sábado, 10 de agosto de 2013

Te puedo hacer gritar.

¡Uy! ¿Y esto? ¡DALE! ¡YA TU SABEH!


Se detuvo nada más bajar del tren que habíamos cogido y miró la empinada cuesta que tendríamos que subir. Esperó a que la máquina se fuera para preguntar, tras aclararse la garganta:
-¿Y si me quedo aquí?
Me giré en redondo y lo miré con la boca abierta.
-¡Louis! ¡Dijiste que siempre estarías conmigo, apoyándome, ¿y ahora que te necesito quieres dejarme sola?
-Tu padre me da miedo. Y asco-reflexionó-. Sabes cómo me cabrea.
Empezaba a pensar que Louis tenía un problema muy serio con los padres biológicos de la gente cercana a él.
-No te dirá nada-aseguré, acercándome a él y cogiéndole las manos-. Se controlará.
-Tú y yo sabemos que sí. En cuanto vea las cicatrices...-puse los ojos en blanco, le solté las manos y me alejé de él varios pasos, dándole la espalda; la sola mención de mis cicatrices hacía que dolieran como si colocaran planchas de acero en ellas-... cuando te vea las cicatrices-repitió, acercándose a mí y girándome para que viera el dolor en sus ojos-, querrá matarme, y yo no podré defenderme porque sabré que el culpable de su existencia seré yo. Ya hemos tenido hijos, Eri.
-¿Me cortaste tú?
-Como si lo hiciera. Yo te empujé a ello.
Sacudí la cabeza.
-¿Cogiste tú la cuchilla y me abriste la piel? ¿Con tus propias manos? ¿En persona?
Me miró en silencio- Me puse de puntillas y lo besé; los nudos de los pañuelos atados a mis brazos en forma de muñequeras le acariciaron el cuello.
-No tienen padre. Sólo madre. Y sabes de sobra que mi padre tiene que agradecerte que, a pesar de mis marcas, sigas queriéndome como antes.
-Más que nunca-aseguró, y me besó la cara interna de las muñecas. Sonreí-. A pesar de que digas que estás marcada como si fueras una vaca.
Me encogí de hombros.
-Ni se te ocurra-advirtió, alzando el dedo índice y deteniendo mi comentario sarcástico sobre cómo estaba hacía un año, cuando sólo éramos amigos.
¡Ya hacía un año que nos conocíamos! Increíble, el tiempo pasaba tan rápido...
Se echó al hombro la mochila de Vans que le había acompañado por todo el mundo y me ofreció la mano libre, que acepté sin reparos, mientras recordaba lo que habíamos hablado en el avión con los demás. No había sido mucho: tendríamos un par de horas para despedirnos de nuestras familias y coger las cosas que necesitaríamos para el tour por Inglaterra. Yo estaba decidida a conseguir que mis padres me dejaran trasladarme definitivamente al país natal de mi novio y mis amigos; de hecho, ya me había matriculado en varios cursos de arte, y uno de traducción, porque era demasiado buena traduciendo a los chicos sobre la marcha, según iban hablando, como para desperdiciar ese talento.
Harry me había prestado uno de sus innumerables pañuelos, que utilizaba a modo de cintas del pelo, para cubrirme el brazo y convencer a mis padres, que no me dejarían ir a ningún sitio con los brazos como los tenía. Y Louis en persona había sido el que me los había atado a las muñecas, ritual que fue trascendental para él, y que no le gustó en absoluto. Me explicó que, mientras las cubría, se sintió igual que si le hubieran obligado a volver a abrirlas y contemplar impotente cómo sangraba. Quería que mis padres vieran lo que era capaz de hacer por él. Creía que estaba enferma, y tal vez tuviera razón. Enferma mental. Pero todo el mundo quería tener esa enfermedad mental que yo padecía y que no me dejaba vivir.
Estaba loca, literalmente, por Louis. Tan loca que había sido capaz de autolesionarme al contemplar la sola idea de poder haberlo perdido para siempre; el dolor había sido demasiado insoportable, y recordé lo bien que me había sentido al hacer que pasara a un segundo plano, pues el emocional era mucho peor que el físico, pero podías librarte de aquél con este último.
Miré a Louis mientras subíamos la cuesta; tenía los ojos fruncidos porque le molestaba el sol, miraba el tramo que nos quedaba con expresión abatida, pues nos costaba mucho subir aquella pendiente (había mucha inclinación, no sabía calcularlo, sólo sabía que subirías tranquilamente 70 metros en un tramo que en llano cubriría apenas 25), pero se negaba a soltarme la mano. No quería dejar de tocarme, no le gustaba, y a mí tampoco.
Me sonrojé y bajé la mirada al pensar en una parte del viaje. Él notó cómo me ponía colorada, me miró, y le odié por ello. Odié la facilidad que tenía para notar mis cambios de humor según se iban produciendo. Estaba segura de que estaba más pendiente de mí que yo misma.
Que hubiera notado, por ejemplo, que me había venido la regla al ver mis bragas manchadas un día por la mañana antes incluso de que pudiera ni darle los buenos días era una de las incontables pruebas de ello.
-¿Qué pasa?-preguntó con aquella sonrisa de niño bueno que me apetecía estar besando todo el día. Sacudí la cabeza, pero estaba en esos días en lo que no aceptaba un no por respuesta. Según tenía entendido, esos días venían siendo del 24 de diciembre de 1991 en adelante.
Intenté no estremecerme, pero no pude. Cada vez que recordaba la fecha en la que había nacido Louis, los años que me sacaba, lo hacía. No debería, pero... me ponía demasiado.
-Dímelo.
Suspiré.
-Me estaba acordando de lo que hicimos en el avión.
La sonrisa que se extendió por su cara fue rápida como un relámpago y luminosa como mil supernovas. Se detuvo y me acarició el cuello con la mandíbula.
-Joder, eso sí que estuvo bien.
Asentí con la cabeza, girándome y besándolo en los labios.
-¿Lo repetiremos?-preguntó, inocentemente.
-Son muchas horas de vuelo.
-Tengo la impresión de que eso es un sí.
-Lo es-asentí con la cabeza. Desde que había leído 50 sombras de Grey (culpa suya), las ganas de leer hacerlo en un avión habían aumentado mil veces. Y cuando se levantó e hizo un gesto con la cabeza en dirección a los baños, mientras los demás discutían sobre qué comida mexicana era la mejor (y Harry estaba empecinado en que los tacos eran la mejor comida del mundo, lo que cabreó a Niall, que era fan incondicional del jamón ibérico, así que para mí el irlandés estaba en lo cierto y Harold quedaba relegado a la categoría de vagabundo en lo que a comidas se refiere), llamando al instinto más oscuro de mi interior y haciendo que lo siguiera como un cordero fiel.
Nos encerró en el baño y se inclinó hacia mí. Chasqueó la lengua.
-No llevas falda-negó con la cabeza, y me entró tanto pánico que tiré de su nuca hasta colocar sus labios tan cerca de los míos que las caricias que le hice al hablar bien se podrían haber considerado beso.
-Mira qué rápido lo soluciono-repliqué, desabrochándome los vaqueros y sacudiendo las caderas a un ritmo premeditado para subir la temperatura del baño a la par que me libraba de mi pequeña carga. Sonrió en mi boca, tiró de mí hacia arriba, prácticamente me arrancó las bragas y me penetró con fuerza.
Fue el segundo de dolor más glorioso y excitante de toda mi existencia.
El Louis de mi presente se acercó a mí y tiró de la goma por el que se pasaba el cinturón, acercándome a él. Estaba duro. Otra vez.
Hombres.
Todo el día pensando en lo mismo.
Louis debía de estar saliendo con una criatura con cuerpo de mujer pero mentalidad de hombre, porque también me apetecía lo mismo que a él en ese preciso instante.
-Es el típico polvo por el que estaría esperando una semana.
-Yo no pienso estar una semana sin follarte durmiendo contigo en la misma cama-replicó, mordisqueándome el lóbulo de la oreja-. Dato-añadió en español, noté su sonrisa. Las pullas con Noemí se llenaban de la misma coletilla: cada vez que una de las dos le decía alguna bordería a la otra, acabábamos nuestro ataque con "dato". Así parecíamos más malas. Y los chicos habían terminado aprendiendo la palabra, así que tuvimos que explicarles qué significaba exactamente.
-No sabes lo que me pone que me hables en español con ese acento tan andaluz que tienes. Dato.
-Lo sé. Dato. ¿Sueno andaluz?
Negué con la cabeza, luego me encogí de hombros.
-Un poco. Haces las ces y las zetas raras.
Me miró con los ojos entrecerrados.
-Entiendo.
Me pasé su brazo por los hombros y seguí arrastrándolo hasta mi casa. Cuando llegamos al portillo, mi perro, Noble, corrió a saludarnos ladrando como si no hubiera mañana.
-¡Noble! ¡Cállate! ¡Sienta!
Pero el perro ni se sentó ni se calló, estaba demasiado ocupado celebrando que su dueña más joven había vuelto como para dejarlo escapar. Abrí la puerta y casi nos tira; más de 35 kilos de felicidad incontrolable ni contenida eran lo que tenían.
Noble se apresuró a pedirle a Louis que le tirara la piña. Era más fuerte que yo, así que la tiraba más lejos, y al perro le gustaba más. Negué con la cabeza, cargándome la mochila de Louis en el hombro.
-¿Qué coño llevas aquí dentro?-protesté; la susodicha pesaba tanto como mi mochila del instituto-. ¿Piedras?
-Ropa-se encogió de hombros.
-¿Cómo cojones vas a llevar ropa aquí dentro?-pregunté, pero no me hacía caso, estaba demasiado ocupado mandando al perro lejos, y exigiendo que le trajera la piña en el menor tiempo posible-. ¡Pesa toneladas!
-Vale, ¡de acuerdo! Guárdame el secreto, ¿quieres?-dijo, haciendo caso omiso de los ladridos de mi perro y acercándose a mí. Me agarró de la cintura, y me acarició la espalda por debajo de la mochila-. He matado a un elefante. Lo hemos matado entre los cinco, de hecho. Y nos lo vamos comiendo poco a poco. Yo me encargo de llevar la pata delantera izquierda.
Lo miré en silencio.
-¿Por qué esa?
-Porque soy de izquierdas... y no quería la trasera.
-Interesante-repliqué.
-Dato.
Me eché a reír, negué con la cabeza y recogí la piña. Se la tiré a Noble, que se vio fastidiado porque yo no era tan fuerte como mi novio, pero corrió de todas formas a recogerla y volver a traerla.
Mi padre salió secándose las manos en un rodillo. Nos miró un segundo. Pude sentir cómo Louis se pegaba sutilmente a mí.
Si aquello era una reclamación de su poder sobre mí, a mí no me hacía ni puta gracia, porque era buscar pelea a base de dar gritos en un barrio marginal.
Pero a mi madre... no habría quién se lo contara.
-¿Cuándo habéis llegado?
-Ahora mismo. Hemos venido en tren. Vengo a por ropa.
Asintió con la cabeza.
-Tu madre me ha contado lo de Estados Unidos.
-También vamos a México.
-Bien, bien-replicó, mirando al suelo y contemplando cómo Noble pasaba a toda velocidad a su lado y le tiraba la piña a Louis, dejándosela a sus pies. Louis se agachó a recogerla-. ¿Queréis tomar algo?
Negué con la cabeza.
-Hemos comido de la que veníamos.
Volvió a asentir.
-¿Louis?
Louis se lo quedó mirando, impresionado por que mi padre hubiera dicho su nombre bien.
-Quiere ofrecerte algo.
-¿Lo va a envenenar?
Me eché a reír.
-¿Lo crees capaz?
-Lo creo capaz de muchas cosas. Si tiene cerveza...
Alcé una ceja.
-No eres mi madre, y te fuiste. He dejado de fumar, ¿qué más quieres? ¡Déjame vivir!
