jueves, 5 de marzo de 2026

Romantizar la cumbre.


¡Hola, flor! Como dije el último día 23, no podía dejar pasar la oportunidad de celebrar una ocasión tan señalada como el cumpleaños de Alec sin un capítulo, así que, ¡aquí lo tienes! ᵔᵕᵔ
Dado que he subido un capítulo tan cerca de otro, con los consiguientes cambios en mis horarios de estudio y lo pillada que estoy de tiempo entre trabajar y estudiar, no habrá capítulo el 23 de marzo. Te espero, entonces, el día 23 de abril, en el que, además del cumpleaños de Scott, ¡celebramos los 9 años de la novela!
Tengo muchas ganas de celebrar ese aniversario contigo, ¡te espero!
Y dicho todo esto… ¡disfruta mucho del cap!



 
 
A pesar de que siempre había disfrutado muchísimo en las respectivas casas de mis abuelos y siempre me moría por visitarlos, igual que a mis tíos y a mis primos, el hogar que tenía en Londres me atraía igual que la marea alta a una sirena. Siempre había una parte de mí que ardía en deseos de volver a casa; más aún la habría habido si Alec me hubiera estado esperando allí.
               No fue el caso ese año. Me centré en disfrutar de mi familia, de los paseos con mis hermanos por las calles por las que nos orientábamos pero no dominábamos como las de nuestra infancia, de disfrutar de puestos con regalos idénticos en mercadillos de navidad mucho más pequeños que los que solíamos tener en casa, y de pararnos ante los escaparates de negocios que llevaban toda la vida abiertos y, con todo, nosotros redescubríamos con el final de cada año.
               Me entregué por completo a disfrutar de esas navidades como si fueran las últimas, porque en cierto modo sentía que así era. Aunque no nos asaltaban tantos como lo habían hecho en el local de carretera o como lo hacían en Londres, donde había muchos más turistas que en Bradford, o ya no digamos que en Burnham, cada tarde Scott tuvo que detenerse a hacerse por lo menos alguna foto, firmar algún autógrafo y dar las gracias por alguna muestra de apoyo
               Esperaba que ése fuera mi porvenir el año siguiente, de modo que todo mi ser se centró en aprovechar el no tener que forzar la sonrisa, no rememorar el garabato que me había inventado para los autógrafos, ni forzar un agradecimiento que se peleaba con el reproche de haberme quitado un poco de tiempo con mi familia. Sentía un pellizquito de remordimiento y de añoranza cuando alguien me reconocía y me pedía que posara con ellos, aunque fiel a lo que me habían inculcado desde pequeña y pensando en practicar para cuando fuera mi turno, siempre accedía con una sonrisa, incluso cuando no fuera lo que más me apeteciera del mundo.
               Por descontado, no había comparación entre las veces que reclamaron a Scott y las que me reclamaron a mí. En muy pocas ocasiones me sucedió también a mí, y todo gracias a las actuaciones que había hecho con Eleanor, primero, y con papá y el resto de la banda después. Todas mis interacciones fueron agradables, quizá por la benevolencia que la nieve siempre trae al carácter, y fue un cambio para mejor que agradecía sin preocuparme por lo efímero. Sabía que pronto todo se daría la vuelta de nuevo, y que el amor del público no se gana tan rápido como se pierde, pero yo estaba más encantada de seguir disfrutando un tiempo más del escasísimo anonimato que me quedaba.
