Entré en la base tirando de las muñequeras y colocándolas como era debido. Cogí una de las pistolas de la entrada y me la metí en el cinturón, en la parte trasera. El frío metal rozó mi piel, arrancando erizamientos a su paso.
-Kat, tengo una misión para ti...-empezó una de las que administraban las misiones, Mel, pero yo levanté la mano, dándole a entender que no tenía tiempo. Debía llevar a los novatos a su sala de entrenamiento y luego decidir cómo iba a averiguar el nombre del ángel. Una letra era una letra, algo por lo que empezar, pero no era demasiado precisamente.
-Pídeselo a otro, yo ahora entreno a los aprendices, como traidora en potencia que soy-espeté, desabrochándome la chaqueta y desparramando las cosas que me había metido dentro, robadas, en una mesa. Si Puck me pillaba arramplando con todo lo que veía en las tiendas sin pagar, me mataría. Pero los paquetes de tabaco, los bollos de chocolate y demás drogas que siempre teníamos prohibidas no eran bien recibidas cuando aparecían en los tíckets de la compra.
-¿Qué?-replicó Mel, deteniéndose en seco y tocándose el pelo, corto por la barbilla, nerviosa. Me giré en redondo, abrí los brazos y comenté, torciendo la cabeza a modo de excusa:
-Sí, ahora se considera ser traidor al simple hecho de haber estado frente a frente con un ángel y habértelas arreglado para que no te meta un tiro en la cabeza.
Se tocó la mandíbula, meditando su siguiente respuesta:
-¿Cuándo ha sido eso?
-Esta mañana. ¿Acaso importa? El caso es que he pasado de estar en la cima a tener que volver a escalarlo todo... desde el principio-expliqué, lanzando una mirada fulminante a los críos, que se habían acercado al estante de las armas, que no podían tocar bajo ninguna circunstancia, y se habían apelotonado en torno a una ametralladora muy poco útil para nuestro trabajo. Era una antigua reliquia, una de las pocas armas rápidas que aún conservábamos de cuando todas las fuerzas anti sistema se concentraban en una sola, a la que el Gobierno llamaba mercenarios. Expertos en todo y nada a la vez, los mercenarios eran asesinos que habían existido hasta hacía pocos años. Mi padre era uno de ellos, y se decía que la genética de un mercenario se transmitía incluso cuando eras adoptado . Si uno de tus padres había sido mercenario, tú tendrías una facilidad para matar que los demás no tendrían.
Yo había degollado a aquella poli que se había entrenado con los runners y había fingido ser una de nosotros sin contemplación, pero a veces sus ojos en blanco aparecían en mitad de la noche, retozando entre mis sueños, y garantizando un despertar movidito. Y eso que ya habían pasado casi cuatro años.
La había matado la noche que cumplía 14 años.
Chasqueé un dedo y todos los críos se volvieron hacia mí. Abandonando el arma, los llevé a los pisos medios de la base. El edificio en el que se encontraba actualmente nuestra base tenía una estructura pensada para que la defensa fuera fácil, y el asalto, imposible. Con forma de seta, la base se afianzaba sobre unos cien metros de diámetro, en los cuales se encontraban las oficinas de entrega y envío, las salas con las armas más rudimentarias, y las escaleras que conducían a los pisos superiores. El pie de la base se levantaba varios cientos de metros por encima del nivel del suelo, creando una sombra que se agradecía en verano, y unas ráfagas de viento que en las noches invernales eran insoportablemente ruidosas. Los bajos edificios, de no más de 10 plantas en su mayoría, que rodeaban a la gran seta, eran las viviendas de la gran mayoría de nuestros familiares. Mi familia era una de las pocas que no vivía allí, por lo que era más difícil defenderla y salvarla en caso de ataque (una amenaza con la que lidiábamos constantemente), pero también hacía que fueran un blanco más difícil.
Cabía añadir que el hecho de que mi familia tuviera dinero le había permitido alejarse de allí. Las familias que vivían alrededor de nuestra base no eran las más pudientes de la ciudad. Sobrevivían, simplemente. No había delincuencia (el Gobierno jamás lo habría permitido) porque no había pobreza (el Gobierno tampoco lo habría permitido). Nadie había muerto de hambre en toda la ciudad desde mucho tiempo antes de mi nacimiento. Pero que no hubiera pobreza y que la gente pudiera comer no significaba que nadaran en abundancia.
Eché un vistazo a los críos, procurando contarlos de paso, tal era mi costumbre de aprovechar siempre todo lo que hacía. Todos eran lo mejor de su casa: criados desde pequeños específicamente para entregarlos a los runners, sabían qué era la lealtad y cómo esta estaba por encima de todo. Detestaban a los traidores como buenos futuros runners que eran, y preferirían morir por la causa a someterse al yugo del Gobierno, manifestado en la cantidad de policías que patrullaban las calles y asfixiaban tu libertad hasta el punto de que sentías la falta de oxígeno en tus propios pulmones.
Tenía siguiéndome a la élite de los barrios más pobres, gente con facilidad para la mentira que no dudaba en protegernos con su propia existencia si era necesario. Los hermanos de aquellos chicos darían su vida sin rechistar siempre y cuando el seguir viviendo no implicara la necesidad de revelar dónde estábamos los que, a fin de cuentas, les dábamos de comer.
El simple hecho de que se me considerara una traidora y que, automáticamente, se me relegara a uno de los puestos más bajos, que ni siquiera los aprendices tenían en mucha estima, no era, ni mucho menos, una coincidencia: así se les mostraba los críos que, fuera cual fuera tu delito, sería preferible que te mataran a vender a tus hermanos y compañeros. Lo pagarías descendiendo en toda la escala social de los runners y pasando a vértelas con críos quejicas que no hacían más que quejarse porque nunca eran suficientes: no soportaban bien el dolor, jamás corrían lo suficientemente rápido, nunca eran capaces de salvar las distancias que les imponías de un salto. Pero, casualmente, toda aquella panda de debiluchos que apenas pasaba de los 20 kilómetros por hora, salía y entraba intacta cuando hacías entrenamientos exteriores. Casi nunca había bajas entre los novatos, a no ser, claro, que la policía te pillara. Procurabas que no fuera así.
Los conté de nuevo de la que entrábamos en los ascensores a los pisos de la parte media del edificio y, con un gesto de la mano, les indiqué que siguieran el largo pasillo a su zona de descanso. La misión había terminado; la habían superado con éxito, y habíamos llevado la compra desde el supermercado a la base sin ninguna incidencia.
Subí a mi habitación y empujé la puerta con la cadera, saludando de paso a una de las pocas runners a las que en algún momento tenía asco. Faith.
Faith no era especialmente buena, pero decían que era descendiente de aquella persona en el que una sociedad de runners primitiva se había basado en una vez para crear nuestras tácticas y misiones anti sistema. La chica salía de un videojuego, tenía el mismo nombre que Faith, pero, dada la calidad de éste y la veracidad de los hechos que allí se contaban, con un detalle escalofriantemente certero, creíamos que la tal Faith había existido de verdad. El videojuego podría ser sólo una celebración a la vida de aquella chica que había salvado a su hermana de las garras de una justicia tan subjetiva como la nuestra, en una ciudad demasiado parecida a la nuestra. El juego parecía premonitorio, y nosotros nos habíamos ceñido a él en la medida de lo posible.
O, al menos, eso me había dicho mi madre que habían hecho.
-¿Qué tal, Kat?-era la única persona que me seguía llamando Kat incluso cuando estábamos ambas fuera de servicio, seguramente porque Faith no fuera su nombre real. Era, también, la única que había adoptado su apodo como nombre auténtico, a pesar de que no la habían bautizado así. No la culpaba; tener un nombre de ese tamaño te haría querer lucirlo cada dos segundos. Así que todo el mundo la llamaba de aquella manera. Yo ni siquiera sabía su nombre auténtico.
-Hola, Faith-saludé, esbozando una sonrisa. Se acercó a mí, ajustándose los guantes sin dedos que utilizábamos para deslizarnos por las tuberías sin quemarnos la palma. Se examinó las uñas un segundo, levantó la cabeza y dijo:
-Voy a salir un rato. No sé si necesito un acompañante, pero creo que estaría bien que fueras tú la que viniera conmigo.
Negué con la cabeza, señalando la habitación.
-No puedo, tía. Soy una traidora. Estoy retenida en mi cuarto hasta próximo aviso.
-Lo del ángel es una jodida putada, pero no creo que sea culpa tuya-se encogió de hombros, negando también con la cabeza. Se rascó el codo y me miró los brazos. Aún tenía abiertas las heridas que me habían causado los cristales de la oficina, pero poco importaba aquello. Las heridas de guerra eran incluso más bonitas que las caras resplandecientes de maquillaje que las revistas se empeñaban en anunciar. Seguro que aquellas súper modelos no aguantarían ni dos segundos en la calle, y nosotras, las que mejor sabíamos escapar, podríamos burlar la seguridad pasara lo que pasara. Eso nos hacía más atractivas en nuestro círculo social.
-Deberían haberte llamado a ti.
-Que en mis venas corra cierta sangre no implica que su talento haya bajado de los cielos para meterse ne mi cuerpo. Eres la mejor de la sección coliflor-se echó a reír-, por mucho que les joda a los demás. Si alguien podía cumplir esa misión, eras tú. Y lo has hecho, a tu manera.
-No tengo los códigos, lo que viene siendo no tener nada.
Volvió a reírse, echándose el pelo corto hacia atrás. Me apreté la trenza que llevaba dando una vuelta más a la goma del pelo, y me la cambié de lado.
-Tenemos mucho más de lo que teníamos ayer a estas horas. Cuando se den cuenta, te ascenderán.
-No quiero que me asciendan. Quiero volver a correr.
Y venganza, pensé, pero no estaba segura de si quería vengarme del tal L por confundirme de aquella manera, o vengarme del resto de mis amigos y compañeros por llegar a pensar tales cosas de mí.
-Ven conmigo-dijo, haciendo un gesto con la mano, doblando el aire y retorciéndolo hasta apretarlo contra su pecho.
-No puedo, Faith. Te metería en el ojo del huracán.
-Como quieras-se encogió de hombros-. Diviértete en tu habitación-murmuró mientras yo abría la puerta.
-Si ves a Taylor, no le digas que me has visto, ¿quieres?
-¿Que he visto a quién?-se rió ella, negando con la cabeza y asintiendo en silencio-. Ve.
Cerré la puerta detrás de mí y escuché tras un par de segundos de vacilación cómo sus pasos se alejaban por el pasillo, silenciosos como pocos en el lugar. Me tiré en la cama, boca arriba, y cerré los ojos, rememorando todo lo que había pasado.
Había robado los planos.
Había salido con ellos sin levantar sospecha alguna.
Había atravesado medio distrito, y llegaba a la parte donde las cosas se ponían más fáciles, cuando L había dado conmigo.
Había huido de él y me había escondido en una oficina. Él había entrado.
Me había arrinconado contra la pared.
Y me besó.
Me besó como nunca me habían besado en la vida, como jamás creí que pudiera besarse. Pero él podía, y lo hizo.
Y, no contento con eso, volvió a besarme cuando nos volvimos a encontrar.
Y volví a sentir todas esas cosas...
Me abofeteé y traté de controlar mi respiración acelerada. No, no podía pensar en él de aquella manera. No debía. Era el enemigo. Había matado a gente como yo, y mi gente había matado a su gente. No podíamos relacionarnos de aquella manera.
Pero, si las cosas eran así, ¿por qué de repente sólo me apetecía correr, abandonarlo todo, e ir con él, hundirme en sus brazos, y dejar que sus alas me llevaran volando lejos de allí? L no iba a causarme más que sufrimiento y dolor, pero ya no sentía que la vida mereciera la pena si él no amenazaba con hacerle sombra al sol.
Tragué saliva, y le murmuré al silencio:
-Tengo que averiguar cómo se llama.
Me levanté de un brinco, tiré la chaqueta encima de la cama y salí fuera como un bólido, sin preocuparme de que todavía tenía una de sus plumas metida debajo de la camiseta, en el top de deporte, entre los pechos, para que nadie la notara. Nada importaba más que mi carrera hacia la sala de informática para descubrir cosas sobre él.
Como, por ejemplo, por qué su cara me resultaba tan familiar, si no lo había visto en mi vida.
No era tan gilipollas como para olvidar una cara así.
Empujé la puerta con el hombro y entré con la cabeza bien alta. Seguramente todos en la sala ya supieran de mi nueva condición de entrenadora de novatos, así que sólo mi orgullo podría salvar aquella situación. Miré en todas direcciones hasta localizar al encargado de entregas ese día.
-Chace, vengo a por un ordenador-dije, poniendo las manos en las caderas, como si la cosa no fuera conmigo y me lo hubieran encargado.
-¿Para qué es?
-Una investigación personal-repliqué, mirándome las uñas con aburrimiento. Lo miré, y alcé las cejas-. ¿Me lo vas a dar, o no?
-Puck no permite que saquéis ordenadores a estas horas.
-¿Desde cuándo?
-Desde hace un par de días. Se os mandó un correo.
-¿Cómo cojones voy a leer yo los correos si no tengo Internet?-gruñí, arrugando la nariz. Sabía que se lo estaba inventando, un cosquilleo bajo mi piel me lo confirmaba.
Él alzó las manos.
-No es mi problema. ¿Es urgente?
-Sí.
-¿Para qué lo necesitas?
-¿Qué puta sílaba de "personal" es la que no has entendido, fantasma?
-Eh, zorrita, relájate. Yo no soy el que anda morreándose con ángeles por ahí.
Noté cómo toda la sangre huía de mi cara. Me matarían.
No, peor. Me desterrarían si efectivamente sabían lo de L.
-¿Qué coño dices? ¿Cómo voy a ir yo besando a ángeles por ahí? ¿Estás mal de la puta cabeza?-ladré, alzando la voz hasta el punto de que, si quedaba alguien sin los ojos puestos en mí, en ese momento decidió que era el instante perfecto para contemplar a la loca chillona.
-¡Es una maldita metáfora, y lo sabes! No voy a dejarte un puto ordenador, porque aún no tenemos la conexión totalmente controlada. Podrían entrar en nuestros archivos, y guardamos las copias de los documentos que has traído en nuestra red. Si los pillan, se acabó todo.
-No sirven de nada.
-Sí que sirven, en realidad. Podemos hacer muchas cosas si los ángeles creen que tenemos todo.
-El ángel que me atacó se llevó la cápsula. Saben qué tenemos.
-Pero no saben sin podemos descifrar los códigos.
-Dame un maldito ordenador, Chace. No importa cuál. No importa su conexión. Dámelo. Lo necesito para repasar unos cuantos planos de la ciudad. Creo que tengo la solución a mi última cagada, pero necesito repasar todo el alcantarillado de la ciudad.
-¿Vas a ir a desactivar alguna bomba de agua, o qué?
-No te importa. Dame un ordenador-supliqué. Me hubiera puesto de rodillas con tal de acabar con todo aquello.
-No puedo, Cyntia. Lo siento. Todo lo que hagas quedará registrado en la web hasta mañana, cuando termine de poner los programas de protección.
-¿Mañana?-procuré sonar esperanzada.
-Mañana-asintió con la cabeza.
