jueves, 7 de marzo de 2013

Los amantes desnudan.

Me desperté lentamente, como si llegara a una orilla de una isla mecida en una balsa. Seguramente era porque estaba entre sus brazos, pero no estaba seguro.
Veintiún años, ya.
Abrí lentamente los ojos, me costó lo suyo, pero terminé saliendo victoriosa, y lo miré. Dormía plácidamente, con una tierna sonrisa en los labios, y respiraba despacio, con tranquilidad. Su sueño era profundo, como el de un niño que lleva mucho tiempo jugando y que por fin ha decidido pararse a descansar.
Su brazo estaba sobre mi espalda, protegiéndome, cuidándome, dándome calor y recordándome que él estaba allí, a mi lado.
Me incorporé despacio, intentando no despertarlo, y me quité su brazo de encima. Le besé el tatuaje de "Far Away." y sonreí para mis adentros, contemplando aquel hombre perfecto que era mío, solo y exclusivamente mío, al menos en ese momento. Se revolvió en la cama, pronunció una palabra que no había oído nunca, y sonreí. Me incliné hacia él, le besé la frente, y él frunció el ceño.
-Te quiero, mi amor.
Bufó una respuesta en sueños, y yo luché por no reírme.
Salí de debajo de las mantas, intentando destaparlo lo menos posible, y no pude evitar morderme el labio cuando contemplé su espalda desnuda.
Mío.
Salí de la cama a hurtadillas, cual amante que sabe que la esposa legítima está en casa, y me coloqué a su lado. Lo tapé cuando yo aún estaba desnuda, me preocupé de que no tuviera frío cuando yo me estaba helando, pero no importaba. Me agaché a su lado y lo miré; ahora sólo le veía la parte de atrás de la cabeza, pero hasta su pelo me parecía precioso, digno de admirar.
Debió de sentir mis ojos en sí, porque se revolvió, tocó el colchón a su lado y levantó la cabeza al encontrarse solo en la cama. Le toqué el hombro para que no se asustara, y me miró a los ojos.
-¿Dónde vas?-preguntó.
-Voy a levantarme, mi amor.
-Espérame.
-No, tú duerme. Estás cansado-le besé en la frente, él me tomó de la muñeca y me besó en los labios. Volvió a gruñir algo y metió las dos manos bajo la almohada, contemplándome mientras buscaba la ropa que ponerme.
-Tienes buen culo-murmuró cuando me agaché a recoger mi sujetador del suelo. Me giré para mirarlo.
-Mira quién habla.
Sonrió, parpadeó lentamente y bostezó.
-Vete a dormir, Louis-dije, pasándome las bragas por las piernas y abrochándome el sujetador. Me senté a horcajadas sobre él y le tapé con las mantas.
-No-protestó bajo ellas. Me reí.
-Sí.
Se destapó lo justo para poder sacar los ojos y clavármelos en los míos. Me incliné hacia abajo y le besé en cada uno de los dos zafiros que adornaban su cara. Me levanté de un brinco y fui a coger la camisa que había llevado el día anterior, que también estaba en el suelo. Cogí mi mochila, saqué unos pantalones, me senté en la cama y me los coloqué lentamente. La verdad es que no tenía muchas ganas de vestirme, pero tenía hambre, y bajar desnuda a desayunar implicaría muchas  preguntas de las gemelas que no estaba preparada para responder.
Abrí la puerta con los pies mientras me hacía una coleta, con sus ojos aún en mí.
-Eri-me llamó. Me giré, terminando de atarme el pelo, y no pudo evitar sonreír cuando sus ojos bajaron hasta mi ombligo, que se había asomado por debajo de la camiseta.
-Dime.
-Gracias.
Un sentimiento de amor infinito y de alegría me inundó por dentro.
-No se dan.
-Te quiero-murmuró, dándose la vuelta y obsequiándome con una buena visión de su espalda.
-Y yo. Tápate, no vayas a coger frío.
-Sí, mamá-replicó.
Cerré la puerta, negando con la cabeza, y bajé las escaleras despacio, intentando meter el mínimo ruido posible para no despertar a nadie.
Olvidaba que era Navidad, y que las casas con niños pequeños se despertaban a las cinco de la mañana en Navidad.
Me asomé al salón, y mis cuatro cuñadas estaban sentadas en los sofás, mirando fijamente el árbol de Navidad que habían decorado entre todas, bajo el que descansaba una buena cantidad de regalos, esperando a ser abiertos.
Carraspeé, y las dos mayores me miraron. Daisy y Phoebe debían de ser las encargadas de que los regalos no salieran por patas, alejándose de la casa y escapando al país de Nunca Jamás.
Señalé las cajas envueltas en diversos  colores.
-¿Por qué?
-Mamá no nos deja abrirlos si no estamos todos.
-¿Voy a despertar a Louis?
-Mamá no nos deja despertarlo-intervino Fizzy, volviendo la vista a sus regalos.
-¿Por qué no los abrís?
-¿No ves sus entrevistas?-se burló Lottie, pues sabía que lo hacía.
-¿Qué es lo más bonito que habéis visto alguna vez?
-Supongo que muchas cosas, es difícil elegir una, pero supongo que una de mis favoritas es las caras que ponen los niños el día de Navidad mientras abren los regalos. Sus caras son geniales, pero cuando son tus propias hermanas pequeñas las que sonríen así... es la felicidad personificada.
Alguien me tocó el hombro. Me giré, y allí estaba mi suegro.
-Buenos días, Eri.
-Hola, Mark-le sonreí, abrazándolo y sobresaltándolo un segundo, antes de que me devolviera el abrazo. Sí que era alto, no más que Louis, pero como era más rechoncho, imponía más que mi novio-. Feliz Navidad.
-Feliz Navidad-replicó él. Me tendió la taza que llevaba como sugerencia-. ¿Te preparamos café?
-No, gracias. No me gusta.
Phoebe se giró.
-Eri, ¿cómo es Christmas en español?
-Navidad.
-Nevidad.
-No. Na-vi-dad-silabeé, y, cuando quise darme cuenta, el salón entero era un coro de voces intentando decir aquella palabra. ¡Pero si era más fácil que Christmas!
Jay llegó a imponer orden.
-¡Niñas! ¡Que vuestro hermano está durmiendo!
Jay me saludó con una cálida sonrisa y me miró de arriba a abajo, reconociendo la camiseta de su hijo sobre mí.
Me encogí de hombros.
-Ah, el amor, un vínculo terrible-citó Fizzy, que lo había observado todo, recordándome a Davy Jones en Piratas del Caribe.
-¿Tienes hambre, querida?-me preguntó Jay, ignorando a propósito a su hija, que había pasado a mirar las escaleras como si el espíritu santo estuviera allí mismo, contemplándolas. Asentí con la cabeza y seguí a mi suegra a la cocina. Movió una silla para que me sentara, pero yo negué con la cabeza.
-Jay, oye, ya estoy explotando demasiado tu generosidad.
-¿Por qué?
-Porque me acuesto con tu hijo-sonreí, sin pudor ninguno. No era ningún secreto, pero, joder... chasqueé la lengua para mis adentros, prometiéndome controlarla mejor la próxima vez.
Pero ella no se lo tomó mal, al contrario; se echó a reír y negó con la cabeza.
-Bueno, eso no es generosidad, ¿o sí?
Me encogí de hombros.
-Me siento mal cuando me hacen el desayuno.
¡Pero qué mentira! Si me lo hacía mi madre todas las mañanas, antes de ir al instituto, porque yo a las 7 y media no era persona, ni era nada.
Jay alzó una ceja.
-Tendrás que acostumbrarte. Estás en mi casa.
-Pero, Jay... así no aprenderé nunca a hacer un desayuno británico.
Volvió a negar con la cabeza, expresándome su desacuerdo.
-¿Y qué?
-Que... bueno...
No me iba a obligar a hacer esto.
Me revolví en el sitio, ella se volvió para prestarme toda su atención.
-Si... eh... me caso con Louis... bueno... sé que suena pretencioso, ¿vale? Pero... si me caso con él... tendré que saber prepararle el desayuno.
-¿Qué vas a ser, pequeña? ¿Su esclava?
-No, pero... si me convierto en su mujer, ya sabes. Se supone que debería ayudarle.
-Yo de ti no se lo haría nunca-intervino Mark-, porque Louis es muy cómodo y, cuando le das la mano, te coge el brazo entero sin preguntar.
-La verdad es que me haría ilusión. No sé, nunca he cocinado para nadie. No sé cocinar.
-Pero, ¡si nos diste la receta de la tortilla, y rompiste tú los huevos!
-No sé ni pelar una manzana. Y tengo miedo intentarlo y rebanarme un dedo. Con lo hábil que soy...
-¿Lo sabe nuestro hijo?-preguntó Mark, mirando a Jay, que le devolvió la mirada. Negué con la cabeza.
-No se lo digas-me aconsejó su todavía mujer-. No se lo digas, o te hará pelarle manzanas hasta que te mueras.
-Así aprendieron las crías.
-¿Qué crías?
-Todas. Las cuatro. Louis les hacía pelar manzanas, y se las pelaban bien, les dejaba elegir el canal.
-¿Hasta las gemelas?
Asintieron. Me tapé el rostro con las manos.
-Joder-con el miedo que yo le tenía a los cuchillos y los cortes; me costaba lo mío coger un cuchillo para comer un filete, o algo así, y todo porque cogía la carne con tenedor, pero...
-No se las peles-me dijo Mark, levantándose y poniéndome una mano en el hombro. Asentí.
-¿Y si me lo dice algún día que estemos solos? ¿Qué?
-Usa esa lengua bífida que él dice que tienes-se rió Jay, poniendo una taza sobre la encimera y llenándola de leche.
-¿Lengua bífida? ¿Qué coño le digo, Jay? ¿Cómetelas con piel, que es mucho más sana?
Jay me señaló con la cuchara con la que se disponía a echar Cola Cao en la leche.
-Esa es la actitud.
-Y va a ser verdad que tienes una lengua bífida-se burló Mark, sacándome los colores. Jay negó con la cabeza y puso los ojos en blanco.
-Pero la necesitarás para tratar con Louis-le lanzó una mirada asesina a Mark, que se echó a reír.
-Lo he criado bien.
La mujer suspiró y siguió ocupándose de mi desayuno, para fastidio mío. Miré el reloj, y me maravillé por la paciencia de las gemelas, que seguramente llevaran despiertas desde bien entrada la mañana. Las once y media.
-No me hagas mucho, ¿eh, Jay?
Jay asintió con la cabeza.
-¿Qué te apetece?
-Un sándwich vegetal-solté sin pensar, pero en el fondo era lo que me apetecía: un par de hojas de lechuga, una rodaja de tomate, dos lonchas finas de jamón de york, y un poco de mayonesa, todo metido dentro de dos deliciosas rebanadas de pan de molde.
-¿A estas horas de la mañana y ya queriendo comer verdura?-Mark se echó a reír, abriendo el periódico por la mitad y concentrándose seguramente en la sección de deportes-. Pero qué te habrá visto mi hijo...-susurró. Jay se giró en redondo y se lo quedó mirando.
-Mark, ¿por qué no vas un rato con las crías? ¿Eh?
Mark miró a Jay durante unos segundos, pero terminó asintiendo, levantándose lentamente y dirigiéndose al salón. Me froté las palmas de las manos y miré al suelo, recordando por qué debía comer. Le murmuré a Jay que ahora vendría, que asintió con la cabeza mientras me cortaba unas rodajas de tomate, y seguí a mi suegro. Me incliné al oído de Lottie.
-Tengo que pedirte algo.
Lottie me miró a los ojos, no sé lo que vio en ellos, pero se levantó y me siguió hasta un rincón.
-¿No tendrás... eh... pastillas... para ... ya sabes?
Lottie se cruzó de brazos, devanándose los sesos.
-¿Podrías ser un poco más específica?
-La píldora del día después-musité con un hilo de voz, tanto que me pareció un milagro que lo oyera.
-¡Oh!-asintió con la cabeza, me tomó de la muñeca y me arrastró escaleras arriba, dando pisotones en el pasillo frente a la puerta de Louis, tratando de despertar a su hermano que, con la falta de sueño y la resaca que debía de llevar encima, no dio señales de vida.
Entramos en su habitación y me hizo sentarme en la cama mientras cogía libros y más libros de la estantería. Sacó una cajita pequeña de metal y continuó el proceso de vaciado de los lugares. Noté cómo mis mejillas se iban incendiando a medida que me acercaba a mi objetivo; lo último que necesitaba Louis en ese momento era un bebé del que encargarse, y lo último que yo necesitaba era pasar por un embarazo sola. No iba a consentir que él se quedara conmigo cuando tenía un tour pendiente, y él no iba a consentir que yo le obligara a irse cuando llevaba una criatura suya en mis entrañas. Y, sin embargo, ¿por qué me sentía como una asesina? El hipotético pequeño no existía aún. Sus espermatozoides no habían llegado todavía a mi óvulo, les llevaba unas diez horas, y lo habíamos hecho hacía unas seis...
Mi cara se volvió escarlata, estaba segura de que podían verme desde la Luna. Lottie se sentó a mi lado, contempló unos pocos sobres de medicamentos que tenía en la cajita, bajo fotos con sus amigas (al principio, cuando sacó el pequeño continente me preocupé, barajando que mi cuñada mayor se diera a las drogas, pero rápidamente deseché esa opción). Me incliné sobre su hombro y apoyé mi mano en él mientras se concentraba en sacar los sobres contra el dolor de cualquier lugar del tiempo (léase ovarios), y asintió con la cabeza cuando localizó una cajita minúscula.
-¿Cuántas son?-pregunté con una voz de ultratumba, que para nada era la mía. No haría carrera con aquella boca si las cosas seguían así. Lottie miró la caja, comprobando la fecha de caducidad, y sacó la membrana en la que desfilaban las pastillas. ¡Madre! ¿Siempre daban tantas?
Mi pánico reflejado en los ojos debió de hablar por mí.
-Nos las dieron en la Universidad este año cuando vinieron a darnos una charla sobre sexo. Ya sabes-se encogió de hombros-. Supongo que con los inmigrantes Inglaterra se está superpoblando.
Apretó una de las pastillas y la sacó. La dejó caer en la palma de mi mano, y yo la contemplé como si fuera un bicho que no hubiera visto en mi vida. Noté cómo se me cerraba la garganta.
-Vas a necesitar un vaso de agua.
-Pero, ¡la verá tu madre!
-¿Y? Con un poco de suerte, no sabrá lo que es. Además, en todo caso, no te puede decir nada. No eres su hija. Lo que hagas con Louis es cosa tuya-se encogió de hombros Charlotte, volviendo a guardar las cosas en su caja y colocándola de nuevo en su sitio.
-Mi madre siempre dice que si mi hermano hubiera dejado embarazada a una chica, preferiría tener el nieto en casa a que estuviera por ahí.
-Relájate, Eri. Mi madre se enrolla con sus nueras. Con las únicas que ha tenido, al menos. Y no todas lo merecían. De hecho, creo que tú eres la única que lo merecía-se encogió de hombros y me abrió la puerta.
Entré en la cocina escopetada, buscando un vaso en el que echarme agua.