               El panorama de los próximos meses era absolutamente desolador, así que sólo podía hacer una cosa: disfrutar de esas Navidades como si fueran las últimas. Y, sorprendentemente, fui capaz de aprovechar cada minuto como si de verdad fuera el último de felicidad que me quedaba en la tierra sin preocuparme lo más mínimo por lo que me esperaba una vez que estuviera de vuelta en Londres. Creo que me convertí en un milagro navideño en mí misma, ya que nunca me había entregado a disfrutar de algo mientras ignoraba deliberadamente el presente. Mi espíritu organizador no me dejaba simplemente “dejarme llevar”, así que conseguirlo en Burnham y Bradford fue el mayor regalo que podía recibir antes de embarcarme en esa lucha agotadora que me esperaba.
               ¿Serían las estrellas más hermosas la noche antes de la última batalla, la que el ejército sabía que no podría vencer? Si era así, merecería la pena.
               Por eso, la última noche antes de regresar a Londres fue la más agridulce de toda mi vida, con permiso de aquellas que había pasado con Alec antes de despedirme de él.
               Ya habíamos pasado la Navidad y el año nuevo estaba a la vuelta de la esquina, con Nochevieja asomando ya al inicio de la semana como la Luna en una tarde en que había anunciado un eclipse. Me apretaban un poco los pantalones de pijama allí donde siempre los había tenido un poco más justos, pero no me había privado de comer dulces navideños (o los platos que con tanto amor mis abuelas habían preparado para transmitirles a sus familias el amor que tenían que contener durante el resto del año) porque sabía que mi cuerpo pronto recuperaría su forma gracias a los ejercicios espartanos a que Tam y Mimi (aunque más Tam) me someterían. Tenía la tripa llena, me dolían las mejillas de reírme, y el mundo giraba suavemente a mi alrededor producto de las bebidas que nos habían dejado tomar.
               El abuelo Yaser estaba sentado en su sofá raído, ése que no había dejado que papá le cambiara por mucho que mi padre había insistido en que no necesitaba cuidarse de no apoyarse en las costuras rajadas cada vez que se sentaba, y fumaba un cigarro que se consumía poco a poco mientras observaba a toda su familia pelearse a gritos por ganar en el Pictionary. A mi primita Khadija le había traído Santa Claus un enorme caballete con el que sus madres, la tía Waliyha y la tía María, tenían la esperanza de que dejara de pintar en las paredes de casa y así no tener que castigarla más. La prima Jazz, que estaba en su segundo año de Ingeniería en la universidad, necesitaba todos los materiales de dibujo posibles, entre los que, aparentemente, se incluía un enorme bloc de hojas casi transparentes y que ahora estaba colocado en el caballete, cortesía también de un Santa Claus con la agenda y la cartera de la tía Doniya y su marido, el tío Yamza.