-Podré esperar, entonces-dije, encogiéndome de hombros y dándome la vuelta. Estudié los tatuajes en los brazos y los hombros de los demás, los que nos identificaban con el resto de los runners. Una serie de líneas y cuerpos geométricos tatuados específicamente nos hacían distinguir a alguien de nuestro distrito a alguien que no lo era. No tenía demasiada importancia en qué zona vagabundearas, pero sí la tenía cuando te caías, puesto que el lugar en el que lo hacías era responsable de tus cuidados hasta que pudieras volver a casa, y, en ocasiones, los demás distritos procuraban tratarte con excesivo cariño (hasta el punto de que había runners que por ese cariño no podían volver a correr como antes) para que no le fueras útil a tu distrito, lo que venía siendo la competencia en asuntos de negocios.
Barrí con la mirada la sala y me giré sobre mis talones, echando a continuación a andar hacia la puerta. No me detuve un segundo, pero creé un mapa mental para ingeniármelas aquella noche para entrar.
Cuando casi todos dormían y la poca actividad nocturna se había acabado o alejado como mínimo de la sala de ordenadores, me puse ropa oscura, me recogí el pelo, y salí de mi habitación en absoluto silencio. No en vano mi nombre coincidía con los felinos en el sonido, no en la escritura.
Agarré el pomo de la puerta, tratando de adaptarme a la oscuridad, y lo giré lentamente, sin éxito. La cerradura emitió un suave chasquido de protesta; estaba cerrada. Frustrada, lancé un suspiro de advertencia y decidí colarme por los conductos de ventilación. Nunca me había fijado, pero aquella tarde anterior había visto una salida de ventilación justo sobre la mesa del secretario. Di una patada a la rejilla, que voló varios metros hasta aterrizar entre dos torres de ordenador, que ronroneaban por la actividad (nos descargábamos demasiadas cosas de Internet, por lo que siempre había varias terminales funcionando, además de las que servían de puente entre las conexiones con los runners que estaban en misiones nocturnas), y saqué las piernas del conducto. Caí sobre la mesa, que crujió bajo mi peso. Me bajé rápidamente y miré alrededor.
En una esquina, como siempre, estaba el armario de los portátiles. Rezando porque no le hubieran echado también el cerrojo, me acerqué a él, y comprobé que, efectivamente, estaba abierto.
Saqué delicadamente un ordenador, como quien sostiene un bebé, y abrí la puerta de la sala desde dentro. Recorrí el pasillo a la velocidad de la luz, apoyándome solo en la parte delantera de los pies, para así hacer menos ruido. Entré en el ascensor y me lo metí debajo de la camiseta, temiendo que alguien tuviera insomnio y decidiera que era una buena idea meterse en el ascensor. Por suerte, nadie lo hizo, y llegué a mi habitación sana y salva. Cerré la puerta, eché el pestillo, comprobé que nadie había entrado allí, bajé las persianas, y, en la absoluta oscuridad, encendí el ordenador, que se deleitó en ponerme histérica al tomarse su tiempo para permitir que empezara a trabajar con él.
Rebusqué entre las cosas que había robado del supermercado hasta encontrar la cajetilla de cigarrillos. Le quité el precinto de plástico, abrí la caja y tiré varios encima de la cama. Con el mechero que traía incorporado (qué detalle del Gobierno, sí señor, menudo detalle). Encendí uno y, mientras la luz de mis caladas consumiendo la droga que me garantizaba un cáncer de pulmón que me devoraría por dentro, inicié mi búsqueda, sin saber muy bien por dónde empezar.
Me metí en todas las webs de teorías conspirativas acerca de cómo se había creado a los ángeles y cómo hacía el Gobierno para crear más, pero cada tontería que leía era mayor que la anterior. No sabía muy bien qué esperaba de aquellas webs: una lista de nombres, alguna forma de contactar con alguien que estuviera dispuesto a darme detalles acerca de ángeles de ojos preciosos que besaban como un dios de los antiguos...
Suspiré y me centré después en poner nombres al azar que empezaran por L en el buscador de Internet, pero tampoco conseguí encontrar nada (al margen de una mujer que había vivido en el siglo XXI, una tal Gaga, que acostumbraba a vestir con carne, seguramente porque procediera de una tribu africana en la que la carne y la piel pálida fueran consideradas un símbolo de realeza), de modo que pasé a centrarme en un apellido. Tal vez él no se llamara L, sino que se apellidara L, de modo que había pasado dos horas buscando nombres de chicos en Google para nada.
Sí, aún usábamos Google. Había conseguido mantenerse durante mucho tiempo, destruyendo totalmente a la competencia.
Me metí un puñado de onzas de chocolate en la boca mientras bajaba por la lista de famosos con apellido que empezaba por L. Lautner, Lawrence, Love-Hewitt... tras clickar en todos, y encontrarme a una chica llamada Makena, de rasgos muy parecidos a los de mi novio, en el apellido Lautner, di por finalizada mi infructuosa búsqueda.
-¿Y si tiene un gemelo?-me pregunté, y miré la lista de ciudadanos de la ciudad que el Gobierno colgaba orgulloso y actualizaba prácticamente cada hora, añadiendo a los recién nacidos y colocando una triste cruz en el nombre de alguien que pasaba a mejor vida para, al final, eliminarlo al cabo de un par de días, cuando todo el mundo había enviado sus condolencias a las familias del fallecido). No sabía si también incluirían los nombres de los ángeles, disfrazándolos de personas normales, pero, tras comprobar unas cien veces que dos personas que no compartían apellido (ni siquiera llegué a la letra B, pues me había vuelto la inspiración de que L era la inicial de su nombre), me dejé caer en la cama.
Me levanté despacio y me asomé a la ventana, solo para descubrir que la Luna había avanzado enormemente durante mi infructífera búsqueda. Cerré los ojos, me froté la cara y me tapé la boca con una mano.
Qué coño voy a hacer ahora, pregunté para mis adentros en un tono que no era de pregunta en absoluto.
Y sentí un calor fulgurante en el pecho cuando la recordé.
La pluma.
La puta pluma.
La saqué cuidadosamente de la camiseta y la examiné. Casi parecía estar susurrándome algo, pero no sabía qué era.
La miré con más atención, y una imagen cruzó mi cabeza. Era sencilla y a la vez elaborada. Una simple clave de sol, uno de los símbolos más importantes de las partituras, que parecía hecha de carbón, con poros y líneas a modo de fosas hundiéndose en ella, alcanzando profundidades jamás vistas por el orden.
Cantaba.
Me tiré encima de la cama y tecleé rápidamente L cantante en Google. Otra vez un batallón de nombres que nunca, jamás, había visto. Entré en Google Imágenes.
Y allí estaba.
L, sin alas, sonriendo en un escenario, rodeado de cuatro chicos que seguramente fueran sus coristas. No se me ocurrió pensar que estuviera en una banda, pues las bandas habían desaparecido. Ahora la gente triunfaba en solitario, lo que hacía del éxito algo mucho más aburrido. Pinché en la imagen, y leí los nombres.
De izquierda a derecha: Niall, Liam, Louis (¡Louis! ¡Se llama Louis!), Harry y Zayn.
Me tapé la boca con la mano, y, contenta de tener algo a lo que agarrarme, volví a teclear aquella L, esta vez seguida del nombre completo.
Entré en una enciclopedia y leí los datos acerca del chico. Obviamente, habían introducido una fecha de muerte que no se correspondía con la realidad, ya que el tal Louis seguía vivito y coleando y, no solo eso, sino que ahora iba por ahí con unas alas adornando su espalda.
-Louis William Tomlinson, nacido en Doncaster, Inglaterra, el 24 de diciembre de... ¡¡1991!!-grité, y me tapé la boca con la mano. Agucé el oído justo en el momento en que oía a alguien bajándose de la cama y acercándose a la puerta. Abrí la cama a la velocidad del rayo, guardé el portátil debajo de la cama, acompañado de todas las porquerías que me habían ayudado a sobrellevar la noche, y me metí bajo las mantas justo cuando alguien entraba en tromba en la habitación, sosteniendo una pistola en alto. Encendió la luz y examinó la habitación, mientras yo fingía incorporarme sobresaltada y mirarla con cara somnolienta.
-¿Qué?
-Has gritado. Creía que había alguien en la habitación.
Fruncí el ceño.
-¿He gritado? ¿En serio?
Ella asintió con la cabeza, bajando el arma, pero sin ponerle el seguro ni dejándola fuera de combate.
Me miró, y frunció el ceño. Se inclinó hacia mí, yo notaba cómo los pelos de mi nuca se erizaban con la electricidad estática que el pánico producía en mi cuerpo.
-¿Qué tienes ahí?
Me pasó la mano por la cabeza, tocando con delicadeza algo posado en mi pelo. Lo desenganchó y lo sostuvo en alto, a la luz de la lámpara del techo, que emitía una luz cegadora a la que mis ojos acostumbrados a la luz del ordenador exclusivamente no conseguían habituarse.
-¿Esto es una pluma?
Me levanté de un brinco y se la arrebaté. Fingí examinarla.
-Eso parece. Mañana a primera hora la llevaré a revisión. Tal vez contenga algo útil.
-Es más grande que las de las aves de por aquí, así que seguramente sea de tu ángel.
-No es mi ángel-repliqué, envarándome. Ella asintió.
-Lo que tú digas. Bueno, si... si necesitas algo... si él vuelve...-señaló las ventanas, pero sacudió la cabeza al ver que estaban bien cerradas, y protegidas por las persianas-, tan solo grita. ¿Quieres?
-Como he hecho ahora.
Sonrió, aunque noté un toque suspicaz en su voz.
Esperé a que cerrara la puerta y saqué el ordenador. Leí varias veces la biografía de Louis. Terminé apartando a un lado el ordenador, guardándolo de nuevo en su improvisado escondite, y saliendo de mi habitación a escondidas. El pasillo volvía a estar en silencio.
Atravesé el edificio en dirección a las escaleras y subí las pocas plantas que me separaban de la azotea, una de las pocas zonas del lugar que no tenía cámaras, dado que era muy complicado colocarlas allí, tal era la altura de la Base.
Iba con la pistola aún en los pantalones: siempre iba con ella, salvo en las misiones en las que corría peligro de romperla o dispararme a mí misma sin querer. Incluso dormía con ella, algo que cabreaba mucho a Tay cuando iba a pasar la noche en su cama. Simplemente, se me hacía demasiado raro el ir por ahí sin ninguna clase de defensa, y mi preciosa pistola, mortífera pero manejable, era la compañera ideal.
Sintiéndome más cerca de él que nunca, me acomodé en el suelo de la azotea y dejé que el viento me arañara la cara, arrancando mechones de pelo rebeldes de mi trenza, casi deshecha por el transcurso del tiempo entre la mañana anterior y esa madrugada.
Saqué la pluma y, sujetándola con fuerza para que no saliera volando, la acerqué a mis labios, la rocé contra ellos, abrí la boca y pronuncié su nombre.
-Louis...-murmuré a la noche, y una serie de imágenes me cruzaron la mente a la velocidad de la luz.
Las primeras, eran recuerdos. Yo estaba entre la pared y su pecho, observaba cómo se inclinaba hacia mí. En ambos recuerdos nos besábamos. Pero en el último, mi mente acalorada y agotada introducía detalles que no habían aparecido. Louis me quitaba la chaqueta y sonreía cuando notaba mi pobre camiseta de tirantes, que apenas me tapaba los pechos, contra la suya propia. Me levantaba sobre sus brazos y seguía besándome mientras yo le quitaba la camiseta, le besaba el pecho, me maravillaba por lo fuerte que era su espalda y lo suaves que eran sus alas, y él me descalzaba y jugueteaba con el botón de mi pantalón, y terminaba quitándome también la camiseta, y él se bajaba los pantalones, y...
Abrí los ojos cuando escuché un aleteo en la distancia. Me levanté despacio, examinando, sin éxito, el cielo nocturno. La Luna seguía avanzando inexorablemente, pero con una lentitud que no permitía distinguir los pasos que daba por el cielo nocturno.
Intenté aguzar el oído para saber si el aleteo había pasado de largo, pero el viento me lo impedía.
Algo me rozó la espalda. Yo salté hacia delante, me giré, y disparé sin pensar.
El ángel esquivó mi disparo por poco. Sonrió, su sonrisa era más brillante que el astro que caminaba tranquilamente por la bóveda celestial.
-¿Qué coño haces?
-Acudir a tu llamada, bombón. Para eso tienes mi pluma.
martes, 8 de octubre de 2013
viernes, 4 de octubre de 2013
El chico del bus.
Hay un chico que siempre toma mi bus, con ojos de color esmeralda y sonrisa resplandeciente. Se sienta con sus amigos y se ríe de todo. Y, cuando están callados, él sólo mira por la ventana. Yo me siento dos puestos por detrás y creo que es lindo.
Hay un chico que siempre toma mi bus, y que parece feliz incluso a las siete de la mañana. Se sienta con sus amigos y a veces sonríe. Viste con suéteres, en pleno verano, que cubren por completo sus brazos. Yo me siento dos puestos detrás de él y creo que es hermoso.
Hay un chico que siempre toma mi bus. Se sienta con sus amigos y, cuando ellos dicen algo divertido, ya no se ríe. Solo mira su regazo y de vez en cuando se gira hacia la ventana. Su felicidad se esfumó como el verano. Yo me siento dos puestos detrás y creo que él es perfecto.
Había un chico que siempre tomaba mi bus, y que fue encontrado por sus padres después de que se hubiese disparado. Escribió una carta a sus amigos diciendo que los amaba, escribió una carta a sus padres diciendo que lo sentía, y escribió una carta a la chica que se sentaba dos lugares detrás de él, diciendo que ella era hermosamente perfecta.
Hay un chico que siempre toma mi bus, y que parece feliz incluso a las siete de la mañana. Se sienta con sus amigos y a veces sonríe. Viste con suéteres, en pleno verano, que cubren por completo sus brazos. Yo me siento dos puestos detrás de él y creo que es hermoso.
Hay un chico que siempre toma mi bus. Se sienta con sus amigos y, cuando ellos dicen algo divertido, ya no se ríe. Solo mira su regazo y de vez en cuando se gira hacia la ventana. Su felicidad se esfumó como el verano. Yo me siento dos puestos detrás y creo que él es perfecto.
Había un chico que siempre tomaba mi bus, y que fue encontrado por sus padres después de que se hubiese disparado. Escribió una carta a sus amigos diciendo que los amaba, escribió una carta a sus padres diciendo que lo sentía, y escribió una carta a la chica que se sentaba dos lugares detrás de él, diciendo que ella era hermosamente perfecta.
jueves, 3 de octubre de 2013
De Noemí.
Se estaba tan bien en la cama... tan a gusto... tan calentita... tan mullida, flotando en las plumas que conformaban el colchón... podría haberme quedado allí toda la vida.
Pero Harry tiró con brusquedad de la colcha, y yo me hice un ovillo, tratando de mantener el calor corporal.
-Harry-me quejé, cerrando los ojos mientras él subía la persiana a toda velocidad.
-Ni Harry, ni leches-replicó él, con su voz adormecida ligeramente atropellada, hablando a toda la velocidad que era capaz. Mi estómago bailó con el sonido de su voz, yo me obligué a no estirarme para presumir de cuerpo y hacer que él quisiera yacer conmigo un rato-. Vamos a llegar tarde.
