miércoles, 31 de diciembre de 2025

2O25, gracias, ¡hasta siempre!

 

Escribir es un músculo que no estoy entrenando mucho; o, por lo menos, que no he entrenado en exceso en el ordenador este año, sino más bien, todo lo contrario. Aunque subiré esta entrada como si estuviera publicada el 31 de diciembre para mantener una de las pocas tradiciones del blog, tengo que ser sincera y decir que, más bien, la escribo a 2 de enero. Aunque eso no quita que no sea consciente de lo trascendental que ha sido este 2025 en mi vida.

               Si hablé de 2023 como el mejor año de mi vida, tengo que decir que 2025 ha sido el culmen (o ha empezado a ser el culmen) de esa transición que inicié en 2024. Ya avisé en enero de que tendría que dedicarme un poco más a mí y un poco menos a Sabrae, y debo admitir que no sin un cierto miedo de que perder el ritmo me hiciera escribir menos hasta el punto de pensar en abandonar la novela. Por suerte, bajar el ritmo me ha hecho redescubrir los fines de semana, y también el aburrimiento, una sensación muy necesaria para poder seguir creando y mantener una actitud fresca. Porque, sí, puede que en ocasiones me tome Sabrae un poco como si fuera un trabajo, constantemente obligándome a mí misma a cumplir con un calendario que le importa a muy pocas personas (o a una sola, en realidad; si lees esto, muchísimas gracias, Paula, por seguir ahí después de tantos años; si sigo con la novela es, en parte, gracias a que sé que no le estoy gritando al vacío, pues tú siempre me escuchas), pero que me obligue a tener disciplina y que no me deje llevar siempre por lo que más me apetece en ese momento (es decir, seguir vagueando) no quiere decir que no disfrute y adore esta historia que tengo entre manos y a la que llevo tanto tiempo dedicándole mi tiempo (valga la redundancia) y mis últimos tweets del año.



               El caso es que yo en 2024 ya sabía que me esperaba mucho esfuerzo y mucha subida, y que este año no sería fácil. Lo que no me esperaba es que no lo sería tanto, ni tendría que enfrentarme a decisiones tan complicadas como las he hecho. En enero descubrí lo que es la ansiedad más incapacitante, una que incluso puede poner en peligro tu vida; y, también, entre enero y febrero me di cuenta de que, si en la oposición no tienes a gente que te apoye y que te guíe, es mejor apartarlos a un lado, porque nadie es imprescindible. Cuando te enfrentas a periodos de mucho estrés, como es mi caso, lo último que necesitas es tener presiones añadidas y fuentes constantes de angustia. Cuanto menos te preocupes, mejor; y si quien tiene que prepararte no te prepara ni te orienta, lo mejor es que le des puerta y sigas sola. Porque se puede sacar una plaza estando sola. ¡Yo lo he hecho este año!

               Tengo la sensación escribiendo esto de que no he hecho casi nada de interés y, sin embargo, el año se me ha pasado volando. Esforzándome en rememorar, me doy cuenta de que no he parado, no obstante. Desde volver a Santander (mi ciudad favorita y ese sueño que siempre tendré ahí, clavado en el corazón, de vivir en ella), esta vez para hacer exámenes e ir colándome en listas de opositores que iban superando exámenes que cada vez se hacían más cortas, a quedar la primera en una oposición y decidir no presentarme al práctico porque realmente no quería esa plaza, pasando por disfrutar mi buena suerte como no lo he hecho en mi vida.

               Recuerdo perfectamente cómo se me aceleró el corazón cuando me dijeron que el examen de TAG del 17 de mayo, al que yo tanto temía, iba a retrasarse porque se solapaba demasiado con Técnico Medio. Cómo dije que teníamos que ir a poner una vela a la Virgen de Covadonga en agradecimiento, y cómo esto se convirtió en un ritual al que no tengo pensado renunciar hasta el final de mi periodo de exámenes. Primero con amigos, después con amigas, y luego con mi madre; las excursiones a Covadonga para poner velas han sido una de las cosas que más han definido este año, con una escapada siempre antes de un examen para darle las gracias por los buenos resultados del anterior.

               Quizá el hecho de que haya nacido el día de Asturias me hace merecedora de una especial protección cósmica, porque la vela de agradecimiento siempre venía acompañada de otra cosa por la que dar las gracias, y poner otra vela… hasta el punto de quedar primera en el primer examen de Técnico medio (celebrado el día del cumpleaños de Sabrae, para más señas), y luego segunda, y luego, de nuevo segunda…

               …de tres. Ese cinco de agosto fue un día agridulce para mí en el que no me alegré del todo, por miedo a que la plaza de A2 fuera motivo suficiente para que la gente no me entendiera en mi lucha por la de A1, que ahora ocupo, pero sólo con la perspectiva que te da el tiempo me doy cuenta de lo orgullosa que me siento de haberla sacado, y de lo tranquila que me hace sentir el saber que, si pude una vez, también puedo otra.

               Y más aún cuando he rozado la perfección en el primer examen de A1, el que llevo preparando tanto tiempo que parece hasta mentira que haya sido capaz de aguantar estudiando como lo he hecho precisamente yo, que me saqué la carrera estudiando siempre una semana antes, y que, por eso, jamás había desarrollado la disciplina necesaria para opositar hasta ahora. Después de la increíble noticia de mi 29,25 sobre 30 se sucedieron cosas malas que me agravaron en esa ansiedad con la que llevo combatiendo el año entero, pero estoy esforzándome por mantener una actitud positiva que no me impida seguir luchando ahora que tanto lo necesito.

               Este año, además, he conocido lo que es renunciar a la pausa del café para ir a estudiar, conocer gente maravillosa y reconectar con otras personas de mi pasado que no habían tenido casi importancia en él, o que se diluyeron brevemente en mi vida para luego volver todo lo alto. A pesar de que con lo principal que me quedo es con lo bien que he estado estudiando, cómo he luchado aun con lo difícil que es llegando a casa cansada de trabajar, también tengo que pararme a agradecer a toda la gente que me ha acompañado hasta ahora. Gente que me ofrece cafés, que me anda emoticonos de ánimo, que aguanta mis lágrimas y mis agobios con gesto comprensivo y que, incluso, me manda cestitas de Navidad para darme las gracias por haberles ayudado. Como si no fuera lo menos que podía hacer por ellos.

               He hecho muy pocos viajes este año (sin contar las escapadas a Covadonga, evidentemente), por lo que las vacaciones no destacan en el álbum. Sí he conocido Córdoba (curiosamente, al día siguiente de que se incendiara su mezquita) y he regresado a Puerto Banús para reencontrarme con el Mediterráneo, pero salvo eso y las misiones a Santander para luchar por una plaza allí, 2025 ha sido un año extremadamente casero para mí. Quizá eso explique mi redescubrimiento de la intimidad y la necesidad de hacer fotos que luego subo a una cuenta de Instagram que tengo para mí misma, en la que sólo me sigo yo y en la que me permito valorar un poco más los momentos más traquilos.

               A pesar de que me prometí a mí misma que no empezaría ningún videojuego nuevo, porque me conozco y sé que no soy capaz de contener mis ganas de jugar, y con el de Avatar: frontiers of Pandora ya era bastante, en marzo descubrí el Fortnite y, en mayo, el Stardew Valley. Dos juegos que no podrían ser más distintos y con los que disfruto igual: el segundo, tranquilo; el primero, tan estresante que incluso me hace oírme el corazón, pero con el que disfruto muchísimo jugando con amigos.

               Amigos que me cuidan y me protegen, que me hacen regalos considerados como el del colgante de la Virgen que llevo ahora al cuello, incluso sin ser yo creyente. Amigos que no me juzgan cuando les hablo de los caprichos que tengo con figuras de Swarovski y que entienden perfectamente mi obsesión con las que les enseño porque… efectivamente, son muy bonitas y hago muy bien comprándolas, que para eso trabajo.

               Amigos que me avisan de que van a echar una partida para que me conecte con ellos. Amigos con los que ir a comer sushi y salir a reventar. Amigas que me escriben para decirme que Louis se va de concierto y que cómo quiero la entrada, porque no es que me inviten a ir con ellas, es que siempre contaron conmigo (). Amigos que dicen que claro que vamos a Madrid a ver a The Weeknd, y que están tan ilusionados con su primer concierto que me contagian su entusiasmo por un tour que yo ya viví (y que, en su momento, me encantó). Amigas con las que reconecto después de enfadarnos un año, y con las que quedo y descubro que no podemos perdernos porque somos demasiado compatibles y podemos hablar de cualquier cosa. Amigas a las que echo de menos por no hablar tanto por ellas a raíz de subir menos capítulos de la novela, pero con las que no quiero dejar de hablar porque son parte de lo que más me gusta de mi vida. Amigas con las que compartir mi delulismo con Fourth Wing, a las que acribillar con mil tiktoks con teorías conspirativas con esa saga o, simplemente, con audios de Xaden siendo un sinvergüenza, de Violet siendo la mejor de todas, o de Tairn siendo el mayor sugar daddy de la historia y llamándome escamarra. Amigas con las que pegarme con el mundo por entradas para ese tour de Beyoncé al que había renunciado a ir a cambio de sacar mi plaza (ahora que ya tengo mi plaza, puedo ir al siguiente tour, ¿no?).