-¿Qué te pasa, Eri? ¿Te encuentras mal?-me preguntó Phoebe, que estaba esperando a que su madre le cortara un trozo de turrón para comérselo. Asentí con la cabeza y esperé a que la pequeña se fuera para abrir la palma y contemplar la pequeña pastilla, que me miraba con gesto acusador mientras vibraba murmurando asesina, asesina.
-No lo pienses-susurró Lottie. La miré, asentí con la cabeza y me metí la pastilla en la boca. Luché por que el agua la empujara hacia abajo, deslizándola por mi garganta, pero me llevó dos vasos y medio conseguir mi objetivo.
Jay me colocó el sándwich en la mesa, acompañado de un plato, y me miró.
-No hacía falta que te la tragaras como si no hubiera mañana, Eri. ¿Te crees que en mi vida he visto una píldora de esas?
Se me encogió el estómago, y juro por Dios que pensé que me darían arcadas y terminaría vomitando allí mismo. Me agarré a la encimera con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos. Se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.
-Tranquila. Me alegro de que seas capaz de tomarla.
Fruncí el ceño. ¿En serio?
-Me demuestra que cuando Louis no tenga cabeza para tomar decisiones difíciles, tú sí podrás.
Le apreté la mano sobre mi hombro y le sonreí, agradecida. Me senté a la mesa y devoré el sándwich mientras ella terminaba de recoger los platos. La pobre mujer, con trabajo en el hospital, que volvía a su casa, y más de lo mismo...
Me terminé el desayuno y, en un despiste, lo metí en el fregadero, lo froté rápidamente con un estropajo, lo sequé, y sonreí a mi suegra cuando se me quedó mirando mientras lo guardaba en el armario correspondiente. Me encogí de hombros, y ella se echó a reír.
Subí las escaleras, decidida a poner fin a la tortura de mis cuñadas. Llamé con los nudillos a la puerta de la habitación de Louis,  pero no contestó. Abrí, me asomé, me metí dentro lentamente y volví a cerrar. Me solté el pelo y lo miré: seguía tumbado en la cama, respirando lentamente, disfrutando de un sueño reparador que yo pronto le fastidiaría. Me senté a horcajadas encima de él y comencé a susurrar su nombre.
-Louis. Louis...-murmuré. Él abrió los ojos y se me quedó mirando, tratando de enfocarme.
-¿Estoy en el cielo?
Negué con la cabeza y me incliné para besarlo.
-Pues se le parece mucho.
Me eché a reír en sus labios, enamorándome de sus palabras, y dejé que nuestras bocas se encontraran varias veces.
-Vete levantándote, las chicas quieren abrir sus regalos.
Gimió.
-Cinco minutos.
-Es tarde-me aparté el pelo, colocándomelo detrás de la oreja, me reí, y volví a besarle-. Mm. Sabes bien.
Sonrió.
-Tú sí que sabes bien-me guiñó el ojo, haciéndome admirarlo aún más. A esas horas para él, acabando de levantarse, y ya tenía ese humor. Me senté en la cama a su lado para dejarlo vestirse, mordiéndome el labio cuando se levantó y se me fue la vista a su culo. Me levanté y se lo pellizqué.
-No, tú sabes bien-sonreí, él sonrió, me miró, y me besó lentamente. Se vistió despacio, disfrutando del momento, y bajó las escaleras conmigo de la mano. Saludó a las niñas, que lo contemplaban como si estuviera mal de la cabeza, y se metió en la cocina, arrastrándome con él.
-Mamá, hoy tomaré un poco de tortilla, jamón, sándwich de besugo...-empezó a recitar un sinfín de platos que requerían horas de elaboración, desquiciando a sus hermanas.
Lottie se sentó en la encimera y le dedicó una mirada asesina, a la que él respondió cogiendo un donut y mordisqueándolo lentamente.
-¿Quieres?
-Sabes lo que quiero. Desayuna de una puta vez.
Pero él se tomaba su tiempo, mojaba el donut en su café, lo aplastaba con la cucharilla para que se fuera el exceso de líquido, y comiéndoselo despacio, disfrutando del sufrimiento de sus hermanas.
Jay puso los ojos en blanco.
-Podéis abrir los regalos, niñas.
-¡NO!-protestó Jim... digo, Louis, metiéndose medio donut en la boca y masticándolo como si de una hormigonera se tratara, cogiendo la taza de café y llevándolo al salón, donde las cuatro chicas ya estaban desenvolviendo frenéticamente los regalos.
Y la casa se volvió un caos absoluto. Las gemelas desenvolvían regalos a diestro y siniestro, tirando los envoltorios por todas partes, convirtiendo la casa en un festival de colores, mientras chillaban lo que les habían dado. Lottie no se amilanaba tampoco, destrozaba las bolsas en las que había ropa, se ponía de pie de un brinco para ponérselas por encima y ver cómo le quedaban, y se volvía a tirar al suelo en busca de un nuevo regalo.
Louis se sentó al lado de sus hermanas y empezó a arrebatarles los que serían sus regalos. Todas las chicas protestaban, y muchas veces tuvieron que tumbarse encima de él para que les dejara coger lo que les pertenecía por derecho. Me senté en el sofá a contemplar la escena cuando el grito de Fizzy me sobresaltó, como a todos los presentes.
-¡JODER! ¡UN IPHONE! ¡JO-DER!-gritaba la cría, mirando sin poder creerse la caja de Apple con la foto del teléfono en la tapa. Miró a su hermano, y pensé que lo violaría allí mismo.
Louis se arrastró hasta mí con un paquete pequeño, metió la cabeza entre mis piernas y colocó el regalo tras mis pies. Sonrió cuando vio a Lottie frustrada, tratando de encontrar el regalo que él le había comprado. Procuré recordarme respirar, ya que tenía a toda mi familia política delante, y no estaría muy bien hiperventilar por culpa de mi novio y su pasión por meterse entre mis piernas.
Alzó la cabeza, se me quedó mirando, me sacó la lengua y me guiñó un ojo. Me incliné a besarlo, y, allí, con el salón lleno de gente, estábamos él y yo solos. Nuestras lenguas se empujaron despacio, cuales íntimas amigas, mis labios besaron los suyos, sus dientes rozaron los míos.
Nadie me había besado antes así. Nadie me había besado antes.
Nadie me había revolucionado por dentro, me había convertido en un río manejable a su antojo, como él.
Me acarició la mejilla, las corrientes eléctricas me desquiciaron la cabeza, y deseé no haber tomado la puñetera pastilla. Deseaba un hijo suyo. Podría estar sola en el embarazo. Pero necesitaba un bebé suyo.
Su lengua se enredó con la mía un rato más, podía sentir las miradas de su familia clavarse de vez en cuando en nosotros, pero yo sólo tenía labios; labios, lengua, y dedos para acariciar su perfecto cuello. Recorrí las líneas de sus venas, deseando besarlas y prometiéndome hacerlo más tarde, me encontré con su nuez y la acaricié despacio, y luego subí por su mandíbula, volviéndolo loco.
-Te quiero.
-Te quiero.
Lo habíamos susurrado a la vez, mirándonos a los ojos, yo hundiéndome en sus preciosos ojos, y me di cuenta de que aquellas serían las mejores navidades de toda mi vida.
Volvió a posar sus labios en los míos, en un casto beso, y no pude evitar sonreír.
-¿Qué me has hecho?
-Qué me has hecho tú-protestó, acariciándome la mano, besándome los nudillos y llevando sus diestros labios al anillo que me había regalado meses atrás. Podría estallar de amor en ese momento.
Las gemelas me trajeron una cajita, y yo miré a Louis, que alzó las manos, como diciendo ¡A mí no me culpes, yo no he sido! Cogí la caja sonriéndoles y tiré del lazo rojo, deshaciéndolo. Por suerte, la caja no estaba envuelta, de manera que solo tuve que tirar de ella para encontrarme con un peluche de un oso panda que ponía I love you.
-Oooh-murmuramos todos, contemplando el regalo. Yo abrí los brazos y las gemelas se echaron a ellos, divertidas. Las besé en la mejilla y les agradecí el regalo, prometiéndoles que nos haríamos una foto con mi oso y que la colgaríamos en Twitter. Chillaron de la emoción.
-Nos toca-canturrearon Fizzy y Lottie, cogiendo una bolsa y tendiéndomela.  Louis se apartó un poco de mí para poder ver mi cara mientras abría lentamente le envoltorio para encontrarme con un bolso, una camiseta de I ♥ CAL y una gorra de los Lakers.
-¡Gracias, chicas!-grité, poniéndome la gorra y sacando morritos. Las abracé y les dije que esperaran allí, que iba a por mis regalos. Las gemelas fruncieron el ceño.
-¿Ya los tenías?
Me agaché para ponerme a su altura y las cogí de las manos.
-Escuchad, pequeñas-y, por la cara que pusieron Mark y Jay, supe que creían que les iba a destrozar la mentira de la vida de todo niño-, lo que pasa-le coloqué un mechón de pelo a Daisy detrás de la oreja y sonrió-, es que le escribí a Santa en la carta que os iba a traer algo, que no hacía falta que sus renos volvieran a pasar por aquí, que me lo podía dejar en mi casa y yo ya os lo traería.
Abrieron la boca y asintieron.
-Voy arriba a por ello-le pellizqué la nariz a Phoebe y me levanté de un salto, volando escaleras arriba. No me di cuenta de que Louis me seguía hasta que lo escuché cerrar la puerta  de su habitación mientras yo me metía en el armario para sacar los regalos, que había escondido a conciencia.
-Yo también tengo algo para ti.
Hice una mueca.
-Te dije que nada de regalos.
-Sabes que me gusta desobedecer-sonrió, haciéndome un gesto con la cabeza para que me sentara en la cama. Obedecí y me tapé los ojos cuando me lo pidió, aguzando el oído. Escuché cómo abría un cajón de la cómoda, sacaba ropa y luego un objeto pesado, que arrastró hasta conseguir coger.
Respiré hondo cuando me imaginé aquellos bíceps que tanto amaba hinchados por el esfuerzo. Noté la garganta seca; no aguantaría mucho así.
Me puso ese algo pesado sobre las piernas y me besó las manos para que me destapara los ojos. Contemplé el envoltorio, de un azul oscuro con estrellas doradas.
-¿Lo has envuelto tú?-pregunté. Asintió.
-¿Se nota?
-En los centros comerciales no ponen envoltorios así de bonitos-me encogí de hombros, empezando a despegar cuidadosamente el celo, como hacía con todos los regalos que me daban. Cuando me quise dar cuenta, Louis me había empujado contra la cama y se había tumbado encima de mí. Sus ojos ardían de pura lujuria, y descubrí que necesitaba que me hiciera suya allí mismo.
-¿Sabes lo que me haces cuando dices esas cosas?
Me estremecí; tenía la voz ronca, justo igual que cuando follábamos. Cerré los ojos y esperé a que su boca devorara la mía, que no se hizo de rogar.
-Te deseo-susurré.
-¿No sabes que no soporto cuando las chicas dicen deseo, deseo, deseo?-canturreó en mis labios, metiéndose entre mis piernas. Sí, por favor. Quítame los pantalones, quítate los pantalones, entra en mí, por favor.
-Te vas a acordar de esta tarde.
-¿Qué vamos a hacer?
-Tenemos dos días para nosotros solos. Y todavía me debes 19 polvos de cumpleaños.
-Esa boca-le reñí.
-Te encanta.
-Sí-gemí, llevando mis manos hasta su culo, apretándolo contra mí, y suspirando cuando lo noté duro contra mi sexo.
-Joder, Louis...-cerré los ojos, disfrutando de nuestro contacto, tan íntimo y a la vez tan poca cosa, después de todo lo que nos habíamos hecho el uno al otro.
-Eso es exactamente lo que quieres ahora-me mordió el cuello y yo grité de placer.
-Házmelo. Ahora.
-Nos esperan mis hermanas. No me lo digas dos veces. Porque sabes que necesito darte todo lo que me pidas.
Suspiré y asentí con la  cabeza, recobrando la cordura.
-No te muevas... espera-le pedí, cuando vi que estaba a punto de incorporarse. Asintió con la cabeza, y yo me quedé mirando sus labios. Me apetecía morderlos...
-Venga, nena, tienes que abrir tus regalos.
Cuando se movían eran incluso más apetecibles. Y cuando me llamaba nena despertaba a la fiera que había en mí.
-Dilo otra vez.
Se inclinó hacia mi oído, su boca rozó mi oreja. La mordisqueó.
-Nena-murmuró, deleitándose en la palabra, haciendo que sonara casi como un orgasmo. Me retorcí debajo de él.
-Cómo mierda harás esto, Tommo-jadeé, mirándolo a los ojos.
-Porque soy el Swagmasta from Doncasta.
-Finally got a boat.
Nos  sentamos con las rodillas pegadas y yo volví a la tarea. Louis me capturó un mechón de pelo que me caía rebelde sobre la boca, me besó la comisura del labio y lo dejó tras la oreja. Sonreí.
-Necesito concentrarme.
Alzó las manos.
Tras terminar de quitar el último trozo de celo con una lentitud exasperante, retiré el envoltorio y contemplé la típica caja de la trilogía de 50 sombras de Grey en mis manos. En español. Lo miré a los ojos, recordando que había sido en aquella misma cama donde había leído las primeras líneas, estremeciéndome al recordar que nos habíamos prometido probar las cosas más... normales del libro.
-Gracias-susurré, acercándome a él y besándolo en la boca, apoyando mi mano en su mejilla y acariciándosela despacio.
-No hay de qué. Además, así aprenderemos. Los dos juntos-me guiñó el ojo.
-Oh, ¡tapa blanda!-celebré, sacando el segundo libro y contemplando la tapa, casi de plástico. Sonreía.
-Me acordé de que los preferías así.
-Eres el mejor novio del mundo-aseguré, volviendo a juntar nuestras bocas.
-Mira, lo dice la que tiene experiencia. Me siento halagado-se burló. Le di un puñetazo en el hombro, se rió, y declaró-: Eres la mejor. La más bonita. Dios, Eri, eres la favorita, la mejor de todas.
Una sonrisa me ensanchó la cara.
-Tú eres el único-susurré. Frotó mi nariz con la suya.
-Lo sé.
-¿Lo sabes?
-El único que ha tenido posibilidades de apartarte de mí ha sido Taylor, pero el muy gilipollas no viene a buscarte, así que eres mía ahora.
-Voy a hacer como que no has insultado a mí ídolo-repliqué, mostrándole la palma de la mano y hojeando mi nueva adquisición. Podría aprender mucho con aquello...
Una pícara sonrisa se había instalado en su boca.
-¿Quieres más?
Lo miré.
-¿Hay más?
Asintió, yo suspiré.
-Jo, Louis...
Me posó el índice en los labios y negó con la cabeza, y, tomándome de la mano, me llevó hasta el espejo de su habitación. Se puso a revolver en un cajón hasta que sacó una nueva cajita, esta mucho más pequeña que la que le había visto a Lottie, y dorada.
-Cógete el pelo y póntelo a un lado.
Hice lo que me pedía, y no desperdició la oportunidad de besarme el cuello.
Me colocó una preciosa cadena con una L idéntica a la que llevaba tatuada en la cadera en el cuello. El cierre de la cadena hizo click cuando lo enganchó, y la L quedó colgando perfectamente un poco por encima de mis pechos. Me llevé los dedos a ella. Tenía nuevo colgante favorito, ¡lo siento, pequeña estrellita!