Miré a papá y le dije que Louis quería una cerveza. Él asintió, se metió en casa y nos gritó que le siguiéramos. Me pareció una estupidez: también era mi casa, no necesitaba que nadie me dejara entrar.
Dejamos la mochila en el salón y Louis cogió la cerveza que le tendía mi padre. Mamá se sentó en el sofá; estaba durmiendo la siesta mientras veía la novela de turno. Le di un beso en la mejilla, y ella miró la mochila de Louis.
-¿Y eso?
-Oh, son... cosas. Venimos a recoger ropa y eso. Me voy a América con él.
Mamá alzó la ceja.
-Creía que no lo habías decidido todavía.
-No voy a quedarme en Inglaterra yo sola mientras ellos se van de tour.
-Podrías volver a casa.
La miré con una cara que quería decir, sin lugar a dudas, "No.".
Ella se encogió de hombros, dejando estar la pelea, y se acurrucó contra el sofá, cogiendo el móvil y jugando a uno de esos innombrables juegos a los que se aficionaba hasta el punto de aprovechar las noches que trabajaba para pasarse diez niveles en apenas una hora.
Louis abrió la cerveza y le dio un trago, contemplando a mi madre. Me siguió sin que yo dijera nada hacia el piso de arriba, yendo un par de escalones por detrás.
-¡Las camas están sin hacer!-gritó mi madre desde abajo... como si su hija estuviera ciega. Me encogí de hombros, aunque no podía verme, y saqué la bolsa cuidadosamente doblada que había guardado en la mochila de Louis. La abrí, me senté, y la estiré sobre las piernas mientras él se acercaba a la ventana y echaba un vistazo fuera, contento de que en mi pueblo la persona más joven, después de mí, fueran amigos de mi hermano de 30 años que no tenían ni puñetera idea de quién era ni qué hacía él. Dio un sorbo de la lata cuando yo me levanté.
-¿Necesitas ayuda?
-No.
Suspiró. Escuchamos cómo la tele del piso de abajo, o bien se apagaba, o bien enmudecía para que mis padres escucharan qué hacíamos.
Puse los ojos en blanco, abriendo y cerrando cajones a diestro y siniestro, tirando ropa encima de la cama.
Louis se sentó con cuidado de no hacer ruido y provocar que mis padres subieran a controlarnos. Sería muy humillante.
-¿Te ayudo?
Negué con la cabeza, porque en lo único en lo que me podría echar una mano sería doblando la ropa, y lo conocía lo suficiente como para saber que odiaba doblar ropa. Había tenido suerte y se había hecho con un buen trabajo pronto, porque como tuviera que trabajar en una tienda a media jornada para pagarse los estudios o los gastos, o lo que fuera que hiciera la gente joven con ese dinero, no estaría allí.
Se habría pegado un tiro haría ya mucho tiempo.
Dio otro sorbo y se tumbó en la cama.
-¿Sabes por qué han apagado la tele?
-No sabemos si la han apagado.
-Te apuesto cinco libras.
-Hecho.
Sonrió mirando al techo.
-Tu padre me arrancaría la cabeza si le diera la oportunidad.
-Pues no se la des.
Se tumbó sobre su costado y se me quedó mirando, fascinado por la visión de mi culo mientras me inclinaba a sacar todas las camisetas de la cómoda.
-¿Merezco la pena?
Me giré y le mostré las muñecas tapadas. Puso los ojos en blanco.
-Eso no debería contar.
-Louis. Tú te mereces que yo deje que me arranquen la piel a tiras sin protestar. Y sabes que me encanta protestar. Cada mirada, cada beso, o cada caricia lo merece.
La sonrisa que se extendió por su cara fue gloriosa.
-Te quiero-susurró, acercándose a mí, abrazándome la cintura y besándome la espalda. Sonreí, me giré, le dije que yo también, y dejé que me besara en los labios.
-Louis, déjame acabar con esto, ¿quieres? Acabaremos perdiendo el tren.
Me dejó ir de mala gana, pero no se perdió detalle de mis movimientos. Cuando me cambié de habitación, se arrastró por encima de la cama, escondido bajo el montón de ropa que ninguno sabía muy bien cómo íbamos a meter en la bolsa, y se colocó con la cabeza colgando por la parte posterior, asegurándose de que no me iba a ningún sitio sin que él se enterara.
Dejé las cosas encima de la cama, tapándolo hasta arriba, y empecé a seleccionar lo que me llevaría o lo que no. Oí pasos subiendo las escaleras, alguien carraspeó.
Levanté la mirada lo justo para ver cómo mi madre aparecía por la puerta y se quedaba mirando a Louis, que había desbloqueado el teléfono y se dedicaba exclusivamente a mandar mensajes estúpidos por WhatsApp porque le encantaba amargarme la existencia y obligarme a leer un millón y medio de tonterías. Tontería arriba, tontería abajo.
-¿Qué hacéis?
-¿Louis? Tocarse los cojones. Y yo intento hacer mi maleta.
-¿Tienes un minuto?-dijo, sin apartar la vista de mi novio-. A solas.
-Habla. Sabes que no te entiende.
Suspiró.
-Tu padre y yo hemos estado hablando de esto de que hayas estado tanto tiempo en Londres. Has perdido muchas clases, y...
-He ido a clases allí.
-Déjame acabar-ladró, y Louis la miró y luego me miró a mí, porque sabía que mi interior empezaba a bullir aquella rabia que en ocasiones no hacía más que crecer cuando me pegaban-. Hemos estado pensando en que... podrías pedir la nacionalidad.
Fruncí el ceño.
-¿La nacionalidad?
Mamá asintió.
-Está claro que no quieres quedarte en España. No después de... todo-murmuró, con la vista perdida en un punto más allá de la ventana, tal vez incluso más allá de nuestra dimensión-. Vas a Inglaterra y, cuando vuelves, pareces más sana. Te sienta bien. Y las universidades de allí son mejores.
-Pero... necesito un tutor.
Fue lo primero que se me ocurrió, y ni de lejos pretendía que mi madre lo interpretara como lo interpretó. No me sentía inglesa. Me encantaba el país, me encantaban sus ciudades y su gente, su idioma, todo, pero yo sabía por qué era. No quería ser inglesa. Si me cambiaba la nacionalidad, sería para una de la otra punta del Pacífico. Si conseguía aquella nacionalidad que yo más quería, viviría en la meca del cine. No en la que todo el mundo llamaba "la capital del mundo". Además, eso de la capital del mundo era una auténtica gilipollez. Para empezar, la civilización tal y como la conocíamos había aparecido en Roma, no en Londres, que seguramente no existiera en la época en la que la ciudad italiana conoció su máximo esplendor.
Seguí la mirada de mi madre y me encontré de pleno con la cara de Louis, que nos contemplaba a las dos alternativamente, asustado.
-¿Qué?
-Dice que tú podrías ser mi tutor.
-¿YO?-brincó en la cama, tirando la mitad de la ropa al suelo-. Pero... si debe de ser ilegal. ¿Podríamos follar?-negó con la cabeza, asustado-. No podríamos follar.
Alcé las cejas y me aparté el flequillo de la cara, sonriendo.
-¿Por qué siempre piensas en lo mismo?
-Porque soy chico, y tú me haces pensar en ello-dijo, guiñándome el ojo. Me giré a mi madre.
-No lo veo, mamá. Louis apenas cuida bien de sí mismo. ¿Cómo iba a cuidar de mí?
-No tiene que hacerlo, los tutores sólo son responsables de ti ante la ley, tu representación, y esas cosas. Por lo demás, eres perfectamente capaz de vivir emancipada. Ya lo haces, de hecho-arrugó la nariz y lo miró con intención, pero él seguía sin entender una sola palabra... siempre y cuando ésa no fuera su nombre.
-Bueno...-dije, poniendo los brazos en jarras y balanceándome a base de mover la planta de los pies. Me colocaba sobre la parte delantera, luego descansaba el pie entero, luego me inclinaba hacia atrás, y repetía la operación. Miré al suelo y fui poco a poco subiendo el cuerpo de mi madre con los ojos.
Estaba muy gorda.
Me alegré en silencio, por primera vez en casi un año,de haber tenido anorexia y haber  cortado el problema de raíz, evitando ponerme como ella en un futuro no muy lejano, futuro en el que no me sería complicado alejar a Louis de mí. Le rondaban demasiadas chicas guapas siendo yo joven y delgada, preciosa, así que, ¿cómo iba a mantenerlo a mi lado cuando envejeciera y me pusiera como una bola?
-En el caso de que lo hablemos y lleguemos a la misma conclusión que vosotros, ¿cómo lo haríamos?-inquirí. Mamá se giró, buscó unos papeles en el armario y me los tendió. Estaban metidos en un sobre canela, pero el sobre estaba tan hinchado que ya varios se habían salido. Los recogí, me senté al lado de Louis y les di golpecitos contra mis piernas, tratando de ordenar aquel caos que mi madre me había entregado. Louis se inclinó hacia mí, se apoyó en la cama un poco a la derecha de la cadera que no tenía en contacto con él y se esforzó por descifrar las palabras que había impresas en el papeleo de mamá. Se mordió el labio por el esfuerzo, y a mí me apeteció besárselo.
-En teoría, tenemos que dar nuestra autorización para que vayas a vivir a un país extranjero, pero según la ley, cuando un menor tiene el pasaporte se supone que lo ha sacado con el consentimiento paterno, de manera que no hay que preocuparse por eso. Necesitarías solicitar la residencia permanente en Inglaterra para conseguir que Louis tuviera opciones a ser tu tutor, pero, dado que te pasas más tiempo allí que en España, y sacaste buenas notas el curso pasado, no creo que haya inconveniente.
-De hecho, tengo el permiso de residencia. Lo saqué cuando me fui en febrero. Sabía que iba a estar mucho tiempo, y por si quería alquilar una habitación o lo que fuera y me ponían inconvenientes, pensé que estaría bien sacarlo.
Mi madre asintió mientras Louis le daba la vuelta a las páginas, desesperado por entender algo, lo que fuera. Señaló una a suelta, me preguntó si era la de su idioma, negué con la cabeza y él suspiró y siguió a la caza de algo que pudiera comprender.
-No lo hemos cogido traducido. Lo siento-dijo mi madre, y casi le faltó inclinarse hacia delante igual que hacían los japoneses.
-No importa; yo se lo traduciré.
-Vosotros lo pensáis. Tu padre y yo creemos que es lo mejor para ti.
-¿Cuánto te ha costado convencer a papá?
-Milenios. No se fía de él-dijo, haciendo un gesto con la mandíbula en dirección a Louis. Sonreí.
-Hace bien. Nadie debería fiarse de él. ¿Eh, Lou?-pregunté en inglés, girándome hacia él y tocándole la rodilla. Él frunció el ceño, alzó el pulgar y replicó.
-No sé qué acabas de decir, así que tu madre, sólo por si acaso.
Me eché a reír y me incliné a darle un beso en la mejilla.
-Si convencí a tu padre, es porque yo tengo ojos en la cara, y los uso. Sé que él te hace bien, y no estar con él te deprime. ¿Qué quieres que te diga, Erika? Prefiero que seas feliz lejos de casa a desdichada aquí.
Abracé a Louis y sonreí con la mayor ilusión del mundo. ¿Pasar todo un año en Inglaterra, cerca de él, estudiando lo que a mí me diera la gana puesto que mis padres no estaban allí para controlarme y, de hecho, podía pagarme los estudios? Suena realmente genial.
Louis me devolvió el beso en la mejilla y se despidió de mi madre con un perezoso y tímido "adiós" en mi lengua cuando ella empezó a bajar las escaleras.
Me dejó ir a regañadientes y tiró de mí cuando terminé de empaquetar todo lo que consideré indispensable para la gira por América.
Cuando paré, me froté las manos y lo miré. Sonreía con las cejas alzadas, su sonrisa era sarcástica, parecía decir "estarás contenta".
-¿De qué te ríes?
-De que te vas con media casa.