               2025 ha sido una de cal y otra de arena para mí. Nunca he estado en peor forma física, ni con tantos bamboleos mentales como ahora; pero, a la vez, este año he sido inmensamente feliz. Es como si los momentos oscuros me hubieran hecho valorar más todavía los brillantes, que se multiplicaban ante mí como las estrellas en un firmamento que se va despejando poco a poco. Como si la noche oscura fuera el momento perfecto para cantar, bailar, obsesionarme con nuevas cosas (como Kpop demon hunters o por qué no veo a casi ninguna de mis mutuals en mi tl de Twitter), porque el día está dedicado a trabajar, estudiar, rayarse, sobreponerse y vuelta a empezar.

               2025, mi año de sacrificios. No te cambiaría por nada; sí que te pediría que dejaras que tu hermano menor, 2026, fuera tan generoso conmigo como lo has sido tú y me permitiera así sacar otra plaza. La que verdaderamente quiero. Si tengo que sudarlo, lo sudaré.

               Porque, como ha cantado tantas veces Beyoncé en estadios totalmente abarrotados y medio vacíos porque no estamos mi amiga Isabel y yo… lost virgins with broken wings that will regrow.

               I’m a stallion running, no candle in the wind.

               2025, muchísimas gracias. Hasta siempre .



martes, 23 de diciembre de 2025

No hay nada más amargo que la plata.

¡Hola, flor! Aquí estoy de nuevo con un mensaje antes del capítulo, pero creo que este ya es tradición. Como éste es el último capítulo de Sabrae de 2025, quería robarte un momentito para darte las gracias por todo tu apoyo. Y este año más que nunca, dado lo poco que nos hemos visto. Puede que tu número haya menguado, y que me cueste un poco más ponerme a escribir precisamente porque ahora lo hago más espaciado, pero espero que pronto todo vuelva a la normalidad una vez termine mi oposición. Agradecerte, de nuevo y como siempre, tu apoyo y tu paciencia, y más en este año en el que he descubierto lo que son los findes sin escribir (algo que llevaba sin hacer desde… ¡guau! ¡DOS MIL ONCE!) y leer mis notas obsesivamente para tratar de reencontrar el hilo del último capítulo. Ha sido un año genial, en el que he sacado mi primera plaza, y ha sido, en parte, por haber podido aparcar Sabrae y seguir con ella. Gracias a eso, he descubierto que es mi casa, y no sólo un hobby que me tomo como un trabajo; y, como buena casa, tengo garantizado el camino de vuelta a ella.
Pero no nos pongamos excesivamente romanticonas, que para eso está la entrada de fin de año. Gracias, gracias, gracias por estar ahí un año más. Espero verte en 2026; sé que Sabrae, Alec y los demás te esperan con ansia.
Que pases unas estupendas navidades y tengas una genial entrada de año. De mi familia a la tuya, ¡feliz Navidad y feliz 2026! ᵔᵕᵔ
 
¡Toca para ir a la lista de caps!

No sé qué detesté más de toda la situación: si la sonrisa de suficiencia que le torcía la boca a Valeria; el paso atrás que di, como si me hubiera abofeteado; o no haber sido capaz de ver esto venir. Nala no podía permitirse que yo fallara en esto.
               Y encima había sido tan imbécil de hablar con ella en ruso, de forma que nadie en la cantina podía saber lo que decíamos. Dios, sería gilipollas. Ahora nadie me saldría al encuentro. Estaba totalmente solo. Y siempre que me había salido con la mía contra Valeria había sido gracias a la presión que el saber que tenía el apoyo de mis compañeros ejercía en ella.
               Joder, ¿dónde estaba mi fuego de boxeador cuando se le necesitaba? Tenía la boca seca, la lengua pesada, y las rodillas de gelatina. Así era como se perdían combates tirados contra oponentes muchísimo peores que tú. Sergei no me permitía salir a combatir en este estado, sino que me cogía por el cuello y me hacía mirarlo y me obligaba a repetir con él unos mantras que ahora mismo yo era incapaz de recordar.
               Cojonudo, justo en el momento en que mejor me venía ser un amnésico mononeuronal.
               Sentí una mano en mi hombro al tiempo que la voz preocupada de Luca se abría paso entre los murmullos ininteligibles de los demás. Mi reacción había sido el detonante para que el comedor se convirtiera en una especie de torre de Babel horizontal y a pequeña escala en la que todos los compatriotas se juntaban para confirmar que Valeria y yo no habíamos hablado en inglés, la que  sabían que era mi lengua materna y la vehicular de todo el campamento.
               Debía de haberme dicho algo horrible si yo, que no me callaba ni debajo del agua y siempre tenía un as bajo la manga, de repente no sabía qué decir.
               -No… no tengo ni idea de qué me hablas-me escuché decir por fin, aunque ni siquiera sabía en qué idioma. Mi nombre de nuevo en mi oído, salido directamente de los labios de Luca, que me agarraba con la desesperación de quien pilla a un amigo al otro lado de la barandilla de un puente (y que yo conocía demasiado bien) me hizo sospechar que seguía siendo en ruso.
               El idioma de mis ancestros, el idioma en el que en los delirios de mi abuela podría reclamar un imperio sólo por la sangre que corría por mis venas… ahora volviéndose en mi contra y convirtiéndose en una cárcel cuya condena desconocía.
               Era una sensación extraña, pegajosa y desagradable a la que no quería acostumbrarme. Siempre había relacionado el ruso con el amor, con la confianza. Por eso me gustaba tanto que Sabrae estuviera aprendiéndolo: porque, como no habían abusado de mí ni de nadie a quien quería en ruso, era la llave que abría la parte de mi corazón que siempre estaba bien.
               Que Valeria hubiera sido capaz de quitarme eso sin que yo me diera cuenta de que ése era su plan me enfureció. No debería habérselo puesto tan fácil.
               Supongo que por eso estaba totalmente en shock.           
                -Alec…-dijo Luca, pero mi visión de túnel sólo permitió que mis sentidos se concentraran en la forma en que la sonrisa de Valeria se curvó un poco más, e inclinó la cabeza ligeramente a un lado como si me tuviera justo donde quería.
                Me recordó a Sabrae cuando discutíamos y se disponía a decir algo que nos iba a doler a los dos por igual. Por descontado, jamás le reconocería a Sabrae que sabía exactamente cuándo iba a decirme algo que a ninguno de los dos le gustaría escuchar, pero mi corazón sabía que iba a espachurrarlo un segundo antes de que lo hiciera con sus palabras como dardos venenosos teledirigidos, siempre certeros, siempre letales. Todo porque sus sonrisas eran idénticas.
               Cada una jodiéndome a su manera.
                -No, ¿eh? Entonces, no te importará que abra la puerta de la clínica y deje que salga a la intemperie. Según me han contado, Perséfone la metió en su mochila y pretendía traerla a la hora de la comida porque la pequeña se ha dedicado a arañar todas las paredes por donde tú te has estado apoyando, como si te estuviera buscando. O quizá es coincidencia. Quizá sólo busca una salida. Quizá sólo quiere volver con su madre. ¿Le damos la oportunidad?
               No contesté. Pensar en Nala arañando todas las paredes, temblando por las esquinas, maullando desesperada mientras intentaba averiguar por qué la había abandonado me rompía el corazón. La había traído de la sabana para cuidarla, y le había fallado dejando que nos separaran. Debería haber insistido más. Debería haber pensado una excusa en las largas horas que habíamos pasado los dos juntos en el coche, camino del voluntariado. Debería haber sido más listo.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Como un toro (mecánico) sagrado.


¡Toca para ir a la lista de caps!