-¿A dónde?-repliqué yo, rebozándome contra el colchón, y alzando un poco el culo para que tuviera piedad. Tal vez si le distraía y conseguía llegar a la parte más salvaje de sí mismo podría aplacar su pequeña furia, que no hacía otra cosa que excitarme más y más.
Abrí un ojo y lo encontré mirándome, con el pelo más rizado que nunca, sus ojos verdosos chispeando, sus hoyuelos ocultos en sus mejillas, y una ceja alzada, mientras mascaba chicle.
Quise darle hijos.
Y estaba en una buena posición.
Me di la vuelta y me tendí boca arriba.
-Puede esperar-murmuré, zalamera, mirándolo incitante. Él negó con la cabeza.
-No quiero llegar tarde a la boda. ¿Para qué hemos venido?-espetó, tirándome una toalla por encima y señalando el baño.
La puñetera boda. Claro, se me había olvidado, aunque parecía natural.
Habían pasado años desde aquel tour que habían hecho los chicos a modo de despedida temporal. La banda seguía activa, seguían trabajando, pero mucho menos. Cada uno había seguido su camino: Liam, Zayn y Louis habían estudiado sus respectivas carreras, quedándose en Inglaterra con sus novias; Niall vivía a caballo entre su Irlanda natal y el país que lo había acogido con los brazos abiertos, firmando discos, componiendo canciones junto con los otros tres, y poniendo voz a todo lo que se le pusiera por delante.
Harry y yo habíamos terminado mudándonos a Estados Unidos, viviendo en Nueva York cuando él trabajaba más en películas Hollywoodienses que en la propia Broadway. Pero no importaba, la fama que One Direction les había brindado a todos, y especialmente a mi chico, le había permitido tener varias opciones para elegir sobre qué hacer en su carrera artística.
Te sentías poderosa viviendo en un ático de Nueva York, en la zona más cara, sosteniendo una copa de vino tinto (lo que tanto salía en las películas tenía su razón de ser) y mirando a las afueras, donde la gente se peleaba por tener un mínimo espacio personal, los coches se pitaban los unos a los otros, discutiendo por el monopolio de un carril de emergencia que en realidad nunca estaba libre, las bicicletas zigzagueaban entre coches y personas por igual, los semáforos se mantenían demasiado tiempo cerrados y muy poco abiertos, y los perros ladraban incluso a sus propios dueños. Te sentías poderosa e importante mirando por la ventana a la gente, estudiando sus movimientos, estableciendo patrones de conducta, observando cómo se arrebujaban en sus abrigos y se apretaban aún más las bufandas debido al frío invernal mientras tú ibas en camiseta de tirantes y pantalones cortos o, si tenías el día inspirado, en un camisón de satén.
Pero la sensación de poder y superioridad era indescriptible cuando todo eso se debía a que tu novio era la persona más deseada del planeta.
La misma persona que ahora me mandaba a la ducha sin permitirme que viera cómo se vestía.
-¿Qué maldita hora es?-espeté. Desde que había dejado mi país, y luego mi segundo país, para instalarme en Estados Unidos, había empezado a hablar muy mal. La culpa, sin embargo, no era mía, sino de los estadounidenses que eran capaces de poner la palabra "fuck" en cualquier lugar que se les antojara. Harry me gritó que eran las 10 de la mañana. A mí me parecía que más bien eran las cuatro de la madrugada, pero no dije nada, porque no quería una pelea nada más volver al que un día fue mi país favorito.
Me hice un moño rápidamente y entré en la ducha sin preocuparme de comprobar primero la temperatura del agua, y lo pagué caro, muy caro, pues estaba helada.Chillé, me pegué contra la pared y contemplé los chorros cayendo desde el teléfono de la ducha hasta el suelo. Intenté que no me tocaran, sin éxito.
Escuché el sonido de la puerta abriéndose y a Harry entrar, revolver en el armario del baño, cerrar la puerta, exhalando un sonido de satisfacción, y asintiendo con la cabeza. Deslicé un poco la cortina de la ducha, lo justo para ver cómo salía sin hacerme apenas caso. Gruñí, negué con la cabeza y me decidí a meterme bajo el chorro de agua fría.
Quince minutos después, estaba deslizando el vestido que iba a llevar a la boda, de color morado con escote asimétrico por mi piel. Me acerqué a Harry le pedí que me subiera la cremallera, algo que hizo mecánicamente, como si no estuviera tocando a una chica.
Como si yo no fuera su chica y no me estuviera tocando.
Suspiré.
-¿Tan tarde llegamos?
Él sonrió, posó su sonrisa en mi hombro desnudo y dibujó un tierno beso en él. Decidí no darle más importancia al asunto; me vestiría, iríamos a la Iglesia, y todo sería genial. Volvería al pasado, pero lo mejoraría. Eso haríamos.
Me hice una coleta, la coloqué ladeada y procedí a maquillarme mientras Harry comenzaba a dar vueltas y más vueltas por la habitación, buscando cosas que nunca encontraría, eligiendo un reloj que no debería haber cambiado en un principio, y así hasta que me puso tan nerviosa que tuve que girarme y gritarle que me dejara sola.
Se quedó allí plantado, mirándome, mientras me aplicaba cuidadosamente gloss en los labios.
-Harry-dije, girándome y mirándolo.
-¿Vas a llevar pendientes?
Fruncí el ceño.
-¿Qué?
-Pendientes. Si los vas a llevar.
-Supongo-repliqué, encogiéndome de hombros y girándome para contemplar mi reflejo.
Colocó el joyero encima del tocador antes incluso de que pudiera ver dónde estaba. Lo abrió con impaciencia y señaló los que más le gustaban.
Unos pendientes que colgaban casi dos centímetros por debajo de la oreja culminando en unas perlas con forma de lágrima.
Me los puse con obediencia y procedí a sacar las pulseras que quería llevar.
-¿Tienes el bolso preparado?-espetó con urgencia. Asentí.
-Sí.
-¿Con todo dentro?
-Todo dentro-murmuré, abriendo una pulsera y extendiendo el brazo-. ¿Me la abrochas?
-Vas preciosa así, no necesitas nada más.
-Harry-repliqué yo, cogiéndole la mano y negando con la cabeza. Recorrí lentamente las líneas de la palma de su mano, haciendo que él protestara y se estremeciera a partes iguales-. Hace mucho que no veo a los chicos. Ni a Alba. Ni a Erika. Quiero impresionarlos. La última vez que me vieron estaba hecha un manojo de lágrimas en el aeropuerto, sin saber demasiado bien a dónde iba, cómo iba a llegar a donde yo pretendía, ni por qué. No he cumplido mis objetivos, ¿vale?-dije, alzando la vista y hundiéndome en aquellos océanos verdosos-, pero he alcanzado unos aún mejores, y estoy orgullosa de ello.
Una cálida sonrisa se extendió por su boca.
-No tienes que demostrar nada, son nuestros amigos.
-Aun así, quiero impresionarlos-musité, estirando de nuevo el brazo. Me enganchó la pulsera como yo se lo pedía, esperó a que me pusiera el collar a juego, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
Harry podía ser muchas cosas, pero nunca, jamás, olvidaba de dónde venía. Y lo demostró así.
Entré a la iglesia temblando, con las rodillas chocando la una contra la otra, de modo que no podía más que agradecer infinitamente que Harry casi me llevara en volandas, dejando que me colgara de él y fuera él quien me guiara.
Había gran cantidad de gente a quien no había visto en años, y todos los ojos se centraron en nosotros dos cuando cruzamos las puertas. Solo un grupo de la parte delantera estaba demasiado ocupado charlando sobre algo, en un círculo casi perfecto, como para darse cuenta de que Harry y yo estábamos allí.
Mi estómago dio un vuelco cuando los reconocí.
Los chicos.
Miré a Harry, y por fin comprendí por qué quería llegar temprano ese día.
Había pasado demasiado tiempo desde que los chicos se habían juntado por última vez, y eso el corazón de mi novio lo había terminado acusando.
Harry apretó el paso en cuanto los reconoció, y vi cómo uno de ellos se giraba, el más bajo el mayor, y sonreía, abriendo los brazos.
-¡Harryyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!-clamó Louis, con su acento inconfundible y la alegría de vivir en la voz, plasmada igual que siempre. Me solté del brazo de Harry para que pudiera ir al encuentro de los demás, que ya se habían girado.
En el segundo banco estaba sentada Eri, mirando con una sonrisa y ojos chispeantes a Hazza. Fui a sentarme junto a ella, que se levantó para saludarme al verme. Llevaba un precioso vestido verde agua, con unos pendientes en cascada de brillantes que me recordaron a mi propia pulsera, el pelo echado a un lado, con sus voluminosos rizos domados, de manera que solo podías entrever una parte del tatuaje que se había hecho en la nuca tanto tiempo atrás, y un colgante cayendo sobre su pecho, realzando su bien cuidado escote. Todos los hombres del lugar giraron la cara para admirarla.
Louis, que, tal como pude comprobar, seguía sin perder sus oportunidades para marcar territorio, se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído, acariciándole de paso la cintura. Ella le respondió con una carcajada y un suave beso en los labios, tan fugaz pero íntimo que me sentí como una intrusa.
-¡Noemí!-dijo, y no se molestó ni en poner acento británico. Lo pronunció a la española, como hacía años que yo no escuchaba mi nombre, a no ser que fuera en boca de Harry-. ¡Qué guapa estás!
Le devolví la sonrisa. Tanto tiempo viviendo con Louis terminaba pasando factura, y conseguía que ella me hiciera sonreír igual que lo había hecho él hacía mucho.
-¡Y tú! Dios, ese vestido es genial. ¿Haces ejercicio?
-Me cuido, nena-se encogió de hombros, alzando su vestido-. Así compito mejor por este-añadió, señalando a Louis, que había vuelto con agilidad al círculo de los chicos y estaba comentando algo con los demás, consiguiendo que se rieran.
-Pues ya somos dos, entonces-asentí con la cabeza, cerrando los ojos. Ella se rió-. ¿Yoga?
-No, corro, y de vez en cuando, si me apetece, pues pilates o una historia de estas.
Asentí.
-Yo hago yoga.
-¿No es muy difícil?
-Al principio sí, pero luego te acostumbras.
-Noe, vas a tener que perdonarme, pero no te imagino meditando acerca del universo.
-Yo tampoco, así que aprovecho para pensar en algunos diseños, y eso.
Su semblante se ensombreció.
-Así que, ¿es cierto?
-Depende de lo que te hayan contado.
-Louis me dijo que eras diseñadora de Chanel.
-Soy ayudante, no diseñadora, exactamente. Pero para ser mi primer año, he hecho grandes avances, ¿no te parece?
-Ya has hecho más que yo-murmuró.
-¿Te has sacado la carrera?
-Estoy con la discográfica que han montado los chicos preparando un disco, pero muchas veces me aborrece ir a grabar, y como me acuesto con uno de los jefes, eso no tiene demasiadas repercusiones-murmuró, encogiéndose de hombros otra vez.
-Vaya, que te lo tomas con mucha relajación.
-Sí, al paso que voy, tendré nietos cuando haya terminado de grabar el primer single.
Murmuré un suave "ya" a modo de contestación, y contemplé el entorno. Había estado en Iglesias más grandes, con mucha más decoración y más rica, pero aquella tenía su propio encanto. Había pocas cosas tan bonitas como una iglesia el día de una boda.
-¿Estás nerviosa?-pregunté, mirando a mi alrededor. Eri se estaba mirando las uñas.
-¿Por tener nietos? No, todavía queda mucho.
No había dicho eso la última vez que la vi.
-Me refiero a la boda, Erika.
-¡Ah! No-respondió, riéndose-. Yo no soy la que se casa. ¿Qué hay de Harry y su disco?
-Ahí va-dije yo-, ya tiene las primeras canciones, y tal. ¿Louis?
No necesitaba preguntarle, me había estado informando en el avión mientras Harry dormía a pierna suelta. Lo mío con los aviones no era una historia de amor como las de Shakespeare, precisamente.
-Bah-protestó, cruzando los brazos y fulminando a su novio con la mirada, que notó sus ojos posados en él, puesto que se giró-. Tengo que ir yo detrás de él para que trabaje. Si no es con los demás, no le apetece.
-Entonces, habrá que sacar disco pronto-contesté yo.
Eri alzó las cejas, con una sonrisa pícara en los labios.
-Una vez Directioner, siempre Directioner, ¿eh?
-Como con los Wildcats-contesté yo, devolviéndole la sonrisa. Hacía muchísimo tiempo que no veía High School Musical, demasiado ocupada tratando de aprenderme de memoria el plano de Nueva York, las mejores zonas y las que no había que visitar bajo ningún concepto, como para volver a ver las películas que había visto cuando era pequeña.
Eri iba a decir algo, pero la interrumpió la música del órgano. Los chicos se colocaron en posición, dejando al novio en el altar y yendo los demás a los bancos en los que les tocaba sentarse, pero sin hacerlo realmente, marcando el protocolo que el resto de invitados debían seguir. Me giré para admirar el vestido justo cuando la tercera de nosotras, la que faltaba, llegó a nuestro banco a toda velocidad y fingió llevar allí todo el tiempo. Niall no había llevado acompañante, demasiado ocupado volando de flor en flor, probando todos los néctares que le eran posibles, mientras pudiera hacerlo, así que no tenía tiempo de preocuparse por quién debía ir con él a una boda. Saludé con un gesto rápido de la mano a la recién llegada y volví a echarle un vistazo al vestido, que Eri ya observaba atentamente y ya se molestaba en juzgar.
-Qué hija de puta.
Me pregunté a qué venía aquello, pues la novia estaba preciosa, hasta que, yendo atrás en el tiempo, descubrí que el vestido era muy similar a uno de los que habían hecho llevar a Kristen Stewart en la primera parte de Amanecer. Un vestido blanco que casi parecía refulgir con luz propia, un escote en forma de corazón. El vestido era sencillo, pero era su sencillez lo que lo hacía tan precioso.
Era la sencillez del vestido lo que hacía que Alba estuviera preciosa, pero, aun así, yo sabía que en realidad lo había elegido por el parecido con el vestido de su película favorita.
Eri se inclinó hacia delante cuando nuestra amiga pasaba a nuestro lado, con la malicia escrita en la cara.
-Muy bien, Bella, ve a por tu Edward.
Alba se puso roja como un tomate, intentando contener las carcajadas.
Reconocí al que la acompañaba al altar como uno de sus amigos de la infancia, y fue él el que dejó su mano en la de Liam, en el mismo gesto que hacían en la película y que tan tradicional era... excepto en nuestro país.
-Hermanos-empezó el cura, y todos nos sentamos-, estamos hoy aquí reunidos para unir en santo matrimonio a...
-A mí con Louis, desde luego, no-protestó Eri en voz baja, mirando a su novio, que bajó la cabeza y se mordió los labios para no echarse a reír.
-... y desearles una feliz unión bajo el sagrado sacramento de la iglesia...
-Amén, Jesús-replicó ella, santiguándose. Louis se giró, la miró, negó con la cabeza y volvió a girarse.
-Porque no hay nada como el amor que el que un hombre le profesa a una mujer...
-Salvo el que Jesús nos profesaba a nosotros para morir en la cruz-murmuró ella, mirándose las uñas, y haciendo que Perrie se tapara la boca para no reírse escandalosamente.
-Eri, te lo juro por Dios-gruñó Louis, girándose.
-Qué gracioso, porque estamos en una iglesia.