-Es tu regalo de aniversario-me explicó antes de que pudiera ponerme a protestar. Cerré los ojos y asentí con la cabeza.
-Es preciosa. Un poco pretenciosa, pero...
-Podía ser la L de tu apellido, o del del subnormal de tu ídolo, no la de mi nombre.
-No insultes a Taylor cuando no se puede defender.
-De momento gritas más conmigo que con Taylor-replico, agarrándome de las caderas y contemplando nuestros reflejos.
-Tenemos que hacernos una foto así.
Asintió con la cabeza, me besó la oreja y me arrastró fuera de la habitación, mientras yo protestaba porque ni le había dado sus regalos, ni había cogido los de sus hermanas. Giró sobre sus talones y volvió a meternos en su habitación, soltándome solo para que cogiera la mochila y me pusiera a sacar los presentes para mi familia política.
-¿Pagamos el bolso de tu madre a medias?
-No-soltó, besándome el cuello, decidido a matarme de amor. Noté sus fríos dientes en mi piel, y traté de no gemir.
No lo conseguí.
Dado que me estaba peleando demasiado con el regalo de las gemelas, y terminaría cargándome el envoltorio, decidí sacar la ropa, tirarla sobre su capa y cargarme la mochila a la espalda. Louis entrelazó sus dedos con los míos y me sonrió.
-¿Qué me has comprado?
-Ya lo verás... si me he acordado de meterlo en la mochila, porque ayer con las prisas casi la dejo en casa.
Se echó a reír y nos dirigimos al salón. Las chicas se sentaron sobre sus rodillas cuando yo me senté en el sofá, con Louis a mi lado, abrí la mochila y comencé a sacar los paquetes, decididas a hacerse con sus regalos lo más pronto posible.
-Gemelas-susurré, sacando el paquete más grande y blando, que era el que más me había costado meter. Las chicas chillaron y se pelearon por romper el envoltorio, pero, a un toque de atención de su madre, compartieron el trabajo y se dedicaron a rasgarle el papel la una a la otra.
Contemplaron con ojos como platos el gran Mickey Mouse que les había conseguido comprar en una de las tiendas del centro comercial al que acudía asiduamente con Irene.
Se tiraron a mí para darme las gracias, yo les di sendos besos en las mejillas. Deslizándose despacio por mis piernas, de vuelta al suelo, corrieron bajo el árbol de Navidad con su nuevo amiguito y comenzaron a estrenar sus nuevas adquisiciones.
-Lottie-murmuré. Lottie se acercó un poco a mí, se inclinó para coger el paquete que le tendía y, colocándose un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja, me sonrió antes de abrirlo. Rasgó el papel que habían puesto en la tienda, horrible para mi gusto, y sonrió cuando sacó un jerséy gigante, una cartera y un pequeño estuche de maquillaje para meter en los bolsos de fiesta. Nos dimos dos besos y me dio las gracias.
-Fizzy-susurré, tendiéndole un saquito. Ella contempló el saco, confundida, pero lo abrió sin preguntar nada. Sonrió cuando sacó una cadena con cinco letras, su diminutivo, y contempló los pendientes a juego y el bolígrafo terminado en plumas que había cogido en Claire's, rojo y blanco, los colores de nuestra banda favorita.
-Gracias, Eri. ¿Me lo pones, Lottie?-le pidió, tendiéndole el colgante a su hermana y apartándose el pelo de la espalda, en una apresurada coleta, tal y como lo había hecho yo hacía escasos minutos.
-Jay-susurré, tendiéndole el bolso sin envolver-. Es de parte de Louis y mía.
-Qué mentirosa-musitó mi novio para sus adentros, yo alcé las cejas.
-No me has pagado tu parte.
-Lo voy a pagar todo yo.
-No lo creo.
-Hombre, ya verás-entrecerró los ojos y yo no le hice caso, sacando los discos disfrazados de Mark. Se los tendí, y él me susurró un tímido agradecimiento; estaba claro que no se esperaba aquello. A ver, que no se hubiera acostado con mi suegra no quitaba de que él no hubiera hecho posible a Louis. Él lo había criado. Él había formado al Louis que yo ahora conocía y amaba.
-Y Lou-susurré, él se inclinó hacia la mochila, tratando de ver algo, pero yo la tapé con la mano y negué con la cabeza. Suspiró y se dejó caer en el sofá, contemplando cómo sacaba la bolsa de la Fnac y  se la tendía. Había cruzado los brazos.
-¿Ya puedo?
Mi niño caprichoso. Sacudí la bolsa y asentí con la cabeza.
-Sí.
La cogió despacio, como temiendo que le estuviera vacilando, y se puso a sacar las cosas. Contempló un momento el contenido y sonrió.
No lo sacó todo, ni falta que hacía. Había cosas que me gustaría más que desenvolviera en privado, y tuvo la capacidad sobrehumana de darse cuenta de cuáles eran aquellas cosas.
Sacó dos paquetes y los dejó entre nosotros, extendí las manos para que me devolviera la bolsa, y así lo hizo mientras cogía el primero, el mayor y más blando, el de las camisetas de Pinkfloyd y Robbie Williams en uno de sus conciertos del Madison Square Garden.
Una sonrisa de felicidad le cruzó la cara, haciéndome amarlo todavía más,  cuando extendió las camisetas para mirarlas. Me miró y abrió los brazos.
-Ven aquí, anda.
Me deslicé por todo el sofá hasta acurrucarme contra su pecho, para delicias de su familia, y me besó en la boca despacio.
-Te queda uno-le advertí, pasándole el paquete más pequeño. Lo sacudió.
-Música.
Asentí con la cabeza y esperé a que lo sacara.
-Hostia, Eri...
Sonrió al ver los discos en acústico de toda la  carrera de Robbie Williams, incluyendo versiones que había hecho de otras canciones en los conciertos. Mi parada relámpago en Londres había sido muy productiva, y su sonrisa merecía la pena que casi me echaran de Harrods por discutir de mala manera con una dependienta. Menos mal que Paul no se había enterado de lo que había hecho, pues me estaba esperando en el coche; si no, habría sido bastante fácil que me metiera en una caja de madera, pusiera clavos por todas partes y me mandara de vuelta a España de una patada en el culo.
-¿Te gusta?
-Me en-can-ta-susurró, tomando mi rostro entre sus manos y besándome despacio. Noté cómo todas las miradas se apartaban de nosotros, incluso el perro dejó de contemplarnos con los ojos saltones, sabiendo que aquel momento nos pertenecía solo a nosotros. Había otra carta dentro de la bolsa, y un álbum con todas las fotos que nos habíamos hecho, y huecos para seguir colocando recuerdos, y sitios para poner frases e insultarnos cariñosamente el uno al otro.
Pensé en lo irónico que había sido lo mucho que tardé en aprender a escribir bien su apellido, a recordar su nombre completo, hacía apenas un año. Y lo importante que había conseguido llegar a ser aquel chico que se dedicaba a hacer rimas con los nombres de sus fans.
Jay dio una palmada y todo el mundo interrumpió sus tareas, mirándola.
-Hay que prepararse, chicos.
Asentimos con la cabeza y corrimos todos a nuestras habitaciones. Louis buscó unos vaqueros en el armario mientras yo sacaba el vestido que había llevado la noche anterior de este y lo dejaba tumbado sobre la cama. Traté de alisarlo lo más posible.
-Me voy a duchar.
-Vale.
Estuve a punto de pedirle que me dejara ir con él (como si lo necesitara realmente), pero, al final, me decanté por no hacerlo. Dudaba bastante que pudiera controlar mis ya de por sí desquiciadas hormonas, y no era plan ponerse a fornicar como conejos en el baño de su casa. Una cosa era su habitación. Otra era el baño de su casa, joder.
Vino a darme un beso, yo sonreí y me dejé caer en su cama, preparada para empezar la lectura de mi nueva adquisición literaria. Me dejó la puerta entreabierta, apenas una fina rendija, pero suficiente. Podía ver pasar a todo el mundo desde la cama con tan solo levantar la vista. Jay abrió la puerta de su habitación y corrió a la de las gemelas, chillando que no estaba para jugar y que iban a llegar tarde por culpa de las pequeñas. Sonreí para mis adentros, mordisqueándome el pulgar, pensando en que a mí también me hubiera apetecido tener un hermano o hermana pequeño, para saber lo que se sentía, conocer ese instinto protector que se veía en los ojos de Louis cada vez que cruzaba la mirada con una de las cuatro chicas cuyo apellido compartía.
Estaba sentada con una pierna doblada y la otra totalmente estirada, apoyándome en la pared, cuando llegó él.
Sin camiseta.
Mi miopía selectiva eligió aquel preciso momento para dejarme contemplar cada poro de su piel a pesar de que estaba a una distancia suficiente como para que, en circunstancias normales, tuviera que fruncir el ceño, como mínimo.
Y mis ojos se clavaron en aquella línea de vello que iba desde su ombligo a cierta parte de su cuerpo que conocía muy bien.
Me mordí el labio, y él se frotó el pelo, dejando gotitas de agua por doquier. Levantó la cabeza y me pilló mirándolo. Noté cómo me sonrojaba ligeramente. Tampoco mucho, al fin y al cabo, era mío, pero aún así, no justificaba que no pudiera quitarle el ojo de encima.
-Joder, Louis-susurré, negando con la cabeza y echándome a reír.
-¿Qué?-sonrió.
-Tienes... abdominales-conseguí articular. Se miró el vientre y se encogió de hombros.
-Un poco.
Dios, una de las cosas que más me había gustado de Taylor Lautner habían sido sus abdominales. Sí, me había fijado en él por su físico, como el resto de los mortales... solo que yo pude levantar la vista y admirar su perfecta sonrisa y sus ojos castaños.
Lo que podría hacer yo sobre los abdominales de un chico...
-¿Eri?
-¿Qué?
Mierda, mierda, disimula, ya sabes cómo es.
-¿Dónde estás?
-Aquí. Supongo, ¿aquí?-alcé los hombros, se echó a reír y se acercó a mí. No podía apartar los ojos de aquella línea de pelos tan sexys... mierda, joder, mierda.
Al final iba a necesitar una buena sesión de sexo antes de largarme a conocer a toda mi familia política.
Supe que estaba perdida en cuanto me tocó la barbilla y me obligó a levantar la vista. Suspiré, mirándolo a los ojos. Se me había resecado la garganta.
-¿Qué pasa?
Me encanta. Me gusta. Me pone. Quiero hacerte padre. Eso pasa.
-Me... gustan-me encogí de hombros, estirando la mano y acariciándole la piel con los dedos. ¿Por qué no me había dado cuenta antes? Claro que tenía una sombra de abdominales, llevaba teniéndola casi desde que lo conocía. Y ahora aquella sombra había salido a la luz. Encima, como a mí me gustaban. No muy marcados, casi invisibles, pero que se hicieran notar.
-¿De verdad?
-Sí-asentí con la cabeza, alzando la mirada. Me cogió el libro, lo dejó a mi lado sin ponerle el marcapáginas, y se puso a horcajadas encima de mí. Cerré los ojos, dejando que mis labios hablaran por mí. Su lengua empujó la mía mientras sus brazos se ponían a cada lado de mi cuerpo, dejándome sin escapatoria posible.
Una bestia que sólo él había despertado y sólo él sabía despertar se desperezó dentro de mí, y comenzó a gruñir su nombre, hambrienta. Mi vientre se tensó. Quería hacerlo. Allí. En aquel momento.
Gemí en su boca cuando se movió un poco, poniéndose por encima de mí. Se había puesto duro, no necesitaba tocarlo para saberlo; en su forma de besar lo notaba. Susurró mi nombre, y yo le acaricié la espalda.
-Hazme el amor-susurré, aunque lo que más me apetecía era que me hiciera lo que le diera la gana a él, pero rápido.
-No tenemos tiempo-susurró, acariciándome el pecho, apartándome el pelo de la cara.
-Quieres hacerlo. Yo quiero hacerlo. Podemos llegar tarde.
-Soy inglés. Nunca llego tarde.
-Eres Louis-gemí, su boca pasó a mi cuello, mordisqueándome ligeramente. Tuve que concentrarme en respirar-. Te da igual llegar tarde.
-Es verdad.
Tenía que haber ido con él a ducharme. Tenía que haberme encargado de ese asunto cuanto antes mejor. Y, ahora, allí estábamos, besándonos como siempre hacíamos, recordándonos el uno al otro por qué no podíamos hacerlo y por qué necesitábamos hacerlo.
El día de mi decimosexto cumpleaños había sido el mejor de toda mi vida, porque él me había enseñado hasta qué punto podías disfrutar algo.
Tragó saliva y se apartó. Siempre se apartaba él.
Porque una parte de mí siempre se pondría un escalón por debajo de él, una parte de mí siempre me recordaría quién era él, quién era yo. Daba igual cómo me hiciera sentir él, daba igual lo que él me dijera. Siempre iba a ser más importante que yo. Siempre iba a ser superior a mí.
Porque él también era mi ídolo, y yo era la típica tía que solía protagonizar las fanfics esas a las que todo el mundo se enganchaba.
-¿Vas a ir de pijama?
-Sabes que tengo lo que hace falta-me reí, moviéndome debajo de él para incorporarme un poco. Se sentó en la cama y se pasó una mano por el pelo. Dios.
Cogí una goma del pelo y me hice rápidamente una coleta, bajo su cuidadoso escrutinio. En el fondo, aquella misma parte de mí que no me dejaba dejar de admirarlo, tenía una gemela al lado dándole codazos, recordándole todo lo que él me decía, todo lo que hacíamos juntos, y sus palabras la primera vez que me escuchó cantar.
-Es oficial, niña, tienes un fan eterno en mí.
Ni siquiera habíamos empezado a salir, ni si quiera sabíamos que nos gustábamos el uno al otro, y él ya me había dicho que tenía una voz bonita. Bueno, unas voces bonitas.
-Me voy a duchar-le informé, como si no lo supiera ya. Sólo me terminaba las coletas en un moño cuando me iba a meter ne la ducha.
-Me lo podrías haber dicho, e ibas conmigo. Así ahorrábamos agua-me guiñó un ojo, haciéndome ver que a él también le dolía tener que apartarse. Para el único momento en que yo no era lo suficientemente lista y tenía la lucidez necesaria como para hacer lo correcto, él sí que la tenía. Me eché a reír.
-Tú siempre tan preocupado por el planeta.
Se encogió de hombros, lo besé en la frente y eché a correr al baño. Lottie me dejó entrar mientras se secaba el pelo, dejándose unas preciosas ondas que yo no sabía hacerme con el secador, pero sí con agua. Entré, estuve un par de minutos bajo el chorro, y salí lo más rápido que pude. Cuando volví a la habitación, Louis se estaba abrochando una camisa azul, aquélla que a mí tanto me encantaba porque hacía juego con sus ojos.
Me metí dentro del vestido y me acerqué a él para que me subiera la cremallera. Podía yo sola, pero me apetecía hacerle sufrir un poco.
Me besó la espalda, decidido a que yo también sufriera.
-Sé bajarlas, no subirlas.