Por la forma en que me miró la profesora Darishka supe que se avecinaba algo de lo que sólo podía salvarme Alec… y que también me alegría como nunca de que Alec no estuviera en casa para que no me viera fallar tan estrepitosamente.
               Ni siquiera estaba segura de que pudiera seguir queriéndome y besando el suelo que yo pisaba si hubiera visto lo que acababa de pasar, porque la verdad es que tampoco era propio de mí.
               Debo decir que tampoco me parecía injusto si me echaban hoy, porque la verdad es que la última había sido, con diferencia, la peor coreografía de todas las que había hecho. Quizá no objetivamente, ya que la del principio apestaba a principiante inepta, pero al menos en aquel momento había disfrutado de la canción. Puede que mi actitud e ingenuidad compensaran parte de mis errores, cosa que no podía decir de ahora. Sabía exactamente en qué me había equivocado, y lo peor de todo era que ni siquiera sabía por qué. Sólo sabía que estaba exhausta, al límite de mis fuerzas y de mi capacidad de autocrítica, y con unas ganas terroríficas de tirar la toalla.
               Creo que una parte de mí sentiría alivio si me echaran, por horrible que aquello sonara. Puede que estuviera tratando de abarcar demasiado; exigirme la perfección que las divas del pop habían ido cimentando a lo largo de sus carreras con sólo quince años debía de ser demasiado, ¿no? Tal vez estuviera siendo demasiado exigente conmigo misma.
               Tal vez esto fuera una señal. Quizá yo no debería estar sudando a mares con una coreografía que el resto de personas de la sala habrían perfeccionado en un par de clases, ni cometiendo tantos fallos en algo tan sencillo que ni siquiera las niñas de los cursos más bajos necesitaban repasar. Era como si hubiera ido dando saltos hacia atrás, en vez de tímidos pasitos hacia delante. Ni siquiera podía engañarme a mí misma y decir que iba como los cangrejos, de lado, porque lo que acababa de pasar había sido de una galaxia completamente distinta.
               Lo cierto es que llevaba tanto tiempo puliendo algo que creía totalmente dominado que ya no iba a poder a volver a hacerlo siquiera de la forma regular en que había empezado. Ya no tenía despreocupación, y eso iba en mi contra.
               Y lo peor de todo es que estaba dejando de disfrutar de la música de Beyoncé. Estábamos a finales de la semana siguiente al domingo en el que me había plantado en el estudio de danza como un clavo, desafiando a la profesora a que por fin me tomara en serio, y sólo ahora que me temblaban las rodillas y vi la expresión de Darishka me admití a mí misma que no era accidental que no me hubiera puesto ninguno de sus discos desde ese domingo en el que nadie me colgó la medallita que yo había ido a buscar por tan solo aparecer.
               Darishka puso los brazos en jarras, bajó un segundo la mirada mientras tragaba saliva en un claro gesto de decepción, y luego relamió la cabeza y se relamió los labios.
               Exactamente igual que hacía Alec cuando me la metía y me notaba apretada, disfrutando de la sensación y, a la vez, reuniendo dentro de él todo el coraje para preguntarme si me estaba haciendo daño y si quería que paráramos. Para él no era agradable, pero quizá Darishka lo disfrutara.
               Llevaba cuatro días sin escuchar ni una sola canción de Beyoncé, evitándola en el aleatorio cuando me salía en el reproductor como quien escucha las primeras palabras de una maldición muy conocida. Sólo escuchaba a mi artista preferida de todos los tiempos en aquella sala de baile que cada vez se me parecía más a una cámara de tortura, y quizá mi cuerpo hubiera empezado a relacionar su voz con el dolor en las articulaciones y la respiración acelerada de cuando sabes que te falta el aliento y aun así debes seguir subiendo, con uñas rotas y todo. Me ardía todo. Sólo quería abandonar. Ésta no era la actitud propia de alguien como yo, ni tampoco de alguien con la pareja como la mía… y me estaban cambiando los gustos musicales de una forma en que nunca lo habían hecho.
               ¿Me estaba perdiendo a mí misma por complacer a alguien a quien no le disgustaba joderme?
               Creía que el mayor cambio que habría en mi vida sería siempre enamorarme de Alec, pero puede que me equivocara. Quizá fuera a romperme el corazón alguien que no tenía nada que ver con él.
               Darishka sorbió por la nariz y clavó en mi unos ojos tan indiferentes que resultaban despiadados. Ni siquiera era algo personal para ella, y eso que tenía mi mundo en sus manos.
               -¿Sabes, Sabrae? Llevo varios días preguntándome cuándo vas a dejar de creerte más que mis alumnos, pero después de esto que acabas de hacer no estoy dispuesta a permitir que les hagas perder más el tiempo.
               No se me escapó que se refirió a “sus alumnos” y no a “mis compañeros”. Seguramente porque la distancia entre nosotros era tan estratosférica que no se nos podía considerar ni en la misma dimensión.
               -Yo no me creo más que nadie en esta habitación-repliqué con un hilo de voz que detesté. Jolín, ¿por qué suenas así, Sabrae? Ojalá Alec estuviera aquí. Yo no sonaba tan desvalida con él cerca.
               -Entonces, ¿por qué te empeñas en seguir ocupando mi tiempo cuando podría estar invirtiéndolo en gente que lo merece más?-preguntó, y se hizo con el control del silencio de forma tal que me vi obligada a contestar.
               -Dijiste que siguiera viniendo mientras pensara que lo merecía. Y de verdad que he pensado que me lo merecía hasta hoy-contesté, de nuevo el corderito desvalido en el que juré que jamás me convertiría.
                -Por eso te crees más que los demás: porque llevas sin merecerte estar aquí desde que acepté acogerte en mi clase-escupió sin más. Ni ceremonia, ni ira, ni nada: simplemente estaba describiendo los hechos tal y como eran-. Te he dado la oportunidad de retirarte con dignidad por tu nombre y por quién vienes recomendada-vi en el reflejo del espejo que Mimi cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro y me lanzaba una mirada suplicante-, pero no puedo seguir tolerando esto, Sabrae. Tengo mucho trabajo y mucha gente que se toma en serio el baile como para seguir perdiendo mi tiempo con alguien que se ha encaprichado de un arte que lleva siendo mi vida desde que aprendí a andar, y no permitiré que lo sigas mancillando ni poniendo en peligro las carreras de aspirantes muy prometedores. Madame Belovna fue más benevolente que yo; al menos ella no te dio la oportunidad de humillarte como lo has hecho hasta ahora.
               -Quizá subestimé la coreografía…-empecé, muerta de vergüenza. Odiaba cuando les daban un repaso a mis compañeros en el instituto, salvo a los más pasotas, pero los profesores nunca habían sido tan duros con ellos como Darishka lo estaba siendo conmigo. Y, aun así, no podía evitar darle la razón. Me sentía sola y desamparada, pero jamás le pediría a quien podía defenderme que lo hiciera. Trataría de soportar los golpes lo mejor posible.
               Mimi ya se había perdido un año de la Royal por el accidente de Alec; yo no sería la causa de que pospusiera su ingreso un segundo, más aún cuando la carrera de una bailarina de ballet era muchísimo más efímera que la de cualquier otro artista.

martes, 23 de septiembre de 2025

Los puntos débiles del otro.

¡Hola, flor! Antes de que empieces el capítulo, tengo que darte una mala noticia, aunque viene siendo costumbre este año que, ya sabes, está siendo muy intenso y exigente para mí.
El caso es que tengo el examen que llevo tanto preparando (y por el que dejé de publicar semanalmente) el día 25 de octubre, o sea, dos días después del capítulo de octubre de Sabrae. Como tengo que estudiar mucho y apretar (más aún después de haber sacado la plaza inferior, jijijijiji, que no te había dicho nada de eso), no quiero estar pendiente de sacar tiempo para escribir el siguiente cap, por lo que en octubre no habrá capítulo de Sabrae. No puedo prometer que intentaré escribir algo para el día 26 como sucedió en julio por ser el día siguiente a mi examen, y el finde posterior ya es noviembre, así que... no habrá cap en el mes del cumple de Tommy y del fin de CTS.
Como siempre, te agradezco tu paciencia, apoyo, y comprensión. Te prometo que, cuando todo esto termine, volveremos al ritmo normal de antes, y la historia recuperará el ritmo de siempre.
Dicho esto, ¡disfruta del cap! ᵔᵕᵔ  

¡Toca para ir a la lista de caps!