-Cállate, ¿quieres? Ya sabemos que no crees, pero algunos sí lo hacemos, y no es tu boda.
Eri puso los ojos en blanco.
-Hurga en la herida.
-Vete a la mierda.
-Gilipollas.
-Retrasada.
-Mira para delante, no vayan a pedir los anillos y tú cotorreando como la vecina del quinto-ordenó mi amiga. Él puso los ojos en blanco, pero terminó obedeciendo, porque Eri era Eri.
La ceremonia siguió su curso, más lento que al inicio dado que Eri terminó siendo obediente con respecto a Louis y benevolente con la boda de nuestros amigos, y sólo se limitó a responder cuando la ocasión lo requería: por ejemplo, cuando el cura lanzaba la mitad de una frase hacia el aire, y toda la iglesia debía corearla al unísono. Louis se giró la primera vez que ella lo hizo, impresionado, y ella se limitó a encogerse de hombros. Le di un toquecito en el hombro a Harry cuando bajó la cabeza, tratando de disimular que hacía mucho que no pisaba uno de esos lugares, y negué con la cabeza, haciendo después un gesto hacia Eri, diciéndole a mi manera que debería darle vergüenza.
Hasta la criatura más escéptica en lo que a la Biblia respectaba era capaz de soltar contestaciones mínimamente coherentes.
Toda la iglesia contuvo el aliento cuando los novios tuvieron que pronunciar sus votos. Eri se inclinó hacia Perrie y le comentó algo que hizo que se pusiera roja como un tomate, tratando de contener la risa.
-¿Qué has dicho, Eri?-pregunté, inclinándome hacia ella. La española pegó sus labios a mi oreja.
-He dicho que Alba bajo ningún concepto dejaría escapar esta oportunidad... y Liam debería desaprovecharla.
-Eres cruel y despiadada.
Alba ya había dicho que quería ser la esposa de Liam.
-Si alguien se opone a esta unión, por favor, que hable ahora, o que calle para siempre-ordenó el cura, mirando a todos y cada uno de los fieles (y la atea, que parecía brillar con una luz ígnea, pues posó sus ojos un segundo más de lo necesario en ella).
Noté la sonrisa en su voz.
-¿A que digo algo?-amenazó en voz baja, de forma que solo lo oímos quienes lo estábamos rodeando. Zayn y Perrie se miraron, negaron con la cabeza y se sonrieron mutuamente. Harry se tapó la boca con la mano, y Niall consiguió ahogar una carcajada.
Pero Liam se giró hacia él y le dirigió tal mirada asesina que todos nos echamos a reír. Alba nos miró un segundo, asustada; no había oído al mayor de los chicos. Liam volvió a mirarla, negó con la cabeza y le sonrió. El cura alzó las manos para acallar el murmullo general que se había levantado en la sala que nuestras carcajadas habían provocado, y las bajó en el acto.
-Por el poder que me ha otorgado la Santa Madre Iglesia, yo os declaro marido y mujer.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Eri se inclinó hacia delante, buscó mi mano y estrechó mis dedos entre los suyos, mientras posaba sus labios delicadamente en el hombro de Louis, que miraba a su amigo recién casado con una felicidad incontenible. Reclinó inconscientemente la cabeza hacia la de su chica, y su sonrisa se hizo más amplia cuando se tocaron.
-Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Eri le comentó algo a Louis, que se limitó a poner los ojos en blanco y negar despacio con la cabeza, con una discreción que pocas veces había visto en él.
-Puedes besar a la novia-concedió el oficiante, y Liam atrajo hacia Alba hacia sí y besó despacio a su recién estrenada mujer, extendiendo una sonrisa en ella, una sonrisa en los demás, y alguna que otra lágrima en ojos que casi siempre eran desiertos.
Yo ya sabía que iba a llorar, pero el asalto del pensamiento "ya sólo quedamos dos solteras de aquellas niñas que una vez entraron en un bar sin saber lo que se les venía encima" fue tan potente que rápidamente sentí cómo mis mejillas se humedecían. Perrie también lloraba.
Miré a Eri, cuyos ojos refulgían con un brillo característico. Nos levantamos a aplaudir a la pareja, y Louis se giró un momento a su novia.
-¿Estás llorando?-espetó, incrédulo. Ella se limpió la nariz con el dorso de la mano y asintió con la cabeza.
-Todo el mundo llora en las bodas, Louis.
-Tú tienes la capacidad emocional de un ladrillo.
-Incluso los ladrillos.
-Yo no estoy llorando.
-Tú eres peor que un ladrillo, pero supongo que no me importa. Yo te quiero igual-replicó ella, echándose a llorar con más fuerza.
Los chicos se acercaron a Liam y le revolvieron el pelo, dándole de paso la enhorabuena. Yo fui hasta Alba, que hacía lo posible por no llorar, pero aquella ardua tarea se convirtió en un mero intento cuando vio los ojos bañados en lágrimas de Eri.
-¡Oh, Erikina!-dijo, sonriendo y echándose a llorar también.
-¡Eres una hija de puta!-replicó la otra, con los ojos enrojecidos, tratando de controlar sus hipidos-. ¡Todos sabíamos que era yo la que me iba a casar la primera! ¡Estaba cantado!
Alba se echó a reír y nos abrazó.
-Gracias por hablarme de ellos en el viaje a Inglaterra, Noe-dijo, mirando su alianza, con el nombre se su marido y la fecha de ese día tan importante grabado en la cara interna, donde sólo ella podía custodiarlo, y sólo ella podía sentirlo-. Sin ti nada de esto habría sido posible.
-La idea de entrar en ese puto bar fue mía, pero vosotras a vuestra bola-gruñó Eri, fingiendo enfadarse, pero con una sonrisa fantasma extendida en sus ojos-. ¿Sabes qué te digo? Que te den. Pienso robarte el marido. Me fugaré a Madagascar y me casaré con los cinco, porque soy la puta ama, y porque yo me lo merezco, y vosotras no. Zorras.
Nos reímos con tanta fuerza que nos dolió el estómago.
-Eri, no te pongas celosa. Noe ha estado fuera mucho tiempo.
-Sí, en mi país. Maldita bastarda-me miró con los ojos entrecerrados.
-No he estado en tu ciudad.
-Te habría arrancado la cabeza antes de que osaras tratar de instalarte en Los Ángeles, no te preocupes-nuestra amiga sacudió la cabeza.
Le cogí las manos a Alba y se las sostuve un rato.
-Enhorabuena, cariño. Te lo mereces mucho.
-¿A que vomito?
-Cállate, bestia llorona-exigió la novia, riéndose de nuevo. Miré a Harry, que vio mi maniobra de intercambio y le di dos besos a Alba.
-Ahora te llamas Alba Payne. ¿Qué se siente?
-La verdad es que me siento como cuando entré. Feliz.
-Joder, tía, pues ya verás cuando yo le robe el apellido a Louis. Monto una fiesta que ni la de Resacón.
Eri alzó las manos, colocándolas paralelas al suelo y perpendiculares a sus hombros, con las palmas hacia arriba, y alzó rápidamente los hombros varias veces, apoyando su teoría. Nos echamos a reír.
Luego, nos tocó el turno de ir con Liam. Louis le acarició la cintura a Eri, en el punto donde más cosquillas tenía ella, provocando que su chica diera un brinco y lo mirara, fingiendo un enfado que no sentía. Se me retorció el estómago, porque reconocí mis miradas cada vez que dirigía la vista a Harry en los ojos de mi amiga, y me alegré, a pesar de todo el tiempo pasado y de las cosas que nos habíamos hecho, de que nada hubiera cambiado desde mi partida.
Eri abrazó a Liam y le estampó dos besos, dejando un rastro de pintalabios rosa claro, de un tono muy dulce, en sus mejillas. Se las limpió con el pulgar.
-¡Te has casado!-exclamé, imitando a mi amiga, pero teniendo cuidado de no dejar la misma marca. Liam alzó las manos.
-¿No es una locura? ¡Yo, casado! ¡Y, encima, el primero de los cinco!
-Eres un amor, Liam, lo raro sería que no te hubieras casado-replicó Eri-. De hecho, estaba empezando plantearme dejar a Louis por ti, dado que no le pedías la mano a Alba-bromeó. Liam se rió.
-Pero, me refiero a que Zayn fue el primero en comprometerse, y... tú y Louis los primeros en empezar a salir.
-Todo el mundo apostaba porque vosotros seríais los primeros en pasar por el altar.
-Louis está en un plan muy preocupante de "no lo verán tus ojos cómo te doy mi apellido"-puso los ojos en blanco y se echó el pelo a un lado, quitándole importancia-. Pero basta de hablar de mí. ¿Cómo fue? ¿Te hizo sufrir?
-Eso, cuéntanos.
Perrie se giró. Cogida de la mano de Zayn, le había parecido siempre más interesante la conversación que nosotras manteníamos con nuestros interlocutores que en la que se supone que estaba obligada a tomar parte, por escueta que fuera.
Liam se encogió de hombros y se frotó la cabeza.
-No se me da bien hablar de esto.
-¡Liam James Payne Smith! ¡Exijo saber cómo has sido capaz de humillarte ante una mujer, y encima ante Alba, ¡¡¡¡¡¡¡¡Alba!!!!!!!!!! y pedirle que se case contigo! ¡Y quiero detalles! ¡Y empezaré a invocar a los santos desde el púlpito si no lo haces! ¡Y ni siquiera Louis podrá pararme!
Louis se dio la vuelta y la miró.
-¿Qué cojones le pasa?
-Quiere que le cuente cómo le pedí matrimonio a Alba.
-¿No se lo has contado?-inquirió Louis, con un tono ofendido en la voz. Se llevó la mano a la boca sin dar crédito a lo que estaba escuchando. La novia negó con la cabeza.
-Pregúntaselo a ella.
-Pero ¡lo quiero de tu boca!-protestó Eri, negando con la cabeza frenéticamente. Sus rizos se desparramaron un segundo por sus hombros, sin embargo, con un rápido movimiento de cabeza, logró colocarlos en su lugar.
-No.
-¡¡Pues me cago en...!!-empezó, pero su novio fue más rápido y le tapó la boca. Ella soltó improperios ininteligibles bajo la atenta mirada del cura, dispuesto a excomulgarla si la ocasión lo requería. Y terminaría requiriéndolo.
-Eri, cállate, ¿quieres?
Ella protestó bajo la mano de Louis, pero luego se quedó en silencio, mirando a todos lados con aburrimiento en la mirada.
-Voy a soltarte, y tú te vas a callar. ¿Mm?
La cautiva no dijo nada.
Louis bajó su mano lentamente por el mentón de la española, hasta colocarla en el cuello. Le acarició las venas y luego la soltó. Eri se giró a mirarlo. Sonrió, y volvió a empezar.
-¡ME CAGO EN!
Y Louis le comió la boca.
Delante de todo el mundo.
Delante de los chicos, que se echaron a reír por su descaro.
Delante de Liam y Alba, que se limitaron a negar con la cabeza con un asomo de sonrisa en los labios.
Delante de la dura mirada del cura.
Y delante de Jesús crucificado, que miraba al cielo, rogando en silencio a su padre que perdonara a la pobre alma perdida de mi amiga. Era buena chica, solamente era muy compulsiva, pero se ganaría el cielo si trabajaba.
Él la dejó separarse, y no pudo evitar sonreír con chulería cuando ella jadeó.
-Joder, Louis. Estamos en una puta iglesia.
-Joder, Eri. Las iglesias no son putas, al menos no cuando estás dentro de una. Y sigues siendo tú.
Erika se puso colorada hasta la punta de los pies. Se arrimó a él y se acurrucó en su pecho. Me eché a reír.
El cura carraspeó. Ella levantó la cabeza del pecho de Louis y lo miró. El hombre, con su túnica de oficiar misa y sus colores vivos para las ocasiones especiales, hizo un gesto en dirección al público.
-Tenéis que firmar los papeles.
Zayn soltó a Perrie, Eri se separó de Louis, y juntos, siguiendo a los recién casados, subieron las escaleras que llevaban a una mesa surgida allí por arte de magia. Louis le ofreció el brazo a Perrie, y ella lo aceptó de buena gana.
El segundo favorito de Perrie siempre había sido Louis, y ella parecía ser la favorita de Little Mix para Louis, lo que había facilitado en gran medida su relación, una estrecha amistad que había empezado cuando Zayn empezó a salir con ella. Louis y ella se trataban como hermanos; no eran de hablar mucho el uno con el otro, pero cuando se encontraban en algún lugar, sabías por sus abrazos que su afecto era sincero.
Acompañé a Harry fuera de la iglesia, y esperamos allí, haciendo un corro, a que salieran los novios para jalearlos y felicitarlos. Luego, mientras ellos se hacían las fotos, los invitados íbamos de camino al restaurante donde se celebraría el banquete nupcial.
Sorprendentemente, a los tres cuartos de hora, Liam y Alba llegaban al lugar, saludaban a sus nuevos suegros, y nos pedían que entráramos a comer.
El salón del banquete era precioso. En un lateral había un espacio vacío, con una barra para servir las bebidas, a la que un grupo de chicos ya se había acercado a dar buena cuenta de la barra libre. Rodeando esto, encarando un pequeño escenario de apenas veinte centímetros de elevación, se encontraban las mesas, redondas, con flores colocadas estratégicamente. Enormes lirios de todos los colores, brillando como si tuvieran luz propia, presidían las mesas, sin el típico nombre de flor o piedra preciosa, sino simplemente con números. Por suerte eran mesas amplias, y habían tenido el detalle de colocarnos a todos juntos en una misma mesa, cerca de la de los novios, que estaba incluso más alta que el escenario, con todo tipo de flores en un florero rectangular tallado en cristal.
Harry y yo dedicamos toda la comida a preguntarles a los demás qué habían hecho en nuestra ausencia, y ellos a preguntarnos a nosotros qué hacíamos en la ciudad que nunca dormía.
-¿Tú no haces nada, Eri?-pregunté, después de que Zayn nos contara con pelos y señales, en ocasiones con palabras que yo no había oído en mi vida, cómo se había enterado de que Louis había terminado sacándose la carrera de profesor de música y había ido a trabajar al mismo instituto en el que él llevaba ya un año. Mientras que el mayor de la banda se había relajado al máximo durante la última gira, Zayn había dedicado los ratos libres a preparar los exámenes de la Universidad, dado que quería sacarse la carrera cuanto antes, de modo que apenas habían parado su carrera artística, Zayn ya había empezado la más teórica.
Tanto Louis como Zayn eran profesores en uno de los institutos marginales de Londres, en los barrios de las afueras, porque decían que, aunque les habían solicitado sus servicios en los lugares más pijos, ellos no olvidarían que no habían tenido una educación tan selecta como la que fingían impartir en aquellos lugares. A ambos les había costado todo lo que habían conseguido, y en aquellos colegios se limitaban a allanarles el terreno a unos niños que no tendrían casi dificultades en la vida.
Se sentían, como había dicho Zayn, útiles por estar ayudando a chicos con más peligro. Se sentían más vivos. Se identificaban más con ellos.
Eri asintió con la cabeza.
-Mantengo la casa, así que eso ya es hacer algo.
Harry se echó a reír.
-Tú siempre habías dicho que querías trabajar.
-Y de hecho, quería hacerlo, pero...
-¿Y la carrera?
Negó con la cabeza.