-Tú saqueas todos tus armarios cuando te vas de tour. Así que cállate-repliqué, sentándome a horcajadas encima de él y tirando del cuello de su camiseta para besarlo. Me dolió en el alma terminar frenándonos después, pero tuve que hacerlo, porque metió sus manos por debajo de mi camiseta, acariciando mis riñones, y subió peligrosamente hasta el broche de mi sujetador.
La cosa no estaba para hacerlo en mi casa, con mis padres en el piso de abajo, cuando estábamos a punto de irnos a dar la vuelta al mundo durante un verano entero.
Mis padres sabían de sobra lo que hacíamos Louis y yo la mayoría  de las noches, el uso que les dábamos a las camas, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta presenciarlo o escucharlo, que venía siendo lo mismo.
-Louis-le regañé yo cuando intenté deslizarme por sus piernas hacia atrás pero él no me dejó. Se dedicó a tirar de mí con fuerza, hinchando sus bíceps (oh, señor, qué brazos tiene) y sonriendo con coquetería.
-Pero... me apetece-dijo, mordisqueándome el cuello. De haberlo llevado largo, me conocía lo suficiente como para saber que lo habría echado a un lado y dejar que me besara mejor.
-Eres igual que un crío pequeño.
-Soy un crío pequeño atrapado en el cuerpo de un tío de 20.
-21-le corregí, mirando a la pared y sonriendo. Se separó de mí y me contempló con los ojos entrecerrados.
-Eres una hija de puta-dijo, negando con la cabeza. Me eché a reír, le besé el cuello, le palmeé el brazo y me deshice de él.
Media hora después, cogíamos el tren de vuelta a Avilés. La caminata hacia mi casa fue una odisea: se tuvo que poner la chaqueta sólo para poder utilizar la capucha y conseguir que algunas de las fans más despistadas no le reconocieran. Yo no tenía ningún problema: mi última aparición pública había sido en Enero, a todas luces, Louis y yo no estábamos juntos y no había indicios de que fuéramos, siquiera, a volver a vernos; y, para colmo, la última vez que la gente me vio estaba menos anoréxica y mi pelo era más largo.
A todos los efectos, yo era una chica del montón que paseaba por Avilés con su novio. No tenía nombre ni identidad para aquellos que no me habían conocido nunca.
Pero ni mi novio era un chico normal ni yo era anónima.
Varias veces unas chicas se giraron cuando pasamos a su lado por la calle, pero nosotros seguimos adelante estoicamente. Yo parloteaba sin cesar con Louis en español, y él se aguantaba las ganas de reír, ya que no entendía una sola palabra de lo que decía, a excepción de amor.
Le conté cinco veces la misma supuesta pelea descomunal que había tenido con un profesor de química que ni siquiera existía con la esperanza de no cansarme y quedarme callada, que Louis me preguntara qué me pasaba y se desatara el infierno.
Lo primero que hice nada más llegar a casa, donde Niall y Zayn nos esperaban jugando a la consola, fue salir corriendo hacia la nevera y beber casi dos litros de agua de una sentada. Louis se apoyó en la pared de azulejos, mirándome.
-¿Te encuentras bien?
Asentí con la cabeza.
-Sólo estoy cansada. Diles a los chicos que recojan. En diez minutos nos vamos.
Me apresuré a cerrar las persianas, pensando que cuanto antes nos fuéramos antes llegaríamos a México y antes empezaría la gran aventura para mí. Regué las plantas, dejándolas en la terraza, donde no se verían en la más completa oscuridad, me aseguré de que todos los dispositivos estuvieran desconectados y eché un último vistazo a la que había sido mi casa durante 16 años. Sabía que en cuanto cerrara la puerta se convertiría en un piso más de una calle más de una ciudad más de mi país natal.
No, una ciudad más no. Avilés seguiría siendo mi casa. O mi casa secundaria.
Se me ocurrió una idea en el instante en que estaba cerrando la puerta, así que me lancé dentro antes de terminar de hacerlo. Los chicos se me quedaron mirando, Zayn se asomó a la puerta y me preguntó.
-¿Estás bien?
-¿Tienes sitio para unos cuantos DVDs?-quise saber, agachándome y recogiendo las películas de las que no se me debería haber ocurrido separarme.
-Tengo yo-dijo Niall, abriendo la mochila. Louis puso los ojos en blanco cuando me vio recoger la Saga Crepúsculo completa y Sin salida, la película que en la que había Taylor después de hacerse famoso con su papel de Jacob en Crepúsculo.
-No.
-Sí-repliqué yo-. De hecho, vas a verla conmigo en el avión.
-¡No!
Pero lo hizo.
Después de recoger a Liam, Alba, Noemí y Harry y subirnos al avión con la euforia metida en el cuerpo, algo en nosotros decidió que debíamos tranquilizarnos mientras pudiéramos. Nada más engancharnos el cinturón de seguridad, cogí la mochila, saqué la caja Sin Salida y esperé pacientemente a que el avión despegara y se estabilizara en el aire, pasando los dedos por la portada en la que Taylor se deslizaba por una cristalera con una pistola en la mano.
Louis gruñó por lo bajo desde el despegue hasta el momento en el que las luces que nos indicaban que debíamos seguir con los cinturones abrochados se apagaron.
-Manda huevos que estés acariciando esa puñetera caja con más cariño de lo que me acaricias muchas veces a mí.
-Yo te acaricio con adoración, mi vida-repliqué, pasándole una mano por la mejilla. Me miró con expresión neutra.
-No vas a conseguir que deje de protestar porque me pongas la puñetera película.
-Entonces, dejaré de intentarlo-dije, haciendo amago de apartar la mano.
Me la retuvo por la muñeca y la volvió a pegar contra su piel. Las corrientes eléctricas se duplicaron, ya que no había un sólo punto de contacto, sino dos.
-No-sentenció-. Que no vaya a dejar de quejarme no significa que no me gusta que me toques.
A pesar de que lo hizo muy bien, no consiguió distraerme. Me las apañé para abrir la caja con una sola mano, sacar el disco, cerrar la caja y encender el ordenador. Louis suspiró y se frotó los ojos al ver que su maniobra no daba resultado.
-Eri...-dijo cuando llegamos al menú de la película y yo situé el botón en "Reproducir película". Lo miré-. Te quiero mucho, pero como hagas de esto una rutina, vamos a tener una discusión muy seria.
Me eché a reír, lo besé en los labios al tiempo que pinchaba en la opción de la película, subí el reposa brazos y me acurruqué contra él.
Estuvo hasta casi el final callado, demostrándome, efectivamente, lo mucho que me quería. No tragaba a Taylor. Eso lo sabía. Pero que consiguiera mantener la boca cerrada y no bufar cuando había primeros planos de él, o cuando el americano se quitaba la camiseta y yo me mordía el labio y le apretaba a él el brazo, como si así fuera a establecer contacto con el actor, le honró mucho, y me demostró hasta qué punto era cierto lo último que me había dicho.
Pero la paciencia de todo el mundo tenía un límite, y más la de Louis.
-Me aburro, Eri-dijo cuando estábamos llegando al final, con Taylor paseando entre una nube de asientos ocupados en un partido de fútbol.
-Vale-repliqué yo. ¡Ahora que se ponía interesante!
-La peli es mala.
-No-dije, pero eso debía concedérselo. Al menos podrían haber grabado varias tomas en las que la gente del estadio de béisbol dejara de girarse descaradamente para contemplar a Taylor. Personalmente, me hacía mucha gracia una señora que se tapaba la boca con la mano, tocaba a su hija y señalaba al actor con total descaro, sin importarle las cámaras que hubiera a su alrededor. Yo habría hecho lo mismo.
-Él es malo.
-Lo que pasa es que tienes envidia-gruñí para que se callara. Me encantaba ver la película en versión original, la voz de Taylor era demasiado sexy, especialmente cuando la cambiaba en las películas y la ponía ronca. Me hacía necesitar darle hijos de la misma forma en que Louis lo conseguía con el mero hecho de existir. Y al inglés no le gustaba en absoluto perder el monopolio.
-¿Yo? ¿Del gilipollas ese? Claaaaaaaaaaaaaaro que sí-asintió con la cabeza, haciéndose el ofendido. Me quitó el brazo por los hombros. Quise gritarle que no fuera crío.
-Porque me puede hacer gritar más que tú con sólo apretar un botón.
-Yo también te hice gritar con sólo apretar un botón. Y sabes de sobra que no hay nadie que consiga hacerte gritar como lo hago yo-su sonrisa se volvió siniestra, profunda... en los dos sentidos de la palabra. Me estremecí.
Eso tenía que concedérselo.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Light Wings.

La primera mitad del viaje de vuelta al cuartel general que también era mi casa fue bastante fácil... y aburrida. No debería considerar aburrido un trayecto en el que nadie intentó pegarme un tiro o directamente lanzarme desde la azotea de un edificio al vacío para matarme, pero el pasar por esas situaciones bastante a menudo hacía que llegaras a cogerles el gusto y las echaras de menos cuando no sucedían.
Me colé en la Central de Pajarracos Express, como en casa nos gustaba llamarlo, con relativa facilidad. Tuve que saltar vallas, sí, escalar muros también, incluso encaramarme a cornisas y utilizar mi ingenio al máximo para descubrir cómo entrar (los planos que Puck, mi jefe, me había obligado a memorizar resultaron estar desfasados, o directamente ser erróneos, pero, claro, cuando eras un gilipollas amargado que sólo veía la ciudad por un satélite, solías equivocarte); sin embargo, eso lo hacía todos los días, y no tenía gracia ninguna cuando ya era parte de tu rutina. Hasta los trabajos guays se echaban a perder si tenías una buena rutina.
Me gustaba corretear de aquí para allá, pero nada comparado con la adrenalina de huir de algo a toda velocidad, escapar de alguien con una pistola empeñado en freírte a balazos. Eso era mil veces mejor que inventarse nuevas rutas.
No sería la primera vez, ni iba a ser la última, ya que Puck metía la pata y yo me veía obligada a tomar decisiones sobre la marcha. Estaba acostumbrada.
Su error garrafal me había obligado a meterme por conductos de ventilación que no sabía ni que existían, y había estado el doble del tiempo del previsto para llegar a los estudios centrales, pero por fin lo había encontrado. Después de asegurarme de que no había sensores de movimiento, ni cámaras de seguridad conectadas (por lo menos se ocupaba de su trabajo y ponía las cintas en repetición para que nadie me viera entrar ni salir, punto para Puck), forcé los cajones a la velocidad del rayo y, cuando las puertas se abrieron y un ejecutivo y su secretaria entraron en el despacho a concretar los detalles de una futura reunión, yo escuchaba su conversación mientras me alejaba por otros conductos de ventilación.
Mi regla número uno era siempre cambiar la ruta de entrada y la de salida. Era fácil que te cogieran si salías por el mismo sitio que entrabas, aunque también era cierto que te resultaba menos complicado salir, ya que conocías el terreno. No me gustaba correr riesgos, así que rodeé una de las plantas de entrenamiento, corrí en la sombra hasta la alambrada electrificada que rodeaba la Central de Pajarracos Express y busqué una forma de salir.
Lo cual no fue para nada difícil: cuando tienes una alambrada electrificada de cinco metros de alto, no esperas que la gente que está dentro no salga, al menos si se trata de gente que puede volar, gente con alas; lo que esperas es que los de fuera no entren.
La gente como yo era esa gente indeseada, la gente por la que las alambradas eran tan altas. Con dos metros bastaría, pero, con un buen punto de apoyo, la gente como yo podría saltar aquellos dos metros.
Encaramada a una tubería, había subido a un tejado de un almacén (¿por qué tenían almacenes tan cerca de la alambrada? Estaban pidiendo a gritos que nos coláramos y saliéramos luego por la puerta grande), corrí por el techo y salté al otro lado. Podría haberme roto la pierna, pensé mientras me alejaba corriendo a toda velocidad, con los pulmones doliéndome por el esfuerzo, y me descubrí a mí misma encogiendo los hombros. Me detuve en una zona concurrida, me metí en un callejón, me ajusté las tiras de la mochila y busqué una manera de ir a la zona de la ciudad donde más a gusto me encontraba.