 
Supongo que tenía sentido que me sintiera tan relajada en el agua, al ser el elemento del signo de mi persona preferida en el mundo. El hecho de no saber a qué hora y dónde, exactamente, había nacido me limitaba muchísimo a la hora de hacer mi carta astral, pero el corazón me decía que mi vínculo con Piscis iba más allá de lo mi vínculo con Alec.
               De lo contrario, sería imposible que me sintiera tan bien, tan en paz, tan ligera como ahora, con la bañera prácticamente a rebosar, semiescondida en una nube de espuma cortesía de mi gel del ritual de Ayurveda, y con los músculos sin palpitar y arder como ya llevaba siendo costumbre en mí. Mi rutina se había vuelto una nube de agobios en la que el fuego me consumía por dentro (física y emocionalmente), así que este baño en el que me había sumido era un alivio que pretendía alargar al máximo.
               Todo lo que me permitiera mi apretadísima agenda, claro… pero no iba a pensar ahora en todo lo que tenía que hacer y el motivo por el que necesitaba tanto descanso.
               En su lugar, me centraría en la sensación de ligereza de mi cuerpo, de mis músculos colaborando conmigo en lugar de luchando contra mí, de lo a gustísimo que estaba en el agua… y en releer y releer la carta que me había llegado esa mañana, y que había supuesto el cambio en el viento que había permitido que mis infiernos remitieran. Mi lluvia personal había llegado, por fin, deteniendo la rabia de la erupción y recordándome que había alguien al otro lado del mundo que me encendía cuando me apagaba y me sofocaba cuando me incendiaba.
               Chapoteé un poco en el agua al erguirme un poco sobre la línea de la superficie, apoyé la mejilla sobre la mano que tenía en el borde de la bañera, y me noté sonreír sobre el dorso de la mano cuando volví a la primera línea de la carta.
 Mi precioso amor,
De hecho, haber esperado unos días más por esta carta SÍ me ha hecho perder la cabeza; me ha desquiciado hasta tal punto que estaba a un pelo de plantarme en la Embajada de Inglaterra en Etiopía y poner a parir el servicio de Correos. Quizá, ya que estaba en la capital (porque me imagino que la Embajada estará en la capital), me habría acercado al aeropuerto, habría sucumbido a la necesidad de verte y habría terminado metiéndome en el primer vuelo y cabreando muchísimo a Valeria. De la que, por cierto, ya no me preocuparía más en cuanto viera tu preciosa carita. Así que, en realidad, Saab, bastaba con que tardaras un día más en escribirme para que yo perdiera la paciencia y regresara corriendo a tu lado. Seguro que ahora estás dándote de cabezazos contra la pared por lo mal que te ha salido el plan (qué poco te gusta para lo a menudo que te sucede, jeje).
               No, pero ahora en serio. Me preocuparía más que te sintieras obligada a escribirme rápido para que yo pudiera saber de ti que el que lo hicieras porque realmente te apetece, así que no te agobies si te cuesta sacar tiempo, ¿vale? Suena a que tienes la agenda PETADA y no quiero añadir otra carga más sobre tus hombros… aunque seguramente estés poniendo los ojos en blanco porque, ¿a quién quiero engañar? La verdad es que te encaaaaaaaanta haber podido dejar de fingir, al fin, que te soy indiferente cuando llevas obsesionada conmigo aproximadamente desde que tenías tres minutos de edad (la diferencia entre tú y yo es que yo llevo obsesionado contigo desde tres minutos antes de nacer, lo que tiene un mérito de la hostia porque recuerda que soy Tres Años Mayor Que Tú 😋😎). Menos mal que al fin lo reconoces y podemos avanzar en esto que la gente llama “conocerse íntimamente el uno al otro”, no sé si me entiendes, porque la verdad es que tienes una sonrisa preciosa en la que me quedaría a vivir sin pensármelo dos veces.
               Respecto a lo de las sesiones, aunque me preocupa el tema de que puedan agobiarte porque sé lo en serio que te lo tomas todo, me alegro de que lo estés arreglando con tus padres. No porque ellos lo merezcan, sino porque sé que son importantes para ti; e incluso cuando me decías que podías ser feliz sin ellos si me tenías a mí, yo sabía que aunque lo dijeras de corazón, siempre tendrías la espinita clavada de haberlos perdido. Pero, Saab, en serio… quiero ser tu espacio seguro. De verdad. Incluso aunque esté lejos y no puedas controlar cómo vaya a reaccionar yo a lo que me cuentes, quiero que te sientas con la libertad de poder ser sincera conmigo y no escatimar en detalles de lo que te pase en casa, o de lo que te digan tus padres en terapia, para no herir mis sentimientos. Te agradezco mucho la consideración que me tienes, pero piensa que si yo me he ido es culpa mía, así que tengo que apechugar y joderme si te echo demasiado de menos. Tal y como yo lo veo, no tengo derecho a sentirme triste y añoraros por haberme ido, porque lo he hecho por voluntad propia. Así que olvídate de tratarme con delicadeza y dime todo lo que necesites decirme, incluidas las gilipolleces que tus padres piensen de mí o de nosotros. Que, en condiciones normales, me la sudarían muchísimo y no les dedicaría ni dos segundos de mi tiempo, pero me revienta pensar que sientas que debes protegerme por encima de buscar consuelo en mí. Porque estoy aquí para ti, nena, de verdad. Quizá no físicamente, pero sabes que no voy a dejar que nada ni nadie se interponga entre nosotros. Ni siquiera tú, y ni siquiera yo, ni mi puta ansiedad ni nada.
               Sentí un tironcito en el estómago al imaginármelo escribiendo con determinación ese párrafo, tratando de equilibrar sus ganas de tratarme con dulzura con lo mucho que le enfadaba la posibilidad de perder lo que él consideraba el privilegio de tenerme sin filtro, con mi sinceridad más salvaje. Aunque esto no era sino otra de las muchas formas en que se manifestaba su afán por cuidar de todo el mundo incluso en detrimento de sí mismo, la verdad es que también le honraba lo decidido que estaba a interponerse entre lo que fuera que quisiera hacerme daño y yo.
               Y ni siquiera podía culparlo, porque yo compartía esa sensación.
               Sabía que me lo decía porque sabía lo recíproco que era lo nuestro, cómo yo me prendería fuego a mí misma con tal de darle un poquito de calor sin dudarlo ni un segundo. Todo porque él también lo haría por mí.

martes, 9 de septiembre de 2025

Veintinueve victorias.

 

Escribo esta entrada no cuando debería, en el día que en teoría es mío y mi preferido en el mundo pero que, desde hace nueve años, alguien me empaña y me roba y amenaza con estropearme, o por lo menos, intentarlo. Escribir ha pasado este año de ser un hobby con tintes de trabajo en un lujo que apenas puedo permitirme, pero mis 28 han servido para darme cuenta de que la rutina no es la rueda a la que yo misma me he atado para no incumplir promesas que les he hecho a personas que ya no están, sino otra señal más de que tengo la disciplina de la que siempre dije que carecía.

               Lejos del sueño loco que llamé mis 27, mis 28 han sido ese paseo tranquilo que los protagonistas de las películas se toman al día siguiente de una fiesta, una especie de domingo en medio de una semana laboral en la que no tengo más remedio que rendir. Y vaya si he rendido.

               Desde fiestas de cumpleaños que celebro muy lejos de la estación de tren en la que me bajo, risas que hacen que me atragante entre bocados de hamburguesa, súplicas de que por favor, por favor, por favor, no me canten el cumpleaños feliz porque a pesar de mi personalidad me da vergüenza; a abrazar el impulso de volver a ver a Zayn y empezar a superar un poco los viajes de avión, pasando por ver anochecer a las 3 de la tarde (pero no mis 3 de la tarde), a, luego, encerrarme en casa y estudiar y llegar a un límite que no sabía que tenía.

               Hubo un par de noches en el enero de mis 28 que pensé que no sería capaz de llegar a mayo, o por lo menos no de hacerlo cuerda. Hubo días en los que pensé que no sería capaz de seguir adelante con Sabrae  porque la trama se me iría olvidando, o me daría pereza, o no querría ponerme con ella después de sesiones de estudio intensas. Hubo días, incluso, en los que pensé que quizá había sido demasiado profética diciendo que yo no podría opositar porque no tengo la disciplina y la constancia que se les exige a los opositores para conseguir su plaza.

               Por suerte, mis 28 han sido una lección de aprendizaje. Llegué y pasé mayo, y lo hice más o menos cuerda (todo lo cuerda que puedo estar); no paran de ocurrírseme ideas de Sabrae que van a hacer que siga con la novela alcanzados los cuarenta.

               Hubo días en los que me puse primera en una oposición. Hubo días, incluso, en los que no quise una plaza, y me permití tomar mi difícil decisión de rechazarla aun cuando todo el mundo me decía que tenía que tirarme a por ella.

               Hubo días en los que me dejé llevar por la tentación de Beyoncé, que el día de navidad me enseñó que no es que no me guste Cowboy Carter, sino que no tenía aún la visión. Y doy gracias por las colas demasiado largas en Ticketmaster y las entradas que ya no están disponibles, porque gracias a ellas aprendí que puedo mantener mis promesas, sacrificarme…

               … y aprendí que puedo sacar plazas en el sitio en el que yo quiero jubilarme. Aprendí que no me movería de Avilés si yo no quería, y que no soy sólo alegría y bromas en la oficina, sino que también pueden confiar en mí para solucionar mis problemas. A mis 28 aprendí que no sólo soy inteligente, sino que también puedo ejercer y poner a prueba mi cerebro. A mis 28 aprendí que puedo ser atea y ponerle velas a la virgen de Covadonga para dar las gracias por la suerte que me acompaña, porque una cosa no está reñida con la otra y puedo no creer en Dios y serle fiel a la patrona de Asturias.

               A mis 28 aprendí que puedo hacer todo lo que quiera, y que puedo sacrificarme y cambiar mis días de vacaciones a cambio de plazas. Aprendí que mis amigos me esperan, que me gusta hablar todos los días con una persona, pero no hace falta que sea a todas horas; que de vez en cuando algún día 23 también puede ser para descansar. Aprendí que alguien que haya estado en One Direction también puede morir, y hacer que resucite una amistad que parecía muerta e incinerada, sin posibilidad de resurrección. A pesar de los momentos agridulces, de empujar una piedra cuesta arriba y de las decisiones tan difíciles que he tomado este año (¿voy a este concierto?, ¿puedo permitirme quedar?, ¿se enfadará si le digo que no?, ¿debería escoger esta batalla? ¿Camino sola a partir de aquí), mis 28 me han enseñado que yo no soy de las que se quedan por el camino. Si quiero, puedo. Si lo veo, lo consigo.

               Y puedo verme obteniendo lo que quiero. A veces sólo se trata de eso: de verme y verme y verme, y que no haya opción a dejar de verme. Creo que he empezado una racha que mantendré en los 29; porque, sí, tengo suerte. Nací con ella y no dejaré de tenerla.