-Me vas a demostrar que eres todo un caballero porque ya sé que eres todo un amante-repliqué, mirándolo de reojo. Pude ver cómo luchaba por no reírse, mordiéndose el labio y contemplando la cremallera del vestido.
-¿Ah, sí?
-Sabes desnudarme-me encogí de hombros-. Los amantes desnudan. Los caballeros visten.
-Que sea de Inglaterra no hace que sea un caballero, milady-me besó el hombro, volviéndome loca.
-Que sea española no quiere decir que vaya a ser fácil, milord.
-¿Quién ha dicho que seáis fácil?
-Con vos lo soy. Y yo de vos no me metería en conversaciones de cortesía, pues sabéis que os doy mil vueltas-hice una pequeña reverencia ante el espejo, clavando mis ojos en los suyos. Nos echamos a reír, yo me aparté el pelo de la cara con un rápido gesto... aprendido de él.
-Sí, anda, es en lo único que me ganas.
-¿Lo único?-repliqué, fingiéndome ofendida, y dándome la vuelta para mirarlo a los ojos-. Al menos yo sé subir una cremallera.
-¿Acaso estás poniendo en duda mi virilidad?
Lo miré de arriba a abajo y terminé asintiendo con la cabeza.
-Me cago en la puta. Date la vuelta. Te voy a vestir como si fueras del Renacimiento.
Pero solo me subió la cremallera del vestido, con mucha fuerza de voluntad, porque, como yo misma le había dicho, no estaba acostumbrado a vestirme. Estaba acostumbrado a verme vestirme yo sola, pues casi siempre lo hacía con él delante, algo que tendría que mirarme; pero una cosa era observar y otra muy diferente era participar de la acción.
Tal vez pudiera ver cómo mataban a alguien delante de mí y vivir con aquello, pero nunca encontraría fuerzas para apretar un gatillo y acabar con la vida de una persona. ¿Y si al final resultaba ser buena? ¿Y si la había conocido en un mal momento? Todos podíamos cambiar. Yo era la prueba de ello.
Me dio una palmada en el culo, sacándome de mis ensoñaciones, y susurró un lista.
Me coloqué el colgante con la pequeña L que me había regalado, asegurándome de que no estaba torcido, y miré el anillo.
Él se puso una americana y empezó a colocarse bien las solapas.
-Déjame a mí-susurré, él asintió y se giró. Deslicé los dedos por la chaqueta, que era más suave de lo que en un principio podía parecer, y me afané en estirar las pocas arrugas que se le habían formado.
-Esto se hace con las pajaritas y las corbatas, nena-sonrió, mirando mi gesto de concentración. Me encogí de hombros.
-Vas a tener que esperar sentado a que te anude una corbata.
-¿No sabes?
-¿Tengo pinta de llevar corbatas?
Se encogió de hombros.
-¿Tú sabes?
Asintió.
-Que fuera skater no quiere decir que no me vistiera bien de vez en cuando. Sobre todo para las comidas de  Navidad, y cosas así-se encogió de hombros-. Lo mejor de cumplir los 18 fue que pude mandar a la mierda tanta gilipollez.
Alcé una ceja.
-Es mi familia. ¿Por qué tengo que ir elegante? Si ya me conocen. Comparto su sangre. Bueno, técnicamente, la sangre y la genética no. Soy el único, pero, aun así, son mi familia. Me crié con ellos-se encogió de hombros y se pasó una mano por el pelo, mirándose al espejo-. Y tampoco soy tan distinto de ellos.
-Te pareces a tu padre-susurré, girándome y mirándolo a él también al espejo. Sonrió.
-Tengo la voz de Troy.
-¿En serio?-aquello era nuevo. Vaya, así que Troy le había dejado heredar algo perfecto...
-Me di cuenta ayer, cuando me llamó para felicitarme.
Sonreí, pero la sonrisa se borró de mi rostro cuando frunció el ceño mínimamente, tanto, que cualquier otra persona no hubiera detectado ese pequeño cambio en él.
Pero era yo la que lo estaba mirando. Y eran mis ojos los que lo estudiaban. Sabía de sobra cómo se comportaba.
-¿Qué pasa?
-Cuando lleguemos a casa te tengo que preguntar algo, ¿vale?
Asentí con la cabeza.
-¿Es grave?
Se encogió de hombros.
-No lo sé.
Hostias, vaya si era grave.
-¿He hecho algo?-no pude evitar un tinte de corderito degollado en mi voz. No quería pelearme con él, ir enfadados a la comida con su familia... y parecía que estábamos al borde de una bronca.
Y mi experiencia vital me había enseñado que una bronca con él era una de las peores cosas que podían pasarme. Por muchas canciones que compusiera él después.
-No-atravesó mis ojos y noté cómo desnudaba mi alma, abriendo el libro que era mi mente y echando un vistazo dentro-. No.
Me mordí el labio, pero él tiró con el pulgar para que me lo soltara.
-No seas boba. Sabes que no me voy a enfadar contigo.
-Puedes hacerlo-me encogí de hombros, dirigiéndome a la cama y cogiendo los zapatos del día anterior por el camino. Me los calcé y me senté para peinarme con los dedos, mirándome en un pequeño espejo también el maquillaje.

Sacó unas zapatillas del armario y me las mostró.
-¿Converse o zapatos?
-Es una buena manera de hacerme cerrar el pico-sonreí, cerrando el espejito con los dedos y riendo.
-Eri-suplicó. Me encogí de hombros.
-Yo llevaría Converse. Pero por que sabes de sobra el amor que tengo por esa marca, y, no sé-me encogí de hombros-. Me gustan más los chicos con Converse.
Alzó las cejas, escéptico.
-¿En serio?
-Sé lo que estás pensando, y no. No las lleva. Nunca lo he visto con Converse.
-Pues muy bien por él. 
Se echó el pelo hacia atrás y me anunció que se iba al baño. Fruncí el ceño.
-¿Te vas a afeitar vestido?-espeté, haciendo alarde de mi gran inteligencia. Negó con la cabeza.
-Mi novia no me deja afeitarme.
-Es una tía con gusto. ¿A qué vas?
-Gomina.
-Ah. Claro. Cosas de tíos-hice un gesto con la mano para que se fuera, dándole absoluta libertad. Se echó a reír.
Fuimos en dos coches, con Fizzy acompañándonos a nosotros en el nuestro. No paraba de poner música y las dos canturreábamos en voz alta mientras Louis suspiraba, pertrechado tras sus gafas de sol.
Cuando llegamos al aparcamiento, Fizzy saltó del coche y echó a correr en dirección a toda su familia. Los miré.
-Son muchos-comenté con un hilo de voz. Louis se encogió de hombros.
-Serán majos contigo, ¿no lo soy yo?
Asentí.
-Pero son muchos.
-Oh, no pasa nada. En los Juegos del Hambre eran más.
-Y se mataban. 
Me miró a los ojos, divertido.
-¿He dejado que te pase algo malo cuando estábamos juntos?-negué con la cabeza, él alzó una ceja, sonriendo-. ¿Lo ves?-me tomó de la mano-. Tú tranquila. Les caerás bien.
-¿Y si no?
-Les caerás bien. Y si no, les haré ver lo buena chica que eres.
Sonreí, bajando la vista y mirándome los pies. ¿Buena chica, yo? Qué poco me conocía este hombre.
-Esa es una de las cosas que me encantan de ti-susurró, apartándome un mechón de pelo de la oreja y sonriéndome-. Que cuando vas a actuar para miles de personas, te da lo mismo todo. Pero cuando el público es más pequeño, entonces te entra el pánico.
Me encogí de hombros.
-Me juego más cosas que unos aplausos.
-¿Qué cosas?
-A ti.
Su sonrisa se hizo más amplia, se inclinó para besarme. Lo superaríamos juntos, como siempre hacíamos.
-Suerte, pequeña-susurró, saliendo del coche y esperando a que yo le imitara-. La vas a necesitar.
-¡Louis!
Se echó a reír, se acercó a mí, me besó la oreja, me tomó de la cintura y prácticamente me arrastró hacia el resto de su familia, familia a la que yo aspiraba a formar parte.

lunes, 4 de marzo de 2013

¿Qué somos? DIRECTIONERS.

Hace un par de horas leí un Twitlonger de ya no recuerdo quién, pidiendo que las Directioners volviéramos a ser las que éramos antes. Bueno,más bien érais, porque yo llevo solo un año aquí. Y, como la chica del TL dice, recuerdo perfectamente los TTs que las Directioners les hacían todos los días a los chicos con tal de hacerles sonreír. Y recuerdo perfectamente lo que pensaba cada vez que veía uno de esos TT "Joder, mira las Directioners, lo fuertes que son, son muchas menos que las Beliebers y tienen más TTs que ellas". Me encantaba esta fanbase incluso antes de formar parte de ella. Cuando por fin los chicos me enamoraron y entré, recuerdo que veía muchos tweets que decían "Las Directioners son las únicas fans que se ríen más de sus ídolos que los propios haters", y todo el mundo estaba de acuerdo. Se nos envidiaba. Y ahora no, ¿por qué? Porque ahora somos las putas reinas del drama. Ahora nos emperramos nosotras mismas en sacar mierda de donde no la hay, nos empeñamos en discutir las unas contra las otras, poniéndonos etiquetas rídículas como "Larry Shipper, Ziam shipper,Nialler, o la puta que me parió shipper". Se supone que somos una familia, que somos todas HERMANAS, que todas somos iguales, y que apoyamos a los chicos sea lo que sea. Sí, ¿no? Pues para mí, apoyarlos no es estar insultando a sus novias por el simple hecho de serlo, no es criticar a las otras fans porque no tienen la misma opinión.Yo apoyo Elounor, personalmente creo que la relación de Louis y Eleanor es real, pero ya les he dicho a muchas Larry Shippers que me explican su opinión y por qué opinan así que la verdad es que las admiro, porque al igual que yo ellas apoyan a Louis y Harry, apoyan sus decisiones, aunque desde diferentes puntos de vista al mío. Estamos todo el rato diciendo qué pasaría si fueran gays, qué pasaría si no lo fueran. Yo no me enamoré de una relación, de unos gays. Me enamoré de cinco voces que luego resultaron estar dentro de cinco chicos perfectos, espectaculares, tan bonitos tanto por dentro como por fuera. Me enamoré de One Direction, no de las camas de One Direction y de con quién follan. Y también me enamoré de las Directioners, porque éramos las que más sentido del humor teníamos en Twitter, en la puta calle y hasta en el espacio. ¿Qué nos pasa?¿Por qué no podemos seguir riendo como reíamos antes? ¿Por qué nos empeñamos en desglosar a la banda en cinco, cuando, como dijo Pablo Motos cuando vinieron a España son UNO? Entre lo de Larry, ahora que también empiezan a insultar a Perrie, ahora que critican a las que les gusta Niall, y que dejamos a Liam medio marginado, esto ya no es como antes. Ya no somos Directioners. Somos un grupo de chicas a las que les gustan las mismas canciones, pero que va cada una a su bola, y eso no puede ser. Antes éramos algo grande, ¡joder, CONSEGUIMOS TODOS LOS TT PARA LOU EN SU CUMPLEAÑOS CUANDO HIZO LOS 20, y cuando cumplió 21 apenas conseguimos dos. Tenemos que mirarnos esto, en serio. Tenemos que dejar de preocuparnos tanto por nosotras mismas, mirarnos nuestro precioso ombligo, y empezar a mirar para los chicos, que son los que lo pasan mal con todo. ¿O me vais a decir ahora que que Niall nos tenga que recordar que somos una familia no es vergonzoso? Se nos tendría que caer la cara de vergüenza. Tendríamos que haber destrozado al paparazzi que llamó MARICONES a Louis y Harry, pero estábamos demasiado ocupadas criticando Haylor como para meternos a lo que realmente nos llamaban: defender a nuestros ídolos, que para eso estamos aquí. Tenemos la suerte de tener unos ídolos espectaculares, cinco chicos que valen su peso en oro, TODOS Y CADA UNO, no importan sus seguidores, sus tatuajes, qué voz sea la más bonita, cuál nos guste más. Decidme de alguien con su sentido del humor, con su talento, sus ganas de pelear por sus sueños, pero sobre todo, su paciencia. Si yo fuera Louis, nos habría mandado a tomar por el culo hace ya tiempo por no dejar de tirarle toda la mierda a él. Porque es con él con el que más nos cebamos, ¿o me lo vais a negar? Que si Larry, que si Elounor, que si los tatuajes, las zanahorias, absolutamente todo. Chicas, ya vale. Dejémosles respirar. Una cosa es tomarles el pelo y otra cosa es que nos den la mano y cogerles el brazo entero. Estáis aquí por One Direction, para luchar por su música y por que sean como son, perfectos. No estáis aquí para cuidar de que se coman toda la verdura y que se acuesten a tal hora. No sois sus madres. Sois sus fans. Y eso, ESO, es algo por lo que estar orgullosa. Ser una DIRECTIONER ES ALGO DE LO QUE ENORGULLECERSE, ¿VALE?
¿Por qué estar orgullosas de ser nosotras? Es fácil. Porque somos las únicas que nos podemos reír de nuestros ídolos, llamarlos "gays" desde el cariño, pero, cuando alguien de fuera los insulta, que se prepare. No se ha metido con una Directioner, se ha metido con 10 millones de chicas, además de cinco chicos. Y recordad, entre esos chicos está el "maricón" de Louis Tomlinson, como algunos lo llaman, que tal vez lo sea, puede ser. Pero sabemos que él no va a dudar en repartir hostias con tal de defender a sus niñas. Entre esos cinco está un terrorista, Zayn, que tirará bombas a diestro y siniestro. Entre esos cinco está Niall, que comerá a cada hater vivo. Entre esos cinco está Liam, para hacer suplicar perdón a quien se meta con nosotras. Y entre esos cinco está Harry, aka el villano del año que es más malo que la peste, el muy perro. Esos cinco son la razón de mi sonrisa. No voy a dejar que desaparezcan porque no dejemos de echarles mierda. Somos una familia. Y la mejor que he tenido. Comportémonos como tal. Sin riñas por tatuajes, relaciones, tabaco, o lo que sea. Ya os lo he dicho, pero lo repito, porque soy una puta pesada. SOMOS DIRECTIONERS, VOLVAMOS A ENORGULLECERNOS DE SERLO.

Por favor, para corred la voz de que las cosas deben volver a ser como antes, entrad a mi perfil de Twitter, @EriLautTommo, y dad RT a mis tweets. Gracias.

sábado, 2 de marzo de 2013

Adivina quién tiene 21.

¿Qué hora es?
Pestañeé, sacando la cabeza de debajo de las mantas y recordando qué día era.
24 de diciembre.
Oh, de puta madre.
Volví a meterme bajo la manta, escondiéndome del sol.
Déjame en paz, puta bola de fuego asquerosa.
Saqué la mano de la cama y tanteé la mesilla de noche. ¿Aquello era mi móvil? No, era demasiado grande para ser mi móvil. Suspiré y seguí toqueteando. El portátil. ¿Una galleta? Qué rica. Tendría que comérmela antes de que se pusiera mala... ah, ahí estaba.
Lo cogí, lo metí debajo de las mantas, conmigo, y desbloqueé el teléfono.
