¡Hola, flor! Como dije el último día 23, no podía dejar pasar la oportunidad de celebrar una ocasión tan señalada como el cumpleaños de Alec sin un capítulo, así que, ¡aquí lo tienes! ᵔᵕᵔ
Dado que he subido un capítulo tan cerca de otro, con los consiguientes cambios en mis horarios de estudio y lo pillada que estoy de tiempo entre trabajar y estudiar, no habrá capítulo el 23 de marzo. Te espero, entonces, el día 23 de abril, en el que, además del cumpleaños de Scott, ¡celebramos los 9 años de la novela!
Tengo muchas ganas de celebrar ese aniversario contigo, ¡te espero! ♡
Y dicho todo esto… ¡disfruta mucho del cap! ❤

No fue el caso ese año. Me centré en disfrutar de mi familia, de los paseos con mis hermanos por las calles por las que nos orientábamos pero no dominábamos como las de nuestra infancia, de disfrutar de puestos con regalos idénticos en mercadillos de navidad mucho más pequeños que los que solíamos tener en casa, y de pararnos ante los escaparates de negocios que llevaban toda la vida abiertos y, con todo, nosotros redescubríamos con el final de cada año.
Me entregué por completo a disfrutar de esas navidades como si fueran las últimas, porque en cierto modo sentía que así era. Aunque no nos asaltaban tantos como lo habían hecho en el local de carretera o como lo hacían en Londres, donde había muchos más turistas que en Bradford, o ya no digamos que en Burnham, cada tarde Scott tuvo que detenerse a hacerse por lo menos alguna foto, firmar algún autógrafo y dar las gracias por alguna muestra de apoyo
Esperaba que ése fuera mi porvenir el año siguiente, de modo que todo mi ser se centró en aprovechar el no tener que forzar la sonrisa, no rememorar el garabato que me había inventado para los autógrafos, ni forzar un agradecimiento que se peleaba con el reproche de haberme quitado un poco de tiempo con mi familia. Sentía un pellizquito de remordimiento y de añoranza cuando alguien me reconocía y me pedía que posara con ellos, aunque fiel a lo que me habían inculcado desde pequeña y pensando en practicar para cuando fuera mi turno, siempre accedía con una sonrisa, incluso cuando no fuera lo que más me apeteciera del mundo.
Por descontado, no había comparación entre las veces que reclamaron a Scott y las que me reclamaron a mí. En muy pocas ocasiones me sucedió también a mí, y todo gracias a las actuaciones que había hecho con Eleanor, primero, y con papá y el resto de la banda después. Todas mis interacciones fueron agradables, quizá por la benevolencia que la nieve siempre trae al carácter, y fue un cambio para mejor que agradecía sin preocuparme por lo efímero. Sabía que pronto todo se daría la vuelta de nuevo, y que el amor del público no se gana tan rápido como se pierde, pero yo estaba más encantada de seguir disfrutando un tiempo más del escasísimo anonimato que me quedaba.
El panorama de los próximos meses era absolutamente desolador, así que sólo podía hacer una cosa: disfrutar de esas Navidades como si fueran las últimas. Y, sorprendentemente, fui capaz de aprovechar cada minuto como si de verdad fuera el último de felicidad que me quedaba en la tierra sin preocuparme lo más mínimo por lo que me esperaba una vez que estuviera de vuelta en Londres. Creo que me convertí en un milagro navideño en mí misma, ya que nunca me había entregado a disfrutar de algo mientras ignoraba deliberadamente el presente. Mi espíritu organizador no me dejaba simplemente “dejarme llevar”, así que conseguirlo en Burnham y Bradford fue el mayor regalo que podía recibir antes de embarcarme en esa lucha agotadora que me esperaba.
¿Serían las estrellas más hermosas la noche antes de la última batalla, la que el ejército sabía que no podría vencer? Si era así, merecería la pena.
Por eso, la última noche antes de regresar a Londres fue la más agridulce de toda mi vida, con permiso de aquellas que había pasado con Alec antes de despedirme de él.
Ya habíamos pasado la Navidad y el año nuevo estaba a la vuelta de la esquina, con Nochevieja asomando ya al inicio de la semana como la Luna en una tarde en que había anunciado un eclipse. Me apretaban un poco los pantalones de pijama allí donde siempre los había tenido un poco más justos, pero no me había privado de comer dulces navideños (o los platos que con tanto amor mis abuelas habían preparado para transmitirles a sus familias el amor que tenían que contener durante el resto del año) porque sabía que mi cuerpo pronto recuperaría su forma gracias a los ejercicios espartanos a que Tam y Mimi (aunque más Tam) me someterían. Tenía la tripa llena, me dolían las mejillas de reírme, y el mundo giraba suavemente a mi alrededor producto de las bebidas que nos habían dejado tomar.
El abuelo Yaser estaba sentado en su sofá raído, ése que no había dejado que papá le cambiara por mucho que mi padre había insistido en que no necesitaba cuidarse de no apoyarse en las costuras rajadas cada vez que se sentaba, y fumaba un cigarro que se consumía poco a poco mientras observaba a toda su familia pelearse a gritos por ganar en el Pictionary. A mi primita Khadija le había traído Santa Claus un enorme caballete con el que sus madres, la tía Waliyha y la tía María, tenían la esperanza de que dejara de pintar en las paredes de casa y así no tener que castigarla más. La prima Jazz, que estaba en su segundo año de Ingeniería en la universidad, necesitaba todos los materiales de dibujo posibles, entre los que, aparentemente, se incluía un enorme bloc de hojas casi transparentes y que ahora estaba colocado en el caballete, cortesía también de un Santa Claus con la agenda y la cartera de la tía Doniya y su marido, el tío Yamza.