               Pero también lo que empecé en la edad que termina con el mismo número en que nací, y que tanto gusta en China, seguirá fluyendo en mis 29, y en mis 30, y en los demás. Porque quizá sea atea, pero puedo tener fe; después de todo, yo no tengo pesadillas en las que sólo envejezco y no aprendo, sino que soy más sabia, y las medianoches no son mis tardes.



 

sábado, 23 de agosto de 2025

Blandiblú.

¡Toca para ir a la lista de caps!

Sabía que el esfuerzo sería necesario, pero no tan grande; y sabía que el progreso sería lento, pero no tanto.
               En los días que llevaba viniendo a la academia de baile con Mimi había descubierto que la danza era tan hermosa como exigente; no había visto a Alec entrenando cuando combatía, pero sospechaba que los entrenamientos de élite no se diferenciaban demasiado de lo que pasaba en aquella sala. Aunque una parte de mí lamentaba no haber podido presenciar esos entrenamientos que lo habrían colmado de testosterona que me habría encantado ayudarle a quemar, otra se alegraba de no haber tenido que vivir las rebeliones de su cuerpo como las de las bailarinas con las que compartía sala. Había visto tantas uñas rotas, pies deformados y nudillos pelados que me parecía un milagro que Mimi hubiera conseguido rescatar algo para ponerse sandalias cada verano.
               Y resultaba increíblemente frustrante ser consciente de cada uno de mis músculos por lo mucho que me dolían, porque estaba empezando a aprender qué era lo que hacía mal.
               Después de que Mím se sincerara conmigo sobre lo que quería hacer con Trey, no me había quedado más remedio que contarle una parte de mi plan: quería entrar en el mismo concurso en el que habían entrado mi hermano y sus amigos, y su mejor amiga, y necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir. Me había callado mis intenciones más oscuras, porque sabía que Mimi intentaría disuadirme igual que Alec, si lo supiera. Hubo un momento en el que temí que no me ayudaría, porque, por la forma en que me miró, supe que Mimi había visto esta película antes y no le había  gustado el final, como diría Taylor Swift.
               Pero creo que le había hecho una promesa a Alec de que me cuidaría, igual que Jordan se la había hecho e igual que yo le había prometido que cuidaría de su hermana mientras él no estaba, y supongo que había pensado que si yo estaba con su hermano era porque era tan o más tozuda que él, así que lo mejor sería ayudarme en lugar de dejarme sola en la que sería una misión en la que pretendía centrar todas mis energías.
               Lo que no sabía era que me iba a costar tanto llegar a un mínimo que creía que había pasado hacía años.
               Al final, resultó que los años y años imitando las coreografías de las actuaciones de Beyoncé que yo me sabía de memoria, y que creía que podía replicar incluso en el movimiento del pelo, no habían servido para mucho más que para generarme unos vicios que tendría que esforzarme en quitarme antes de poder mejorar. Mimi había sido magnánima con su expresión en el espejo, y me había puesto una mano en el hombro y me había consolado poniéndome una mano en el hombro cuando la profesora más dura, la que la estaba preparando para su audición para la Royal, dijo que había visto suficiente y que no tenía intención de perder más de los diez segundos de su preciadísimo tiempo que ya me había permitido robarle acogiéndome bajo su ala. Luego, por suerte, espetó algo en ruso que yo no entendí a la perfección, pero a juzgar por las expresiones de los demás estudiantes (ante los que yo me había empeñado en bailar en un gesto de arrogancia que supongo que también tendría que quitarme), y gracias a las pocas palabras que Alec había conseguido enseñarme en su lengua materna, debía de ser algo así como “caso perdido”.
               Intenté que no me afectara la bofetada y me dije que aquella sería la primera de muchas negativas que no me definirían; me dije a mí misma que había nacido siendo una niña perdida a la que sus padres habían tardado una semana en encontrar, pero que finalmente había hallado su camino.
               Pero la verdad es que no me había dado cuenta de lo privilegiada que era por lo cariñoso de la educación y las correcciones de mis padres hasta que recibí mi primera crítica destructiva.
               -No te preocupes. La profesora Belovna es la más exigente de todas. Sus clases son las más escasas, y…
               -Estoy bien-le había mentido, porque aunque sí que tenía la esperanza de que hubiera algo especial en mí que me hiciera merecedora de ese favor que estaba pidiendo, lo cierto es que lo más descorazonador de todo era pensar que quizá la profesora más despiadada era la única dispuesta a hacerme un favor, pero no el que yo quería: ¿y si me cerraba las puertas de su academia porque yo no sólo no me merecía su tiempo, sino el de ninguna de las pupilas que también se habían convertido en mentoras?
               ¿Dónde iba a encontrar yo una academia que supiera que podía adaptarse a lo que yo necesitaba?
               Me había inundado un inmenso alivio cuando una de las profesoras más jóvenes se había acercado y me había sugerido que probara con otra coreografía. Una más “sencilla”. El problema era que la de Crazy in love era la que mejor preparada me llevaba para mi audición, y tampoco me parecía nada del otro mundo para provocar esa reacción.
               -Me imagino que no tienes nociones de ballet…-había dicho en tono comprensivo la profesora Kadinya. Vi por el rabillo del ojo que otras dos profesoras se retiraban discretamente, aprovechando mi distracción. Negué despacio con la cabeza y ella se mordió el labio y miró a Mimi un par de segundos. Su alumna aventajada, la joya de la corona, poniéndose en evidencia por no poder decirle que no a la caprichosa de su cuñada. Me quería morir de la vergüenza-. Quizá… Beyoncé tiene una carrera muy larga. Ya no baila tanto como antes. ¿No te sabes alguna coreografía de cuando era un poco más mayor y le costara un poco más bailar?
               Se me vino una a la cabeza, pero deslucía increíblemente si la hacía yo sola, y así se lo planteé. Sin embargo, su rostro se iluminó.
               -¡Eso es fantástico! Podemos hacer un ejercicio con nuestros aspirantes. Chicos-llamó, dando una palmada mientras se volvía hacia los demás, que estaban repartidos por el fondo de la estancia-. Otro baile en espejo. Enséñanos un vídeo con el que hayas aprendido-pidió. Se acercó a una pared, en la que tenían una amplia televisión con ruedas para poder desplazarla, y la colocó en el centro de la estancia mientras todos sus estudiantes, sin excepción, se sentaban en el suelo para permitir que sus compañeros vieran. Cogí mi móvil, entré en mi conversación con Amoke, y torcí la boca.
               -¿Cómo de largo tiene que ser el vídeo?
               -Todo lo que te sepas. Piensa que es tu última oportunidad de convencerme. Úsala bien.
               -No lo cojas muy largo, Saab-me pidió Trey, poniéndome ojitos y guiñándome el ojo, y Mimi soltó una risita. Se inclinó hacia atrás en el suelo, las palmas extendidas a su espalda, y chasqueó la lengua.
               -Cuanto más largo, mejor para practicar para la prueba de acceso.

sábado, 26 de julio de 2025

Volver a ser nosotros.

¡Toca para ir a la lista de caps!

