lunes, 23 de febrero de 2026

Nunca sola.

¡Hola, flor! Hace mucho que no te dejo ningún mensaje antes del cap, así que aquí me tienes de nuevo. Quería avisarte de que el día 5 de marzo es el cumple de Alec, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que con ¡un nuevo capítulo de Sabrae!

Te espero en muchísimo menos tiempo de a lo que te tengo acostumbrada, entonces, para celebrar tan señalada ocasión. ᵔᵕᵔ

Y ahora, sí, ¡disfruta del cap!

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A pesar de que la escena que se desarrollaba más allá de las ventanas era digna de la más aclamada de las películas invernales, ésa que hacía que todos los extranjeros romantizaran aún más si cabe mi país, o la Navidad, o mi país en Navidad, mamá no estaba para apreciar la blancura resplandeciente de la campiña inglesa. Concentrada como estaba en su iPad, que estudiaba con un ceño fruncido que prometía problemas incluso para la mayor de las multinacionales, no podía dedicarle su atención a los prados hechos de azúcar glas, los árboles de confitura ni a las montañas de nata que brillaban en el horizonte, deslizándose suavemente con docilidad a medida que papá nos llevaba en dirección oeste.

               Sabía que la situación en mi casa era crítica y que debería estar agradecida de que no lo fuera aún más, pues Scott aparentemente se había mantenido fiel a su palabra y no había dicho nada a nuestros padres de lo que yo me proponía, por mucho que eso explicara mi repentina obsesión con el baile. Y, a pesar de todo, me dolía que mamá no pudiera disfrutar de una de nuestras tradiciones familiares más arraigadas: comentar el paisaje, hablar de la vida y fortalecer los lazos familiares mientras íbamos camino de Burnham o Bradford. Si la época navideña te pone todavía más nostálgico, porque tu vida nunca será igual a las primeras navidades que has pasado y que sólo recuerdas como el epítome de la felicidad, y sin mucho más detalle, saber que mamá estaba tan preocupada por la situación de Scott como para seguir trabajando incluso cuando papá se mantenía respetuosamente dentro del límite de velocidad en la autopista me perforaba un agujero en el pecho que palpitaba cuando recordaba su reacción si se enteraba de lo que yo me proponía.

               Todos lo notábamos, por supuesto, pero ante la impotencia de una situación que se nos venía grande y que amenazaba con reconstruir nuestro estilo de vida tal y como lo conocíamos, los cuatro hermanos habíamos encontrado en el silencio una extraña tregua. Las pocas veces que habíamos intentado iniciar una conversación, de la primera fila del coche sólo nos había contestado papá.

               No quería ponerme los cascos y renunciar a la posibilidad de nuestras charlas de horas y horas en las que el debate estaba servido y el crecimiento espiritual casi, casi garantizado, pero de verdad que si seguíamos sumidos en el silencio aunque fuera un minuto más, es probable que me pusiera a gritar.

               Miré a Scott en el reflejo del espejo retrovisor; mi hermano siempre iba en la parte de atrás, de forma que pudiera estirar mejor las piernas si lo necesitaba y, de paso, también aprovechar la intimidad que le daba el que nadie pudiera ver sus conversaciones en el móvil. Tampoco es que no supiéramos que intercambiaba mensajes constantemente con Tommy o Eleanor, pero lo obvio de la situación no la hacía menos personal.

               Todavía no me había dado una respuesta a sobre si me ayudaría con su experta opinión respecto al concurso, y eso me estaba matando. Había intentado hablar con él la noche anterior, mientras preparábamos las maletas que ahora iban a la derecha de Scott, pero él se había cerrado en banda y me había dicho que tenía demasiado que asimilar y que no estaba del todo decidido.

               -¿Y cuánto vas a tardar?-le pregunté con desesperación exasperada-. Porque hace que lo sabes casi dos semanas y todavía no te has dignado a darme ni siquiera una pista de lo que vas a decidir.

               -Si la anticipación te está matando, hermanita-dijo con el retintín propio del hermano mayor que te pilla haciendo una Trastada Soberana (así, con mayúsculas y todo) y sabe que te tiene en sus manos, y que tu supervivencia depende sólo y exclusivamente de su benevolencia-, puedo decidir ser racional y responsable y decirte que no ahora mismo.

               Su contestación tan gélida había sido exactamente igual que un jarro de agua helada que no podía permitirme. Había anunciada una tormenta de nieve para los próximos días, iba a pasarme las fiestas fuera de mi casa, y de la cama de mi novio, y para colmo tenía a mi principal fuente de calor, felicidad y belleza (concretamente, metro ochenta y siete de calor, felicidad y belleza) en el culo del mundo, a miles y miles de kilómetros de mí que me pesaban igual que seis mil ciento cincuenta y pico soles (redondear la distancia que me separaba de Alec era un esfuerzo que llevaba haciendo unos días, mientras me preparaba mentalmente para fingir que no me pasaba nada ni estaba planeando algo cuando estuviera con mis padres las veinticuatro horas del día durante los siguientes días; si ya era difícil hacerme la inocente cuando apenas paraba por casa, imagínate cuando los tuviera encima todo el rato, y recordarme constantemente hasta los centímetros que me alejaban de mi novio desde luego que no iba a ayudarme), así que si Scott decidía decirme que no, al menos esperaba que lo hiciera después de que regresáramos a Londres.

               Aunque sólo fuera para darle la alegría a Amoke de poder frotarse contra Jordan mientras los dos me cuidaban tras el brote psicótico que me daría. Me consolaba pensar que al menos habría alguien que se beneficiaría de toda esta situación.

               -Eso no será necesario-había respondido, muy digna, levantando la mandíbula antes de salir de su habitación con andares de reina a la que no le ofende la absoluta falta de modales del plebeyo que ha conseguido llegar a su alcoba para hablarle de la pésima situación en el campo debido a la falta de lluvias… como si fuera culpa suya.