lunes, 11 de abril de 2016

El miedo va a cambiar de bando.

Estás a punto de leer, literalmente, 20 folios de una sentada porque estoy jodidamente enferma de la cabeza, y me he planteado la duda de si preferirías leer menos, pero más a menudo (por ejemplo, en lugar de 20 páginas al mes, 10 cada 15 días), o continuar como hasta ahora, así que si pudieras contestar esta encuesta, te lo agradecería un montón.
Y ahora, que lo disfrutes ♥


Aún no sé cómo conseguí no vomitar. Apenas el coche de Niall había doblado una esquina e, ignorando el semáforo que le indicaba que se detuviera, había serpenteado hasta incorporarse al tráfico, Tommy me susurró al oído que  vigilara, que se iba a llevar a Diana a dar una vuelta.
               -Perdóname por dejarte de canguro otra vez.
               -Tendrás suerte si no me acabo tirando a tu hermana sólo por putearte-quise replicar yo, pero sólo me salió poner los ojos en blanco y hacerle un gesto con la cabeza que significaba claramente “vete a morrearte con tu demonio lejos de mi vista, deprisita”.
               Eleanor miró cómo se marchaban sin mediar palabra. Diana, que había sido todo mimos durante el paseo, sólo la miró por encima del hombro una vez. Y porque quería ver mi cara de mala hostia, y advertirme de que no se me ocurriera hacer nada con ella en su ausencia.
               Me entraron todavía más ganas de repetir lo de la noche anterior, pero no llegaba a esos niveles de hijo de puta.
               -Tu hermano tiene talento para elegirte las cuñadas.
               -Yo estoy bastante más fina-respondió, cruzándose de brazos y encogiéndose un poco sobre sí misma-. Además, no es tan mala como tú crees.
               -Dios, Eleanor, no me voy a pelear contigo también, ¿vale?
               Siguió contemplando la otra esquina, de la que no paraban de salir coches. El viento hacía ondear sus mechones de pelo cual bandera. Se le quedó uno pegado en el labio, y se lo relamió, intentando apartárselo. Fui yo el que se lo quité.
               Me miró a los ojos mientras lo hacía y me percataba de la pequeña hendidura que hacía su labio justo debajo de la nariz. Nunca me había fijado, y eso que la veía prácticamente cada día.
               Me miró con esos ojos de gacela dispuesta a hacerte echar la carrera de tu vida, y entreabrió un poco los labios.
               -Scott…
               No era de noche. No estaba borracho. No estábamos solos. No estábamos a oscuras.
               Y, aun así, me encantó cómo dijo mi nombre. Tanto, que tuve que contenerme para no pedirle que lo dijera así otra vez.
               Estaba tan mal…
               -Scott…-repitió. Debería haberle dicho que ya sabía cómo me llamaba, pero me sentía en un trance. Me estaba bautizando a niveles místicos; el estómago se me retorcía, recordando cómo había sonado mi nombre la última vez que alguien me hizo sentir algo así.
               -Mm-la invité a seguir. Algo en mi pecho le pedía que se pasara la tarde diciendo mi nombre, como Hodor en Juego de Tronos, que repetía la única palabra en bucle una, y otra, y otra vez.
               -Gracias por lo de anoche.
               -Fue un placer.
               -Me refiero a todo.
               -Yo también.
               Sus ojos corrieron a mis labios, y se me secó la boca, y ella era una fuente, y tenía mucha sed.

sábado, 9 de abril de 2016

The golden trio.