Amor mío,
Espero que haber esperado por esta carta un par de días más de los que estábamos acostumbrados no te haga perder la cabeza, pues de lo contrario, cuando vuelvas seremos dos locos enamorados, en vez de una loca enamorada de ti.
               Supongo que hay una parte de mí que es malvada, como tú siempre dices que yo soy cuando intento dejarte con las ganas (como si me fuera posible resistirme a ti), porque también creo que cuando te envío una carta y espero tu respuesta, tengo un poco de esa dulce espera en la que estoy segura que nos sumiremos un día. Y, tras lo que ha pasado esta última semana en la que he tenido la inmensa suerte de tenerte más tiempo del que me atrevería siquiera a soñar, la verdad es que tampoco quiero renunciar aún al último ápice de tu presencia que tengo aquí, conmigo, en mi habitación, y que es la carta que me mandaste en la que me decías que me esperarías en París. Sólo a ti se te ocurren reencuentros así de románticos, Whitelaw. ¿Cómo no voy a estar patéticamente obsesionada contigo como lo estoy?
               Creerías que no tengo mucho que contarte después de cómo nos hemos puesto al día, pero, ¡ajá! La verdad es que no te haces ni idea de lo que ha pasado desde que nos despedimos en el aeropuerto (que, por cierto, si todas nuestras despedidas van a tener una visita exprés a algún baño público, yo no me quejo; igual deberíamos atrasar un poco eso de irnos a vivir juntos, no sé si me entiendes 😉); suerte que abriste la veda enviándome la primera carta y ahora no tengo que dedicarme a gritarle al vacío con la esperanza de que tú me oyeras por arte de magia y la fuerza de nuestro amor.
               Tras sincerarme contigo y darme cuenta de que no puedo renunciar a mis padres sin luchar por ellos, y admitirme a mí misma que los echo de menos y que me gustaría que las cosas fueran como antes, les he pedido ir a terapia. Y debo decir que está yendo genial. No voy a mentirte y decirte que las sesiones son un camino de rosas, ya que tú mejor que nadie sabe lo doloroso que puede llegar a ser una sesión en la que de verdad hagas progresos. Por eso, precisamente, creo que entenderás lo ilusionada que me siento al ver que las cosas tienen arreglo. Sí, supondrán tiempo y esfuerzo, pero tanto mis padres como yo parecemos en sintonía y queremos lo mismo, que es que todo vuelva a ser como antes. Gracias a Fiorella (la mejor psicóloga del mundo, si me preguntas; fastídiate de que sea la mía y no la tuya 😋) hemos sido capaces de dejar de discutir y empezar a debatir. Mamá y papá están volviendo a escucharme, Al. Eso es maravilloso.
               Creo, de corazón, que podremos hacer borrón y cuenta nueva sobre lo de los últimos meses. Por supuesto, sé quién ha estado ahí para mí siempre, así que sé que encontrarás un placer perverso en que me cueste más perdonarles por cómo te han convertido en el malo de la película que por todo lo demás. Quién nos iba a decir que estaríamos así hace un año, ¿eh? Míranos. Ay, pobrecita de mí. Vaya la forma en que me has engañado. Enhorabuena, tío. Estoy oficialmente Coladita Hasta Las Trancas™. Como esto fuera una apuesta con tus amigotes, te juro por Dios que te voy a matar. Y no será una muerte lenta.
               Claro que, con lo que te gusta enfadarme, seguro que te ríes mientras yo te torturo, porque así de chalado estás. De verdad, cada vez que pienso en cómo me tienes comiendo de tu mano, me enfado un montón conmigo misma por lo poco que me importa lo que piensen los demás de que estemos en esta situación. Menos mal que por lo menos follas bien.
               Hablando de follar… dime que no te importa que me convierta en un rollito de canela con tus sábanas y me encoja hasta hacerme una bolita en tu cama, porque cada vez que pienso en la cuenta atrás que hemos puesto en marcha de nuevo cuando te subiste al avión, me entran ganas de llorar. (No te digo esto para que te sientas mal o para que te subas al primer avión de vuelta que haya –a no ser que funcionase, entonces SÍ que te lo digo en serio-; sino para que te carcoma la culpa y no puedas dormir en cinco días.) Sé que llegará un día en el que releeremos estas cartas acurrucados uno al lado del otro y nos reiremos de mi dramatismo, pero es que… después de estos días juntos, creo que la separación va a ser todavía más dura. Y más aún sabiendo lo mucho que tardaré en volver a verte, sol, así que cualquier pedacito de ti que pueda recuperar será como un tesoro.
               Aun así, sé que hemos hecho lo correcto y que aprovecharemos al máximo estos meses en los que tendremos oportunidades de crecer y reconciliarnos con la soledad antes de volver a ser nosotros. O al menos eso es lo que me dice mi cabeza: que la distancia nos vendrá bien y que hay cosas que tenemos que sanar a solas (o más bien, yo, la relación con mis padres; ya sabes lo protectora que me pongo cuando se trata de ti), que tú vas a disfrutar muchísimo en Etiopía y que no tengo ningún derecho a arrebatarte algo por lo que llevas esperando tanto tiempo. Eso le supone un consuelo a mi corazón.
               (No, pero… ahora en serio. Necesito una autorización firmada por ti, o algo así, de que me dejas acaparar tu cama; creo que con decirte que Mimi tiene tus genes ya entenderás que es terca como una mula y va a intentar avasallarme. Así que… mándame algo, porfis. Con pinta de contrato, si tienes a bien )
               En cuanto a cómo va todo con los demás… de momento, no hay novedades. Jordan sigue matándose en el gimnasio, Bey matándose a estudiar, Tam matándose a ensayar, y Karlie, matándose a ser fabulosa. Scott y Tommy son unos matados, sin más. Eleanor me ha comentado que le han reservado el estudio para ir escogiendo demos para su primer disco en los huecos que tengan en la gira, y quiere que Mimi y yo la acompañemos en las sesiones para ayudarla a decidir, así que tendré otra cosa con la que entretenerme. Quizá me lleve también a Shasha, que se hace la enfurruñada por lo poco que has pasado por casa (como si el ambiente no fuera todavía raro; en fin, tampoco es que pueda culparla por su obsesión contigo, dado que, para mi desgracia, soy la Presidenta de tu Club de Fans).
               Annie y Dylan te mandarían besos si les preguntara que dijeran algo a esta carta, y tu abuela… bueno, a pesar de ir de chica dura, la verdad es que la noto un poco más apagada sabiendo lo que tardará en verte. Está achuchando a Trufas de una forma que resulta hasta peligrosa (¿te he hecho sentir mal ya, y vas a reservar el avión por fin?).
               Voy a ir despidiéndome, mi amor. Por mí te escribiría mil cartas, pero me imagino que estarás cansado de ir de acá para allá salvando decenas de animalitos y construyendo tantas casas que termines haciendo un mini resort en una reserva natural. Tranquilo; no dejaré que mi madre, la mejor abogada medioambiental del país y una de las siete mejores de Europa, te lleve a juicio y te deje en la ruina. De hecho, la fase 2 de mi plan de reconciliación y de que todo vuelva a la normalidad pasa por volver a poner en marcha el tema de tu demanda a Amazon que para nada me ha recordado Chrissy esta mañana.
               ¡Por cierto! Hablando de recuerdos. Pregunta si es posible que te mandemos mercancía delicada al campamento. Ya que no vamos a pasar nuestra primera Nochevieja en pareja oficial juntos, me gustaría, al menos, enviarte champán y algunos pastelitos hechos por Pauline, a la que le encantaría colaborar en hacerte el campamento más dulce. También me gustaría que organizáramos algo para hacer a la misma hora, como escuchar x canción mirando fuegos artificiales, o algo así. Sé que falta todavía mucho, pero ya sabes que la organización es MI PASIÓN.
               Sin otro particular, me despido cor… COÑA. ¿TE IMAGINAS QUE ME DESPIDO “CORDIALMENTE” DESPUÉS DE DEJAR QUE ME HAGAS UNA COLONOSCOPIA CON TU POLLA?
               Te quiero muchísimo, muchísimo, MUCHÍSIMO, mi amor, mi sol, mi cielo y mis estrellas, y no podría estar más agradecida de que estés en mi vida. Espero que te lo pases muy bien, que disfrutes mucho y que te sientas genial.
               Siempre tuya, cual helado de maracuyá,
               Tu esposita que te ama, como un perezoso a su cama,
               Saab

miércoles, 23 de julio de 2025

¿Un 23 de julio sin Sabrae? Debes de estar tramando algo.

¡Hola, flor! Seguramente ya te imagines lo que voy a decir a raíz de mi falta de actualizaciones en Twitter en general, pero, por si acaso, y como estoy comprometida contigo y con Sabrae y Alec, te debo una confirmación y una confirmación.
               Efectivamente, a pesar de ser el aniversario de One Direction y una fecha “sagrada” para mí, por todo lo que implica (no sólo para la banda, sino para la novela; después de todo, Sabrae se publica en día 23 porque un 23 de abril nació Scott, y eso sólo lo decidí/descubrí después de escribir una nota en la que daba fe de lo buen padre que es Zayn al preferir pasar el aniversario de la banda con su hijo en lugar de con Louis, Liam, Niall y Harry), hoy no va a haber capítulo. Creo que tengo una causa justificada que seguro que entenderás: como bien sabes (especialmente por lo poco que estoy publicando este año), este año estoy de exámenes de mi oposición. Pues bien, aunque me han atrasado el primero de los exámenes que más me importan para octubre, he tenido otros que me han empezado a interesar casi tanto como ese. El 26 de abril empecé en un proceso en el que voy bastante bien, y del que puede que me hayas visto hablando en mi Twitter, siquiera de pasada. Pues bien, de los tres exámenes que componían ese proceso, tuve el último ayer. Mañana me toca leerlo, y como se suele decir, la suerte está echada.
               Ha sido un proceso largo que me ha dejado muy cansada, con la mente algo dispersa de lo que no fuera la oposición y las leyes que tengo que estudiar, y que me ha supuesto un tiempo que contaba con dedicarle a la novela. Ayer no escribí nada, y hoy he tenido prácticas en mi academia (por el examen de octubre, ¿recuerdas?), así que no tengo ni una palabra del cap que nos tocaría hoy. Y, dado el tiempo que llevas esperando por él, no me parecía justo intentar forzarme a escribir algo en un estado mental que no sería óptimo para lo que esta historia, tú, tu espera, y también yo, nos merecemos.
               Pero, ¡no temas! Después de todo lo que te he hecho esperar, y del tiempo que ha pasado, y tras muchos momentos, siquiera fugaces, de tranquilidad en los que he ido viendo lo que pasaría en el siguiente capítulo, he decidido que, para honrar ese 26 de abril en el que todo me fue muy bien (estaría gracioso que al final sacara una plaza el mismo día del cumpleaños de Sabrae), subiré un capítulo el día 26. O sea, ¡este sábado!
               Espero de corazón que te guste, y también contar con tu compasión y apoyo por haberme saltado esta regla de oro que tengo de subir el 23 de julio, uno de los días más especiales del calendario. Y todavía más este 23, en el que por primera vez estamos huérfanas. Quisiera dedicar aunque fuera una línea en honor a Liam, a todo lo que nos dio, y a todo lo que podría habernos dado si hubiera podido reconducirse y volver a ser esa persona pura que nos hizo tan felices a tantas. Me gustaría creer que este momento de silencio de la novela también es un pequeño homenaje hacia él, aunque sea un poco de soslayo.
               Y eso es todo, por ahora. Nos vemos, entonces, el sábado 26. Que, quizá, empiece a disputarse un hueco en mi podio de números preferidos.
               ¡Muchas gracias por tu paciencia! Te espero en unos diítas.


lunes, 23 de junio de 2025

Mil amores tormentosos.