-Al final no hice derecho. No quiero ser abogada. Quiero ser artista. Y eso me quitaría tiempo de estar con Louis.
-Ya empezamos-replicó él, dando un sorbo de su copa y mirándola-. Ya te he dicho que...
-A mí sí que me importa irme de gira y estar separada de ti. No dejé el instituto para irme de gira contigo y, ahora que vivimos juntos, ir cada uno a una punta del mundo.
Louis puso los ojos en blanco.
-Y es profesora particular.
Le sacó la lengua a su chica, que puso mala cara.
-En realidad solo ayudo a los niños del colegio de Louis y Zayn con sus clases. Sobre todo de español.
-A mí no me gusta que lo sea-aclaró Louis, y Zayn asintió, dando una larga calada del cigarro que se había encendido mientras esperábamos a que nos sirvieran el segundo plato. No era que los camareros tardasen, sino que, simplemente, el mono era superior a todo lo demás.
-¿Por qué?-quiso saber Perrie, que parecía nueva en todo ese asunto.
Niall la apoyó alzando las cejas en dirección a su compañero de banda.
-Ahora Eri es profesora de apoyo de español, pero a mí no me gusta.
-¿Por qué?
-Porque, joder, es mi casa. Y a veces siento que la gente va allí a cotillear-Louis se encogió de hombros.
-¿Qué más da?-espetó Eri, poniendo los ojos en blanco y masajeándose despacio las sienes-. Nuestra casa mola. Que cotilleen lo que les dé la gana.
-Pero me jode, tía-contestó Louis, girándose hacia ella, que lo miró con cara de cansancio. Debían de haber tenido esa conversación muchas veces- es que, ¡hostias! Es mi puta casa y sigo viendo a los críos. ¿Y si me da por ir en gayumbos por ahí?
-Pues vete, ¿quién te quita?
-Las chicas. Me violarían entre todas. La pubertad es muy mala.
Nos echamos a reír, aunque sabíamos que Louis, en el fondo, tenía razón.
-No os lo perdáis, que ahora a Eri no la puedo llamar "nena". Si digo "nena", miran todas, y yo me quedo mirándolas en plan "eh, relajaos, que le estoy hablando a mi nena"-negó con la cabeza.
-Te encantan los críos, Louis.
-A veces me tocan los huevos. Y me toca los huevos que ni estando en mi casa me pueda comportar como yo quiera.
-Pero ¡te adoran!
Louis torció la boca mirando al cielo, dándole la razón esta vez a su chica.
-Si no lo hicieran estarían locos-replicó Harry. Louis lo miró y le dedicó una tierna sonrisa.
-Larry ha vuelto, ¿eh?
-Larry es real-asintió Harry, y todos nos volvimos a reír.
-¿Os puedo hacer una pregunta, chicos?-preguntó Eri, mirándolos a todos y ensartando los codos en la mesa, chasqueando los dedos, mostrando de paso los tatuajes de la muñeca, que seguían allí, ajenos al paso del tiempo, como el primer día.
-Dispara, nena-se burló Niall, mirando de reojo a Louis, que se rió en silencio mientras hacía bailar la copa.
-¿Creéis que con este vestido me pega más un recogido o el pelo suelto?
-¡Lo sabía, macho, lo sabía!-contestó su novio, dando una palmada en la mesa y negando con la cabeza. Barrió con la mirada a todos los presentes-: Esta mañana me ha preguntado lo mismo.
-Lo pregunto ahora porque creo que sería una estupidez hacerlo cuando caiga la noche, ¿sabes, Lou?
-Sé-asintió él, sonriendo ampliamente sin mostrar los dientes.
-Yo creo que estás genial-dije yo, y Perrie me secundó, lo que equivalía a unanimidad en las Naciones Unidas, dado que si había dos chicas en una mesa, y las dos chicas coincidían en algo, aquel algo se volvía una ley universal, no importaba lo que pasase.
-¿Ves?-gruñó Louis, señalándonos con la mano abierta.
-¿Sabes?-replicó ella, a la defensiva-. Podrías ayudarme a tomar una decisión.
-Bastante tenía con elegir qué calzoncillos ponerme, nena.
-O podrías tomar una tú, directamente-replicó Eri-. ¿Debo recordarte que fui yo la que te terminó eligiendo el traje?
-Sh. Eh-Louis alzó la mano-. Cuidado, chiquilla. Que yo voto cada cuatro años. ¿Acaso hay decisión más importante que la de quién quiero que me represente entre toda esa panda de mamones?
Los chicos se rieron entre dientes. Eri lo miró.
-Votas en blanco, Louis-espetó.
Las risas entre dientes se volvieron carcajadas en toda regla.
-Porque soy un tío sensato-contestó él, alzando los hombros. Eri puso los ojos en blanco, negó con la cabeza y susurró algo de que era imbécil.
-¿A que parecen un matrimonio?-dijo Perrie, y todos asintieron.
-Pues no he tenido boda, así que no le veo la gracia-protestó Eri, poniéndose de morros.
-Joder, ¿quieres que te pida que te cases conmigo aquí?
-Sí.
Vi cómo Harry se envaraba y miraba a los dos, sopesando la posibilidad de que Louis realmente se humillara ahí.
-¿Te vale si te doy un aro de cebolla como anillo?
-No.
-Entonces nada, doña Quisquillosa.
-Eres muy cutre.
-Ya-contestó él, dando otro sorbo.
El ambiente se iba relajando conforme avanzaba la comida, hasta el punto de que llegamos a traficar con gambas, patatas fritas, y trocitos de tarta entre los otros. Cabría destacar que Niall y Eri parecían estar compitiendo entre sí por ver quién comía más, con lo que Louis tenía que estar vigilando su plato, pues ella no hacía más que preguntarle:
-¿Me das esa gama?
-¿Vas a comerte ese pimiento?
-¿Te vas a terminar la tarta?
-Me cago en mi madre, vale ya de robarme comida-espetó Louis, negando con la cabeza-. Come de lo tuyo o si no pide más. No te jode.
Nos echamos a reír, y se hizo después el silencio. La orquesta tomó posiciones, todos los invitados nos levantamos de la mesa e hicimos un corrillo alrededor de ellos. Liam tomó de la mano a Alba y la llevó hasta el centro. Bailaron su primer vals como matrimonio, y Harry casi tuvo que gastarse tres paquetes de pañuelos para evitar que inundara el suelo.
Luego, cuando terminaron y la gente se empezó a unir a ellos, Louis empujó sutilmente a Eri hacia delante. Ella se subió al escenario, insegura, y saludó a la gente.
Había visto esto mucho en las películas, pero nunca habría pensado que se hiciera de verdad.
-Bueno, yo soy amiga de la novia de hace más tiempo que del novio, así que hablaré más de ella que de él. No es nada personal, Liam, sabes que te quiero mucho-se aclaró la garganta y todos se echaron a reír-. Cuando la conocí-empezó-, Alba estaba enamorada de Robert Pattinson. Hola, Rob-saludó, alzando la mano. Me incliné hacia delante justo para ver a Robert y Taylor allí plantados. Abrí la boca, incrédula, sin poder creer que los hubieran invitado y hubieran acudido, aunque era normal: Liam era fan de Taylor, y Alba, de Robert. Había oído que tenían amigos relacionados con el mundo de la música, pero nunca hubiera pensado que uno de ellos fuese Liam-. Así que, digamos que Liam era algo así como el segundón-más risas llenaron el lugar, se notaba cómo Eri se iba relajando poco a poco-. Es broma. Ahora me alegro de todas las cosas que han cambiado, de todas las decisiones que hemos tomado, buenas y malas (y buscar One Direction en Youtube ha sido una mala decisión, creedme, lo dice alguien que sabe)-prosiguió, y más risas mirando al novio y a sus amigos, que sacudieron la cabeza, divertidos-, porque nos han traído a este momento. Los miras, y ves en sus ojos el amor auténtico, la muestra que sentimos tiempo atrás. Yo, por suerte, tengo a alguien parecido que me hace comprender el significado de esto-Louis recibió una manada de codazos hambrientos de unas mejillas rojas que nunca llegaron, tan solo se hincharon debido a una sonrisa-. Alba, Liam, no os he dado ningún regalo aún, no porque sea una tacaña, sino porque creo que hoy es un día demasiado especial como para que un objeto, billetes, o algo así, estén a la altura. Además, tengo que agradeceros que me hayáis enseñado que no importa cuánto se espera si de verdad amas lo que estás esperando. Alba, sé que lloraste con esto. Lo hiciste porque estabas triste. Hoy espero que lo hagas por otro motivo, que tu primera lágrima baje del ojo derecho, si es ese del que tiene que hacerlo, según Internet-alzó las manos-. Este es mi regalo, Payne. Tanto viejo como nueva. Espero que os guste.
Se giró un segundo para mirar a la orquesta, asintió con la cabeza y tragó saliva. Liam abrazó a Alba y la besó en la cabeza mientras ella empezaba a llorar.
-Heart beats fast, colors and promises, how to be brave-empezó Eri, y por el rabillo del ojo vi cómo los chicos la miraban con admiración mientras Louis seguía la letra con los labios, sin atreverse a levantar la voz. Alba se tapó la boca con la mano y trató de controlarse mientras la canción duraba. Se giró una vez para mirar a Robert, y vi todo lo que había en sus ojos. Rob había sido su todo una vez, había sido su amor cuando Liam aún no había aparecido, y eso no podía olvidarse.
Los ojos de Eri se deslizaron un segundo hacia Taylor, y yo supe que si Justin estuviera allí, habría hecho lo mismo que mis amigas.
Pero luego, Eri miró a Louis, y siguió cantando solo para él, que la animaba con una sonrisa en la boca., y Alba se pegó más a Liam, como si toda la cercanía con él no fuera suficiente.
-Darling don't be afraid I have loved you for a thousand years, I'll love you for a thousand more-cantó la española, y todos los invitados ya estaban emocionados, mirando a su amor. No había canción más bonita que esa, nadie podía dudarlo, nadie se atrevería a hacerlo.
Cuando acabó, Alba apenas podía sostenerse en pie de tanto llorar. Esperó a que Eri se bajara del escenario y la abrazó con fuerza. Escuché cómo le decía en español.
-Te quiero, ¿sabes?
-Lo sé, sanguijuela.
-Aunque apestes a perro mojado.
-Tus ojos son espeluznantes.
Se echaron a reír, fundiéndose en otro abrazo, y dando el momento romántico por concluido. Eri se acercó a Louis, bajó la cabeza y la levantó, mordiéndose el labio. Buscó sus ojos con la mirada, y dejó que él la besara despacio.
Noté la boca de Harry en mi cabeza, completando aquel círculo de felicidad.
La fiesta se alargó hasta altas horas de la noche, con lo que Perrie y Eri habían terminado yendo a una mesa y quedándose a hablar. Fui con ellas cuando los pies me dolían de tanto tiempo de pie con los tacones, y seguimos poniéndonos al día. Con la fiesta de fondo, cuando hacía muchísimo que la Luna se había alzado, y ya con el recorrido celeste casi completado, Louis vino hasta nosotras, y se sentó en una silla, con el respaldo vuelto hacia su chica. Le tocó el hombro con la mejilla, ella lo miró con los ojos entrecerrados.
-¿Quieres que nos vayamos?
Eri negó con la cabeza, aunque el sueño estaba presente en su mirada.
-Hace mucho que los chicos no estáis juntos, y no quiero estropearlo.
-No lo harías. Ya hemos quedado para vernos mañana. Día de chicos.
-One D day-musité yo, frotándome las mejillas. Louis sonrió.
-Como aquel día de la Twitcam de 7 horas-recordó Perrie.
-Qué tiempos-asintió Louis.
-Quedémonos-murmuró Eri, bostezando y disfrazando su bostezo.
-Tienes sueño-replicó su novio.
-Da lo mismo, Lou...
-¿Media hora?
Ella negó con la cabeza.
-Lo que quieras.
-Media hora.
-Una hora.
Louis asintió con la cabeza.
-Vale, amor, una hora-se levantó de la silla y nos miró-. Cuidad de que no se me duerma.
-No me voy a dormir-protestó ella, dándole unos suaves golpes en la pierna. Levantó la cabeza y lo miró. Puso morritos, y Louis le besó el cuello, más tarde la boca, y se marchó.
-No sabes cómo os envidio-dijo Perrie, mirando la marcha de su amigo. Eri la miró.
-¿De veras?
Asintió.
-Zayn me arrastra a la cama si ve que estoy cansada, no dialogamos. Es como si hubiera que hacer lo que yo quisiera.
-¿Discutís?
-Muy de vez en cuando. ¿Vosotros?
-Casi todos los días-sonrió-, pero no importa, porque nos reconciliamos mucho más rápido.
-Es que sois iguales. Los dos tercos como mulas.
-Y tenemos los dos un carácter muy fuerte, pero nunca nos decimos cosas de las que nos vayamos a arrepentir. Esa es la clave-asintió con la cabeza, girándose a mirar a Louis, que había llegado ya con los demás.
Asentí con la cabeza y pasé a comentar todas las tiendas que había en Nueva York. La hora se nos pasó volando, y todos vinieron a por nosotros.
Nos despedimos y cada uno se fue a su casa, excepto Alba y Liam, que se quedaban en su noche de bodas en el hotel donde habían celebrado el banquete, pues les invitaban a una sesión de spa que sabían que no iban a utilizar. Les esperaba una noche prometedora.
Harry, que no quería irse muy lejos, terminó conduciendo hacia otro hotel, con vistas al Támesis y todo el casco histórico de Londres, y me dijo que me duchara antes que él. Así que me metí en el baño, me quité todo el maquillaje, me lavé el pelo, lo sequé con una toalla y salí envuelta en otra.
Harry miraba por la cristalera de una de las paredes hacia las luces de la ciudad.
-Ya he acabado, Hazza.
Él asintió, frotándose las manos. Me miró y se levantó para ir al baño, pero se detuvo a medio camino.
Se colocó a mi lado, y me cogió las manos.
-¿Podemos acostarnos?
Negué con la cabeza.
-No estoy embarazada-era mi manera de decirle que en aquel momento tenía la regla. No le di importancia al hecho de que se le hubiera olvidado. Llevaba mucho alcohol en sangre, era normal que se le escaparan estos detalles, y más a esas horas de la noche.
-Quiero dejártelo cuando lleves mi apellido. Hacer las cosas bien.
-Me gusta eso-repliqué, poniéndome de puntillas para besarlo-. ¿Será pronto?
Noté sus dientes rozando mis labios cuando sonrió.
-¿Lo harás?
-¿Coger tu apellido?
Se arrodilló frente a mí y sacó una pequeña cajita negra, con un símbolo dorado que no llegué a reconocer. Lo miré con la boca abierta.
-Noe, ¿quieres casarte conmigo?
Recuerdo que lo último que pensé antes de comprometerme con el chico de mis sueños fue en lo irónico que era que Eri hubiera sido la primera en salir con su favorito de la banda, y la última en comprometerse con él.
Susurré un tímido sí, que fue variando hasta un sí jubiloso que bien se podría haber oído en la luna.
Pero Harry tiró con brusquedad de la colcha, y yo me hice un ovillo, tratando de mantener el calor corporal.
-Harry-me quejé, cerrando los ojos mientras él subía la persiana a toda velocidad.