Me quedé mirando nuestra foto bajo el Big Ben, la que nos había hecho el día de su cumpleaños, y no pude evitar sonreír. Me pasé una mano por el pelo, preguntándome si estaría despierta, preguntándome por qué había accedido a no ir corriendo a buscarla.
Mi cabeza voló a la noche anterior, cuando me llamó a las 11 de la noche, en punto. Me gritó algo en español, algo que yo no entendí.
-¿Qué es eso, nena?-pregunté, sonriendo a la pantalla de mi ordenador mientras le pegaba una paliza a Stan jugando al póquer. Eri se echó a reír.
-Es feliz cumpleaños en español. No te lo digo ahora porque ahí todavía no es 24.
-Si coges un avión ahora mismo puede que llegues para pegarme un tiro-cavilé, mordiéndome el labio. Me apetecía demasiado tenerla en mi cama, esperando para tirármela justo cuando cumpliera los 21. Entonces sí que no me importaría envejecer.
-Bobo, ¿cómo voy a hacerte yo nada? Con la dependencia que tengo en ti, si a ti te pasara algo seguramente iría detrás.
No debería sonreír, pero no pude evitarlo. Si existía un cielo, me gustaría no tener que esperar demasiado a Eri allá arriba, aunque sonara cruel y egoísta. No quería darle la oportunidad de encontrar a otro del que enamorarse y dejarme a mí solo, tomando Nespressos con George Clooney, criticando a San Pedro por hacernos pagar unos peajes tan caros con tal de entrar en los dominios de Dios.
Le dije a Stan que esperara y fui a tumbarme en la cama, boca arriba, y empecé a pasarme las manos por el pelo como si eso fuera a atraerla.
Oí cómo se sentaba en la cama, y me la imaginé mordiéndose el labio. Estuvimos un par de segundos escuchando al otro respirar, pero con aquello nos bastaba.
-Siento no estar ahí por tu cumpleaños.
-No importa, nena.
-Sí importa, amor. Sé cómo eres.
-Seguramente mañana ya se me pase-me encogí de hombros-. Lo superaré.
-¿Estarás bien?
-Sí.
-¿Estás en Skype?
-Sí, estoy hablando con Stan.
Me la imaginé asintiendo con la cabeza, se quedó en silencio, meditando la respuesta que debía darme.
-Solo pídelo-la animé.
-¿Puedo unirme? ¿Le importará a Stan?
-No lo creo. Os caéis bien, así que supongo que le dará lo mismo.
-Vale, pues ahora hablamos. Te quiero-se despidió con un hilo de voz.
-¿Estás intentando no llorar?
-No-murmuró con la voz aún más rota.
-Que estoy bien, Eri, no pasa nada.
-Pero yo quería estar ahí...-susurró, estaba a punto de echarse a llorar.
-Tranquila, ¿vale? No importa. Nos veremos el 26. ¿De acuerdo?
-Sí...
-Vete a Skype.
-Vale.
Escuché cómo se levantaba de la cama, mantenía el teléfono pegado a su oído mientras bajaba las escaleras, en busca del ordenador. Me froté lo ojos.
Necesitaba tenerla aquí.
Sobre todo después de lo que había hablado con Charlotte, la dependencia obsesiva que según ella las mujeres a mi alrededor desarrollaban por mí... y mi propia dependencia por una chica perfecta de 16 años, cuyo único defecto era haber nacido en el país equivocado.
-Voy a colgar-murmuró.
-Está bien-le susurré-. Hazlo.
-Creo que es la primera vez que te voy a colgar sin que opongas resistencia-bromeó. Sonreí.
-Porque vas a volver pronto.
-Sí.
-Hasta ahora, pequeña.
-Hasta ahora, amor. Te quiero.
-Y yo.
Escuché los familiares pitidos, cerré los ojos y tiré el móvil sobre la cama, a mi lado. Miré el ordenador, la conversación con Stan estaba esperando que volviera.
-¿Cómo estaba?-preguntó él. Me froté la cara y me senté en la cama.
-Hecha una mierda.
-¿Y tú cómo estás?
Me encogí de hombros.
-Hecho una mierda-sonreí, alzando la mirada. Stan se reía.
-Los 21 no están tan mal. Te lo dice uno que sabe-asintió con la cabeza, yo me eché a reír, me levanté y fui hasta el escritorio, aquél que se suponía debería haber usado cuando estaba en el instituto para hacer los deberes, pero yo había hecho de todo menos deberes allí.
-En realidad es por ella. Le jode mucho no estar.
-Y a ti también, Tommo, no mientas. Que soy yo. Ya son muchos años conociéndonos-alzó la ceja yo asentí con la cabeza.
-Me gustaría que estuviera, eso es todo.
-Tú lo que quieres es sexo de cumpleaños. Y lo siento, porque es lo único que no te puedo dar.
Empecé a reírme como loco, me daba igual que mi familia estuviera durmiendo, de fiesta o viendo abajo la televisión. No me apetecía estar con gente, quería estar solo... pero, claro, eso hacía que para mí ni mi novia ni mi mejor amigo contaran como gente.
-¿Queréis que os deje intimidad para hacer vuestras cosas de pareja?
Me metí una gominola de las de mis hermanas en la boca y alcé las manos.
-¿Por qué siempre tienes que estar pinchando de esa manera, Stan, tío? No lo entiendo-sacudí la cabeza, tirando un cocodrilo de pica pica al aire y abriendo la boca para que entrara. Me golpeó con violencia la nariz y se cayó al suelo.
-La regla de los 3 segundos sigue vigente, hermano-comentó Stan.
-La regla de los 3 segundos no se aplica cuando es mi suelo del que estamos hablando.
-¿Por qué no limpias esa pocilga en la que vives? No entiendo cómo tu chica sigue contigo después de que la metieras ahí.
-Me la tiré aquí-me encogí de hombros, haciéndome el interesante. Stan se inclinó hacia delante en su casa, apoyándose en los codos, y murmuró:
-Ahora me lo cuentas, por hijo de puta. ¿Te la tiraste? ¿Dónde?
-En la cama, ¿dónde si no?
Entrecerró los ojos.
-Me guardaré la respuesta sarcástica para  otra ocasión en la que no sea tu hermana de la que vaya a hablar.
Me eché a reír.
-En el suelo, ¿eh? Vicioso, perro hijo de puta-negué con la cabeza-. Deberías tenerle más respeto a Lottie. Es mi hermana, ¿recuerdas?
-Me lo pidió ella.
-La ataste.
-¿¡Pero cómo son tan mentirosas las mujeres!? ¿Te crees de verdad esa trola?
Me encogí de hombros.
-Es mi hermana, ¿por qué habría de mentirme?
Vi que Eri se conectaba, rápidamente corrí a abrirle conversación. Tecleé un saludo y le dije que me estaba despidiendo de Stan; lo conocía lo suficiente como para saber que se largaría para dejarnos intimidad, tal y como hacía yo con sus novias.
-Para joderme a mí. En serio, Louis, ¿piensas que si me dedicara a atar a tu hermana sería capaz de mirarte a los ojos?
-Me estás mirando a través de una pantalla.
-Hoy estás gracioso, ¿eh?-frunció el ceño y se echó a reír-. Lo tendré en cuenta.
-Tenlo-me metí sugerentemente una gominola en la boca mientras Stan me miraba con los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio.
-Menudo polvo tienes, Tomlinson.
Alcé las cejas, lamiendo otra gominola.
-No me hagas eso, que me dejas sin ovarios.
Me caí de la silla de las carcajadas que se hicieron dueñas de mí.
-¡Stanley, tío, ¿qué ha sido eso?!
-Los chillidos que estás acostumbrado a escuchar. No te hagas el tonto conmigo.
Suspiré, sacudiendo la cabeza.
-Eres imbécil.
-Tú sí que lo eres.
-Retrasado.
-Gilipollas.
-Anormal.
-Subnormal.
-Puto.
-Y lo disfruto, ¡JAJAno-Stan sacudió la cabeza, cortando a la mitad su carcajada. Alzó una ceja y miró la hora-. Bueno, te dejo con tu princesa. Voy a acosar a la mía.
-Está durmiendo.
-Entonces la dejo.
-Buenas noches, mi amor-puse morritos a la cámara y él aleteó con las pestañas como buenamente pudo, pues, según me había contado Fizzy, ningún chico podía hacer lo que hacían las chicas.
-Que duermas bien, mi vida.
-No puedo esperar a verte mañana, tesoro.
-Te está esperando tu novia, Louis-se burló Stan.
-Oh, entonces cállate ya,  que con ella disfruto más en la cama.
-Me has herido los sentimientos.
-Pues te jodes.
-Que sepas que tengo una amante. Y que me hace gozar como un condenado.
Puse los ojos en blanco.
-A-di-ós S-tan-ley.
-A-di-ós Lo-u-is.
Cerré la pestaña de la conversación y le mandé una petición de llamada a Eri, que la aceptó al segundo. Me hizo una mueca cuando se encendió su cámara; tenía el pelo revuelto, seguramente de haberse metido en la cama.
-Hola, nena.
-Hola beeeeeeeeeeeeeeif-replicó ella, imitando mi acento para ponerme de mala leche. Suspiré y cerré los ojos.
-¿A estas horas?
-Toda el día, toda la noche, DJ Malik. DJ Malik-alzó la mano con el símbolo del heavy metal en las manos y asintió con la cabeza violentamente, su pelo voló en todas direcciones.
Hablamos durante más de una  hora y media, parando ella la conversación para escuchar cómo el reloj de su casa daba la una. Se quedó en silencio, esperando para escuchar el de la mía, y bramó, con toda la felicidad del mundo:
-¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS, LOUIS!!
-Gracias.
-Voy a mencionarte en Twitter-sus ojos bailaron por la pantalla de su ordenador mientras se metía en su perfil-. Contéstame, ¿vale?
-Vale.
Abrí Twitter sin ganas de nada, porque sabía lo que se iba a armar en cuanto contestara a Eri, y ahogué una exclamación cuando vi la cantidad de menciones que ya tenía, de los fans en cuyos países yo ya tenía los 21.
Vi su mención aparecer en mis interacciones y correr hacia abajo, empujada por las de los demás.
-¿Por qué la gente se empeña en poner los típicos tweets todos iguales, numerándolos?
Se encogió de hombros.
-Yo lo hice una vez.
-¿En serio?-fruncí el ceño.
Asintió con la cabeza.
-¿A quién?
-¡No te lo voy a decir!
-¿Como regalo de cumpleaños?
Tamborileó con los dedos en su ordenador, decidiendo si contármelo o no.
-Prométeme que no se lo dirás a nadie, absolutamente a nadie.
-Te lo prometo.
-Enséñame las manos.
-Pero, Eri...
-¡Enséñame las manos!
Suspiré, alcé las manos y lo repetí.
-Te lo prometo.
-No te rías.
-Vale.
-A ti.
Parpadeé.
-A mí, ¿qué?
Se puso un mechón de pelo detrás de la oreja y repitió:
-Te hice eso de los tweets con los  números a ti.
Me puse una mano delante de la boca para no empezar a descojonarme. Alzó una ceja, cabreada conmigo.
-¿Va en serio?
-Totalmente.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros.
-Quería que me siguieras.
-Ahora te sigo hasta a la cama-repliqué, y ya no pude controlarme y empecé a reírme a carcajada limpia.
Esperó a que me tranquilizara con un gesto de fastidio en los ojos.
-¿Has terminado?
-No. ¡Joder, Eri, es que es muy fuerte! ¡Me hiciste eso a mí!
-Ya-se encogió de hombros.
-Pero, ¿con qué cuenta? No tienes tweets de esos en tu perfil.
-Con otro perfil.
-¿Tienes más?
-Sí.
-¿Cómo es?
-No te lo voy a decir-replicó-. Para un sitio que tengo tranquilo para hacer fangirling yo sola, me basta y me sobra.
-Que te seguimos-la chantajeé. Sabía de sobra lo importante que era para todas las fans (y Eri se incluía en esa categoría) que le diéramos a aquel botón con el icono de un pájaro que ponía Seguir.
Puedo hacer gritar más a tu novia dándole a un botón que tú en tu cama.
Se me quedó mirando un rato, yo sonreí, me mordí el labio inferior y empecé a pasarme el pulgar por él, haciéndome el interesante.
Terminó sacudiendo la cabeza, aunque no parecía demasiado convencida.
-Con que me sigas en uno, me basta y me sobra.
Hinché los carrillos, pero asentí.
-Tú misma.Luego no vengas llorando porque no consigues bastantes favoritos.
Frunció el ceño.
Después de pasarme media hora mirando mis menciones, bajando inútilmente hacia abajo, decidí entrar en su perfil, y vi el primer tweet.
@Louis_Tomlinson ¡FELIZ  CUMPLEAÑOS! Siento no estar ahí. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX.
Sonreí, la miré, ella alzó los hombros y se echó a reír.
-Sabes que de noches no estoy precisamente inspirada.
-Está muy bien. Y eres la primera en felicitarme.
@ItsErii gracias nena, no te preocupes, ilysm xx
Sonrió cuando vio su respuesta, se mordió el labio y miró a la cámara.
-¿Louis?
-¿Mm?
-Podíamos tirarnos así toda la noche, y lo sabes, ¿no?
Asentí.
-Y lo que disfrutaríamos.
Pero seguimos hablando, y sólo nos despedimos cuando su madre subió las escaleras, diciendo que era tarde y que tenía que irse a dormir.
Paz se inclinó hacia la pantalla y le preguntó algo a su hija, a lo que ella respondió:
-Ve.
-¿Ve?-espeté yo, confundido.
-No, see no. Yes in Spanish Lou-puso los ojos en blanco y yo me eché a reír-. You're such an idiot.
-Cállate.
Mi suegra me dijo algo.
-Que feliz  cumpleaños.
-Gracias-sonreí yo. Eri se giró hacia su madre y le dijo algo, a lo que ésta asintió, y volvió a irse.
-Tengo cinco minutos para despedirme mientras se cambia. ¿Algo que añadir?
Negué con la cabeza.
-Bueno, yo sí-susurró, mirándose la uñas-. Papá también te desea un feliz cumpleaños.
-Menudo avance.
Sonrió.
-¿Qué le pondrías en esa carta?
-No te lo pienso decir.
Se apartó el pelo de la cara y asintió.
-Mañana hablamos, ¿vale?
-Vale.
Nos despedimos, nos dijimos que nos queríamos, discutimos por ver quién quería más al otro, y se desconectó.
Recordé haber mirado la pantalla más de diez minutos seguidos, como esperando que volviera a conectarse a hurtadillas, metiéndose en alguna habitación vacía y bajando el volumen del ordenador al mínimo.
Volví al presente y me revolqué en la cama, bufando. No podía tener ya los 21. Ella no podía estar  en su casa en España.
La vida era jodidamente injusta.
Afiné el oído, intentando escuchar algún sonido que me indicara que mis hermanas venían a darme una sorpresa, a despertarme y joderme la mañana, como hacíamos todos cuando era le cumpleaños de alguien. Solo que, esta vez, sería  la primera vez que me tomaría una de sus sorpresas como una manera de joderme, no de felicitarme.
Me senté en la cama y miré a la ventana. Gran error. Los rayos del sol se clavaron en mis ojos, obligándome a entrecerrarlos y parpadear varias veces. Volví a mirar el teléfono, los mensajes que tenía con los chicos y con ella...