¡Toca para ir a la lista de caps!

La silueta de Valeria se recortaba contra la luz de las cabañas que tenía a su espalda mientras nos esperaba en el centro de la plaza del campamento, resguardada bajo su paraguas, como la de un supervillano en el punto medio de la película, en el que por fin se revela su identidad. Desde luego, le gustaba el drama más que a un tonto un caramelo; si no fuera porque era la principal razón de que yo me mantuviera lejos de ella durante meses que se nos harían eternos a ambos, a Sabrae le habría caído genial.
               Me revolví en el asiento con intranquilidad mientras Killian reducía la velocidad hasta detenerse a un lado de ella que, por supuesto, no se movió ni un centímetro, como la dueña y señora del universo que era; al menos, en Etiopía. De nuevo, sería íntima de Sabrae.
               Pensar en mi novia era lo único que me permitía mantenerme mínimamente tranquilo, dada la carga valiosísima, protestona e inquieta que llevaba bajo las piernas. El trayecto de vuelta al campamento se había prolongado durante toda la mañana del día siguiente al rescate de Nala, y a pesar del cansancio y del hambre, la única parada que habíamos hecho había sido hacía un par de kilómetros precisamente para ocuparnos de la pequeñita. Aunque se había portado genial, como la más dócil de las gatitas (más dócil incluso que el sinvergüenza asalvajado de Trufas) y había dormitado en mis brazos gran parte del trayecto mientras continuábamos atravesando la tormenta, pareció recordar de repente la libertad que le pertenecía cuando nos detuvimos a un lado del camino, ocultos tras unos árboles, para que Sandra y yo nos cambiáramos de sitio y la ocultáramos de ojos entrometidos metiéndola en mi mochila. Era aún lo bastante joven para caber dentro, pero también lo suficiente fiera como para no entrar sin luchar. No puedo decir que no la entendiera y que no me dieran pena sus quejidos lastimeros, pero la ansiedad por si no se callaba podía con todo lo demás. No podía ni pensar en lo que sería de mí si Valeria se ponía estricta con la política de “mantener a los animales el tiempo imprescindible para su curación para no separarlos más que lo estrictamente indispensable de su hábitat natural” ahora que había convertido a Nala en mi anclaje en el voluntariado y mi señal particular para que me quedara donde estaba y confiara en que mi relación con Saab sobreviviría a mi ausencia.
               Sabía que estaba haciendo lo correcto rescatándola, lo sabía. Sabía que Sabrae estaría orgullosa de que no hubiera dudado de lanzarme a por ella incluso cuando lo tenía todo en contra (aunque dudo que le hiciera mucha gracia verlo, igual que no me la haría a mí si las tornas estuvieran al revés). Casi podía sentirla poniéndome una mano en el brazo para que dejara de temblar, mirándome a los ojos y sacudiendo despacio la cabeza para que intentara tirar de las riendas del caballo desbocado en que se había convertido mi cerebro.
               Mi león dorado, siempre dispuesto a defenderme. No podía fallar en esto. No podía dejar que Valeria se diera cuenta de que había algo raro.
               Pero, ¿cómo actuar normal cuando estás traficando con una especie protegida?
               Aunque juraría que había suspirado cuando nos vio aparecer, Valeria frunció el ceño cuando Killian paró el todoterreno con su ventana perfectamente alineada con la cara de ella.
               -Habéis tardado-acusó, pues eso de dar premios inmerecidos no iba con ella. Por mucho que se estuviera esforzando en dejar de gobernarnos con mano de hierro, hay costumbres tan enraizadas en ti que se vuelven parte de tu código genético incluso cuando son aprendidas. Que me lo digan a mí, que no ganaría para psicólogos si tuviera que pagarme las sesiones de terapia en lugar de confiar en mi carisma internacional y mi atractivo sexual tan potente que hasta a las lesbianas se les caía el mundo encima cuando no podían pasar mucho tiempo conmigo.
               Ya estás otra vez menospreciándote, me riñó Sabrae en mi cabeza, y mientras Killian se relamía los labios y abría la boca para contestar, mi lengua nos tomó la delantera a todos.
               -Sí, es que hemos pillado atasco. Las obras de la charca de los hipopótamos son tremendas y han hecho que los ñus cojan la circunvalación de las cebras. En fin, un putísimo caos. Eso no pasaría si hubiera semáforos.
               Valeria me fulminó con la mirada, al igual que Killian. ¿De qué coño iba? ¿No nos había dicho básicamente a Perséfone y a mí en nuestra primera excursión que no dudaría en dispararnos para que no sufriéramos si algún depredador se lanzaba a por nosotros por desobedecer órdenes? Claro que yo era el ojito derecho de Sandra, así que tenía inmunidad con mis travesuras.
               Incluido eso de tener felinos de gran tamaño en un lugar que bien podría estar empapelado con carteles de “NO SE PERMITEN PERROS”.
               Los ojos de Valeria se convirtieron en una fina línea cuando vio el mapa sobre mis rodillas y la brújula en el salpicadero. Con el mango del paraguas apoyado sobre el hombro, colocó la otra mano sobre el soporte con su lista y miró a Sandra.
               -¿Por qué no vienes tú en el asiento del copiloto durante una tormenta con visibilidad reducida?-preguntó, y Perséfone se achantó en el asiento-. Conoces las normas, Sandra. El conductor necesita la asistencia de alguien del personal para mantener el rumbo.
               -Y he venido la mayor parte del trayecto-respondió Sandra.
               -¿Cuánto?-inquirió Valeria. Nala se revolvió bajo mis pies y yo extendí el mapa sobre mis piernas para disimular el movimiento de mi mochila inerte.
               -Sólo nos hemos cambiado cuando no hacía falta usar el mapa porque ya habíamos visto el límite de los árboles.
               -Además-añadí, porque no soportaba que Valeria torturara a Sandra por mi culpa-, tampoco es como si leer un mapa fuera física cuántica, o algo así. Es decir… saqué un cinco raspado en Geografía, pero porque en Reino Unido tenemos un montón de cabos y de bahías y el subnormal de mi profesor se empeñaba en que nos los supiéramos todos de memoria, como si no existiera Google Maps o nos estuviera preparando para un apagón internacional. Aquí sólo hay campo mires por donde mires.
               Killian suspiró.
               -Bueno… al menos, donde nos cambiamos-añadí.
               -¿Y cuándo fue eso?
               -Hace un par de horas-dijo Sandra.
               -Sí. Un par de horas-añadí yo, revolviéndome en el asiento para disimular el enfado de Nala, que no paraba de revolverse, pero al menos no se había puesto a maullar o gruñir.
               -Ajá. ¿Y por eso tenéis el pelo mojado?-inquirió, y a mí se me cayó el alma a los pies. Mierda. Nos habíamos mojado al cambiarnos de sitio hacía apenas unos momentos, y Perséfone y Killian seguían totalmente secos. Por supuesto que Valeria se daría cuenta de cosas así; parecía una espía retirada del KGB…
               … quizá lo fuera. Mm…

sábado, 24 de mayo de 2025

A pesar de Sabrae.

¡Toca para ir a la lista de caps!