               Cuando nos poníamos serios, nos poníamos serios, eso había que reconocerlo. Las luces de las estaciones en las que el tren se separaba le arrancaban muecas a Scott que, en realidad, no estaba haciendo. Me observaba muy serio cuando le di cuenta de lo que recordaba la noche anterior, sin dejarme nada: él yendo a buscarme al baño (vale, lógicamente, tenía que acordarme de eso, porque todavía no había empezado a emborracharme, pero quería que empezara desde el principio), dándome la botella, Bey cuidando de mí, las cosas volviéndose cada vez más y más borrosas, mi hermana con nosotros por la calle, luego, dándole un mordisco a una hamburguesa pringosa que yo también había probado, Diana mirando mal a alguien (“Era a mí”, me confesó él), alguien dándole la mano a mi hermana (“Era yo”, me informó para tranquilizarme, aclarándose la garganta), yo subiendo las escaleras detrás de Diana, ella acercándose a mí, besándome e invitándome a subir a su recién estrenada habitación…
               -Hay que joderse-espetó él, incorporándose de un brinco y empezando a reptar entre la gente. El tren comenzó a reducir la velocidad.
               -Y luego tú en mi habitación, con mi hermana, que me daba un beso. Y tú me dabas otro. Y… creo que ya está.
               -¿No te acuerdas de nada? ¿No te despertaste en mitad de la noche?
               -Me despertaste tú, tío.
               -O sea, que no nos oíste hablar a tu hermana y a mí después de que te durmieras.
               -¿Acaso debería?-gruñí. Empezaba a cabrearme tanto misterio. Nos agarramos a una barra en el momento justo en el que, con un chirrido, el vagón se detenía y las puertas empezaban a abrirse.
               -Ayer, Eleanor volvió a casa con nosotros. Salimos del bar los cuatro juntos: Diana, El, tú y yo.
               -Creí... que había vuelto con sus amigas y que nos la habíamos encontrado por ahí.
               -Estuve con ella toda la noche.
               -¿Estuviste cuidándola?
               Se dio la vuelta y me miró, en sus ojos había algo que no sabía identificar. Las puertas del tren se cerraron, y la máquina echó a andar con la banda sonora de la gente subiendo las escaleras despidiéndola. Había hablado, pero no le entendí.
               -¿Qué?
               -A Eleanor casi la violan anoche.
               Deseé que se hubiera echado a reír al ver mi cara de estupefacción, que me hubiera dado un puñetazo en el hombro y me hubiera dicho “¿De verdad piensas que dejaríamos que pasara eso?”, hubiera sacudido la cabeza y me dejase atrás, invitándome sin palabras a echar una carrera.
               No hizo nada de lo anterior.
          Nos miramos en silencio; él esperaba a que yo reaccionara. Y yo esperaba a que él reaccionara.
               -Scott…

lunes, 4 de abril de 2016

Estar sola, pero no sentírselo.

Que te digan que eres egoísta no es un insulto. Ser egoísta significa que te pones por delante de todos los demás, y, en el fondo, ¿acaso no es eso lo más importante? Eres la única persona, el único ser, lo único, en definitiva, que va a estar contigo en todo momento, desde que naces hasta que mueres. Es imposible, literalmente, que te dejes solo a ti mismo. Entonces, ¿por qué ofenderse cuando te digan que eres egoísta? ¿Por qué tienes que poner a simples momentos (buenos y malos) de tu vida por delante de la totalidad de ésta?
Me gustaría no dejarme engañar por las presiones sociales, pensar que a nadie le va a importar que haga sola cosas que se hacen en grupo. Pero, ¿por qué nos empeñamos en ir tanto contra la sociedad cuando nosotros somos la sociedad?
No es suficiente con que uno vaya contra las construcciones; se necesita a mucha gente más. Creo que soy fuerte, y valiente, o me gusta pensar en ello antes de irme a dormir por las noches, y sin embargo hay cosas para las que necesito a otras personas.
Y me da rabia depender de alguien, igual que me da rabia que me ninguneen. Despertarme por las noches y escuchar los ronquidos y saber que voy a tardar en volver a dormirme, y apretar la cara contra la almohada y chillar antes que hacer de mis manos unas garras y colocarlas de collar ajustado en una garganta que lo lleva pidiendo muchos meses.
¿Por qué tengo que gritar contra la almohada?
¿Acaso no puedo joder yo también?