-La madre que los parió-murmuré cuando entré en el grupo de WhatsApp de los chicos y vi que tenía dos mil mensajes sin leer.
Louis: Malnacidos. ¿Dos mil mensajes? Estaréis de coña.
Niall: ¡FELICIDADES CUMPLEAÑERO!
Louis: haz el favor de pegarme un tiro, Nialler, anda.
Liam: Louis, viejo.
Louis: vete a la mierda, Liam.
Niall: Oh, oh. Alguien está de mal humor.
Harry: ¿Llamamos a Eri para que te baje esos humos?
Me froté la cara.
Louis: Si me la traéis, se me bajan solos.
Un ejército de ¡Jajaja! inundó la pantalla de mi móvil.
Louis: ¿Vais a venir?
Harry: No, porque eres una perra mala. Te vas a joder, tú, ahí, solísimo, el día de tu cumpleaños.
Niall: No se pregunta. ¡FIESHTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!
Liam: Dios, Niall, no.
Niall: ¡LA  CUCARACHA!
Louis: Niall p-a-r-a.
Niall: Ya no puede caminarrrrrrrr.
Harry: Harry Eduardo Estilos.
Louis: Vale, me voy antes de que empecéis a cantar al rey león.
Niall: ¡YO VOY A SER EL REY LEÓN, Y TÚ LO VAS A VER!
Liam: LOUIS, ¿PARA QUÉ DICES NADA?
Louis: Porque me voy igual, así que te jodes y te quedas tú solo con estos dos.
Liam: Saldremos a las doce, o por ahí.
Niall: ¡SIN PELO EN ESE CABEZÓN UN REY NO PUEDES VER!
Louis: Vale.
Harry: Dale mamasita con su tacatá.
Niall: ¡TACATÁ, TACATÁ TACATÁ TACATÁ!
Louis: luego el subnormal soy YO.
Niall: ¡DALE MAMASITA!
Harry: ¡DALEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!
Liam: ...
Louis: Joder.
Niall: ¡TA
CA
TÁ!
Harry: MA
MA
SI
TA.
Louis: idos a la mierda. Todos. 
Liam: :C
Louis: tú no, Liam.
Liam: <3
Harry: LARGAOS A UN HOTEL.
Niall: LOUIS Y LIAM SENTADOS EN UN ÁRBOL DÁNDOSE... ¿QUÉ SE  DAN HARRY?
Harry: BE E ESE I TE O ESE
Niall: UUUUUUUUUUUUUUH.
Liam: ¿Cómo van a ser nuestras fans normales si ni siquiera nosotros lo somos?
Louis: os quiero.
Harry: voy a hacerte  hombre.
Niall: la que se está perdiendo Zayn.
Louis: te estoy  esperando en la cama, Harry.
Harry: hala, hala, ya estarás todo cachondo.
Liam: Oh dios. Detén esto.
Niall: ¡ONDA VITAL!
Louis: ¡CÁLLATE NIALL!
Harry: DEJA AL IRLANDÉS, QUE TE MATO.
Louis: Tú estabas ligando conmigo, Harold. Sigue.
Liam: ... una cuchara me está mirando.
Tuve que salir de la conversación cuando Harry y Niall comenzaron a bramar:
¡CORRE LIAM, COOOOOOOOOOOOOOOORRE!
Básicamente porque estábamos entrando en una espiral de gilipollez extrema que no haría más que tenerme todo el día colgado del teléfono.
Bajé las escaleras sin ganas de nada, arrastrando mi alma. El recuerdo de que tendría que esperar por ellos hasta la hora de comer, y que mi novia no estaría allí, conmigo, me había vuelto a amargar el día.
Oh, y, encima, acababa de cumplir un año más. El imbécil de Peter Pan se había vuelto a perder en su viaje desde el país de Nunca Jamás hasta Doncaster.
Solo esperaba que Santa Claus le llevara un GPS por Navidad, osea, mañana. Porque yo no tenía pensado cumplir 22 años.
A mí van a tener que congelarme. O que me muerda un puto vampiro. Pero no quiero cumplir más años.
Mamá estaba trajinando en la cocina, atareadísima. Me acerqué a ella por detrás, la abracé y le di un beso.
-Felicidades, mi amor.
-Gracias, mamá-susurré, suspirando, e inclinándome hacia la nevera para sacar un poco de leche. Me puso una mano en la espalda y negó con la cabeza cuando la miré.
-Siéntate, anda, que ya te preparo yo el desayuno.
Sonreí, la besé en la mejilla y me senté en la mesa, lo más cerca posible de ella para darle el mínimo trabajo.
-¿Qué quieres, mi niño?
Sonreí, mirando al suelo.
-¿Huevos con beicon?
-Está bien. ¿Algo más?
Me entró la inspiración.
-Frosties. Y café.
Me giré para mirarla, sonreía.
-Los Frosties, ¿con leche?
-Sí, por favor.
Asintió, sacó un par de huevos de la nevera, lonchas de beicon crudo y puso aceite en una sartén. Me mordí el labio mientras la miraba correr de acá para allá en la cocina: a mamá le encantaba cocinar, pero cuando era para otra persona, aquello se convertía en una pasión digna de ver.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón del pijama y volví a entrar a Twitter. Fruncí el ceño cuando vi que Eri se había puesto a colgar fotos, sin parar de hablar de mí, y que mamá también se había emocionado en ponerlas.
¡Joder, hasta el abuelo!
Una foto mía de bebé, tumbado en un prado y mirando más allá de la cámara estaba en el Twitter de mi novia, una foto mía con tirantes y pelo a lo casco en el de mi madre, y otra foto con el abuelo lanzando un avión de papel.
-Mamá, ¿qué...?-negué con la cabeza, ella se giró, se apoyó en mis hombros para echar un vistazo a la pantalla del teléfono y sonrió.
-Es tu cumpleaños. Acostúmbrate.
-Mamá-supliqué, sabiendo que sería inútil que le pidiera borrar las fotos; seguramente estarían en miles de ordenadores diferentes, en decenas de países lejanos. Bufé.
-Toda tu vida fuiste guapo, Louis-volvió a besarme la mejilla y suspiré.
-De pequeño era feo.
-Eras el bebé más guapo que vi en mi vida. Te lo puedo asegurar.
-¿Más que Lottie?
-No te pases, que sabes cómo se pone tu hermana con su belleza.
-Me acabas de contestar, mamá-repliqué, acariciándole la cintura. Se estremeció.
-Te sienta bien tener 21.
-Pégame un tiro.
-No digas eso, mi niño. Ya verás cómo tardeo  temprano te gusta cumplir años.
-¿Cuándo? ¿Cuando signifique que llevo un año más dejándome arrastrar por el alzheimer?
Puso los brazos en jarras.
-Tienes la vida perfecta, ¿de qué te quejas? Una familia que sabes que te quiere y te apoya, un grupo de amigos que va a estar siempre ahí para ti, una chica que besa el suelo por donde tú pisas-no pude evitar una sonrisa y pensar Si tú supieras que más bien es al revés...-, y el trabajo con el que siempre soñaste. ¿Crees que no es para celebrar que estés un año más en esa vida tuya? ¿O tengo que recordarte la cantidad de personas que tienen todo lo que tú y son felices?
-Si no fuera feliz sería gilipollas-repliqué, levantándome y sacando el café del microondas, colocándolo en la mesa a mi lado y echándolo en dos tazas. Le tendí una a ella y otra me la quedé yo.
-Gracias, tesoro-susurró, soplando la taza y dando un lento sorbo sin dejar de mirarme por encima de ésta. Alcé las cejas, en señal de que no me las tenía que dar.
Se inclinó en la encimera mientras los huevos se hacían, y preguntó:
-Ayer te oí hablar en tu habitación. ¿Estabas hablando con Eri?
Asentí con la cabeza.
-Sí, me estaba felicitando y contándome cómo fue su día.
-Y tú el tuyo.
-Ajá-cambiemos de tema, por favor, mamá. Hablar de ella me duele demasiado.
-Debe ser duro-caviló para sus adentros. Fruncí el ceño.
-¿El qué?
-Tener una relación como la vuestra. Veros solo los fines de semana-se encogió de hombros-. Sois fuertes. Y tenéis suerte. No todas las parejas tienen un amor tan potente, que soporte la distancia.
Parpadeé.
-Supongo que tenemos suerte de ser los dos iguales.
-Yo creo que os complementáis, fíjate bien-echó los huevos en un plato, le dio la vuelta el beicon, lo sacudió un poco para que goteara el exceso de aceite, lo puso al lado de los huevos y movió la comida para conseguir hacer una carita sonriente.
Me eché a reír cuando vi los dos huevos mirándome y la enorme sonrisa hecha de beicon. Mamá me revolvió el pelo.
-Alegra esa cara, hombre.
Pero no podía, no me iba a ser posible. Los chicos llegarían después de las doce, mi novia no estaría el día de mi cumpleaños... ah, sí, y era mi cumpleaños. No me ilusionaba particularmente hacerme más y más viejo. ¿Por qué no podía tener los mismos años que los demás, haber nacido dos años después? Haber nacido, directamente, hijo de sangre de Mark, no de Troy.
Puse el codo al lado del plato, apoyé la cabeza en una mano y suspiré, haciendo que mi desayuno bailara en el plato. Mamá se sentó a mi lado, me tomó de la mandíbula y me obligó a mirarla. En sus labios había una tierna sonrisa que deseaba ser contagiada a otras caras.
-Hace 21 años me enamoré como nunca me había enamorado de ningún hombre. Uno en particular me miró, cruzó sus preciosos ojos con los míos, me sonrió, y yo supe que no sería la misma nunca más. No podría vivir sin él. ¿Sabes quién era?
Sonreí, dispuesto a probarla.
-Papá.
Mamá echó la cabeza atrás en una divertida carcajada y negó con la cabeza.
-Cuando tus hermanas y Eri dicen que eres tonto llevan razón, mi vida. Eras tú-replicó, acariciándome la barbilla y besándome en la frente.
¿Cómo podía querer tanto a una mujer sin tener pensamientos sucios con ella?
Reproduje la conversación en mi cabeza, deleitándome.
Eri.
Eri.
Mi Eri.
Me acarició las mejillas y me besó la nariz. Seguramente estaba aprovechando que tenía las defensas bajas y que no estaba para contrarrestar tanto besuqueo.
-No soy nada sin vosotros, Louis. Tú y las chicas sois lo mejor que me ha pasado en la vida-me acarició el pelo; llevé mi cabeza hacia su mano en un acto reflejo, dándome cuenta de cuánto había echado de menos los mimos de mi madre durante el tiempo que había estado en Londres, intentando engañarme con que no me dolía el estar tan lejos de casa-. No quiero que estés triste. Hoy eres oficialmente un hombre; no quiero que no disfrutes de tu día.
Asentí con la cabeza, pasándome la mano por el pelo. Le cogí las manos entre las mías, eran suaves.
-Es solo que...-me encogí de hombros, soltándola, y dejé caer las manos en los costados. Volví a pasármelas por el pelo. Me encogí de hombros-. Esperaba que ella pudiera venir.
Podría soportar el estar haciéndome un jodido carcamal si la tuviera a ella a mi lado. Con ella cualquier problema era un bache tonto que podría saltar sin la más mínima complicación. Con ella una sombra no era visible, brillaba demasiado como para dejar espacios negros en mi vida.
-Es más pequeña que tú. Necesita que sus padres la dejen venir, depende de más gente. Ella querría estar aquí.
Me pellizcó la mejilla, y yo cerré los ojos un segundo.
-Lo sé, mamá. Es solo que...-me pasé la mano por el pelo por tercera vez. Los ovarios de cierta española debían de estar sufriendo mucho en su país. Extendí los brazos en un gesto de impotencia, ¿cómo iba a poner por palabras algo que dolía si quiera atreverse a pensarlo?-... la echo de menos.
Miré a mamá, que me sonreía dulcemente.
-Y ella a ti. Te quiere.
-Lo sé, mamá. Me quiere, me ama, y todo eso.
Me besó en la frente, murmurando para sus adentros algo sobre mi sarcasmo afilado como un cuchillo, y  me dijo que ella también me quería.
-Yo también te quiero, mamá...
Sonrió, terminándose su taza de café.
Por fin me había puesto a comer (ahora entendía eso de que a las chicas se les cerrara el estómago cada dos por tres), cuando Fizzy llegó corriendo a la cocina.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá, Louis me ha...!
Se quedó paralizada, con los ojos abiertos como platos, mirándome. Alcé la cabeza, fruncí el ceño y la miré.
-¿Nombre? Felicité Tomlinson. ¿Edad? 13. ¿Profesión? Tocar los huevos. ¿Horario? Ininterrumpido.
Se puso roja del a rabia, pero en seguida encontró la manera de hacerme cerrar la boca.
-¿Qué tal esos años, Louis? ¿Qué tal los 20? Oh, espera-se tapó la boca con la mano y negó con la cabeza, cual demonio que era-. Que tienes 21.
-Mira, niña, porque mi desayuno me está sonriendo, que si no te metía tal guantazo que estabas ya con el culo en Tailandia.
-¡Mamá!-lloriqueó la cría.
-Niños, vale. Fizzy, deja a tu hermano. Y Louis, acábate ya la comida.
-¡Pero es que me está sonriendo! ¿Cómo se supone que me voy a comer algo que me sonríe? Me siento un traidor.
Lottie entró en la cocina como si fuera la dueña de aquel mundo y de varios más, vestida con su típico pantalón minúsculo y una camiseta de tirantes.
-Estamos en Diciembre-le recordé, de repente enfadado con aquella galaxia.
Lottie se inclinó hacia mí, me besó la mejilla y me la succionó durante varios segundos.
-¡FELICIDADES, LOUIS!
-En esta casa se me odia a muerte-me quejé, aporreando con violencia un huevo y explotándolo. Fizzy se sentó a mi lado, metió el dedo en la yema y se lo llevó a la boca.
-¡MAMÁ!-grité.
-¡Vale ya!-nos amenazó con una cuchara de madera, dispuesta a usarla si era necesario. Fizzy y yo protestamos por lo bajo mientras Lottie se inclinaba en la nevera en busca de un poco de fruta fría que comer.
-Dios, Lottie, casi te puedo ver los ovarios con esos pantalones.
-¡FELICITÉ!
-¿Por qué mierda me he girado?-le pregunté a mi hermana más pequeña, al menos la más pequeña de las presentes-. ¿Eh, Fiz? ¿Por qué me he girado a mirar?
-Porque estoy muy buena-Lottie se dio una palmada en el culo y se echó a reír como si hubiera dicho el mejor chiste de toda la historia de la humanidad. Fizzy la miró de arriba a abajo.
-Yo sí que tengo swag, con esta melena chocolate que me ha dado nuestro señor, Jesucristo.
Eri decía Jesucristo cada dos por tres.
-¿Te lo ha pegado tu cuñada?-inquirí, alzando una ceja.
-Pregunta más bien, ¿puedes decir algo que no te haya pegado tu cuñada?
-Sí. Gol-fa.
Mamá se giró en redondo bajo la puerta de la cocina, fulminó a Felicité con la mirada y susurró, con voz de loba a punto de saltar sobre una presa:
-Pídele perdón a tu hermana ahora mismo.