Los tejados.
La subida estuvo chupada, nadie me vio, y una vez arriba, lo único que debía hacer era controlar que no hubiera compañeros trabajando en misiones parecidas a la mía (aunque no de tanta importancia, por supuesto) para no interferirlas. Y aguzar el oído para enterarme de si la policía estaba haciendo una redada con helicópteros, obligándome a buscar un lugar en el que esconderme hasta que el aparato con las hélices se fuera.
Llevaba recorrida exactamente la mitad del camino cuando llegué al puente. Me detuve un segundo, contemplando los coches y las personas que iban de acá para allá, ajenas a todo lo que les rodeaba, de cómo el sistema los tenía esclavizados, y miré hacia la otra orilla del río.
Tomé aire.
No solía vértigo, pero aquel puente era demasiado alto, y si calculaba mal la distancia terminaría matándome. El puente era demasiado estrecho.
Todos éramos imprescindibles en las misiones, éramos demasiados pocos y no dábamos a basto, estábamos todo el día corriendo, pero yo era particularmente especial ese día. Mi mochila debía llegar a casa, y nosotros ganaríamos una importante batalle en nuestra guerra.
Me acerqué un poco más al borde del edificio, tragué saliva, y me dispuse a coger carrerilla.
Y entonces, lo noté.
Me estaban siguiendo.
El silencio al otro lado del pinganillo me asustó.
-¿Puck?-dije, girándome sobre mis talones y examinando todo lo que había alrededor. Últimamente corrían rumores de que algunos habían desertado y ahora trabajaba para los pájaros, pero yo había decidido no darle crédito a aquello. Seguramente quisieran asustarnos para que no nos fiáramos de los de fuera, y tenernos más controlados.
-Cruza el puente, Kat-replicó Puck sin que yo le confesara mis temores.
-Creo que me están siguiendo.
-No estás en nuestro distrito, ése pertenece a otros. Cruza el puente, tienes a alguien esperándote al otro lado.
-¿Taylor?-espeté esperanzada, achinando los ojos sin importar que así mi vista no fuera a cruzar el río. Puck suspiró.
-Wolf-gruñó, recordándome que en las transmisiones ninguno debía utilizar su nombre de siempre. El nombre con el que nacíamos estaba vetado en las misiones.
Nos había dado la idea una antigua pintada en uno de las zonas en las que nos entrenábamos en secreto. En un conducto de ventilación particularmente ancho, escondido en lo más profundo del laberinto, un maletín olvidado y por el que los años habían pasado con saña descansaba bajo un grafitti negro pintado apresuradamente.
"¿Dónde está November?"
Y, desde entonces, la idea de que aquella tal November no hubiera acudido a una cita corrió como la pólvora. Pocas cosas eran peores entre los runners que no ir. Era preferible llegar mil años tarde a simplemente no llegar.
Se armó un gran revuelo, todo el mundo buscaba a la tal November cuando yo todavía era Cyntia, pero de ella no apareció nada.
Fue como si nunca hubiese existido.
Yo misma formé parte del equipo de la operación que se encargó de extraer los archivos ciudadanos de la policía y el ayuntamiento, y ni un sólo ciudadano de aquella maldita ciudad se llamaba November.
Un chico de nuestro grupo sugirió que podría ser un sobrenombre. A alguien más se le ocurrió que podríamos usarlos, así no habría tanto lío de apellidos ni nombres a los que responder. Los apodos eran únicos, nadie se llamaba Kat, no había ningún Wolf aparte de mi novio.
A todos nos pareció bien. Tratamos a los dos que habían tenido las ideas como a una realeza propia... hasta que ya no los tuvimos.
Participaron en la operación de devolución de los datos a los lugares de donde los habíamos extraído, pero algo salió mal. Un chivatazo, una caída, una cámara mal truncada... el caso era que los pillaron con las manos en la masa y los cosieron a tiros allí mismo. Muy pocos habíamos ido al funeral para apoyar a las familias; todos nos sentíamos culpables y creíamos que les debíamos algo más que sus vidas.
Nuestra identidad.
Nuestra propia vida.
Con un nudo en el estómago, eché a andar hacia la otra esquina, corrí por la azotea y, con las caras de los compañeros muertos en la mente, salté hacia el puente.
Lo alcancé.
Y me alcanzaron a mí.
Una sombra negra me tapó el sol unos instantes; unas alas crearon viento a mi alrededor, desestabilizando mi carrera, haciéndome mirar hacia los lados.
Uno de los pajarracos, a los que la gente había dejado de llamar ángeles artificiales para llamar ángeles directamente, se situó delante de mí, con una sonrisa en los labios. Me tendió la mano, pidiéndome la mochila. Negué con la cabeza, di un paso instintivo hacia atrás, me desestabilicé y noté cómo el corazón me daba un vuelco.
Iba a morir.
Allí mismo.
Con los planos en la mochila, con la única oportunidad entre las manos.
Estudié sus alas; no parecían preparadas para el agua. Miré hacia abajo, él pareció entender lo que me proponía, y se apresuró a flotar hasta mí.
Tarde, porque yo me lancé de cabeza hacia el agua, sin importarme los segundos de caída, sin importar las probabilidades de que me quedara paralítica si entraba con mal ángulo en el agua.
Escuché cómo gritaba un "No" incrédulo y exigente mientras atravesaba el aire, recortando distancias a la velocidad de la luz. Oí cómo se lanzaba en picado detrás de mí, cómo gemía desesperado intentando alcanzarme, pero los segundos que le llevó reaccionar fueron cruciales.
Entré en el agua limpiamente, las piernas se ofrecieron voluntarias a seguir funcionando aún después del impacto... y nadé lo más rápido que pude hacia la orilla más cercana, en la que había estado antes.
-¿Kat? ¿¡Kat!?-bramaba Puck en mi auricular, golpeando mi cerebro. Gemí.
-Estoy...
-En el agua, lo sé. ¡Sal de ahí! ¡Wolf va a por ti!
-¡Nos matará a los dos!
Taylor no podía venir a por él. Tenía cuentas pendientes con los pajarracos, no podría controlarse, y sería o su vida o la del ángel.
Y se decía que los ángeles eran creados con una fuerza ya sobrehumana.
Tras varios angustiosos minutos en los que el ángel me seguía con atención, y en los que yo luchaba por despistarlo, llegué a la orilla, y eché a correr enloquecida hacia los tejados.
Al fin y al cabo, prefería que me raptara y torturara aquel bicho a que fuera la policía la que lo hiciera. No solían molestarnos, pero con los documentos que llevaba...
Y ahí estaba: corriendo a toda velocidad, con los pulmones realmente ardiendo y el corazón martilleando en el pecho, suplicando que parara, no podía seguir ese ritmo demasiado tiempo y necesitaría luchar... cuando me sorprendió una distancia que ni yo misma, la mejor escaladora de mi distrito de runners, habría podido salvar.
Grité con todas mis fuerzas cuando vi que no llegaba a la cristalera del edificio de en frente, no llegaba, no llegaba, iba a matarme, adiós a la única posibilidad de acabar con los monstruos como aquel que me perseguía...
Las yemas de mis dedos rozaron algo a toda velocidad. Más tarde las palmas de mis manos. Y yo me aferré a la vida con todas mis fuerzas.
El ángel me rondaba como los buitres rondaban a los animales moribundos: esperando a que muriera para no mancharse las manos de sangre y poder comer sin necesidad de dar el golpe de gracia.
Me apretujé contra los cristales y miré hacia abajo. La cabeza empezó a darme vueltas. Luego, miré a mi espalda. El edificio por el que hasta hacía unos segundos estaba corriendo eran unas oficinas. Saqué la pistola del cinturón del pantalón, quité el seguro y disparé a los cristales. El ángel se acercaba.
Me giré y, justo cuando él giraba el edificio y se disponía a atraparme, salté y entré en las oficinas. Corriendo como loca, haciendo caso omiso del dolor de las heridas que los pequeños cristales habían abierto en mis piernas, corrí hacia la puerta en el momento en que el ángel terminaba de dar una vuelta completa y aterrizaba donde acababa de hacerlo yo. Intenté bloquear la puerta, pero era tarde. Eché a correr hacia arriba, tratando de despistarlo gracias a la inmensidad de pasillos que lo rodeaban.
Saqué de la mochila la pequeña cápsula que había ido a buscar y me preparé para lanzarla a la calle por si me capturaban o no podía escapar con ella, cuando me alcanzó.
Me empujó contra la pared, y mi espalda crujió. Dejé escapar un alarido; estaba segura de que me había roto alguna costilla.
-Dámela-exigió con una voz peligrosa, una voz que prometía una muerte lenta y dolorosa si no la obedecía l pie de la letra. Negué con la cabeza, mis nudillos se volvieron pálidos.
-N...no.
-Dámela-insistió, moviéndome para separarme de la pared y tirar de la cápsula.
Sus alas eran preciosas; sus plumas, lo más suave que jamás había tocado. Sus labios estaban a centímetros de mí mientras forcejeábamos por el control de mi robo, enmarcados por una suave barba marrón chocolate. Frunció el ceño, frustrado; tal vez no le hubieran conferido aún la fuerza extraordinaria.
Levantó la vista y me miró a los ojos. Tenía los ojos más bonitos que había visto en mi vida: azules como el cielo que solía surcar.
-¿Vas a dármelo o tendré que arrancártelo?-ronroneó, el tono peligroso de su voz desapareció. Tenía una voz tierna, como de niño. Y, sin embargo, me apeteció que me arrancara la cápsula... y la ropa. A tirones. O mordiscos. Lo que prefiriera.
Nadie me había dicho que los ángeles eran tan guapos; lo más cerca que había estado de uno habían sido varios cientos de metros, y rápidamente había corrido a esconderme para que no me encontrara, sin importar que estuviera persiguiendo a otro runner.
-Tendrás que arrancármelo-repliqué con un hilo de voz. Sonrió con chulería, pero en lugar de continuar tirando de la cápsula, subió sus dedos por mi mano acariciándome el brazo, y llegó al codo. Puso la otra mano en la pared, ahora todo él ocupaba mi campo de visión. Me pareció haberlo visto en algún sitio, pero no sabía dónde...
Se inclinó hacia mi boca y me descubrí deseando que lo hiciera ya. Quería que me besara y comprobar si las leyendas urbanas que corrían a su alrededor eran realmente ciertas. ¿Podían tener hijos alados cuando se mezclaban con gente normal?
-Eres tan jodidamente guapa...
Sus labios encontraron los míos, los besaron despacio. Su lengua acarició mi boca, yo la abrí, y él la introdujo lentamente. La apretó despacio contra la mía, derritiéndome... y se dejó de tonterías. Me pegó contra la pared, esta vez de verdad, y me devoró la boca como nunca antes lo habían hecho ni lo harían. Gemí de puro placer, le eché las manos al cuello y enredé los dedos en su nuca. No quería que parara, estaba tan mal, y por eso me sentía tan bien...Suspiré en su boca, noté su sonrisa, la besé. Ni siquiera sabía su nombre, pero poco importaba. Lo que importaba era cómo me había hecho sentir, cómo me hacía sentir ahora, cómo encendía un fuego en mi interior, que raras veces se negaba a dejar de ser océano, en ocasiones embravecido, pero océano al fin y al cabo...
Se separó de mí y su sonrisa alcanzó unos tintes de sorna insospechados. Volvió a besarme, yo apenas podía respirar, en mi cabeza sólo había un coro de "guaus" que se negaba a irse y dejarme pensar con claridad.
-Sí, definitivamente eres la chica más jodidamente guapa que he visto.
Quise preguntarle si le decía eso a todas las chicas a las que perseguía, pero algo en sus ojos me dijo que lo pensaba en serio. Y me sentí halagada, aunque no debería, porque mi novio estaba viniendo a toda velocidad hacia allí. Tenía que escapar de el de los ojos azules, alejar la cápsula de su alcance y...