-Ni Harry, ni leches-replicó él, con su voz adormecida ligeramente atropellada, hablando a toda la velocidad que era capaz. Mi estómago bailó con el sonido de su voz, yo me obligué a no estirarme para presumir de cuerpo y hacer que él quisiera yacer conmigo un rato-. Vamos a llegar tarde.
-¿A dónde?-repliqué yo, rebozándome contra el colchón, y alzando un poco el culo para que tuviera piedad. Tal vez si le distraía y conseguía llegar a la parte más salvaje de sí mismo podría aplacar su pequeña furia, que no hacía otra cosa que excitarme más y más.
Abrí un ojo y lo encontré mirándome, con el pelo más rizado que nunca, sus ojos verdosos chispeando, sus hoyuelos ocultos en sus mejillas, y una ceja alzada, mientras mascaba chicle.
Quise darle hijos.
Y estaba en una buena posición.
Me di la vuelta y me tendí boca arriba.
-Puede esperar-murmuré, zalamera, mirándolo incitante. Él negó con la cabeza.
-No quiero llegar tarde a la boda. ¿Para qué hemos venido?-espetó, tirándome una toalla por encima y señalando el baño.
La puñetera boda. Claro, se me había olvidado, aunque parecía natural.
Habían pasado años desde aquel tour que habían hecho los chicos a modo de despedida temporal. La banda seguía activa, seguían trabajando, pero mucho menos. Cada uno había seguido su camino: Liam, Zayn y Louis habían estudiado sus respectivas carreras, quedándose en Inglaterra con sus novias; Niall vivía a caballo entre su Irlanda natal y el país que lo había acogido con los brazos abiertos, firmando discos, componiendo canciones junto con los otros tres, y poniendo voz a todo lo que se le pusiera por delante.
Harry y yo habíamos terminado mudándonos a Estados Unidos, viviendo en Nueva York cuando él trabajaba más en películas Hollywoodienses que en la propia Broadway. Pero no importaba, la fama que One Direction les había brindado a todos, y especialmente a mi chico, le había permitido tener varias opciones para elegir sobre qué hacer en su carrera artística.
Te sentías poderosa viviendo en un ático de Nueva York, en la zona más cara, sosteniendo una copa de vino tinto (lo que tanto salía en las películas tenía su razón de ser) y mirando a las afueras, donde la gente se peleaba por tener un mínimo espacio personal, los coches se pitaban los unos a los otros, discutiendo por el monopolio de un carril de emergencia que en realidad nunca estaba libre, las bicicletas zigzagueaban entre coches y personas por igual, los semáforos se mantenían demasiado tiempo cerrados y muy poco abiertos, y los perros ladraban incluso a sus propios dueños. Te sentías poderosa e importante mirando por la ventana a la gente, estudiando sus movimientos, estableciendo patrones de conducta, observando cómo se arrebujaban en sus abrigos y se apretaban aún más las bufandas debido al frío invernal mientras tú ibas en camiseta de tirantes y pantalones cortos o, si tenías el día inspirado, en un camisón de satén.
Pero la sensación de poder y superioridad era indescriptible cuando todo eso se debía a que tu novio era la persona más deseada del planeta.
La misma persona que ahora me mandaba a la ducha sin permitirme que viera cómo se vestía.
-¿Qué maldita hora es?-espeté. Desde que había dejado mi país, y luego mi segundo país, para instalarme en Estados Unidos, había empezado a hablar muy mal. La culpa, sin embargo, no era mía, sino de los estadounidenses que eran capaces de poner la palabra "fuck" en cualquier lugar que se les antojara. Harry me gritó que eran las 10 de la mañana. A mí me parecía que más bien eran las cuatro de la madrugada, pero no dije nada, porque no quería una pelea nada más volver al que un día fue mi país favorito.
Me hice un moño rápidamente y entré en la ducha sin preocuparme de comprobar primero la temperatura del agua, y lo pagué caro, muy caro, pues estaba helada.Chillé, me pegué contra la pared y contemplé los chorros cayendo desde el teléfono de la ducha hasta el suelo. Intenté que no me tocaran, sin éxito.
Escuché el sonido de la puerta abriéndose y a Harry entrar, revolver en el armario del baño, cerrar la puerta, exhalando un sonido de satisfacción, y asintiendo con la cabeza. Deslicé un poco la cortina de la ducha, lo justo para ver cómo salía sin hacerme apenas caso. Gruñí, negué con la cabeza y me decidí a meterme bajo el chorro de agua fría.
Quince minutos después, estaba deslizando el vestido que iba a llevar a la boda, de color morado con escote asimétrico por mi piel. Me acerqué a Harry le pedí que me subiera la cremallera, algo que hizo mecánicamente, como si no estuviera tocando a una chica.
Como si yo no fuera su chica y no me estuviera tocando.
Suspiré.
-¿Tan tarde llegamos?
Él sonrió, posó su sonrisa en mi hombro desnudo y dibujó un tierno beso en él. Decidí no darle más importancia al asunto; me vestiría, iríamos a la Iglesia, y todo sería genial. Volvería al pasado, pero lo mejoraría. Eso haríamos.
Me hice una coleta, la coloqué ladeada y procedí a maquillarme mientras Harry comenzaba a dar vueltas y más vueltas por la habitación, buscando cosas que nunca encontraría, eligiendo un reloj que no debería haber cambiado en un principio, y así hasta que me puso tan nerviosa que tuve que girarme y gritarle que me dejara sola.
Se quedó allí plantado, mirándome, mientras me aplicaba cuidadosamente gloss en los labios.
-Harry-dije, girándome y mirándolo.
-¿Vas a llevar pendientes?
Fruncí el ceño.
-¿Qué?
-Pendientes. Si los vas a llevar.
-Supongo-repliqué, encogiéndome de hombros y girándome para contemplar mi reflejo.
Colocó el joyero encima del tocador antes incluso de que pudiera ver dónde estaba. Lo abrió con impaciencia y señaló los que más le gustaban.
Unos pendientes que colgaban casi dos centímetros por debajo de la oreja culminando en unas perlas con forma de lágrima.
Me los puse con obediencia y procedí a sacar las pulseras que quería llevar.
-¿Tienes el bolso preparado?-espetó con urgencia. Asentí.
-Sí.
-¿Con todo dentro?
-Todo dentro-murmuré, abriendo una pulsera y extendiendo el brazo-. ¿Me la abrochas?
-Vas preciosa así, no necesitas nada más.
-Harry-repliqué yo, cogiéndole la mano y negando con la cabeza. Recorrí lentamente las líneas de la palma de su mano, haciendo que él protestara y se estremeciera a partes iguales-. Hace mucho que no veo a los chicos. Ni a Alba. Ni a Erika. Quiero impresionarlos. La última vez que me vieron estaba hecha un manojo de lágrimas en el aeropuerto, sin saber demasiado bien a dónde iba, cómo iba a llegar a donde yo pretendía, ni por qué. No he cumplido mis objetivos, ¿vale?-dije, alzando la vista y hundiéndome en aquellos océanos verdosos-, pero he alcanzado unos aún mejores, y estoy orgullosa de ello.
Una cálida sonrisa se extendió por su boca.
-No tienes que demostrar nada, son nuestros amigos.
-Aun así, quiero impresionarlos-musité, estirando de nuevo el brazo. Me enganchó la pulsera como yo se lo pedía, esperó a que me pusiera el collar a juego, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
Harry podía ser muchas cosas, pero nunca, jamás, olvidaba de dónde venía. Y lo demostró así.
Entré a la iglesia temblando, con las rodillas chocando la una contra la otra, de modo que no podía más que agradecer infinitamente que Harry casi me llevara en volandas, dejando que me colgara de él y fuera él quien me guiara.
Había gran cantidad de gente a quien no había visto en años, y todos los ojos se centraron en nosotros dos cuando cruzamos las puertas. Solo un grupo de la parte delantera estaba demasiado ocupado charlando sobre algo, en un círculo casi perfecto, como para darse cuenta de que Harry y yo estábamos allí.
Mi estómago dio un vuelco cuando los reconocí.
Los chicos.
Miré a Harry, y por fin comprendí por qué quería llegar temprano ese día.
Había pasado demasiado tiempo desde que los chicos se habían juntado por última vez, y eso el corazón de mi novio lo había terminado acusando.
Harry apretó el paso en cuanto los reconoció, y vi cómo uno de ellos se giraba, el más bajo el mayor, y sonreía, abriendo los brazos.
-¡Harryyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!-clamó Louis, con su acento inconfundible y la alegría de vivir en la voz, plasmada igual que siempre. Me solté del brazo de Harry para que pudiera ir al encuentro de los demás, que ya se habían girado.
En el segundo banco estaba sentada Eri, mirando con una sonrisa y ojos chispeantes a Hazza. Fui a sentarme junto a ella, que se levantó para saludarme al verme. Llevaba un precioso vestido verde agua, con unos pendientes en cascada de brillantes que me recordaron a mi propia pulsera, el pelo echado a un lado, con sus voluminosos rizos domados, de manera que solo podías entrever una parte del tatuaje que se había hecho en la nuca tanto tiempo atrás, y un colgante cayendo sobre su pecho, realzando su bien cuidado escote. Todos los hombres del lugar giraron la cara para admirarla.
Louis, que, tal como pude comprobar, seguía sin perder sus oportunidades para marcar territorio, se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído, acariciándole de paso la cintura. Ella le respondió con una carcajada y un suave beso en los labios, tan fugaz pero íntimo que me sentí como una intrusa.
-¡Noemí!-dijo, y no se molestó ni en poner acento británico. Lo pronunció a la española, como hacía años que yo no escuchaba mi nombre, a no ser que fuera en boca de Harry-. ¡Qué guapa estás!
Le devolví la sonrisa. Tanto tiempo viviendo con Louis terminaba pasando factura, y conseguía que ella me hiciera sonreír igual que lo había hecho él hacía mucho.
-¡Y tú! Dios, ese vestido es genial. ¿Haces ejercicio?
-Me cuido, nena-se encogió de hombros, alzando su vestido-. Así compito mejor por este-añadió, señalando a Louis, que había vuelto con agilidad al círculo de los chicos y estaba comentando algo con los demás, consiguiendo que se rieran.
-Pues ya somos dos, entonces-asentí con la cabeza, cerrando los ojos. Ella se rió-. ¿Yoga?
-No, corro, y de vez en cuando, si me apetece, pues pilates o una historia de estas.
Asentí.
-Yo hago yoga.
-¿No es muy difícil?
-Al principio sí, pero luego te acostumbras.
-Noe, vas a tener que perdonarme, pero no te imagino meditando acerca del universo.
-Yo tampoco, así que aprovecho para pensar en algunos diseños, y eso.
Su semblante se ensombreció.
-Así que, ¿es cierto?
-Depende de lo que te hayan contado.
-Louis me dijo que eras diseñadora de Chanel.
-Soy ayudante, no diseñadora, exactamente. Pero para ser mi primer año, he hecho grandes avances, ¿no te parece?
-Ya has hecho más que yo-murmuró.
-¿Te has sacado la carrera?
-Estoy con la discográfica que han montado los chicos preparando un disco, pero muchas veces me aborrece ir a grabar, y como me acuesto con uno de los jefes, eso no tiene demasiadas repercusiones-murmuró, encogiéndose de hombros otra vez.
-Vaya, que te lo tomas con mucha relajación.
-Sí, al paso que voy, tendré nietos cuando haya terminado de grabar el primer single.
Murmuré un suave "ya" a modo de contestación, y contemplé el entorno. Había estado en Iglesias más grandes, con mucha más decoración y más rica, pero aquella tenía su propio encanto. Había pocas cosas tan bonitas como una iglesia el día de una boda.
-¿Estás nerviosa?-pregunté, mirando a mi alrededor. Eri se estaba mirando las uñas.
-¿Por tener nietos? No, todavía queda mucho.
No había dicho eso la última vez que la vi.
-Me refiero a la boda, Erika.
-¡Ah! No-respondió, riéndose-. Yo no soy la que se casa. ¿Qué hay de Harry y su disco?
-Ahí va-dije yo-, ya tiene las primeras canciones, y tal. ¿Louis?
No necesitaba preguntarle, me había estado informando en el avión mientras Harry dormía a pierna suelta. Lo mío con los aviones no era una historia de amor como las de Shakespeare, precisamente.
-Bah-protestó, cruzando los brazos y fulminando a su novio con la mirada, que notó sus ojos posados en él, puesto que se giró-. Tengo que ir yo detrás de él para que trabaje. Si no es con los demás, no le apetece.
-Entonces, habrá que sacar disco pronto-contesté yo.
Eri alzó las cejas, con una sonrisa pícara en los labios.
-Una vez Directioner, siempre Directioner, ¿eh?
-Como con los Wildcats-contesté yo, devolviéndole la sonrisa. Hacía muchísimo tiempo que no veía High School Musical, demasiado ocupada tratando de aprenderme de memoria el plano de Nueva York, las mejores zonas y las que no había que visitar bajo ningún concepto, como para volver a ver las películas que había visto cuando era pequeña.
Eri iba a decir algo, pero la interrumpió la música del órgano. Los chicos se colocaron en posición, dejando al novio en el altar y yendo los demás a los bancos en los que les tocaba sentarse, pero sin hacerlo realmente, marcando el protocolo que el resto de invitados debían seguir. Me giré para admirar el vestido justo cuando la tercera de nosotras, la que faltaba, llegó a nuestro banco a toda velocidad y fingió llevar allí todo el tiempo. Niall no había llevado acompañante, demasiado ocupado volando de flor en flor, probando todos los néctares que le eran posibles, mientras pudiera hacerlo, así que no tenía tiempo de preocuparse por quién debía ir con él a una boda. Saludé con un gesto rápido de la mano a la recién llegada y volví a echarle un vistazo al vestido, que Eri ya observaba atentamente y ya se molestaba en juzgar.
-Qué hija de puta.
Me pregunté a qué venía aquello, pues la novia estaba preciosa, hasta que, yendo atrás en el tiempo, descubrí que el vestido era muy similar a uno de los que habían hecho llevar a Kristen Stewart en la primera parte de Amanecer. Un vestido blanco que casi parecía refulgir con luz propia, un escote en forma de corazón. El vestido era sencillo, pero era su sencillez lo que lo hacía tan precioso.
Era la sencillez del vestido lo que hacía que Alba estuviera preciosa, pero, aun así, yo sabía que en realidad lo había elegido por el parecido con el vestido de su película favorita.
Eri se inclinó hacia delante cuando nuestra amiga pasaba a nuestro lado, con la malicia escrita en la cara.
-Muy bien, Bella, ve a por tu Edward.
Alba se puso roja como un tomate, intentando contener las carcajadas.
Reconocí al que la acompañaba al altar como uno de sus amigos de la infancia, y fue él el que dejó su mano en la de Liam, en el mismo gesto que hacían en la película y que tan tradicional era... excepto en nuestro país.
-Hermanos-empezó el cura, y todos nos sentamos-, estamos hoy aquí reunidos para unir en santo matrimonio a...
-A mí con Louis, desde luego, no-protestó Eri en voz baja, mirando a su novio, que bajó la cabeza y se mordió los labios para no echarse a reír.
-... y desearles una feliz unión bajo el sagrado sacramento de la iglesia...
-Amén, Jesús-replicó ella, santiguándose. Louis se giró, la miró, negó con la cabeza y volvió a girarse.
-Porque no hay nada como el amor que el que un hombre le profesa a una mujer...
