viernes, 23 de enero de 2026

Armadura de algodón.

 
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Cuando me senté a los pies de la cama de Alec, esperaba que Scott lo hiciera a mi lado, de forma que el espacio físico entre nosotros no fuera tanto como el emocional. Sin embargo, mi hermano se limitó a dirigirse al sofá que se encajaba en el hueco de la pared que dejaban la cómoda y el mueble de la tele de Alec. Un sofá que, a pesar de encontrarse del lado de la cama del que yo siempre dormía (el derecho), pasaba muy desapercibido en mi imaginación. Supongo porque yo pensaba en la habitación con Alec dentro, y cuando él y yo estábamos juntos la cama era el punto de conexión y comunión, donde nuestros corazones y mentes se encontraban a la altura de nuestros cuerpos.
               Scott no miró alrededor a pesar de que la habitación había cambiado bastante desde la última vez que había estado en ella, pues lo que él consideraba su sitio seguía allí. Con eso le bastaba.
               Me revolví en el asiento mientras tiraba de las mangas de la sudadera de boxeo que Alec me había dejado en herencia. Aunque no podía sentir en la espalda el WHITELAW 05 por el que tanto nos habíamos peleado Mimi y yo, quería pensar que la fuerza del apellido de la persona que más me importaba en el mundo conseguiría traspasar la tela y mi piel y llegar hasta mi corazón. Iba a necesitar toda la ayuda posible, a juzgar por cómo Scott me fulminaba con la mirada desde que había salido del baño.
               La intensidad con la que me había taladrado con los ojos de mamá, esculpidos por obra y gracia del destino en el cuerpo de papá en una mezcla perfecta de las dos personas que yo no quería que supieran bajo ningún concepto lo que yo me traía entre manos, había sido suficiente para que me temblaran las piernas y supiera que de allí no saldría viva si no le daba a mi hermano exactamente lo que quería. Y sólo había sido capaz de posponer el momento para tratar de pensar en cómo contarle mi plan de forma que no le pareciera lo más bizarro que se me había pasado por la cabeza (una cabeza con imaginación desbocada, tenía que reconocerle) pidiéndole que nos dejara a las chicas y a mí adecentarnos un poco. Desnudarme delante de mis amigas era una cosa; desnudarme delante de mi hermano, otra, y con ésta también estaba cómoda, pero desnudarme física y emocionalmente ante mi hermano era demasiado para hacerlo ahora que tenía la cabeza tan embotada. La ansiedad amenazaba con quemarme viva por dentro, y sólo la desesperación que Scott notó en mi mirada bastó para aplacar un poco su ira ante lo que no sabía a ciencia cierta, pero seguro sospechaba, y aceptar que me tomara un momento para secarme y vestirme.
               Supongo que la noche de chicas con mis amigas y Mimi tendría que esperar, por lo menos una horita o dos, hasta que Scott se diera por satisfecho con la jugada de póker a la que nos enfrentábamos. Yo me había vestido en consecuencia: a la sensación del suelo cediendo bajo mis pies siempre la aplacaba la prenda por excelencia de mi novio, la que más gritaba que yo era suya y que él era mío.
               Ojalá no fuera a la batalla y sólo estuviera a punto de atravesar un campo de minas para conseguir un puerto franco. Pasara lo que pasara, lo cierto es que, a falta de los dedos grandes, cálidos y seguros de mi salvador entre los míos, lo único que me daría un poco de consuelo en esta tempestad era su sudadera.
               Puede que fuera una buena señal que Scott hubiera esperado a que me vistiera para acceder a esa habitación en la que tantas veces había pasado la noche, riendo y bebiendo y llorando y mirando las mismas estrellas por la misma claraboya por la que lo habíamos hecho Alec y yo, cuando los dos estaban aprendiendo lo que era ser hombres mientras todavía eran niños. Puede que no estuviera todo perdido. Puede que la habitación nos trajera buenos recuerdos y nos aplacara a ambos, que éste fuera un territorio neutral en el que se negociaría la paz y no las armas permitidas.
               O eso había pensado yo, hasta que me di la vuelta, miré a mi hermano y vi que había hecho bien en vestirme como lo había hecho. Después de todo, a sus ojos yo era una joven nación peligrosa a la que no le importaba inmolarse con tal de tener la razón.
               Sí que iba a necesitar mi armadura de algodón y olor a mi él para sobrevivir a la batalla. La victoria ya estaba más que perdida.
               Scott se frotó las manos, se apoyó los codos en las rodillas separadas y se inclinó hacia delante, los ojos fijos en mí igual que los de un depredador sobre su presa. Cuántas veces Alec me había mirado así y yo me había regodeado en la misma determinación, cuántas veces me había encantado ver en unos ojos castaños lo que ahora me aterraba en color avellana.
               Se me pasó por la cabeza lo increíble que era que mi hermano y mi novio me inspiraran emociones tan distintas haciendo las mismas cosas en puntos muy cercanos de la habitación, pero incluso en la ubicación tenía que haber diferencias: Alec siempre estaba en la cama; Scott jamás se acercaría a ella. No porque fuera territorio prohibido, no porque yo fuera a impedírselo, sino porque no era algo a lo que estuviera acostumbrado.
               Todos tenemos una versión única y propia de las personas con las que nos encontramos, y ahora, por primera vez, era consciente de que incluso Alec era distinto para sus amigos que para mí. Incluso aunque el Alec de Jordan se pareciera muchísimo al mío no eran el mismo, y las pequeñas diferencias se hacían más evidentes a medida que tomabas distancia, como las luces cegadoras de las farolas frente a tu habitación que son apenas puntitos indicándote el camino a casa cuando te embarcas en un avión, y nada más que un átomo del inmenso clúster radiante que dibuja tu capital desde la Estación Espacial Internacional.
                Mis amigas encontraron en el columpio que Alec había instalado en la habitación antes de irse, el puff en el que a veces dormitaba leyendo y la silla del escritorio de Alec el asiento que necesitaban. Todas estaban frente a frente con Scott, y aunque la postura también servía para guardarme las espaldas y hacerme sentir protegida, ni por un segundo se me ocurrió que fueran a ponerse de mi parte si mi hermano estallaba contra mí porque considerara que lo que me proponía era una locura.
               Después de todo, si lo había mantenido en secreto era porque sabía que lo era. Pero es que necesitaba que lo fuera.
               Sólo los planes más locos se convierten en revoluciones, y aquello era precisamente lo que yo estaba intentando provocar: una revolución que prendiera fuego al mundo tal y como lo conocíamos, y cuyas cenizas serían el abono necesario para el resurgir de uno nuevo.
               Me revolví de nuevo en el asiento y me tiré de las mangas, escondiendo la vergüenza de desear que fuera Alec, y no Scott, a quien tuviera delante. Sabía que Alec sería más vehemente incluso que mi hermano, y que haría que Scott poniéndose como un basilisco pareciera un manso corderito en comparación con cómo se pondría él; pero también estaba segura de que Alec me defendería a capa y espada incluso cuando creyera que me estaba equivocando. Siempre, siempre, siempre se pondría de mi parte.
               Scott, no estaba tan segura.