Lo miré con pánico mientras la agitaba en el aire, sosteniéndola entre sus manos. Eché a correr hacia él, pero había un problema: los ángeles también eran rápidos.
Cerró la puerta de la oficina en la que habíamos entrado con la punta de una de sus impecables alas, lo qu le dio mucha ventaja.
La abrí de una patada y contemplé cómo me miraba con la misma sonrisa de triunfo en la cara.
-Runner-intentó despedirse.
-Pajarraco-repliqué yo, levantando la pistola y apretando el gatillo. La bala le atravesó un ala, pero no lo bastante cerca como para impedirle volar durante mucho tiempo. Seguramente podría volver a su central.
Se encogió de hombros, inclinándose hacia atrás, y terminó desapareciendo, dejándome sola en la oficina. Me acerqué a la ventana en el momento exacto en que se giraba, abría las alas y echaba a volar.
Vi el reflejo de Wolf en los cristales del edificio de enfrente.
-¿Kat?
-Aquí abajo-dije, cogiendo unos papeles y tirándolos por el agujero, para que viera dónde me encontraba. Vi cómo asentía con la cabeza y desaparecía, buscando la forma de bajar.
Seguí dándole vueltas a los retortijones en el estómago cuando besé al ángel todo el camino a casa, notando sus labios en los míos.
-Lo he perdido-confesé a mitad del camino. Habíamos bajado a la calle; Taylor venía con ropa normal para que pasáramos desapercibidos.
Se encogió de hombros.
-Puck lo entenderá.
Me cogió la mochila, la abrió y sonrió.
-¿Qué has perdido?
-La cápsula.
-Pues los papeles aún están dentro-replicó. Lo miré con la boca abierta, le arrebaté mi mochila y miré dentro. Sí, allí estaban los papeles, empapados, con algunas palabras ininteligibles, pero... seguían estando ahí. Grité de la emoción y lo abracé.
-¿Cómo es posible?
-Tal vez se haya abierto-se encogió de hombros. No me extrañaría nada que se hubiera abierto; había sido un viaje muy movido.
Sonreí, me acerqué a su boca y la junté a la mía. Me acarició la cintura, cariñoso...
... lo que me hizo sentir aún más mal.
Todavía notaba los labios del ángel en los míos. Todavía me duraba el mareo que conllevó ese beso.
Todavía seguía dándole vueltas al "Eres tan jodidamente guapa..." que dijo antes de besarme.



¡Hola, pequeño lector o pequeña lectora salvaje! Es probable que seas lectora, pero me hacía ilusión llamarte lector. Vivimos en un mundo machista. Ya tu sabeh. Yeah. Dale. Bueno, el caso es que... ¡gracias por ser leal/obediente/curioso y entrar a leer esto! Es una nueva novela que acabo de empezar, el título es evidente. Te pongo en situación: es una fanfic, pero no de estas típicas en las que fan conoce a su ídolo, se enamoran, se casan, tienen mil hijos, mueren juntos, bla bla bla. No. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a esta idea, y leer "Hush, hush" me ha decidido. Es una especie de combinación entre el libro y un videojuego que me encanta llamado Mirror's Edge.
Si necesitas decirme o preguntarme algo, lo que sea, abajo tienes la cajita de comentarios, donde nos cambiamos los papeles: tú escribes, yo leo. ¿Te ha gustado? ¿Quieres que te avise por Twitter de los nuevos capítulos de esta novela, que seguiré subiendo cuando termine con Its 1D bitches? ¿Te preguntas qué fue primero, si el huevo o la gallina? Para eso está la cajita. Espero el tuyo. Gracias por acompañarme en una entrada más. Se agradece. Mucho.

viernes, 2 de agosto de 2013

Si esto es un sueño, no me abras los ojos.

Apoyé la mano sobre la de Louis; nuestros cuerpos iban perdiendo poco a poco el calor, que el suelo y las paredes de azulejos del baño se encargaban de absorber sin piedad.
-Siento que todo haya tenido que ser así, Lou.
Se encogió de hombros.
-No importa-me miró-. De verdad. Ya ha pasado todo.
-He echado de menos que me digas cosas así, la verdad-sonreí, y él me devolvió la sonrisa, un poco más animado que antes, pero no lo suficiente para que yo no me preocupara.
-Te las seguiré diciendo... si tú me dejas-susurró. Me incliné hacia él y lo besé despacio, exactamente igual que la primera vez, hacía tanto tiempo (casi un año ya, el tiempo volaba, de verdad volaba), junto al río del pueblo de mis abuelos. Le acaricié la mejilla, él hizo lo posible por prolongar el beso, y se relamió cuando nos separamos.
-¿Puedo ver a los chicos?
Asintió con la cabeza, distraído.
-¿Quieres ir ahora?
Me puse de rodillas, asintiendo a la velocidad del rayo. Me levanté y le tendí la mano, él hizo un gesto con la cabeza, levantó la mano para rechazar mi ayuda.
-Vete cambiándote; yo voy ahora. Necesito estar solo.
-Ya estoy cambiada, Louis.
Me miró de arriba a abajo por primera vez desde que su ex (¿ya podíamos considerarla su ex?) se marchó. Suspiró, murmuró entre dientes un "vale" y se levantó.
-¿Quieres que te deje solo?
-¡No!-espetó, como si la sola idea de que se me ocurriera eso mereciera ya que me cruzara la cara. Sonreí, me puse de puntillas y volví a besarlo. Me pasó los brazos por la cintura.
-Te quiero-dije en su boca.
-Y yo a ti, pequeña-me acarició la nuca y me besó la frente. Cerré los ojos, disfrutando de ese contacto-. ¿Qué hay del tal Max?
-Os lo contaré a todos cuando estemos en casa. No quiero contarlo dos veces, y los chicos merecen saberlo tanto como tú.
Puso los ojos en blanco.
-Odio esperar.
-Pues te jodes-repliqué, alzando los hombros y echando a correr por el pasillo. Me siguió, no corriendo, pero terminó yendo detrás de mí.
Me metí en el coche, y él se inclinó hacia la puerta.
-Tengo que ir a por las cosas-murmuró. Tragué saliva.
-No te vayas, ¿vale?
-¿Cómo quieres que me vaya? Estás metida en el coche. No puedo irme sin que me veas.
-Eh, ¿puedes coger el Lamborghini, quizás?-sacudí la cabeza, la comisura del labio y mi ceja izquierda se levantaron. Abrió la boca.
-No me acordaba ya del otro coche.
-Ya veo lo que te gustó. Menos mal que te gustaban las tías que conducían Lamborghinis.
Entrecerró los ojos.
-Eri.
-¿Qué?
-No sabes conducir.
-Nadie es perfecto-me burlé, encogiéndome de hombros de nuevo. ¿Cuántas veces llevaba encogiéndome de hombros? Louis me hacía encogerme de hombros mucho, cada dos por tres. Perro. Tiré del cuello de su camiseta y lo besé apasionadamente, dejándolo sin aliento-: Ya te estoy echando de menos, Tommo.
-Imagínate lo que tuvieron que ser tres meses para mí, entonces.
Negué con la cabeza, le saqué la lengua y esperé a que volviera con la radio puesta. Me encantaba la nueva canción de Jessie J, Wild. Era... simplemente genial.
Louis se me quedó mirando mientras yo la cantaba, ajena al mundo. Llevaba mucho tiempo sin cantar con la radio, sin ningún público, pero era cuando estaba sola cuando realmente sentía lo que decía, cuando notaba que la música fluía a través de mi boca, porque necesitaba un instrumento que la hiciera nacer.
-IF THIS IS A DREAM DON'T OPEN MY EYES, AM I ASLEEP? NO, I'M ALIVE!-bramé, Louis puso los ojos en blanco.
-¿Jessie J?
-Acaba se sacar la canción. Creo que es de... hace dos días-asentí con la cabeza, echando cuentas con los dedos.
-Ya, ¿sabes que yo la conocí?
-¿Sabes que yo también?-le hice un corte de manga, alcé la ceja y asentí con la cabeza. No me sabía el rap de Big Sean, pero poco importaba, con moverme como una rapera y poner caras de rapera, el silencio no parecía tan raro.
-¿Por qué eres tan chula?
-¿Y tú por qué eres tan creído, Louis?-repliqué, echándome a reír y apoyándome contra la ventana. Me miró de arriba abajo, se mordió el labio, sonrió y negó con la cabeza-. ¿Qué?-pregunté, abriendo los ojos, intentando adivinar qué se le había pasado por la cabeza.
Me encantaba que pudiera hacer eso; me encantaba que fuera igual que un estanque: podía ver a través de él, llegar hasta el fondo, si él me dejaba. Pero bastaba con que alguien tirara una piedra y rompiera la calma de la superficie para que Louis adoptara una máscara indescifrable. Podías saber qué había en el fondo, podías intuirlo, pero si él no quería mostrártelo, no tendrías más que una ligerísima idea.
Se llamaba talento interpretativo. Era un don, y él lo tenía. Podría haber sido actor si se lo propusiera (lo había sido, en realidad, si contábamos las pequeñas escenas en las películas en las que había participado), pero su voz... no podría haberse perdido.
Y, francamente, en Disney Channel no explotaban bien a sus artistas. Aquellas series en las que tenían que hacer estupideces les hacían parecer críos sin talento, cuando en realidad era más bien todo lo contrario.
-¿En qué estás pensando, Louis?-pregunté, inclinándome hacia él y mirándolo con curiosidad. Negó con la cabeza, sacudió un dedo.
-Estoy conduciendo.
-Dímelo.
-¿Seguro?
-Sí.
-¿No te ofenderás?
-Noooooooo-balé igual que una oveja.
Sonrió.
-Según te pusiste en esa postura...
-¿Sí...?
-Te follaría hasta dejarte seca.
Empecé a arder. Literalmente.
-¿En serio?
-En serio.
-¿Y por qué no lo haces?-repliqué, acercándome a él y mordisqueándole el cuello. Se echó hacia un lado, tratando de huir de mí, pero sin quererlo demasiado.
-¿Porque estoy conduciendo, tal vez?-aventuró.
-Tendremos que añadirlo a la lista de lugares donde echar un polvo-susurré, divertida.
-No tienes huevos.
-¿Que no qué? Verás cuando lleguemos a casa-levanté la mano con la palma vuelta hacia él, dándole a entender que tenía que esperar-. De todas formas, es un poco decepcionante que no quieras hacerme el caso que me merezco ahora.
Me estaba comportando como una verdadera zorra, sí, pero... no era culpa mía. Que me dijera cosas así me encendía. Que estuviera respirando en ese preciso momento me encendía.
-Hasta ahora, los chicos y yo creíamos que estabas muerta. Y, nena, no me gustaría que estuviéramos en lo cierto.
Me callé y miré hacia delante, pensativa. Me mordisqueé la uña del dedo índice, cavilando. Tenía sentido.
-¿Estás bien?-preguntó él, inclinándose hacia delante y mirándome. Asentí.
-Sí, es que... es bueno volver.
-Y tanto que lo es-consintió, asintiendo con la cabeza y tomando una salida para ir a casa más rápido. Me pidió que le sacara el teléfono del bolsillo y les mandara un mensaje a los chicos, preguntándoles si se habían ido ya o no. Liam contestó que iba a irse, pero Alba lo llamó y le preguntó si podrían quedarse en Londres ese fin de semana, antes de que empezara los exámenes finales.
Los mismos exámenes que yo debería estar haciendo también.
Tragué saliva, pensando en cómo había cambiado mi vida en aquellos dos meses. No había visto a Louis, algo que parecía imposible de concebir, no había ido a clase, algo que ya era más fácil de ver, pero aun así sería muy complicado de entender, y... me había hecho cuatrocientos agujeros distintos en la misma oreja, lo cual era algo, como mínimo... inesperado.