-Salvo el que Jesús nos profesaba a nosotros para morir en la cruz-murmuró ella, mirándose las uñas, y haciendo que Perrie se tapara la boca para no reírse escandalosamente.
-Eri, te lo juro por Dios-gruñó Louis, girándose.
-Qué gracioso, porque estamos en una iglesia.
-Cállate, ¿quieres? Ya sabemos que no crees, pero algunos sí lo hacemos, y no es tu boda.
Eri puso los ojos en blanco.
-Hurga en la herida.
-Vete a la mierda.
-Gilipollas.
-Retrasada.
-Mira para delante, no vayan a pedir los anillos y tú cotorreando como la vecina del quinto-ordenó mi amiga. Él puso los ojos en blanco, pero terminó obedeciendo, porque Eri era Eri.
La ceremonia siguió su curso, más lento que al inicio dado que Eri terminó siendo obediente con respecto a Louis y benevolente con la boda de nuestros amigos, y sólo se limitó a responder cuando la ocasión lo requería: por ejemplo, cuando el cura lanzaba la mitad de una frase hacia el aire, y toda la iglesia debía corearla al unísono. Louis se giró la primera vez que ella lo hizo, impresionado, y ella se limitó a encogerse de hombros. Le di un toquecito en el hombro a Harry cuando bajó la cabeza, tratando de disimular que hacía mucho que no pisaba uno de esos lugares, y negué con la cabeza, haciendo después un gesto hacia Eri, diciéndole a mi manera que debería darle vergüenza.
Hasta la criatura más escéptica en lo que a la Biblia respectaba era capaz de soltar contestaciones mínimamente coherentes.
Toda la iglesia contuvo el aliento cuando los novios tuvieron que pronunciar sus votos. Eri se inclinó hacia Perrie y le comentó algo que hizo que se pusiera roja como un tomate, tratando de contener la risa.
-¿Qué has dicho, Eri?-pregunté, inclinándome hacia ella. La española pegó sus labios a mi oreja.
-He dicho que Alba bajo ningún concepto dejaría escapar esta oportunidad... y Liam debería desaprovecharla.
-Eres cruel y despiadada.
Alba ya había dicho que quería ser la esposa de Liam.
-Si alguien se opone a esta unión, por favor, que hable ahora, o que calle para siempre-ordenó el cura, mirando a todos y cada uno de los fieles (y la atea, que parecía brillar con una luz ígnea, pues posó sus ojos un segundo más de lo necesario en ella).
Noté la sonrisa en su voz.
-¿A que digo algo?-amenazó en voz baja, de forma que solo lo oímos quienes lo estábamos rodeando. Zayn y Perrie se miraron, negaron con la cabeza y se sonrieron mutuamente. Harry se tapó la boca con la mano, y Niall consiguió ahogar una carcajada.
Pero Liam se giró hacia él y le dirigió tal mirada asesina que todos nos echamos a reír. Alba nos miró un segundo, asustada; no había oído al mayor de los chicos. Liam volvió a mirarla, negó con la cabeza y le sonrió. El cura alzó las manos para acallar el murmullo general que se había levantado en la sala que nuestras carcajadas habían provocado, y las bajó en el acto.
-Por el poder que me ha otorgado la Santa Madre Iglesia, yo os declaro marido y mujer.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Eri se inclinó hacia delante, buscó mi mano y estrechó mis dedos entre los suyos, mientras posaba sus labios delicadamente en el hombro de Louis, que miraba a su amigo recién casado con una felicidad incontenible. Reclinó inconscientemente la cabeza hacia la de su chica, y su sonrisa se hizo más amplia cuando se tocaron.
-Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Eri le comentó algo a Louis, que se limitó a poner los ojos en blanco y negar despacio con la cabeza, con una discreción que pocas veces había visto en él.
-Puedes besar a la novia-concedió el oficiante, y Liam atrajo hacia Alba hacia sí y besó despacio a su recién estrenada mujer, extendiendo una sonrisa en ella, una sonrisa en los demás, y alguna que otra lágrima en ojos que casi siempre eran desiertos.
Yo ya sabía que iba a llorar, pero el asalto del pensamiento "ya sólo quedamos dos solteras de aquellas niñas que una vez entraron en un bar sin saber lo que se les venía encima" fue tan potente que rápidamente sentí cómo mis mejillas se humedecían. Perrie también lloraba.
Miré a Eri, cuyos ojos refulgían con un brillo característico. Nos levantamos a aplaudir a la pareja, y Louis se giró un momento a su novia.
-¿Estás llorando?-espetó, incrédulo. Ella se limpió la nariz con el dorso de la mano y asintió con la cabeza.
-Todo el mundo llora en las bodas, Louis.
-Tú tienes la capacidad emocional de un ladrillo.
-Incluso los ladrillos.
-Yo no estoy llorando.
-Tú eres peor que un ladrillo, pero supongo que no me importa. Yo te quiero igual-replicó ella, echándose a llorar con más fuerza.
Los chicos se acercaron a Liam y le revolvieron el pelo, dándole de paso la enhorabuena. Yo fui hasta Alba, que hacía lo posible por no llorar, pero aquella ardua tarea se convirtió en un mero intento cuando vio los ojos bañados en lágrimas de Eri.
-¡Oh, Erikina!-dijo, sonriendo y echándose a llorar también.
-¡Eres una hija de puta!-replicó la otra, con los ojos enrojecidos, tratando de controlar sus hipidos-. ¡Todos sabíamos que era yo la que me iba a casar la primera! ¡Estaba cantado!
Alba se echó a reír y nos abrazó.
-Gracias por hablarme de ellos en el viaje a Inglaterra, Noe-dijo, mirando su alianza, con el nombre se su marido y la fecha de ese día tan importante grabado en la cara interna, donde sólo ella podía custodiarlo, y sólo ella podía sentirlo-. Sin ti nada de esto habría sido posible.
-La idea de entrar en ese puto bar fue mía, pero vosotras a vuestra bola-gruñó Eri, fingiendo enfadarse, pero con una sonrisa fantasma extendida en sus ojos-. ¿Sabes qué te digo? Que te den. Pienso robarte el marido. Me fugaré a Madagascar y me casaré con los cinco, porque soy la puta ama, y porque yo me lo merezco, y vosotras no. Zorras.
Nos reímos con tanta fuerza que nos dolió el estómago.
-Eri, no te pongas celosa. Noe ha estado fuera mucho tiempo.
-Sí, en mi país. Maldita bastarda-me miró con los ojos entrecerrados.
-No he estado en tu ciudad.
-Te habría arrancado la cabeza antes de que osaras tratar de instalarte en Los Ángeles, no te preocupes-nuestra amiga sacudió la cabeza.
Le cogí las manos a Alba y se las sostuve un rato.
-Enhorabuena, cariño. Te lo mereces mucho.
-¿A que vomito?
-Cállate, bestia llorona-exigió la novia, riéndose de nuevo. Miré a Harry, que vio mi maniobra de intercambio y le di dos besos a Alba.
-Ahora te llamas Alba Payne. ¿Qué se siente?
-La verdad es que me siento como cuando entré. Feliz.
-Joder, tía, pues ya verás cuando yo le robe el apellido a Louis. Monto una fiesta que ni la de Resacón.
Eri alzó las manos, colocándolas paralelas al suelo y perpendiculares a sus hombros, con las palmas hacia arriba, y alzó rápidamente los hombros varias veces, apoyando su teoría. Nos echamos a reír.
Luego, nos tocó el turno de ir con Liam. Louis le acarició la cintura a Eri, en el punto donde más cosquillas tenía ella, provocando que su chica diera un brinco y lo mirara, fingiendo un enfado que no sentía. Se me retorció el estómago, porque reconocí mis miradas cada vez que dirigía la vista a Harry en los ojos de mi amiga, y me alegré, a pesar de todo el tiempo pasado y de las cosas que nos habíamos hecho, de que nada hubiera cambiado desde mi partida.
Eri abrazó a Liam y le estampó dos besos, dejando un rastro de pintalabios rosa claro, de un tono muy dulce, en sus mejillas. Se las limpió con el pulgar.
-¡Te has casado!-exclamé, imitando a mi amiga, pero teniendo cuidado de no dejar la misma marca. Liam alzó las manos.
-¿No es una locura? ¡Yo, casado! ¡Y, encima, el primero de los cinco!
-Eres un amor, Liam, lo raro sería que no te hubieras casado-replicó Eri-. De hecho, estaba empezando plantearme dejar a Louis por ti, dado que no le pedías la mano a Alba-bromeó. Liam se rió.
-Pero, me refiero a que Zayn fue el primero en comprometerse, y... tú y Louis los primeros en empezar a salir.
-Todo el mundo apostaba porque vosotros seríais los primeros en pasar por el altar.
-Louis está en un plan muy preocupante de "no lo verán tus ojos cómo te doy mi apellido"-puso los ojos en blanco y se echó el pelo a un lado, quitándole importancia-. Pero basta de hablar de mí. ¿Cómo fue? ¿Te hizo sufrir?
-Eso, cuéntanos.
Perrie se giró. Cogida de la mano de Zayn, le había parecido siempre más interesante la conversación que nosotras manteníamos con nuestros interlocutores que en la que se supone que estaba obligada a tomar parte, por escueta que fuera.
Liam se encogió de hombros y se frotó la cabeza.
-No se me da bien hablar de esto.
-¡Liam James Payne Smith! ¡Exijo saber cómo has sido capaz de humillarte ante una mujer, y encima ante Alba, ¡¡¡¡¡¡¡¡Alba!!!!!!!!!! y pedirle que se case contigo! ¡Y quiero detalles! ¡Y empezaré a invocar a los santos desde el púlpito si no lo haces! ¡Y ni siquiera Louis podrá pararme!
Louis se dio la vuelta y la miró.
-¿Qué cojones le pasa?
-Quiere que le cuente cómo le pedí matrimonio a Alba.
-¿No se lo has contado?-inquirió Louis, con un tono ofendido en la voz. Se llevó la mano a la boca sin dar crédito a lo que estaba escuchando. La novia negó con la cabeza.
-Pregúntaselo a ella.
-Pero ¡lo quiero de tu boca!-protestó Eri, negando con la cabeza frenéticamente. Sus rizos se desparramaron un segundo por sus hombros, sin embargo, con un rápido movimiento de cabeza, logró colocarlos en su lugar.
-No.
-¡¡Pues me cago en...!!-empezó, pero su novio fue más rápido y le tapó la boca. Ella soltó improperios ininteligibles bajo la atenta mirada del cura, dispuesto a excomulgarla si la ocasión lo requería. Y terminaría requiriéndolo.
-Eri, cállate, ¿quieres?
Ella protestó bajo la mano de Louis, pero luego se quedó en silencio, mirando a todos lados con aburrimiento en la mirada.
-Voy a soltarte, y tú te vas a callar. ¿Mm?
La cautiva no dijo nada.
Louis bajó su mano lentamente por el mentón de la española, hasta colocarla en el cuello. Le acarició las venas y luego la soltó. Eri se giró a mirarlo. Sonrió, y volvió a empezar.
-¡ME CAGO EN!
Y Louis le comió la boca.
Delante de todo el mundo.
Delante de los chicos, que se echaron a reír por su descaro.
Delante de Liam y Alba, que se limitaron a negar con la cabeza con un asomo de sonrisa en los labios.
Delante de la dura mirada del cura.
Y delante de Jesús crucificado, que miraba al cielo, rogando en silencio a su padre que perdonara a la pobre alma perdida de mi amiga. Era buena chica, solamente era muy compulsiva, pero se ganaría el cielo si trabajaba.
Él la dejó separarse, y no pudo evitar sonreír con chulería cuando ella jadeó.
-Joder, Louis. Estamos en una puta iglesia.
-Joder, Eri. Las iglesias no son putas, al menos no cuando estás dentro de una. Y sigues siendo tú.
Erika se puso colorada hasta la punta de los pies. Se arrimó a él y se acurrucó en su pecho. Me eché a reír.
El cura carraspeó. Ella levantó la cabeza del pecho de Louis y lo miró. El hombre, con su túnica de oficiar misa y sus colores vivos para las ocasiones especiales, hizo un gesto en dirección al público.
-Tenéis que firmar los papeles.
Zayn soltó a Perrie, Eri se separó de Louis, y juntos, siguiendo a los recién casados, subieron las escaleras que llevaban a una mesa surgida allí por arte de magia. Louis le ofreció el brazo a Perrie, y ella lo aceptó de buena gana.
El segundo favorito de Perrie siempre había sido Louis, y ella parecía ser la favorita de Little Mix para Louis, lo que había facilitado en gran medida su relación, una estrecha amistad que había empezado cuando Zayn empezó a salir con ella. Louis y ella se trataban como hermanos; no eran de hablar mucho el uno con el otro, pero cuando se encontraban en algún lugar, sabías por sus abrazos que su afecto era sincero.
Acompañé a Harry fuera de la iglesia, y esperamos allí, haciendo un corro, a que salieran los novios para jalearlos y felicitarlos. Luego, mientras ellos se hacían las fotos, los invitados íbamos de camino al restaurante donde se celebraría el banquete nupcial.
Sorprendentemente, a los tres cuartos de hora, Liam y Alba llegaban al lugar, saludaban a sus nuevos suegros, y nos pedían que entráramos a comer.
El salón del banquete era precioso. En un lateral había un espacio vacío, con una barra para servir las bebidas, a la que un grupo de chicos ya se había acercado a dar buena cuenta de la barra libre. Rodeando esto, encarando un pequeño escenario de apenas veinte centímetros de elevación, se encontraban las mesas, redondas, con flores colocadas estratégicamente. Enormes lirios de todos los colores, brillando como si tuvieran luz propia, presidían las mesas, sin el típico nombre de flor o piedra preciosa, sino simplemente con números. Por suerte eran mesas amplias, y habían tenido el detalle de colocarnos a todos juntos en una misma mesa, cerca de la de los novios, que estaba incluso más alta que el escenario, con todo tipo de flores en un florero rectangular tallado en cristal.
Harry y yo dedicamos toda la comida a preguntarles a los demás qué habían hecho en nuestra ausencia, y ellos a preguntarnos a nosotros qué hacíamos en la ciudad que nunca dormía.
-¿Tú no haces nada, Eri?-pregunté, después de que Zayn nos contara con pelos y señales, en ocasiones con palabras que yo no había oído en mi vida, cómo se había enterado de que Louis había terminado sacándose la carrera de profesor de música y había ido a trabajar al mismo instituto en el que él llevaba ya un año. Mientras que el mayor de la banda se había relajado al máximo durante la última gira, Zayn había dedicado los ratos libres a preparar los exámenes de la Universidad, dado que quería sacarse la carrera cuanto antes, de modo que apenas habían parado su carrera artística, Zayn ya había empezado la más teórica.
Tanto Louis como Zayn eran profesores en uno de los institutos marginales de Londres, en los barrios de las afueras, porque decían que, aunque les habían solicitado sus servicios en los lugares más pijos, ellos no olvidarían que no habían tenido una educación tan selecta como la que fingían impartir en aquellos lugares. A ambos les había costado todo lo que habían conseguido, y en aquellos colegios se limitaban a allanarles el terreno a unos niños que no tendrían casi dificultades en la vida.
Se sentían, como había dicho Zayn, útiles por estar ayudando a chicos con más peligro. Se sentían más vivos. Se identificaban más con ellos.