-Perdón, Lottie.
Lottie hizo un gesto con la mano, quitándole hierro al asunto, pero cuando mamá desapareció escaleras arriba, se fue y le arreó una bofetada. Fizzy se puso a chillar mientras yo canturreaba en voz baja hogar, dulce hogar.
Un par de piernas bajó al galope las escaleras, acompañadas de Ted, que ladraba frenético, y las gemelas irrumpieron en la cocina chillando.
-¡Louis! ¡Louis! ¡Feliz cumpleaños!
Les sonreí y me incliné  para que me dieran un beso. Se mostraron tímidas al principio, pues les encantaba que les hiciera muecas y que me tocara las mejillas, como si no supieran lo que quería exactamente. Hice lo que me pedían, me plantaron sendos besos y me tendieron una hoja de papel.
-¿Para mí?
-Es tu cumple-se limitó a decir Daisy mientras Phoebe se situaba a mi lado. Desdoblé la hoja y sonreí.
Era un dibujo de toda la familia, con los chicos y las españolas.
-Esta es Alba-susurró, señalando a la chica de pelo marrón y liso-. Esta es Noemí-tocó a la más bajita (la pobre en el dibujo no me llegaba a las rodillas, las gemelas se habían dibujado más altas que ella a pesar de que Noemí les sacaba una cabeza-. Estos son mamá y papá-tocó a la pareja que tenía el final de los brazos unidos en una maraña de círculos, y no pude evitar sonreír, deseando que aquellos círculos enredados no se deshicieran nunca-. Niall-una se puso colorada mientras la otra se reía como loca, la que no era su prometida-, Zayn-oh, le habían dibujado tatuajes en el brazo-, Liam-tenía el pelo rapado casi al cero, por lo que su melena se limitaba a un par de puntos marrones en una cabeza rosa, definitivamente tenía que enseñárselo-, Harry-un festival de círculos adornaba su cara-, nosotras con Kevin-me señalaron primero a la paloma extraña, de tamaño descomunal al lado de dos niñas-, Lottie, Fizzy-tocaron la parte en la que estaban mis otras hermanas, mirándolas. Ellas se acercaron curiosas-, tú-llevaba una camiseta de rayas y me habían puesto un micrófono en la mano-, y Eri-Eri tenía una sonrisa gigantesca en la cara, estaba muy pegada a mí, y los rizos le caían hasta la cintura. Le encantaría ese dibujo.
-¿Te gusta?-preguntó Daisy. Asentí con la cabeza y las besé a las dos.
-Me encanta, pequeñas. Muchas gracias.
Las dos se echaron a reír como siempre hacían, enamorándome una vez más, y suplicaron a mamá que les dejara ir a desayunar a la mesa del salón para poder ver la televisión. Mamá me miró.
-Preguntadle a vuestro hermano, que hoy es su cumpleaños, así que hoy puede mandar en casa.
-Vale, pues quiero llenar la piscina de patitos de goma. Y cambiar el agua por café. Y que el sofá sea de algodón de azúcar-espeté, las dos crías empezaron a aplaudir y reírse. Me encogí de hombros-. Déjalas desayunar allí.
Mis cuatro hermanas salieron en estampida al salón, dejándome solo. Alcé las cejas en su dirección cuando Lottie se asomó y me tiró un beso, guiñándome de paso el ojo, y negué con la cabeza.
El teléfono empezó a sonar en el vestíbulo y mamá corrió a cogerlo.
-Ya empezamos-susurré para mis adentros. Odiaba las llamadas de cumpleaños de familiares a los que solo veía una vez al año (osea, el día de Navidad, un día después de que me pusiera un año más encima), eran muy incómodas. ¡Hola, Louis, soy tu prima Norberta, esa con la que casi no hablas porque casi no nos conocemos! ¡Feliz cumpleaños!
-Ahora se pone-murmuró mamá, acercándome el auricular del teléfono, tirando del kilométrico cable. Suspiré, hice una mueca tras decidir que los gestos de ¡Diles que no estoy, diles que no estoy! no serían suficientes para callar bocas.
-¿Quién es?-pregunté sin palabras, moviendo los labios. La cara de mamá lo dijo todo cuando me pasó el auricular; no necesité más explicaciones, a pesar de que ella pronunció de todas formas una palabra.
Su nombre.
El segundo nombre con el que había nacido.
-¿Sí?-susurré, y en seguida la voz de Troy me azotó.
-Feliz cumpleaños, Louis.
-Gracias, Troy-murmuré, frunciendo el ceño y mirando a mamá con cara de asesino. ¿Tanto le costaba decirle que todavía no me había levantado?
-¿Qué tal los 21?
-Bueno, eso también lo sabes tú, ¿no?-procuré reírme para no sonar demasiado borde, recordando que había por lo menos una persona en el mundo que idolatraba a Troy por haber hecho cierta cosa posible hacía hoy exactamente 21 años.
-No te tiene que caer bien, nena.
-Es tu padre biológico, quieras o no. Tengo que agradecerle que te creara.
Me froté la cara, y bajé la vista a mi desayuno aún sin terminar. Los Frosties me esperaban impacientes, empapándose en la leche fría del bol.
-Hace mucho que los dejé atrás. ¿Todo bien por ahí? ¿Cómo están tus hermanas?
-Bien, gracias. Están desayunando.
Mamá me hizo una señal, yo la miré con los ojos entrecerrados, separé el auricular de mi cara, poniendo las palmas de las manos mirando al cielo, y le devolví una mueca.
-¿Qué tal vosotros?
-Bien, no nos quejamos. Mi mujer te manda saludos.
-Gracias. Me alegro de que estéis bien.
¿Puedo colgar? Quiero colgar.
-Te paso con tu her... con Georgia.
Suspiré, aliviado. Al menos me pasaba con alguien de aquella rama de la familia a la que soportaba.
Mientras esperaba a que se pusiera mi hermanastra (¿Por qué la llamaba mi hermanastra si tenía lo mismo de hermana mía que las otras cuatro?), escuché la voz de Troy llamando a Georgia.
-Hablo igual que él-musité para mis adentros, y mamá me oyó, asintió con la cabeza.
-Algo bueno tenía que tener, ¿no?
-¿Tenemos la misma voz?
-Más o menos. La tuya es un poco más tierna.
-Sé yo de alguien a la que le va a encantar esta información y este parecido.
-¿Louis?
-Hola, Georgia-saludé, metiéndome una cucharada de cereales en la boca y masticando despacio, procurando hacer el menor ruido posible.
-Feliz cumpleaños.
-Gracias, tía.
-¿Cuántos van? ¿20?
-Ahora mismo me caes bien, Georgie-bromeé-. 21. Más quisiera yo que solo fueran 20.
-Bueno, está bastante bien, ¿no te parece? Cuando haya un 7 de primera cifra, me llamas deprimido.
Me eché a reír. Joder, si al final yo iba a ser la fusión del humor de un Tomlinson con la genética de los Austin. Todavía no iba a estar tan mal pertenecer a tres familias.
-¿Vas a venir a la fiesta de esta noche?-pregunté.
-¿Me estás invitando, Tomlinson?
-Oh, demonios, lo estoy haciendo, Austin-cacareé, y Georgia se echó a reír. ¿No podíamos llevarnos así siempre?
-Me lo pensaré. No quiero molestar.
-Vas al instituto con mis hermanas-le recordé-. ¿No lo acabas este año?
-Oh, sí, es verdad. Qué ganas de cumplir los 18 y meterme en cada plató de televisión a ponerte a parir. Eso sí que será vida.
-Eres una cabrona.
-¿Acaso lo dudas? Detesto citar a Jay, pero tengo el padre que tengo.
Nos reímos un rato más, mamá se giró y me miró con el ceño fruncido pero con una sonrisa en los labios.
-Bueno, entonces te veré esta noche. No te monopolizaré la noche, te lo prometo.
-Como tú veas.
-La abuela Marge quiere hablar contigo. Hasta luego, Louis.
-Adiós, Georgia.
-¿Cómo va esta cosa? ¿Eh? ¿Hola?-inquirió mi abuela, yo me mordí el labio inferior para aguantarme la risa-. ¡Georgia! ¿Qué has tocado? No oigo nada.
-Abuela, tranquila, que estoy aquí-susurré, tratando no reírme.
-¡Louis, mi vida! ¿Cómo estás?
-Bien, abuela. ¿Y tú?
-Feliz cumpleaños.
Aquella mujer estaba jodidamente sorda.
Igual que yo.
-¡Abuela! ¡Que cómo estás!
-¡Aaah! ¡Bien, hijo, estoy bien, como siempre!
-Se te nota.
-No me has dado las gracias por la felicitación. ¿Es que debo retirarla?
-¡Gracias, abuelita!
-Así me gusta, que seas educado. Yo no te he criado para que no des las gracias por las cosas.
-Si apenas me ves, abuela, ¿cómo me vas a criar?
-¡No repliques a tus mayores, chico! Que no seas un adolescente no te da derecho a hablarle así a una anciana.
-Perdón, abuela.
-Y, ¿cómo no te voy a ver? ¡Si te largas al sur, como los pijos! ¿Quién necesita ir a Londres teniéndolo todo aquí? ¡Cuando te vea te daré un guantazo y te quitaré esa tontería de ir a la capital a trabajar! ¡Mira que se lo dije a tu madre! Le dije: no dejes al crío ir, que es muy bueno, y se lo quedan en Londres, que son todos unos chupópteros , cabrones roba talento. Que se lo quede el norte.
-¡A-BUELA!-bramé, muerto de la risa.
-¿Ves? ¿Tengo razón o no, hijo? Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Aquello ya lo vi venir. Dije: Verás, cuando se corte el pelo, traerá a todas las mozas de Inglaterra y parte del extranjero de calle. ¿Acaso me equivoco?
-Sabes que soy muy guapo.
-¿Y quién lo niega? Menos mal que no has salido a tu padre, sino a tu abuelo, que en paz descanse. Aquello sí que era belleza-silbó, yo negué con la cabeza-. Nos tenía a todas en Doncaster locas, pero yo fui rápida, y lo cacé antes que los demás.
-Lo sé, abuela, me has contado esa historia tantas veces que la podría decir de memoria-me burlé.
-¡Niño! ¡Que no te burles de tus mayores, te digo!
-Perdón.
-Perdonado quedas. Pero bueno, 21 ya, ¿eh?
-Sí, abuela.
-¿Cuándo me vas a dar bisnietos?-espetó. Yo me quedé helado, y miré a mamá, que estaba fregando los platos del desayuno, ajena a todo. Me mordí el labio.
-Abuela....
-¡JÁ! ¿Pensabas que era tonta?-me metí otra cucharada de cereales en la boca, y los mastiqué despacio-. Lo he visto en las revistas. Sé que tu novia está embarazada.
Me atraganté.
-¿QUE ERI ESTÁ QUÉ?
Mi mente empezó a funcionar como la mejor calculadora del mundo. Mierda, mierda, mierda. ¿Cuándo había tenido el período por última vez?
Me puse pálido.
-Hostia bendita.
-¡NIÑO, NO BLASFEMES! Perdónale Jesús, porque no sabe lo que dice-seguramente mi abuela se santiguó, pero yo estaba demasiado ocupado para pedir perdón por mis pecados.
¿Cuándo me había dicho que tenía la regla?
Mierda, había sido en Noviembre, al menos que yo recordara.
Jo. Der.
Traté de calmarme, y empecé a pensar en todos los momentos en que me había acostado con ella. ¡Pero si habíamos tomado precauciones, joder! ¡Era imposible!
A menos que se nos rompiera el condón, claro.
Y últimamente yo no lo miraba.
-¿Louis?
-¿Qué, abuela?
-¿Cuándo pensabas decírmelo?
-Cuando me enterara.
-¿No lo sabías?
-No.
La abuela carraspeó.
-¿No te lo ha dicho?
-No creo que lo esté. Si lo estuviera, me lo diría.
-Pero OK nunca miente.
-Abuela...
-Bueno, yo te lo digo. ¿Cómo lo vais a llamar?
-Abuela. Eri. No. Está. Embarazada. ¿Vale?
Mamá se giró en redondo y se me quedó mirando, horrorizada.
-¿De dónde saca Marge eso?
-De una revista-le respondí, tapando el auricular del teléfono-. Escúchame. Tú cierra la boca, ¿vale, abuela? Si te van a preguntar, no sabes nada.
-Es que no sé nada.
-Esa es la actitud-la felicité, sacando el móvil del bolsillo del pantalón y mandándole un mensaje de LLÁMAME AHORA MISMO a Eri.
-¿De cuánto está?
-¡ABUELA, ME CAGO EN LA PUTA, QUE ERI NO ESTÁ PREÑADA!
-Bueno, hijo, si  no sabes nada, tan solo dilo. No hace falta ponerse así de borde conmigo.
-Perdón-murmuré.
-Cuando hables con ella, llama a tu abuela preferida para contarle, ¿quieres? Que tengo mucha ilusión de bisnietos. Todos muy bonitos y muy sanos.
-Sí, abuela.
Y continuó con su charla acerca de aquel hijo que aún no había nacido pero que según ella ya estaba abultando el vientre de mi novia haciéndola parecer un camión.
-Me encantan las latinas por eso precisamente. ¿Sabes la cantidad de hijos que son capaces de tener? Son más fértiles que conejas. Así da gusto formar familias con ellas. Creo que deberían invadir toda Europa para repoblarla, y así contrarrestar a los chinos que vienen a invadirnos, ¿no crees?
-Totalmente-gruñí, apartando el bol de los Frosties. De repente no tenía hambre, estaba demasiado ocupado poniéndome histérico por la posibilidad de que mi abuela tuviera razón.
-Y son tan bonitas. Con piel tan bronceada, el pelo tan oscuro, los ojos negros como el cabrón. Justo como Blancanieves, solo que mejorando su palidez. ¿No crees? He visto a tu novia en varias revistas y un par de veces por la tele, y es muy bonita, aunque es un poco baja para mi gusto.
-¿Tú crees, abuela?
-Pero bueno, para tu altura es perfecta.
-¿Me estás llamando enano?
-No, Louis. Sabes que es por hacerte de rabiar-suspiró-. Hoy estás muy susceptible.
-Perdón que me afecte la posibilidad de ser un futuro padre.
-Pero tú querías tener hijos.
-No ahora. Y menos si ella tiene solo 16. ¿Sabes?
-Cuanto antes se empieza más se pueden tener.
Fruncí el ceño.
-Abuela Marge, creo que te voy a colgar antes de que acabes convenciéndome para tener quintillizos, o algo así.
-Como tú veas, tesoro. Dales recuerdos a tus amigos y a tu novia de mi parte.
-Vale.
Me levanté y fui a colocar el teléfono en su soporte, finalizando así la llamada. Miré a mamá.
-¿Crees que es verdad?
Me encogí de hombros.
-Poder, podemos, ¿no?
-Pero ella te lo habría dicho.
Y, de repente, con su afirmación lo vi todo claro.
No estaba embarazada. No podía estarlo. Habría corrido a decírmelo como si no hubiera mañana.
Y, cuando llamaron a la puerta y fui a abrir, encontrándome a mis cinco mejores amigos esperando para arrastrarme a la mayor de las fiestas en las que había estado, me olvidé de todo.