No podía encontrar la palabra adecuada para aquello. Por suerte, aún estaba a tiempo de cerrarme los agujeros. Así que me llevé al mano a la oreja y, bajo la atenta mirada de Louis, empecé a recoger una por una las pequeñas cruces y demás que me habían taladrado el cartílago.
-Fizzy quería hacerse lo mismo.
-¿Y se los ha hecho?-pregunté, sintiendo un pellizco de nostalgia en mi corazón. Apenas había pensado en mis cuñadas, a pesar de que las consideraba parte de mi círculo de amigos más fiel. Las echaba de menos; tenía ganas de irme de compras de nuevo con Lottie y Fizzy, o de entrar en casa de Louis en Doncaster y que las gemelas empezaran a gritar mi nombre y me dijeran que me habían echado mucho de menos.
Louis negó con la cabeza.
-Mamá le dijo que no quería que ninguno de sus hijos (y especificó hijos, como queriendo decir que puede consentir que yo me crea un lienzo, pero no un queso suizo) se convirtiera en un colador-se encogió de hombros. Sonreí, mirando la palma de la mano, llena de pendientes.
-Es una lástima-murmuré, encogiéndome de hombros y cerrando la palma de la mano-, le quedarían bien.
-A ver, Eri: es mi hermana. Lleva mi sangre. Todo lo que se ponga tiene que quedarle bien-razonó-. No tan bien como a mí, eso desde luego, porque no ha nacido persona a la que le quede tan bien nada como me queda a mí la ropa, pero... ya me entiendes, ¿no?
Asentí con la cabeza.
-Eres muy lista.
-A pesar de que repetiré curso-suspiré. Sonrió.
-Mira, así ya no puedes decir que yo soy subnormal por haber repetido, porque entonces yo te lo podré llamar a ti-se burló, esbozando una sonrisa tierna como el algodón de azúcar.
-Es diferente. Yo he faltado a clase un trimestre entero, y tú...
-¡Eh! ¡Que estuviera en clase no significa que estuviera concentrado! Simplemente no me daba la gana llevarme el cerebro, y no lo hacía-comentó, encogiéndose de hombros y pestañeando lentamente, fingiendo aburrimiento.
-¿En serio?-protesté, haciendo una mueca-. No me lo digas: te sacabas el cerebro cada mañana, lo metías en un tarro de pepinillos en vinagre y luego el tarro iba al congelador.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque así has quedado de gilipollas, Lou, por eso-repliqué, quitándome el cinturón y besándole la mejilla, que se había hinchado por su sonrisa.
-No sabes cómo echaba de menos tus insultos-ironizó. Alcé las manos.
-Soy así, chaval. Tómame o déjame.
-Nunca serás perfecta, pero créeme, merecerás la pena-musitó. Lo miré frunciendo el ceño. Se giró un segundo, la sonrisa se había vuelto pícara-. Di que estoy maldita, o que estoy bendita, si no puedes manejar lo peor de mí...
-... no te vas a quedar lo peor-terminé yo por él-. ¡Louis! ¡¿Te has aprendido la canción?!
-Es bonita.
-No pensé que...
-Oye, nena. He estado pensando, ¿sabes? Y creo que una parte de mí sí que se daba cuenta de que Anastasia eras tú porque... bueno... no dejaste de mirarme mientras cantabas eso, como suplicándome que me diera cuenta y te sacara de todo el lío en el que te habías metido tú sola.
Le acaricié la mano, aprovechando que la colocó en la palanca del cambio de marchas para meter la segunda.
-Eres amor-repliqué. Sonrió.
-¿Tú crees?
-No lo creo. Estoy segura. Podría hacer una tesis doctoral para un máster en bioquímica hablando de lo amoroso que puedes llegar a ser, Louis. En serio.
-Interesante-replicó, luchando por controlar la risa.
-Estoy de coña. Puedes reírte, si quieres.
-Gracias-replicó, estallando en carcajadas. Me acomodé en el asiento, disfrutando del sonido de su risa, de la forma en que se tapaba la boca al reír, cómo intentaba esconder algo que era precioso, perfecto. Cuando se calmó, me miró un segundo, ignorando los semáforos (que, por otra parte, se habían puesto en rojo)-. Estás mal de la cabeza. ¿Sabes lo mucho que he echado de menos estar con alguien que esté tan mal como yo?
-¡Un respeto! Yo estoy mal, tú estás enfermo. No es lo mismo-sacudí la cabeza, mi pelo voló a mi alrededor como una especie de halo sonrosado que quería volar como las aspas de un helicóptero. Se inclinó y me besó en la boca.
Cuando volvió a su sitio, yo me incliné hacia atrás, enganché su enorme mochila de Vans y metí los pendientes en un bolso. Miré la marca.
-¿Qué te ha dado ahora por las Vans?
-Me pagan por hacerles publicidad-se encogió de hombros.
-¿De verdad? ¡Qué guay! ¿Crees que podría pasarme a mí lo mismo con Converse? Sé que no estoy en ninguna banda de éxito, ni tampoco tengo un disco publicado, pero tengo mi amoroso millón de seguidores en Twitter, mi tick de "cuenta verificada", y tampoco les pediría...
-Eri...
-... dinero, ya sabes, yo sólo quiero Converse más baratas, gratis tal vez sea mucho pedir...
-Eri.
-¿Qué?
-Te estoy vacilando. Vans no me da nada.
-Ah-repliqué. Luchó de nuevo por no echarse a reír, pero esta vez yo no le dije que podía carcajearse a gusto. Me sentía... engañada. Traicionada.
-Eres un cabrón-protesté, poniéndome de morros.
-La culpa es tuya. ¿Qué es eso de "Louis, ¿qué te ha dado ahora con Vans?"? Chica, me llevan gustando toda la vida. Y con razón. No como las Converse, que son mierda-sonrió.
-¿Quieres queme baje del coche?
-No, pero... las Converse son mierda.
-Me bajo del coche-repliqué, tirando de la manilla. Estaba en marcha, y los dos sabíamos que no me atrevería a abrirla mucho por miedo a tener un accidente...
Tiró de la puerta y se me quedó mirando.
-No me toques los huevos, ¿eh, nena?
-Es algo bastante difícil, dado lo que hacemos por las noches-repliqué, encogiéndome de hombros y asintiendo con la cabeza. Sonreí, y él sonrió con el mismo misterio.
-Bueno, pero ahí estás... autorizada-alzó las cejas. Le besé.
-Vamos a terminar matándonos.
-Bueno, pero yo soy Louis Tomlinson. Si subes conmigo al cielo, no creo que Pedro tenga ningún problema en dejarnos entrar a los dos juntos. Le prometo entradas VIP para un concierto, y ya está.
-¡Diva!-repliqué, echándome a reír y empujándolo para que se sentara bien.
-No lo sabes tú bien-sacudió la cabeza, y aparcó frente a la entrada de casa.
Sentí un tirón en el estómago y le miré con pánico. Él salió, sacó la mochila y esperó a que me bajara. Me tendió la mano.
-Eri...
-No es una buena idea-espeté, haciéndome un ovillo y negando con la cabeza. Enterré la cara entre las rodillas.
Dejó la mochila en el suelo y me acarició la espalda, que había arqueado sin saberlo.
-Oye, eh. Sh-susurró, levantándome la mandíbula para que lo mirara-. Son nuestros amigos, tuyos también. Y yo no te voy a dejar sola. Ya lo sabes. Voy a estar contigo... siempre.
El nudo en el estómago empezó a bailar de alegría. La alegría subió a mis ojos, que seguramente chispearon, y me estiró la boca en una sonrisa grande como el horizonte.
-Gra...cias-alcancé a decir. Acepté la mano que me tendía y bajé del coche. Me tiré de la camiseta, me alisé los vaqueros y me toqué el pelo, confiando en tener el mejor aspecto posible. ¿Entrevistas de trabajo en las que te lo juegas todo? ¿Concursos de belleza, de inteligencia, o ambas cosas? ¿Estreno de tu película debut?
Por favor. Eso no era absolutamente nada comparado con volver a ver a tus mejores amigos, a los que mucha gente se empeñaba en llamar "One Direction".
Louis abrió la puerta lentamente, asomó la cabeza y los llamó uno por uno.
Liam se acercó a la puerta, la abrió y nos sonrió... pero su sonrisa se heló al encontrarse con mis ojos. ¿Quién se pensaba que era?
Daba igual, ahora ya sabía quién era.
-¿Eri?-preguntó con un hilo de voz. Asentí, conteniendo la sonrisa rota por todo el tiempo que había pasado sin ellos. Dio un paso, sorteando a Louis, y me estrechó contra él. Me eché a llorar; ya no importaba nada, no importaba que me estuviera arrugando la ropa, que pudiera destrozarme el poco maquillaje contra el que no había sido capaz de luchar, no importaba que le estuviera empapando la camiseta con mis lágrimas y mis babas... porque había vuelto, había vuelto a abrazarlos, y se estaba muy a gusto entre sus brazos.
-Te hemos echado tantísimo de menos-susurró Liam en mi oreja. ¿Había crecido, o era yo la que había menguado? Me pareció que tenía que encorvarse más que de costumbre para poder cubrirme con sus brazos. Louis carraspeó.
-Eh, Liam, yo también la he echado de menos... y los demás-en ese instante, a Louis le importaba bien poco que Liam hubiera hablado en plural o que incluso llevara más tiempo sin saber de mí que él. Seguía siendo suya, y no le gustaba que toquetearan sus cosas-. Los demás también querrán verla.
Liam se separó de mí, me dio un beso en la mejilla y me cogió las manos.
-Ya verás cómo se pondrán los demás en cuanto te vean-dijo.
-¿No os habéis ido?
-Aún no-negó con la cabeza; sus ojos tenían esa expresión asiática que le salía cuando sonreía. Los dos discos castaños se veían aplastados por sus mejillas y sus cejas en una expresión tan tierna que tenías ganas de gritar.
Me limpié las lágrimas y lo seguí dentro.
-Chicos-reconoció Louis, cuando se plantó delante de la puerta. Esbozó una sonrisa radiante, la misma que aparecería en la boca de algún científico que descubriera la cura contra el cáncer, o la vacuna contra el sida, o que los extraterrestres en realidad no eran de color verde, sino de un color nuevo, imposible de imaginar, y que montaban unicornios alados mientras cantaban canciones flamencas con la voz de la Pantoja...
Bueno, si alguien descubriera eso, no pensaba que fuera a sonreír como estaba sonriendo Louis. Pero la idea era la misma.
-Alguien quiere veros.
Liam me empujó con delicadeza hacia delante, sacándome a la luz del sol que entraba por las ventanas. Los chicos me miraron un segundo con indiferencia.
Luego, Harry y Zayn abrieron la boca y Niall se levantó de un brinco.
-¿Eri? ¿Eres tú?
-Sí, Niall. Hola-susurré, notando cómo me ponía roja como un tomate mientras levantaba la mano. Niall abrió los ojos.
-¿Hola? ¿Llevas desaparecida meses y sólo se te ocurre decir hola?-dio un paso hacia mí. Louis lo miró con le ceño fruncido, Harry y Zayn seguían demasiado ocupados alucinando porque yo había vuelto; pero Liam fue el único que vio venir al irlandés, que había empezado a emitir hostilidad por sus poros igual que una estrella emite luz y calor-. ¿Nos haces creer que estás muerta y luego vuelves del Más Allá como por arte de magia-estaba caminando hacia mí con un depredador, por fin lo veía. Saltaría a abrirme el cuello en cuanto la distancia fuera lo más pequeña posible-, Y SÓLO SE TE OCURRE DECIR HOLA? ¿TE PARECE NORMAL LO QUE HAS HECHO, CABRONA?-empezó.
Me odié a mí misma por lo que hice a continuación, y hasta el día de mi muerte no me lo perdoné.
Retrocedí.
Fue un único paso, pero, como había dicho Neil Armstrong, "Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad".