lunes, 23 de febrero de 2026

Nunca sola.

¡Hola, flor! Hace mucho que no te dejo ningún mensaje antes del cap, así que aquí me tienes de nuevo. Quería avisarte de que el día 5 de marzo es el cumple de Alec, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que con ¡un nuevo capítulo de Sabrae!

Te espero en muchísimo menos tiempo de a lo que te tengo acostumbrada, entonces, para celebrar tan señalada ocasión. ᵔᵕᵔ

Y ahora, sí, ¡disfruta del cap!

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A pesar de que la escena que se desarrollaba más allá de las ventanas era digna de la más aclamada de las películas invernales, ésa que hacía que todos los extranjeros romantizaran aún más si cabe mi país, o la Navidad, o mi país en Navidad, mamá no estaba para apreciar la blancura resplandeciente de la campiña inglesa. Concentrada como estaba en su iPad, que estudiaba con un ceño fruncido que prometía problemas incluso para la mayor de las multinacionales, no podía dedicarle su atención a los prados hechos de azúcar glas, los árboles de confitura ni a las montañas de nata que brillaban en el horizonte, deslizándose suavemente con docilidad a medida que papá nos llevaba en dirección oeste.

               Sabía que la situación en mi casa era crítica y que debería estar agradecida de que no lo fuera aún más, pues Scott aparentemente se había mantenido fiel a su palabra y no había dicho nada a nuestros padres de lo que yo me proponía, por mucho que eso explicara mi repentina obsesión con el baile. Y, a pesar de todo, me dolía que mamá no pudiera disfrutar de una de nuestras tradiciones familiares más arraigadas: comentar el paisaje, hablar de la vida y fortalecer los lazos familiares mientras íbamos camino de Burnham o Bradford. Si la época navideña te pone todavía más nostálgico, porque tu vida nunca será igual a las primeras navidades que has pasado y que sólo recuerdas como el epítome de la felicidad, y sin mucho más detalle, saber que mamá estaba tan preocupada por la situación de Scott como para seguir trabajando incluso cuando papá se mantenía respetuosamente dentro del límite de velocidad en la autopista me perforaba un agujero en el pecho que palpitaba cuando recordaba su reacción si se enteraba de lo que yo me proponía.

               Todos lo notábamos, por supuesto, pero ante la impotencia de una situación que se nos venía grande y que amenazaba con reconstruir nuestro estilo de vida tal y como lo conocíamos, los cuatro hermanos habíamos encontrado en el silencio una extraña tregua. Las pocas veces que habíamos intentado iniciar una conversación, de la primera fila del coche sólo nos había contestado papá.

               No quería ponerme los cascos y renunciar a la posibilidad de nuestras charlas de horas y horas en las que el debate estaba servido y el crecimiento espiritual casi, casi garantizado, pero de verdad que si seguíamos sumidos en el silencio aunque fuera un minuto más, es probable que me pusiera a gritar.

               Miré a Scott en el reflejo del espejo retrovisor; mi hermano siempre iba en la parte de atrás, de forma que pudiera estirar mejor las piernas si lo necesitaba y, de paso, también aprovechar la intimidad que le daba el que nadie pudiera ver sus conversaciones en el móvil. Tampoco es que no supiéramos que intercambiaba mensajes constantemente con Tommy o Eleanor, pero lo obvio de la situación no la hacía menos personal.

               Todavía no me había dado una respuesta a sobre si me ayudaría con su experta opinión respecto al concurso, y eso me estaba matando. Había intentado hablar con él la noche anterior, mientras preparábamos las maletas que ahora iban a la derecha de Scott, pero él se había cerrado en banda y me había dicho que tenía demasiado que asimilar y que no estaba del todo decidido.

               -¿Y cuánto vas a tardar?-le pregunté con desesperación exasperada-. Porque hace que lo sabes casi dos semanas y todavía no te has dignado a darme ni siquiera una pista de lo que vas a decidir.

               -Si la anticipación te está matando, hermanita-dijo con el retintín propio del hermano mayor que te pilla haciendo una Trastada Soberana (así, con mayúsculas y todo) y sabe que te tiene en sus manos, y que tu supervivencia depende sólo y exclusivamente de su benevolencia-, puedo decidir ser racional y responsable y decirte que no ahora mismo.

               Su contestación tan gélida había sido exactamente igual que un jarro de agua helada que no podía permitirme. Había anunciada una tormenta de nieve para los próximos días, iba a pasarme las fiestas fuera de mi casa, y de la cama de mi novio, y para colmo tenía a mi principal fuente de calor, felicidad y belleza (concretamente, metro ochenta y siete de calor, felicidad y belleza) en el culo del mundo, a miles y miles de kilómetros de mí que me pesaban igual que seis mil ciento cincuenta y pico soles (redondear la distancia que me separaba de Alec era un esfuerzo que llevaba haciendo unos días, mientras me preparaba mentalmente para fingir que no me pasaba nada ni estaba planeando algo cuando estuviera con mis padres las veinticuatro horas del día durante los siguientes días; si ya era difícil hacerme la inocente cuando apenas paraba por casa, imagínate cuando los tuviera encima todo el rato, y recordarme constantemente hasta los centímetros que me alejaban de mi novio desde luego que no iba a ayudarme), así que si Scott decidía decirme que no, al menos esperaba que lo hiciera después de que regresáramos a Londres.