Eri asintió con la cabeza.
-Mantengo la casa, así que eso ya es hacer algo.
Harry se echó a reír.
-Tú siempre habías dicho que querías trabajar.
-Y de hecho, quería hacerlo, pero...
-¿Y la carrera?
Negó con la cabeza.
-Al final no hice derecho. No quiero ser abogada. Quiero ser artista. Y eso me quitaría tiempo de estar con Louis.
-Ya empezamos-replicó él, dando un sorbo de su copa y mirándola-. Ya te he dicho que...
-A mí sí que me importa irme de gira y estar separada de ti. No dejé el instituto para irme de gira contigo y, ahora que vivimos juntos, ir cada uno a una punta del mundo.
Louis puso los ojos en blanco.
-Y es profesora particular.
Le sacó la lengua a su chica, que puso mala cara.
-En realidad solo ayudo a los niños del colegio de Louis y Zayn con sus clases. Sobre todo de español.
-A mí no me gusta que lo sea-aclaró Louis, y Zayn asintió, dando una larga calada del cigarro que se había encendido mientras esperábamos a que nos sirvieran el segundo plato. No era que los camareros tardasen, sino que, simplemente, el mono era superior a todo lo demás.
-¿Por qué?-quiso saber Perrie, que parecía nueva en todo ese asunto.
Niall la apoyó alzando las cejas en dirección a su compañero de banda.
-Ahora Eri es profesora de apoyo de español, pero a mí no me gusta.
-¿Por qué?
-Porque, joder, es mi casa. Y a veces siento que la gente va allí a cotillear-Louis se encogió de hombros.
-¿Qué más da?-espetó Eri, poniendo los ojos en blanco y masajeándose despacio las sienes-. Nuestra casa mola. Que cotilleen lo que les dé la gana.
-Pero me jode, tía-contestó Louis, girándose hacia ella, que lo miró con cara de cansancio. Debían de haber tenido esa conversación muchas veces- es que, ¡hostias! Es mi puta casa y sigo viendo a los críos. ¿Y si me da por ir en gayumbos por ahí?
-Pues vete, ¿quién te quita?
-Las chicas. Me violarían entre todas. La pubertad es muy mala.
Nos echamos a reír, aunque sabíamos que Louis, en el fondo, tenía razón.
-No os lo perdáis, que ahora a Eri no la puedo llamar "nena". Si digo "nena", miran todas, y yo me quedo mirándolas en plan "eh, relajaos, que le estoy hablando a mi nena"-negó con la cabeza.
-Te encantan los críos, Louis.
-A veces me tocan los huevos. Y me toca los huevos que ni estando en mi casa me pueda comportar como yo quiera.
-Pero ¡te adoran!
Louis torció la boca mirando al cielo, dándole la razón esta vez a su chica.
-Si no lo hicieran estarían locos-replicó Harry. Louis lo miró y le dedicó una tierna sonrisa.
-Larry ha vuelto, ¿eh?
-Larry es real-asintió Harry, y todos nos volvimos a reír.
-¿Os puedo hacer una pregunta, chicos?-preguntó Eri, mirándolos a todos y ensartando los codos en la mesa, chasqueando los dedos, mostrando de paso los tatuajes de la muñeca, que seguían allí, ajenos al paso del tiempo, como el primer día.
-Dispara, nena-se burló Niall, mirando de reojo a Louis, que se rió en silencio mientras hacía bailar la copa.
-¿Creéis que con este vestido me pega más un recogido o el pelo suelto?
-¡Lo sabía, macho, lo sabía!-contestó su novio, dando una palmada en la mesa y negando con la cabeza. Barrió con la mirada a todos los presentes-: Esta mañana me ha preguntado lo mismo.
-Lo pregunto ahora porque creo que sería una estupidez hacerlo cuando caiga la noche, ¿sabes, Lou?
-Sé-asintió él, sonriendo ampliamente sin mostrar los dientes.
-Yo creo que estás genial-dije yo, y Perrie me secundó, lo que equivalía a unanimidad en las Naciones Unidas, dado que si había dos chicas en una mesa, y las dos chicas coincidían en algo, aquel algo se volvía una ley universal, no importaba lo que pasase.
-¿Ves?-gruñó Louis, señalándonos con la mano abierta.
-¿Sabes?-replicó ella, a la defensiva-. Podrías ayudarme a tomar una decisión.
-Bastante tenía con elegir qué calzoncillos ponerme, nena.
-O podrías tomar una tú, directamente-replicó Eri-. ¿Debo recordarte que fui yo la que te terminó eligiendo el traje?
-Sh. Eh-Louis alzó la mano-. Cuidado, chiquilla. Que yo voto cada cuatro años. ¿Acaso hay decisión más importante que la de quién quiero que me represente entre toda esa panda de mamones?
Los chicos se rieron entre dientes. Eri lo miró.
-Votas en blanco, Louis-espetó.
Las risas entre dientes se volvieron carcajadas en toda regla.
-Porque soy un tío sensato-contestó él, alzando los hombros. Eri puso los ojos en blanco, negó con la cabeza y susurró algo de que era imbécil.
-¿A que parecen un matrimonio?-dijo Perrie, y todos asintieron.
-Pues no he tenido boda, así que no le veo la gracia-protestó Eri, poniéndose de morros.
-Joder, ¿quieres que te pida que te cases conmigo aquí?
-Sí.
Vi cómo Harry se envaraba y miraba a los dos, sopesando la posibilidad de que Louis realmente se humillara ahí.
-¿Te vale si te doy un aro de cebolla como anillo?
-No.
-Entonces nada, doña Quisquillosa.
-Eres muy cutre.
-Ya-contestó él, dando otro sorbo.
El ambiente se iba relajando conforme avanzaba la comida, hasta el punto de que llegamos a traficar con gambas, patatas fritas, y trocitos de tarta entre los otros. Cabría destacar que Niall y Eri parecían estar compitiendo entre sí por ver quién comía más, con lo que Louis tenía que estar vigilando su plato, pues ella no hacía más que preguntarle:
-¿Me das esa gama?
-¿Vas a comerte ese pimiento?
-¿Te vas a terminar la tarta?
-Me cago en mi madre, vale ya de robarme comida-espetó Louis, negando con la cabeza-. Come de lo tuyo o si no pide más. No te jode.
Nos echamos a reír, y se hizo después el silencio. La orquesta tomó posiciones, todos los invitados nos levantamos de la mesa e hicimos un corrillo alrededor de ellos. Liam tomó de la mano a Alba y la llevó hasta el centro. Bailaron su primer vals como matrimonio, y Harry casi tuvo que gastarse tres paquetes de pañuelos para evitar que inundara el suelo.
Luego, cuando terminaron y la gente se empezó a unir a ellos, Louis empujó sutilmente a Eri hacia delante. Ella se subió al escenario, insegura, y saludó a la gente.
Había visto esto mucho en las películas, pero nunca habría pensado que se hiciera de verdad.
-Bueno, yo soy amiga de la novia de hace más tiempo que del novio, así que hablaré más de ella que de él. No es nada personal, Liam, sabes que te quiero mucho-se aclaró la garganta y todos se echaron a reír-. Cuando la conocí-empezó-, Alba estaba enamorada de Robert Pattinson. Hola, Rob-saludó, alzando la mano. Me incliné hacia delante justo para ver a Robert y Taylor allí plantados. Abrí la boca, incrédula, sin poder creer que los hubieran invitado y hubieran acudido, aunque era normal: Liam era fan de Taylor, y Alba, de Robert. Había oído que tenían amigos relacionados con el mundo de la música, pero nunca hubiera pensado que uno de ellos fuese Liam-. Así que, digamos que Liam era algo así como el segundón-más risas llenaron el lugar, se notaba cómo Eri se iba relajando poco a poco-. Es broma. Ahora me alegro de todas las cosas que han cambiado, de todas las decisiones que hemos tomado, buenas y malas (y buscar One Direction en Youtube ha sido una mala decisión, creedme, lo dice alguien que sabe)-prosiguió, y más risas mirando al novio y a sus amigos, que sacudieron la cabeza, divertidos-, porque nos han traído a este momento. Los miras, y ves en sus ojos el amor auténtico, la muestra que sentimos tiempo atrás. Yo, por suerte, tengo a alguien parecido que me hace comprender el significado de esto-Louis recibió una manada de codazos hambrientos de unas mejillas rojas que nunca llegaron, tan solo se hincharon debido a una sonrisa-. Alba, Liam, no os he dado ningún regalo aún, no porque sea una tacaña, sino porque creo que hoy es un día demasiado especial como para que un objeto, billetes, o algo así, estén a la altura. Además, tengo que agradeceros que me hayáis enseñado que no importa cuánto se espera si de verdad amas lo que estás esperando. Alba, sé que lloraste con esto. Lo hiciste porque estabas triste. Hoy espero que lo hagas por otro motivo, que tu primera lágrima baje del ojo derecho, si es ese del que tiene que hacerlo, según Internet-alzó las manos-. Este es mi regalo, Payne. Tanto viejo como nueva. Espero que os guste.
Se giró un segundo para mirar a la orquesta, asintió con la cabeza y tragó saliva. Liam abrazó a Alba y la besó en la cabeza mientras ella empezaba a llorar.
-Heart beats fast, colors and promises, how to be brave-empezó Eri, y por el rabillo del ojo vi cómo los chicos la miraban con admiración mientras Louis seguía la letra con los labios, sin atreverse a levantar la voz. Alba se tapó la boca con la mano y trató de controlarse mientras la canción duraba. Se giró una vez para mirar a Robert, y vi todo lo que había en sus ojos. Rob había sido su todo una vez, había sido su amor cuando Liam aún no había aparecido, y eso no podía olvidarse.
Los ojos de Eri se deslizaron un segundo hacia Taylor, y yo supe que si Justin estuviera allí, habría hecho lo mismo que mis amigas.
Pero luego, Eri miró a Louis, y siguió cantando solo para él, que la animaba con una sonrisa en la boca., y Alba se pegó más a Liam, como si toda la cercanía con él no fuera suficiente.
-Darling don't be afraid I have loved you for a thousand years, I'll love you for a thousand more-cantó la española, y todos los invitados ya estaban emocionados, mirando a su amor. No había canción más bonita que esa, nadie podía dudarlo, nadie se atrevería a hacerlo.
Cuando acabó, Alba apenas podía sostenerse en pie de tanto llorar. Esperó a que Eri se bajara del escenario y la abrazó con fuerza. Escuché cómo le decía en español.
-Te quiero, ¿sabes?
-Lo sé, sanguijuela.
-Aunque apestes a perro mojado.
-Tus ojos son espeluznantes.
Se echaron a reír, fundiéndose en otro abrazo, y dando el momento romántico por concluido. Eri se acercó a Louis, bajó la cabeza y la levantó, mordiéndose el labio. Buscó sus ojos con la mirada, y dejó que él la besara despacio.
Noté la boca de Harry en mi cabeza, completando aquel círculo de felicidad.
La fiesta se alargó hasta altas horas de la noche, con lo que Perrie y Eri habían terminado yendo a una mesa y quedándose a hablar. Fui con ellas cuando los pies me dolían de tanto tiempo de pie con los tacones, y seguimos poniéndonos al día. Con la fiesta de fondo, cuando hacía muchísimo que la Luna se había alzado, y ya con el recorrido celeste casi completado, Louis vino hasta nosotras, y se sentó en una silla, con el respaldo vuelto hacia su chica. Le tocó el hombro con la mejilla, ella lo miró con los ojos entrecerrados.
-¿Quieres que nos vayamos?
Eri negó con la cabeza, aunque el sueño estaba presente en su mirada.
-Hace mucho que los chicos no estáis juntos, y no quiero estropearlo.
-No lo harías. Ya hemos quedado para vernos mañana. Día de chicos.
-One D day-musité yo, frotándome las mejillas. Louis sonrió.
-Como aquel día de la Twitcam de 7 horas-recordó Perrie.
-Qué tiempos-asintió Louis.
-Quedémonos-murmuró Eri, bostezando y disfrazando su bostezo.
-Tienes sueño-replicó su novio.
-Da lo mismo, Lou...
-¿Media hora?
Ella negó con la cabeza.
-Lo que quieras.
-Media hora.
-Una hora.
Louis asintió con la cabeza.
-Vale, amor, una hora-se levantó de la silla y nos miró-. Cuidad de que no se me duerma.
-No me voy a dormir-protestó ella, dándole unos suaves golpes en la pierna. Levantó la cabeza y lo miró. Puso morritos, y Louis le besó el cuello, más tarde la boca, y se marchó.
-No sabes cómo os envidio-dijo Perrie, mirando la marcha de su amigo. Eri la miró.
-¿De veras?
Asintió.
-Zayn me arrastra a la cama si ve que estoy cansada, no dialogamos. Es como si hubiera que hacer lo que yo quisiera.
-¿Discutís?
-Muy de vez en cuando. ¿Vosotros?
-Casi todos los días-sonrió-, pero no importa, porque nos reconciliamos mucho más rápido.
-Es que sois iguales. Los dos tercos como mulas.
-Y tenemos los dos un carácter muy fuerte, pero nunca nos decimos cosas de las que nos vayamos a arrepentir. Esa es la clave-asintió con la cabeza, girándose a mirar a Louis, que había llegado ya con los demás.
Asentí con la cabeza y pasé a comentar todas las tiendas que había en Nueva York. La hora se nos pasó volando, y todos vinieron a por nosotros.
Nos despedimos y cada uno se fue a su casa, excepto Alba y Liam, que se quedaban en su noche de bodas en el hotel donde habían celebrado el banquete, pues les invitaban a una sesión de spa que sabían que no iban a utilizar. Les esperaba una noche prometedora.
Harry, que no quería irse muy lejos, terminó conduciendo hacia otro hotel, con vistas al Támesis y todo el casco histórico de Londres, y me dijo que me duchara antes que él. Así que me metí en el baño, me quité todo el maquillaje, me lavé el pelo, lo sequé con una toalla y salí envuelta en otra.
Harry miraba por la cristalera de una de las paredes hacia las luces de la ciudad.
-Ya he acabado, Hazza.
Él asintió, frotándose las manos. Me miró y se levantó para ir al baño, pero se detuvo a medio camino.
Se colocó a mi lado, y me cogió las manos.
-¿Podemos acostarnos?
Negué con la cabeza.
-No estoy embarazada-era mi manera de decirle que en aquel momento tenía la regla. No le di importancia al hecho de que se le hubiera olvidado. Llevaba mucho alcohol en sangre, era normal que se le escaparan estos detalles, y más a esas horas de la noche.
-Quiero dejártelo cuando lleves mi apellido. Hacer las cosas bien.
-Me gusta eso-repliqué, poniéndome de puntillas para besarlo-. ¿Será pronto?
Noté sus dientes rozando mis labios cuando sonrió.
-¿Lo harás?
-¿Coger tu apellido?
Se arrodilló frente a mí y sacó una pequeña cajita negra, con un símbolo dorado que no llegué a reconocer. Lo miré con la boca abierta.
-Noe, ¿quieres casarte conmigo?
Recuerdo que lo último que pensé antes de comprometerme con el chico de mis sueños fue en lo irónico que era que Eri hubiera sido la primera en salir con su favorito de la banda, y la última en comprometerse con él.
Susurré un tímido sí, que fue variando hasta un sí jubiloso que bien se podría haber oído en la luna.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