Fue un único paso que demostró que podía llegar a tenerles miedo a los chicos, a pesar de que no debería. Un único paso que me alejó de Niall cuando me merecía que me arrancara la cabeza a mordiscos.
Supe, sin preguntar, quién había encontrado la cuchilla y la esquela que había dejado en casa.
Louis se puso delante de él, interponiéndose entre nosotros, pero Niall era rápido y ágil, más que mi novio, así que no le resultaría difícil alcanzarme.
-YO TE MATO, HIJA DE PUTA. VEN QUE TE MATE. SOLTADME. SOLTADME, CABRONES-ladró con todas sus fuerzas cuando Harry salió de su ensimismamiento y se levantó de un brinco para ayudar a Louis, que ya lo estaba intentando agarrar e inmovilizar-. LA MATARÉ. NOS HAS PREOCUPADO MUCHO, JODER. MUCHO. DEJADME EN EL SUELO, BASTARDOS-Harry lo había levantado, y Niall pataleaba como poseído-. DEJADME, QUIERO TOCARLA. DEJADME.
-Dejadlo-dije yo, asintiendo con la cabeza. Mejor que suicidarme era que me matara Niall, un Niall cuyos gritos hacían temblar las paredes.
-TE VOY A ROMPER LA CARA.
-¡Niall!-le riñó Zayn.
-¡Harry, déjalo en el suelo!-grité, abrazándome la cadera. Él me miró, miró al irlandés, que se estaba poniendo rojo como la sangre que un día llenó el suelo de mi baño, y por último a Louis, que tenía los labios fruncidos en una fina línea indescifrable.
En ese instante fui consciente de que sería muy capaz de matar a Niall si él se atrevía a hacerme daño... y me arrepentí de mi acto de estúpida heroicidad, porque estaba claro que Niall iba a hacerme daño, y yo no quería que a él le pasara nada.
Louis me miró un segundo, estudió mis facciones y asintió con la cabeza en un gesto casi imperceptible. Por suerte, Harry estaba atento, y lo comprendió. Dejó a Niall en el suelo, que se bastó de dos pasos para plantarse delante de mí. Su aliento me quemaba las fosas nasales.
-NO TIENES NI PUTA IDEA DE LO QUE HEMOS PASADO ESTOS TRES MESES SIN TI. LO QUE HE PASADO YO, HA PASADO ZAYN, HARRY, LIAM, O, SOBRE TODO, LOUIS. ¿TIENES IDEA DE LO QUE ES VER CÓMO SE VA APAGANDO POCO A POCO?-gritó, zarandeándome-. ¿LA TIENES? NO VOLVERÁS A IRTE, ZORRA, TE JURO POR DIOS QUE TE QUEDARÁS CON NOSOTROS PARA SIEMPRE, ¿ME ESTÁS OYENDO? NO NOS DEJARÁS. NO VOLVERÁS A PREOCUPARNOS ASÍ, CABRONA.
Y tiró de mí para aplastarme contra su pecho y echarse a llorar a gusto. Le pasé los brazos por la espalda y tiré de él con fuerza. No iban a quitármelo, ya no. Mis lágrimas se convirtieron en un torrente, animadas por las del irlandés que en la vida debería llorar.
Cuando quise darme cuenta, los seis nos habíamos convertido en una especie de donut gigante envuelto en lágrimas y palabras del estilo de "os quiero", "joder", "nunca", "siempre", y "ha vuelto".
-Pero, ¿qué os pasa?-preguntó Alba, entrando en el salón y observando la marea humana en la que nos habíamos convertido-. ¡Se os oye desde la otra punta de la pis...! ¡¿Eri?!-gritó, cuando nos separamos y nos miramos a los ojos.
-¡Alba!-chillé.
-¡Eri!
Corrimos a abrazarnos hasta casi hacernos daño. Se separó de mí, y me miró el pelo.
-¿Cómo has...?
-¿Vuelto? Nunca me he ido-repliqué.
-¿Y tu pelo?-replicó una voz desde las escaleras. Miré hacia arriba.
Noemí, previsiblemente indiferente, y sorprendentemente delgada. No, delgada no. Plana era la palabra adecuada.
-¿Y tu bombo?-espeté yo con mordacidad, deshaciéndome del abrazo de Alba y yendo hacia las escaleras. Los chicos se miraron entre sí, confusos, a mi espalda. Estaba hablando en español, aquel idioma que llevaba sin tocar meses, pero que sin embargo me corría por las venas, lo quisiera o no.
Noemí entrecerró los ojos. Ah, lo sabía.
-Lo perdí-gruñó por lo bajo, mirando a Harry. Por la expresión de su novia, debió saber de qué hablábamos sin necesidad de entender las palabras.
-Interesante.
-Me caí en la bañera.
Claro, y yo me caí sobre una botella de cristal y por eso tengo cortes en las muñecas, entre ellos uno que pone "Louis" claramente. Los accidentes pasan.
-Mejor me callo la boca antes de llamarte Juanita-empecé, sonriendo y poniendo los brazos en jarras-, y agarrarte de los pelos y darte una bofetada porque, nena, esto se está pareciendo peligrosamente a un culebrón mexicano.
El silencio llenó el lugar. Me había pasado, mucho pero... poco importaba. ¿No me había echado de menos? ¿ASÍ SE RECIBÍA A ALGUIEN QUE HABÍA INTENTADO SUICIDARSE? No me había intentado matar por pedir atención, pero... por lo menos podía tratarme con delicadeza, podía volver a casa inestable emocionalmente hablando. ¿Y me venía con estas gilipolleces de hacerse la mártir?
-Supongo que lo siento-dije, abriendo los brazos-. Por el crío, me refiero.
-Da lo mismo-se encogió de hombros, bajando las escaleras. ¿Qué? ¿Iba a ser madre, perdía el bebé, y daba lo mismo?
-Eres bipolar, ¿verdad? Cada vez estoy más segura de que Katy Perry cantó Hot N Cold para ti.
-Qué guay eres, Eri-replicó Noemí, llegando hasta mí-. Añadiendo cosas a tu lista de virtudes. Primero zorra, luego rencorosa, y ahora suicida. ¡Zorras suicidas! Me enamoras-me tocó el brazo, y me apeteció arrancármelo de cuajo... y el suyo también.
-Voy a matarla-anuncié, para que Alba me cogiera y me alejara de esa... cosa infernal.
-Oye, si necesitabas cauterizar, deberías llamar al médico.
-ME CAGO EN TU PUTA MADRE. VOY A MATARTE AHORA QUE NO LLEVAS NINGÚN BEBÉ DENTRO-exploté, lanzándome hacia ella. Unas manos me abrazaron por la espalda, me sujetaron el vientre y tiraron de mí hacia atrás. Eran como vigas, no podía moverme más allá de donde ellas me tenían-. TE MATARÉ.
-Podrías hablar con la muerte. Ya que os conocéis, podrías pedirle que me dé pases VIP.
-ZORRA HIJA DE PUTA.
Alba negó con la cabeza, se echó a reír y observó con tranquilidad cómo Noemí subía las escaleras, herida porque sabía que Harry había entendido mis últimas palabras, pero se había negado a ayudarla.
La pequeña subió hasta arriba, y se giró para mirarme. Fulminó con la mirada al resto de los chicos, y supe por un instinto animal, que dejó a Louis para el final, dispuesta a cebarse con él.
Era una lástima, porque intentar atacar a Louis cuando estaba empezando a cabrearse era como apretar el botón rojo de un centro de control de bombas y rezar porque los cables que conectaban a la bomba atómica con el susodicho botón estuvieran en mal estado y no le dijeran a la bomba "Eh, nena, ¿y si explotas? Danos caña, grr".
-¿Sabéis, chicos? Entiendo que queráis protegerla, al fin y al cabo, sabemos que es débil, pero no creo que vaya a cortarse porque le digáis la verdad.
Louis alzó las cejas. Oh, Dios.
-O sea, Louis, yo creo que puedes decirle cómo lo pasaste estos días...
-Ni se te ocurra, Noemí.
-... tal vez, si te quiere lo suficiente, se vuelva a cortar, y esta vez lo haga bien.
Cuando me quise dar cuenta, Louis estaba subiendo las escaleras a la velocidad de la luz, dispuesto a matar a Noemí con sus propias manos. Los chicos corrieron detrás de él, y ella se lanzó como un bólido a su habitación, cerró desesperadamente la puerta y comenzó a arrastrar muebles para que Louis no pudiera abrirla.
-¡Sal si tienes huevos! ¡Y dímelo a la cara!-bramó él, intentando abrirla, sin éxito. Noemí no pronunciaba palabra. Yo subí hecha un flan, con los suspiros resignados de Alba detrás de mí, en el vestíbulo, mientras recogía al conejo, que se había asustado con tanto alboroto.
-Señor, ¿por qué? Ahora que las cosas volvían a ir bien-murmuraba ella. Liam la miró preocupado, ella se encogió de hombros y se fue al salón. Hacía bien no tomando parte, siempre una de las dos, Noemí o yo, la había tomado como la mala de la película cuando tenía opinión propia y no nos apoyaba a las dos en las peleas.
Tomé aire hondo y, mirándome los cortes en las muñecas, mucho más claros que el resto de la piel, me acerqué a la puerta que estaba siendo torturada por Louis. Zayn trataba de apartarlo de ella, sin éxito, mientras Harry estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados, mascando chicle y diciendo que no tenía pensado meterse en medio y evitar que Louis le rompiera la cara a su novia, porque se lo estaba ganando a pulso.
-Louis-dije yo, tocándole el brazo.
-Estoy ocupado-replicó él, dando una nueva patada. Terminaría echando la casa abajo con tal de sacar a Noemí, y no serviría de absolutamente nada.
-Oye, Lou... para. Me odia, ¿vale? Yo terminaré odiándola como ella me odia a mí, pero...-me encogí de hombros- vivo con el enemigo metido en casa, pero no me va a pasar nada malo, porque vosotros estáis ahí protegiéndome-dije, acariciándome los brazos. Le cogí la mano y él se detuvo en seco. Era uno de esos momentos en que conseguía transmitirle lo que él me transmitía a mí con el simple hecho de tocarme, lo que más me gustaba de nuestro contacto: las pequeñas corrientes eléctricas que indicaban que esto era muy especial.
Se giró y se me quedó mirando.
-Para.
-Pero...
-Da lo mismo, tú sólo para-repliqué, dando un paso hacia él, tirando de su brazo, y poniéndome de puntillas para besarle en los labios. Suspiró.
-Ni aunque fuera amiga tuya voy a dejar que te diga esas cosas, Eri.
-No mereces que te las diga-asintió Harry.
-¡Eso! ¡Tú defiéndela a ella! ¡Pues ya verás cuando quieras sexo!
Harry puso los ojos en blanco, se dio la vuelta, y dirigió la comitiva que bajó las escaleras y volvió al sofá, a la espera de que yo les contara qué me había sucedido durante aquellos tres meses, qué había hecho, cómo me había sentido... todo.
-Siento que estéis así, Hazza. No te lo mereces-dije, sentándome en el sillón en el que siempre leía, el más pegado a la pared, al lado de una ventana. Me senté sobre un pie, con Louis en el asiento más cercano a mí. Como era natural.
Harry se encogió de hombros.
-Desde que pasó lo del bebé estamos... distanciados. Ya no nos llevamos tan bien como antes.
Asentí con la cabeza.
-¿Cómo fue?
Miró a los chicos, se rascó el codo, estudió el suelo y levantó la cabeza. En sus ojos había un dolor indescriptible. El dolor de un padre que había perdido a su pequeño, que iba a serlo, pero al final no fue.
-El bebé venía enfermo. Síndrome de Down-murmuró, rascándose la cabeza. Se echó el pelo atrás y, con una cinta, lo mantuvo allí-. Noe y yo habíamos decidido seguir adelante, pero la noche que nos fuimos de tour y la dejé sola (siempre me dicen que volar mucho es malo para los embarazos, y el bebé no estaba para historias), se deprimió. Eso pudo hacer que el feto fuera mucho más débil.