Zayn se puso a dar brincos en la mesa de mezclas, dispuesto a darlo todo en los diez minutos en los que iba a estar de DJ. Toda la sala se volvió loca, incluido yo, no era para menos.
-¡Fuera David Guetta, DJ Malik es el futuro!-grité, y rápidamente Niall comenzó a corearme a carcajada limpia, sosteniendo un vaso de cerveza que no paraba de llenarse.
Liam nos miraba a los dos con el ceño fruncido, daba lentos sorbos de su cerveza y meneaba la cabeza. Era la primera vez que bebía en toda su vida, en mi cumpleaños. Aquél sí que sabía lo que era elegir la ocasión.
Niall y yo nos acercamos a él, que se había apartado a un discreto rincón mientras Alba daba la vida y todo lo que tenía en la pista.
-¡VETE A POR TU MUJER!-ladré, riéndome como si no hubiera otro día más de mi vida. Stan andaba por  ahí con mi hermana, alejándose de todos.
¿Me importaría que se la tirara en el baño?
Nah. Era mi mejor amigo, la trataría bien. Y además, ¿qué importaba? Estaba demasiado borracho como para preocuparme.
Aunque no lo suficiente.
-¡Te la van a quitar!-le provocó Niall, y Liam alzó una ceja.
-¿Vosotros  creéis?
-Estamos seguros-replicamos al unísono, pero Liam negó con la cabeza y señaló al acompañante de Alba: Harry que, dado que su querida Noe no había podido venir a Doncaster por problemas de agenda, padres, y un largo etcétera que poco me apetecía invocar, había sido abandonado a su suerte, cual gatito recién nacido. Menos mal que estábamos los cinco para levantarlo.
-¡¡VAIS A BAILAR COMO EN VUESTRA PUTA VIDA CON ESTA CANCIÓN!!-chilló Zayn el micro, y la sala volvió a enloquecer cuando reconocimos la melodía de Black Eyed Peas. Zayn se puso la gorra bien, y se tocó la visera en mi dirección.
Alcé la copa y di un largo sorbo.
-¡A tu salud, perro!
-¡Felices 21, Louis!-replicó él sin acercarse el micrófono; más le leí los labios que oí lo que me decía.
-¡Eres un hijo de puta!-sonreí, me hizo un corte de manga. La verdad era que ya no me importaba crecer, siempre y cuando lo hiciera con mis amigos cerca. Entonces, llegaría a los nueve mil años gustoso.
Lo único que me faltaba, lo tendría en dos días. Podía esperar. Llevaba 20 años esperándola. Dos días no serían nada, tan solo eran 48 horas.
Alba se acercó a nosotras, jadeando y chillando.
-¿También estás borracha?
-¡Oh, sí!-bramó ella, alzando la voz dos octavas y chocando los cinco conmigo. Abrí los brazos.
-¡A mis brazos, pequeña!
Se tiró a ellos y se echó a reír mientras la alzaba sobre mi cabeza y me dedicaba a dar vueltas con ella. Todavía no había llegado a ese punto en el que era un borracho borde; de momento era majo. De momento.
Se acabó la canción y yo dejé a Alba en el suelo, que se apoyó en Niall para no caerse.
-Venga, ahora la última que os pincho. ¿Sabéis este grupo de cinco tíos, que son una panda de fracasados, con uno medio calvo, uno feo, uno moro, un putero, y un subnormal? Vale, pues el otro-Zayn se echó a reír. ¿The Wanted?- Que levante la mano quien conozca la canción They Don't Know About Us.
Toda la sala comenzó a reírse a carcajadas.
-¡Puto Zayn! ¿Lo habéis oído?-se rió Harry, cogiendo una copa que le tendía Niall.
-Creo que me voy a casar con él-lo miré con el ceño fruncido, sonriente, y le tiré un beso cuando él me puso morritos, todavía en la mesa de mezclas. La gente comenzó a chillar que pusiéramos ya la canción.
Y Zayn no se hizo de rogar, apretó unos botones y el piano inundó el lugar.
-¿Cómo eres tan hijo de puta? Te has pasado tres pueblos con The Wanted-me reí cuando llegó a nosotros,  mientras Liam le cogía la cabeza, la metía bajo su hombro y se  dedicaba a revolverle el pelo.
-¡Malo! ¡Chico malo!
-Creía que hablabas de nosotros.
-Que se joda Max-replicó Zayn, riéndose-. Ellos hacen lo mismo, y yo lo he hecho de broma. Lo sabéis.
Stan se acercó a mí, venía solo, y comenzó a chillarme algo al oído, pero, como lo hacía al izquierdo, apenas podía entender lo que me decía.
Unas manos de mujer me taparon los ojos solo para fastidiar. Estaba a punto de girarme y decirle a Alba que se fuera un poco a la mierda y, que si quería tocar a un hombre, que tocara al suyo, cuando reconocí esas manos, y la manera en que me tocaban, y la voz.
Su voz.
-Happy Birthday to you, happy birthday to you, happy birthday dear Louis, happy birthday to you-cantó una Marilyn Monroe que llevaba años muerta.
Me giré y la miré; estaba espectacular con su vestido de falda rosa de plumón y parte de arriba sin tirantes, negro, a modo de corsé. Alzó las cejas.
-¿Ya ni me conoces?
Y me tiré a por ella... literalmente. La cogí de la cintura, la pegué contra mí y reclamé su boca contra la mía mientras los demás silbaban a mi alrededor, pero me daba igual.
Estaba allí, la tenía allí, conmigo. Tenía su boca en la mía, su lengua en la mía, su cuerpo contra el mío, y estaba preciosa.
Me pasó las manos por el pelo, enredándolas en él en la nuca, nos separamos un segundo y nos miramos a los ojos. Sonrió.
-¿De verdad pensabas que te iba a dejar solo el día de tu cumpleaños?
Le acaricié la pierna; como llevaba tacones y estaba a mi misma altura, no me resultó difícil. Se estremeció.
-Confiaba en que no lo hicieras.
Posó sus labios sobre los míos un par de segundos demasiado cortos para mi gusto.
-Bueno, y, ¿cómo estás?-se pasó una mano por el pelo, apartándose un mechón rizado para enseñarme los pendientes que se había puesto; unos que le había regalado yo en uno de nuestros mesvesarios.
-Ahora, de puta madre. ¿Y tú?
-Ahora, de puta madre-se burló, sacándome la lengua. No pude evitar inclinarme para mordérsela, pero la guardó rápido y volvió a besarme.
-Deberías haber visto tu cara cuando te giraste.
Alcé las cejas.
-¿Te estás riendo de mí?
-Louis, Louis, Louis-murmuró, de sus labios mi nombre sonaba perfecto, su voz estaba hecha para pronunciar esa palabra. Paseó sus dedos por las solapas de mi chaqueta y negó con la cabeza-. ¿Cuándo no me río de ti?
Miré a los chicos.
-¿Nos disculpáis?-pregunté, cogiéndola en volandas y haciéndola chillar. Ellos asintieron mientras yo me alejaba con ella a un rincón más tranquilo, y ella no dejaba de chillar y reírse. La dejé en el suelo y me puse entre su ruta de escape y ella, pegándola contra la pared.
-¿Quieres saber lo que te voy a hacer por hacerme esperar por ti, desilusionarme, estar totalmente deprimido porque tú no estás el día de mi cumpleaños?
-¿Qué me vas a hacer?-replicó, con voz seductora. Gemí y me pegué más contra ella; fue ella la que dejó escapar un suspiro cuando me notó duro contra su sexo.
Al final, los tacones molaban. Nos ponían a la misma altura. En todo.
-Te voy a follar muy, muy fuerte-repliqué. Me miró a los ojos, se mordió el labio y tiró de mí.
-Lo estoy deseando.
-No me calientes, Eri.
-¿Por qué?-se echó a reír. Mi memoria no le hacía justicia; su risa sonaba mucho mejor en directo que cuando la recordabas.
-Porque todavía te meto en el baño y te vas a acordar de mí.
Sonrió, una sonrisa que despertó mis instintos más oscuros.
-Me gustaría.
Alcé las cejas.
-¿En serio?
-Sí, pero... es tu fiesta. Y no te quiero monopolizar.
-A ti te perdonan que me monopolices.
Volvió a reírse, tiró de mí por la camiseta y me mordió los labios como sólo ella sabía.
-Creo que te alegras de verme.
¿De verdad?
Sonreí.
-¿Tú crees?
Asintió con la cabeza y bajó una de sus manos por mi pecho hasta llegar a donde más la deseaba. Me acarició despacio, dejándome gemir en su boca.
-Cuando lleguemos a casa, ¿vale?
Asentí con la cabeza, separándome un poco de ella para poder pensar con claridad.
-Vale.
-Además-susurró, volviendo a acariciarme la nuca y recordándome a quién le pertenecía-, tengo que darte tu regalo.
Se echó a reír cuando mis ojos se iluminaron, y estuve toda la noche intentando sonsacarle qué era, mientras iba de acá para allá presentándole a la gente.
Y, cuando llegamos a casa, me dio un sobre. Me obligó a esperar a que subiera las escaleras antes de abrirlo y empezar a leerlo.
Cuando lo terminé, tuve que sentarme en un sofá para poder asimilarlo todo. ¿Cómo podía hacer eso? ¿Cómo era capaz de poner su corazón por palabras, escritas, dejarlas en un papel, y hacerme sentir como si me lo estuviera diciendo?
Subí despacio las escaleras, procurando meter el menor ruido posible, pues eran casi las cinco de la madrugada y todo el mundo en casa dormía. Suspiré cuando me di cuenta de que no podríamos hacer mucho ruido, pero no me importaba. Necesitaba poseerla una vez esa noche.
Especialmente después de aquellos tweets que había visto que le habían mandado, cuando me aburría por la tarde mientras esperaba a que Lottie me dejara el baño libre para poder ducharme.
@VirLoveTay1D :@Louis_Tomlinson, me han dicho que @ItsErii no va a estar contigo. ¿Quieres sexo de cumpleaños? ¡Yo te doy sexo de cumpleaños.
@ItsErii: @VirLoveTay1D LA MADRE QUE ME PARIÓ JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
@VirLoveTay1D: OH DIOS MÍO.
@ItsErii: @VirLoveTay1D Regla número uno: no me mencionéis en tweets chorras, porque soy una cabrona y si los veo, os contesto.
Sonriendo y negando con la cabeza, abrí la puerta de mi habitación y la miré. Se había quitado la ropa, tan solo llevaba las bragas y el sujetador, a juego, que le resaltaban sus ya imponentes curvas. Me sonrió, tímida, con los brazos en jarras. Asentí con la cabeza, cerré la puerta despacio y me acerqué a ella.
-Tenemos unos minutos antes de que mi novia llegue.
Se echó a reír y, cuando llegué a ella, me echó los brazos al cuello y me besó despacio.
-Te he echado de menos.
-No más que yo a ti.
Me quitamos la ropa despacio, disfrutando de cada momento, y procurando hacer el menor ruido posible. Me besó el pecho cuando lo tuve desnudo, y se apresuró a quitarme los pantalones y dejarme los calzoncillos. Se quedó mirando cuánto la deseaba, mordiéndose el labio. Le puse dos dedos bajo la mandíbula y la obligué a alzar la vista hasta mí.
-Eres pre-cio-sa-silabeé, consiguiendo que sonriera. La llevé hasta la cama y la tumbé debajo de mí.
-Louis...-susurró mientras la besaba por todo el cuerpo. Alcé la cabeza para mirarla. Se incorporó lo justo para poder tocarse la cintura. Seguí la dirección de su brazo, dejando besos aquí y allá, haciendo que soltara pequeñas risas.
Me detuve en su cadera, donde la pequeña L que yo siempre le dibujaba me observaba pacientemente.
-Es un tatuaje.
La miré a los ojos, esperando que me dijera que era mentira. Volví a mirar la L, aquella eterna L que ya nunca se iría de su cuerpo, y solo llegué a pensar una cosa.
Mía.
-Dios, Eri...
-Es para siempre-susurró, acariciándome el cuello-. Como tú y yo.
La empujé para que volviera a tumbarse y terminamos de desnudarnos, de repente con una urgencia desconocida. La L había despertado a la bestia que dormía en mí.
Negó con la cabeza cuando me incliné hacia la mesilla de noche.
-¿Qué?
-Sin nada-susurró, sonrojándose.
-¿Sin nada?
-Sí.
-¿Estás segura?
Asentí con la cabeza.
-Sí.
Seguimos besándonos, preparándonos poco a poco para lo que estábamos a punto de hacer, aquello en lo que éramos expertos. Me mordió el lóbulo de la oreja, yo le mordisqueé el cuello; me acarició la espalda y fue bajando lentamente hasta llegar a mi culo. Lo masajeó despacio, volviéndome loco. Le separé las piernas con las mías y entré.
Y, joder, menuda entrada.
Ahogó una exclamación y se dejó caer sobre la cama, con la cabeza en la almohada, mientras de mis labios se escapaba su nombre. Sonrió cuando comencé a moverme, despacio al principio, luego más rápido, y ella me acompañaba con sus caderas.
No podía creerme que estuviéramos por fin solos, realmente solos, realmente juntos.
Nada, absolutamente nada, le hacía justicia a su cuerpo.
Y encajábamos tan bien...
-Estás caliente-musitó, incorporándose para besarme, y gimiendo porque así yo llegaba mucho más adentro. Suspiró.
-¿No lo estoy siempre?
-No, quiero decir que... te siento caliente.
Me aparté de ella y me detuve. Me hundí en sus ojos.
-¿Notas la temperatura?
-Eso parece.
-Entonces no dirías que estoy caliente.
Se echó a reír, lo que nos arrastró a los dos un poco más arriba. Me encantaba cuando hacía eso; cuando se reía mientras yo estaba dentro de ella. Gemí su nombre.
-¿Debo decir ardiendo?
-Eso sería más adecuado-esa vez el que me reí fui yo, retomando el ritmo.
Vi cómo crecía el orgasmo en mi interior mientras ella seguía ayudándome a entrar y salir, provocándome con tan solo mirarme, suspirando, arañándome la espalda y suplicando en silencio que fuera más dentro, que quería más, más, mucho más.
Me rompí dentro de ella, y ella me siguió cuando dejé mi semilla en su interior.
Me dejé caer sobre ella, que recuperaba el aliento jadeando.
-¿Eri?
-¿Sí?
-Eres una diosa.
-Somos dioses juntos-replicó-. Feliz cumpleaños.
-Ya es 25-repliqué, besándola.
-Entonces, feliz Navidad.
-Feliz Navidad-repliqué yo, acurrucándome en su pecho, a pesar de que yo era más grande que ella. Cerré los ojos y me preparé para que el sueño me invadiera, pero terminé dándome la vuelta y dejándola encima.
Se incorporó, sentada a horcajadas sobre mí, y se me quedó mirando. Todavía estaba dentro de ella.
-Encajamos bien, ¿no crees?-sonrió, acariciándome el abdomen. Asentí con la cabeza.
-Jodidamente bien.
Se echó a reír, volviendo a despertar a la bestia que llevábamos dentro.
-Nunca mejor dicho.
Y comenzamos a movernos el uno para el otro, entregándonos como siempre hacíamos.