               Aunque sólo fuera para darle la alegría a Amoke de poder frotarse contra Jordan mientras los dos me cuidaban tras el brote psicótico que me daría. Me consolaba pensar que al menos habría alguien que se beneficiaría de toda esta situación.

               -Eso no será necesario-había respondido, muy digna, levantando la mandíbula antes de salir de su habitación con andares de reina a la que no le ofende la absoluta falta de modales del plebeyo que ha conseguido llegar a su alcoba para hablarle de la pésima situación en el campo debido a la falta de lluvias… como si fuera culpa suya.

viernes, 23 de enero de 2026

Armadura de algodón.

 
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Cuando me senté a los pies de la cama de Alec, esperaba que Scott lo hiciera a mi lado, de forma que el espacio físico entre nosotros no fuera tanto como el emocional. Sin embargo, mi hermano se limitó a dirigirse al sofá que se encajaba en el hueco de la pared que dejaban la cómoda y el mueble de la tele de Alec. Un sofá que, a pesar de encontrarse del lado de la cama del que yo siempre dormía (el derecho), pasaba muy desapercibido en mi imaginación. Supongo porque yo pensaba en la habitación con Alec dentro, y cuando él y yo estábamos juntos la cama era el punto de conexión y comunión, donde nuestros corazones y mentes se encontraban a la altura de nuestros cuerpos.
               Scott no miró alrededor a pesar de que la habitación había cambiado bastante desde la última vez que había estado en ella, pues lo que él consideraba su sitio seguía allí. Con eso le bastaba.
               Me revolví en el asiento mientras tiraba de las mangas de la sudadera de boxeo que Alec me había dejado en herencia. Aunque no podía sentir en la espalda el WHITELAW 05 por el que tanto nos habíamos peleado Mimi y yo, quería pensar que la fuerza del apellido de la persona que más me importaba en el mundo conseguiría traspasar la tela y mi piel y llegar hasta mi corazón. Iba a necesitar toda la ayuda posible, a juzgar por cómo Scott me fulminaba con la mirada desde que había salido del baño.
               La intensidad con la que me había taladrado con los ojos de mamá, esculpidos por obra y gracia del destino en el cuerpo de papá en una mezcla perfecta de las dos personas que yo no quería que supieran bajo ningún concepto lo que yo me traía entre manos, había sido suficiente para que me temblaran las piernas y supiera que de allí no saldría viva si no le daba a mi hermano exactamente lo que quería. Y sólo había sido capaz de posponer el momento para tratar de pensar en cómo contarle mi plan de forma que no le pareciera lo más bizarro que se me había pasado por la cabeza (una cabeza con imaginación desbocada, tenía que reconocerle) pidiéndole que nos dejara a las chicas y a mí adecentarnos un poco. Desnudarme delante de mis amigas era una cosa; desnudarme delante de mi hermano, otra, y con ésta también estaba cómoda, pero desnudarme física y emocionalmente ante mi hermano era demasiado para hacerlo ahora que tenía la cabeza tan embotada. La ansiedad amenazaba con quemarme viva por dentro, y sólo la desesperación que Scott notó en mi mirada bastó para aplacar un poco su ira ante lo que no sabía a ciencia cierta, pero seguro sospechaba, y aceptar que me tomara un momento para secarme y vestirme.
               Supongo que la noche de chicas con mis amigas y Mimi tendría que esperar, por lo menos una horita o dos, hasta que Scott se diera por satisfecho con la jugada de póker a la que nos enfrentábamos. Yo me había vestido en consecuencia: a la sensación del suelo cediendo bajo mis pies siempre la aplacaba la prenda por excelencia de mi novio, la que más gritaba que yo era suya y que él era mío.
               Ojalá no fuera a la batalla y sólo estuviera a punto de atravesar un campo de minas para conseguir un puerto franco. Pasara lo que pasara, lo cierto es que, a falta de los dedos grandes, cálidos y seguros de mi salvador entre los míos, lo único que me daría un poco de consuelo en esta tempestad era su sudadera.
