
de ti.
-Bueno,
hoy no ha sido capaz de levantarme de la cama, y le ha faltado tiempo para ir a
su casa, ¿no?
-No
pienses ni por un segundo que tu madre prefiere a nadie por encima de ti. Ni
que yo lo hago. Eres mi hijo.
-Sí,
tu único hijo varón, y también tu único bastardo-escupo, y él desencaja la
mandíbula.
-¿Quieres
que te diga que me arrepiento de cómo te tuve? ¿De cómo te engendré con tu
madre? Porque de lo único que me arrepiento, Scott, es de haber dejado una
mínima posibilidad de que tú no existieras. Lo mejor que me ha pasado en la
vida ha sido dejar embarazada a tu madre de ti, que ella me buscara y me
permitiera ver cómo crecías en su interior-espeta-. Sé que piensas que mi mayor
logro son todos los premios que guardo en casa, pero de lo que más me
enorgullezco es del hombre en el que te estás convirtiendo. Y no sabes lo que
me flipa pensar que yo he tenido algo
que ver en la persona que eres. Adoro que te parezcas a mí. Adoro que seas mi
hijo. Joder, pero si lo mejor que he hecho en mi vida ha sido ponerte tu nombre,
y no esa abominación con la que pretendía llamarte tu madre-dice, mordiéndose
el labio al sonreír, y yo también sonrío. Me acaricia la mandíbula y me da un
beso en la mejilla. Papá no suele darme besos, ni yo a él.
Me
pregunto por qué.
Me
sienta bastante bien.