Alba acariciaba a Arena con la yema de los dedos, metida de lleno en la historia. Liam se había inclinado hacia delante, los codos en las rodillas, escuchando con atención cualquier deje de depresión que pudiera haber en la voz del más pequeño del grupo y que, sin embargo, era el más grande
Harry se frotó la cara. Recé porque no estuviera llorando, casi prefería que se quedara callado a que se echara a llorar. Podría preguntarle a cualquiera de los chicos, a Alba... seguro que los demás no tendrían problema en contarme lo que había pasado.
-Resbaló en la bañera-vaya, así que al final, era cierto-, y... lo perdió. Así-chasqueó los dedos-. Y ya no estaba embarazada
Tragué saliva.
-Tuvo que ser muy duro cuando te lo dijo-susurré. Harry asintió con la cabeza.
-Me llamó llorando en mitad de la noche. No pude dormir más. Los chicos me convencieron para que no cogiera el avión más próximo, ya sabes, teníamos conciertos, había fans esperando, y... no podía  fallarles.
Miré a Louis, que notó sus ojos en mí, y volvió la vista.
Louis...
Sabes que yo ni siquiera te dejaría sola. Y, de dejarte sola, nadaría todo el océano con tal de estar contigo si pasara esto, dijeron sus ojos. Le cogí la mano y se la apreté. Era una suerte lo que podíamos llegar a hacer con sólo proponérnoslo. Casi podía escucharlo en mi cabeza; cuando me dejaba echar un vistazo a sus pensamientos, era la mejor sensación del mundo.
-Cuando volví a casa, tuvimos una bronca importante. Nunca nos habíamos gritado tanto-Harry se encogió de hombros, yo conseguí no levantar las cejas, incrédula, porque sabía por experiencia que Noemí y Harry se habían gritado mucho-. No rompimos, pero... puede que fuera mejor que esto.
-Tú aún la quieres-replicó Zayn, que encendió un cigarro. Louis clavó los ojos en la pequeña luz anaranjada que se instaló como una corona alrededor del pequeño cilindro.
Recordé las fotos en Italia, el cigarro en sus manos. Ahora encima fumaba, si no tenía poco con beber, fumaba.
-Sí, pero... es complicado.
-¿Puedo ser sincero?-preguntó mi novio, apartando la vista del juguete mortal de Zayn y mirando a los demás.
-¿Cuándo no eres tú sincero?-repliqué, y nada más pronunciar esas palabras me arrepentí. Mi pelo, mis cortes, todo, gritaban que él no lo había sido una vez, y por eso ellos estaban ahí. Le di un toquecito en la rodilla cuando sus ojos resbalaron por mis brazos hasta mis muñecas-. Eso no cuenta.
Sonrió, tragó saliva y se sentó con la espalda recta.
-Creo que sigues queriéndola, sí, pero no como antes. Vuestro amor está herido de gravedad, y lo mejor es que os dierais un tiempo, y los dos lo sabéis. El problema es que ella no dice nada por la misma razón que no eres tú el que da el paso: no tiene a dónde ir. Ha elegido entre su familia y nosotros, y ahora que las cosas van mal, no tiene dónde esconderse.
Niall negó con la cabeza.
-Qué maestro eres, Tommo.
-Yo sigo sin entender cómo pudiste repetir curso-comentó Alba, pensativa. Sus dedos se hundían cada vez más en el pelaje de su mascota.
Louis se encogió de hombros.
-Los profesores de mi instituto me tenían asco.
-No me extraña, con esa cara-repliqué yo, apartándome el flequillo de la cara y sonriendo. Entrecerró los ojos.
-Eres veneno.
-Lo sé.
-Asquerosa.
Alcé los hombros, los codos doblados, las manos con las palmas vueltas hacia arriba, las muñecas con sus respectivas cicatrices pegadas a los costados.
-Uy.
Se echaron a reír. Harry sólo esbozó una sonrisa tímida, pero parecía sincera, de modo que me alegré. Un camino de mil millas comenzaba con un sólo paso.
-Bueno, ¿nos vas a contar cómo hiciste para desaparecer?-preguntó él, después de que todos dejáramos de reírnos. Un batallón de ojos se volvió hacia mí. Carraspeé y asentí con la cabeza.
-Bueno, supongo que Louis os contó que Simon me llamó, lo de la llamada de teléfono, y todo eso.
Asintieron.
-Vale. Pues cuando colgamos, no sé, yo me derrumbé en el baño-empecé a mirarme las uñas, creía que iba a ser más fácil hablar de cómo me había abierto las muñecas, pero lo cierto era que no podía hacerlo con todos aquellos ojos sobre mí. No iban a juzgarme, eso lo sabía, pero tampoco iban a fingir que no sentirían el dolor que yo iba a describirles.
La fuerza suprema que controlaba el universo había querido que fuera buena con las palabras, así que lo utilizaría mi talento para contarles con el mayor detalle posible cómo habían sido esos tres meses para mí. Sentía que se lo debía.
-Me eché a llorar, sentada en el suelo. Apagué el móvil, porque tenía miedo de que siguiéramos peleándonos y la cosa se fastidiara más...-Louis me cogió la mano, me acarició la palma con el pulgar, y me miró infundiéndome fuerzas-. Estuve comiéndome la cabeza media hora, pero luego... intenté arreglarlo, pero él no contestaba. Creí que lo había apagado también para no hablar conmigo. Ahora sé qué pasó-murmuré, mirándolo y sonriéndole. Tomé aire y decidí soltarlo de golpe-. Quise morirme. Tiré el anillo que me regaló por mi cumpleaños contra el espejo, y lo destrocé. Y utilicé los trozos para cortarme.
Todos se quedaron helados, mirándome. Asentí con la cabeza, me encogí de hombros.
-¿Y la cuchilla?
-Pensé que... no sé. Si yo desaparecía, Louis podría seguir adelante.
-Eres imbécil-replicó él.
-Supe que ibais a venir, así que lo preparé todo para que pareciera que habían acabado enterrándome, que lo había conseguido, y... vine aquí.
Niall asintió ligeramente con la cabeza.
-Tú la encontraste-adiviné. Parpadeó.
-Fue muy duro.
-Fue más duro pensar durante varias horas que había muerto-protestó Louis.
-Nosotros lo pensamos durante meses-replicó Liam, poniendo los ojos en blanco.
Louis suspiró.
-No es lo mismo.
-¿Puedo seguir, o vais a tener una pelea de machitos por ver quién me quiere más?-gruñí.
-¿Para qué pelearse? Todos sabemos quién ganaría-dijo Zayn, alzando una ceja. Todos los ojos fueron hacia Louis, que se revolvió en el asiento.
-No me miréis así. Me siento violado.
Sonreí. Pasé a contarles a los chicos lo que ya le había contado a Louis, que no dejó pasar un único segundo sin tocarme.
-¿Y cómo volvisteis a veros?
Louis se echó a reír, me miró y preguntó:
-¿Se lo dices tú o se lo digo yo?
-Dios-contesté, hundiendo la cara entre las manos, azorada. Negué con la cabeza, y él lo interpretó como que quería que lo dijera él.
-Me puso un cuchillo en el cuello.
Entre los dedos vi las reacciones de los chicos. Liam abrió la boca y miró a Alba, Zayn sonrió y negó con la cabeza, Niall frunció el ceño y Harry simplemente alzó las cejas.
-¿Así ligáis en España?-inquirió Zayn, haciendo que me pusiera roja como un tomate.
-¡Claro que no!-espetamos Alba y yo a la vez, y nos echamos a reír.
-¿Qué hacías en casa de Louis, de noche, poniéndole un cuchillo en el cuello?
-Pensé que era un ladrón.
-E iba a matarme-contestó la supuesta víctima, mirándome con una sonrisa que brillaba en sus ojos. Puse los míos en blanco.
-No quería que nadie te robara.
-Sólo ella te roba cosas-aclaró Liam.
-¡El corazón!-adivinó Harry.
Podría iluminar un estadio de fútbol con el rubor de mis mejillas.
-¿Sabéis que me puso los cuernos?-dijo Louis, pasándose los brazos por detrás de la cabeza. Lo miré con los ojos entrecerrados.
-Cómo te gusta meter mierda.
Sonrió.
-Ya ves.
-¿Louis tiene cuernos? Eso no me lo esperaba-Alba negó con la cabeza.
-Yo sí. Porque es el demonio personificado. Lo que no me explico es que Eri se los haya puesto-contestó Niall, que recibió una mueca de Louis.
-Se llamaba Max. Toca la guitarra.
-¿Cómo lo conociste?-preguntó Louis, que de repente se había puesto serio. La sola mención del nombre de su supuesto competidor había activado un mecanismo posesivo y celoso en él que retorció mi zona más oscura de puro placer animal.
-Hace meses, un día que estaba yo sola aquí en Londres, pedí una pizza. Él me la trajo. Le gusté y me dio el móvil. Me acordé de él nada más aterrizar aquí, y pensé, ¿por qué no?
Louis tragó saliva.
-¿Te lo tiraste?
Negué con la cabeza, el fantasma de mis rizos se agitó a mi alrededor.
-No te creo. Daphne y yo os oímos una vez.
-Se llama fingir, cariño.
-Sonabas muy natural.
-Soy buena fingiendo orgasmos.
Los demás contuvieron la risa.
-Eso me da qué pensar-dijo Louis. Asentí con la cabeza.
-¿De verdad te creías que todos mis orgasmos eran de verdad? Louis, por favor, no eres tan buen amante-puse los ojos en blanco, aunque estaba mintiendo. Nunca me había visto obligada a fingir en aquel sentido con él. Era genial. Él lo sabía. Yo lo sabía. Todos lo sabíamos.
Por favor, si el simple hecho de que me tocara ya desataba cosas indescriptibles en mi interior.
Louis se tomó muy a pecho mi mentira, y me llevó a la cama y me obligó a "fingir", según él, varios orgasmos.
-Eres buena-susurró, una vez tumbado a mi lado, totalmente desnudo.
-Voy a ganar el Oscar.
-No me extrañaría.
Me acurruqué a su lado, pensativa.
-He oído que fumas.
Quería comprobar si lo hacía de verdad, si se atrevería a hacerlo delante de mí.
-Pues has oído bien.
-¿Te importa... hacerlo delante de mí?
Se encogió de hombros, se levantó y cogió un paquete de cigarrillos que yo no había visto hasta ahora. Lo encendió y dio una calada.
-¿Sabe bien?
-No vas a fumar, no por culpa mía.
-¿Sabe bien?-insistí. No pensaba hacerlo. Era asmática y estuve gorda, no necesitaba nada más que redujera mi esperanza de vida.
-Sabe a mierda, pero me relajaba.
-¿Podrás dejarlo?
Asintió con la cabeza.
-Es como... un sustituto. Ahora que mi mayor droga ha vuelto a mí, no tendría que ser ningún problema dejarlo.
 Sonreí.
-Gracias, amor.
Se encogió de hombros, y se acercó a mí.
-¿Me dejas probar algo?
Asentí.
-Abre la boca.
-¿Para qué?
-Tú ábrela.
Hice lo que me pedía, y contemplé con curiosidad cómo daba una calada y se acercaba a mí hasta tumbarse sobre mí. Despacio, sopló el aire dentro de mi boca.
No sabía mal.
Pero porque había salido de él.
La bestia que llevaba dentro empezó a retorcerse, y yo tenía mucho calor, a pesar de estar desnuda.
-Joder-murmuré. Él sonrió.
-Siempre he querido hacer eso-dijo, terminándose el cigarro y volviendo a tumbarse entre mis piernas.
Le pasé una mano por la espalda y lo besé.
-Es mentira que los finjo. No lo hago.
-Ya lo sé, Eri. Yo soy un amante excepcional... pero tú no eres tan buena actriz como yo amante.
-Y tú eres gilipollas.
Pero volví a besarlo.