               Puede que fuera una buena señal que Scott hubiera esperado a que me vistiera para acceder a esa habitación en la que tantas veces había pasado la noche, riendo y bebiendo y llorando y mirando las mismas estrellas por la misma claraboya por la que lo habíamos hecho Alec y yo, cuando los dos estaban aprendiendo lo que era ser hombres mientras todavía eran niños. Puede que no estuviera todo perdido. Puede que la habitación nos trajera buenos recuerdos y nos aplacara a ambos, que éste fuera un territorio neutral en el que se negociaría la paz y no las armas permitidas.
               O eso había pensado yo, hasta que me di la vuelta, miré a mi hermano y vi que había hecho bien en vestirme como lo había hecho. Después de todo, a sus ojos yo era una joven nación peligrosa a la que no le importaba inmolarse con tal de tener la razón.
               Sí que iba a necesitar mi armadura de algodón y olor a mi él para sobrevivir a la batalla. La victoria ya estaba más que perdida.
               Scott se frotó las manos, se apoyó los codos en las rodillas separadas y se inclinó hacia delante, los ojos fijos en mí igual que los de un depredador sobre su presa. Cuántas veces Alec me había mirado así y yo me había regodeado en la misma determinación, cuántas veces me había encantado ver en unos ojos castaños lo que ahora me aterraba en color avellana.
               Se me pasó por la cabeza lo increíble que era que mi hermano y mi novio me inspiraran emociones tan distintas haciendo las mismas cosas en puntos muy cercanos de la habitación, pero incluso en la ubicación tenía que haber diferencias: Alec siempre estaba en la cama; Scott jamás se acercaría a ella. No porque fuera territorio prohibido, no porque yo fuera a impedírselo, sino porque no era algo a lo que estuviera acostumbrado.
               Todos tenemos una versión única y propia de las personas con las que nos encontramos, y ahora, por primera vez, era consciente de que incluso Alec era distinto para sus amigos que para mí. Incluso aunque el Alec de Jordan se pareciera muchísimo al mío no eran el mismo, y las pequeñas diferencias se hacían más evidentes a medida que tomabas distancia, como las luces cegadoras de las farolas frente a tu habitación que son apenas puntitos indicándote el camino a casa cuando te embarcas en un avión, y nada más que un átomo del inmenso clúster radiante que dibuja tu capital desde la Estación Espacial Internacional.
                Mis amigas encontraron en el columpio que Alec había instalado en la habitación antes de irse, el puff en el que a veces dormitaba leyendo y la silla del escritorio de Alec el asiento que necesitaban. Todas estaban frente a frente con Scott, y aunque la postura también servía para guardarme las espaldas y hacerme sentir protegida, ni por un segundo se me ocurrió que fueran a ponerse de mi parte si mi hermano estallaba contra mí porque considerara que lo que me proponía era una locura.
               Después de todo, si lo había mantenido en secreto era porque sabía que lo era. Pero es que necesitaba que lo fuera.
               Sólo los planes más locos se convierten en revoluciones, y aquello era precisamente lo que yo estaba intentando provocar: una revolución que prendiera fuego al mundo tal y como lo conocíamos, y cuyas cenizas serían el abono necesario para el resurgir de uno nuevo.
               Me revolví de nuevo en el asiento y me tiré de las mangas, escondiendo la vergüenza de desear que fuera Alec, y no Scott, a quien tuviera delante. Sabía que Alec sería más vehemente incluso que mi hermano, y que haría que Scott poniéndose como un basilisco pareciera un manso corderito en comparación con cómo se pondría él; pero también estaba segura de que Alec me defendería a capa y espada incluso cuando creyera que me estaba equivocando. Siempre, siempre, siempre se pondría de mi parte.
               Scott, no estaba tan segura.