Acababa de darle mi segundo bocado al bocadillo de pollo empanado que habíamos hecho en una fogata cuando sonó el walkie-talkie del interior del vehículo.
               -¿Killian? Killian, aquí Bayek ¿me recibes? Cambio-preguntó una voz masculina en el interior, y Perséfone y yo nos miramos y nos sonreímos. La primera vez que escuchamos a Killian hablar por el walkie nos había dado un ataque de risa, porque pensábamos que lo de “cambio” y “corto” lo decía por tomarnos el pelo y ver nuestra reacción, pero no. Resultaba que sí que le daban uso en el ejército, y como todos los que llevaban los todoterrenos eran militares destinados especialmente a la misión de la WWF o jubilados, las viejas costumbres se mantenían.
               Me pregunté si Jordan empezaría a colgarme el teléfono con un “corto” tras el adiós, y sentí una punzada de dolor en el pecho al recordar mi casa. Los días se hacían cada vez más cuesta arriba con la falta de sueño, pero las noches se volvían insoportables con las jodidas pesadillas que me asaltaban cada vez con más intensidad. Tenía miedo de pensar en ellas y también de no desgranar de forma lo suficientemente concienzuda su significado, como si hubiera algo en ellas que me ayudara a dar con la clave para conseguir que pararan (aunque me daba en la nariz que lo que tenía que hacer para que pararan era impedir por todos los medios que se cumplieran presentándole mi renuncia a Valeria y largándome en el primer avión con destino a Inglaterra), así que me encontraba en una especie de limbo en el que cada paso que diera en una u otra dirección sólo servía para clavarme mil cristales en las plantas del pie, en un calvario similar al de la sirenita.
               No ayudaba, tampoco, que el cansancio me hubiera hecho darme cuenta de cómo sólo descansaba realmente bien en casa, con Sabrae dormida a mi lado, abrazada a mí y haciéndome sentir útil e importante, o yo abrazado a ella, haciéndome sentir querido y a salvo. Cada cosa que podía recordarme a casa, incluso la más insignificante, lo hacía.
                -Hola, Bayek-Killian se llevó el walkie a la boca y se apuró en tragar el bocado que acababa de darle a su bocadillo-. Te recibo, cambio.
               Escuchar ese “cambio” me catapultó a mi infancia, en una de las primeras Navidades que habíamos pasado en casa (en la de Dylan, me refiero; no en el infierno en el que yo nací y del que mamá me había salvado por los pelos). Dylan se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos a Jordan, nuestro vecinito de enfrente, los días de mayor lluvia en los que mamá no me dejaba salir a preguntarle si quería que jugáramos. Por norma general no llamábamos a su casa salvo que estuviéramos seguros de que sus padres no habían tenido turno de noche y por tanto echarse una siestecita no era esencial para ellos, así que yo me quedaba incomunicado del que se había convertido en mi mejor amigo en los primeros días que habíamos estado en casa. Jugar con Mimi era un consuelo, pero no era lo mismo, y Dylan lo sabía. Por eso, una mañana de Navidad me había despertado con un paquete envuelto en papel metalizado con dibujos de cohetes, naves espaciales, lunas y estrellas del que mi madre no sabía nada; cuando lo había abierto, me había encontrado con un par de walkie talkies que habían puesto punto y final a mis tardes de soledad. Desde entonces, Jordan y yo nos volvimos totalmente inseparables incluso más allá de nuestros horarios de sueño. Los usábamos para absolutamente cualquier cosa: desde preguntarnos si queríamos hacer los deberes juntos (más bien animados por nuestras madres), invitarnos a tomar el postre en nuestras casas, comentar el nuevo juguete que nos habían regalado o avisarnos de la película interesantísima que estaban echando en la tele y que teníamos que comunicarle a nuestras madres. Llegamos al punto, incluso, de hablarnos por la noche, hasta bien entrada la madrugada, cuando nos levantábamos al baño o habíamos tenido alguna pesadilla. Eso había sido pésimo para nuestros horarios de sueño, pero lo mejor que podía haberle pasado a nuestra amistad; así, Jordan y yo nos convertimos el uno en parte del otro de una forma en que nadie lo había sido hasta entonces, con el permiso de mi familia, tanto biológica como adoptiva.
               Yo había empezado a reírme más de la cuenta, y que Mimi se riera conmigo no era más que un aliciente para buscar a Jordan en cualquier momento. Y eso, claro, había hecho que Aaron se pusiera tan furioso que, una tarde en la que estaba pintando en unos folios esparcidos por el suelo con unas ceras que Dylan nos había traído para la ocasión, me quitara el walkie de las manos y lo estampara contra el suelo porque llevaba cinco minutos diciéndole simplemente “cambio” a Jordan. Me había cogido un disgusto tremendo, pero no tanto por el walkie sino por lo que representaba: no quería echar de menos a Jordan ahora que sabía cómo era la vida sin tener que añorarlo. Mamá riñó a Aaron, lo mandó castigado a su habitación, y me vio tan desconsolado que se centró en intentar animarme diciéndome que no pasaba nada, que podíamos ir a comprar otros mientras me acariciaba la espalda que ni se molestó en reprocharle a mi hermano mayor que en esta casa no se daban portazos. De hecho, estaba tan preocupada por mí que ni siquiera dio el respingo que siempre sucedía a los ruidos fuertes que la sobresaltaban.

miércoles, 23 de abril de 2025

Sobrevivir a la noche.

¡Hola, flor! De nuevo te hablo con mi voz, y no con la de Sabrae o Alec, en este año en el que abundan los mensajes, pero no así los capítulos. Quería pasarme una vez más para darte las gracias por tu apoyo y tu paciencia esperando por estos caps y, a pesar de lo que se hacen de rogar, permaneciendo aquí tanto tiempo. Hoy especialmente, y quizá más que nunca, ya que no sólo es el Día del Libro, el octavo cumpleaños de Scott y el octavo aniversario también de Sabrae, sino también el primer año en el que no dejo que mis miedos por la continuidad de la novela me dominen y me permito tomarme un tiempo de descanso que, la verdad, me hace mucha falta. Sé que lo hago en detrimento del lector, que preferiría que la historia continuara todas las semanas, pero créeme si te digo que si por algo estoy agradecida este año es, precisamente, por haber permitido que me diera cuenta de que Sabrae es mi casa y que, por mucho que me pase viajando por el mundo y reconciliándome con los sábados (y, a veces, también con los domingos), al final siempre me entran ganas de volver a casa y descansar de una manera distinta, pero igual de terapéutica. Lo mejor de este 2025 es, sin duda, que he vuelto a soñar despierta con Sabrae y Alec como lo hice en su momento con Scott y con Eleanor, con Louis y Eri antes que ellos, o incluso con ellos mismos al principio de esta novela. Puede que me suponga esfuerzo, que a veces tenga que “ponerme” y “forzar” la inspiración (la frase de “la inspiración tiene que encontrarte trabajando” no podría ser más bonita y, a la vez, acertada), pero se ve recompensado por la sensación de asombro y orgullo cuando releo algún capítulo antes de dormir. Han pasado 8 años desde que subí ese primer capítulo cuyo inicio no puede enorgullecerme más, y sin embargo todavía me sigo sorprendiendo con las cosas que releo; espero que no quede demasiado pretencioso decir que me encantan algunas de mis frases, porque así es.
Y si hay alguien a quien tengo que agradecerle que las siga escribiendo es a ti, que año tras año sigues ahí; puede que no desde siempre, o puede que te vayas en algún momento, pero que sepas que, si estos ocho años han sido especiales y todavía me acuesto sonriendo, es, en parte, gracias a ti. Porque una historia sin lector es como una noche nublada; técnicamente, no hay sol, y sin embargo la falta de la luna y las estrellas le quita parte de su esencia.
Así que muchísimas gracias, de corazón. Por tu apoyo, por tu paciencia, por tu comprensión, y por tus oídos. Gracias por ser tú también la voz con la que Sabrae y Alec hablan, por ser los ojos con los que ven, por ser los dedos con los que tocan. Gracias por acompañarme en la increíble oportunidad que es contar su historia. Y gracias por seguir ahí, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año; sobre todo en éste, en el que no somos tantos y no podremos celebrar esta semana y media que se acerca como se merece (empiezo mi temporada de exámenes con uno el día 26, cumpleaños de Saab, y tampoco podré escribir nada para el día 1 de mayo, que es su cumpleadopción, así que la carestía suma y sigue). No obstante, quiero compensarte por esta paciencia que te estoy pidiendo con una pequeña sorpresa… ¡Luna!


Me he pasado de nuevo escribiendo, algo a lo que ya estarás acostumbrada precisamente por el tiempo que llevamos juntas, por lo que, después de varios meses pensándolo y de lo bien que me ha coincidido esta fecha, he decidido que finalmente Sol no sea la penúltima parte de Sabrae (aunque no me resisto a confesarte que llevo un tiempo con un as en la manga que tardaré en enseñarte, jijiji). En origen, Gugulethu iba a abarcar toda la parte del voluntariado de Alec, pero como se me quedó demasiado larga la parte antes de irse, pensé que lo mejor sería dividir la novela y tener una parte específica de Alec en África. Pues bien, como todavía tengo pensado que pasen muchas cosas (como habrás deducido del final del último cap), también me he dado cuenta de que queda más orgánica una nueva división de la historia que en origen iba a ser Sol, pues podría llegar un punto en el que pensara en saltarme cosas para no abusar de la longitud de la novela (aunque no lo parezca, a veces me fastidia un poco lo larga que me está quedando, aunque se me pasa cuando pienso que cuanto más larga sea, más tendré conmigo a Sabrae y Alec). Además, también siento que hemos llegado a un punto de inflexión; aunque la novela lleva el nombre de Sabrae, siento que Alec lleva bastante tiempo acaparando el foco de atención, y ahora Saab va a reclamar lo que le pertenece. Por eso, el corazón me dicta que le dé una gemela natural que la complemente, y esa gemela no es otra que… ¡Luna, el segundo libro sobre la separación de Sabrae y Alec durante el voluntariado de él, y el complemento perfecto para Sol! Espero que te encante; yo estoy muy ilusionada con todo lo que nos espera. Dicho lo cual, ¡no me enrollo más!
¡Feliz Día del Libro, feliz octavo aniversario de Sabrae, y feliz cumpleaños para Scott! Nos vemos, con suerte, el 23 de mayo. ᵔᵕᵔ
¡Disfruta del cap, y de la nueva temporada… Luna!